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la verdad sobre el affaire del observatorio

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

“L’histoire d’un homme, c’est l’histoire d’une époque ” François Mauriac

EL AFFAIRE DEL OBSERVATORIO

Otoño de 1959. La guerra de Argelia desgarra Francia. Por las calles de París circulan todo tipo de rumores: los colonos más intransigentes habrían enviado escuadrones de la muerte para asesinar a los políticos más proclives al diálogo con el FLN argelino. A Mitterrand le cuentan que su nombre encabeza la lista negra. La inquietud tiene precedentes. De cuando en cuando, Danielle recibe llamadas amenazadoras. A la puerta de su piso ha fallado una bomba casera… El 15 de octubre el periódico derechista Paris-Presse titula con gran despliegue que “grupos de asesinos han cruzado la frontera española. Los que van a ser ejecutados ya han sido señalados…”.

Ese mismo día al atardecer Mitterrand cena con Danielle en compañía de unos amigos. Después François sale sin su mujer a dar una vuelta con tres de sus acompañantes. La ruta nocturna acaba en la Brasserie Lipp. Mitterrand saluda a algunos conocidos y se despide. Está cansado, dice. Mientras conduce de regreso al domicilio se siente perseguido. Un Renault Dauphine verde no se separa de su Peugeot azul. Cambia la ruta habitual para comprobar si sus sospechas tiene fundamento. El Renault repite cada maniobra. Gira a la izquierda en el senado, deja a su derecha los Jardines de Luxemburgo y continúa hacia el sur hasta llegar al Observatorio. Frena entre dos coches aparcados, sale del vehículo y corre hacia los jardines. Salta la verja y se tira al suelo. Escucha una ráfaga de disparos. “Entonces, vi que se alejaban. Creo que abandonaron la idea de matarme cuando me vieron saltar y correr. Dispararon al coche vacío para poder decir a sus jefes: `lo intentamos, pero surgió un imprevisto´. Siete impactos de bala agujerean el Peugeot de Mitterrand.

En cuanto se difunde la noticia le llegan expresiones de apoyo de todas partes. Muchos interpretan que los ultras de Argelia están perdiendo la paciencia con el recién instaurado régimen gaullista: “fueron a por Mitterrand”, según recoge Philipe Short, “porque querían lanzar un aviso: los colonos no se iban a quedar de brazos cruzados si las autoridades de la metrópoli les abandonaban”.

Una semana después estalla la noticia “bomba”: todo había sido un montaje; una trama diseñada por un antiguo diputado de la extrema derecha con la complicidad de François Mitterrand. O, al menos, ésa es la versión con la que fue a los periódicos.

 

yo maquiné

“Yo maquiné con Mitterrand el falso atentado”, dice el exdiputado Pesquet en L’Aurore

“De un día para otro, Mitterrand pasó de héroe a villano; en el mejor de los casos era un estúpido naif, en el peor un tramposo incompetente”, constata Short, que escoge el affaire del Observatorio como comienzo de su biografía. El episodio ejercerá de bisagra oscura en la trayectoria de Mitterrand. Hasta el punto en que Danielle dividiría sus vidas en un “antes” del Observatorio y un “después” del Observatorio.

El affaire del Observatorio le dejó tan hundido que sus íntimos temieron un suicidio. A sus 43 años Mitterrand daba por finiquitada su prometedora carrera política. Danielle nunca le había encontrado en tal estado de debilidad: “Descubrí a un ser humano que se asomaba directamente al abismo. Se pasaba las noches en vela caminando de arriba a abajo por el apartamento”. El periodista y ensayista Jean-Jacques Servan-Schreiber se sorprendió al verle llorar en su despacho. Una reacción insólota en Mitterrand que pasaba por ser un modelo de discreción y contención emocional. Servan-Schreiber, por cierto, fue uno de los pocos amigos que no le abandonó en su momento más crítico.

