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Christine Keeler ha muerto.

Nunca una “bonita don nadie”, como se describía a sí misma, tuvo una proyección tan grande. Su foto desnuda en la silla Arno Jacobsen se convirtió en un icono de los nuevos tiempos, publicó dos autobiografías, revivió como personaje en una película y en un musical del West End y en breve aparecerá en una nueva serie de la BBC. Todo por un encuentro casual un fin de semana de julio de 1961.

Obituario del 6 de diciembre en The Guardian: “Hubo muchas víctimas del caso Profumo, el escándalo de sexo y espionaje que acaparó los titulares en 1963, contribuyó a la dimisión del entonces primer ministro Harold MacMillan y aún pesa de manera desproporcionada en la historia moderna de Gran Bretaña. En los primeros puestos de la lista de víctimas, tal vez en primer lugar, se encontraba Christine Keeler, quien ha muerto a la edad de 75 años”.

Que Christine Keeler fuera la mayor víctima del caso y que todo el asunto tenga una valoración histórica desproporcionada admite matices.

En su esencia la historia es simple. A lo largo del verano de 1961, la showgirl de 19 años Christine Keeler tuvo varios encuentros sexuales con John Profumo, secretario de Defensa británico y marido de Valerie Robson, la actriz de La novia de Frankestein. El adulterio tal vez no le hubiera causado mayores problemas que los desencadenados por una infidelidad marital si no fuera porque al mismo tiempo Christine mantenía una relación con el agregado naval de la embajada soviética -y más que supuesto espía- Yevgeny Ivanov.

La relación con el ministro fue breve. A fecha de hoy no consta que se comprometiera la seguridad nacional del Reino Unido ni los secretos de la OTAN en plena Guerra Fría. Y sin embargo, cuando el caso estalló dos años después, Profumo tuvo que dimitir -no por acostarse con Christine Keeler sino por mentir al Parlamento-, el fatigado primer ministro MacMillan abandonó meses después el cargo y el viejo establishment tory quedó tocado de forma irreversible. En octubre de 1964, los laboristas de Harold Wilson clausuraron la larga década de dominio conservador prometiendo la modernidad -“the white heat of technology“. Ganaron, todo hay que decirlo, por un margen escaso.

“El affair Profumo hizo más daño a MacMillan que cualquier otro asunto en toda su etapa de gobierno”; así lo valoraba su secretario personal. Lo recoge Richard Davenport-Hines An English Affair. Sex, Class and Power in the Age of Profumo (Londres, 2013), un libro recomendable, en especial para anglófilos. La historia es simple, sí, pero las ramificaciones en torno al breve encuentro Profumo-Keeler crecen hasta convertirse en un árbol de trama espesa que conviene abordar con lápiz y papel para no perdersre en la maraña de personajes que se nos cruzan a lo largo del relato: “Las esferas de la política, la medicina, las leyes, el periodismo, la sociedad elegante, los nuevos ricos y el espionaje convergen en el caso Profumo en 1963”, apunta el autor. Un corte transversal de Londres a comienzos de los 60. De la clase alta a los bajos fondos: Harold MacMillan, John Profumo, Lord Astor, el doctor Ward, el MI5, magnates inmobiliarios sin escrúpulos como Peter Rachman, las showgirls del Soho Christine Keeler y su amiga Mandy Rice-Davies, tipos delincuenciales como el maltratador jamaicano Lucky Gordon y el marino y exconvicto Johnny Edgecombe -parejas, en algún momento, de la Keeler.

Qué más ingredientes podía pedir la feroz prensa sensacionalista siempre dispuesta a pelearse cheque en mano por una exclusiva. Y si no la había, se inventaba. Las fake news no nacieron ayer. Antes eran peores porque no existía la reacción y corrección inmediata que suministra la red. Destaca en este campo la figura de Lord Beaverbrook, el barón de Fleet Street que convirtió el Daily Express en el tabloide más vendido del mundo: 3.700.000 ejemplares. La inflamación del caso, el amplio radio de acción que alcanzó la bomba Profumo le debe bastante a su particular vendetta contra los multimillonarios Astor.

