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La escena culminante -una de las pocas rodadas en exteriores de la película Diplomacia– se desarrolla en la azotea del Hotel Meurice de París en la mañana del 25 de agosto de 1944. El general alemán Dietrich von Choltitz logra por fin comunicarse con el teniente Hegger. LLeva horas esperando una orden, la orden de volar por los aires los puentes del Sena y los más famosos monumentos de París: la Ópera, los Inválidos, la Torre Eiffel, Notre-Dame…

“Escúcheme, Hegger, la orden que le voy a dar es definitiva”, grita von Choltitz por el micro de sus auriculares.

Y entonces se hace una pausa, un silencio… La cámara busca primeros planos de los rostros. El tiempo se ralentiza. Todos los argumentos de la película se agolpan en ese instante de duda, escuchamos los pensamientos del general que tiene en sus manos la terrible decisión de convertir en una ruina una de las ciudades más grandes y bellas de la historia.

Era lo que Hitler le había pedido apenas quince días antes cuando le entregó el mando de París: “París no debe caer en manos del enemigo, si fuera así, el enemigo no debe encontrar más que un campo de ruinas”. La destrucción de la capital francesa le parece una venganza justa por los bombardeos masivos de Hamburgo, Berlín y otras ciudades del Reich.

Pero no ocurrirá. El 25 de agosto el general Von Choltitz incumple la orden de Hitler y rinde intacta la capital francesa a las tropas de la División Leclerc. Cuando la noticia de la capitulación llega al cuartel general de Rastenburg (Prusia Oriental, actual Polonia), Hitler se vuelve hacia el general Jodl y pregunta: Brennt Paris? (¿Arde París?). O al menos eso da pie al título del libro-reportaje de Dominique Lapierre y Larry Collins ( Paris brûle-t-il ?) y a la película de Rene Clement realizó en 1966.

diplomatie

La historia vuelve a las pantallas con Diplomacia de Volker Schlöndorf, que acabo de ver estos días. Schlöndorf (el veterano director de El Tambor de Hojalata) se basa en el texto teatral del joven autor francés Cyril Gely. Ni lo he visto representado ni lo he leído, pero sospecho que la película no va mucho más allá de la traslación a la pantalla de la obra de teatro. El guión no puede ceñirse más a las clásicas unidades aristotélicas de acción, tiempo y espacio. Una discusión entre dos personajes en una habitación del Hotel Meurice de París desde la madrugada hasta bien entrado el día 25 de agosto de 1944. Incluso los actores principales son los mismos que han representado la obra sobre el escenario. Puro teatro filmado, dicho sin ningún menosprecio pero también como aviso a futuros espectadores.

Todo el drama de la pieza se sustenta en los actores -muy buenos, por cierto- y en su intercambio argumental. El general Von Choltitz y el cónsul sueco Raoul Nordling. Von Choltitz tiene una orden que cumplir: destruir París. El mediador Nordling lo sabe y quiere salvar la ciudad de su vida.

Heredero orgulloso de la casta militar prusiana, el general Von Choltitz nunca ha dejado de cumplir una orden. Ni siquiera la más aberrante. En su hoja de servicios figura el bombardeo sin complejos de Roterdam y Sebastopol. Eran objetivos militares -se justifica- y en ese caso no entran en juego otras consideraciones. La tierra quemada es su especialidad. Tal vez por eso Hitler lo ha seleccionado y enviado a París donde reemplaza a algunos de los conspiradores militares del golpe del 20 de julio encabezado por Stauffenberg.

Por si le tiembla el pulso, hay otro incentivo. Un Von Choltitz airado se lo expone a Nordling. Tras el golpe frustrado, el régimen nazi ha aprobado una ley dirigida a la élite militar que pueda albergar veleidades derrotistas o traicioneras. La Sippenhaft convierte en rehenes a las familias de los altos mandos militares que desobedezcan al Führer. Von Choltitz tiene mujer y tres hijos en Baden-Baden. No era una amenaza hueca. El propio Rommel -implicado en el trama contra Hitler- fue invitado a suicidarse para salvar a su familia. “¿Qué haría usted en mi lugar”, le replica Von Choltitz al cónsul sueco. El dilema alcanza al espectador. Si usted fuera Von Choltitz, ¿qué vale más? ¿París o su familia?

