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La guerra es el reino de la incertidumbre; tres cuartas partes de los factores en los que se basa la acción en la guerra vienen envueltos en la niebla de lo incierto”.
Sobre la Guerra. Carl von Clausewitz

12-EL MENSAJERO DE LA DERROTA

La I Guerra Mundial se cobró un alto precio en sangre por el desfase entre las grandes masas que se pusieron en movimiento y la capacidad de los mandos para coordinarlas y dirigirlas en el campo de batalla. Ni las comunicaciones estuvieron a la altura de las gigantescas ofensivas, ni los generales tenían experiencia previa en la maniobra de ejércitos tan numerosos.

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Centro de comunicaciones y tendido de cable telegráfico en el frente

En el Marne, Helmut von Moltke no se movió de su cuartel general en Luxemburgo, a 400 km del frente, hasta que ya fue demasiado tarde. Tenía comunicación telefónica directa vía Cuarto Ejército con el Quinto, Sexto y Séptimo en la izquierda y centro, las zonas estancadas de la ofensiva. Sin embargo, sólo contaba con una radio para comunicarse con el Primer y el Segundo ejércitos en la crucial ala derecha.

Interrupciones e interferencias arruinaban las comunicaciones. Hay mensajes que tardaban más de un día en llegar a su destinatario. Un ejemplo: el 1 de septiembre Moltke, irritado, pidió aclaraciones a Kluck: “¿Cuál es su situación? Requiero una respuesta inmediata”. No la tuvo. En otra ocasión un mensaje muy relevante de Kluck a Moltke –“el Primer Ejército ha cruzado el Marne en Château-Thierry”- no llegó al Mando Supremo hasta el día siguiente. Había quedado sepultado entre la pila de telegramas del centro de señales en Metz.

“Los mensajes llegaban tan mutilados a los cuarteles de Kluck y Bülow que tenían que reenviarlos tres y cuatro veces”, anota Herwig. Por si fuera poco, no había conexión fija entre Kluck y Bülow, comandantes de dos ejércitos que debían estar en coordinación permanente. El 7 de septiembre Kluck envió hasta tres telegramas a Bülow pidiéndole refuerzos. Sin respuesta. Los mensajes de Kluck se cruzaron con los radiogramas de Bülow preguntándole por su situación. Los fallos de comunicación rozaron el ridículo en momentos clave.

A principios de septiembre, Moltke en Luxemburgo sólo tenía noticias imprecisas de lo que estaba ocurriendo en las riberas del Marne. A veces lo único que le llegaba eran los mensajes que captaba entre sus ejércitos, como el enviado por el Segundo al Tercero: “Unidades del Primer y Segundo Ejército sostienen duros combates en la brecha de Morin. Es muy importante que el Tercer Ejército intervenga rápidamente al este de Fère-Champenoise”.

¿Qué unidades? ¿Qué duros combates?, se preguntan en el Estado Mayor.

La mañana del 8 de septiembre un atmósfera de pánicose instala en los pasillos de la escuela femenina de Luxemburgo que alojaba al Mando Supremo Alemán. Hace dos días que Moltke no recibe comunicación directa de los comandantes del Primer y Segundo Ejército. Teme lo peor. Decide enviar un emisario, el teniente coronel Hentsch, jefe de la Sección de Inteligencia.

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El mensajero del miedo. El teniente coronel Richard Hentsch

Durante la reunión con los jefes del Estado Mayor, Moltke le habría dado plenos poderes (Vollmacht) para iniciar una retirada en el ala derecha si así lo exigían las circunstancias. Antes de salir, Hentsch mantiene otra reunión a solas con Moltke. ¿De qué hablan? ¿Qué le ordena exactamente? Pese a la importancia de la misión, el mensajero nunca recibe órdenes por escrito. Según todas las versiones posteriores, el teniente coronel entendió confirmada la orden de iniciar el repliegue si era necesario.

A las 10 de la mañana (hora alemana), Hentsch parte con los capitanes König y Köppen. De este a oeste visita a los ejércitos del ala derecha. Desde el Cuartel General del Cuatro Ejército llama a Luxemburgo. No hay problema. La situación es buena en los frentes del Cuarto y el Quinto. A las 17:45, Hentsch envía un nuevo mensaje por radio desde el Tercer Ejército: “La situación y los planes del Tercer Ejército son absolutamente favorables”.

