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siberia carretera miserable

Sólo rezaba por no quedarme tirado en medio de la taiga en plena noche y por no encontrarme con los asaltantes”.

Las primeras líneas de El delirio blanco, la crónica de un viaje a través de Siberia del periodista polaco Jacek Hugo-Bader, remiten inevitablemente a las imágenes de la saga Mad Max.

“Debo de ser el único loco que ha viajado solo y desarmado a través de este espantoso océano de tierra. El deporte favorito de los lugareños es el tiro al blanco. Normalmente circulan por la derecha, pero como los coches son japoneses, el volante lo llevan también a ese lado. Conducen con la mano izquierda, así con la otra pueden sacar fácilmente por la ventana el arma que llevan encima y disparar en marcha contra señales de tráfico, anuncios y paneles informativos… Más o menos cada cien kilómetros, los restos de un coche calcinado. Seguramente se estropearon de noche , en pleno invierno, y los dueños, desesperados, les pegaron fuego para intentar calentarse. Es poco probable que eso les ayudase a sobrevivir

¿Y cómo se sobrevive una noche de invierno en la taiga? El periodista polaco parte equipado con la experiencia de viajes previos por este territorio inhóspìto. He aquí  su lista de recomendaciones:

1-Poner el coche con el capó de cara al viento para evitar que los gases del tubo de escape se cuelen dentro

2-Mantener el motor al ralentí para calentar el coche (sólo consume un litro por hora)

3-No bajar nunca del medio depósito en invierno en Siberia.

4-Antes de echarse a dormir, apagar el motor, porque si al viento le da por cambiar de dirección durante la noche, ya no despertarás.

5-Fijar la alarma del teléfono cada dos horas para levantarse y poner el coche al ralentí durante 15 minutos, a 30º bajo cero tienes que hacer esto si quieres que el coche arranque por la mañana. El frío extremo deja el aceite denso como la plastilina.

6-Llevar siempre un hacha. Si el móvil se queda sin batería y no despiertas hasta la mañana siguiente, tendrás que cortar leña y hacer una hoguera.

7-Para encender la hoguera en medio del frío espantoso, la nieve y el viento, necesitas llevar preparado un bidón con una mezcla al 50% de gasolina y aceite del motor.

8-Si te quedas tirado en la estepa no encontrarás árboles a tu alrededor; por eso debes llevar una caja con leña de reserva desde Moscú.

9-La pala. No olvides la pala. Te servirá para prender encima la hoguera y colocarla debajo del coche, sólo así se calienta el motor (también se puede utilizar un soplete)

10-Si el frío es salvaje, te quedas dormido y sin batería, necesitas una segunda batería conectada desde la salida a la primera por unos cables…

Hugo-Bader acepta el desafío extremo para confrontar la realidad actual con los restos de una utopía; la que describieron otros dos reporteros, Mijaíl Vasíliev y Serguéi Gúschev, en su Informe desde el siglo XXI. En 1957, el  Komsomólskaya Pravda les encargó imaginar cómo sería la Unión Soviética 50 años después, en el 90 aniversario de la revolución bolchevique. Cuando en 2007 se cumplió el aniversario, hacía 16 años que la Unión Soviética había dejado de existir. Las predicciones de Vasíliev y Gúschev se disolvieron en el tiempo y el espacio como el país de los soviets.

El delirio blanco rescata aquel futuro imaginado como pretexto para emprender un viaje de 13.000 kilómetros entre Moscú y Vladivostok en el invierno de ese año 2007. La realidad de 2007 convierte las ensoñaciones de los periodistas soviéticos en un contrapunto sarcástico en manos de Hugo-Bader. Un ejemplo: después de sumergirnos en la epidemia de sida en Rusia, el capítulo se cierra con este fragmento del Informe desde el siglo XXI: “Con la llegada del siglo XXI habremos vencido la mayoría de las enfermedades que todavía hoy nos atemorizan y lo habremos hecho  de forma taxativa. Las únicas que no podremos curar del todo serán el cáncer y las enfermedades mentales y cardiovasculares… Pero no cabe duda de que a principios del siglo XXI estas enfermedades serán tan graves como lo es hoy una neumonía. ¿Qué harán entonces los médicos? La medicina preventiva, las condiciones sanitarias y la higiene les resultarán muy aburridas, de manera que desarrollarán una nueva, importantísima e inagotable tarea: el perfeccionamiento de un organismo humano sano“.