diplomacia habitación

Frente a este cúmulo de circunstancias se encuentra el consul Nordling con su capacidad de persuasión como única arma. No hay argumento al que no recurra ante el inflexible general alemán: la belleza de París, las miles de personas que morirán, la inutilidad militar de la destrucción, el recuerdo que quedará en la historia de Von Choltitz, la futura relación franco-alemana, la información privilegiada que posee, los valiosos contactos con la Resistencia…  Hay momentos en los que el general parece a punto de ordenar el arresto y fusilamiento inmediato del insistente cónsul, pero Nordling se ha convertido ya en la conciencia de Von Choltitz y ¿cómo fusila uno a su conciencia? La discusión avanza al tiempo que los asistentes tratan de restablecer la comunicación con el teniente Hegger, el único que puede apretar el botón que iniciará la voladura de París.

¿Por qué desobedece Von Choltitz a Hitler, según Diplomacia? Las pistas más visibles de la película son su disgusto con un régimen corrupto -el enfado con los SS que han venido a requisar obras de arte- y su propio  derrotismo: ha visto el rostro de la derrota en un Hitler babeante, parkinsoniano y deteriorado en su búnker de Rastenburg.

Hitler en Trocadero

Son sólo cuatro años, pero 1944 queda ya muy lejos de 1940, cuando el Führer se hacía fotos en Trocadero acompañado por el arquitecto Speer con la Torre Eiffel al fondo.

París no es ni Sebastopol ni Roterdam. París intimida. ¿Quién querría pasar a la historia el destructor de París?  “Cuando dentro de unos años vuelva como turista podrá decirse: yo salvé París”, le dice Nordling a Von Choltitz.

París pesa demasiado. Tal vez ése sea el argumento definitvo que recorre Diplomacia de principio a final y frena el ánimo de Von Choltitz en ese momento decisivo en la azotea del Hotel Meurice.

En su anotación sobre la liberación de París, Borges escribe: “Además, ¿no ha razonado Freud y no ha presentido Walt Whitman que los hombres gozan de poca información acerca de los móviles profundos de su conducta? Quizá, me dije, la magia de los símbolos París y liberación es tan poderosa que los partidarios de Hitler han olvidado que significan una derrota de sus armas”.

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Los auténticos Dietrich von Choltitz y Raoul Nordling

Hasta aquí los motivos que pone en juego por el ejercicio dialéctico que es Diplomacia. La historia pudo tener otras razones. No hay constancia de un  encuentro el 25 de mayo entre el general alemán y el cónsul sueco -aunque es cierto que ambos se habían reunido en días pasados para negociar una tregua y la liberación de prisioneros franceses. Tampoco está claro si París se salvó por una decisión de Von Choltitz o porque los alemanes fueron incapaces de llevar hasta el final el plan de destrucción.

La historia oficial dice que Eisenhower, comandante supremo aliado, no tenían ninguna prisa por liberar la capital francesa. Supondría un retraso de sus planes de persecución de los ejércitos alemanes y le desviaría del objetivo de establecer una cabeza de puente sobre el Rin antes del invierno. Fue De Gaulle quien ordenó a la División Leclerc la toma de París. Y así hicieron ocultándoselo incialmente a los americanos. De Gaulle temía que una insurrección de la resistencia comunista en la capital frustrara sus planes políticos. La liberación de París se convirtió así en una lucha por el futuro de Francia.

La 2ª División Blindada del general Leclerc despachó de avanzadilla a la novena compañía del III batallón, la famosa “Nueve”, en castellano, porque 146 de sus 160 hombres procedían del exilio español. Antiguos soldados republicanos, en su mayoría veteranos anarquistas, cuyo papel cada vez más se está viendo más reconocido.

