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Hay que estar de acuerdo con Íñigo Errejón cuando reivindicaba ayer en el Escorial “la enorme honestidad intelectual de nuestra fuerza política” porque lo que hicieron  Iglesias, el propio Errejón, Irene Montero et al fue autoanalizarse en el diván que les ofrecía un curso veraniego de la Complutense.

Los profesores -metidos a emprendedores políticos de éxito estos dos últimos años- volvieron a vestirse de profesores ejercientes en un laboratorio de ideas que permitía citar sin complejos a Gramsci, su bloque histórico y guerra de posiciones o lanzar palabras como “parlamentarización” o “reflexividad”. La política no suele ser benevolente con los intelectuales, ni en España ni fuera de España; por eso resultaba inesperado que un grupo de politólogos cargados de jerga neomarxista haya tocado la fibra emocional de más de cinco millones de votantes

Y tal vez por eso -por su extraordinario éxito- hablar de sí mismos les encanta. Podemos es una fuerza narcisista como tantos fenómenos contemporáneos; del confesionario de reality televisivo a la explosión del selfie, de Cristiano Ronaldo a Donald Trump, de Snapchat a Instagram…

La terapia de grupo a la que se sometieron dejó más preguntas que respuestas. Todos partían de una hipótesis: el 26-J cierra ciclo y se impone “una ralentización del tiempo político”. Adiós a la aceleración histórica. El resultado electoral clausura la ventana de oportunidad. “La crisis de régimen que ha permitido la anomalía de Podemos se habría cerrado, el desempate del 26-J se habría resuelto más en favor de la Transición que del 15-M”, cree Errejón.

Y ¿ahora qué?

“Ahora toca pasar de partisanos a ejército regular”, apunta Iglesias, “y  nada nos garantiza que vaya a salir bien”. Llama la atención la querencia de los líderes de Podemos por unas metáforas bélicas que hasta ahora provocaban sarpullidos a la izquierda: “blitz”, “guerra relámpago”, “asalto de caballería al poder político”.

“De la guerra de movimientos pasamos a la guerra de posiciones”, continúa Iglesias citando a Gramsci -el italiano toma la metáfora de la I Guerra Mundial cuando los ejércitos pasaron de las grandes maniobras envolventes a quedar fijados durante años en las trincheras.

¿Cómo se resiste y gana en la guerra de posiciones?

Éste es el desafío que “acojona” a Iglesias. “La máquina de combate impresionante en la guerra de movimientos” que ha sido Podemos, puede que no funcione en la grisura y el aburrimiento de las trincheras: “El trabajo parlamentario puede ser maravilloso o el camino hacia el cretinismo político”. ¿Cómo se comportará el ejército regular? “De momento, hay buen rollo, pero no es fácil liderar un espacio compeljísimo con muchas personalidades y muchas culturas políticas”.

El único punto en el que ayer no tuvo dudas Iglesias fue en subrayar su programa socialdemócrata. Lo cual abre (o más bien continúa) otro frente en el flanco derecho de esta guerra de posiciones: la disputa por el lugar en la oposición entre Podemos y el PSOE, “un partido muy fuerte en el sur de España”, a juicio de Iglesias, que no puede evitar su característico desdén: “El Partido Socialista va a ser muy importante, pero no es el partido de los jóvenes, ni es el partido del futuro ni es el partido de la articulación territorial; nada que ver con el rol que jugó los últimos 40 años”.

El problema de Podemos es generar un “bloque histórico” -volvemos al manual de Gramsci-. Traducido por Errejón: ¿cómo puede crearse una nueva hegemonía político-cultural-electoral  que “compren” los sectores más dinámicos de la sociedad al tiempo que vence las reticencias y los miedos de los sectores que quieren ir más despacio hacia el cambio? Para entendernos, algo parecido a lo que consiguió el PSOE en 1982, cuando se ganó hasta el disputado y rural voto del señor Cayo. Complicado cuando no tienes a favor, dice Iglesias, a los principales productores de cultura política que son los medios de comunicación y cuando apenas gestionas instituciones.