No era inverosímil que la extrema derecha colonialista quisiera desprestigiarle tendiéndole una emboscada. Mitterrand era un político muy significado de la IV República. A ojos de la facción dura de los colonos argelinos encarnaba la debilidad de los gobiernos civiles de la metrópoli que habían permitido la propagación de la gangrena insurrecta del independentismo. Lo que sí parecía del todo inverosímil  era que Mitterrand hubiera caído en la trampa. En esos años pasaba por wser un “político hábil de fama nacional; un ejemplo no de inconsistencia sino de savoir faire; un político controvertido y carismático que sopesaba los pros y los contras de cualquier situación antes de decidirse”. Los que mejor le conocían estaban atónitos: ¿cómo se habría dejado arrastrar hacia un montaje tan arriesgado?

Medio siglo después -muerto ya Mitterrand- su hermano Jacques ofreció una explicación plausible: que participó en la trama -de la que desconocía todos los detalles- porque creyó que podría utilizar el atentado fallido en su propio beneficio. Debía servirle para realzar su figura, eclipsada por la enorme presencia solar que irradiaba De Gaulle. El regreso del general al primer plano de la política había cortado en seco la irresistible ascensión de Mitterrand por los escalones de la IV República.

Roland Dumas recuerda el atentado contra Mitterrand

LA POLÍTICA COMO DESTINO

Al terminar la II Guerra Mundial, en el verano del 45, Mitterrand no sabe muy bien qué camino seguir. Duda entre la diplomacia, la escritura, la docencia de historia o derecho… Escribe aquí y allá. Incluso llega a dirigir una revista de moda de la casa L’Oreal. Son trabajos alimenticios mientras continúa como vicepresidente no remunerado de su asociación de antiguos prisioneros de guerra -con un millón de miembros era la organización más numerosa de Francia, solo superada por el sindicato CGT.

La pasión política le consume pero ningún partido le convence del todo. Detesta a los comunistas -muchos años después serían sus futuros compañeros de viaje a la presidencia-, encuentra rancios a los líderes del socialismo y demasiado católicos a los democrata-cristianos. ¿Cuál es su ideología, si tiene alguna? El catolicismo social de su infancia y la experiencia igualitaria de la guerra, el campo de prisioneros y la Resistencia le alejan de sus orígenes derechistas y le empujan hacia la izquierda. Según Short, a lo largo de su dilatada vida política siempre mantuvo dos constantes: el despreció hacia el poder del dinero y la búsqueda de la justicia social. Otra cosa es que “el lenguaje en que se vayan a expresar esas dos ideas variará radicalmente dependiendo del momento y las circunstancias”.

Al final opta por un pequeño partido de centro próximo a su reciente experiencia durante la ocupación. En las filas del UDSR (Unión Democrática y Socialista de la Resistencia) predominan antiguos resistentes no marxistas. “Sus miembros van desde la izquierda de la derecha hasta la derecha de la izquierda”. No obstante, “el “momento” y las “circunstancias” le hacen entender bien pronto que necesita el apoyo de la derecha de su circunscripción si quiere llegar al parlamento. Son sus tiempos de soflamas anticomunistas. Promete luchar contra “la bolchevización” de Francia, se pronuncia en contra de la regulación de la agricultura y el comercio, critica las nacionalizaciones que impulsa el gobierno tripartito, defiende la libertad de elección educativa y una relación “armónica” con la religión. Pide a los votantes de Nièvre que “se mantengan firmes ante el peligro comunista que la debilidad de los socialistas y democristianos ha colocado confortablemente en el poder”.

Este acto de contorsionismo político da sus frutos y gana el acta de diputado en noviembre de 1946. Tan solo seis semanas después sus credenciales entre los prisioneros de guerra y una carambola en el reparto de cargos le colocan al frente del Ministerio de los Veteranos. Tenía 30 años. El ministro más joven de Francia desde la Revolución. La de Veteranos fue la primera de las ocho carteras que ocuparía en la turbulenta década de la IV República hasta alcanzar las de mayor peso: Interior y Justicia. Short apunta que si no llegó a primer ministro fue por la desconfianza que le tenía el presidente Coty… Y por Argelia.