Los republicanos españoles fueron los primeros en entrar por la Porte d’Italie de París a las 20:45 del 24 de agosto. De hecho, si nos fijamos en la foto de primera del diario Liberation del 25 de agosto, junto al líder de la Resistencia Bidault, aparece a la derecha el primer soldado “americano” -según titula erróneamente el  periódico-. Se trata de Amadeo Granell, teniente de “La Nueve”.

granell liberation

Por lo que aquí nos concierne, otro español tuvo un papel también silenciado durante años en relación con Von Choltitz. Pasada la 1 de la tarde del 25 de agosto, los españoles de “La Nueve” tomaron el cuartel general alemán en el Hotel Meurice. Von Choltitz se rindió al extremeño Antonio Gutiérrez. Cuando le pidió entregarse a un oficial, como mandan las convenciones militares, Gutiérrez, que no entendió el francés del general, sólo acertó a responder: “Soy español”. Entonces apareció por allí el teniente Henri Karcher que pasaría a la historia como el hombre al que se entregó Von Choltitz y después el comandante Jean de la Horie ante el que se produjo la rendición oficial.

Cuentan que Von Choltitz, quizá en agradecimiento porque el soldado había respetado su vida en vez de liquidarle de inmediato, le regaló su reloj de pulsera al extremeño Gutiérrez. El reloj que marcó la cuenta atrás de una destrucción que nunca llegaría a producirse.

 

 

 

 

8-DE SUROESTE A SURESTE. EL GIRO DE VON KLUCK

El 30 de agosto, el francés Albert Fabre vio cómo los alemanes ocupaban su casa en Lassigny, 30 kilómetros al norte de Compiègne:

“Llegó un coche y de él descendió un oficial de modales arrogantes… Avanzó mientras los oficiales que formaban grupos delante de la casa le abrían paso. Un hombre alto y majestuoso, de rostro afeitado lleno de cicatrices, de rasgos duros y una mirada penetrante. En la mano derecha llevaba un fusil de soldado y la izquierda, apoyada en la empuñadura de un revolver. Se volvió repetidas veces, golpeando el suelo con la culata de su fusil, y luego se detuvo en una pose teatral. Nadie se atrevía a acercarse a él y la verdad es que atemorizaba”.

Era el ya famoso general Alexander von Kluck, 68 años, comandante en jefe del Primer Ejército alemán.

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Furor Teutonicus. El general Alexander von Kluck

Los seis cuerpos del Primer Ejército formaban el semicírculo exterior del ala derecha. “Que el último hombre a la derecha roce con su manga las aguas del canal”, dejó señalado Schlieffen. Los soldados marcharon tan al oeste que la gente que se cruzaba con ellos no se podía creer que fueran alemanes. Su trayectoria inicial les llevaba a rodear París por el oeste, pero esa maniobra nunca se llevaría a cabo.

París siempre fue un dilema. La ciudad surgía como un tajamar que rompía la ola alemana. Si la rodeaban por el oeste, el Primer y el Segundo Ejército se separarían y dejarían expuestos sus flancos. Si pasaban por el este, la maniobra envolvente podía frustrarse. Cualquiera de las dos opciones, favorecería a los franceses.

FORTIFICACIONES PARÍS 1914
El “rompeolas” de París. Dos círculos de 39 fuertes rodeaban la capital francesa

¿Qué ruta eligieron?

El paso por el este de París. A principios de septiembre el Primer Ejército comenzó a virar. Del suroeste al sureste.Los alemanes tomaron ese derrotero absorbidos por su obsesión: la persecución de los ejércitos franceses en busca de la nueva Cannae les arrastraba hacia el Marne.

En ese momento, el cambio de dirección no parecía entrañar riesgos. Después de las batallas de Le Cateau (26 de agosto) y Guisa/San Quintín (29 de agosto), los alemanes consideraban a los franceses, y a sus aliados británicos, un ejército derrotado y en retirada. Sólo faltaba darles la puntilla.

Schlieffen_Plan y la realidad
¿Adios al plan Schlieffen? Las líneas del plan y, en verde, el avance real

“Nuestra ofensiva supera incluso las dimensiones napoleónicas. Ojala Schlieffen hubiera visto esto”, comentaba con entusiasmo Von Lauenstein, jefe de Estado Mayor del Tercer Ejército. Los boletines hablaban de “victorias decisivas” de ejércitos franceses “en huida”.

Sin embargo, hay quien albergaba dudas. A principios de septiembre, el ministro prusiano de la Guerra, Erich von Falkenhayn, visitó el frente y se preguntó ante Moltke “¿dónde están los trofeos, dónde los prisioneros de guerra?”.

