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¿En qué momento salta la chispa que enciende una vocación literaria? El escritor mexicano Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) busca la suya en una rutina de sus años mozos. A las dos en punto, mientras se servían los platos de la comida familiar, el padre les contaba relatos que empezaban siempre con esta introducción: “Hagamos un jirón en el telón que cubre la noche de la historia para contarles lo siguiente, hijos míos”.

El repertorio, recuerda Volpi en su último libro, Examen de mi padre, incluía historias de la Revolución francesa, del Imperio romano, argumentos condensados de las novelas de Dumas, Hugo, Verne y Salgari, sinopsis de óperas como Rigoletto o Madame Butterfly… “Nosotros le escuchábamos embobados. Cuando he querido hallar el origen de mi pasión por las historias –más que por `la literatura´-, llego sin falta a este episodio… Su talento como narrador me sorprendió desde niño y supongo que escribo libros porque aspiro a prolongar su pasión por los relatos”.

La escritura de Examen de mi padre ha sido la forma en que Jorge Volpi ha llevado el luto por la muerte de su progenitor en 2014.  “Un ejercicio para tratar de entender mejor a mi padre, a mí, la relación que tuvimos y seguimos teniendo y tratar de entender mejor a México”, me dice en la Casa de América en Madrid, donde hemos quedado para pedirle que se sume a la red de Alumni-USAL.

[Volpi pasó tres años en la Universidad de Salamanca. Vino a finales de los 90, atraído por su amigo, escritor y antiguo alumno de la USAL, Ignacio Padilla, fallecido el pasado verano en un accidente de tráfico. En Salamanca, se doctoró en Hispánicas y escribió una de sus novelas más célebres, En busca de Klingsor. Ahora ha vuelto brevemente para afianzar la colaboración entre nuestra universidad y la Universidad Nacional Autónoma de México, donde dirige su potente servicio de difusión cultural. Aquí puede verse su reciente entrevista a la TV de la USAL]

Volpi padre fue un médico-cirujano con una vasta educación humanística. “Su idea de la felicidad era pasarse una tarde lluviosa encerrado en un quirófano acompañado por música de ópera”, nos cuenta su hijo. Obsesivo, meticuloso, contradictorio, católico y conservador –más que nada por ir a la contra en el México dominado por el sempiterno PRI-. Un hombre fuera de su tiempo y lugar. “Se veía como un italiano atrapado en México por error”. Y sin embargo apenas salió del país. Detestaba viajar. Nunca pisó Europa, pero -como cuentan de Lezama Lima- sus lecturas le permitían recorrer mentalmente con precisión de cartógrafo las calles de París y Roma. Veneraba por encima de todo a Dumas y Hugo y despreciaba la literatura en español con tal ahínco que, cuando su hijo le recomendó vivamente Cien años de soledad, prefirió leerla ¡en italiano! No obstante, supo vencer la contrariedad inicial de tener un escritor en español en la familia: “Vio cómo me convertí en escritor y al cabo aplaudió mi elección”.

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José Luis Gómez, “encarnado” en Unamuno camina por el claustro de la Universidad de Salamanca

“¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, el grito estremece al público en la penumbra del paraninfo de la Universidad de Salamanca. El escenario y el día acentúan el dramatismo porque fue en este mismo espacio, y también un 12 de octubre pero de 1936, donde Miguel de Unamuno se enfrentó con gesto heroico y verbo acertado a la exaltación de la violencia y el odio sectario de ponentes y congregados.

80 años después, el actor José Luis Gómez se viste de Unamuno para revivir un cruce verbal que condensa la dialéctica del periodo más negro del siglo XX español. No hay una trascripción exacta -recuerda la historiadora Colette Rabaté en el coloquio que precede a la conmemoración-, pero sí una reconstrucción verosímil de lo que allí se dijo.