El mensajero del Mando Supremo continúa su viaje hacia el Segundo Ejército donde llega a las 18:45. Bülow ha instalado su Cuartel General en el Château de Montmort, una antigua fortaleza medieval reconvertida en castillo renacentista. El teniente coronel espera media hora a que el general Bülow vuelva de su puesto de mando en el frente.

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El general Karl von Bülow

Si hay una reunión transcendental, si hay una conversación crucial en esta historia, ninguna lo es más que la celebrada aquel 8 de septiembre en el castillo de Montmort. Están presentes el general Bülow, su jefe de Estado Mayor Otto von Launstein, el jefe de operaciones Arthur Matthes y el propio Hentsch.

Bülow dice que situación del Segundo Ejército es “extremadamnente grave”. La capacidad de combate se ha reducido de tal manera que no podrán asestar el golpe definitivo a los franceses. Despotrica contra Kluck. No solo cruzó el Marne por delante del Segundo Ejército, desobedeciendo las órdenes de Moltke, ahora va a retirar dos cuerpos de ejército, el III y el IX, del flanco derecho de Bülow con lo que aumentará la separación entre ambos.

Entonces alguien (¿Lauenstein?) emplea la palabra ominosa, “Schlacke”-“escoria”, “cenizas”- para describir el destino del Segundo Ejército. Hentsch dice que la situación del Primer Ejército tampoco es buena, que puede verse copado por los franceses. En el fragor de la batalla, no podrá volver sobre sus pasos y cerrar la brecha con el Segundo Ejército. Si franceses (5º Ejército) y británicos (BEF) cruzan el Marne bien podrían volverse a su derecha y rodear a Kluck o bien a su izquierda y cercar a Bülow. En ese momento llega la noticia de la caída de Marchais, la “zona cero” de la batalla. El general Bülow se alarma aún más.

En vez de partir hacia el Primer Ejército, Hentsch hace noche en el château de Montmort. A las 21:30 envía un mensaje “templado” a Luxemburgo: “La situación del Segundo Ejército es grave, pero no irremediable”.

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Von Bülow, en el centro, rodeado de oficiales

El 9 de septiembre a las 5 de la madrugada, Hentsch vuelve a verse con los jefes del Segundo Ejército. Bülow no está presente. Ha pasado una mala noche. Confirman lo acordado: el Segundo Ejército mantendrá su posición si el Primer Ejército abandona la batalla del Ourcq y vuelve a conectar con el Segundo. A las 6:00 Hentsch sale hacia el cuartel general de Kluck en Mareuil, a 80 km por carretera.

Cuando Bülow se levanta, los últimos informes de reconocimiento hablan del avance de cinco columnas desde el pequeño Morin hacia el Marne por la brecha abierta en las líneas alemanas. Bülow no aguanta la presión. Cree que se le agota el tiempo. Cannae se ha vuelto en su contra. Son los franceses quienes están a punto de ejecutar la maniobra envolvente. Ha llegado el último momento si quiere salvar su ejército. A las 9:02 informa a Kluck y Hausen: “el Segundo Ejército inicia la retirada”.

Joffre obtiene su primera victoria, la victoria en la mente del enemigo. Resulta increíble que el más alto general alemán no consultara con Moltke o Kluck la repentina decisión de retirarse. Ni telégrafo, ni mensajero a caballo o en automóvil, ni en aeroplano. Búlow lo decide sin encomendarse ni a dios ni al diablo –“selbstständig”, “por sí solo”, dirá la investigación posterior- y sin haber sufrido una estrepitosa derrota en el campo de batalla. ¿Podría haber aguantado el desenlace del Primer Ejército en el Ourcq o del Tercero contra Foch? Después de todo, ambos estaban resistiendo e incluso avanzando en sus frentes.

Los historiadores no se ponen de acuerdo. Unos creen correcta la decisión de Bülow. Los franceses le superaban en 4:1 y el 5º Ejército francés estaba a punto de aplastar su ala derecha. Otros discrepan: La decisión de Bülow fue repentina e impulsiva. No se correspondía con la situación sobre el terreno. Kluck estaba a punto de aplastar al 6º Ejército francés en el Ourcq. Había tiempo. Pero Bülow no consultó con Kluck. Y los alemanes perdieron la batalla y, cuatro años después, la guerra…

Que uno de los mejores militares alemanes de su tiempo, Karl von Bülow, elevado a Generalfeldmarschall en enero de 1915, tomara una decisión precipitada con tantas repercusiones ha llevado a buscar explicaciones incluso médicas.