Imprescindible: La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo

ARGELIA ARRASTRA A FRANCIA

Desastre en Dien Bien Phu (1954), pérdida de Indochina; independencia de Túnez, Marruecos en el 56, insurrección del FLN argelino… Francia contemplaba impotente cómo se desmoronaba su imperio colonial, cómo se desvanecía su peso en el mundo -algún día habra que hablar de la enorme repercusión de la fallida intervención en Suez en el 56.

Pero Argelia era más que una colonia. Argelia era un territorio que muchos consideraban tan francés como el Midi. Mitterrand creía que el problema se podía contener con una estrategia de apaciguamiento hacia los árabes, de reformas e inversiones, unificando la policía argelina con la metropolitana, integrando Argelia como provincia de pleno derecho en Francia.

Visto desde la perspectiva actual, subraya Short,”cómo podía pensar alguien que Argelia con nueve millones de árabes y un millón de colonos de origen europeo podía aceptar el dominio colonial cuando las vecinas Marruecos y Túnez -que sumaban 11 millones de árabes, y medio millones de colonos- habían obtenido la independencia de pleno derecho.

Pues así lo pensaba la Francia de la IV República que, acogotada por los militares y los colonos más intransigentes, era incapaz de mantener una estrategia coherente en Argelia. El terrorismo del FLN desató la clásica espiral de acción-reacción. El conflicto consumía gobiernos en París. Terrorismo, torturas y un debilitamiento extremo de la autoridad política. En febrero de 1956, un nuevo primer ministro, Guy Mollet, quiso iniciar su mandato con un golpe de efecto: una visita sorpresa a Argel. El pretendido golpe de audacia terminó en una escena vergonzosa. Le recibieron con un paro general: escuelas, fábricas y tiendas cerradas y banderas negras por todas partes en protesta por la sustitución del gobernador general.

Cuando el primer ministro se dispuso a colocar una corona en el monumento a los caídos, la multitud estalló. Le lanzaron tierra, piedras, tornillos, verduras… Sus escoltas consiguieron ponerle a salvo y trasladarle al Palacio de Verano, la residencia del gobernador general. Fuera 50.000 personas intentaban tomar el edificio. Las fuerzas de seguridad colocaron las ametralladoras cargadas en sus trípodes. “No podía permitir que mataran al primer ministro”, explicaría después el jefe de la seguridad-. Si la revuelta no terminó en un desastre sangriento fue porque el nuevo gobernador general anunció esa misma tarde su dimisión. Al conocer la noticia, la multitud empezó a dispersarse.

“¿Debe permanecer Francia en Argelia?”, pregunta a los periodistas el comandante de la batalla de Argel en la película de Pontecorvo. “Si ustedes responden que sí, deberán aceptar todas las consecuencias necesarias”. El personaje es un trasunto del Jacques Massu quien al frente de sus brigadas paracaidistas fue el encargado de restaurar el orden. Y lo hizo “con el acostumbrado vigor”. El ejército sustituyó a la policía. Los tribunales militares, a los civiles. Como ministro de Justicia, Mitterrand fue incapaz de impedir el uso brutal y sin restricciones de la tortura. Una de las páginas más negras de su biografía (y de Francia). El terrorismo de unos y otros dejaba a diario más de 20 muertos de origen árabe y europeo. Ante el deterioro del conflicto, Mitterrand apoyó por momentos la mano dura… y la guillotina. Recomendó la pena capital en 32 casos de condenados a muerte.

Short explica el endurecimiento de Mitterrand por puro cálculo político. Creía que su nuevo perfil de duro le podía despejar el camino hacia el ansiado puesto de primer ministro. Oportunidades no le faltaron. El conflicto argelino actuó como una centrifugadora que aceleró la inestabilidad de la IV República. Entre mayo y septiembre de 1957, Francia tuvo cuatro gobiernos. Mitterrand se veía ya a un paso de la jefatura del ejecutivo cuando el presidente Coty eligó a Felix Gaillard, un brillante economista de 38 años. El primer ministro más joven desde Napoleón. La irrupción de la juventud en momentos de gran crisis política parece un fenómeno histórico recurrente -y, sin embargo, el que terminó por hacerse cargo de la situación fue un viejo general de 68 años.

