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“La era de las guerras de gabinetes ya queda atrás. Ahora ya sólo existen las guerras de los pueblos… La Europa industrial armada como nunca antes puede sufrir guerras cuya duración y final no podemos vislumbrar… guerras de Siete Años, incluso guerras de Treinta Años”
Helmut von Moltke, el mayor. Discurso de despedida en el Reischtag, 1890.

 4-EL BOSQUE EN MOVIMIENTO

“El símbolo de masa de los alemanes era el ejército”, sostiene Elias Canneti en Masa y Poder. “Pero el ejército era más que el ejército: era el bosque en marcha. En ningún país moderno del mundo el sentimiento del bosque ha permanecido tan vivo como en Alemania. Lo rígido y paralelo de los árboles erguidos, rectos, su densidad y su número colma el corazón del alemán con honda y misteriosa alegría… Ejército y bosque para el alemán, sin que él tuviese clara conciencia de ello, habían confluido de todas las maneras. Lo que a otros aparecía desolado o sentían árido en el ejército, tenía para el alemán la vida y luminosidad del bosque. No sentía miedo en él; se sentía protegido, uno entre todos. La rigidez y la rectitud de los árboles las hizo regla para sí mismo”.

La rigidez, la rectitud, el orden en la masa… El orden de batalla alemán tenía querencia por el dos. Dos regimientos por brigada, dos brigadas por división, dos divisiones por cuerpo de ejército. Cada cuerpo contaba con unos 40.000 soldados, 1.500 oficiales, 14.000 caballos, 2.400 vehículos de municiones y suministro para sus 25 batallones.Un cuerpo de ejército movilizado cubría 50 kilómetros de carretera y consumía 130 toneladas de comida y forraje al día. Entre dos y seis cuerpos formaban un ejército. Pues bien, siete ejércitos –más de un millón de soldados- fue lo que lanzó Alemania contra Francia en agosto del 14.

caballería alemana
División de caballería alemana en maniobras, 1912

La ofensiva no tenía precedentes. De un ejército regular de 880.000 soldados se pasó en agosto de 1914 a un total de 2,147 millones. 87 divisiones y 55 brigadas de caballería. El grueso, 70 divisiones, marcharía hacia el oeste.

Todo este gigantesco mecanismo se puso en marcha en la tarde del 31 de julio de 1914 cuando Guillermo II declaró “el peligro inminente de guerra” (Kriegsgefahr). Al día siguiente, sábado 1 de agosto, a las cinco de la tarde, el emperador firmó la orden de movilización general en el Cámara de las Estrellas del Neues Palais de Postdam sobre un escritorio –obsequio de su abuela la reina Victoria- fabricado con la madera del Victory, el buque insignia de Nelson en Trafalgar.

El jefe de Operaciones del Estado Mayor General, Gerhard Tappen, sacó de su caja fuerte  el “Plan de despliegue 1914/1915”. A partir de ese momento 200 telegrafistas y 100.000 operadores telefónicos difundieron la noticia del “peligro de guerra” a las brigadas de infantería repartidas por toda Alemania. La sección de ferrocarriles requisó 30.000 locomotoras, 65.000 vagones de pasajeros y 80.000 de mercancías para trasladar a los 25 cuerpos de ejército en activo. La movilización comenzó formalmente el 2 de agosto.

celebrando la movilización jovenes alemanes
2 agosto, 1914. Jóvenes alemanes celebrando la movilización

“Me gusta recordar las semanas anteriores a la guerra; se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano”, escribió Ernst Jünger. Con la familia de veraneo, el joven Jünger, un espíritu ansioso de aventuras, se había quedado solo en casa preparando el examen final de bachillerato. Aquel día de agosto subió a hacer compañía al jardinero y al obrero que trabajaban en la reparación del tejado de la granja.

“Desde lo alto podía divisar el antiquísimo paisaje de llanuras en que estaba situada la casa… Hacia el oeste, la mirada se perdía en una extensa zona pantanosa, en la cual, según contaban las tradiciones, un ejército de Germánico había sufrido un descalabro”.

Sentados en el tejado recalentado por el sol hablaban con despreocupación cuando pasó por abajo, montado en su bicicleta, el cartero. “Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: ¡orden de movilización! Sin duda hacía horas que el telégrafo estaba difundiendo esas mismas palabras por todos los rincones del país.

