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Nada nuevo bajo el sol. Las tensiones entre el poder ejecutivo y el judicial son una constante desde que Montesquieu concibió la división de poderes como vacuna contra la tiranía.

Incluso el presidente más valorado de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, se enfangó en una pelea para alterar la composición del conservador Tribunal Supremo que frenaba su ambicioso programa político. Eso en un país donde el presidente nombra a dedo y de por vida a los magistrados del Tribunal Supremo (que, pese a todo, suelen hacer gala de una independencia insobornable).

Más cerca de nosotros, a Alfonso Guerra se le ha atribuido una frase -“Montesquieu ha muerto”- que el antiguo vicepresidente niega haber pronunciado. Y, sin embargo, condensa la extraordinaria batalla que se desató a medidos de los 80 cuando el Gobierno del PSOE cambió el método de elección del órgano que gobierna a los jueces, el Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Ante una magistratura de raigambre franquista, el ejecutivo de Felipe González argumentó que el gobierno de un poder del Estado debía estar anclado en la soberanía nacional, sus miembros serían elegidos por el Parlamento; el CGPJ no podía ser un coto corporativo de las asociaciones judiciales. La derecha, la Alianza Popular de Fraga entonces, decretó con redoble de tambores que era el fin de la independencia judicial en España.

35 años después, la “coalición progresista” de Pedro Sánchez se ha inaugurado con la agenda marcada por la tensión entre el poder ejecutivo y el judicial.

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Hong Kong. Pexels.

Si aún es demasiado pronto para juzgar la Revolución francesa –según dijo en 1972 el primer ministro chino Zhou Enlai en una célebre cita nacida de un malentendido: creía que le preguntaban por la revuelta parisina de mayo del 68-, resulta aventurado valorar lo que quedará de la década que termina.

Apuntemos, no obstante, un fenómeno político que se ha manifestado en estos diez años en países distintos y distantes del mundo desarrollado: la creciente brecha entre las grandes ciudades y las provincias.

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Espartero

En las guerras civiles no hay gloria para los vencedores ni mengua para los vencidos. Tened presente que cuando renace la paz todo se confunde; y que la relación de los padecimientos y los desastres, la de los triunfos y conquistas se mira como patrimonio común de los que antes pelearon en bandos contrarios.

Espartero, 1837

Que el hijo de un carretero de Granátula de Calatrava llegara a capitán general, presidente del Consejo de Ministros y regente de España; que un niño nacido en este humilde pueblo manchego de apenas 2.000 almas al despuntar el siglo XIX se viera ennoblecido con los títulos de conde de Luchana, Duque de la Victoria y Príncipe de Vergara; que a un soldado nacido del pueblo le vinieran a ofrecer la corona e incluso la presidencia de la I República española y que reyes, primeros ministros y presidentes le buscaran en su retiro de Logroño para ganarse su aval político parece a primera vista inverosímil, pero esta es la historia de Baldomero Espartero (1793-1879) que Adrian Shubert nos cuenta en la más reciente biografía del general.

El historiador canadiense no ahorra páginas, citas y referencias para transmitirnos la enorme popularidad de Espartero a lo largo del siglo XIX. Tal vez no exista ninguna otra figura del panteón hispánico que haya pasado en -relativamente- tan poco tiempo de una importancia y veneración sin límites a un olvido tan generalizado en el imaginario popular español.

Baldomero Espartero fue un fenómeno sin precedentes en la historia de España. Fue la primera figura pública moderna del país

“Baldomero Espartero fue un fenómeno sin precedentes en la historia de España. Fue la primera figura pública moderna del país. Los españoles le hicieron objeto de un culto único, sólo igualado en Europa por los de Napoleón y Garibaldi. Nunca antes hubo tanta gente tan estrechamente identificada con una sola persona, ni tantas esperanzas depositadas en ella durante tanto tiempo, y desde luego en nadie que no fuera un monarca reinante. Y cabría sostener que no ha habido nadie igual desde entonces. Sin embargo, el español más famoso y más venerado de su tiempo, la persona que muchos consideraron la encarnación misma de la paz y el gobierno constitucional, ha sido totalmente olvidada. Ni siquiera se le ha distinguido jamás con el modesto reconocimiento de un sello de correos”, concluye Shubert su biografía.

