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la verdad sobre el affaire del observatorio

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

“L’histoire d’un homme, c’est l’histoire d’une époque ” François Mauriac

EL AFFAIRE DEL OBSERVATORIO

Otoño de 1959. La guerra de Argelia desgarra Francia. Por las calles de París circulan todo tipo de rumores: los colonos más intransigentes habrían enviado escuadrones de la muerte para asesinar a los políticos más proclives al diálogo con el FLN argelino. A Mitterrand le cuentan que su nombre encabeza la lista negra. La inquietud tiene precedentes. De cuando en cuando, Danielle recibe llamadas amenazadoras. A la puerta de su piso ha fallado una bomba casera… El 15 de octubre el periódico derechista Paris-Presse titula con gran despliegue que “grupos de asesinos han cruzado la frontera española. Los que van a ser ejecutados ya han sido señalados…”.

Ese mismo día al atardecer Mitterrand cena con Danielle en compañía de unos amigos. Después François sale sin su mujer a dar una vuelta con tres de sus acompañantes. La ruta nocturna acaba en la Brasserie Lipp. Mitterrand saluda a algunos conocidos y se despide. Está cansado, dice. Mientras conduce de regreso al domicilio se siente perseguido. Un Renault Dauphine verde no se separa de su Peugeot azul. Cambia la ruta habitual para comprobar si sus sospechas tiene fundamento. El Renault repite cada maniobra. Gira a la izquierda en el senado, deja a su derecha los Jardines de Luxemburgo y continúa hacia el sur hasta llegar al Observatorio. Frena entre dos coches aparcados, sale del vehículo y corre hacia los jardines. Salta la verja y se tira al suelo. Escucha una ráfaga de disparos. “Entonces, vi que se alejaban. Creo que abandonaron la idea de matarme cuando me vieron saltar y correr. Dispararon al coche vacío para poder decir a sus jefes: `lo intentamos, pero surgió un imprevisto´. Siete impactos de bala agujerean el Peugeot de Mitterrand.

En cuanto se difunde la noticia le llegan expresiones de apoyo de todas partes. Muchos interpretan que los ultras de Argelia están perdiendo la paciencia con el recién instaurado régimen gaullista: “fueron a por Mitterrand”, según recoge Philipe Short, “porque querían lanzar un aviso: los colonos no se iban a quedar de brazos cruzados si las autoridades de la metrópoli les abandonaban”.

Una semana después estalla la noticia “bomba”: todo había sido un montaje; una trama diseñada por un antiguo diputado de la extrema derecha con la complicidad de François Mitterrand. O, al menos, ésa es la versión con la que fue a los periódicos.

 

yo maquiné

“Yo maquiné con Mitterrand el falso atentado”, dice el exdiputado Pesquet en L’Aurore

“De un día para otro, Mitterrand pasó de héroe a villano; en el mejor de los casos era un estúpido naif, en el peor un tramposo incompetente”, constata Short, que escoge el affaire del Observatorio como comienzo de su biografía. El episodio ejercerá de bisagra oscura en la trayectoria de Mitterrand. Hasta el punto en que Danielle dividiría sus vidas en un “antes” del Observatorio y un “después” del Observatorio.

El affaire del Observatorio le dejó tan hundido que sus íntimos temieron un suicidio. A sus 43 años Mitterrand daba por finiquitada su prometedora carrera política. Danielle nunca le había encontrado en tal estado de debilidad: “Descubrí a un ser humano que se asomaba directamente al abismo. Se pasaba las noches en vela caminando de arriba a abajo por el apartamento”. El periodista y ensayista Jean-Jacques Servan-Schreiber se sorprendió al verle llorar en su despacho. Una reacción insólota en Mitterrand que pasaba por ser un modelo de discreción y contención emocional. Servan-Schreiber, por cierto, fue uno de los pocos amigos que no le abandonó en su momento más crítico.

No era inverosímil que la extrema derecha colonialista quisiera desprestigiarle tendiéndole una emboscada. Mitterrand era un político muy significado de la IV República. A ojos de la facción dura de los colonos argelinos encarnaba la debilidad de los gobiernos civiles de la metrópoli que habían permitido la propagación de la gangrena insurrecta del independentismo. Lo que sí parecía del todo inverosímil  era que Mitterrand hubiera caído en la trampa. En esos años pasaba por wser un “político hábil de fama nacional; un ejemplo no de inconsistencia sino de savoir faire; un político controvertido y carismático que sopesaba los pros y los contras de cualquier situación antes de decidirse”. Los que mejor le conocían estaban atónitos: ¿cómo se habría dejado arrastrar hacia un montaje tan arriesgado?