Ni Búlow, ni su jefe de Estado Mayor, Lauenstein, se encontraban en las mejores condiciones físicas y mentales. A sus 68 años, Bülow padecía desde hacía tiempo una afección de tiroides. Estaba medio sordo. La tensión del combate le agitaba y volvía irritable. La noche después de ordenar la retirada se le oyó sucumbir hasta tres veces al llanto.

Desde sus años de capitán, Von Lauenstein padecía la enfermedad de Graves, una afección vinculada al hipertiroidismo cuyo síntoma más visible es la protusión de los globos oculares acompañada de episodios ocasionales de palpitaciones, arritmias, nerviosismo y dificultad para concentrarse. Dos años después una enfermedad cardiaca se lo llevó a la tumba.

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El general Otto von Lauenstein

El análisis postmortem de la retirada queda incompleto sin la visita  de Hentsch al cuartel general del Primer Ejército.

Son las 11:30 del 9 de septiembre cuando el teniente coronel llega a Mareuil-sur-Ourcq. Más de cinco horas para recorrer 80 km. Una odisea por carreteras colapsadas con soldados cansados, heridos, refugiados que huyen de la artillería, caballería que vuelve del frente… y, por todas partes, noticias de que los franceses ya han cruzado el Marne. Al coche de Hentsch incluso le han disparado al tomarle por una avanzadilla francesa.

En el cuartel general del Primer Ejército, Hentsch revisa los últimos informes sobre el mapa con Hermann von Khul, el jefe de Estado Mayor. Resulta inexplicable que ninguno de los dos pidiera la presencia de Kluck. El generaloberst se encuentra a tan solo 300 metros en su puesto de mando. En sus memorias, Kluck sólo dice que fue “una circunstancia lamentable” que no le avisaran de la presencia de Hentsch hasta que ya se había marchado.

Khul explica al emisario del Mando Supremo que el Primer Ejército ha conseguido repeler los ataques franceses, estabilizar el frente y prepararse para asestar un golpe al flanco izquierdo del 6º Ejército. No les preocupa el avance británico por la brecha abierta entre el Primer y Segundo ejército. Por experiencia saben que los británicos operan con lentitud.

A Hentsch la evaluación de Khul le parece optimista en exceso. Ha llegado el momento de una retirada general para cerrar la brecha, insiste. Khul se opone. Hentsch replica que el Segundo Ejército se ha visto reducido a “cenizas” y que él viene investido de la autoridad del Mando Supremo para ordenar la retirada del Primer Ejército. Al final, Khul tiene que admitir que si el Segundo Ejército ha sido reducido a “cenizas”, ni siquiera una victoria suya sobre los franceses impediría la destrucción del flanco izquierdo del Primer Ejército.

En la investigación de 1917 solicitada por Hentsch, Khul confirmó que Hentsch no se había excedido en su autoridad. Ludendorf estuvo de acuerdo.

Hentsch parte de Mareuil a las 13:00. No para informar al Segundo ejército –otra decisión inexplicable-, sino al Tercero, Cuarto y Quinto. Una hora después, el general Kluck, informado por su jefe de Estado Mayor y “a petición del Mando Supremo” da la orden de cesar en la batalla y retirarse en dirección a Soissons. En ningún momento, pide confirmación u órdenes por escrito a Moltke o al káiser.

Terminaban así 30 días y 600 km de marcha hacia París y se esfumaba la última oportunidad de concluir de manera rápida la campaña en el oeste. El plan Schlieffen, reducido a “cenizas”. A partir de ese momento, el episodio del Marne se prestará a interminables ejercicios de historia virtual: ¿Y si Moltke hubiera reforzado el ala derecha en vez de debilitarla? ¿Y si el ejército de Kluck no hubiese girado a la izquierda? ¿Y si Bülow hubiera aguantado la presión francesa?…

El plan Schlieffen-Moltke empezó con el máximo orden y derivó irremisiblemente hacia la entropía.

