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Middletown, Ohio

Hillbilly: término, a menudo despectivo, para referirse a los habitantes de zonas rurales y montañosas de EEUU. Apareció por primera vez en un artículo de 1900 referido a “los blancos de Tennessee que viven en las montañas, se mantienen y visten como pueden, beben whisky si hay a mano y tiran de revolver cuando se le antoja”. A los “hillibillies” se les considera gente individualista, atrasada y violenta que se resiste a la modernización.

                                                                                                                            Wikipedia.en

Soy blanco, pero no me identifico con los blancos, anglosajones y protestantes (WASP, en inglés) del Noreste. Me identifico más bien con los millones de americanos blancos de clase obrera, sin estudios universitarios y de ascendencia escoto-irlandesa (Scots-Irish). Para esta gente la pobreza es una tradición familiar -sus ancestros fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, cosechadores después, mineros, mecánicos y trabajadores de la siderurgia en tiempos recientes. Los americanos les llaman ‘hillbillies’, ‘rednecks’ o ‘white trash’ (basura blanca). Yo les llamo vecinos, amigos y familiares“.

                                                                                                                      Hillbilly Elegy, J. D. Vance

Hillbilly Elegy es una autobiografía escrita por un joven de 31 años -sí, de 31 años- criado en una familia disfuncional de clase obrera que consigue escapar a su destino en el Ohio profundo y alcanzar el anhelado sueño americano. Nada nuevo. El relato fundacional de la mitología americana.

Y, sin embargo, las memorias de este treintañero se han convertido en el libro de la temporada en Estados Unidos. Al autor -abogado por Yale y directivo en un compañía de Silicon Valley– lo reclaman los platós de televisión y su libro se ha aupado a la lista de los best seller del New York Times. Esta misma semana The Economist lo valoraba como “posiblemente el libro reciente más importante sobre América”.

El éxito editorial le debe mucho a su oportuna publicación. Salió a la venta el pasado mes de junio y, pese a que no menciona la campaña presidencial de 2016, son muchos los que han buscado en Hillbilly Elegy la clave que explica la inesperada victoria de Donald Trump: esos cien mil votos de diferencia que inclinaron a favor del candidato republicano estados como Ohio -escenario principal de este libro. Votos decisivos que se atribuyen a los trabajadores blancos que se sienten olvidados por el sistema y despreciados por las élites.

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Que nadie busque explicaciones más allá de lo razonable. Son unas memorias que relatan una peripecia personal. La historia singular de una familia. A partir de ahí, el autor la amplifica hasta elevarla a la categoría de estado de ánimo colectivo. Da por hecho que su caso no es una excepción, sino una experiencia compartida por buena parte de la clase trabajadora del Medio Oeste. El fruto de una “cultura en crisis”. (Aquí dejo algunos datos sobre la clase trabajadora blanca más allá del Rust Belt).

Hillbilly Elegy no es, por tanto, el trabajo de un sociólogo con datos fundamentados, contrastados y contextualizados. A lo sumo, su materia prima. Sociología oral. Y eso es lo bueno y lo malo. Las conclusiones, a menudo discutibles, se compensan con el valor de un relato narrado con la voz y la mirada de un joven que ha nacido y crecido en esa “cultura en crisis” .

El relato es ameno, la voz posee una candidez reveladora pero la mirada está muy lejos de ser compasiva. En la vida y opiniones de J. D. Vance vemos también el desarrollo de una mentalidad conservadora tipicamente americana. Hay reproches y afecto, orgullo y gratitud. Porque, en contra de la estadística, J. D. sí consiguió escapar al ciclo maldito de fracaso escolar, embarazos adolescentes, familia desestructurada, violencia doméstica, drogadicción y desesperanza que aguarda a los hillbillies que crecen en la orfandad industrial del antaño pujante Rust Belt.

Si aceptamos su premisa -hay una “crisis cultural”-, si aceptamos “enfermedad social” como metáfora, J. D. Vance da cuenta de los síntomas, se atreve con un diagnóstico y sugiere un tratamiento.