Medio siglo después -muerto ya Mitterrand- su hermano Jacques ofreció una explicación plausible: que participó en la trama -de la que desconocía todos los detalles- porque creyó que podría utilizar el atentado fallido en su propio beneficio. Debía servirle para realzar su figura, eclipsada por la enorme presencia solar que irradiaba De Gaulle. El regreso del general al primer plano de la política había cortado en seco la irresistible ascensión de Mitterrand por los escalones de la IV República.

Roland Dumas recuerda el atentado contra Mitterrand

LA POLÍTICA COMO DESTINO

Al terminar la II Guerra Mundial, en el verano del 45, Mitterrand no sabe muy bien qué camino seguir. Duda entre la diplomacia, la escritura, la docencia de historia o derecho… Escribe aquí y allá. Incluso llega a dirigir una revista de moda de la casa L’Oreal. Son trabajos alimenticios mientras continúa como vicepresidente no remunerado de su asociación de antiguos prisioneros de guerra -con un millón de miembros era la organización más numerosa de Francia, solo superada por el sindicato CGT.

La pasión política le consume pero ningún partido le convence del todo. Detesta a los comunistas -muchos años después serían sus futuros compañeros de viaje a la presidencia-, encuentra rancios a los líderes del socialismo y demasiado católicos a los democrata-cristianos. ¿Cuál es su ideología, si tiene alguna? El catolicismo social de su infancia y la experiencia igualitaria de la guerra, el campo de prisioneros y la Resistencia le alejan de sus orígenes derechistas y le empujan hacia la izquierda. Según Short, a lo largo de su dilatada vida política siempre mantuvo dos constantes: el despreció hacia el poder del dinero y la búsqueda de la justicia social. Otra cosa es que “el lenguaje en que se vayan a expresar esas dos ideas variará radicalmente dependiendo del momento y las circunstancias”.

Al final opta por un pequeño partido de centro próximo a su reciente experiencia durante la ocupación. En las filas del UDSR (Unión Democrática y Socialista de la Resistencia) predominan antiguos resistentes no marxistas. “Sus miembros van desde la izquierda de la derecha hasta la derecha de la izquierda”. No obstante, “el “momento” y las “circunstancias” le hacen entender bien pronto que necesita el apoyo de la derecha de su circunscripción si quiere llegar al parlamento. Son sus tiempos de soflamas anticomunistas. Promete luchar contra “la bolchevización” de Francia, se pronuncia en contra de la regulación de la agricultura y el comercio, critica las nacionalizaciones que impulsa el gobierno tripartito, defiende la libertad de elección educativa y una relación “armónica” con la religión. Pide a los votantes de Nièvre que “se mantengan firmes ante el peligro comunista que la debilidad de los socialistas y democristianos ha colocado confortablemente en el poder”.

Este acto de contorsionismo político da sus frutos y gana el acta de diputado en noviembre de 1946. Tan solo seis semanas después sus credenciales entre los prisioneros de guerra y una carambola en el reparto de cargos le colocan al frente del Ministerio de los Veteranos. Tenía 30 años. El ministro más joven de Francia desde la Revolución. La de Veteranos fue la primera de las ocho carteras que ocuparía en la turbulenta década de la IV República hasta alcanzar las de mayor peso: Interior y Justicia. Short apunta que si no llegó a primer ministro fue por la desconfianza que le tenía el presidente Coty… Y por Argelia.

Imprescindible: La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo

ARGELIA ARRASTRA A FRANCIA

Desastre en Dien Bien Phu (1954), pérdida de Indochina; independencia de Túnez, Marruecos en el 56, insurrección del FLN argelino… Francia contemplaba impotente cómo se desmoronaba su imperio colonial, cómo se desvanecía su peso en el mundo -algún día habra que hablar de la enorme repercusión de la fallida intervención en Suez en el 56.

Pero Argelia era más que una colonia. Argelia era un territorio que muchos consideraban tan francés como el Midi. Mitterrand creía que el problema se podía contener con una estrategia de apaciguamiento hacia los árabes, de reformas e inversiones, unificando la policía argelina con la metropolitana, integrando Argelia como provincia de pleno derecho en Francia.