El obrero acababa de alzar el martillo para dar un golpe. Detuvo su movimiento y con toda suavidad depositó la herramienta sobre el tejado. En ese instante entraba en vigor para él un calendario diferente… Yo tomé la decisión de participar en la guerra como voluntario, decisión que adoptaban a aquella misma hora centenares de miles de hombres… Nuestro pequeño y pacífico grupo se había convertido de golpe en un grupo de soldados”.

alemanes en tren hacia parís
Soldados alemanes en “el expreso de París”

En 312 horas, 11.000 trenes transportaron a 119.754 oficiales, 2,1 millones de soldados y 600.000 caballos por todo el territorio del Reich hasta las áreas de concentración en las fronteras con Bélgica, Luxemburgo, Francia y Prusia. Los soldados subían a los vagones cantando el himno patriótico Die Wacht am Rheim (La Guardia del Rin) entre el aplauso de las multitudes.

La infantería, la caballería y la artillería de los siete ejércitos de Moltke cruzaron el Rin a bordo de 560 trenes diarios de cincuenta y cuatro vagones cada uno. Sólo entre el 2 y el 8 de agosto, 2.150 trenes en intervalos de 10 minutos pasaron sobre el puente Hohenzollern de Colonia. La logística militar largamente planeada fue ejecutada con precisión germánica.

5-EL MITO DE LA BATALLA DEFINITIVA

Los planes militares alemanes y los franceses compartían una ilusión: el mito de la “batalla decisiva”. Quizá sería más exacto hablar de “batalla definitiva”. Creían posible alcanzar en una victoria rápida y total en una gran batalla concluyente.

Debía evitarse, advertía Schlieffen, una estrategia de desgaste porque Alemania perdería ante las reservas de sus enemigos. Las regulaciones francesas de 1913 coincidían en el pronóstico: “La naturaleza de la guerra, el tamaño de las fuerzas implicadas, las dificultades para mantener los suministros, la interrupción de la vida social y económica del país, todo lleva a la busca de (una batalla decisiva) en el menor tiempo posible para terminar rápidamente la guerra”.

Toda una paradoja. Los beligerantes movilizaban el máximo de recursos para poder asestar un golpe definitivo y ahorrarse una guerra larga, pero al mismo tiempo eran conscientes de que esa misma movilización masiva conduciría a una guerra larga. Ninguno iba a rendirse a las primeras de cambio. No habría un nuevo Sedán. Era como si Europa programara su propio suicidio a sabiendas.

A sólo cinco días de la movilización, Helmut von Moltke, se descolgó con un sorprendente comentario al káiser(citado por Hastings): “La próxima guerra será una guerra nacional. No se resolverá mediante una batalla decisiva, sino en una contienda larga y agotadora con un enemigo que no caerá vencido hasta que se quebrante por completo su fuerza nacional… Una guerra que agotará por completo a nuestro propio pueblo, aun si vencemos… Los estados europeos se destrozarán mutuamente y la civilización desaparecerá de casi toda Europa durante décadas”.

Moltke el joven de uniforme  Moltke el joven calvo
Helmut von Moltke, el menor

Y, sin embargo, el mismo Moltke, como un sonámbulo conducido por una fuerza que le domina, fue uno de los impulsores de la guerra del 14. ¿Su argumento? ”Ahora o nunca”. Convencido de la inevitabilidad del conflicto, creía que las probabilidades de resolverlo a favor de Alemania aumentaban si Berlín lanzaba una guerra preventiva antes de que sus rivales se hicieran más fuertes.

6-OFENSIVA A ULTRANZA: À LA BAIONETTE! EN AVANT!

El rearme francés no era una ilusión. No sólo por las fortificaciones construidas a lo largo de la frontera después de la derrota ante los prusianos en 1870. En 1913, el servicio militar se llegó a ampliar a tres años.

En efectivos, el ejército regular francés (884.000 soldados) era equiparable al alemán. La movilización lo elevó por encima de su rival hasta 2.300.000 hombres a los que se sumaba otro millón de reservistas acuartelados. 1,6 millones partieron hacia el frente. Un esfuerzo tremendo. Francia, con una población estancada de 40 millones, muy inferior a la alemana (68 millones), movilizó a casi todos los hombres aptos en edad militar (un 84% frente al 53% de los alemanes). Con una diferencia: ni el adiestramiento táctico ni la pericia de sus reservistas estaba a la altura de los alemanes.