“La victoria”, escribió Clausewitz, “es la destrucción de la fuerza del oponente para resistir”. A finales de agosto, los franceses seguían preservando esa fuerza.

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Von Kluck (en el centro) con la plana mayor del Primer Ejército en Flandes. A su izquierda, el jefe de su Estado Mayor, Hermann von Khul

Al dejar París a la derecha. Von Kluck y su jefe de Estado Mayor Hermann von Kuhl minimizaron la amenaza que representaba la guarnición de la capital. “Seis divisiones a lo sumo”.

Al este de la ciudad dejaron sólo un cuerpo de ejército para proteger su flanco. El IV Cuerpo de Reserva al mando del general de artillería Hans von Gronau. Una unidad, además, muy disminuida en efectivos.

A Kuhl no le preocupaba “el fantasma de París” mientras no se convirtiera en “carne y sangre”. Lo que no “veían” los jefes del Primer Ejército Alemán (o no querían ver porque avisos hubo) es que Joffre acumulaba fuerzas al norte de la capital. El fantasma de París estaba a punto de hacerse carne en los soldados del 6ª Ejército francés al mando del general Maunory.

9-LA HORA DE JOFFRE

If you can keep your head when all about you are losing heirs…(Si mantienes la cabeza cuando todos la pierden a tu alrededor…)” Los versos del If de Kipling se ajustan con precisión al relato del comportamiento del jefe militar francés Joseph Joffre en aquellos primeros meses de la guerra.

“Si Joffre hubiera muerto el 1 de septiembre, la historia lo recordaría como un incapaz y un carnicero”, escribe Hastings. “Sin embargo durante unas breves semanas, a finales de agosto y en septiembre de 1914, aunque el general no se ganó el derecho a ser considerado uno de los militares excepcionales de la historia, sí tuvo un momento de grandeza. Su primer éxito fue que tras los desastres de “las batallas de las fronteras”, no sufrió ningún ataque de nervios… Mantuvo la disciplina cuando otros perdieron la suya; demostró una calma olímpica y una voluntad de hierro que resultaron decisivas a la hora de impedir el triunfo de los ejércitos del káiser”.

Joseph Jacques Césaire Joffre, hijo de un tonelero, criado en una familia de 10 hermanos, ejemplo de la meritocracia militar republicana, ingeniero de formación, experto en ferrocarriles y fortificaciones. Más que por su genio estratégico, su reputación se fundaba en cualidades técnicas y administrativas. Toda su vida conservó el mote infantil atribuido a su seriedad: le pére Joffre, “papá Joffre”.

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El general Joseph Joffre en 1914

Si las fotos trasladan la rotunda figura del general, la impresión que causaba su rostro hay que buscarla en los retratos al óleo y en testimonios como el del oficial de enlace británico, Edward Spears:

“La blancura de su pelo, sus ojos de un azul lavado bajo unas enormes cejas blancas, la voz sin tono que debajo de su blanquecino bigote,… todo en él daba la misma impresión que un albino”. En las reuniones, escuchaba, apenas hablaba, se tomaba su tiempo, rumiaba las decisiones. La guerra sólo alteró uno de los hábitos regulares de Joffre. En las primeras semanas, dejó de echarse la siesta.

Una calma que no fue incompatible con una actividad incesante. Nada que ver con su rival Helmut von Moltke, recluido en su cuartel general de Luxemburgo. El generalísimo francés inundaba a sus comandantes con notas, telegramas, llamadas telefónicas; dictaba una tras otra instrucción general, giraba visitas al frente en un coche conducido a gran velocidad por Georges Bouillot, bicampeón del Grand Prix de Francia. Incluso asistió desde el puesto de mando a la dirección de batallas como la del 5º Ejército en Guisa. Como prueba de su implicación y activismo se suele citar que sólo en el primer mes destituyó a 37 generales.

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“Papá Joffre” reparte instrucciones

“Su calma y determinación… su carácter poco sofisticado y su liderazgo visionario”, según Sewell Tyng, autor de una de las primeras historias del Marne, fueron las razones por las que Francia no sucumbió a un nuevo colapso como el de 1870.