Visto desde la perspectiva actual, subraya Short,”cómo podía pensar alguien que Argelia con nueve millones de árabes y un millón de colonos de origen europeo podía aceptar el dominio colonial cuando las vecinas Marruecos y Túnez -que sumaban 11 millones de árabes, y medio millones de colonos- habían obtenido la independencia de pleno derecho.

Pues así lo pensaba la Francia de la IV República que, acogotada por los militares y los colonos más intransigentes, era incapaz de mantener una estrategia coherente en Argelia. El terrorismo del FLN desató la clásica espiral de acción-reacción. El conflicto consumía gobiernos en París. Terrorismo, torturas y un debilitamiento extremo de la autoridad política. En febrero de 1956, un nuevo primer ministro, Guy Mollet, quiso iniciar su mandato con un golpe de efecto: una visita sorpresa a Argel. El pretendido golpe de audacia terminó en una escena vergonzosa. Le recibieron con un paro general: escuelas, fábricas y tiendas cerradas y banderas negras por todas partes en protesta por la sustitución del gobernador general.

Cuando el primer ministro se dispuso a colocar una corona en el monumento a los caídos, la multitud estalló. Le lanzaron tierra, piedras, tornillos, verduras… Sus escoltas consiguieron ponerle a salvo y trasladarle al Palacio de Verano, la residencia del gobernador general. Fuera 50.000 personas intentaban tomar el edificio. Las fuerzas de seguridad colocaron las ametralladoras cargadas en sus trípodes. “No podía permitir que mataran al primer ministro”, explicaría después el jefe de la seguridad-. Si la revuelta no terminó en un desastre sangriento fue porque el nuevo gobernador general anunció esa misma tarde su dimisión. Al conocer la noticia, la multitud empezó a dispersarse.

“¿Debe permanecer Francia en Argelia?”, pregunta a los periodistas el comandante de la batalla de Argel en la película de Pontecorvo. “Si ustedes responden que sí, deberán aceptar todas las consecuencias necesarias”. El personaje es un trasunto del Jacques Massu quien al frente de sus brigadas paracaidistas fue el encargado de restaurar el orden. Y lo hizo “con el acostumbrado vigor”. El ejército sustituyó a la policía. Los tribunales militares, a los civiles. Como ministro de Justicia, Mitterrand fue incapaz de impedir el uso brutal y sin restricciones de la tortura. Una de las páginas más negras de su biografía (y de Francia). El terrorismo de unos y otros dejaba a diario más de 20 muertos de origen árabe y europeo. Ante el deterioro del conflicto, Mitterrand apoyó por momentos la mano dura… y la guillotina. Recomendó la pena capital en 32 casos de condenados a muerte.

Short explica el endurecimiento de Mitterrand por puro cálculo político. Creía que su nuevo perfil de duro le podía despejar el camino hacia el ansiado puesto de primer ministro. Oportunidades no le faltaron. El conflicto argelino actuó como una centrifugadora que aceleró la inestabilidad de la IV República. Entre mayo y septiembre de 1957, Francia tuvo cuatro gobiernos. Mitterrand se veía ya a un paso de la jefatura del ejecutivo cuando el presidente Coty eligó a Felix Gaillard, un brillante economista de 38 años. El primer ministro más joven desde Napoleón. La irrupción de la juventud en momentos de gran crisis política parece un fenómeno histórico recurrente -y, sin embargo, el que terminó por hacerse cargo de la situación fue un viejo general de 68 años.

Mitterrand apreciaba a Gaillard. “Era más inteligente que yo, pensaba más rápido”, confesaría años después cuando Gaillard ya había fallecido en un accidente de yate. “Era más seductor, tenía más éxito con las mujeres, me hacía sentirme acomplejado… pero le faltaba perseverancia”. Ahí está la clave. La perseverancia. Una anécdota de aquellos años contrapone las figuras de Gaillard y Mitterrand y nos revela la fibra de la que estaba hecho el futuro presidente. En una ocasión, jugaron un partido de tenis y, para sorpresa de muchos, el más brillante, más fuerte y más hábil Gaillard cayó derrotado ante el aguante extraordinario de Mitterrand. Le llevó al agotamiento en tres horas y media de partido. Perseverancia. Mitterrand tardó dos meses en recuperarse físicamente, pero había ganado. Eso es lo que cuenta. En el deporte y la política

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Vídeo del recibimiento triunfal a De Gaulle en Argel y su famoso: “Os he comprendido”. 