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El frente del Marne del 5 al 13 de septiembre de 1914. Alemanes en rojo, el francés en azul. En verde, la línea de retirada

Waterloo, Sedán… Las guerras que se resuelven en una gran batalla son la excepción, recuerda Max Hastings. Y, sin embargo, aunque el concepto de batalla decisiva sea más que discutible, la del Marne lo fue. De una manera inesperada: Alemania perdió la guerra en septiembre de 1914.

A la hora de las recriminaciones, Bülow culpó a Kluck por llevarse sus dos cuerpos de ejército y dejarle el flanco al descubierto, Kluck cargó contra el pesimismo “antropológico” de Hentsch, Hentsch contra Kluck y todos contra Helmut von Moltke:

”Las notas de Schlieffen han llegado a su final y con ellas los recursos de Moltke”, escribe el ministro de la Guerra prusiano Erich von Falkenhayn. El general von Lyncker, jefe del Gabinete militar, anota el día 10: “en resumen, toda la operación –el maniobra envolvente de las fuerzas francesas- ha sido un fracaso… Moltke está hundido por los acontecimientos; sus nervios no están a la altura de la situación”. El 11 de septiembre el general Karl Einem, camino del Tercer Ejército, se cruza con Moltke en Reims. Ve “un hombre totalmente roto y desconcertado” cuyas primeras palabras son “Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir esto?”

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“Un hombre totalmente roto”. Helmut von Moltke.

Al borde del derrumbe, Moltke vuelve a padecer de sus problemas cardiacos complicados por una infección de la vesícula. Sus colaboradores notan falta de energía, incapacidad para tomar decisiones. Lo ven letárgico, cansado, enfermo… El 14 de septiembre, el káiser lo destituye después de una reunión tormentosa. La razón oficial: “problemas de salud”. Su cargo lo ocupa el ministro prusiano de Guerra, Von Falkenhayn, aunque su nombramiento no se hará público hasta el 20 de enero de 1915 para ocultar el desastre del Marne.

Siempre bajo la ineludible sombra de su brillante tío, a Moltke, el cargo y la guerra le vinieron grandes. Culto, honesto, pesimista, inseguro, aficionado a la música, la pintura y la teosofía, carecía de las cualidades de visión y liderazgoque exigía el momento. El peso de su apellido y la cercanía al káiser le empujaron a la jefatura de la Mando Supremo. Ni él lo buscó, ni muchos esperaban verle ahí. Un error más en la larga cuenta de Guillermo II.

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El káiser Guillermo II (en primer término) y Helmut von Moltke, el menor

Con la salud ya muy quebrantada, Moltke falleció el 18 de junio de 1916 mientras asistía a un funeral. Su muerte, dos años antes de la derrota alemana, facilitó la labor a los que buscaron culpables de la debacle. Las palabras del Deutsches Requiem de Borges bien podría servir como epitafio de Helmut Johannes Ludwig von Moltke: “Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio”.

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El otro “chivo expiatorio” tampoco sobrevivió a la guerra.

Cuenta la princesa Blücher (An English Wife in Berlin) que no fue hasta el 23 de septiembre cuando empezó a circular por Berlín el rumor de que algo grave había sucedido en el Marne y que el responsable era un oficial sajón del Estado Mayor: que había dado la orden equivocada, que se había excedido en sus atribuciones al ordenar la retirada de soldados prusianos, que todo había sido un tremendo error porque los alemanes iban ganando en todo el frente… Las murmuraciones apuntaban al teniente coronel Richard Hentsch fomado en Prusia aunque de origen sajón.

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Richard Hentsch en su mesa de trabajo

En 1917, una comisión de investigación militar, solicitada por él mismo para acallar los rumores, le exoneró totalmente: “La investigación histórica en el futuro decidirá si la retirada del Segundo Ejército y la orden de retirada de Hentsch al Primer Ejército eran necesarias. El teniente coronel no se excedió en su autoridad. Actuó únicamente de acuerdo con las instrucciones que recibió del entonces Jefe del Estado Mayor General del Ejército. Firmado Ludendorf”.

Defensores y detractores lo describieron como un soberbio analista militar. Inteligente, prudente, reservado… Después del Marne, combatió en las campañas de Serbia y Rumanía y recibió la máxima condecoración alemana, la Pour le Mérite, en septiembre de 1917. Fumador empedernido con problemas de vsesícula que le hacían irritable –llamativa la coincidencia de patologías biliares y tiroideas en varios mandos militares del Marne-, murió en Bucarest tras una operación de vesícula en febrero de 1918.