Davenport-Hines se recrea en “hazañas” de los tabloides que no desentonarían en la Primera Plana de Billy Wilder: las fotos robadas en el hospital de Munich a los supervivientes del accidente del Manchester United, la del agonizante Aneurin Bevan o el acoso al coronel Christopher Hunter. “A la una y cuarto de la madrugada, después de que su hija despechada se hubiera suicidado, sonó el timbre de la puerta principal. Una voz gritó ‘es la policía’. Disgustados y confusos, el coronel Hunter y su mujer salieron de la cama y bajaron en pijama a abrir la puerta. En el porche quedaron deslumbrados por el flash de un fotógrafo que salió huyendo en coche”. Así se conseguía una foto de primera.

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Argumenta Davenport-Hines que el affair Profumo aceleró la decadencia del establishment aristocrático del partido Tory y abrió la puerta a la meritocracia conservadora que auparía años después a Margaret Thatcher al liderazgo del partido. Los muros se quebraron. La hipocresía de la clase dirigente quedó al descubierto. El cuestionamiento de la autoridad, la rebeldía juvenil y el desafío a los tabúes marcarían los próximos años. Comenta Diego Manrique que Philip Larkin situó en 1963 el comienzo de la revolución sexual: cuando los Beatles publicaron su primer LP y el Reino Unido levantó la prohibición que pesaba sobre El amante de Lady Chatterley de Lawrence. No sería exagerado añadir, dice, el caso Profumo de ese mismo 1963. Un preludio del 68. Una de esas cargas que hicieron implosionar la deferencia por la jerarquía y la autoridad que sostenían el edificio moral de la posguerra. No sería, por tanto, desproporcionada su valoración si vemos el caso como una de esas fracturas que provocan corrimientos profundos por debajo de los pliegues superficiales de la historia política.

An English Affair confirma otra sospecha. Desde el Watergate hasta las tarjetas black sabemos que los escándalos necesitan de un clima propicio para tener repercusión política. Sean escuchas, sobornos o mentiras, es el momento de la explosión -a menudo retardada- lo que convierte un robo de tercera categoría en un impeachment. Tal vez lo de Profumo no hubiera pasado de escándalo menor de faldas. Después de todo, el político ni siquiera formaba parte del gabinete y ya entonces quedó claro que nunca existió tráfico de secretos militares. Y, sin embargo, estalló cuando el Gobierno de MacMillan venía de sufrir otro sórdido asunto de espionaje -este real-, cuando la prensa amarilla estaba al acecho por el encarcelamiento de dos de los suyos, cuando todo estaba preparado para el sacrificio de un vástago de la clase dirigente…  “Cualquier ministro o diputado que se vea envuelto en un nuevo escándalo en el próximo año o más allá”, anticipaba el New Statesman a comienzos de 1963, “debe esperar el servicio completo (the full treatment)“. Profumo se llevó el premio.

Y en cuanto a las víctimas, ¿encabeza Christine Keeler la lista?

Pasó nueve meses miserables en la prisión de Holloway. Antes y después fue vilipendiada sin conmiseración por la prensa amarilla. Baste decir que el día que salió de la cárcel el Daily Sketch difundió su número de teléfono… Se casó dos veces y se divorció otras tantas. Tuvo dos hijos y publicó dos libros de memorias con escandalosas revelaciones de dudosa credibilidad. De una manera o de otra nunca se desenganchó del caso que ella misma contribuyó a desvelar al ir con su cuento a la prensa. En nuestro tiempo la joven Keeler habría sido pasto de realities televisivos, apunta Davenport-Hines. Hay voces que la reivindican a la luz de escándalos contemporáneos como el de Jimmy Savile: he aquí otra menor víctima de abusos en el hogar, una adolescente atrapada en las redes de los poderosos… Ella siempre se consoló creyendo que había contribuido a la caída del Gobierno conservador y como tal se sentía parte “de la historia británica”. Sin duda, su foto en una silla Jacobsen ha quedado fijada en la galería icónica de la Inglaterra de los 60. La silla -por cierto, una imitación- se exhibe en el Victoria y Albert Museum de Londres.

