Posts etiquetados ‘Tribunal de Núremberg’


Leópolis, Lemberg, Lwów, L´vov, Liviv

Pocas ciudades europeas como la actual Lviv pueden exhibir las convulsiones del siglo en la historia de su propio nombre. Antes se llamó L’vov y antes Lwów y aún antes Lemberg cuando, hace 100 años, era la capital de Galitzia, la provincia oriental del Imperio Austrohúngaro -y por si eran pocos, tenemos su nombre en latín: Leópolis.

Sacudida por las guerras, pasaría a convertirse sucesivamente en ciudad polaca, soviética, alemana, de nuevo soviética y finalmente de la Ucrania independiente. “La ciudad de Lviv ocupa un lugar importante en esta historia”, escribe Philippe Sands en la primera línea de Calle Este-Oeste. Importante porque este libro es una indagación sobre los antepasados del autor y sobre los dos juristas que desarrollaron conceptos del moderno derecho penal internacional como “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, Todos se cruzaron en sus años mozos en las calles de Lviv; todos judíos que escaparon al régimen de terror que impuso en aquel territorio Hans Frank, virrey nazi de una Polonia reducida entonces a la denominación geopolítica de “Gobierno General”.

Calle Este-Oeste alterna la gran y la pequeña historia; en particular, la historia familiar de su autor, el británico Philippe Sands, profesor y abogado de derecho penal internacional. El ingrediente biográfico hace atractivo un relato que, de entrada, gira en torno a un debate jurídico de dudosas posibilidades narrativas. Tenemos aquí la investigación del propio Sands, hijo de una superviviente del exterminio que quiere saber por qué se salvo su abuela vienesa cuando empezaban a punto de partir los trenes a Theresienstadt y Treblinka; tenemos la peripecia vital e intelectual de Lauterpacht y Lemkin, los juristas salidos de la universidad de Lviv que entablaron un duelo jurídico en torno al tribunal de Núremberg; tenemos vidas de heroicidad discreta como la de la señorita Tilney de Norwich, muerta en el más absoluto anonimato en Coconut Grove, Miami; tenemos la pregunta recurrente después de Aushcwitz: cómo Hans Frank, otro jurista, pudo participar con tal grado de entusiasmo en la barbarie nazi -a lo largo del libro oímos a su hijo Niklas, guía del autor, desgarrado por el odio a su padre.

De fondo, la evocación de un mundo desaparecido, aquel imperio multiétnico austrohúngaro en el que la coexistencia de distintas identidades -polacos, judíos, ucranianos- cristalizaba en ciudades como Lemberg. Pocas cosas denostaba más Hitler y tantos otros nazis austriacos que la mezcla de razas que propiciaba el manto paternal de los Hasburgo. Condensaron su desprecio en un lema: Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer. Un siglo después de la implosión del Imperio Austrohúngaro, la doctrina que puja por entidades políticas étnicamente homogéneas sigue reverberando en Europa. De todas las víctimas de esta ideología de la pureza fueron los judíos del Este europeo quienes pagaron el precio más alto. En apenas cinco años, comunidades con siglos de presencia y cultura propia se desvanecieron en humo y ceniza y desaparecieron para siempre. Sólo quedarían como un “rumor en la historia”, en palabras del Kommandant nazi Amon Goeth en la célebre película de Spielberg. La planificación y las órdenes fueron nazis, sí, pero en no pocas ocasiones contaron con la complicidad o la indiferencia de sus vecinos polacos o ucranianos. De ahí que resulte ciertamente vergonzante darse una vuelta por alguno de los antiguos barrios judíos de aquellas ciudades austrohúngaras convertidos ahora en un atrezzo sin alma para turistas en busca de una cultura fantasmal con música klezmer de fondo. Yo lo sentí en Cracovia. Sands se lo encuentra en Lviv:

“Alguien sugirió que quizá me gustaría comer en el Golden Rose, en el viejo centro medieval, entre el ayuntamiento y los archivos municipales, a la sombra de las ruinas de una sinagoga construida en 1582 y destruida por orden de los alemanes en el verano de 1941. Este se presentaba como un restaurante judío, lo que no dejaba de ser curioso dada la actual ausencia de residentes judíos en la ciudad. La primera vez que pasé frente al Golden Rose, en compañía de mi hijo, estuvimos mirando por una ventana y observando una clientela que daba la impresión, al menos a primera vista, de haber sido transportada allí desde la década de 1920: una serie de personas ataviadas con los grandes sombreros negros y el resto de la parafernalia asociada a la comunidad judía ortodoxa. Nos quedamos horrorizados; era un lugar para que se disfrazaran los turistas, que al entrar cogían las características prendas y sombreros negros de unos colgadores situados justo dentro de la entrada principal. El restaurante ofrecía comida judía tradicional -junto con salchichas de cerdo- en un menú en el que no figuraban los precios. Al final de la comida, el camarero invitaba a los comensales a regatear el precio”.

