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En 2 de octubre de 1945 un marshal de Misuri envió a su amigo, el presidente Harry Truman, una inscripción en letras de vídrio tintado sobre madera de nogal que se haría célebre: The buck stops here. Una de las versiones etimológicas atribuye al juego del póker en los tiempos de la frontera la expresión “to pass the buck”, que podríamos traducir con nuestro “pasar la pelota”.

En las fotos  de Truman en el Despacho Oval podemos ver la inscripción de madera sobre el escritorio. El sentido está claro: quien se sienta aquí ya no puede pasar la pelota, la última responsabilidad reside en las manos del presidente.

Politólogos y tertulianos, que nos abruman estos días con sus conocimientos del constitucionalismo norteamericano, tratan de tranquilizarnos invocando el equilibrio de poderes en EEUU, los checks and balances. Los padres fundadores diseñaron un sistema político que debía evitar la tiranía. Incluso la de las mayorías, como nos recuerdan estos días tirando de citas del Federalist Paper número 10 de Madison. También suele decirse que la presidencia americana fue diseñada por genios para que pudiese ser dirigida incluso por idiotas.

¿Pero sobrevivirá a Donald Trump?

Sin duda el equilibrio de poderes frenará las inciativas más extemporáneas del presidente. Salvo momentos excepcionales, cualquier gran reforma en EEUU necesita de un consenso extraordinario. Ni aún con un Congreso demócrata fue capaz Bill Clinton de sacar adelante su reforma sanitaria. Ni con uno republicano pudo Bush Jr. aprobar su reforma migratoria (que, a diferencia de Trump, pretendía legalizar a millones de inmigrantes indocumentados).

Pero hay un ámbito que pertenece al presidente: la política exterior. Y ahí depende y mucho de quien sea el ocupante de la Casa Blanca. Cierto, sólo el Congreso de EEUU tiene la autoridad para declarar la guerra y aprobar intervenciones militares, pero en este área el margen de actuación y el liderazgo del presidente es lo que cuenta. Recibirá todo tipo de informes y opiniones. Más de las que pueda digerir -como dijo Kennedy-, pero al final del día la última decisión es suya.

El mundo no sería igual si, en vez de Frankiln D. Roosevelt, EEUU hubiera optado por uno de los republicanos aislacionistas de la época. Fuera un mal necesario o un crimen de guerra es el presidente Truman quien decidió lanzar un ataque nuclear contra Japón. El presidente Kennedy resistió la tremenda presión (incluso la de su círculo íntimo) de todos aquellos que le pedían un ataque militar a Cuba durante la crisis de los misiles. A la inversa, Lyndon Johnson -que sacó adelante un extraordinario programa político y social interno- no fue capaz de escapar a la Teoría del Dominó en Vietnam…

Y, en fin, por venir a lo más reciente, un ejercicio plausible de historia virtual nos llevaría a la conclusión de que el desastre de Irak y sus consecuencias se habrían evitado con un presidente Gore en la Casa Blanca. Ya años antes del 11-S, un cierto laboratorio  intelectual del partido republicano -plataforma de los Neocons-propugnaba el derrocamiento de Sadam Hussein. El 11-S sirvió como un pretexto que el incompetente Geroge Bush jr. compró sin dudarlo, quizá impulsado por algún reflejo freudiano-sin el apoyo entuasta de su propio padre que en 1991 había decidido no traspasar las puertas de Bagdad precisamente para evitar lo que ha venido después.