OPERACIÓN DE GAULLE

“Argelia es un problema de la cuarta dimensión y sólo hay un hombre en Francia que puede hacerle frente” dijo el escritor y político Edgar Faure. El hombre -todos lo sabían- se llamaba Charles de Gaulle. Reclamado por buena parte de la nación y, sobre todo, por los militares que combatían la insurrección argelina mientras -a Dios rogando…- ponían en marcha la operación Resurrección: el lanzamiento de los paracaidistas sobre París para hacerse con el control de los puntos estratégicos de la capital. Un golpe de estado en toda regla que vino precedido de un prólogo amenazador: la toma -más simbólica que real- de Córcega.

La presión surtió efecto. Las nueces cayeron del árbol. El 29 de mayo de 1958, el presidente Coty convocó a De Gaulle -“para evitarle al país una guerra civil”- y le encargó la formación del que sería vigesimoquinto y último gobierno de la IV República francesa. Después de 12 años de travesía del desierto, De Gaulle salía de su retiro en Colombey-les-Deux-Églises y emergía impulsado por el resorte de una rebelión que, si no alentó, tampoco se preocupó de desactivar (el regreso de De Gaulle en la versión documental  de los archivos franceses: http://player.ina.fr/player/embed/AFE85007883/1/1b0bd203fbcd702f9bc9b10ac3d0fc21/560/315/1/148db8)

manifestation miterrand defensa de larepública

Mitterrand (derecha) en la manifestación en defensa de la república el 28 de mayo de 1958

Súbitamente Mitterrand se descubrió fuera de juego. Muchos de sus compañeros políticos se adhirieron con entusiasmo a la causa del general. ¿Qué debía hacer él? Sumarse o buscar su propio camino. “Todo me empujaba a ver con buenos ojos la liquidación de la IV República, pero a la vez todo me separaba de la dictadura que se acercaba disfrazada de piel de cordero”. Short nos describe a un Mitterrand en debate consigo mismo mientras camina por la rive gauche. “Cuando vuelve a la asamblea está decidido. Votará contra De Gaulle”. En ese momento, hace un pronóstico premonitorio: “Vamos a tenerle durante 20 años y yo soy el único capaz de oponerme a él”. A Short le sorprende la clarividencia de Mitterrand porque tardó efectivamente 23 años en cumplirse. Fue en 1981 cuando Mitterrand, el primer presidente de izquierdas desde 1936, accedió por fin a la máxima magistratura de la V República fundada por De Gaulle.

Fue la culminación de la decisión que tomó aquel domingo 1 de junio de 1958. Recuperamos la escena:

La asamblea francesa, reunida en sesión extraordinaria, debate la investidura de De Gaulle. Mitterrand se levanta, toma la palabra y lanza una filípica memorable:

“Cuando en septiembre de 1944, el general De Gaulle se presentó ante la asamblea consultiva, le escoltaban el honor y el patriotismo… Sus compañeros hoy, que sin duda no ha elegido pero que le han seguido, se llaman golpe y sedición… El dilema al que se enfrenta este parlamento hoy es el siguiente: o lo aceptamos como primer ministro… o se nos perseguirá… No aceptamos el ultimátum… El general De Gaulle regresa convocado por un ejército indisciplinado. Legalmente los poderes que se le confieran habrán sido cedidos por los representantes de la nación, pero de hecho ya los detenta como fruto de un golpe de estado”.

Al terminar sólo escuchó los aplausos de los comunistas y un puñado de socialistas, pero aquel domingo 1 de junio de 1958 Mitterrand inició su largo viaje hacia la historia. Aquel domingo se colocó frente al “salvador” de Francia. El politicastro de la fracasada IV República se atrevía a desafiar al hombre providencial del siglo XX francés. Mitterrand encarnaría a partir de entonces el rostro de la oposición al movimiento gaullista. Nada es eterno en política. Tampoco De Gaulle. Algún día llegaría su turno.

Si el general venía a podar sin miramientos las ramas de la IV República por las que había trepado nuestro hombre, aquel domingo Mitterrand decidió sembrar la simiente de su propio árbol; una semilla que germinaría con la paciencia y la fortaleza de un olivo.