hugo bader con jeep ruso
Jacek Hugo-Bader, apoyado en su lazhik

En Moscú, Hugo-Bader se hace con un UAZ-469 de segunda mano, también conocido como “jeep soviético” o “lazhik”, que en ruso significa “aquel que se mete en cualquier parte”. Precio con puesta a punto: unos 5.500 euros.  “De los tres meses de viaje sólo pasó un día en la calle sin que nadie lo vigilase… Qué barbaridad de gente hace falta [en Rusia] para vigilar cada cosa, cada persona, cada sitio. Porque no son sólo los coches. Vigilan casas, personas, jardines, cosechas, bosques, animales domésticos, animales en libertad… Decenas, centenares de miles, millones de hombres que lo único que hacen es controlar… asegurarse de que nadie robe lo que sea que están vigilando. Millones de porteros, vigilantes, seguratas, gorilas y guardias nacidos sólo para vigilar. Si les pregunto a cinco rusos a qué se dedican, casi seguro que uno será conductor y dos trabajarán en seguridad. Eso sin contar los policías. Un ejército de un millón y medio de personas“.

A lo largo de un viaje a la marginalidad postsoviética, el periodista polaco se cruza con músicos underground, tribus de la taiga al borde de la extinción, supervivientes de los ensayos nucleares, una secta que venera a un Jesucristo reencarnado en Siberia, chamanas que regresaron del gulag, hippies de los años 70… Sí, también hubo hippies en la Rusia soviética. Y serlo salía más caro que en San Francisco por la proverbial incapacidad del comunismo para digerir cualquier movimiento alternativo. El sistema les aplicó la terapia común a las disidencias en los años grises de Breznev: sólo podía entenderse y tratarse como una enfermedad mental. La carrera de la mayoría de los hippies comenzó en una durka, un psiquiátrico. Bep estuvo cinco veces:

Para nosotros eran como santuarios, lugares sagrados donde, junto a los enfermos, había también encerrados disidentes, intelectuales, indomables, hippies y una gran cantidad de personas excepcionales a quienes la psiquiatría soviética consideraba locos. Yo estuve encerrado en compañía del músico Volodia Vysotski, de un tipo que secuestró una apisonadora y se puso a dar vueltas por Moscú, y de uno que reventó la puerta de un puesto callejero donde vendían cerveza y se pasó la noche haciendo viajes con cubos para llevarse la cerveza a casa. Cuando lo detuvieron a la mañana siguiente ya había llenado la bañera y el acuario. En 1989 conocí en una durka a un artista plástico que estaba perfectamente cuerdo y que había hecho un cartel que decía: “Comunistas fuera de Afganistán” y lo había colgado del balcón.

-¿De qué balcón?

-Del de su casa.

-Entonces estaba chiflado. ¿Y te sorprende que se lo llevaran los loqueros?

-Cuando llegué hacía diez años que estaba allí. Y allí seguía cuando me soltaron“.

Hugo-Bader salta de la crónica a la entrevista, del diccionario como formato narrativo a la anotación de un cuaderno de bitácora, pero su escritura fragmentaria avanza siempre pegada al barro de la taiga. El periodista habla, escucha y huele el país. En casas, coches, calles de Moscú, tugurios siberianos, orfanatos en la taiga, minas radiactivas… Decenas y decenas de entrevistas engarzadas en un recorrido alucinante por los márgenes del derrumbamiento soviético. La materia prima del reporterismo en estado puro.

