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Nada nuevo bajo el sol. Las tensiones entre el poder ejecutivo y el judicial son una constante desde que Montesquieu concibió la división de poderes como vacuna contra la tiranía.

Incluso el presidente más valorado de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, se enfangó en una pelea para alterar la composición del conservador Tribunal Supremo que frenaba su ambicioso programa político. Eso en un país donde el presidente nombra a dedo y de por vida a los magistrados del Tribunal Supremo (que, pese a todo, suelen hacer gala de una independencia insobornable).

Más cerca de nosotros, a Alfonso Guerra se le ha atribuido una frase -“Montesquieu ha muerto”- que el antiguo vicepresidente niega haber pronunciado. Y, sin embargo, condensa la extraordinaria batalla que se desató a medidos de los 80 cuando el Gobierno del PSOE cambió el método de elección del órgano que gobierna a los jueces, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Ante una magistratura de raigambre franquista, el ejecutivo de Felipe González argumentó que el gobierno de un poder del Estado debía estar anclado en la soberanía nacional, sus miembros serían elegidos por el Parlamento; el CGPJ no podía ser un coto corporativo de las asociaciones judiciales. La derecha, la Alianza Popular de Fraga entonces, decretó con redoble de tambores que era el fin de la independencia judicial en España.

35 años después, la “coalición progresista” de Pedro Sánchez se ha inaugurado con la agenda marcada por la tensión entre el poder ejecutivo y el judicial.

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Espartero

En las guerras civiles no hay gloria para los vencedores ni mengua para los vencidos. Tened presente que cuando renace la paz todo se confunde; y que la relación de los padecimientos y los desastres, la de los triunfos y conquistas se mira como patrimonio común de los que antes pelearon en bandos contrarios.

Espartero, 1837

Que el hijo de un carretero de Granátula de Calatrava llegara a capitán general, presidente del Consejo de Ministros y regente de España; que un niño nacido en este humilde pueblo manchego de apenas 2.000 almas al despuntar el siglo XIX se viera ennoblecido con los títulos de conde de Luchana, Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara; que a un soldado nacido del pueblo le vinieran a ofrecer la corona e incluso la presidencia de la I República española y que reyes, primeros ministros y presidentes le buscaran en su retiro de Logroño para ganarse su aval político parece a primera vista inverosímil, pero esta es la historia de Baldomero Espartero (1793-1879) que Adrian Shubert nos cuenta en la más reciente biografía del general.

El historiador canadiense no ahorra páginas, citas y referencias para transmitirnos la enorme popularidad de Espartero a lo largo del siglo XIX. Tal vez no exista ninguna otra figura del panteón hispánico que haya pasado en -relativamente- tan poco tiempo de una importancia y veneración sin límites a un olvido tan generalizado en el imaginario popular español.

Baldomero Espartero fue un fenómeno sin precedentes en la historia de España. Fue la primera figura pública moderna del país

“Baldomero Espartero fue un fenómeno sin precedentes en la historia de España. Fue la primera figura pública moderna del país. Los españoles le hicieron objeto de un culto único, sólo igualado en Europa por los de Napoleón y Garibaldi. Nunca antes hubo tanta gente tan estrechamente identificada con una sola persona, ni tantas esperanzas depositadas en ella durante tanto tiempo, y desde luego en nadie que no fuera un monarca reinante. Y cabría sostener que no ha habido nadie igual desde entonces. Sin embargo, el español más famoso y más venerado de su tiempo, la persona que muchos consideraron la encarnación misma de la paz y el gobierno constitucional, ha sido totalmente olvidada. Ni siquiera se le ha distinguido jamás con el modesto reconocimiento de un sello de correos”, concluye Shubert su biografía.