Después de la guerra el mito de Hentsch encontró terreno fértil en la Dolchstosslegende, la leyenda de la puñalada por la espalda que tan útil resultaría al nacionalsocialismo: el soldado alemán no había sido vencido en el campo de batalla sino traicionado por los malos políticos y militares.

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La “Dolchstosslegende”, la leyenda de la puñalada en la espalda

No fue un sentimiento de traición, pero sí de desconcierto el que cundió entre soldados y mandos alemanes en el Marne al recibir la orden de retirada. Los testimonios hablan de miradas confusas, encogimiento de hombros, lágrimas en los rostros. “¿Se han vuelto locos?”, preguntaba el comandante de la 1ª División de la Guardia. “No puede ser… la victoria era nuestra”, escribió el general Paul Flack, el comandante de la 14 División del VII Cuerpo.

La victoria pertenece a Joffre, contrafigura de Moltke, y a la inesperada tenacidad francesa. Hasta Von Kluck se reconoció sorprendido porque después de semanas de derrotas y retiradas, los soldados franceses fueran capaces de ponerse en pie y luchar con todas sus fuerzas. “Eso es algo que no se enseña en nuestras academias militares”, comentó a un periodista en 1918.

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Ataque francés en la batalla del Marne

Siempre resulta sorprendente que millones de jóvenes que llevan vidas rutinarias alejadas de cualquier riesgo –más allá de subirse a un tejado como el obrero de Jünger- se lancen a un ataque con altas probabilidades de caer muertos en el intento. El alcohol -que nunca falta- ayuda, pero…

Más de un regimiento francés huyó en desbandada en las primeras semanas de guerra. En esos momentos se recurría a métodos más “persuasivos”. Cuenta Spears que el general Maud’huy se cruzó un día con un pelotón de fusilamiento que iba a ejecutar a un soldado: “Maud’huy lo miró, alzó la mano para que el grupo se detuviera y, con su característico paso rápido se acercó al hombre sentenciado. Le preguntó por qué lo habían condenado. Era por abandonar su puesto. Entonces Maud’huy le explicó al soldado la importancia de la disciplina y la necesidad de ejemplo; cómo algunos hombres podían cumplir con su deber sin sanciones, pero otros, más débiles, necesitaban conocer el precio del fracaso. El soldado asintió. Maud’huy le tendió la mano. ‘La suya también es una forma de morir por Francia’, le dijo e indicó al pelotón que siguiera adelante”.

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Una imagen “clásica” de la Gran Guerra. El fusilamiento de Senderos de Gloria

El ardor guerrero se agosto no fue tan unánime como se relata con frecuencia, pero si quedaba algo, se desvaneció en el Marne. Un zarpazo a la euforia bélica de los jóvenes que saludaron el advenimiento de la guerra como una saludable sacudida a la aburrida y estancada vida burguesa decimonónica. La generación perdida iniciaba su traumática desaparición.

No hay cifras concretas, pero Herwig estima en 90.000 las bajas francesas entre París y Verdún y unas 70.000 las de los cinco ejércitos alemanes. De los británicos, Summer habla de 12.000 bajas de las cuales 1.700 fueron muertos. Ninguna otra batalla del frente occidental sufrió una media más alta de bajas diarias.

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Caídos franceses en el Marne

Cayeron heridos o muertos en una batalla cuyo nombre desconocían. Los vencedores se pusieron a la tarea. Pero con tanto escenario distinto, no era fácil. El general Berthelot, jefe del Estado Mayor, mencionó los Campos Cataláunicos porque, según cuenta la tradición, la Galia se salvó de Atila al derrotarle cerca de Châlons-sur-Marne en la batalla de los Campos Cataláunicos. ¿No acababan de frenar ahora a un nuevo Atila? A Joffre la alusión le pareció oscura y sofisticada. Otro general propuso Paris-Verdún. Tampoco. Sonaba a etapa ciclista. El general Gamelin se atribuyó la sugerencia del Marne. El comandante en jefe dio el visto bueno.

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El 12 de septiembre la prensa francesa da cuenta de la batalla del Marne

A las 14:00 horas del 11 de septiembre de 1914 -tres días después de que Hentsch iniciara su viaje-, Joseph Joffre estaba lo suficientemente seguro como para telegrafiar al ministro de la Guerra: “La bataille de la Marne s’achève en victoire incontestable”.