El mecanicismo también dominaba el pensamiento militar francés. El comandante en jefe, Joseph Joffre, advirtió en julio de 1914 al Gobierno que por cada día de retraso en decretar la movilización, Francia perdería 25 kilómetros de territorio nacional. 25 kilómetros, ni más ni menos. Como en Alemania, los argumentos técnico-militares atemorizaban a la política.

¿Y qué decir de la vestimenta? Temeraria.La infantería francesa fue a la guerra con la indumentaria de sus abuelos. Desoyó la tendencia hacia uniformes menos llamativos, como el gris de campaña alemán, y marchó a los campos de batalla con sus guerreras azules, sus pantalones rojos, su quepis, 25 kilos de carga a la espalda (incluido, en algunos casos, un fardo de leña) y, colgando, escudillas metálicas que brillaban al sol y facilitaban aún más el blanco.

uniforme frances
El poliu francés en 1914

Pero quizá la carga más mortífera fue la filosofía de sus líderes militares. Veneraban por encima de todo el espíritu de la ofensiva, “l’offensive à outrance”.

El coronel De Grandmaison, en unas influyentes conferencias de 1911: “Los factores morales son los únicos factores decisivos en la guerra… Hay que asegurar el enfrentamiento inmediato con el enemigo y crear en él una mentalidad defensiva… En la ofensiva, la temeridad es la política más segura… Las intenciones del enemigo son de importancia menor porque nosotros queremos imponer nuestra voluntad”.

Ferdinand Foch, en la Escuela de Guerra: “No hay victoria sin batalla: la victoria es la recompensa por la sangre… La guerra sólo es salvajismo y crueldad y no acepta otro medio para alcanzar sus fines que no sea la efusión sangrante”.

Joseph Joffre. Ordenanzas de 1913: “El ejército francés retomando sus tradiciones en lo sucesivo sólo reconocerá la ley de la ofensiva… Las batallas son por encima de todo un combate moral… La derrota es inevitable cuando desaparece la esperanza en la victoria “.

Imbuido de este “espíritu” se fue a la guerra el poilu (apelativo popular del soldado francés). Con sus oficiales al frente se lanzaban al ataque animados por el redoble de los tambores y la música de clarines. Una vez alcanzadas las líneas hostiles, al grito de “À las baionette! En avant”, calaban sus bayonetas (la rosalie: 52 centímetros de hoja fina y triangular) y cargaban contra el enemigo.

Con resultados desastrosos…

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Ofensiva a ultranza. Soldados franceses cargan bayoneta en ristre

Un ejemplo: 21 de agosto de 1914. Primer encontronazo entre el 5º ejército francés y el Segundo Ejército Alemán en Charleroi (Bélgica).

Los franceses lanzaron cargas masivas para recuperar los puentes del río Sambre. Fue una jornada sangrienta. Combates cuerpo a cuerpo. 6.000 bajas. Dos regimientos franceses de infantería colonial aniquilados. El informe de uno de ellos describía con laconismo como “el portaestandarte murió cinco veces”.

Edward Spears, oficial de enlace británico y testigo de la batalla, relata: “Como si fueran maniobras, en densa formación, al son de clarines y tambores y con las banderas al viento, se arrojaron al asalto con suma gallardía… Hombres aguerridos, frente a ametralladoras y cañones cuyos artilleros jamás hubiesen soñado con aquellos blancos”. Y una y otra vez volvían a la carga: “Eran como niños ansiosos, tan alegres como si estuvieran de vacaciones y fueran a echarse a caminar, carretera abajo, para pasar un día en la feria del lugar”.

El 22 de agosto murieron 27.000 soldados franceses. El día más negro en toda la historia militar de Francia. El 29 de agosto el total de bajas francesas sumaba 260.000 hombres (75.000 muertos; el resto, heridos, desparecidos y prisioneros). A finales de septiembre la cifra se elevó a los 329.000. La Gran Guerra duró cuatro años, tres meses y diez días. Sólo en los dos primeros meses, Francia sufrió el 16% de todas sus bajas.

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Francia se desangró: 329.000 muertos en los dos primeros meses de guerra

7-WESTAUFMARSCH. LA APISONADORA ALEMANA

El 3 de agosto elementos de la caballería alemana entran en Bélgica. Deben explorar el terreno entre Aquisgrán de Lieja. El día siguiente, el 4 de agosto al atardecer, los pilotos aliados avistan el avance de cinco grandes columnas grises en un frente entre Aquisgrán y Malmedy: 25.000 soldados de infantería, 8.000 de caballería y 124 cañones. Comienza la “violación” de Bélgica.