Espartero ha corrido la misma suerte que la memoria del liberalismo español, sepultada por la mala prensa de nuestro siglo XIX. Vilipendiado por el catolicismo reaccionario y despreciado por el franquismo -“El siglo XIX, que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra historia, es la negación del espíritu español”, dijo Franco en una cita que recoge Shubert-, el general que personificaba la paz y la libertad a ojos del pueblo tampoco se ha librado de la inquina izquierdista y nacionalista (impagable este Anasagasti). En Bilbao le quitaron la calle en 1979, en Barcelona y otras localidades catalanas, en tiempos más recientes. Espartero bombardeó Barcelona en 1843 para suprimir una anárquica revuelta local que pedía su destitución como regente, que Isabel II se casara con un español y que se protegiera la “industria nacional” frente a la ofensiva librecambista. La represión fue dura, cuenta Shubert, pero es falso que Espartero dijera alguna vez esa frase tan citada durante las últimas y convulsas semanas catalanas: “Hay que bombardear Barcelona al menos una vez cada 100 años”. De hecho, resulta llamativo el apoyo entusiasta al general a lo largo de los años en Cataluña.

Recibió su bautismo de fuego frente a las tropas de Napoleón, se curtió combatiendo por el imperio en América y ascendió a general en jefe de los Ejércitos del Norte con sus audaces cargas a caballo contra los carlistas. Fue la victoria de Luchana la que le elevó a gloria nacional

Joaquín Baldomero Fernández Espartero recibió su bautismo de fuego frente a las tropas de Napoleón, se curtió combatiendo por el imperio en América y ascendió a general en jefe de los Ejércitos del Norte con sus audaces cargas a caballo contra los carlistas. Fue la victoria de Luchana la que le elevó a gloria nacional. El relato fundacional del culto a su personalidad merece la pena:

Un gélido 24 de diciembre el ejército liberal pugna por levantar el cerco carlista en torno a Bilbao. “El tiempo es atroz: la lluvia torrencial de la mañana se convirtió en aguanieve y, después, a la caída de la tarde, cuando iba a empezar el ataque, adquirió proporciones de tormenta de nieve canadiense”, cuenta Shubert. Espartero está exhausto en la cama después de expulsar un cálculo renal del tamaño de un guisante. A media noche, el general Oráa le informa de la feroz resistencia carlista. Espartero, febril, se enfunda el uniforme, monta a caballo -de pie sobre los estribos para mitigar el dolor- y cabalga al frente de la carga que rompe el cerco de Bilbao. Entro en la capital de Vizcaya a las 8 de la mañana del día de Navidad. Había decidido “morir o entrar en Bilbao”. Vivió y el triunfo le convirtió en héroe nacional. Espartero, el pacificador, titula Shubert su libro. Ese era uno de sus grandes méritos a ojos del pueblo. Con el abrazo de Vergara -fueros a cambio de paz- terminó una guerra civil de 7 años que costó más vidas, en términos relativos, que nuestra última Guerra Civil del 36 al 39.

La fama de Espartero trascendió fronteras. El historiador recuerda que incluso Marx le dedicó un artículo en el New York Tribune, cuando el general entraba aclamado en Madrid tras 7 años de exilio en Londres

La fama de Espartero trascendió fronteras. El historiador recuerda que incluso Marx le dedicó un artículo en el New York Tribune, cuando el general entraba aclamado en Madrid tras 7 años de exilio en Londres. Rescato la cita porque demuestra, como decía Juan Benet, que Marx escribía mucho mejor que Zola:

“Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que, justamente cuando el pueblo parece a punto de realizar un gran avance e inaugurar una nueva era, se deja llevar por las ilusiones del pasado y entrega todo el poder e influencia, que tan caros le han costado, a unos hombres que representan o se supone que representan el movimiento popular de una época fenecida. Espartero es uno de estos hombres tradicionales a quienes el pueblo suele subir a hombros en los momentos de crisis sociales y de los que después, como el malévolo viejo que apretaba obstinadamente alrededor del cuello de Simbad el marino, le es difícil desembarazarse […] El Espartero que el 29 de julio  hizo su entrada triunfal en Madrid no era un hombre real; era un fantasma, un nombre, un recuerdo”.

Soldado valiente, icono popular y siempre presto a defender el constitucionalismo frente a absolutistas y reaccionarios, Espartero fue -poco los discuten- un político incapaz de poner orden en las querellas liberales y los pronunciamientos del enmarañado siglo XIX español. Sabía gestionar un ejército, pero no su enorme capital político. Toda su filosofía se resumía en un lema simplista que siempre le acompañó: “Cúmplase la voluntad nacional”. Nunca mostró apego al poder y ese desprendimiento alimentó también el culto popular. Sus hagiógrafos no dejaban de evocar a Cincinato y Washington al hablar de su largo retiro en Logroño (por cierto, algo le debe el Rioja del marqués de Murrieta).