(continuará)

mitterrand 1

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

Que un joven de la Francia rural y católica que coqueteó con la extrema derecha, colaboró como funcionario con el infame gobierno de Vichy e incluso fue condecorado por Petain, que se pasó en el momento oportuno a la Resistencia y llevó una vida oculta y temeraria que a punto estuvo de costarle la captura a manos de la Gestapo, que transitó por (casi) todos los ministerios de la infausta IV República y miró hacia otro lado cuando ocupaba la cartera de Justicia y la tortura era práctica común en la guerra sucia en Argelia, que se enfrentó (casi) en solitario a un irresistible De Gaulle, que montó un falso atentado contra sí mismo que habría finiquitado cualquier otra carrera política, que fue derrotado en dos elecciones presidenciales (1965, 1973), que se alió con los comunistas para alcanzar el poder y se equivocó tantas veces como uno puede equivocarse en una vida política tan longeva, que mantuvo durante décadas dos familias por separado sin menoscabo para su carrera y -last but not least- que sobrevivió el tiempo suficiente a un aletargado y secreto cáncer de próstata; que un hombre con esta trayectoria, decimos, llegara a sus 65 años a presidente de Francia y se convirtiera en el jefe de Estado francés más longevo -14 años- desde los decimonónicos Luis Felipe y Napoleón III puede parecer a primera vista inverosímil, pero ocurrió y ese hombre se llamó François Mitterrand.

¿Su secreto?

La resiliencia. La capacidad para sobreponerse a la adversidad y el error. Aguantó -también en Francia quien resiste gana-, y supo aprovechar los pliegues del tiempo político. Resistencia, seducción y ambigüedad.

Su protegido y primer ministro en los 80, Laurent Fabius, escribió que “la clave de la personalidad de Mitterrand, de su éxito extraordinario, de su longevidad política y de su energía, la clave de la fascinación que ejercía sobre los demás… fue su enorme y excepcional ambivalencia… una ambivalencia metafísica, profundamente arraigada, que le permitía ver el anverso y reverso de todo, que veía el bien y el mal en cada persona, que contemplaba toda situación como una semilla de tragedia y de esperanza”.

Si prescindes de la ambigüedad, será en tu propio detrimento; sentenció el cardenal De Retz. Pero fue su rival de púrpura, el cardenal Mazarino, preceptor de Luis XIV, de quien Mitterrand tomó no sólo inspiración para el nombre de su hija secreta; también adoptó en verbo y carne los preceptos del cínico y descarnado Breviario para políticos:

“Ahorra en gestos, camina con pasos medidos y mantén en todo momento una postura llena de dignidad… Cada día dedica unas horas a pensar cómo deberías reaccionar ante tal o cual acontecimiento… Mantén siempre cinco preceptos: simula, disimula, desconfía, habla bien de todos, prevé lo que has de hacer… Hay una muy escasa posibilidad de que la gente vea con buenos ojos lo que haces o dices. Más bien lo retorcerán todo y pensarán lo peor de tí”.

Lo cuenta Philip Short -excorresponsal de la BBC en París y autor de sendos libros sobre Mao y Pol Pot- en su reciente biografía sobre el presidente más enigmático de la Francia moderna. Por si alguien lo busca, el libro tiene dos títulos: A Taste for Intrigue. The Multiple Lives of François Mitterrand en su versión norteamericana y Mitterrand. A Study in Ambiguity  en la edición británica. No encuentro traducción al español. La biografía, escrita para un público anglosajón, ha recibido críticas muy elogiosas. Yo he disfrutado con su lectura. Lo que viene a continuación es, más que una reseña, un amplio resumen seriado para los muy cafeteros. Todos aquellos que esté interesados y no muy familiarizados con la vida del expresidente francés o que no anden sobrados de tiempo para digerir las 700 páginas en letra apretada de la edición de bolsillo.

No he leído otras biografías del personaje. Y son unas cuantas las que se han escrito. Muchas alentadas por el propio Mitterrand para tratar de controlar la luz que proyecte la historia sobre su pasado y su legado. La de Short sale bien valorada porque aporta detalles desconocidos. En especial, de su vida familiar. La eterna amante de Mitterrand, Anne Pingeot -la madre de su hija Mazarine- desvela, por ejemplo, que al expresidente francés le aplicaron en sus últimos momentos una sedación paliativa que podría encajar en los difusos perfiles definitorios de la eutanasia.