Cannae se ha puesto en movimiento. La Westaufmarsch, la marcha hacia el oeste. Siete ejércitos se emplean en la ofensiva occidental. Dos defienden las fronteras en Alsacia y Lorena, donde los franceses lanzan infructuosos ataques al inicio del conflicto. Otros cinco ejércitos avanzan como una apisonadora describiendo una marcha circular, una gigantesca rueda en movimiento cuyo eje es la ciudad de Metz.

Divisiones, brigadas, regimientos…, como una enorme migración animal, ríos de soldados uniformados con el gris de campaña fluyen por corredores en paralelo entre Bruselas y las Ardenas.

Avance alemán
Infantería alemana de maniobras antes de la guerra

La capital belga cae el 20 de agosto.”Unas estruendosas salvas de artillería anunciaron a la población que los alemanes iniciaban su entrada triunfal”, lee Gaziel días después en un ejemplar del Daily Mail que ha llegado a un París hambriento de noticias.

Durante dos días y dos noches, los hombres del Primer Ejército alemán atraviesan Bruselas. Desfilan al paso de la oca seguidos por las baterías de campaña y los pontones pintados con el “tono monótono y oscuro de las tierras bajas: era como el desfile de un monstruo enorme, de músculos de hierro y miembros de acero, que resbalaba lentamente sobre los empedrados de Bruselas, en un alarde de fuerza victoriosa”.

La metalurgia del despliegue –el acero de las tempestades de Jünger- también impresiona al embajador americano: “Una horda poderosa y sombría…Una cosa de acero atronadora acompañada de pífanos y batir de tambores”.

Entrada alemana en Bruselas
Llegan “los invitados”. Los alemanes hacen su entrada en Bruselas

Una exhibición estridente y humillante… De pronto, cuenta el Daily Mail, aparecen “dos oficiales belgas maniatados al estribo de sendos oficiales alemanes de caballería y siguiendo a pie, con los ojos caídos, la marcha de los vencedores”.
Las noticias de represalias contra los civiles belgas recorren el mundo. El saqueo de Lovaina a finales de agosto -248 asesinados, 40.000 deportados, 2.000 edificios destruidos-entra en los anales de la infamia.

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Brave little Belgium. Lovaina en ruinas

Los ejércitos alemanes vencen la meritoria resistencia belga en los fuertes de Lieja y Namur, atraviesan la siempre complicada orografía de las Ardenas, chocan con los franceses en Charleroi y con los ingleses en Mons. Ambos se baten en retirada.

Pese a los contratiempos, cumplen los plazos previstos. Tres semanas de marchas de 30 kilómetros diarios con 25 kilos de impedimenta a la espalda. Ruido sordo de botas cerradas en apretada formación, de carros, cañones y caballos bajo el intenso calor de uno de los agostos más calurosos del siglo. Las cabezas embutidas en los pickelhaube, los puntiagudos cascos prusianos de cuero duro recubiertos de tela gris para amortiguar los brillos.

“Cada día que pasaba teníamos que caminar más rápido y más lejos”, recuerda un soldado alemán. “Dormíamos apenas dos horas por la noche. A veces nos sentíamos como borrachos. Estábamos tan cansados… Y sin embargo cuando un mensajero del mando de la división pasó junto a nosotros y gritó `ha caído Sedán´, una tremenda celebración sacudió a toda la columna”.

El reportero americano Will Irwin, al informar del avance de la “máquina gris de muerte” de los alemanes, observa: “Y sobre todo un olor que nunca había visto mencionado en ningún libro sobre la guerra: el olor de medio millón de hombres sudorosos, el hedor de una manada de animales elevado a la enésima potencia… Ese olor permanecía durante días en cualquier pueblo por el que hubieran pasado los alemanes”.

alemanes entrando en francia
Soldados alemanes entrando en Francia

(Continuará)

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Batalla del Marne, 1914. Llegando a la guerra en taxi (coches del fondo)

“Quiconque aujourd’hui réfléchit sur les guerres et sur la stratègie, élève une barrière entre son intelligence et son humanité”.
Raymond Aron, Penser la Guerre, Clausewitz
(“Quien quiera que hoy en día reflexione sobre la guerra y la estrategia eleva una barrera entre su inteligencia y su humanidad”)

1-LA MISIÓN DEL TENIENTE CORONEL RICHARD HENTSCH

El 8 de septiembre de 1914, a las 10 de la mañana, dos coches parten del Cuartel General del Mando Supremo del Ejército Alemán (Oberste Heeresleitung, OHL) que dirige la guerra desde Luxemburgo. A bordo viajan el jefe de la sección de Inteligencia del Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch, acompañado por dos capitanes y un conductor. Les sigue un coche de reserva.