Ahora la retórica de Trump apuntan, de cumplirse, un vuelco respecto a Obama y quizá más allá. Tal vez el fin del orden internacional impuesto por EEUU  después de la Segunda Guerra Mundial, temen algunos. El fin de la Pax Americana. Incertidumbre sobre la OTAN. Aislacionismo beligerante. Más ataques preventivos, Guantánamos y torturas. Autócratas ultras como aliados. La primera foto con Farage. La primera llamada a Putin. Los más optimistas auguran una nueva detente con Rusia. De paso, Washington se tragaría el sapo de Asad en Siria. Tal vez incluso consulte a Kissinger… Pero aunque se rodeé de cuadros experimentados del establishmant diplomático de EEUU, aunque ahora comience The Education of Donald Trump, la última decisión estará a partir del 20 de enero en sus manos. Y conociéndo su temperamento e inexperiencia, puede pasar cualquier cosa.

Por mucho que la globalización y la tecnología hayan fragmentado el poder, el presidente de EEUU aún sigue siendo aquel individuo que puede cambiar la historia. The buck stops here.

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AL ABRIR LOS OJOS, NIXON YA ESTABA ALLÍ

A los que despertamos a la actualidad internacional a principios de los 70, el capitán Tan Tan y los tres globos infantiles se solapan en la memoria con la cuenta atrás de las misiones Apolo, Neil Armstrong, el parche del general Moshe Dayan, el secuestro de Patty Hearst, Nixon y Kissinger, Vietnam y Watergate… Todo esto tal vez le deba mucho a las inimitables crónicas de Jesús Hermida desde Nueva York. No eran mucho más que nombres y rostros que se repetían en el telediario pero ahí quedaron, como una fijación en los recovecos de la memoria infantil.

Años después vimos una y otra vez Todos los hombres del presidenteentre otras cosas, porque es imposible entenderla a la primera y a la segunda y a la tercera… y de tanto verla incorporamos los diálogos del doblaje como un manual para aprendices de periodismo. Desde “siga la pista del dinero” hasta “quita lo de teta y a la máquina”:

Todos los hombres del presidente, como después la infravalorada Nixon, de Oliver Stone, se centran tanto en el caso Watergate y la paranoia presidencial que la guerra de Vietnam aparece sólo de manera tangencial. Y sin embargo, con el paso de los años, Vietnam se está convirtiendo en una clave fundamental para entender la deriva criminal de la presidencia de Nixon.

HALDEMAN: “SIN VIETNAM, NO HABRÍAMOS TENIDO WATERGATE”

Hace unos meses el reportero del caso Watergate, Carl Berstein, insistía en la importancia de Vietnam al comentar el último libro del premiado Tim Weiner One man against the world: The tragedy of Richard Nixon::

“Without the Vietnam war, there would have been no Watergate,” Haldeman noted accurately, though long after the fact. To understand that link, consider the deceit of presidential candidate Nixon and the culture of illegality he brought to the White House. In his landmark 2014 book, “Chasing Shadows,” Ken Hughes reconstructs Nixon’s spectacularly devious role in scuttling the Paris peace talks of 1968, in the closing weeks of the campaign, after President Lyndon Johnson decided to halt the bombing of North Vietnam to help bring about a possible settlement to end the war. This was the Chennault Affair, in which high-level emissaries for Nixon promised South Vietnamese President Nguyen Van Thieu that he would get a better peace deal if Nixon were elected — and not Hubert Humphrey, LBJ’s vice president and the 1968 Democratic nominee. Thieu boycotted the peace talks.

When Johnson learned of Nixon’s intervention, he was incensed. In conversations with the Senate Republican leader, he called Nixon treasonous — implying that he had violated the Logan Act, which forbids private citizens from interfering in government diplomacy. By subverting a move toward peace, Nixon had also potentially caused the injury and deaths of thousands more American soldiers and countless Vietnamese, Johnson charged. So entering the presidency, Nixon knew he had a terrible secret to hide that could be ruinous.

Ahora, en el  New York Review of Books, el también reportero del Washington Post y antiguo corresponsal en Vietnam Robert G. Kaiser destaca la relevancia de Vietnam en cualquier aproximación a la presidencia de Richard Nixon. Fue mucho más que una guerra heredada de las administraciones demócratas de Kennedy y Johnson a la que Nixon puso fin con la espantada que fue la “vietnamización”. Mucho más que el acto secundario de una presidencia devorada por el escándalo Watergate. Vietnam fue la clave.