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John Profumo y su mujer, la actriz Valerie Robson, en 1959

John Profumo abandonó la política y se dedicó a labores caritativas en el East End londinense. Durante un tiempo se imponía un breve y tenso silencio cada vez que la pareja hacía su entrada en un salón concurrido. En sus últimos años, su dedicación a la caridad le valió su rehabilitación social. Pero parece que le costó más escapar a su sempiterno ardor sexual. Cuenta Davenport-Hines que en una cena en honor de la Reina Madre, [Profumo] “sitting between her and a seventeen-year-old Guiness heiress, the old satyr whispered to the latter during the first course: ‘Ever been fucked by a seventy-year-old? No? You should try it‘”. Incorregible. Murió a los 91 años en 2006.

El destino más cruel le cayó encima a Stephen Ward, el osteópata amigo de aristócratas y poderosos, dotado de don de gentes y manos hábiles, informador del espionaje británico y “protector” de chicas como Keeler y su amiga Mandy Rice-Davis. El establishment le convirtió en el chivo expiatorio. Abandonado por su selecta clientela y juzgado por proxenetismo, se suicidó con una sobredosis de barbitúricos antes de que se hiciera público el veredicto. Sólo seis personas asistieron a su cremación. Davenport-Hines califica de montaje el proceso (show trial), pero la campaña para su rehabilitación judicial no ha llegado muy lejos. Sí, en cambio, otra más popular: Andrew Lloyd-Webber le dedicó un musical en 2013.

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Stephen Ward en compañía de Christine Keeler (izquierda) y en la vista judicial

Fue el doctor Ward quien llevó a Chistine Keeler a la casa de campo (Spring Cottage) que los Astor le permitían utilizar en su magnífica finca de Cliveden House, en la campiña de Buckinghamshire. Aquel fin de semana de julio del 61, Bill y Bronwen Astor, embarazada de cinco meses, daban una fiesta en el palacio al presidente de Pakistán, el mariscal Ayub Jan, de escala en su viaje al Washington de Kennedy. Entre los invitados, Lord Mountbatten, último virrey de la India y primo de la reina; el asesor económico de MacMillan, Sir Roy Harrod; la excondesa polaca Sofie Moss; el crítico de arquitectura Sir Osbert Lancaster; la tía de Bill Astor, Pauline Spender Clay; el decorador de interiores Derek Patmore y, por primera vez en Clivenden, el secretario de Estado de Defensa John Profumo y su esposa, la actriz Valerie Hobson

Al termino de la cena del sábado, Bill y Bronwen Astor se llevaron a sus invitados de paseo por la finca. No lejos del palacio una cerca vegetal rodeaba una cancha de tenis y una piscina. Bill Astor y John Profumo, adelantados al resto del grupo, abrieron la cancela y se encontraron al doctor Ward con sus invitados de la casa de campo. Entre ellos, Christine Keeler. La chica acababa de perder el bañador en un juego de prendas y se paseaba envuelta en una toalla. Otras crónicas más proclives a la lubricidad se recrearon con la imagen de Keeler emergiendo desnuda del agua o, peor aún, la de Bill Astor y Profumo persiguiéndola alrededor de la piscina. “Forty years later, and not reliably“, continua Davenport-Hines, “Profumo recalled that Astor slappped her backside playfully and said, ‘Jack, this is Christine Keeler’“. El resto, como dicen, es historia…

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El escenario del encuentro: Cliveden House, antaño mansión de los Astor, ahora hotel de lujo

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No, no fue Marine Le Pen quien celebró una frase del discurso de la primera ministra británica Theresa May a los conservadores -“Si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte”-. El autor fue un simple militante del Frente Nacional francés. No es sorprendente que periodistas y comentaristas creyeran que lo había escrito la líder de la extrema derecha francesa. Primero, porque en este tiempo acelerado pocos se detienen a comprobar y rastrear la fuente de lo que se dice. Y segundo, porque el discurso de May podía haberlo firmado sin demasiados reparos la propia Marine Le Pen.