La misión de Hentsch durará tan solo dos días pero las repercusiones de su gira por el frente alemán han sido motivo de controversia durante cien años. Hentsch debía valorar, informar y trasladar las instrucciones del Mando Supremo a los jefes militares que dirigían la ofensiva contra Francia.

Aquel 8 de septiembre el ala derecha de los ejércitos alemanes combaten desde París a Verdún en un frente de 250 kilómetros. La línea de avance germano forma un saliente semejante a un arco apuntado al sur y cuya cuerda fuera el curso del río Marne, tributario del Sena.

batalla del marne 3
El frente del Marne el 9 de septiembre

Elementos del Primer Ejército Alemán ocupan posiciones 30 kilómetros al este de París. Con el enemigo a las puertas, la capital se vacía. La inminente llegada de los prusianos ha caído como una bomba. A la población se le ha ocultado durante un mes los reveses del ejército francés. Ávidos de noticias (cuentan que André Gide compraba hasta nueve periódicos diarios), los parisinos llevan semanas leyendo el mismo titular: “Les forts de Liège tiennent toujours”, los fuertes de Lieja resisten. Y cuando creían a los alemanes aún en Bélgica, descubren con espanto que ya han cruzado el río Somme.

Hace seis días que el gobierno francés ha abandonado la capital rumbo a Burdeos. Miles de refugiados siguen sus pasos. Trenes atestados, viajes tortuosos e interminables. En la estación de Austerlitz “el inmenso patio que está a la entrada ofrece el más extraño y miserable aspecto”, escribe en su diario de estudiante en París Agustí Calvet, Gaziel, el futuro director de La Vanguardia. “Centenares, millares de fugitivos del norte de Francia y del propio París, tendidos por el suelo, acurrucados en los rincones, apiñados, confundidos, esperan la salida de un solo tren. Se oyen gritos estridentes de los que se extravían entre la multitud compacta; hay niños llorando porque sus padres les han dejado un instante para ir a recoger noticias y se han alarmado al verse solos en medio de aquella confusión inmensa”.

 

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Refugiados belgas huyendo de los alemanes, agosto 1914

La defensa de París ha quedado a cargo del gobernador militar, el general Joseph Galliéni, héroe de las guerras coloniales francesas. Pese a su edad, 65 años – ésta fue una guerra de generales sesentones, Maunoury, 67; Moltke, 66; Joffre, 62; Hindenburg, 67; Kluck, 68; Bülow, 68…-, el enjuto Galliéni exuda energía. No pierde un minuto. Rápidamente se pone a organizar la defensa de la ciudad, una de las pocas capitales de Europa aún fortificadas. Entre los planes de contingencia, volar los puentes del Sena e incluso la torre Eiffel, que actúa como emisor de radio. A los defensores se suma desde la reserva como teniente coronel de artillería el rehabilitado Alfred Dreyfuss, antaño protagonista desgraciado del caso más célebre de Francia.

“París es una expresión geográfica”, sostiene Joffre. El general en jefe de los ejércitos franceses resta importancia a la posible pérdida de la capital. Los alemanes parecen pensar lo mismo. El objetivo que persiguen sin descanso no es la toma de París sino la derrota y rendición del ejército enemigo. Desde Bélgica pisan los talones a los franceses que, por ahora, han conseguido escapar al cerco. Los últimos días de agosto pasarán a la historia como los de la Gran Retirada. Un millón de soldados franceses y sus aliados británicos de la BEF (British Expeditionary Force) reculan en dirección sur.

A principios de septiembre, el káiser Guillermo II está exultante: “Ya hemos llegado al día 35. Rodeamos Reims y estamos a 50 kilómetros de París”. El día 35 es el día 35 a contar desde la movilización del 2 de agosto. Según el plan militar alemán, el célebre plan Schlieffen, entre el día 31 después de la movilización y el día 40, debía producirse la batalla decisiva que acabaría la guerra en el frente occidental. Gaziel también recuerda cómo los diarios franceses especulan un día sí y otro también con esa “gran batalla decisiva” que debía sellar el destino de la guerra.