Después del estrepitoso fracaso de su Plan XVII; después de la carnicería en que desembocó el espíritu de “la ofensiva a ultranza”; después de errores como minusvalorar las fuerzas del enemigo o tardar en asumir la “evidencia” que caía sobre Francia desde Bélgica; después, en definitiva, de enviar a 100.000 jóvenes a la muerte, Joseph Joffre supo reaccionar.

No todos pudieron decir lo mismo. En esta historia, no abundan los genios militares. Estamos ante generales que, a menudo, superaban los sesenta años, que tomaban decisiones sobre un mapa con información imprecisa y fragmentaria; que intentaban mover a millones de soldados; que actuaban superados por las circunstancias, contra el tiempo y la presión; que vivían bajo la permanente pesadilla de verse rodeados y perder su ejército.

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Moltke y el kaiser Guillermo II de maniobras

Según los síntomas descritos por su mujer, Moltke sufrió una apoplejía cuando el káiser, en el último minuto, amagó con ordenarle un giro radical en sus planes de movilización. El comandante del Segundo Ejército alemán, Karl von Bülow, sucumbió a una crisis nerviosa la noche del 9 de septiembre, abrumado por las implicaciones de su retirada. El ruso Samsonov se pegó un tiro al ver aniquilado el II Ejército en la batalla de Tannenberg (92.000 prisioneros, 78.000 heridos y muertos).

O el general Lanrezac, comandante del 5º ejército francés. Un tipo tan brillante como pesimista. Desde Charleroi (Bélgica) venía combatiendo y escapando de milagro de los alemanes. La tensión psicológica le hundía por momentos en el abatimiento.

La noche del 31 de agosto en la terraza del Château en Craonne, el inglés Spears le escuchó murmurar versos de Horacio en Latín: “Beatus Ille qui procul negotiis… Dichoso aquel que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra… neque excitatur classico melestruci”.

Su “dicha” no se hizo esperar. Tres días después Joffre lo relevaba del mando y colocaba a Franchet D’Esperay. Hay cierta injusticia en todo esto. Porque fue Lanrezac quien más alertó -sin éxito- sobre la amenaza alemana por Bélgica y fue Lanrezac quien frenó y escapó a la ola teutónica en Guisa. Salvó su ejército y ganó un valioso día de respiro para los franceses. Pero el general “Casandra” no estaba hecho de la fibra que exigía el comandante en jefe.

Lanrezac
El general “Casandra” Charles Lanrezac

La destitución del Lanrezac, aunque dolorosa para su amigo Joffre, era inevitable si el generalísimo francés quería tenerlas todas consigo.

A finales de agosto, Joffre por fin “se cayó del caballo”. Las líneas del mapa –y la evidencia- empezaban a devolverle con claridad las intenciones alemanas. Abandonó su empecinamiento con el Plan XVII y preparó el gran redespliegue de sus ejércitos. La maniobra que salvaría a Francia.

Todo empezó a gestarse el 25 de agosto en la Instrucción General número 2 dictada desde el Gran Cuartel General de Joffre: “La reconstrucción en nuestra izquierda de una fuerza capaz de reanudar la ofensiva”. Con fuerzas detraídas de Alsacia y Lorena sumadas a la guarnición de París, Joffre ordenó crear una “masa de maniobra” ante Amiens o por debajo del Somme. Unos 150.000 soldados. Sería el futuro 6º Ejército francés.

La génesis estratégica de la batalla del Marne se acababa de poner en movimiento.

(Continuará)

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Batalla del Marne, 1914. Llegando a la guerra en taxi (coches del fondo)

“Quiconque aujourd’hui réfléchit sur les guerres et sur la stratègie, élève une barrière entre son intelligence et son humanité”.
Raymond Aron, Penser la Guerre, Clausewitz
(“Quien quiera que hoy en día reflexione sobre la guerra y la estrategia eleva una barrera entre su inteligencia y su humanidad”)

1-LA MISIÓN DEL TENIENTE CORONEL RICHARD HENTSCH

El 8 de septiembre de 1914, a las 10 de la mañana, dos coches parten del Cuartel General del Mando Supremo del Ejército Alemán (Oberste Heeresleitung, OHL) que dirige la guerra desde Luxemburgo. A bordo viajan el jefe de la sección de Inteligencia del Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch, acompañado por dos capitanes y un conductor. Les sigue un coche de reserva.

