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Rivera iglesias

“¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan”.

Esperando a los Bárbaros, Konstantino Kavafis

De todos los argumentos electorales de la larga campaña del 2015, ninguno más evidente que el de la brecha generacional. Si la muerte de Franco supuso una ruptura, las elecciones de 2015 anuncian otra. Sea cual sea el resultado, la generación de Pablo Iglesias y Rivera está aquí para quedarse. El poder se ejerce con complicidad generacional.

En el 75, la juventud nacida en los años 40 desplazó del poder a unos mayores que por edad eran colaboradores voluntarios o involuntarios con el régimen franquista o recordaban los fantasmas de la Guerra Civil. El cartel naif de Felipe ganó al de Carrillo.

Felipe cartel 1977

40 años después, -si permiten la demamogia- aquellos “chicos” del 77 peinan canas y se sientan en consejos de administración. Y ahora, como si los ciclos generacionales siguieran la regla biológica de los 40 (40 años de franquismo, 40 de ETA, 40 años de Transición…), una nueva generación nacida en tiempos constitucionales se dispone a asaltar los corredores del poder.

Dicen que los nuevos “hijos terribles” (Sloterdijk)  se alimentan de la frustración de una generación -la suya- convencida de que va a vivir peor que sus padres. Instalados frente a precarios, insiders frente a outsiders, indignados frente a integrados. Partidas dispersas de jóvenes bárbaros atacan los muros de la ciudadela que cobija al partido de los ancianos. Los sondeos dejan patente la escisión. El Partido Popular es la cuarta fuerza entre los más jóvenes y la primera entre los mayores de 65; Podemos, justo a la inversa.

Sin embargo, al PP le dan muchas probabilidades de ganar las elecciones marcando distancias con los demás.

Voilà. He aquí la paradoja de las elecciones de 2015: la juventud irrumpe en el paisaje político, pero serán los viejos quienes decidan el resultado. Los jóvenes piden paso, los viejos exhiben números. Más de 11 millones de españoles superan los 60 años. La juventud mantiene intacto su prestigio sesentayochista, pero le aplasta el peso de nuestra invertida pirámide poblacional.

pirámide población españa

No es un fenómeno exclusivo de España o de la vieja -más viaja que nunca- Europa. Incluso en un país relativamente joven como Estados Unidos -buenas tasas de natalidad e inmigración-, el cambio demográfico está redefiniendo la clase media:

“La clase media norteamericana” -señalaba recientemente el FT-, “está transformándose por el envejecimiento de la población. Los ciudadanos mayores van a jugar un papel cada vez mayor en la economía a medida que su peso crece en los sectores con ingresos medios y elevados. Los datos del Pew Research Center muestran que los hogares de más de 65 años han sido los que más han mejorado su posición económica en lo que va de siglo y, de hecho, los que más han mejorado desde los años 70”.

Pronto comprobaremos si en España se cumple lo que auguran los sondeos: que el bloque de votantes mayores de 60 se convierte en el más importante de la democracia española y, también hasta qué punto vota como un solo hombre o se dispersa.

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La demografía, como la geografía es el destino. ¿Qué políticas se imponen en una sociedad envejecida? En España, Rajoy ha recortado de todas las partidas importantes de gasto menos de una, la más grande, la partida de las pensiones, más de 110.000 millones de euros. En Alemania, la obsesión con los precios se atribuye al lejano espectro de la hiperinflación en la República de Weimar, pero seguro que también tiene mucho que ver con el miedo de un país de viejos ahorradores: nadie quiere ver cómo la inflación se come el capital que guarda para la jubilación. Reino Unido, Italia, toda Europa, incluso China serán en breve sociedades cada vez más envejecidas. ¿Hacia dónde se inclina la batalla presupuestaria en las sociedades envejecidas? ¿Cuáles son las prioridades? ¿Hay relación entre el déficit y la deuda de un país y la edad de sus votantes?

“…

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución”.

Esperando a los bárbaros. El propio Pablo Iglesias recurre al célebre poema de Kavafis en su último libro. Hoy los bárbaros son los jóvenes indignados, son los jóvenes inmigrantes, pero el partido de los ancianos no parece muy dispuesto a abrir las puertas de la fortaleza. El 20-D veremos si se rompen los diques generacionales.

 

 

 

 

 

 

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Esta semana en mi vídeo dominical en Noticias Cuatro  he hablado sobre dos banderas que han sido noticia.  La enorme bandera española en la proclamación de Pedro Sánchez como candidato a La Moncloa y la bandera de batalla de la Confederación, motivo de polémica tras los crímenes de un joven racista en Carolina del Sur.

Las dos banderas no tienen nada que ver entre sí, pero en ambos casos su significado se cruza con una historia de guerra civil.

La bandera de la Confederación fue emblema del ejercito sudista en la Guerra de Secesión norteamericana. Los estados agrarios y esclavistas del sur invocaron su derecho a separarse -a decidir , diríamos hoy- del norte industrial y capitalista que imponía la abolición de la esclavitud. Dos modelos económicos incompatibles que disputaban entre sí desde hace años en la conquista del Oeste. Ganó el Norte, pero la reconstrucción del Sur, salvo la esclavitud, toleró al cabo de pocos años la herencia y los modos del Sur. En otras palabras, Jim Crow y al segregación racial.

Un siglo después la bandera de las estrellas cruzadas volvió a ondear como protesta contra la nueva injerencia del gobierno federal con sus leyes de derechos civiles. desde entonces tiene un pretendido significado ambivalente. Oficialmente se reivindica como seña de identidad sentimental del viejo sur. Extraoficialmente es un símbolo del racismo latente y persistente. El caso es que 150 años después de la guerra civil americana vuelve una campaña para arriar definitivamente la bandera de la Confederación.

En España, la rojigualda monárquica fue recuperada por el bando franquista en la Guerra Civil frente a la franja morada que se insertó en el emblema durante la II República. Terminada la guerra, la izquierda mantuvo la tricolor pero aceptó la rojigualda en los pactos de la Transición. Muchos recordarán la presentación en sociedad de Carrillo, flanqueado por la bandera rojigualda y otros -lo he recuperado en el vídeo- las palabras de Felipe González en el mitin de la Ciudad Universitaria en vísperas de su arrolladora victoria electoral de 1982.

La bandera de todos, dice González. Sí, pero con diferentes grados de entusiasmo -celebraciones deportivas al margen. A lo largo de estos años ha sido la derecha la que se ha seguido sintiendo cómoda con la exhibición a todo trapo de la bandera. Y son muchas las sedes de la izquierda, incluidas las socialistas, que mantienen la tricolor republicana en el mobiliario de sus locales.

No encuentro datos, pero temo no equivocarme si digo que la exhibición de la bandera española en relojes, pulseras y coches sigue siendo un atributo de los votantes de la derecha.

De ahí la sorpresa por el tamaño de la bandera de Pedro Sánchez. 40 años después de la transición, 80 años después de la Guerra Civil, la ostentosa exhibición de la rojigualda por un socialista sigue siendo noticia. Obama aparece a menudo con una escenografía similar y no es ningún problema. Lo mismo podríamos decir de un socialista francés. Pero esto es España. Venimos de una historia problemática y seguimos sin superar tensiones territoriales. Dos factores que siguen creándonos problemas con los símbolos comunes. Tarareamos un himno sin letra y colocamos al toro de Osborne como escudo… En España, en EEUU y en cualquier parte, las herencias de las guerras civiles tardan muchos años en olvidarse.