Sí, las instituciones. Atención a una frase aún por digerir en Podemos: “Esa idiotez que gritábamos cuando éramos de extrema izquierda, `la lucha está en la calle y no en el Parlamento´ es mentira. Las cosas se cambian desde las instituciones”.

“No queda excluida la posibilidad de que Podemos gobierne en España”, concluye Errejón. “Pero el Podemos que gobierne será otra cosa más predecible, menos sexy, generará menos ilusión entre los sectores más movilizados, pero al mismo tiempo menos incertidumbre entre los sectores más retardatarios al cambio político”

Jerga de politólogo aparte, ¿no suena todo esto al viaje que el PSOE de Felipe González hizo en torno al año 1979?

La generación de Podemos aún busca su propio 1982.

 

 

 

 

 

Rivera iglesias

“¿Qué esperamos congregados en el foro?
Es a los bárbaros que hoy llegan”.

Esperando a los Bárbaros, Konstantino Kavafis

De todos los argumentos electorales de la larga campaña del 2015, ninguno más evidente que el de la brecha generacional. Si la muerte de Franco supuso una ruptura, las elecciones de 2015 anuncian otra. Sea cual sea el resultado, la generación de Pablo Iglesias y Rivera está aquí para quedarse. El poder se ejerce con complicidad generacional.

En el 75, la juventud nacida en los años 40 desplazó del poder a unos mayores que por edad eran colaboradores voluntarios o involuntarios con el régimen franquista o recordaban los fantasmas de la Guerra Civil. El cartel naif de Felipe ganó al de Carrillo.

Felipe cartel 1977

40 años después, -si permiten la demamogia- aquellos “chicos” del 77 peinan canas y se sientan en consejos de administración. Y ahora, como si los ciclos generacionales siguieran la regla biológica de los 40 (40 años de franquismo, 40 de ETA, 40 años de Transición…), una nueva generación nacida en tiempos constitucionales se dispone a asaltar los corredores del poder.

Dicen que los nuevos “hijos terribles” (Sloterdijk)  se alimentan de la frustración de una generación -la suya- convencida de que va a vivir peor que sus padres. Instalados frente a precarios, insiders frente a outsiders, indignados frente a integrados. Partidas dispersas de jóvenes bárbaros atacan los muros de la ciudadela que cobija al partido de los ancianos. Los sondeos dejan patente la escisión. El Partido Popular es la cuarta fuerza entre los más jóvenes y la primera entre los mayores de 65; Podemos, justo a la inversa.

Sin embargo, al PP le dan muchas probabilidades de ganar las elecciones marcando distancias con los demás.

Voilà. He aquí la paradoja de las elecciones de 2015: la juventud irrumpe en el paisaje político, pero serán los viejos quienes decidan el resultado. Los jóvenes piden paso, los viejos exhiben números. Más de 11 millones de españoles superan los 60 años. La juventud mantiene intacto su prestigio sesentayochista, pero le aplasta el peso de nuestra invertida pirámide poblacional.

pirámide población españa

No es un fenómeno exclusivo de España o de la vieja -más viaja que nunca- Europa. Incluso en un país relativamente joven como Estados Unidos -buenas tasas de natalidad e inmigración-, el cambio demográfico está redefiniendo la clase media:

“La clase media norteamericana” -señalaba recientemente el FT-, “está transformándose por el envejecimiento de la población. Los ciudadanos mayores van a jugar un papel cada vez mayor en la economía a medida que su peso crece en los sectores con ingresos medios y elevados. Los datos del Pew Research Center muestran que los hogares de más de 65 años han sido los que más han mejorado su posición económica en lo que va de siglo y, de hecho, los que más han mejorado desde los años 70”.

Pronto comprobaremos si en España se cumple lo que auguran los sondeos: que el bloque de votantes mayores de 60 se convierte en el más importante de la democracia española y, también hasta qué punto vota como un solo hombre o se dispersa.