La caricatura: los españoles nacidos en los 60 recordarán los Hillbilly Bears (Los osos montañeses)

SÍNTOMAS: UNA CULTURA EN CRISIS

Como tantos hillbillies de los Apalaches, a finales de los 40 los abuelos del autor salieron de un valle de Kentucky camino de la prosperidad que prometía el vecino estado de Ohio -en la huida también tuvo algo que ver que ella se quedará embarazada a los 14. Finalmente se establecieron en Middletown, una ciudad de 50.000 habitantes tan poco sugerente como su propio nombre: “la ciudad de en medio” entre Cincinnati y Dayton. Todo en Middletown se debía a la acería Armco, la misma que empleó al abuelo y a tantos otros en los años más gloriosos de la clase obrera americana. Un paraíso perdido -sólo para blancos- que la nostalgia sitúa entre la victoria en la II Guerra Mundial y el discurso del malestar de Jimmy Carter en el 79 (malaise speech).

De puertas afuera, llevaban una vida confortable: “Mi abuelo ganaba una salario inimaginable para los amigos que se habían quedado en Kentucky; le gustaba su trabajo y lo hacía bien; sus hijos iban a escuelas modernas y bien financiadas; y la casa de mi abuela era una mansión en comparación con las de su Jackson natal en Kentucky-200 metros cuadrados, cuatro dormitorios, cañerías modernas”.

Pero…

“Me gustaría contaros cómo mis abuelos prosperaron en su nuevo ambiente, cómo criaron una familia de éxito y cómo tuvieron una jubilación confortable de clase media. Pero eso es una verdad parcial. La verdad completa es que mis abuelos tuvieron que luchar en su nueva vida durante décadas… El objetivo de mis abuelos era salir de Kentucky y ofrecer a sus hijos una ventaja de partida. Los hijos, a su vez, debían llegar más lejos con esa ventaja inicial. Pero no salió exactamente así”.

Los abuelos –Papaw y Mamaw, en dialecto hillbilly- nunca llegaron a escapar del todo a la cultura rústica de sus orígenes. Al fin  y al cabo venían de Kentucky; la tierra de los Hartfield y los McCoys, de clanes belicosos, de lealtad familiar, de justicia expeditiva.

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Leatherwood, Kentucky, 1964. Familia de la Apalachia con 12 hijos.

Un día, ya asentados en Middletown, Papaw y Mamaw destrozaron una tienda porque el vendedor había abroncado al mayor de sus hijos por manosear un juguete caro. El autor cuenta que muchos años después aquel niño -su tío Jimmy- recordaba que en ese tiempo eran “una  familia feliz, normal de clase media” como la que salía en la telecomedia Leave it to Beaver. “A la gente forastera ese comentario le parecerá una majadería. Los padres normales de clase media no destrozan droguerías porque el vendedor ha sido algo rudo con su hijo. Pero deberían juzgarlo con otro criterio. Destrozar algo de mercancía y amenazar al vendedor era normal para Papaw y Mamaw: es lo que hacen en los Apalaches cuando alguien se mete con su hijo”.

Otra mañana la abuela Mamaw cumplió su amenaza: roció con gasolina al Papaw y le pegó fuego mientras dormía en el sofá por volver, otra vez, borracho a casa. La hija de 11 años apagó las llamas y “milagrosamente, el Papaw sobrevivió al episodio con apenas quemaduras leves”. El abuelo dejaría el alcoholismo en el 83. Pero el matrimonio no sobrevivió a las broncas familiares. Ambos siguieron viviendo por separado en la misma ciudad.

La abuela Mamaw -trabajadora, exigente, sin pelos en la lengua y pistola siempre al alcance de la mano- ejerce de figura tutelar del autor, un ancla en el zozobra familiar que acompaña la infancia del pequeño J. D. Sobre la madre cuesta encontrar algún juicio positivo. Terminó con brillantez el instituto, tal vez se habría planteado un futuro universitario, pero el habitual embarazo postgraduación a los 18 años abrió una espiral de relaciones inestables que tuvo un efecto traumático en el pequeño. Un padrastro sucedía a otro, cambios de domicilio, discusiones domésticas, platos y vasos por los aires y para rematarlo la recurrente drogadicción materna.

En una ocasión, la madre, agitadísima, le pidió al adolescente J. D. una muestra de orina para sortear el análisis que le exigían en el hospital donde trabajaba como enfermera. Fue uno de esos momentos que pusieron a prueba la paciencia del hijo. Otro día, un comentario infantil en el coche la irritó de tal modo que se lanzó con el vehículo a toda velocidad por la carretera mientras el niño se acurrucaba aterrorizado en el asiento trasero. Cuando la madre detuvo el coche en el arcén, el niño salió corriendo a pedir ayuda. Una mujer le dio refugio en su casa. La madre le siguió y aporreó la puerta hasta tumbarla pero para entonces la policía ya estaba en camino. J. D. siempre recordará la imagen de su madre esposada camino de la comisaría. A él le metieron en la trasera del otro coche patrulla. Cuando le recogieron sus abuelos…

“El Papaw me puso la mano en la frente y empezó a sollozar. Nunca escuché que hubiera llorado y nunca le había visto yo llorar. Daba por hecho que era tan duro que no lloró ni de bebé. Se mantuvo así durante un rato hasta que oímos a la Mamaw venir hacia el salón. En ese momento se recompuso, se restregó los ojos y salió. Ninguno de los dos volvió a hablar nunca de aquel momento”.