Fue en las primeras horas del lunes 8 de enero de 1996 en su apartamento de la avenida Frédéric-le-Play, 9, en París. Junto a su lecho, la única compañía del doctor Tarot. No quiso que estuvieran ni su amante Anne ni su mujer Danielle ni su hijo Gilbert. Prefirió morir en soledad. “Los que me aman lo entenderán”, le dijo al médico. Tenía 79 años. Era el final de una sinuosa trayectoria vital de la que la voy a destacar 10 momentos, 10 vidas de François Mitterrand; el hombre que se sucedía sí mismo como una crisálida que muda de forma y piel y se abre al mundo con cada nuevo tiempo político.

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¿El rostro sereno del socialismo? Mitterrand en su velatorio en la polémica foto final de Paris-Match

UNA JUVENTUD FRANCESA

François Maurice Adrien Marie Mitterrand nació a las cuatro de la mañana del 26 de octubre de 1916 en el pueblo de Jarnac, en la región de Cognac, al norte de Burdeos; lejos de las trincheras del norte en las que se batían aquel año los jóvenes franceses. A su padre lo acababan de nombrar jefe de estación de Angulema. Tres años después abandonaría una prometedora carrera en los ferrocarriles para dedicarse a la factoría de vinagre de su suegro, el papa Jules, presencia dominante en el hogar de los Mitterrand.

El oficio y la religión les distinguían de sus paisanos. Vinagreros y católicos en un territorio dominado por la “aristocracia” protestante del coñac que les consideraba unos advenedizos. Si optaron por el vinagre fue porque les vetaron en el negocio del coñac. Resulta sorprendente que en esos primeros años del siglo XX aún se dejaran sentir las viejas heridas de las guerras de religión que habían sacudido Francia tres siglos atrás. La sombra de los enfrentamientos civiles, como se ve, se alarga sobre siglos y generaciones. Tomemos nota.

Cuando la hermana mayor de François intentó unirse a un club de tenis de mayoría protestante, el pastor calvinista protestó “porque no está bien que los católicos jueguen aquí”. La abuela de Mitterrand tenía a gala no haber pisado nunca una casa protestante. Un fervor religioso y militante imperaba en el hogar. “Cuando era niño pensaba que sería Papa o rey”, diría mucho tiempo después. La familia era lo que por aquí calificaríamos como “de derechas de toda la vida”. Más monárquica que reaccionaria y -matiza Short-alejada del nacionalismo antisemita de Maurras y su Actión Française.

François nunca perteneció a Acción Francesa -“fui criado para pensar en ellos con horror, no por su antisemitismo sino porque habían sido excomulgados”- pero sí contemporizó con otros movimientos de la extrema derecha como la Croix de Feu, organización patriótica de veteranos de guerra. Con más de medio millón de militantes, eran conservadores que pregonaban el cristianismo social pero se oponían a cualquier extremismo. De hecho, la insurrección de Acción Francesa -intentaron tomar al asalto el parlamento en 1934- fracasó en buena medida porque la Croix de Feu se mantuvo al margen (froides queues –pichas frías-, les llamaría la prensa de extrema derecha). Segundo apunte: las guerras civiles no son inevitables, no lo fue la española; la tensión política en la II República no difería tanto de lo que sucedía al otro lado de los Pirineos.

¿Hasta qué punto Mitterrand fue un extremista de derechas?

Traduzco libremente a Short: “Años después a Mitterrand se le acusaría de proximidad a la extrema derecha en su época de estudiante -de leyes, política y literatura-. Esa posición, en la Francia de preguerra, era sinónimo de antisemita. Pero la asociación no prueba la culpa. Nadie duda de que el joven Mitterrand tenía amistades antisemitas -realmente en el París de los años 30 casi era imposible no tenerlos por la amplitud y aceptación que tenía el antisemitismo- pero nunca fue un antisemita… De hecho, en una ocasión salió en defensa de Georges Dayan, un joven estudiante judío, cuando un grupo de matones de Acción Francesa le estaban amenazando en un café del Barrio Latino. A lo largo de los siguientes cuarenta años, Dayan se convertiría en mucho más que un amigo de François. Sería su alter ego”.