Espartero ha corrido la misma suerte que la memoria del liberalismo español, sepultada por la mala prensa de nuestro siglo XIX. Vilipendiado por el catolicismo reaccionario y despreciado por el franquismo -“El siglo XIX, que nosotros hubiéramos querido borrar de nuestra historia, es la negación del espíritu español”, dijo Franco en una cita que recoge Shubert-, el general que personificaba la paz y la libertad a ojos del pueblo tampoco se ha librado de la inquina izquierdista y nacionalista (impagable este Anasagasti). En Bilbao le quitaron la calle en 1979, en Barcelona y otras localidades catalanas, en tiempos más recientes. Espartero bombardeó Barcelona en 1843 para suprimir una anárquica revuelta local que pedía su destitución como regente, que Isabel II se casara con un español y que se protegiera la “industria nacional” frente a la ofensiva librecambista. La represión fue dura, cuenta Shubert, pero es falso que Espartero dijera alguna vez esa frase tan citada durante las últimas y convulsas semanas catalanas: “Hay que bombardear Barcelona al menos una vez cada 100 años”. De hecho, resulta llamativo el apoyo entusiasta al general a lo largo de los años en Cataluña.

Recibió su bautismo de fuego frente a las tropas de Napoleón, se curtió combatiendo por el imperio en América y ascendió a general en jefe de los Ejércitos del Norte con sus audaces cargas a caballo contra los carlistas. Fue la victoria de Luchana la que le elevó a gloria nacional

Joaquín Baldomero Fernández Espartero recibió su bautismo de fuego frente a las tropas de Napoleón, se curtió combatiendo por el imperio en América y ascendió a general en jefe de los Ejércitos del Norte con sus audaces cargas a caballo contra los carlistas. Fue la victoria de Luchana la que le elevó a gloria nacional. El relato fundacional del culto a su personalidad merece la pena:

Un gélido 24 de diciembre el ejército liberal pugna por levantar el cerco carlista en torno a Bilbao. “El tiempo es atroz: la lluvia torrencial de la mañana se convirtió en aguanieve y, después, a la caída de la tarde, cuando iba a empezar el ataque, adquirió proporciones de tormenta de nieve canadiense”, cuenta Shubert. Espartero está exhausto en la cama después de expulsar un cálculo renal del tamaño de un guisante. A media noche, el general Oráa le informa de la feroz resistencia carlista. Espartero, febril, se enfunda el uniforme, monta a caballo -de pie sobre los estribos para mitigar el dolor- y cabalga al frente de la carga que rompe el cerco de Bilbao. Entro en la capital de Vizcaya a las 8 de la mañana del día de Navidad. Había decidido “morir o entrar en Bilbao”. Vivió y el triunfo le convirtió en héroe nacional. Espartero, el pacificador, titula Shubert su libro. Ese era uno de sus grandes méritos a ojos del pueblo. Con el abrazo de Vergara -fueros a cambio de paz- terminó una guerra civil de 7 años que costó más vidas, en términos relativos, que nuestra última Guerra Civil del 36 al 39.

La fama de Espartero trascendió fronteras. El historiador recuerda que incluso Marx le dedicó un artículo en el New York Tribune, cuando el general entraba aclamado en Madrid tras 7 años de exilio en Londres

La fama de Espartero trascendió fronteras. El historiador recuerda que incluso Marx le dedicó un artículo en el New York Tribune, cuando el general entraba aclamado en Madrid tras 7 años de exilio en Londres. Rescato la cita porque demuestra, como decía Juan Benet, que Marx escribía mucho mejor que Zola:

“Una de las peculiaridades de las revoluciones consiste en que, justamente cuando el pueblo parece a punto de realizar un gran avance e inaugurar una nueva era, se deja llevar por las ilusiones del pasado y entrega todo el poder e influencia, que tan caros le han costado, a unos hombres que representan o se supone que representan el movimiento popular de una época fenecida. Espartero es uno de estos hombres tradicionales a quienes el pueblo suele subir a hombros en los momentos de crisis sociales y de los que después, como el malévolo viejo que apretaba obstinadamente alrededor del cuello de Simbad el marino, le es difícil desembarazarse […] El Espartero que el 29 de julio  hizo su entrada triunfal en Madrid no era un hombre real; era un fantasma, un nombre, un recuerdo”.

Soldado valiente, icono popular y siempre presto a defender el constitucionalismo frente a absolutistas y reaccionarios, Espartero fue -poco los discuten- un político incapaz de poner orden en las querellas liberales y los pronunciamientos del enmarañado siglo XIX español. Sabía gestionar un ejército, pero no su enorme capital político. Toda su filosofía se resumía en un lema simplista que siempre le acompañó: “Cúmplase la voluntad nacional”. Nunca mostró apego al poder y ese desprendimiento alimentó también el culto popular. Sus hagiógrafos no dejaban de evocar a Cincinato y Washington al hablar de su largo retiro en Logroño (por cierto, algo le debe el Rioja del marqués de Murrieta).

Su máxima habilidad era “el arte de dejarse querer, o mejor dicho, de dejarse ir. Él, en rigor, no pidió nunca nada, pero supo arreglarse para que se lo ofrecieran todo”. Su figura pública de “llaneza bonachona” no era más que “un barniz” que ocultaba su “fina astucia de pardillo manchego”.

El diario de Barcelona, 1889

¿Falta de ambición? Ni siquiera sus aliados niegan la indolencia del personaje. Y entre los detractores citados por Shubert, también hay verdad en los ataques virulentos que se recrean en la otra imagen recurrente de Espartero. Diez años después de su muerte, con motivo del traslado de sus restos, El diario de Barcelona dice de él que era “mediano de inteligencia, mediano en todo y encarnación de todos los errores y preocupaciones populares”. Su máxima habilidad era “el arte de dejarse querer, o mejor dicho, de dejarse ir. Él, en rigor, no pidió nunca nada, pero supo arreglarse para que se lo ofrecieran todo”. Su figura pública de “llaneza bonachona” no era más que “un barniz” que ocultaba su “fina astucia de pardillo manchego”.

Termino con la cita de Espartero que abre el libro de Shubert. Unas palabras que se podrían intercambiar sin menoscabo con las de Azaña, 100 años después, en su más célebre discurso de la Guerra Civil -“Paz, piedad y perdón”. Decía Espartero en 1837, en plena guerra carlista…

“En las guerras civiles no hay gloria para los vencedores ni mengua para los vencidos. Tened presente que cuando renace la paz todo se confunde; y que la relación de los padecimientos y los desastres, la de los triunfos y conquistas se mira como patrimonio común de los que antes pelearon en bandos contrarios”.


Leópolis, Lemberg, Lwów, L´vov, Liviv

Pocas ciudades europeas como la actual Lviv pueden exhibir las convulsiones del siglo en la historia de su propio nombre. Antes se llamó L’vov y antes Lwów y aún antes Lemberg cuando, hace 100 años, era la capital de Galitzia, la provincia oriental del Imperio Austrohúngaro -y por si eran pocos, tenemos su nombre en latín: Leópolis.

Sacudida por las guerras, pasaría a convertirse sucesivamente en ciudad polaca, soviética, alemana, de nuevo soviética y finalmente de la Ucrania independiente. “La ciudad de Lviv ocupa un lugar importante en esta historia”, escribe Philippe Sands en la primera línea de Calle Este-Oeste. Importante porque este libro es una indagación sobre los antepasados del autor y sobre los dos juristas que desarrollaron conceptos del moderno derecho penal internacional como “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”, Todos se cruzaron en sus años mozos en las calles de Lviv; todos judíos que escaparon al régimen de terror que impuso en aquel territorio Hans Frank, virrey nazi de una Polonia reducida entonces a la denominación geopolítica de “Gobierno General”.