La madre salió de la cárcel bajo fianza acusada de violencia doméstica. Si el asunto no fue a más fue porque convencieron al pequeño de que no declarara contra su progenitora. Por cierto, en la sala del juzgado vislumbró otro mundo. Los abogados y el juez no iban vestidos como su gente con pantalones de faena. Llevaban trajes. Aquella fue la primera vez que le hablaron con “acento de televisión” -el acento neutral de los presentadores de noticiarios. “El trabajador social, el juez y el abogado; todos tenían ‘acento de televisión’ a diferencia de nosotros. La gente que dirigía los tribunales era diferente a nosotros; la gente sometida a los tribunales, no”.


Middletown, a vista de drone

DIAGNÓSTICO: IMPOTENCIA ADQUIRIDA

J. D. -con tanto padre adoptivo, el apellido actual lo escogió relativamente tarde- estuvo al borde del abandono escolar. Si se salvó, fue gracias a su abuela, al cuerpo de Marines y a la universidad de Yale. La abuela le ofreció un hogar estable en un momento crítico. Los Marines le vacunaron contra el derrotismo: uno puede hacer más de lo que cree. Y  Yale le abrió a un nuevo mundo que puso a su alcance el sueño americano; un mundo de élites y contactos totalmente desconocido: aún recuerda cómo escupió la primera vez que probó el agua con gas -no sabía qué significaba “sparkling water“- y el tremendo dilema cuando en una elegante mesa le pidieron que eligiera entre Chardonnay y Cabernet Sauvingnon.

La elegía hillbilly es también una oración de acción de gracias; un relato que trata de inspirar a los que se creen condenados al fracaso; una reconvención a la “cultura en crisis” que le vio crecer.

“Crecí pobre en el Rust Belt, en una ciudad siderúrgica de Ohio que sufre una hemorragia de empleos y esperanza desde que recuerdo… Las estadísticas dicen que a chicos como yo les aguarda un futuro sombrío -si tienen suerte evitarán vivir de la asistencia social; y si no tienen suerte morirán de una sobredosis de heroína como le ha ocurrido a decenas de personas en mi pequeña ciudad el año pasado sin ir más lejos… Es en esta gran región de Appalachia donde las perspectivas  de los blancos de clase obrera son más oscuras. Desde la escasa movilidad social a la pobreza, pasando por el divorcio o la drogadicción, mi tierra es una concentración de miseria… Los blancos son el único grupo racial de EEUU cuya esperanza de vida está disminuyendo”.

¿Qué ha pasado?

J. D. Vance se reconoce en el diagnóstico del sociólogo negro William Julius Wilson en The Truly Disadvantaged:

“Millones de personas emigraron al norte industrial. Las comunidades que brotaron en torno a las fábricas eran vibrantes pero frágiles: cuando las factorías cerraron, la gente se quedó atrapada en ciudades que ya no podían sostener poblaciones tan grandes con empleos de calidad. Los que pudieron -en general, los mejor educados, más acomodados o mejor conectados- se fueron y dejaron atrás a la gente más desfavorecida. Aquellos que se quedaron eran los verdaderos “marginados”, incapaces de encontrar trabajo por su cuenta  y rodeados por comunidades que ofrecían poco en términos de conexión y apoyo social… Quise escribir una carta a Wilson porque reflejaba perfectamente mi hogar. Lo sorprendente es que me identificara tanto, porque Wilson no estaba escribiendo sobre los hillbillies de Appalachia, sino sobre los negros de los guetos urbanos”.

Vance no profundiza en las causas económicas del declive de su “cultura”. Apenas menciona la globalización ni la revolución tecnológica, ni la erosión del poder sindical, ni las políticas que fomentan la desigualdad, ni el estancamiento de los salarios ni su progresiva perdida de peso en la tarta económica del país. Acepta la destrucción creativa del capitalismo, la muerte industrial por pérdida de competitividad.