Estremece su inmersión en la epidemia de sida que Rusia censura y minusvalora. Las cifras no oficiales alcanzan dimensiones africanas. Hasta tres millones de seropositivos, el 2% de la población, según ONU/SIDA; las ONG rusas elevan la cifra a cuatro millones. Resumo alguna historia:

Sergei acaba de interrumpuir el tratamiento contra el virus para curarse un poco del hígado, muy castigado por la hepatitis, las drogas y el alcohol. El estado de su hígado le preocupa más que el VIH, y los dos tratamientos se estorban entre sí. En Alcohólicos Anónimos conoció a la bella Larisa, una divorciada cuarentona cuyo marido se llevó a su único hijo porque ella bebía. Larisa es su cuarta mujer. Ella no tenía el virus. Después del primer año dejaron de tomar precauciones. Del uso del preservativo pasaron a la marcha atrás. Y todo pese a que Sergei conoce de sobra los riegos. Trabaja en una ONG que lucha contra el sida

-Joder. Seguro que sabéis que el virus no está sólo en el semen sino también en el líquido seminal.

-Claro, pero tenía esa fantasía de que si no terminaba… -Veo que está a punto de explotar-. ¡Hostia puta! ¡No me agobies! ¡Era ella la que me rogaba que me corriese dentro! ¿Entiendes? Yo tenía cuarenta años y por primera vez en mi vida estaba enamorado. Al cabo de dos años ella también era portadora. El año pasado…

-¿Has contagiado a la mujer que amabas?

-Ella quería tener la enfermedad. Porque yo la tenía.

-¿Qué gilipollez es esa?

-No es ninguna gilipollez. No tienes ni idea de cómo son las mujeres rusas. Irían hasta el fin del mundo, incluso daría la vida por el hombre al que aman. Aquí es lo normal. ¡Les encanta sacrificarse, entregar su vida como ofrenda! ¡He conocido a docenas de mujeres así!”.

rusia campaña antialcohol

El sida nos golpea en las primeras páginas, pero la verdadera epidemia que recorre todo el libro es el alcoholismo. Les marca incluso desde antes de nacer. Svetlana Izambáyeva, “Miss Seropositiva 2005”, nació antes de tiempo porque su madre “se cayó”.

“-Estaba borracha

-¿Cómo lo sabes?

-¿Por qué suele caerse la gente en Rusia?

-Es verdad. El alcoholismo es terrible. Yo he crecido en un mundo de alcohólicos. Mi familia era así. Mi papá bebía muchísimo. Luego venían las broncas, él pegaba a mi madre, yo me ponía en medio… En mi casa uno de mis abuelos bebía, el otro también, mis padres… Es toda una tradición. Lo típico de los koljoses y de Rusia. Es una epidemia terrible, una peste, una plaga. Viajo por los koljoses a visitar a las chicas y todas son como yo. De familias parecidas, así que se echaban a la calle en busca de amor, caían en las drogas, pillaban el virus“.

Del omnipresente espectro del alcoholismo sale el título del libro. El “delirio blanco” no es otra cosa que el delirium tremens. Se ceba en especial con indígenas siberianos como los evenkos. El vodka “es su Zyklon B, sólo que actúa más despacio“. Como otros pueblos del extremo oriente, apenas tienen tolerancia al alcohol: “Lo primero es que se desploman tras ingerir una dosis de alcohol con la que un ruso, un polaco e incluso un alemán podría conducir un coche sin problemas“. Después de beber les puede dar por quitarse la ropa aunque haga un frío espantoso, saltar a los ríos helados desde los puentes o quedarse sentados en medio de las carreteras más transitadas. A los coches les toca esquivarlos. En uno de sus mejores capítulos, el periodista reconstruye el destino de la brigada número uno del sovjós de Udárnik, en el distrito de Amur, al este de Siberia: tres mil quinientos renos y diecisiete pastores evenkos, entre ellos dos mujeres y dos chicos de catorce años.