Mitterrand apreciaba a Gaillard. “Era más inteligente que yo, pensaba más rápido”, confesaría años después cuando Gaillard ya había fallecido en un accidente de yate. “Era más seductor, tenía más éxito con las mujeres, me hacía sentirme acomplejado… pero le faltaba perseverancia”. Ahí está la clave. La perseverancia. Una anécdota de aquellos años contrapone las figuras de Gaillard y Mitterrand y nos revela la fibra de la que estaba hecho el futuro presidente. En una ocasión, jugaron un partido de tenis y, para sorpresa de muchos, el más brillante, más fuerte y más hábil Gaillard cayó derrotado ante el aguante extraordinario de Mitterrand. Le llevó al agotamiento en tres horas y media de partido. Perseverancia. Mitterrand tardó dos meses en recuperarse físicamente, pero había ganado. Eso es lo que cuenta. En el deporte y la política

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Vídeo del recibimiento triunfal a De Gaulle en Argel y su famoso: “Os he comprendido”. 

OPERACIÓN DE GAULLE

“Argelia es un problema de la cuarta dimensión y sólo hay un hombre en Francia que puede hacerle frente” dijo el escritor y político Edgar Faure. El hombre -todos lo sabían- se llamaba Charles de Gaulle. Reclamado por buena parte de la nación y, sobre todo, por los militares que combatían la insurrección argelina mientras -a Dios rogando…- ponían en marcha la operación Resurrección: el lanzamiento de los paracaidistas sobre París para hacerse con el control de los puntos estratégicos de la capital. Un golpe de estado en toda regla que vino precedido de un prólogo amenazador: la toma -más simbólica que real- de Córcega.

La presión surtió efecto. Las nueces cayeron del árbol. El 29 de mayo de 1958, el presidente Coty convocó a De Gaulle -“para evitarle al país una guerra civil”- y le encargó la formación del que sería vigesimoquinto y último gobierno de la IV República francesa. Después de 12 años de travesía del desierto, De Gaulle salía de su retiro en Colombey-les-Deux-Églises y emergía impulsado por el resorte de una rebelión que, si no alentó, tampoco se preocupó de desactivar (el regreso de De Gaulle en la versión documental  de los archivos franceses: http://player.ina.fr/player/embed/AFE85007883/1/1b0bd203fbcd702f9bc9b10ac3d0fc21/560/315/1/148db8)

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Mitterrand (derecha) en la manifestación en defensa de la república el 28 de mayo de 1958

Súbitamente Mitterrand se descubrió fuera de juego. Muchos de sus compañeros políticos se adhirieron con entusiasmo a la causa del general. ¿Qué debía hacer él? Sumarse o buscar su propio camino. “Todo me empujaba a ver con buenos ojos la liquidación de la IV República, pero a la vez todo me separaba de la dictadura que se acercaba disfrazada de piel de cordero”. Short nos describe a un Mitterrand en debate consigo mismo mientras camina por la rive gauche. “Cuando vuelve a la asamblea está decidido. Votará contra De Gaulle”. En ese momento, hace un pronóstico premonitorio: “Vamos a tenerle durante 20 años y yo soy el único capaz de oponerme a él”. A Short le sorprende la clarividencia de Mitterrand porque tardó efectivamente 23 años en cumplirse. Fue en 1981 cuando Mitterrand, el primer presidente de izquierdas desde 1936, accedió por fin a la máxima magistratura de la V República fundada por De Gaulle.