Calle Este-Oeste alterna la gran y la pequeña historia; en particular, la historia familiar de su autor, el británico Philippe Sands, profesor y abogado de derecho penal internacional. El ingrediente biográfico hace atractivo un relato que, de entrada, gira en torno a un debate jurídico de dudosas posibilidades narrativas. Tenemos aquí la investigación del propio Sands, hijo de una superviviente del exterminio que quiere saber por qué se salvo su abuela vienesa cuando empezaban a punto de partir los trenes a Theresienstadt y Treblinka; tenemos la peripecia vital e intelectual de Lauterpacht y Lemkin, los juristas salidos de la universidad de Lviv que entablaron un duelo jurídico en torno al tribunal de Núremberg; tenemos vidas de heroicidad discreta como la de la señorita Tilney de Norwich, muerta en el más absoluto anonimato en Coconut Grove, Miami; tenemos la pregunta recurrente después de Aushcwitz: cómo Hans Frank, otro jurista, pudo participar con tal grado de entusiasmo en la barbarie nazi -a lo largo del libro oímos a su hijo Niklas, guía del autor, desgarrado por el odio a su padre.

De fondo, la evocación de un mundo desaparecido, aquel imperio multiétnico austrohúngaro en el que la coexistencia de distintas identidades -polacos, judíos, ucranianos- cristalizaba en ciudades como Lemberg. Pocas cosas denostaba más Hitler y tantos otros nazis austriacos que la mezcla de razas que propiciaba el manto paternal de los Hasburgo. Condensaron su desprecio en un lema: Ein Volk, Ein Reich, Ein Führer. Un siglo después de la implosión del Imperio Austrohúngaro, la doctrina que puja por entidades políticas étnicamente homogéneas sigue reverberando en Europa. De todas las víctimas de esta ideología de la pureza fueron los judíos del Este europeo quienes pagaron el precio más alto. En apenas cinco años, comunidades con siglos de presencia y cultura propia se desvanecieron en humo y ceniza y desaparecieron para siempre. Sólo quedarían como un “rumor en la historia”, en palabras del Kommandant nazi Amon Goeth en la célebre película de Spielberg. La planificación y las órdenes fueron nazis, sí, pero en no pocas ocasiones contaron con la complicidad o la indiferencia de sus vecinos polacos o ucranianos. De ahí que resulte ciertamente vergonzante darse una vuelta por alguno de los antiguos barrios judíos de aquellas ciudades austrohúngaras convertidos ahora en un atrezzo sin alma para turistas en busca de una cultura fantasmal con música klezmer de fondo. Yo lo sentí en Cracovia. Sands se lo encuentra en Lviv:

“Alguien sugirió que quizá me gustaría comer en el Golden Rose, en el viejo centro medieval, entre el ayuntamiento y los archivos municipales, a la sombra de las ruinas de una sinagoga construida en 1582 y destruida por orden de los alemanes en el verano de 1941. Este se presentaba como un restaurante judío, lo que no dejaba de ser curioso dada la actual ausencia de residentes judíos en la ciudad. La primera vez que pasé frente al Golden Rose, en compañía de mi hijo, estuvimos mirando por una ventana y observando una clientela que daba la impresión, al menos a primera vista, de haber sido transportada allí desde la década de 1920: una serie de personas ataviadas con los grandes sombreros negros y el resto de la parafernalia asociada a la comunidad judía ortodoxa. Nos quedamos horrorizados; era un lugar para que se disfrazaran los turistas, que al entrar cogían las características prendas y sombreros negros de unos colgadores situados justo dentro de la entrada principal. El restaurante ofrecía comida judía tradicional -junto con salchichas de cerdo- en un menú en el que no figuraban los precios. Al final de la comida, el camarero invitaba a los comensales a regatear el precio”.