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LA TEORÍA DEL PRESIDENTE LOCO

En una generosa reseña de las últimas publicaciones sobre el único presidente dimisionario de la historia de EEUU, Kaiser destaca especialmente Nixon’s Nuclear Specter: The Secret Alert of 1969, Madman Diplomacy and The Vietnam War, de William Burr y Jeffrey P. Kimball. Nixon no sólo saboteó las conversaciones de paz de su predecesor Lyndon B. Johnson, también cruzó todas las líneas rojas desde el mismo comienzo de su presidencia para conseguir una salida “honorable” de  Vietnam. La idea era meter el miedo en el cuerpo a los norvietnamitas (y de paso a los rusos y a los chinos) transmitiéndoles la imagen de un presidente fanático, enloquecido, un anticomunista capaz de cualquier cosa. “The Theory of the Madman”, según expuso el propio Nixon al primero de los hombres del presidente, su jefe de gabinete H.R. “Bob” Haldeman:

“Le llamo la Teoría del Loco, Bob. Quiero que los norvietnamistas piensen que he llegado al punto en que podría hacer cualquier cosa con tal de acabar con la guerra. Debe llegarles el rumor de que, ‘ya sabes, Nixon está obsesionado con el comunismo, no podemos frenarle cuando está cabreado y ojo que el botón nuclear está al alcance de su mano’…  El mismísimo Ho Chi Minh va a tardar dos días en llegar a París para implorar por la paz”.

Pues no. Ho Chi Minh ni se inmutó (tampoco estaba como para ir a París; murió en una cueva de Hanoi en septiembre del 69). Pero los norvietnaminas no hincaron las rodillas. Nada les hizo flojear. Ni el bombardeo masivo y secreto de Camboya  para golpear las bases y vías de suministro del Vietcong -¡¡2,8 millones de toneladas de bombas en cuatro años!!- , ni ante la escalada militar del 69 ni los ejercicios navales frente a las costas norvietnamitas para hacerles creer que minarían la bahía de Haiphong ni la alerta nuclear mundial al estilo de Teléfono rojo: volamos hacia Moscú: Nixon colocó a todas las fuerzas estratégicas de EEUU -misiles intercontinentales, submarinos y bombardeos – en alerta máxima para hacer creer a Moscú que Washington se estaba preparando para lanzar un ataque nuclear. Algo de esto habíamos oído en una de las cintas secretas de Nixon desvelada en 2002.

Año 1972. Vietnam del Norte ha lanzado una ofensiva de primavera. Nixon habla con Kissinger.

Nixon: We’re going to do it. I’m going to destroy the goddamn country, believe me, I mean destroy it if necessary. And let me say, even the nuclear weapons if necessary. It isn’t necessary. But, you know, what I mean is, what shows you the extent to which I’m willing to go. By a nuclear weapon, I mean that we will bomb the living bejeezus out of North Vietnam and then if anybody interferes we will threaten the nuclear weapons.

Una semana después, viene mi cita favorita. Pide a su consejero de Seguridad Nacional que “piense a lo grande”:

Nixon: I’d rather use the nuclear bomb. Have you got that ready?
Kissinger: That, I think, would just be too much.
Nixon: A nuclear bomb, does that bother you?… I just want you to think big, Henry, for Christ’s sake! The only place where you and I disagree is with regard to the bombing. You’re so goddamned concerned about civilians, and I don’t give a damn. I don’t care.
Kissinger: I’m concerned about the civilians because I don’t want the world to be mobilized against you as a butcher