Fue la culminación de la decisión que tomó aquel domingo 1 de junio de 1958. Recuperamos la escena:

La asamblea francesa, reunida en sesión extraordinaria, debate la investidura de De Gaulle. Mitterrand se levanta, toma la palabra y lanza una filípica memorable:

“Cuando en septiembre de 1944, el general De Gaulle se presentó ante la asamblea consultiva, le escoltaban el honor y el patriotismo… Sus compañeros hoy, que sin duda no ha elegido pero que le han seguido, se llaman golpe y sedición… El dilema al que se enfrenta este parlamento hoy es el siguiente: o lo aceptamos como primer ministro… o se nos perseguirá… No aceptamos el ultimátum… El general De Gaulle regresa convocado por un ejército indisciplinado. Legalmente los poderes que se le confieran habrán sido cedidos por los representantes de la nación, pero de hecho ya los detenta como fruto de un golpe de estado”.

Al terminar sólo escuchó los aplausos de los comunistas y un puñado de socialistas, pero aquel domingo 1 de junio de 1958 Mitterrand inició su largo viaje hacia la historia. Aquel domingo se colocó frente al “salvador” de Francia. El politicastro de la fracasada IV República se atrevía a desafiar al hombre providencial del siglo XX francés. Mitterrand encarnaría a partir de entonces el rostro de la oposición al movimiento gaullista. Nada es eterno en política. Tampoco De Gaulle. Algún día llegaría su turno.

Si el general venía a podar sin miramientos las ramas de la IV República por las que había trepado nuestro hombre, aquel domingo Mitterrand decidió sembrar la simiente de su propio árbol; una semilla que germinaría con la paciencia y la fortaleza de un olivo.

(continuará)

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Retrato de Mitterrand en sus tiempos de Jacques Morland

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

EL ESCUDO Y LA ESPADA

La escena tiene aire de película. 11 de noviembre de 1943. La Gestapo irrumpe en la casa de la rue Nationale de Vichy donde se suele alojar François Mitterrand que ha adoptado el nom de guerre de Jacques Morland en la Resistencia. Los alemanes detienen y deportan al dueño de la vivienda -morirá en un campo de concentración-. Uno de los más estrechos colaboradores de Mitterrand, Jean Munier, escapa por la ventana del segundo piso y se descuelga por la bajante del canalón. Su pareja, Ginnete, se esconde en un armario que nadie registra. Munier avisa del asalto a los compañeros de su célula de resistentes. Fanny, la mujer del coronel Pfister, uno de los jefes, corre hacia la estación. Mitterrand/Morland está a punto de llegar desde París. La Gestapo vigila los andenes. “Iba a salir de mi vagón cuando la reconocí”, recordaría Mitterrand años después. “Hizo como que chocaba conmigo y me empujó al interior. `No salgas, no salgas´, murmuró, `la Gestapo está aquí´”.

No será la primera ni la última vez que la policía alemana pisa los talones al evanescente Jacques Morland. Los compañeros que caen a su alrededor acaban en el infierno de los lager. Fue el caso del escritor Robert Antelme, el marido de Margarite Duras. Los jóvenes resistentes se habían citado en el apartamento parisino de la Duras, -donde vivía entonces su ménage à trois con Antelme y Dionys Mascolo-. Desde la calle la Gestapo vigilaba el edificio. Jean Munier volvió a escapar a la carrera sacudiéndose de encima a los agentes alemanes. Mitterrand se libro por minutos. Había quedado con Antelme en una brasserie cercana del boulevard Saint Germain. Al ver que no aparecía llamó al piso. Le respondió una voz desconocida.

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El trío de izquierda a derecha: Mascolo, Duras y Antelme

Antelme terminó en Buchenwald -como Jorge Semprún, como tantos “rojos” españoles-. El azar quiso que en los días finales de la guerra, en abril del 45, fuera el propio Mitterrand -el hombre con el que tenía una cita a la que nunca llegó- quien diera con él durante una visita de una delegación franco-americana al campo de concentración de Dachau. La leyenda dice -pero hay otras versiones- que Mitterrand oyó una voz débil que le llamaba de entre los muertos. Antelme estaba en los huesos. Apenas 30 kilos. Había sobrevivido a un penoso viaje desde Buchenwald. 13 días en un vagón de moribundos. Sin comida. La nieve derretida como último recurso. Mitterrand organizó  su traslado a París. Dos años después, Robert Antelme escribiría La especie humana, su testimonio desde lo más profundo sobre la experiencia concentracionaria.