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La demografía, como la geografía es el destino. ¿Qué políticas se imponen en una sociedad envejecida? En España, Rajoy ha recortado de todas las partidas importantes de gasto menos de una, la más grande, la partida de las pensiones, más de 110.000 millones de euros. En Alemania, la obsesión con los precios se atribuye al lejano espectro de la hiperinflación en la República de Weimar, pero seguro que también tiene mucho que ver con el miedo de un país de viejos ahorradores: nadie quiere ver cómo la inflación se come el capital que guarda para la jubilación. Reino Unido, Italia, toda Europa, incluso China serán en breve sociedades cada vez más envejecidas. ¿Hacia dónde se inclina la batalla presupuestaria en las sociedades envejecidas? ¿Cuáles son las prioridades? ¿Hay relación entre el déficit y la deuda de un país y la edad de sus votantes?

“…

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían
y todos vuelven a casa compungidos?
Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.
Algunos han venido de las fronteras
y contado que los bárbaros no existen.

¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución”.

Esperando a los bárbaros. El propio Pablo Iglesias recurre al célebre poema de Kavafis en su último libro. Hoy los bárbaros son los jóvenes indignados, son los jóvenes inmigrantes, pero el partido de los ancianos no parece muy dispuesto a abrir las puertas de la fortaleza. El 20-D veremos si se rompen los diques generacionales.

 

 

 

 

 

 

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Esta semana en mi vídeo dominical en Noticias Cuatro  he hablado sobre dos banderas que han sido noticia.  La enorme bandera española en la proclamación de Pedro Sánchez como candidato a La Moncloa y la bandera de batalla de la Confederación, motivo de polémica tras los crímenes de un joven racista en Carolina del Sur.

Las dos banderas no tienen nada que ver entre sí, pero en ambos casos su significado se cruza con una historia de guerra civil.

La bandera de la Confederación fue emblema del ejercito sudista en la Guerra de Secesión norteamericana. Los estados agrarios y esclavistas del sur invocaron su derecho a separarse -a decidir , diríamos hoy- del norte industrial y capitalista que imponía la abolición de la esclavitud. Dos modelos económicos incompatibles que disputaban entre sí desde hace años en la conquista del Oeste. Ganó el Norte, pero la reconstrucción del Sur, salvo la esclavitud, toleró al cabo de pocos años la herencia y los modos del Sur. En otras palabras, Jim Crow y al segregación racial.

Un siglo después la bandera de las estrellas cruzadas volvió a ondear como protesta contra la nueva injerencia del gobierno federal con sus leyes de derechos civiles. desde entonces tiene un pretendido significado ambivalente. Oficialmente se reivindica como seña de identidad sentimental del viejo sur. Extraoficialmente es un símbolo del racismo latente y persistente. El caso es que 150 años después de la guerra civil americana vuelve una campaña para arriar definitivamente la bandera de la Confederación.

En España, la rojigualda monárquica fue recuperada por el bando franquista en la Guerra Civil frente a la franja morada que se insertó en el emblema durante la II República. Terminada la guerra, la izquierda mantuvo la tricolor pero aceptó la rojigualda en los pactos de la Transición. Muchos recordarán la presentación en sociedad de Carrillo, flanqueado por la bandera rojigualda y otros -lo he recuperado en el vídeo- las palabras de Felipe González en el mitin de la Ciudad Universitaria en vísperas de su arrolladora victoria electoral de 1982.

La bandera de todos, dice González. Sí, pero con diferentes grados de entusiasmo -celebraciones deportivas al margen. A lo largo de estos años ha sido la derecha la que se ha seguido sintiendo cómoda con la exhibición a todo trapo de la bandera. Y son muchas las sedes de la izquierda, incluidas las socialistas, que mantienen la tricolor republicana en el mobiliario de sus locales.

No encuentro datos, pero temo no equivocarme si digo que la exhibición de la bandera española en relojes, pulseras y coches sigue siendo un atributo de los votantes de la derecha.