No es casual que en aquel conflictivo entramado de identidades que era la Lemberg austrohúngara y después la Lwów polaca surgieran dos juristas, Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, que ampliaron, cada uno por su camino, la tipología del derecho penal internacional con los conceptos de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”. En Nuremberg triunfó Lauterpacht, catedrático entonces en Cambridge y principal defensor de la condena por “crímenes contra la humanidad” contra Goering y compañía: hay crímenes contra los derechos humanos de cualquier individuo que están por encima del derecho de los estados. Pese a los desvelos de Lemkin para que se incluyera entre los cargos su concepto de “genocidio”, el tribunal mencionó el término de pasada pero no incluyó ese tipo penal en la sentencia. Resulta cuando menos irónico que a la vuelta de los años todos hablemos de “genocidio nazi” cuando ninguno de los líderes nazis fue condenado por ese delito. Justicia poética, lo llaman. El debate entre estos dos tipos penales sigue abierto. ¿El crimen contra el individuo es peor cuando la víctima lo es simplemente por pertenecer a una étnia? Sentado en el infame restaurante disfrazado de anacronismo judío, Philippe Sands, el autor de Calle Este-Oeste, imagina una cena con ambos juristas:

“Probablemente Lemkin habría sido el compañero de mesa más entretenido, y Lauterpacht el conversador intelectualmente más riguroso. Los dos hombres compartían una creencia optimista en el poder de la ley para hacer el bien y proteger a las personas, y en la necesidad de cambiarla para alcanzar ese objetivo. Ambos coincidían tanto en el valor de una vida humana individual como en la importancia de formar parte de una comunidad. Sin embargo, discrepaban de manera fundamental acerca de cuál era la forma más eficaz de lograr la protección de tales valores: centrarse en el individuo o en el grupo.

Lauterpacht nunca suscribió la idea de genocidio. Al final de su vida se mostró desdeñoso tanto hacia el concepto en sí como, quizá algo más cortesmente, hacia el hombre que lo concibió, pese a reconocer que no le faltaban aspiraciones. Por su parte Lemkin temía que los proyectos separados de proteger los derechos humanos individuales, por un lado, y proteger los derechos a los grupos y prevenir el genocidio, por otro, estuvieran en contradicción”.

Unas páginas atrás, Sands reconoce que los años han establecido una jerarquía en la que los crímenes contra la humanidad parecen un delito menor frente al genocidio, “el crimen de los crímenes”. Sin embargo, apela a su experiencia y parece inclinarse a favor de las tesis de Lauterpacht:

“Probar el delito de genocidio resulta difícil, y litigando he podido ver por mí mismo cómo la necesidad de demostrar la intención de destruir a un grupo total o parcialmente, puede tener desafortunadas consecuencias psicológicas. Ello potencia el sentimiento de solidaridad entre los miembros del grupo de víctimas, reforzando a la vez los sentimientos negativos hacia el grupo de los verdugos… Puede dar lugar sin pretenderlo a las mismas condiciones que pretende abordar: al enfrentar a un grupo con otro, hace menos probable la reconciliación. Me temo que el delito de genocidio ha distorsionado el enjuiciamiento de los crímenes de guerra y de los crímenes contra la humanidad, en la medida en que el deseo de los afectados de ser calificados de víctimas de genocidio ejerce presión sobre los fiscales para que acusen de ese delito concreto”.


Juicio a los principales jerarcas nazis en Núremberg (1945-1946)

No sólo las víctimas, la dialéctica entre individuo y grupo también alcanza a los verdugos encarnados en este libro por otro personaje que pisó las calles de Lviv, el nazi Hans Frank, gobernador de la Polonia ocupada y renombrada como Gobierno General.

“Pasarán mil años y esta culpa de Alemania aún no se habrá borrado”, dijo ante el tribunal de Núremberg ante las miradas despectivas del resto de acusados. Fue un rapto momentáneo. En su alegato final se alejó del arrepentimiento. ¿Existe la culpa colectiva? ¿Se hereda la culpa? ¿Cómo sobrelleva uno ser hijo de un notorio criminal nazi? En este asunto, Niklas, el hijo de Frank y acompañante ocasional del autor, destaca por su crudeza:

“`Soy contrario a la pena de muerte´, me dijo en un tono carente de emoción, `excepto en el caso de mi padre´… Mientras hablábamos de su último encuentro [con su padre ya condenado a muerte], de la conversación con el capellán, de la silenciosa entereza de su madre, Niklas se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó unos papeles. `Era un criminal´, dijo en voz baja, mientras extraía de entre ellos una pequeña fotografía en blanco y negro, desgastada y descolorida. Me la alargó. Era una imagen del cuerpo inerte de su padre tendido en un catre, tomada unos minutos después del ahorcamiento, con una etiqueta sobre el pecho.

`La miro cada día´, me dijo Niklas. `Para acordarme, para asegurarme de que está muerto´”.