En diciembre de 1991 se derrumba la Unión Soviética y en la brigada número uno muere Sasha Yákovlev. El río helado cedió bajo sus pies mientras cruzaba con el rebaño. Sasha terminó sus estudios en la escuela de aviación que hay en la ciudad, se casó y tuvo un hijo. Luego se divorció, regresó a su aldea natal y empezó a beber sin parar. Tenía treinta años. En la brigada quedaron dieciséis pastores“.

Yura, el jefe de la brigada, salió de la tienda después de una borrachera tremenda y corrió sin detenerse durante dos días y dos noches, sin chaqueta ni gorro en noches de 40 bajo cero. El cazador ruso que lo encontró “vio los inmensos y aterrorizados ojos de Yura y las pupilas extrañamente dilatadas, así que ya no preguntó nada. Al instante reconoció el delirio blanco“. Ya sólo quedaron quince pastores.

El día que se llevaron la carne de los renos muertos, Serguéi Sifronov “se emborrachó, cayó al suelo, se rompió la cabeza y se congeló“. En la brigada quedaron catorce pastores.

Otro Serguéi, Trífanov, se pegó un tiro en el pecho después de beber sin parar por desesperación. Lo mismo hicieron Pável y Sasha. “Se van a la taiga, se acaba el vodka, se les pasa la borrachera, y es cuando empiezan las alucinaciones, el delirio blanco“-explica la evenka Yelena.

Guena Yákovlev celebró con una borrachera su trigésimo quinto cumpleaños. Cuando se quedó solo, la estufa prendió las pieles de los renos y se quemó vivo en su tienda.

Rimma recuerda como su pareja, Slava, solía irse a la taiga durante tres o cuatro meses, luego volvía al pueblo y bebía sin parar. Cuando se le pasaba la borrachera, volvía  a casa. Era entonces “cuando empezaba la peor parte. El delirio blanco. Llega más tarde, después de pasarse con la bebida. Veía cosas, oía cosas… Una vez le dolía muchísimo la cabeza y algo empezó a susurrarle en el oído: `coge un arma y hazte un agujero en la cabeza, todo el dolor se irá por ahí´. Conseguí quitarle el rifle en el último momento. O una voz que le decía: `sal fuera y corre, corre, corre…´Se volvía loco y empezaba a disparar contra animales invisibles. Veía demonios. Solía ver a su padre que había muerto tiempo atrás“.

En dieciséis años, los diecisiete pastores de la brigada número uno del sovjós de Udárnik desaparecieron. “Veo cómo van cayendo, cómo se extinguen“, responde la doctora Lubov Passar, ella misma de la tribu Udegue. “Un exterminio. Una aniquilación física. Naciones enteras beben hasta morir y desaparecen de la faz de la tierra“.

En 2007 quedaban 35.500 evenkos, 237 yenets, doce alutor, ocho kerek. “De los 346 orok que quedan, apenas tres pueden hablar su idioma, cosa que no puede hacer ninguno de los 276 taz“.

semipalatinsk nuclear landscape
El Polígono nuclear de Semipalátinsk (Kazajstán)

En la ruta de Moscú a Vladivostok, Hugo-Bader nos cuenta su paso por las ciudades secretas del programa nuclear soviético en Kazajstán como un descenso dantesco a los infiernos. En el primer círculo, el almacén de los recursos didácticos. Allí se guardan en formalina los fetos deformados por la exposición a la radiactividad.

Cuando era estudiante –cuenta nuestro guía, el profesor Urazalin– quería especializarme en obstetricia, pero cuando me encontré con dos partos así durante mi período de prácticas, se me quitó rápidamente la idea de la cabeza como guía. Aún asi tuve que acabar las prácticas. Pese a ser un comunista comprometido, antes de cada parto rezaba para que saliese un ser humano normal. Soy médico, maldita sea, pero todo esto todavía me perturba. Así que me hice dermatólogo“.