A esa hora, sobre el vasto campo de batalla caía una lluvia torrencial. El frío y el barro hacían aún más miserable la vida de unos soldados exhaustos que caminaban en la niebla bajo un cielo plomizo de nubes bajas. Ni unos ni otros eran conscientes de que acababan de luchar en la batalla que alumbró el siglo XX.

NOTA SOBRE LAS FUENTES:

The Marne, 1914. The opening of the World War and the Battle that change the World. Holger H. Herwig. Random House Publishing Group, 2009. La historia más reciente y detallada de la batalla y sus antecedentes con nuevos documentos de los archivos de la Alemania Oriental.
The First Battle of the Marne 1914: The French ‘miracle’ Halts the German Campaign. Ian Summer (2010). Oxford: Osprey. Como todas las monografías de Osprey, breve, ordenada y con buenos mapas.
The Schlieffen Plan. Critique of a Myth. Gerhard Ritter. Oswald Wolff, London, 1958
-http://www.westpoint.edu/history/SitePages/WWI.aspx La colección de mapas de la Academia Militar de West Point
http://www.carto1418.fr/anim-marne-mini.php Magníficas cartografía animada de la batalla del Marne, la Gran Retirada, la concentración de tropas etc.
The march on Paris and the battle of the Marne. Alexander von Kluck. Edward Arnold, London, 1921
Les memories du General Gallieni. Defense de Paris. Payot, París, 1920
The Marne. Georges Blond. Prion, 2001. (Primera edición en francés, 1965).
-“The scapegoat of the battle of the Marne”, Brig. Gen. J.E.Edmods. The Army Quaterly, London, England, 1922
The First World War. John Keegan. Hutchinson, London, 1998.
1914. El año de la catástrofe. Max Hastings. Crítica, 2013
La Gran Guerra, 1914-1918. Peter Hart. Crítica, 2014
Los cañones de agosto. Barbara Tuchman. RBA libros, 2012 (primera edición de 1962).
Diario de un estudiante en París, 1914. Gaziel. Diéresis, 2013.

8-DE SUROESTE A SURESTE. EL GIRO DE VON KLUCK

El 30 de agosto, el francés Albert Fabre vio cómo los alemanes ocupaban su casa en Lassigny, 30 kilómetros al norte de Compiègne:

“Llegó un coche y de él descendió un oficial de modales arrogantes… Avanzó mientras los oficiales que formaban grupos delante de la casa le abrían paso. Un hombre alto y majestuoso, de rostro afeitado lleno de cicatrices, de rasgos duros y una mirada penetrante. En la mano derecha llevaba un fusil de soldado y la izquierda, apoyada en la empuñadura de un revolver. Se volvió repetidas veces, golpeando el suelo con la culata de su fusil, y luego se detuvo en una pose teatral. Nadie se atrevía a acercarse a él y la verdad es que atemorizaba”.

Era el ya famoso general Alexander von Kluck, 68 años, comandante en jefe del Primer Ejército alemán.

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Furor Teutonicus. El general Alexander von Kluck

Los seis cuerpos del Primer Ejército formaban el semicírculo exterior del ala derecha. “Que el último hombre a la derecha roce con su manga las aguas del canal”, dejó señalado Schlieffen. Los soldados marcharon tan al oeste que la gente que se cruzaba con ellos no se podía creer que fueran alemanes. Su trayectoria inicial les llevaba a rodear París por el oeste, pero esa maniobra nunca se llevaría a cabo.

París siempre fue un dilema. La ciudad surgía como un tajamar que rompía la ola alemana. Si la rodeaban por el oeste, el Primer y el Segundo Ejército se separarían y dejarían expuestos sus flancos. Si pasaban por el este, la maniobra envolvente podía frustrarse. Cualquiera de las dos opciones, favorecería a los franceses.

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El “rompeolas” de París. Dos círculos de 39 fuertes rodeaban la capital francesa

¿Qué ruta eligieron?

El paso por el este de París. A principios de septiembre el Primer Ejército comenzó a virar. Del suroeste al sureste.Los alemanes tomaron ese derrotero absorbidos por su obsesión: la persecución de los ejércitos franceses en busca de la nueva Cannae les arrastraba hacia el Marne.