Y, sin embargo, el 9 de septiembre, sin que mediara una derrota, después de un mes de combates, de un mes de marchas agotadoras, de un mes de conquistas pagadas a un alto precio, los soldados alemanes inician una inesperada retirada hasta el río Aisne. Y allí empiezan a cavar las trincheras a lo largo de un frente que permanecerá básicamente estable a lo largo de cuatro años. Tan estable que en el Marne da nombre a dos batallas. La de septiembre del 1914 –que recordamos aquí- y otra, la Segunda Batalla del Marne, entre julio y septiembre de 1918.

Si la Primera Guerra Mundial fue el acontecimiento que definió el siglo XX, la batalla del Marne fue su momento decisivo. Los alemanes perdieron su oportunidad. Los franceses recuperaron el aliento. La guerra de maniobra se transformó en guerra de desgaste. La batalla del Marne cambió el curso de la guerra y marcó el destino del siglo más sangriento en Europa.

“Lo más interesante de la Gran Guerra, hay que buscarlo en los primeros meses”, escribió Winston Churchill. “El avance de fuerzas gigantescas, las incertidumbres sobre su despliegue y enfrentamiento, el papel veleidoso del azar hicieron de la primera colisión un drama nunca superado”.

Fuera de Francia, la Primera Batalla del Marne no suele ser tan evocada como el Somme, Verdún, Ypres, Tannenberg o Gallipoli. Del “miracle de la Marne” se recuerda la requisa de los taxis de París para enviar tropas de refuerzo al frente. Pero más allá de este episodio colorido, ingenioso y de dudosa relevancia militar, el Marne resulta interesante por razones más abstractas.

No sólo fue un punto de inflexión en el conflicto que acababa de estallar, también entraron en juego factores que hacen del relato del Marne, de sus antecedentes, de su desenlace, un compendio de las variables de la guerra. Ni una victoria aplastante, ni una derrota sin paliativos. La batalla del Marne resulta tan “imperfecta” como fascinante. Puro drama. El azar y la necesidad, la volatilidad de los planes militares, la “fricción” y la “niebla de la guerra” de Clausewitz, la audacia de algunos comandantes, el sufrimiento de los soldados, el liderazgo (o su carencia) de un puñado de generales, el horror y la sangría de miles de jóvenes en una escala desconocida hasta entonces.

El historiador Holger Herwig valora el Marne como “la batalla terrestre más significativa del siglo XX y la más decisiva desde Waterloo”. El británico John Keegan califica la decisión que tomaron los alemanes en esos días de septiembre de 1914 como “la más importante entre la movilización y el armisticio de noviembre del 18”. El arriesgado plan alemán para obtener una rápida y decisiva victoria en el frente occidental se fue a la estantería de los grandes fracasos militares.

Que en todo esto fuera determinante el papel de un simple teniente coronel, Richard Hentsch, ha sumido en la perplejidad a historiadores y militares durante un siglo. Max Hastings ha escrito recientemente que la misión de Hentsch fue “la manifestación más radical de autoridad delegada en la historia militar”.

 

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El teniente coronel Richard Hentsch

En la posguerra, el jefe de Estado Mayor del Ejército de EEUU, Peyton C. March, se mostró sorprendido de que los más altos generales del ejército alemán hubieran obedecido a un “teniente coronel perfectamente desconocido… que se excedió ampliamente en su autoridad“. Propuso, con ironía, que los aliados levantaran un monumento en honor a Hentsch.

Incluso 50 años después, un antiguo mando del ejército alemán, testigo en primera línea de las decisiones en el Marne, escribió: “Si el pesimista teniente coronel Hentsch se hubiera estampado contra un árbol… en algún punto de su viaje del 8 de septiembre o si le hubiera pegado un tiro un soldado francés rezagado, habríamos obtenido un alto el fuego dos semanas después y alcanzado una paz en las que podríamos haber pedido de todo”.

Medio siglo después aún persistía el mito: Hentsch, el mensajero de la derrota. ¿O el chivo expiatorio? La realidad –como suele suceder- fue mucho más compleja.

(Continuará. Primera entrada de una serie sobre la batalla del Marne)