De ahí la sorpresa por el tamaño de la bandera de Pedro Sánchez. 40 años después de la transición, 80 años después de la Guerra Civil, la ostentosa exhibición de la rojigualda por un socialista sigue siendo noticia. Obama aparece a menudo con una escenografía similar y no es ningún problema. Lo mismo podríamos decir de un socialista francés. Pero esto es España. Venimos de una historia problemática y seguimos sin superar tensiones territoriales. Dos factores que siguen creándonos problemas con los símbolos comunes. Tarareamos un himno sin letra y colocamos al toro de Osborne como escudo… En España, en EEUU y en cualquier parte, las herencias de las guerras civiles tardan muchos años en olvidarse.

 

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Esa mano en la nuca… La “retención” de Rodrigo Rato

En mayo de 1994, el Gobierno de Felipe González vivió quizá los peores quince días de su última legislatura. Todo empezó con la fuga del exdirector de la Guardia Civil, Luis Roldán, cuando se le estaba investigando por corrupción. En días sucesivos dimitió el ministro del Interior por la fuga de Roldán; el ministro de Agricultura, Vicente Albero, por fraude fiscal; los diputados Corcuera y Solchaga; y la policía detuvo ni más ni menos que al exgobernador del Banco de España, Mariano Rubio, y al exsíndico de la Bolsa, Manuel de la Concha, por el caso Ibercorp.

La detención de Rubio -ordenada por el entonces fiscal jefe de Madrid, Mariano Fernández Bermejo, y luego ministro de Justicia de Zapatero- fue entendida como el coletazo ejemplar de un gobierno que daba boqueadas en un charco de corrupción. Se llevó a cabo cinco días después de la fuga de Roldán. Era la gota que colmaba el vaso: el otrora respetado, temido y elogiado gobernador del Banco de España, el hombre que firmaba los billetes, el poderoso representante de la beautiful people socialista ¿era un defraudador fiscal? A la cárcel con él… Entonces se enviaba al personal relevante a prisión preventiva invocando con magnanimidad el amiguo concepto de “alarma social”. Apenas veo que se utilice ahora.

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Mariano Rubio, aguantando ante la comisión del Congreso

Rubio pasó 12 días en prisión. En la cuenta opaca le encontraron unos 780.000 euros. Su caso fue adelgazando en la instrucción hasta quedarse en un delito de falsedad que no se sustanció en ningún juicio porque Mariano Rubio murió de cáncer antes de la vista oral. De todo el asunto, lo más recordado es aquella sonada comparecencia parlamentaria en la que destacaron el socialista Hernández Moltó -“Señor Rubio, míreme a los ojos”- y la diputada Rudi cual princesa de Éboli por su parche en un ojo. Hernández Moltó -dicho sea de paso para quien no lo recuerde- está ahora imputado por la gestión de Caja Castilla-La Mancha.

Con Rodrigo Rato podemos estar ante otro nuevo caso Rubio por el espectáculo de su detención momentánea a la hora de los informativos o, quizá, ante otro de los casos que más daño hizo -si no el que más- al felipismo: el caso Roldán.

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Luis Roldán, conducido ante la Justicia

Lo de Luis Roldán fue el colmo: que el jefe de la Guardia Civil fuera un ladrón y además se fugara resultó devastador para la imagen del Gobierno socialista. Es en este sentido político y electoral y no en los delitos ni en los dineros donde veo el parecido razonable: que quien fuera en otro tiempo látigo de evasores fiscales haya resultado ser él mismo un evasor fiscal; que el elogiado, respetado y ensalzado Rodrigo Rato era todo mentira. Y no vale de nada decir que hace tiempo que Rato no es del PP o que hace años que no ocupa cargo público alguno. Rodrigo Rato es la historia viva del PP aznarista en su mejor momento. El autor del “milagro económico” del PP que a la vuelta de los años ha devenido en pesadilla y latrocinio por doquier.

De esto va mi vídeo dominical en Noticias Cuatro.