No es casual que en aquel conflictivo entramado de identidades que era la Lemberg austrohúngara y después la Lwów polaca surgieran dos juristas, Hersch Lauterpacht y Rafael Lemkin, que ampliaron, cada uno por su camino, la tipología del derecho penal internacional con los conceptos de “crímenes contra la humanidad” y “genocidio”. En Nuremberg triunfó Lauterpacht, catedrático entonces en Cambridge y principal defensor de la condena por “crímenes contra la humanidad” contra Goering y compañía: hay crímenes contra los derechos humanos de cualquier individuo que están por encima del derecho de los estados. Pese a los desvelos de Lemkin para que se incluyera entre los cargos su concepto de “genocidio”, el tribunal mencionó el término de pasada pero no incluyó ese tipo penal en la sentencia. Resulta cuando menos irónico que a la vuelta de los años todos hablemos de “genocidio nazi” cuando ninguno de los líderes nazis fue condenado por ese delito. Justicia poética, lo llaman. El debate entre estos dos tipos penales sigue abierto. ¿El crimen contra el individuo es peor cuando la víctima lo es simplemente por pertenecer a una étnia? Sentado en el infame restaurante disfrazado de anacronismo judío, Philippe Sands, el autor de Calle Este-Oeste, imagina una cena con ambos juristas:

“Probablemente Lemkin habría sido el compañero de mesa más entretenido, y Lauterpacht el conversador intelectualmente más riguroso. Los dos hombres compartían una creencia optimista en el poder de la ley para hacer el bien y proteger a las personas, y en la necesidad de cambiarla para alcanzar ese objetivo. Ambos coincidían tanto en el valor de una vida humana individual como en la importancia de formar parte de una comunidad. Sin embargo, discrepaban de manera fundamental acerca de cuál era la forma más eficaz de lograr la protección de tales valores: centrarse en el individuo o en el grupo.

Lauterpacht nunca suscribió la idea de genocidio. Al final de su vida se mostró desdeñoso tanto hacia el concepto en sí como, quizá algo más cortesmente, hacia el hombre que lo concibió, pese a reconocer que no le faltaban aspiraciones. Por su parte Lemkin temía que los proyectos separados de proteger los derechos humanos individuales, por un lado, y proteger los derechos a los grupos y prevenir el genocidio, por otro, estuvieran en contradicción”.

Unas páginas atrás, Sands reconoce que los años han establecido una jerarquía en la que los crímenes contra la humanidad parecen un delito menor frente al genocidio, “el crimen de los crímenes”. Sin embargo, apela a su experiencia y parece inclinarse a favor de las tesis de Lauterpacht:

“Probar el delito de genocidio resulta difícil, y litigando he podido ver por mí mismo cómo la necesidad de demostrar la intención de destruir a un grupo total o parcialmente, puede tener desafortunadas consecuencias psicológicas. Ello potencia el sentimiento de solidaridad entre los miembros del grupo de víctimas, reforzando a la vez los sentimientos negativos hacia el grupo de los verdugos… Puede dar lugar sin pretenderlo a las mismas condiciones que pretende abordar: al enfrentar a un grupo con otro, hace menos probable la reconciliación. Me temo que el delito de genocidio ha distorsionado el enjuiciamiento de los crímenes de guerra y de los crímenes contra la humanidad, en la medida en que el deseo de los afectados de ser calificados de víctimas de genocidio ejerce presión sobre los fiscales para que acusen de ese delito concreto”.


Juicio a los principales jerarcas nazis en Núremberg (1945-1946)

No sólo las víctimas, la dialéctica entre individuo y grupo también alcanza a los verdugos encarnados en este libro por otro personaje que pisó las calles de Lviv, el nazi Hans Frank, gobernador de la Polonia ocupada y renombrada como Gobierno General.