“Quiero exponer mi visión para Gran Bretaña después del Brexit”.

Con el acento y las maneras suaves del sur de Inglaterra, la primera ministra británica ha desvelado en su primer gran discurso ante los conservadores en Birmingham que los populistas no son esos bárbaros a las puertas del castillo. Están ya dentro y levantando el puente levadizo. En el caso británico, un castillo sobre los acantilados de Dover en aquella “isla soberana, trono de reyes… This earth of majesty, this seat of Mars … This blessed plot, this earth, this realm, this England“. Porque todo el discurso destila la nostalgia de un tiempo pasado, el de la bélica “finest hour”, aquel en el que los británicos unidos resistieron a la tiranía extranjera y pusieron en pie el welfare state. Un tiempo mucho más simple y más justo en el que reinaba la armonía social, los vecinos se ayudaban entre sí, los bobbies daban las buenas noches a todos y, desde luego, había muchos menos extranjeros.

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La primera ministra Theresa May dirigiéndose en Birmingham a los conservadores

May suscribe la idea de que el Brexit no fue solo una patada a la Unión Europea sino algo más amplio. El síntoma de una revolución silenciosa.

“Tocad en cualquier puerta de cualquier parte del país y encontraréis al descubierto las raíces de una revolución profunda, porque no han sido los ricos los que han sufrido los mayores sacrificios por la crisis financiera, sino las familias normales de la clase trabajadora… En nuestra sociedad hoy vemos división e injusticia por todas partes. Entre una generación mayor y más próspera y una generación joven que lucha por salir adelante. Entre la riqueza de Londres y la del resto del país. Y, sobre todo, entre los ricos, los triunfadores y los poderosos y el resto de sus compatriotas…”

Cierto. El Reino Unido cuenta con una tasa de paro envidiable -por debajo del 5%- pero al mismo tiempo es uno de los países más desiguales de Europa. Pero ¿esa desigualdad es culpa de la UE? ¿No han tenido nada que ver las políticas económicas del Thatcherismo bendecidas posteriormente por Blair? ¿Y la lucha a muerte contra los poderosos sindicatos británicos en los 80? ¿No ha tenido nada que ver la revolución tecnológica y la globalización? ¿Y las reticencias británicas a firmar la carta social europea?

El Brexit fue por tanto un voto protesta contra la desigualdad y también contra las élites. Atención a los latigazos:

“Escuchad cómo hablan del pueblo muchos políticos y comentaristas: encuentran de mal gusto vuestro patriotismo, provinciana vuestra preocupación por la inmigración, poco progresistas vuestras ideas contra la delincuencia e inconveniente vuestro apego a la seguridad en el empleo. Les resulta inexplicable que 17 millones de votantes quisieran dejar la Unión Europea. Si eres rico y llevas una vida cómoda, Gran Bretaña es un país diferente y no sientes como tuyas estas preocupaciones…

Hoy, mucha gente en posiciones de poder se comporta como si tuviera más en común con las élites internacionales que con la gente que vive cerca, la gente a la que emplea, la gente con la que se cruza en la calle. Si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte. No entienes lo que significa la palabra ‘ciudadanía'”.

Tiene bemoles que la rebelión contra las élites la comande el partido de tradición más antiguo y elitista de Europa, el partido cuyos líderes proceden de los restos de la nobleza, de las selectas escuelas de Eton y Harrow, de las universidades de Oxford y Cambridge, la encarnación más pura del establishment. Basta escuchar su acento para reconocerles.