La misión de Hentsch durará tan solo dos días pero las repercusiones de su gira por el frente alemán han sido motivo de controversia durante cien años. Hentsch debía valorar, informar y trasladar las instrucciones del Mando Supremo a los jefes militares que dirigían la ofensiva contra Francia.

Aquel 8 de septiembre el ala derecha de los ejércitos alemanes combaten desde París a Verdún en un frente de 250 kilómetros. La línea de avance germano forma un saliente semejante a un arco apuntado al sur y cuya cuerda fuera el curso del río Marne, tributario del Sena.

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El frente del Marne el 9 de septiembre

Elementos del Primer Ejército Alemán ocupan posiciones 30 kilómetros al este de París. Con el enemigo a las puertas, la capital se vacía. La inminente llegada de los prusianos ha caído como una bomba. A la población se le ha ocultado durante un mes los reveses del ejército francés. Ávidos de noticias (cuentan que André Gide compraba hasta nueve periódicos diarios), los parisinos llevan semanas leyendo el mismo titular: “Les forts de Liège tiennent toujours”, los fuertes de Lieja resisten. Y cuando creían a los alemanes aún en Bélgica, descubren con espanto que ya han cruzado el río Somme.

Hace seis días que el gobierno francés ha abandonado la capital rumbo a Burdeos. Miles de refugiados siguen sus pasos. Trenes atestados, viajes tortuosos e interminables. En la estación de Austerlitz “el inmenso patio que está a la entrada ofrece el más extraño y miserable aspecto”, escribe en su diario de estudiante en París Agustí Calvet, Gaziel, el futuro director de La Vanguardia. “Centenares, millares de fugitivos del norte de Francia y del propio París, tendidos por el suelo, acurrucados en los rincones, apiñados, confundidos, esperan la salida de un solo tren. Se oyen gritos estridentes de los que se extravían entre la multitud compacta; hay niños llorando porque sus padres les han dejado un instante para ir a recoger noticias y se han alarmado al verse solos en medio de aquella confusión inmensa”.

 

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Refugiados belgas huyendo de los alemanes, agosto 1914

La defensa de París ha quedado a cargo del gobernador militar, el general Joseph Galliéni, héroe de las guerras coloniales francesas. Pese a su edad, 65 años – ésta fue una guerra de generales sesentones, Maunoury, 67; Moltke, 66; Joffre, 62; Hindenburg, 67; Kluck, 68; Bülow, 68…-, el enjuto Galliéni exuda energía. No pierde un minuto. Rápidamente se pone a organizar la defensa de la ciudad, una de las pocas capitales de Europa aún fortificadas. Entre los planes de contingencia, volar los puentes del Sena e incluso la torre Eiffel, que actúa como emisor de radio. A los defensores se suma desde la reserva como teniente coronel de artillería el rehabilitado Alfred Dreyfuss, antaño protagonista desgraciado del caso más célebre de Francia.

“París es una expresión geográfica”, sostiene Joffre. El general en jefe de los ejércitos franceses resta importancia a la posible pérdida de la capital. Los alemanes parecen pensar lo mismo. El objetivo que persiguen sin descanso no es la toma de París sino la derrota y rendición del ejército enemigo. Desde Bélgica pisan los talones a los franceses que, por ahora, han conseguido escapar al cerco. Los últimos días de agosto pasarán a la historia como los de la Gran Retirada. Un millón de soldados franceses y sus aliados británicos de la BEF (British Expeditionary Force) reculan en dirección sur.

A principios de septiembre, el káiser Guillermo II está exultante: “Ya hemos llegado al día 35. Rodeamos Reims y estamos a 50 kilómetros de París”. El día 35 es el día 35 a contar desde la movilización del 2 de agosto. Según el plan militar alemán, el célebre plan Schlieffen, entre el día 31 después de la movilización y el día 40, debía producirse la batalla decisiva que acabaría la guerra en el frente occidental. Gaziel también recuerda cómo los diarios franceses especulan un día sí y otro también con esa “gran batalla decisiva” que debía sellar el destino de la guerra.