“Pasarán mil años y esta culpa de Alemania aún no se habrá borrado”, dijo ante el tribunal de Núremberg ante las miradas despectivas del resto de acusados. Fue un rapto momentáneo. En su alegato final se alejó del arrepentimiento. ¿Existe la culpa colectiva? ¿Se hereda la culpa? ¿Cómo sobrelleva uno ser hijo de un notorio criminal nazi? En este asunto, Niklas, el hijo de Frank y acompañante ocasional del autor, destaca por su crudeza:

“`Soy contrario a la pena de muerte´, me dijo en un tono carente de emoción, `excepto en el caso de mi padre´… Mientras hablábamos de su último encuentro [con su padre ya condenado a muerte], de la conversación con el capellán, de la silenciosa entereza de su madre, Niklas se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó unos papeles. `Era un criminal´, dijo en voz baja, mientras extraía de entre ellos una pequeña fotografía en blanco y negro, desgastada y descolorida. Me la alargó. Era una imagen del cuerpo inerte de su padre tendido en un catre, tomada unos minutos después del ahorcamiento, con una etiqueta sobre el pecho.

`La miro cada día´, me dijo Niklas. `Para acordarme, para asegurarme de que está muerto´”.

 

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Christine Keeler ha muerto.

Nunca una “bonita don nadie”, como se describía a sí misma, tuvo una proyección tan grande. Su foto desnuda en la silla Arno Jacobsen se convirtió en un icono de los nuevos tiempos, publicó dos autobiografías, revivió como personaje en una película y en un musical del West End y en breve aparecerá en una nueva serie de la BBC. Todo por un encuentro casual un fin de semana de julio de 1961.

Obituario del 6 de diciembre en The Guardian: “Hubo muchas víctimas del caso Profumo, el escándalo de sexo y espionaje que acaparó los titulares en 1963, contribuyó a la dimisión del entonces primer ministro Harold MacMillan y aún pesa de manera desproporcionada en la historia moderna de Gran Bretaña. En los primeros puestos de la lista de víctimas, tal vez en primer lugar, se encontraba Christine Keeler, quien ha muerto a la edad de 75 años”.

Que Christine Keeler fuera la mayor víctima del caso y que todo el asunto tenga una valoración histórica desproporcionada admite matices.

En su esencia la historia es simple. A lo largo del verano de 1961, la showgirl de 19 años Christine Keeler tuvo varios encuentros sexuales con John Profumo, secretario de Defensa británico y marido de Valerie Robson, la actriz de La novia de Frankestein. El adulterio tal vez no le hubiera causado mayores problemas que los desencadenados por una infidelidad marital si no fuera porque al mismo tiempo Christine mantenía una relación con el agregado naval de la embajada soviética -y más que supuesto espía- Yevgeny Ivanov.

La relación con el ministro fue breve. A fecha de hoy no consta que se comprometiera la seguridad nacional del Reino Unido ni los secretos de la OTAN en plena Guerra Fría. Y sin embargo, cuando el caso estalló dos años después, Profumo tuvo que dimitir -no por acostarse con Christine Keeler sino por mentir al Parlamento-, el fatigado primer ministro MacMillan abandonó meses después el cargo y el viejo establishment tory quedó tocado de forma irreversible. En octubre de 1964, los laboristas de Harold Wilson clausuraron la larga década de dominio conservador prometiendo la modernidad -“the white heat of technology“. Ganaron, todo hay que decirlo, por un margen escaso.

“El affair Profumo hizo más daño a MacMillan que cualquier otro asunto en toda su etapa de gobierno”; así lo valoraba su secretario personal. Lo recoge Richard Davenport-Hines An English Affair. Sex, Class and Power in the Age of Profumo (Londres, 2013), un libro recomendable, en especial para anglófilos. La historia es simple, sí, pero las ramificaciones en torno al breve encuentro Profumo-Keeler crecen hasta convertirse en un árbol de trama espesa que conviene abordar con lápiz y papel para no perdersre en la maraña de personajes que se nos cruzan a lo largo del relato: “Las esferas de la política, la medicina, las leyes, el periodismo, la sociedad elegante, los nuevos ricos y el espionaje convergen en el caso Profumo en 1963”, apunta el autor. Un corte transversal de Londres a comienzos de los 60. De la clase alta a los bajos fondos: Harold MacMillan, John Profumo, Lord Astor, el doctor Ward, el MI5, magnates inmobiliarios sin escrúpulos como Peter Rachman, las showgirls del Soho Christine Keeler y su amiga Mandy Rice-Davies, tipos delincuenciales como el maltratador jamaicano Lucky Gordon y el marino y exconvicto Johnny Edgecombe -parejas, en algún momento, de la Keeler.