El problema, argumenta Vance, es la impotencia autoinducida de la cultura hillbilly ante la adversidad económica. “Nuestra elegía es sociológica, sí, pero también va de psicología, de comunidad, de cultura y de fe”.  No le vale escuchar “son menos felices porque tienen menos oportunidades laborales”. A la decadencia económica le ha seguido una decadencia moral. El derrotismo se ha adueñado del paisaje postindustrial. Los hillbillies han sucumbido a una “impotencia adquirida” (learned helplessness)” aderezada con un cinismo rampante.

Cuenta que un conocido suyo dejó un buen empleo porque “estaba harto de madrugar”. Meses después le echaba la culpa en Facebook a la “política económica de Obama“. En el verano antes de ir a la Universidad de Yale coincide trabajando en un almacén de baldosas con un joven de 19 años y con su novia embarazada. “13 dólares la hora era un buen salario en nuestra ciudad, donde alquilar un apartamento decente cuesta 500 al mes”. La chica faltaba al trabajo cada tercer día sin avisar. Su novio sólo se ausentaba un día a la semana, pero siempre llegaba tarde y pasaba más tiempo en el baño que descargando baldosas. Al final, ambos fueron despedidos. “¿Cómo me puede hacer esto?, le gritaba al jefe. ¿No sabe que mi pareja está embarazada?”.

“Hablamos del valor del trabajo duro pero nos decimos que si no estamos trabajando es por una alguna injusticia. Porque Obama cierra las minas de carbón o porque todos los empleos se fueron a China. Son mentiras que nos contamos a nosotros mismos para escapar a la disonancia cognitiva -la falta de conexión entre el mundo que vemos y los valores que predicamos”.

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J. D. Vance, entrevistado en televisión

TRATAMIENTO: LA FAMILIA

¿Qué se puede hacer?

Sí, J. D. tuvo becas y ayudas familiares para ir tirando, pero “el problema está casi por entero en factores que escapan al control del gobierno”. Las medidas del gobierno no son suficientes y a menudo pueden ser contraproducentes. Se abona al discurso contra la asistencia social tan pregonado por los conservadores desde Reagan hasta el Tea Party. Así recuerda su temporada juvenil como cajero de un supermercado:

“Al tiempo que mi trabajo me iba enseñando algo sobre la división de clases en América, también me hizo crecer en mí un cierto resentimiento tanto hacia los ricos como hacia los de mi propia clase. Los dueños de Dillman’s estaban chapados a la antigua así que a la gente con buen crédito le fiaban cuentas que superaban los mil dólares. Si cualquiera de mi familia entraba y salía con una compra de más de mil dólares, le harían pagar de inmediato. Me resultaba odioso que mi jefe tuviera por menos fiable a mi gente que a los que se llevaban la compra a casa en un Cadillac. Pero lo superé: algún día, me decía a mi mismo, yo también tendré mi cuenta de fiado.

También descubrí que la gente hacía trampas con la asistencia social. Compraban dos docenas de paquetes de soda con vales de comida y después los revendían a cambio de dinero en el chino… A menudo desfilaban por la caja hablando con sus móviles. Nunca pude entender por qué nuestra vida era tal lucha mientras que los que vivían de la generosidad del gobierno disfrutaban de lujos que yo sólo podía soñar… Empezamos a ver con desconfianza a nuestros vecinos de clase trabajadora. Nosotros nos esforzábamos por llegar a fin de mes, pero una amplia minoría vivía del paro. Cada dos semanas, cuando recibía el cheque con mi paga, me fijaba en la línea donde figuraba la cantidad que se deducía de mi salario en concepto de impuestos federales y estatales. Con la misma frecuencia, nuestra vecina drogadicta compraba chuletones que yo no me podía permitir y, sin embargo, el gobierno me obligaba a pagárselos”.

El trasvase de la fidelidad demócrata a la republicana en una generación no se explica sólo por la política racial, los valores religiosos y conservadores, escribe Vance, “también porque esa clase blanca trabajadora vio lo que yo vi trabajando en Dillman’s“. La escena explica ese fenómeno tan americano: que los trabajadores blancos voten en contra de sus más inmediatos intereses de clase, que apoyen a millonarios republicanos que bajan impuestos y arremeten contra la asistencia social -más sobre el tema en el polémico What’s the Matter With Kansas.