Cuenta Weiner que la combinación de bebida, insomnio y pastillas alimentaba las ensoñaciones agresivas de Nixon. Y su locuacidad. Solía llamar en estado de embriaguez a miembros del Gobierno, de su gabinete o a su antiguo entrenador de fútbol. Le escuchaban hasta que la voz de Nixon apenas pasaba del murmullo y el presidente caía dormido.Quizá eso explique que Kissinger, un tipo con un altísimo concepto de sí mismo, aparezca en tantas cintas secretas como un humilde masajista del ego presidencial (a la espera de que pasara la borrachera, suponemos).Éste es el momento “think-big-Henry” con Nixon in his own voice y grabado por el propio sistema de escuchas que instaló en el Despacho Oval:

EL DESASTRE DE RICHARD NIXON

La estrategia de Nixon en Vietnam -recrudecer la guerra para obtener una mejor posición negociadora en las conversaciones de París- fue un absoluto desastre. Murieron otros 21.000 soldados americanos, un tercio del total, y cientos de miles de vietnamitas. El bombardeo de Camboya y la invasión de 1970 desestabilizaron el país y propiciaron la llegada al poder en 1975 de los Jemeres Rojos que exterminaron a dos millones de camboyanos.

Y además ahí comenzó, a juicio de Kaiser, el ejercicio en la mentira y la ilegalidad que llevaría al Watergate:

“The connection between Vietnam and Watergate is often missed… Deceit and disregard for the law were the common threads. The abuses that constituted Watergate began with events tied to the Vietnam war: first was the attempt to sabotage LBJ’s peace talks in October 1968. In 1969 came the secret bombing of Cambodia and the wiretapping of reporters and White House aides, provoked by a leak to The New York Times about the secret bombing. Then the break-in at the office of the psychiatrist of Daniel Ellsberg, the man who leaked the Pentagon Papers about the war. The Huston Plan, drawn up by a White House aide in 1970 and approved by Nixon, proposed break-ins and black-bag jobs aimed at radicals, especially anti-Vietnam activists. The plan was rescinded, but many were kept under surveillance. Nixon explicitly ratified the use of illegal break-ins when he ordered aides to “blow the safe” at the Brookings Institution in Washington in search of Vietnam secrets from the Kennedy and Johnson administrations. That order was also never carried out, but soon after Nixon issued it, Mitchell and others came up with the idea of breaking into the Democratic committee offices. Ultimately, deceit and lawlessness forced Nixon from office, and sent twenty-two of his colleagues to jail”.

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Antes de llegar al PSOE, permitidme un rodeo sobre política, televisión y EEUU…

Si hubiera que buscar el origen de la televisión como instrumento político, el lugar está muy claro: Estados Unidos. Respecto a la fecha, ¿qué tal el 23 de septiembre de 1952?

Aquel año, el senador por California Richard M. Nixon luchaba por conservar su puesto como candidato a la vicepresidencia en el ticket de Einsenhower. Su campaña se vio empañada por acusaciones de uso impropio de los fondos recaudados por sus simpatizantes para sufragar su carrera política. Para despejar dudas, Nixon optó por una maniobra audaz: voló a Los Ángeles y compró media hora de televisión para defenderse directamente ante el creciente público televisivo norteamericano. El Comité Nacional Republicano pagó una pasta: 75.000 dólares de la época (578.000 euros actuales). Fue el 23 de septiembre de 1952. La maniobra pasó a la historia como el discurso de Checkers.

 

La escenografía no tiene desperdicio. En el estudio construyeron la réplica de un dormitorio de clase media americana, el GI bedroom den. Durante el discurso, la cámara panea hacia la derecha y vemos a una orgullosa Pat Nixon sentada en el sofá escuchando las explicaciones de su marido. A lo largo de 30 minutos, Nixon dio cuenta del dinero y regalos que había recibido, entre ellos un perrito de raza cocker spaniel que sus hijas había bautizado como “Checkers” y que no pensaba devolver “dijeran lo que dijeran”.