Lo mismo se podría decir de sus supuestos vínculos con un grupo terrorista de extrema derecha, la Cagoule. Viejos amigos de Angulema y de la familia Mitterrand fueron cómplices en atentados sangrientos de la Cagoule y François, pese a todo, mantuvo su amistad con ellos. Para Mitterrand -y esto llama la atención en un político- la fidelidad a los amigos eran un artículo de fe, en especial con los amigos abandonados por todos los demás. “Estos vínculos no eran fortuitos”, comenta Short. “François Mitterrand no era de la Cagoule ni de Action Françoise, ni antinegro ni antisemita. Pero su entorno social y sus conexiones familiares le llevaban a tener amigos que sí lo eran y él no tenía problemas en convivir con eso… Trataba la diversidad de los seres humanos apreciando sus cualidades y encerrando sus defectos en una caja. Esta actitud daba pie a que se le pudiera acusar de falta de principios y de hecho le llevó a mantener amistades extrañas y lamentables”.

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El joven Mitterrand

Si tenemos que definir las inclinaciones políticas del joven François, habría que recurrir al amplio ideario del catolicismo social. Rodeado, eso sí, de mucha confusión. Tenía amigos izquierdistas y admiraba la oratoria del líder socialista Léon Blum, pero detestaba su alianza con los comunistas; le fascinaba el pensador judío Julian Benda que censuraba el nacionalismo racista y bélico de los intelectuales alemanes y franceses; visitaba al pretendiente al trono de Francia y escuchaba los discursos de un excomunista que fundó lo más parecido a un partido fascista en Francia. En los convulsos años 30, no fueron tan raros los viajes de ida y vuelta entre la extrema derecha, el socialismo y el comunismo entre los jóvenes inmersos en la efervescencia política de la época. Sólo un descarte queda claro. Ni entonces ni nunca, Mitterrand fue un liberal de corte anglosajón.

De estos años, Short subraya un episodio amoroso que dejaría una marca especial en el carácter de quien se convertiría en eterno seductor de mujeres y hombres. Marie-Louise Terrase sólo tenía 14 años. Cuando la conoció, le dijo que rondaba los dieciocho. François la convirtió en su Beatrice a lo Dante. Estamos en 1938. A lo largo de tres años y medio le escribió, atención, unas dos mil cartas de amor. “Estaba loco por ella”, le diría a un amigo. Marie-Louse reconocía sus cualidades, pero nunca se entregó enamorada. No era el hombre de sus sueños. Short la describe como “una princesita caprichosa a la que le encantaba flirtear con los chicos consciente, desde los trece años, del poder que sus encantos físicos ejercían sobre los hombres”. Como tantas veces en su vida, Mitterrand insistió, espero y aguantó: “Insufrible y exigente Beatrice”, le escribió en una ocasión; “me has convertido en tu esclavo del momento, tu juguete en esta hora”. En el amor y en la política siempre fue el último en rendirse a la evidencia.

La relación tuvo un final melodramático. El 4 de enero de 1942, Mitterrand, entonces funcionario de Vichy, viajó a París. Previamente había telefoneado para quedar con Marie-Louise. “Pasearon juntos por los Jardines de Luxemburgo, donde todo había comenzado cuatro años atrás”, escribe Short. “Marie-Louise dijo que le admiraba, pero que no estaba enamorada de él; no quería ser su mujer. Cuando llegaron al Sena, ella le devolvió su anillo de compromiso. François lo recogió y extendió el brazo como para lanzarlo. Si ella no lo quería, daba a entender el gesto, sería mejor que la corriente arrastrara el anillo y a él mismo hasta donde quisiera el destino. Marie-Louise pensó -erroneamente- que lo había lanzado al río. Rompió a llorar y se marchó”.

Años después, Marie-Louise Terrasse, bajo el nombre artístico de Catherine Langeais, llegaría a ser la presentadora más famosa de la televisión francesa desde finales de los años cincuenta hasta mediados los setenta. La “novia de los franceses” vivió aseteada durante años por la enfermedad hasta su fallecimiento de esclerosis múltiple en 1998. Once años antes, su antiguo novio de juventud, el presidente Mitterrand le otorgó la legión de honor por dejar “una marca indeleble” en la historia de la televisión francesa. De su enamoramiento enfebrecido por la joven Marie Louise, Mitterrand sacaría una lección: nunca dejaría a nadie más manejarle como si fuera una marioneta.

catherine-langeais-copie-1 Marie Louise con Mitterrand
Marie-Louise Terrasse a.k.a Catherine Langeais, la “novia de Francia” y de François Mitterrand 

PRISIONERO DE GUERRA

Si hay una experiencia fundamental en la vida de Mitterrand, fue su paso por los campos de prisioneros en Alemania. En la línea de lo que, entre nosotros, cuenta Chaves Nogales en su recomendable La agonía de Francia entendió la rápida y extraña derrota de Francia ante los ejércitos de Hitler como un fracaso de las élites que, sumado al igualitarismo que imponía el campo de prisioneros, le alejaría de su clase y de su ideología juvenil. “El viejo orden social no resistía una sopa de nabos”, escribió. Tiempo después las organizaciones de exprisioneros de guerra serían el embrión de su carrera política. Primer cambio de piel. En Alemania comienza la segunda vida de François Mitterrand.