En 1945 las cosas estaban mucho más claras que en 1941, cuando el prisionero de guerra evadido François Mitterrand llegó a Vichy.

Ni Vichy era Vichy, ni De Gaulle era De Gaulle, ni la persecución de los judíos era aún la Solución Final. El gris dominaba el paisaje. Hitler se fotografiaba en Trocadero. Picasso recibía en su estudio al capitán de la Wehrmacht Ernst Jünger y Sartre estrenaba sus obras con el visto bueno de la censura alemana. La fiesta no cesó en un París que había aceptado sin demasiados problemas a los nuevos anfitriones alemanes. La derrota, la victoria y las revisiones de la historia vestirían a cada uno con los ropajes del heroismo, la cobardía moral o la infamia.

mitterrand en vichy
Mitterrand cuando era funcionario del gobierno de Vichy

“Mitterrand termina en Vichy porque era el lugar más seguro para un prisionero fugado de las cárceles alemanas y porque allí tenía amigos que le podían ayudar a encontrar un trabajo”. La imagen del gobierno de Vichy en esos años 41 y 42, recuerda Short, distaba mucho de la que se ha acuñado con el tiempo. Más de 30 países, entre ellos EEUU, reconocían al régimen francés. “La mayoría de los prisioneros, como muchos de sus compatriotas, consideraban que De Gaulle y Pétain luchaban por la misma causa, aunque, como sostenía Mitterrand, cada uno a su manera. Mientras la Francia Libre levantaba el estandarte de la revuelta contra Alemania, Vichy -creían- trataba de minimizar el sufrimiento de la nación y mantener la moral en el país. Juntos eran la espada (De Gaulle) y el escudo (Pétain) que conduciría a Francia durante la guerra”.

En Vichy, Mitterrand se ocupaba de asuntos relacionados con los exprisioneros de guerra. Su dedicación y eficiencia le valieron la condecoración personal de Pétain, la francisque, pero nada indica que fuera un filonazi colaboracionista.

En 1942, empezó a llevar una doble vida. Por un lado “su carrera oficial, rodeado de amigos de derechas; por otro una existencia cada vez más clandestina trabajando con otros exprisioneros contra los alemanes y sus aliados franceses… ¿Mantenía un pie en ambos campos? ¿O, como sostuvo después, usaba su personaje oficial como cobertura para sus actividades en la Resistencia?… La verdad”, dice Short, “era mucho más simple: estaba sumido en una confusión total”.

“Si al menos tuviera una convicción firme, nada sería un sacrficio para mí, pero ¿qué puedo hacer sin una base sólida antes de dar el salto?”, escribió en el verano del 42. Tardó mucho en decidirse. La nueva metamorfósis de la crisálida fue -para algunos- sospechosamente lenta. Tampoco era fácil. Como hemos visto, el altísimo riesgo que corría cualquier resistente no era para tomárse el “salto” a la ligera.

La agonía se prolongó a lo largo de todo ese año. Aún trabajaba para Vichy cuando empezó a darle vueltas a la formación de un movimiento de resistencia reclutado entre exprisioneros de guerra.

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Mitterrand, en el extremo derecha, con el mariscal Pétain

MORLAND EN VICHY

¿Qué empuja finalmente a Mitterrand a dar el salto? ¿Qué le convierte en Jacques Morland?

¿Cuestión de principios?