En ese momento, el cambio de dirección no parecía entrañar riesgos. Después de las batallas de Le Cateau (26 de agosto) y Guisa/San Quintín (29 de agosto), los alemanes consideraban a los franceses, y a sus aliados británicos, un ejército derrotado y en retirada. Sólo faltaba darles la puntilla.

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¿Adios al plan Schlieffen? Las líneas del plan y, en verde, el avance real

“Nuestra ofensiva supera incluso las dimensiones napoleónicas. Ojala Schlieffen hubiera visto esto”, comentaba con entusiasmo Von Lauenstein, jefe de Estado Mayor del Tercer Ejército. Los boletines hablaban de “victorias decisivas” de ejércitos franceses “en huida”.

Sin embargo, hay quien albergaba dudas. A principios de septiembre, el ministro prusiano de la Guerra, Erich von Falkenhayn, visitó el frente y se preguntó ante Moltke “¿dónde están los trofeos, dónde los prisioneros de guerra?”.

“La victoria”, escribió Clausewitz, “es la destrucción de la fuerza del oponente para resistir”. A finales de agosto, los franceses seguían preservando esa fuerza.

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Von Kluck (en el centro) con la plana mayor del Primer Ejército en Flandes. A su izquierda, el jefe de su Estado Mayor, Hermann von Khul

Al dejar París a la derecha. Von Kluck y su jefe de Estado Mayor Hermann von Kuhl minimizaron la amenaza que representaba la guarnición de la capital. “Seis divisiones a lo sumo”.

Al este de la ciudad dejaron sólo un cuerpo de ejército para proteger su flanco. El IV Cuerpo de Reserva al mando del general de artillería Hans von Gronau. Una unidad, además, muy disminuida en efectivos.

A Kuhl no le preocupaba “el fantasma de París” mientras no se convirtiera en “carne y sangre”. Lo que no “veían” los jefes del Primer Ejército Alemán (o no querían ver porque avisos hubo) es que Joffre acumulaba fuerzas al norte de la capital. El fantasma de París estaba a punto de hacerse carne en los soldados del 6ª Ejército francés al mando del general Maunory.

9-LA HORA DE JOFFRE

If you can keep your head when all about you are losing heirs…(Si mantienes la cabeza cuando todos la pierden a tu alrededor…)” Los versos del If de Kipling se ajustan con precisión al relato del comportamiento del jefe militar francés Joseph Joffre en aquellos primeros meses de la guerra.

“Si Joffre hubiera muerto el 1 de septiembre, la historia lo recordaría como un incapaz y un carnicero”, escribe Hastings. “Sin embargo durante unas breves semanas, a finales de agosto y en septiembre de 1914, aunque el general no se ganó el derecho a ser considerado uno de los militares excepcionales de la historia, sí tuvo un momento de grandeza. Su primer éxito fue que tras los desastres de “las batallas de las fronteras”, no sufrió ningún ataque de nervios… Mantuvo la disciplina cuando otros perdieron la suya; demostró una calma olímpica y una voluntad de hierro que resultaron decisivas a la hora de impedir el triunfo de los ejércitos del káiser”.

Joseph Jacques Césaire Joffre, hijo de un tonelero, criado en una familia de 10 hermanos, ejemplo de la meritocracia militar republicana, ingeniero de formación, experto en ferrocarriles y fortificaciones. Más que por su genio estratégico, su reputación se fundaba en cualidades técnicas y administrativas. Toda su vida conservó el mote infantil atribuido a su seriedad: le pére Joffre, “papá Joffre”.

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El general Joseph Joffre en 1914

Si las fotos trasladan la rotunda figura del general, la impresión que causaba su rostro hay que buscarla en los retratos al óleo y en testimonios como el del oficial de enlace británico, Edward Spears:

“La blancura de su pelo, sus ojos de un azul lavado bajo unas enormes cejas blancas, la voz sin tono que debajo de su blanquecino bigote,… todo en él daba la misma impresión que un albino”. En las reuniones, escuchaba, apenas hablaba, se tomaba su tiempo, rumiaba las decisiones. La guerra sólo alteró uno de los hábitos regulares de Joffre. En las primeras semanas, dejó de echarse la siesta.