En la prisión alemana de Ziegenhain dedicó buena parte de su tiempo a dar charlas a sus compañeros de encierro. Sobre El amante de Lady Chatterley, sobre Voltaire, sobre las lettres de cachet de la Francia prerrevolucionaria… “Hablaba sin notas, con las manos apoyadas en la mesa”. Le llamaban “el profesor”. “No nos da lecciones de superioridad”, anotó en su diario un colega del campo. “Se abre a las ideas de otros… En mi opinión, eso denota una inteligencia generosa… Sólo hay dos actitudes que le parecen imperdonables: la cobardía y la vulgaridad… Apreciamos su elegancia en medio de esta promiscuidad”. “Inspiraba respeto”, recordaba otro. “Tenía como una cuestión de honor respetar a otros y ser respetado por ellos”. Todos coinciden en que parecía un ser frío y distante en una primera impresión. Un redactor anónimo de la revista del campo que editaba el propio Mitterrand le comparó con Vautrin, el misterioso benefactor del Rastignac de Balzac. La comparación suscita adhesiones.

“François Mitterrand, como Vautrin, es un hombre de múltiples identidades… y sospecho que guarda el terrible secreto de una personalidad escindida. Como un nuevo Jano, te lo encuentras aquí como el elegante director de un periódico, un hombre de letras, un filósofo perspicaz y sutil; y luego lo ves allí como un camillero ocupado y meticuloso en la clínica del campo… Pero sea de una o de otra guisa, no debemos olvidar que François Mitterrand mantiene un culto personal de todo lo que es noble; esto es, se ve consumido sin cesar por las llamas del lirismo, de la belleza y del altruismo… No se equivoquen. Como una abeja, es a la vez miel y aguijón; un ingenio irónico y un corazón sensible. Eso le permite, podríamos decir, caminar por la vida con unos cristales de color rosa. Pero Mitterrand es a la vez sabio y escéptico y, a través de esos cristales rosas, ve todo negro”. L’Ephemère, 1 de septiembre de 1941.

¿No escribiría todo esto el propio Mitterrand?

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El soldado Mitterrand

Tres veces se fugó de las prisiones alemanas y consta que, al menos en la primera ocasión, lo hizo por temor a perder a Marie-Louise. Dos veces fue delatado, capturado y devuelto al campo. Falta la pelota de béisbol, pero la peripecia no desentonaría en el escenario de La Gran Evasión de Steve McQueen. A la tercera lo consiguió.

“Se ofreció voluntario para trasladar cajas al cuartel alemán adjunto al campo de tránsito de Boulay. Aprovechó la oscuridad de una madrugada de diciembre para saltar la alambrada y correr hacia el centro del pueblo. Un compañero le había dicho que allí encontraría a la dueña de un kiosko de prensa que le ayudaría. Llegó sin aliento, cuando la mujer estaba subiendo la persiana metálica. Lo tuvo oculto durante dos días y después lo acompañó hasta Metz. Allí se subió a un tren hacia la frontera. Cuando empezó a desacelerar al acercarse a su destino, Mitterrand decidió saltar. Dio unos pasos hasta la pequeña estación y descubrió que ya estaba en Francia. Sí, pero aún estaba en la Francia ocupada por los alemanes. Los trabajadores del ferrocarril le alimentaron y le subieron a un autobús hacia Nancy donde consiguió unos papeles falsos. Desde allí tomó otro tren hacia el sur, hacia Besançon. Saltó de nuevo y caminó hasta cruzar la línea de demarcación  de la llamada “Zona libre” controlada desde Vichy por el gobierno del mariscal Petain… Era el 15 de diciembre de 1941″.

En Vichy, Mitterrand empezaría su tercera vida. La ambigüedad suprema. La doble vida de un aparente colaboracionista transmutado en un esquivo y notorio resistente llamado Morland.

(Continuará)