Tercer círculo: el infame Polígono de Semipalátinsk en la estepa kazaja. Un área de 18.000 km2 -equivalente a la provincia de Zaragoza- en la que se realizaron trescientas pruebas nucleares subterráneas. La disolución de las granjas colectivas- los koljoses- y el trastorno económico que acompañó a la caída del comunismo sumió en la penuria a los habitantes de la zona. Hasta que alguién descubrió que en el centro del Polígono, en la montaña de Deguelén había un tesoro: grandes vetas de hilo de cobre. Poco les importó que bajo esa montaña la URSS hubiera realizado 209 explosiones nucleares subterráneas. Pese a los enormes riesgos, se desató la fiebre del cobre.

La gente se muere en las galerías y muere” -le cuenta Danier un antiguo koljosiano-. Cada pocos días desaparece alguno. El mayo pasado, entraron cuatro y ya no volvieron. De los que fueron después a intentar rescatarlos, tres murieron en la galería, al cuarto le pasa algo en la cabeza y lo han mandado con los loqueros, y el quinto, hace dos semanas, se cortó el cuello, y eso que solo estuvieron una hora en esa galería. El demonio sabrá lo que hay ahí dentro: vapores o a lo mejor gases de escape: estaban sacando agua con una bomba. Yo creo que fue el mal, porque al que se suicidó se le fue todo el pelo: cejas, pestañas, hasta el de sus partes; lo vi cuando lo estuve vistiendo para ponerlo en el ataúd“.

Hugo Bader se adentra en las galerías excavadas en la ladera de la montaña hasta que la radiactividad supera los límites que se ha impuesto. “Mil ciento setenta microroentgens por hora. Es hora de largarse“. En su ruta por el paisaje postnuclear, se asoma a un cráter donde no crece ni la hierba. Al fondo un pequeño lago, Kelkem-1, el lugar más radiactivo del planeta, cuatrocientas veces superior a la norma. Y por todas partes suicidios, enfermos y muerte por radiactividad. El delirio blanco refuerza una impresión que aún perdura desde los tiempos de la Rusia soviética. El escaso valor de la vida individual ante una utopía y un horizonte sin límites. Los millones de muertos por las hambrunas de la colectivización agrícola en los años 30, los cientos de miles de soldados caidos en las embestidas de Zukhov y Koniev contra la Wehrmacht nazi, los centenares de hombres, mujeres y niños afectados por el programa nuclear… Como si el vasto territorio redujera el valor de la vida humana; hombres y mujeres, puntos perdidos en un paisaje que les devora.

Y con todo, el periodista encuentra en esta remota provincia de Kazajstan a quien añora los viejos tiempos del país de los soviets. Larisa Yákovlevna, la mujer del coronel al mando de las pruebas nucleares en la última etapa de la URSS. Están a la espera de un alojamiento para trasladarse a Rusia.

Antes en nuestra escalera solo vivíamos rusos, ahora se han mudado dos familias kazajas. No es que tenga nada en contra suya, pero son diferentes, desagradables, están por todas partes, escupen en la escalera, pese a que no se construyó para ellos. Estamos en casa, pero ya no es nuestra casa“.

Larissa está orgullosa del trabajo de su marido ahora gravemente enfermo. “Por supuesto, hizo cosas excepcionales. El Partido le confió los mayores secretos de la Unión Soviética… Hizo cosas importantes, para el equilibrio del poder en el mundo, para la paz“. Añora los desfiles del nueve de mayo. Los soldados marchaban con paso ceremonioso, “¡tan aseados, tan extremadamente elegantes, tan inteligentes! Nuestros maridos iban al frente y nosotras, las mujeres con vestidos suaves, abrigos finos, con los niños esperándolos. Risas, alegría, globos, claveles rojos… y de repente todo ha terminado. Esa era mi vida. Daría lo que fuese por recuperarla“.