Al final de esta entrada, he subido el vídeo completo, el coloquio seguido de la representación. Los más impacientes, los más ocupados tienen aquí un avance de la dramatización del enfrentamiento, la lectura de los dos últimos poemas de Unamuno y de la carta final a su amigo Quintín de la Torre. Todo en la voz de José Luis Gómez. Visto el éxito y la repercusión de la conmemoración, no estaría de más plantearselo como un ritual civil que se asiente en los 12 de octubre.

http://saladeprensa.usal.es/atom/102266

12 de octubre de 1936. La guerra civil española entre en su cuarto mes. Salamanca se ha convertido en capital improvisada de la rebelión militar. Unamuno, republicano de primera hora, saluda el alzamiento como una rectificación saludable del desorden en el que, a su juicio, ha degenerado el régimen republicano. Pero las noticias que le llegan sobre la crudeza de la represión en su zona, dominada por los militares rebeldes, van empujándole hacia una disidencia contenida. Hasta el 12 de octubre. Lo que escucha ese día en el paraninfo -“el templo de la sabiduría”- rompe los diques que se ha impuesto a sí mismo.

Hay varias versiones de lo ocurrido en el paraninfo. Difieren en qué se dijo exactamente y quién dijo qué, pero concuerdan en lo esencial. Rescato la de Luciano G. Egido en Agonizar en Salamanca (2006)

El rector Unamuno no tiene previsto hablar en la celebración académica del “día de la raza”. Desde la mesa que preside el acto, acompañado por el obispo Pla y Deniel, la mujer de Franco, Carmen Polo, y el general Millán Astray, el venerable catedrático de griego escucha los discursos del historiador Loscertales -“¿Estudiantes salmantinos, entráis en la vida cuando se ha hecho milicia”-, del dominico Beltrán de Heredia, invocando el magisterio de la Escuela de Salamanca en la colonización de América; del poeta José María Pemán -“Muchachos de España, hagamos cada uno en cada pecho un Alcazar de Toledo”- y, sobre todo, del catedrático de Literatura Francisco Maldonado que insta a exterminar la “Anti-España” y arremete contra vascos y catalanes,”dos pueblos industriales y disidentes… explotadores del hombre… los cuales a costa de los demás españoles han estado viviendo hasta ahora… en un paraíso de la fiscalidad y de los altos salarios”.

La defensa cerrada de la unidad de España desata el delirio. Alguien lanza la consigna legionaria “¡viva la muerte!” repetida como un eco por el paraninfo universitario. Desde el estrado, Millán Astray grita “¡España!”. Los presentes responden al unísono:”¡Una!”. El fundador de la legión carga de nuevo: “”¡España!”; “¡Grande!”, retumban las paredes del paraninfo. “¡España!” remata el general; “¡Libre!” ruge el auditorio.

La retórica enfebrecida de los oradores, los gritos, el clamor irracional… Esto es más de lo que puede soportar el viejo rector -tiene 72 años-.En el sobre de la carta que le ha entregado la mujer de su amigo Atilano Coco -pastor evangélico de Salamanca, detenido por masón y futuro fusilado- Unamuno anota “guerra internacional civilización occidental cristiana”, “vencer y convencer”, “odio y compasión”, “Rizal”, “cóncavo y convexo”, “lucha unidad catalanes y vascos”, “imperialismo lengua”, “odio inteligencia que es crítica, que es examen”…

A partir de las notas empieza a enhebrar un discurso que los asistentes recuerdan así:

“…a veces el quedarse callado equivale a mentir; porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia… Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo… Dejaré de lado la ofensa personal que supone la repentina explosión contra vascos y catalanes, llamándoles la Anti-España; pues bien, con la misma razón pueden decir ellos otro tanto. Y aquí está el señor obispo que, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que, como sabéis nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis…”

Millán Astray no puede contener la irritación. Colette y Jean Claude Rabaté lo atribuyen a la mención de Rizal, el héroe de la independencia filipina contra la que combatió de joven el fundador de la legión. El general estalla, da un golpe en la mesa, se pone en pie, defiende a gritos la rebelión militar. Unamuno le replica recordándole la insensatez del grito legionario “¡viva la muerte!” y su condición de mutilado de guerra -tuerto, manco y cojo- sin la grandeza de Cervantes.