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El elitista Bullingdon club de Oxford. El 2 es David Cameron, el 8, Boris Johnson

Ahora May pide meritocracia y más movilidad social pero hace ya años el difunto canciller alemán Helmut Schmidt señaló que el problema de los británicos era su clasismo social. Se ve que no han cambiado mucho las cosas.

¿Y cuál es la receta de May contra la desigualdad y contra el elitismo? Más estado y menos individualismo. Más intervencionismo. Hasta la delirante proposición que obligaría a las empresas a contratar a británicos. Xenofobia. De May se podría decir lo que alguien aplicó al Frente Nacional frances: hace las preguntas correctas pero da las respuestas equivocadas.

“Valoramos el éxito… pero también el espíritu ciudadano. Ese espíritu significa que respetas los vínculos y obligaciones que hacen funcionar a nuestra sociedad. Significa un compromiso con los hombres y mujeres que viven a tu alrededor, que trabajan para ti, que compran los bienes y servicios que tu vendes. Ese espíritu significa aceptar el contrato social por el que formas a tus jóvenes antes de contratar a trabajadores extranjeros más baratos”

Imagino a Hayek y Thatcher revolviéndose en sus tumbas. Si la Dama de Hierro llegó a cuestionar el concepto de “sociedad” -“Basta de echar la culpa a la sociedad, no existe la sociedad; hay individuos, hombres, mujeres, familias”-. May invoca a la “sociedad” una docena de veces.

Thatcher aparece de pasada en el discurso de May -“who taught us we could dream great dreams again”- junto a otras figuras inevitables del santuario conservador: Churchill y Disraeli. Llama la atención la cita de Edmund Burke, el padre del conservadurismo británico -¿era necesario remontarse a un pensador del siglo XVIII?-, pero lo que más ha desconcertado es que una primera ministra conservadora ponga al lado del prontuario tory a un primer ministro laborista, Clement Atlee, el arquitecto del estado de bienestar en la posguerra.

El tiempo nos dirá si el discurso de Birmingham es el que exige estos tiempos de “giro histórico”, como asegura la primera ministra,  o no pasa de ser un anzuelo retórico coyuntural para pescar votos a derecha e izquierda. No conviene olvidar, en cualquier caso, que el Reino Unido ha sido el mayor laboratorio exportador de políticas en los últimos dos siglos. Inventaron el bipartidismo, la monarquía parlamentaria, el bipartidismo, el welfare state y la revolución neoliberal thatcherista. No conviene olvidar que el partido Tory es la organización política más longeva y exitosa de Occidente. A lo largo del tiempo se ha adaptado con un éxito razonable al clima cambiante y en más de una ocasión han abierto el camino. Han sido reaccionarios, socialdemócratas, liberales… Ahora este partido proteico se apunta sin complejos a la corriente del nacional-populismo.

“El Laborismo no tiene el monopolio de la compasión… Aprovechemos esta oportunidad para mostrar que  nosotros, el Partido Conservador, somos verdaderamente el partido de los trabajadores, el partido de los funcionarios, el partido del Sistema Nacional de Salud. Creemos en el servicio público, creemos en lo que el buen gobierno puede hacer. El gobierno no puede quedarsde al margen cuando ve la injusticia social”

May quiere que su partido sea el de los perdedores de la globalización. Ante el trilema de Rodrik  -o soberanía o democracia o globalización, las tres al mismo tiempo, imposible-, los británicos quieren replegarse y optar por la democracia y la soberanía. Tal vez sólo sea una coincidencia que en el año crucial de 1979 asistieramos al comienzo de la nueva globalización con la apertura de la China de Deng y al nacimiento de la revolución neoliberal de Thatcher -además, y no es menor, de la revolución islámica de Jomeini y la invasión rusa de Afganistán-.

Las contradicciones que se abrieron en 1979 están en carne viva en 2016.

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