60 millones de norteamericanos vieron el discurso de Checkers, la mayor audiencia televisiva hasta la fecha. Nixon consiguió su objetivo. Afianzarse en la candidatura republicana que ganaría las elecciones ese mismo año de la mano de Eisenhower. Fue el triunfo de un discurso emocional en un medio emocional. La peripecia posterior de Richard Nixon ha generado innumerables libros y películas (junto con Kennedy, estamos ante el mejor material “literario” de la política presidencial). En cuanto a Checkers, murió en 1964 y está enterrado en un cementerio de mascotas de Long Island.

A Checkers le siguieron otros hitos de la política en televisión. La retransmisión de las sesiones del comité anticomunista de Joseph McCarthy y, en particular, su famoso enfrentamiento con el periodista Ed Murrow. La historia inspiró la película “Good Night and Good Luck”, de George Clooney. Adjunto en el siguiente vídeo, el auténtico editorial de Murrow contra McCarthy en See it now, el 9 de marzo de 1954. Si a Nixon le salvó la tele en Checkers, a McCarthy le mató, políticamente, su sobreexposicón televisiva (y, literalmente, su abuso del alcohol). Murió tres años después de cirrosis. Tenía 48 años.

 

Son dos precedentes del que muchos consideran el primer gran momento decisivo de la televisión en la política. Los debates Kennedy-Nixon en la elección presidencial de 1960. El tema ha dado pie a miles de  artículos, ensayos, reportajes… Todos o casi todos con la misma conclusión: la televisión impulsó al relativamente desconocido senador Kennedy hacia una victoria muy ajustada frente al mucho más experimentado y conocido vicepresidente Richard Nixon. La telegenia venció a la seguridad, la novedad a la experiencia. El primer debate lo vieron 73 millones de espectadores, más del 60% de los hogares con televisor en aquel momento. Un 50% de los votantes admitió a posteriori que los debates habían influido en su decisión.

 

En nuestro país, el fenómeno Pablo Iglesias/Podemos acaba de redescubrirnos el impacto de la televisión en la política. No es que hubiera desaparecido. Basta con comprobar cómo el control político de las televisiones públicas ha sido y sigue siendo una constante lamentable desde el comienzo de la Transición. Y eso que no ha impedido la derrota electoral del “controlador”, fuera el PP o el PSOE. Tal vez lo importante no sea salir mucho, como le pasó a McCarthy, sino cómo se sale y qué se dice. La credibilidad, en definitva.

En todo caso, hoy aquí no quiero volver a la influencia de la televisión en la opinión pública, sino a la traslación a la política de las prácticas y los tiempos televisivos. Tanto las cadenas como los partidos políticos se someten al veredicto de los electores. En las televisiones, las elecciones se celebran a diario y los resultados se reciben a la mañana siguiente a la emisión. En política, los electores deciden cada cuatro años, pero en ese tiempo proliefran las encuestas y las tomas de temperatura del electorado.

En la tele se toman decisiones según los resultados. Cambios de presentador, de contenidos, de horario, de cortes de publicidad… La paciencia escasea. El nerviosismo lleva a ajustes de programas y parrillas con criterios que harían de la astrología una ciencia respetable.

Ahora en política, la sorpresiva irrupción de ese “nuevo programa” que es Podemos ha desatado un frenesí. Los políticos empiezan a leer los sondeos como los ejecutivos de televisión leen las audiencias. Y, como en la tele, cuando los datos son malos cunde el nerviosismo y se toman decisiones drásticas. A veces, funcionan.

Nada mejor que el PSOE de estos últimos meses para comprobar la “contaminación televisiva” de la política. Con la película Network como metáfora de fondo, por ahí va mi vídeo dominical en Noticias Cuatro.

PEDRO SÁNCHEZ TOMAS GÓMEZ

Perdón por el excurso “americano”, pero la historia política de EEUU me gusta más que comer con los dedos y, what the hell, para eso sirve un blog, ¿no?