Por cierto, que al PSOE de FG no le sirvió de nada el escarmiento ejemplar en la persona de Rubio. Dos años después perdía las elecciones ante el PP de Aznar. Ahora la víctima sacrificada en el altar de la indignación se llama Rodrigo Rato, pero me temo que la diferencia esta vez es que la alternativa no es el otro gran partido de la oposición sino los nuevos “purificadores” que asedian la fortaleza del bipartidismo. A esto pónganle la música de Juego de Tronos. “Le hemos entregado el poder a Podemos”, cuenta hoy Raúl del Pozo que le dicen algunos dirigentes del PP. No sé si a Pablo Iglesias o a Albert Rivera… Con coleta o sin coleta, los “bárbaros” están a las puertas gracias a la inestimable ayuda de los que están dentro. Bárcenas, Pujol, Urdangarín y la Infanta, el saqueo de los ERE y ahora ni más ni menos que Rato… Resulta que los antisistema estaban dentro del sistema.

Una precisión: el plano de escucha de Rodrigo Rato mientras Aznar dice que el PP ha acabado con la corrupción procede del archivo con la realización propia del PP; no es un inserto malintencionado. Resulta desolador pensar que, mientras Aznar decía estas cosas, Bárcenas andaba cobrando sobornos y repartiendo sobres; Correa hacía de las suyas en los territorios políticos del PP etc, etc, etc. ¿Era todo mentira o también cinismo?

 

 

 

Albert rivera2

Ejercicio de demoscopia recreativa: ¿qué auguran los resultados de Andalucía?

Si proyectamos los votos a unas generales, el PP sufriría una importante pérdida de escaños e IU desaparecería.

Me he puesto a hacer números de manera apresurada (no descarto errores) y he comparado las generales de noviembre de 2011 con las autonómicas de marzo de 2012 para ver en qué medida se podrían hacer proyecciones entre unas y otras. A diferencia de las europeas,  la circunscripción provincial es la misma y la diferencia en la participación no es tan grande.

De los 60 diputados andaluces, el PP sacó 33, 25 el PSOE y 2 IU. Cuatro meses después los andaluces volvieron a votar en sus comicios autonómicos. Si hubiéramos proyectado aquellos resultados a unas generales, el PP habría perdido 3 diputados, el PSOE habría subido 2 e Izquierda Unida, 1. Ligero escoramiento a la izquierda, por tanto, en una consulta en la que la participación había bajado del 70% al 62%; unos 415.000 votos menos. Pero la variación en escaños habría sido pequeña: 3 diputados habrían pasado de la derecha a la izquierda.

Si repetimos la misma proyección con las andaluzas de ayer, la variación es mucho mayor: el PP perdería 13 escaños, el PSOE subiría 2, Podemos sacaría 9 y Ciudadanos, 4 en el bloque andaluz del Congreso. Supongamos que en las generales aumente la participación hasta la tasa habitual, unos 400.000 votos más, y que ese aumento no se reparta por igual y se escore a la derecha con una variación similar a la de 2011, que el PSOE aguante en los 25… Con todo, el PP podría perder 10 escaños en Andalucía. De los 33 a los 23. Una cifra con la que siempre ha perdido las elecciones en el conjunto de España. En 1996, cuando Aznar ganó por los pelos, sacó 24 diputados de Andalucía. O Rajoy moviliza/recupera/gana hasta el último de sus votos o se le va a complicar mucho la existencia política.

Quizá no se puedan extrapolar los resultados del bastión socialista en Andalucía al resto de España, pero sí los del PP y estos apuntan en una dirección preocupante para los de Génova 13. Hasta ahora parecía que la emergencia de Podemos y la erosión del bipartidismo amenazaba sólo PSOE. Anoche vimos que también al PP se le ha abierto todo un agujero en la línea de flotación por el que asoma la cabeza de Albert Rivera. No tanto por los escaños que Ciudadanos pueda sacar, como por los votos que pueda restar al PP. Y la paradoja puede ser que la resta de Ciudadanos al PP favorezca con escaños al tercero en liza, Podemos.

Andalucía ha sido el primer indicio de un futuro que pronosticaba hace semanas el politólogo Pablo Simón en otra entrada  de este blog: vamos a un escenario a la italiana. Pero sin italianos, que añadió el otro día Felipe González. Manca finezza.