Su máxima habilidad era “el arte de dejarse querer, o mejor dicho, de dejarse ir. Él, en rigor, no pidió nunca nada, pero supo arreglarse para que se lo ofrecieran todo”. Su figura pública de “llaneza bonachona” no era más que “un barniz” que ocultaba su “fina astucia de pardillo manchego”.

El diario de Barcelona, 1889

¿Falta de ambición? Ni siquiera sus aliados niegan la indolencia del personaje. Y entre los detractores citados por Shubert, también hay verdad en los ataques virulentos que se recrean en la otra imagen recurrente de Espartero. Diez años después de su muerte, con motivo del traslado de sus restos, El diario de Barcelona dice de él que era “mediano de inteligencia, mediano en todo y encarnación de todos los errores y preocupaciones populares”. Su máxima habilidad era “el arte de dejarse querer, o mejor dicho, de dejarse ir. Él, en rigor, no pidió nunca nada, pero supo arreglarse para que se lo ofrecieran todo”. Su figura pública de “llaneza bonachona” no era más que “un barniz” que ocultaba su “fina astucia de pardillo manchego”.

Termino con la cita de Espartero que abre el libro de Shubert. Unas palabras que se podrían intercambiar sin menoscabo con las de Azaña, 100 años después, en su más célebre discurso de la Guerra Civil -“Paz, piedad y perdón”. Decía Espartero en 1837, en plena guerra carlista…

“En las guerras civiles no hay gloria para los vencedores ni mengua para los vencidos. Tened presente que cuando renace la paz todo se confunde; y que la relación de los padecimientos y los desastres, la de los triunfos y conquistas se mira como patrimonio común de los que antes pelearon en bandos contrarios”.

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“Sí, Francia está en guerra contra el islamismo radical”, declaró el otro día el primer ministro francés Manuel Valls ante los diputados franceses.

¿Guerra?

El uso de la palabra encajaba con la reacción excepcional a los atentados de París. En esa misma sesión los diputados se lanzaron a cantar La Marsellesa, cosa que no se veía en la asamblea francesa desde el final de la Primera Guerra Mundial en 1918. Entonces murieron cerca de dos millones de franceses después de cuatro años de guerra en los que estuvo en juego el futuro de la nación. Ahora han muerto 17 y, pese a las distopía de  Houellebecq, las paranoias de Zemmour, no parece que Francia esté en trance de desaparecer (no más que España o el Reino Unido).

¿Guerra?

Fue la palabra que empleó Bush tras los atentados del 11-S. Las consecuencias: Guantánamo, cárceles secretas, torturas y dos invasiones que no han servido para derrotar al yihadismo sino todo lo contrario. El escarmiento ha eliminado como opción la intervención directa con tropas sobre el terreno. A estas alturas a occidente no le queda mejor opción que la contención; la misma que empleó con éxito en otra guerra larga, la Guerra Fría.

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¿Guerra?

La verdadera guerra del islamismo radical se sufre no en las calles de París sino en otros lugares distantes y distintos que conmueven menos el corazón. En Nigeria, donde Boko Haram asesinó a 2.000 personas el mismo día que Francia estaba en alerta máxima y y ponía a 80.000 miembros de los cuerpos de seguridad a buscar a tres terroristas. En Afganistán, Irak, Pakistán (¿recuerda alguién la ejecución de 132 escolares hace unas semanas?) y, por supuesto, en Siria (¿cuánta atención qué recibió el asesinato de 700 miembros de una tribu a manos del Estado Islámico el pasado verano?). La prioridad de los yihadistas es hacerse con un país o crear “estructuras de estado” en los territorios que conquista, no cambiar el modo de vida occidental.

El fenómeno, como decía, va para largo. Y para comprenderlo (comprender no es justificar) quizá debamos preguntarnos por qué un manifestante prodemocracia de la plaza Tarhir, Ahmed El Darawy, -joven, educado, de clase media alta- terminó muriendo como yihadista en las filas del Ejército Islámico en Irak. Lo cuento en mi vídeo en Noticias Cuatro.