kalashnikov
Mijaíl Kaláshnikov y su celebre AK-47

Los nostálgicos como Larisa no abundan. El más destacado, Mijail Kaláshnikov, el creador del mítico fusil que lleva su nombre. Hugo-Bader le encuentra en Izhvesk, “una ciudad bastante fea situada en los Urales“, que hasta 1991 fue otro de esos enclaves secretos de la Unión Soviética. Tal vez sea el capítulo menos original si no fuera por el duro interrogatorio que el periodista polaco emplea con el anciano (murió en 2013, a los 94 años):

-Quizá para acabar estaría bien hablar de Stalin. ¿Sabía usted de sus crímenes, Mijaíl Timoféyevich?

-No sabía nada.

-Ahora todo el mundo dice que nunca oyó hablar de los gulags.

-Le diré algo: aquí es difícil enterarse de las cosas. Todo eso sucedió en algún sitio remoto, allá arriba, nosotros estábamos muy lejos.

-En una entrevista en Ogoniok dijo que le resultaba difícil borrar de un plumazo setenta años de historia de la Unión Soviética.

-Desde luego…

-Usted preguntaba si alguien era capaz de demostrarle que habían cometido una equivocación. Yo se lo puedo demostrar. Los comunistas son responsables de la muerte de diez millones de ciudadanos soviéticos. Un millón y medio de mis compatriotas perdieron la vida en su patria.

-Yo estaba muy alejado de esas cosas.

-¿Sabía usted, Mijaíl Timoféyevich, que a su fusil automático lo llaman el arma de los terroristas?

Pero Mijaíl  Timoféyevich ya no escucha. Está de pie, en medio de la habitación, dejando claro que la conversación ha terminado. Enciende la televisión y salen unos armenios. Llevan las manos en la cabeza. Detrás van unos azeríes. En las manos llevan unos Kaláshnikovs“.

El delirio blanco, crónica de la marginalidad en territorio hostil, no aspira a ser un corte representativo de la sociedad rusa. Es periodismo, no sociología.  Nos quedamos con una decepción que se repite cada vez que miramos al este de Europa: el absoluto fracaso de la pedagogía comunista. 70 años de educación en  los valores socialistas y en la exaltación de la solidaridad apenas han dejado marca en el Homo Postsovieticus. Viajamos por un invierno siberiano salvaje, oscuro y vacío de esperanza. ¿Dónde quedó el nuevo hombre  que soñaron los “ingenieros de almas”? Al hermanamiento de los pueblos le ha sustituido la xenofobia, a la generosidad, el recelo, al compromiso, la indiferencia.

Una hora y media junto a la carretera cubierto de sangre luchando contra el frío, la nieve y la ventisca. Nadie se detiene. Solo el de la furgoneta, que me ha visto dando vueltas de campana por la carretera…

-¿Estás vivo?-me grita desde lejos.

-¡Sí!

-¡Pues que vaya bien!

-¡Oye! -le grito espantado-. ¡Espera! ¡Ayúdame a salir de aquí!

-¡Ahora voy! Espera que apague el motor -dice, se mete en la cabina y se larga.

Después de detener su hemorragia con nieve se pone, pala en mano, a excavar una zanja para abrirse un camino en la nieve:

Trabajo en la oscuridad durante una hora y media. Cada dos por tres me iluminan las luces de los coches que pasan, pero nadie para. Antes de salir de Moscú, mis amigos me advirtieron que nadie se detendría por la noche, aunque echase un montón de diamantes por el suelo. Por el miedo a los rekiet, a las emboscadas… De los trece mil kilómetros que recorrí de Moscú a Vladivostok, tres mil no tenían ningún tipo de pavimento. Y no me creo todo ese cuento del miedo a la gente peligrosa que hay en los caminos. Esto es un síntoma de una enfermedad social muy distinta que ha afectado a los rusos: la indiferencia. Una indiferencia terrible y fría, que en su forma más radical se convierte en un desdén profundo, irracional y espontáneo“.

siberia invierno dos

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