No fue, desde luego, por repugnancia moral ante la complicidad de Vichy con la persecución de los judíos. Las medidas antisemitas y las redadas -tan conmemoradas en nuestros días- no le afectaron ni a él ni a la inmensa mayoría de sus compatriotas. El antisemitismo era parte del paisaje francés y europeo. Las dimensiones del exterminio nazi no se conocerían hasta los juicios de Núremberg y aún así pasarían décadas antes de que el Holocausto alcanzara la relevancia dominante que ahora ocupa en el relato y la imagen de la II Guerra Mundial.

¿Puro oportunismo?

Tampoco se puede decir que el cambio en el curso de la guerra fuera el elemento decisivo. La derrota del VI Ejército alemán en Stalingrado en enero del 43 no se entendió entonces como el punto de inflexión del conflicto que ha decretado la historia con posterioridad. ¿No se habían recuperado los alemanes del fracaso de la toma de Moscú el invierno anterior? Faltaba perspectiva. Short recupera la cita de Churchill a propósito de la victoria británica en el Alamein seis meses antes: “No es el final. Ni siquiera el comienzo del final. Pero quizá sí el final del comienzo”. Pero también es cierto que la primera gran derrota alemana en Stalingrado coincide en el tiempo con la transformación definitiva de Mitterrand en Morland.

Lo que le decanta hacia la resistencia activa fue -a juicio de Short- la trama de relaciones que tejió a lo largo de ese año crucial de 1942 con otros exprisioneros de guerra dispuestos a combatir la ocupación. El detonante tiene fecha: 11 de noviembre de 1942. Ese día los alemanes ocuparon la “zona libre” en respuesta al desembarco aliado en el norte de África. “El mito de Pétain, el escudo que protege Francia salta en pedazos”, apunta Short. El gobierno del primer ministro Laval se entrega en cuerpo y alma al colaboracionismo y, entre otras medidas, destituye al jefe del departamento de Mitterrand. Acto seguido todo el equipo se solidariza y presenta su dimisión. “En ese momento era un gesto excepcional que podía haber desencadenado sus detenciones y Laval incluso contempló la idea”, escribe Short.

Fue la hora de la verdad. Mitterrand había desterrado por fin sus dudas. Un renacido entusasmo le inflamaba. “Ya no me preocupa lo que me aguarda más adelante”, le escribió a su primo.”Casi caigo en la desesperación al ver cómo todo nuestro trabajo de los últimos meses se borraba de un plumazo, pero al final ha ganado mi gusto por la incertidumbre -la incertidumbre que lleva la semilla del triunfo. Esta nueva partida es a la vez una separación de lo anterior y un acercamiento a todo lo que aún es verdadero”.

A partir de ese momento, Mitterrand/Morland se dedicó con habilidad infatigable a impulsar la unidad de los dispersos movimientos de exprisioneros. Contactaba, hablaba, discutía, convencía, viajaba… Tres días después de escapar a un nuevo zarpazo de la Gestapo, un vuelo clandestino de la RAF le sacó de Francia. Vía Londres viajó hasta Argelia donde se entrevistó con el general De Gaulle. Su paso por Vichy no era un problema. De Gaulle ya había acogido a otros expetainistas mucho más implicados. En 1943, el general ya pensaba en la reconciliación nacional. Vio en Mitterrand al líder más capacitado para crear un nuevo movimiento de resistencia de exprisioneros de guerra.

Unos meses antes Mitterrand ya se había encontrado con Philippe Dechartre, de la resistencia gaullista. Fue en una brumosa madrugada en la estación de Lyon.

Dechartre acude con total desconfianza. No le gusta Mitterrand, “demasiado comprometido con Pétain y Vichy”. Las actividades del grupo de Mitterrand contra los alemanes le parecen puro humo. La resistencia de verdad consiste “en volar trenes, en espiar, no en enviar paquetes de comida”.