La tolerancia hacia la desigualdad y la pobreza es mucho mayor en EEUU que en Europa. Un ejemplo reciente. Durante la crisis hipotecaria en España, la indignación contra los desahucios puso en marcha un potente movimiento de apoyo a los afectados. En EEUU, justo al revés. Lo que arrancó fue  un movimiento en contra de las ayudas del gobierno a, entre otros, los amenazados por el desahucio: el Tea PartyFuck the losers’ mortgages

Sostiene Vance que el problema está en casa. Cualquier cura a la “enfermedad” de las clases trabajadoras del Medio Oeste pasa por la restauración de la estabilidad familiar. En un encuentro con un antiguo profesor de su instituto, escucha: “Quieren que seamos pastores de estos chavales, pero nadie quiere fijarse en que muchos de ellos son criados por lobos”.

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J. D. Vance el día de su graduación como marine. J. D. con su sobrina Emma en brazos, a su izquierda la Mamaw y debajo de él, con gafas, su madre

Al final del libro J. D. almuerza en un restaurante de comida rápida con Brian, un niño que nunca ha salido de los Apalaches de Kentucky. Come con voracidad todo lo que le ponen. Quiere algo, pero no se atreve a pedirlo. J. D. le anima: “¿Podría pedir más patatas fritas?”, pregunta. “Tenía hambre. En 2014, en el país más rico de la Tierra, quería comer un poco más pero no se atrevía a pedirlo. Que Dios nos ayude”.

“Cualquier posibilidad que [Brian] tenga reside en la gente que le rodea -su familia, yo, mis semejantes, la comunidad hillbilly. Y si queremos que esa oportunidad se materialice, más vale que nosotros, hillbillies, nos despertemos de una puta vez… Las políticas públicas pueden servir, pero no hay gobierno que pueda arreglarlo por nosotros… Estos problemas no son fruto de los gobiernos ni de las empresas ni de cualquier otro. Los hemos fomentado nosotros y sólo nosotros podemos arreglarlos… Necesitamos crear un espacio para que los J.D. y los Brian del mundo tengan una oportunidad. No se cuál es la respuesta adecuada, pero sé que la empezaremos a encontrar en el momento que dejemos de culpar a Obama a Bush o empresas sin rostro y nos preguntemos a nosotros mismos qué podemos hacer para mejorar”.

CONFIANZA EN QUIEBRA

En su diagnóstico, éste joven conservador de veta tradicional no comparte el discurso de Trump. La culpa no es de los mexicanos ni de los chinos que se han llevado los empleos de la edad dorada; la culpa es de la falta de responsabilidad individual y familiar, de la vagancia y del fatalismo ambiental. Pero también toma distancia respecto al conservadurismo antisistema, “conspiranoico”, que desde hace años campa a sus anchas por el país. Cita el bulo que ha hecho fortuna en estos años: el certificado de nacimiento de Obama. Un 30% de los conservadores blancos cree que el presidente es musulmán; un 32% cree que no nació en EEUU y un 19% no está seguro. En suma, “una mayoría de los conservadores blancos es cree que Obama no es americano”.

Se ha extendido “un profundo escepticismo hacia instituciones fundamentales de nuestra sociedad. No nos fiamos de los telediarios. No confiamos en los políticos. Creemos que el acceso a nuestra universidad -la vía para mejorar nuestras vidas- está amañado contra nosotros. No conseguimos empleos… Si piensas así, no puedes participar de manera significativa en la sociedad. La psicología social ha demostrado que las creencias de un grupo son un poderoso motivador del rendimiento individual”.

J. D. Vance, marine veterano de la guerra de Irak, siente que se está rompiendo el hilo del patriotismo que enhebraba el tejido social. Agradece su salvación, decíamos, a la Mamaw, al cuerpo de Marines y a la Universidad de Yale y, por encima de todo, a los Estados Unidos.

Mamaw tenía dos dioses: Jesucristo y los Estados Unidos de América. Yo no era diferente. Ni ninguno que yo conociera… Mamaw y Papaw me enseñaron que vivía en el mejor país de la Tierra. Esto dio sentido a mi infancia. Cuando los tiempos eran duros, confiaba en que vendrían días mejores porque sabía que vivía en un país que me ofrecía buenas opciones que no encontraría en otros lugares”.

Pero ahora…

“Si el segundo dios de la Mamaw eran los Estados Unidos de América, entonces puede decirse que muchos en mi comunidad están perdiendo algo parecido a una religión. El vínculo que les une a sus vecinos, que les inspiraba de la misma manera que el patriotismo me inspiraba a mí, parece haber desaparecido”.

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