Una calma que no fue incompatible con una actividad incesante. Nada que ver con su rival Helmut von Moltke, recluido en su cuartel general de Luxemburgo. El generalísimo francés inundaba a sus comandantes con notas, telegramas, llamadas telefónicas; dictaba una tras otra instrucción general, giraba visitas al frente en un coche conducido a gran velocidad por Georges Bouillot, bicampeón del Grand Prix de Francia. Incluso asistió desde el puesto de mando a la dirección de batallas como la del 5º Ejército en Guisa. Como prueba de su implicación y activismo se suele citar que sólo en el primer mes destituyó a 37 generales.

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“Papá Joffre” reparte instrucciones

“Su calma y determinación… su carácter poco sofisticado y su liderazgo visionario”, según Sewell Tyng, autor de una de las primeras historias del Marne, fueron las razones por las que Francia no sucumbió a un nuevo colapso como el de 1870.

Después del estrepitoso fracaso de su Plan XVII; después de la carnicería en que desembocó el espíritu de “la ofensiva a ultranza”; después de errores como minusvalorar las fuerzas del enemigo o tardar en asumir la “evidencia” que caía sobre Francia desde Bélgica; después, en definitiva, de enviar a 100.000 jóvenes a la muerte, Joseph Joffre supo reaccionar.

No todos pudieron decir lo mismo. En esta historia, no abundan los genios militares. Estamos ante generales que, a menudo, superaban los sesenta años, que tomaban decisiones sobre un mapa con información imprecisa y fragmentaria; que intentaban mover a millones de soldados; que actuaban superados por las circunstancias, contra el tiempo y la presión; que vivían bajo la permanente pesadilla de verse rodeados y perder su ejército.

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Moltke y el kaiser Guillermo II de maniobras

Según los síntomas descritos por su mujer, Moltke sufrió una apoplejía cuando el káiser, en el último minuto, amagó con ordenarle un giro radical en sus planes de movilización. El comandante del Segundo Ejército alemán, Karl von Bülow, sucumbió a una crisis nerviosa la noche del 9 de septiembre, abrumado por las implicaciones de su retirada. El ruso Samsonov se pegó un tiro al ver aniquilado el II Ejército en la batalla de Tannenberg (92.000 prisioneros, 78.000 heridos y muertos).

O el general Lanrezac, comandante del 5º ejército francés. Un tipo tan brillante como pesimista. Desde Charleroi (Bélgica) venía combatiendo y escapando de milagro de los alemanes. La tensión psicológica le hundía por momentos en el abatimiento.

La noche del 31 de agosto en la terraza del Château en Craonne, el inglés Spears le escuchó murmurar versos de Horacio en Latín: “Beatus Ille qui procul negotiis… Dichoso aquel que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra… neque excitatur classico melestruci”.

Su “dicha” no se hizo esperar. Tres días después Joffre lo relevaba del mando y colocaba a Franchet D’Esperay. Hay cierta injusticia en todo esto. Porque fue Lanrezac quien más alertó -sin éxito- sobre la amenaza alemana por Bélgica y fue Lanrezac quien frenó y escapó a la ola teutónica en Guisa. Salvó su ejército y ganó un valioso día de respiro para los franceses. Pero el general “Casandra” no estaba hecho de la fibra que exigía el comandante en jefe.

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El general “Casandra” Charles Lanrezac

La destitución del Lanrezac, aunque dolorosa para su amigo Joffre, era inevitable si el generalísimo francés quería tenerlas todas consigo.

A finales de agosto, Joffre por fin “se cayó del caballo”. Las líneas del mapa –y la evidencia- empezaban a devolverle con claridad las intenciones alemanas. Abandonó su empecinamiento con el Plan XVII y preparó el gran redespliegue de sus ejércitos. La maniobra que salvaría a Francia.

Todo empezó a gestarse el 25 de agosto en la Instrucción General número 2 dictada desde el Gran Cuartel General de Joffre: “La reconstrucción en nuestra izquierda de una fuerza capaz de reanudar la ofensiva”. Con fuerzas detraídas de Alsacia y Lorena sumadas a la guarnición de París, Joffre ordenó crear una “masa de maniobra” ante Amiens o por debajo del Somme. Unos 150.000 soldados. Sería el futuro 6º Ejército francés.

La génesis estratégica de la batalla del Marne se acababa de poner en movimiento.

(Continuará)