“Sabía que no tendría nada que decirle y él tampoco a mi”. Pero todo cambió: “Vi una figura que salía de la niebla, como un fantasma… Un pequeño bigote, pelo engominado… Tenía el aspecto de un subteniente latinoamericano… Sólo estábamos dos en el andén así que tenía que ser él… Le dije que estaba allí por un sentido del deber, que lo que hacían no era resistencia, que no estaba a favor de que uniéramos nuestros grupos, pero que como eso era lo que deseaba el general (De Gaulle)… A medida que hablábamos, descubrí a un hombre que no esperaba. Encantador en extremo, de inteligencia prodigiosa. Todo lo que comentaba me parecía correcto. Decía lo que me hubiera gustado decir a mí, pero él lo expresaba mucho mejor. Pasó algo. Nació una amistad real y profunda. Ese día me asombró”. Mitterrand, el eterno seductor.

LOS SECRETOS DE UN LIBERTINO

Francois Mitterrand weds Danielle Gouze. FRANCE - 28/10/1944

Que la seducción era un atributo que el carácter de Mitterrand dispensaba con generosidad lo descubrió muy pronto su mujer, Danielle.

Se casaron el 28 de octubre de 1944. François tenía 28 años. A Danielle le faltaba un día para cumplir los 20. Antes de cortar el pastel a Mitterrand se le vio inquieto preguntando por la hora -por cierto, nunca le gustó llevar reloj-. Tenía una reunión con su movimiento de exprisioneros y deportados y allá se fue el mismo día de su boda. Embutido en el frac y acompañado por Danielle sin tiempo para despojarse del vestido de novia. La reunión fue, por cierto, absolutamente aburrida e intranscendente.

“Así sería el resto de sus vidas”, cuenta Short. ” Él no estaría sujeto a ninguna disciplina y ella siempre encontraría una forma de sobrellevarlo”. Danielle tuvo que aprender a morderse la lengua. Cuando después de una de sus desapariciones durante días, se le ocurrió preguntarle cómo le había ido, él le contestó que “no se había casasdo con ella bajo el régimen de la Inquisición”. Sin duda la clandestinidad le había aficionado al secreto y a una vida en compartimentos estancos, se decía a sí misma Danielle. Pero, de hecho, sostiene Short, era su carácter. “Reticente desde niño a cualquier disciplina excepto aquella que él se imponía a sí mismo”. La frustrante experiencia con Marie-Louise -“la única ocasión en que rindió voluntariamente su libertad”- agravó ese rasgo de su carácter.

Danielle comprendió que se había casado con un impenitente “seductor de jovencitas”. Y aunque sentía que François había “secuestrado su juventud”, nunca se divorciaron. La relación sobrevivó a todo. Incluso al dolor: la muerte temprana de su primer hijo Pascal de cólera infantil a los tres meses. En aquel tiempo -1945- uno de cada 10 niños en París moría antes de cumplir el año.

En el 58 Danielle empezó una relación con Jean Balenci, profesor de gimnasia. “François aceptó la relación. Jean era un tipo agradable y sus hijos Gilbert y Jean Cristophe le adoraban… Le dijo a sus amigos: `no sé cómo puedo prohibirle a mi mujer lo que yo me permito a mí mismo´. François respetaba las convenciones. Eran un matrimonio. Puede que durmieran en habitaciones separadas y no mantuvieran relaciones conyugales, pero se sentían unidos por una complicidad que continuaría hasta la muerte de Mitterrand 40 años después”.

Cuando a principios de los 70 se fueron a vivir al Barrio Latino, cada uno -François, Danielle y Jean- tenía su habitación en el nuevo piso. “Jean Balenci se había convertido en un miembro de la familia. Era el que bajaba a por los croissants y los periódicos. Él y François desayunaban juntos. A los extraños se les presentaba como un primo lejano”

Por entonces, François llevaba años con su otra “relación estable”; la que mantuvo durante 30 años con Anne Pingeot, la mujer de su familia no oficial, la madre de Mazarine. La había conocido a principios de los 60 cuando él tenía 47 y ella 20.

François, Danielle, Jean, Anne… No es mal momento para invocar aquí aquella cita de Freud que encabeza El cuarteto de Alejandría: “Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema”.

(continuará)

mitterrand con anne pingeot
Mitterrand con Anne Pingeot a principios de los 80