Y, sin embargo, el 9 de septiembre, sin que mediara una derrota, después de un mes de combates, de un mes de marchas agotadoras, de un mes de conquistas pagadas a un alto precio, los soldados alemanes inician una inesperada retirada hasta el río Aisne. Y allí empiezan a cavar las trincheras a lo largo de un frente que permanecerá básicamente estable a lo largo de cuatro años. Tan estable que en el Marne da nombre a dos batallas. La de septiembre del 1914 –que recordamos aquí- y otra, la Segunda Batalla del Marne, entre julio y septiembre de 1918.

Si la Primera Guerra Mundial fue el acontecimiento que definió el siglo XX, la batalla del Marne fue su momento decisivo. Los alemanes perdieron su oportunidad. Los franceses recuperaron el aliento. La guerra de maniobra se transformó en guerra de desgaste. La batalla del Marne cambió el curso de la guerra y marcó el destino del siglo más sangriento en Europa.

“Lo más interesante de la Gran Guerra, hay que buscarlo en los primeros meses”, escribió Winston Churchill. “El avance de fuerzas gigantescas, las incertidumbres sobre su despliegue y enfrentamiento, el papel veleidoso del azar hicieron de la primera colisión un drama nunca superado”.

Fuera de Francia, la Primera Batalla del Marne no suele ser tan evocada como el Somme, Verdún, Ypres, Tannenberg o Gallipoli. Del “miracle de la Marne” se recuerda la requisa de los taxis de París para enviar tropas de refuerzo al frente. Pero más allá de este episodio colorido, ingenioso y de dudosa relevancia militar, el Marne resulta interesante por razones más abstractas.

No sólo fue un punto de inflexión en el conflicto que acababa de estallar, también entraron en juego factores que hacen del relato del Marne, de sus antecedentes, de su desenlace, un compendio de las variables de la guerra. Ni una victoria aplastante, ni una derrota sin paliativos. La batalla del Marne resulta tan “imperfecta” como fascinante. Puro drama. El azar y la necesidad, la volatilidad de los planes militares, la “fricción” y la “niebla de la guerra” de Clausewitz, la audacia de algunos comandantes, el sufrimiento de los soldados, el liderazgo (o su carencia) de un puñado de generales, el horror y la sangría de miles de jóvenes en una escala desconocida hasta entonces.

El historiador Holger Herwig valora el Marne como “la batalla terrestre más significativa del siglo XX y la más decisiva desde Waterloo”. El británico John Keegan califica la decisión que tomaron los alemanes en esos días de septiembre de 1914 como “la más importante entre la movilización y el armisticio de noviembre del 18”. El arriesgado plan alemán para obtener una rápida y decisiva victoria en el frente occidental se fue a la estantería de los grandes fracasos militares.

Que en todo esto fuera determinante el papel de un simple teniente coronel, Richard Hentsch, ha sumido en la perplejidad a historiadores y militares durante un siglo. Max Hastings ha escrito recientemente que la misión de Hentsch fue “la manifestación más radical de autoridad delegada en la historia militar”.

 

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El teniente coronel Richard Hentsch

En la posguerra, el jefe de Estado Mayor del Ejército de EEUU, Peyton C. March, se mostró sorprendido de que los más altos generales del ejército alemán hubieran obedecido a un “teniente coronel perfectamente desconocido… que se excedió ampliamente en su autoridad“. Propuso, con ironía, que los aliados levantaran un monumento en honor a Hentsch.

Incluso 50 años después, un antiguo mando del ejército alemán, testigo en primera línea de las decisiones en el Marne, escribió: “Si el pesimista teniente coronel Hentsch se hubiera estampado contra un árbol… en algún punto de su viaje del 8 de septiembre o si le hubiera pegado un tiro un soldado francés rezagado, habríamos obtenido un alto el fuego dos semanas después y alcanzado una paz en las que podríamos haber pedido de todo”.

Medio siglo después aún persistía el mito: Hentsch, el mensajero de la derrota. ¿O el chivo expiatorio? La realidad –como suele suceder- fue mucho más compleja.

(Continuará. Primera entrada de una serie sobre la batalla del Marne)