La tensión y la confusión se adueñan del paraninfo. Millán Astray exclama: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte”. Según otras versiones, las palabras del general fueron “¡mueran los intelectuales!”, pero al ver tanto profesor enfrente matizó:”¡Abajo los malos intelectuales!¡Traidores!”, “¡Abajo los falsos intelectuales!”. En medio de voces, insultos y abucheos, Carmen Polo, toma a Unamuno del brazo y lo lleva hasta la salida de las Escuelas Mayores. Una fotógrafo capta el momento. Vemos al rector, junto al obispo, a punto de abordar el coche sitiado por griterío y brazos en alto.

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La prensa local silenció la disputa, pero sus consecuencias son muy elocuentes: la fulminante destitución de Unamuno como concejal y rector de la universidad, el vacío que le hicieron en el casino y esa especie de arresto domiciliario de facto al que se vio sometido. hasta el día de su muerte, dos meses y medio después.

La salida de Unamuno a pecho descubierto ese 12 de octubre es perfectamente coherente con la carta que escribió -sin temor a la censura postal de guerra- a su amigo bilbaíno Quintín de la Torre. La redactó el 13 de diciembre, un par de semanas antes de morir, y su lectura concluye la conmemoración de José Luis Gómez 80 años después.

“… Me dice usted que esta Salamanca es más tranquila, pues aquí está el caudillo. ¿Tranquila? ¡Quiá! Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación. En cuanto al caudillo -supongo que se refiere al pobre general Franco- no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror, de retaguardia. deja hacer… Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán…”

El incidente del paraninfo cayó en el silencio y el olvido hasta que, a partir de los años 60, fue rescatado y erigido en un proceso de mitificación -señala en el coloquio Colette Rabaté- hasta el contundente “venceréis, pero no convenceréis”. Entre la historia y la leyenda, siempre se imprime la leyenda. Pero la leyenda triunfa porque lleva una verdad profunda. Tal vez Unamuno no usó la expresión “¡venceréis pero no convenceréis!”, ni Millán Astray, la más macabra “¡muera la inteligencia!¡viva la muerte!”. Tal vez son relaboraciones a posteriori por la oposición antifranquista a partir de “vencer, no es convencer” y “abajo los malos intelectuales”. ¿De verdad cambia tanto, como sostiene algún revisionista? Ni siquiera uno de los oradores del acto del 36, José María Pemán, desmiente esa retórica en una tercera del ABC de 1964.

Tal vez fuera una fortuna que aquellas palabras de Unamuno no quedaran atadas a la escritura. “La letra mata, el espíritu vivifica”, recuerda Borges al hablar del caracter “alado y sahgrado” de la palabra oral. Pitágoras, Sócrates, Buda, Jesús… “Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales… Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discipulos”. Y así ha ocurrido con el magisterio de Unamuno ese 12 de octubre del 36.

Porque más allá de la exactitud, el episodio perdura en la memoria colectiva por la dialéctica de los conceptos y las figuras. En un lado Unamuno, en el otro, la contrafigura de Millán Astray; el hombre de las letras y el hombre de las armas; vencer, misión del ejercicio militar;  convencer, misión del ejercicio intelectual. La vigencia del episodio se sostiene en el hallazgo verbal de Unamuno sean cuales sean sus variantes: Ven-cer no es con-ven-cer. En sólo tres palabras, un sumario premonitorio de los 40 años que vendrían después. Dicho con fuerza profética. “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta”, dice Unamuno en la versión difundida por Hugh Thomas y recreada por Gómez. “Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España”.

Verbo y coraje intelectual e incluso físico. Aquí es un hombre solo quien salva la civilización frente a un pelotón de soldados. El acto heroico de un viejo maestro que se enfrenta, no ya a Millán Astray, sino a un auditorio de profesores, estudiantes, falangistas y legionarios. La última lección de Miguel de Unamuno.