Qué más ingredientes podía pedir la feroz prensa sensacionalista siempre dispuesta a pelearse cheque en mano por una exclusiva. Y si no la había, se inventaba. Las fake news no nacieron ayer. Antes eran peores porque no existía la reacción y corrección inmediata que suministra la red. Destaca en este campo la figura de Lord Beaverbrook, el barón de Fleet Street que convirtió el Daily Express en el tabloide más vendido del mundo: 3.700.000 ejemplares. La inflamación del caso, el amplio radio de acción que alcanzó la bomba Profumo le debe bastante a su particular vendetta contra los multimillonarios Astor.

Davenport-Hines se recrea en “hazañas” de los tabloides que no desentonarían en la Primera Plana de Billy Wilder: las fotos robadas en el hospital de Munich a los supervivientes del accidente del Manchester United, la del agonizante Aneurin Bevan o el acoso al coronel Christopher Hunter. “A la una y cuarto de la madrugada, después de que su hija despechada se hubiera suicidado, sonó el timbre de la puerta principal. Una voz gritó ‘es la policía’. Disgustados y confusos, el coronel Hunter y su mujer salieron de la cama y bajaron en pijama a abrir la puerta. En el porche quedaron deslumbrados por el flash de un fotógrafo que salió huyendo en coche”. Así se conseguía una foto de primera.

an english affair

Argumenta Davenport-Hines que el affair Profumo aceleró la decadencia del establishment aristocrático del partido Tory y abrió la puerta a la meritocracia conservadora que auparía años después a Margaret Thatcher al liderazgo del partido. Los muros se quebraron. La hipocresía de la clase dirigente quedó al descubierto. El cuestionamiento de la autoridad, la rebeldía juvenil y el desafío a los tabúes marcarían los próximos años. Comenta Diego Manrique que Philip Larkin situó en 1963 el comienzo de la revolución sexual: cuando los Beatles publicaron su primer LP y el Reino Unido levantó la prohibición que pesaba sobre El amante de Lady Chatterley de Lawrence. No sería exagerado añadir, dice, el caso Profumo de ese mismo 1963. Un preludio del 68. Una de esas cargas que hicieron implosionar la deferencia por la jerarquía y la autoridad que sostenían el edificio moral de la posguerra. No sería, por tanto, desproporcionada su valoración si vemos el caso como una de esas fracturas que provocan corrimientos profundos por debajo de los pliegues superficiales de la historia política.

An English Affair confirma otra sospecha. Desde el Watergate hasta las tarjetas black sabemos que los escándalos necesitan de un clima propicio para tener repercusión política. Sean escuchas, sobornos o mentiras, es el momento de la explosión -a menudo retardada- lo que convierte un robo de tercera categoría en un impeachment. Tal vez lo de Profumo no hubiera pasado de escándalo menor de faldas. Después de todo, el político ni siquiera formaba parte del gabinete y ya entonces quedó claro que nunca existió tráfico de secretos militares. Y, sin embargo, estalló cuando el Gobierno de MacMillan venía de sufrir otro sórdido asunto de espionaje -este real-, cuando la prensa amarilla estaba al acecho por el encarcelamiento de dos de los suyos, cuando todo estaba preparado para el sacrificio de un vástago de la clase dirigente…  “Cualquier ministro o diputado que se vea envuelto en un nuevo escándalo en el próximo año o más allá”, anticipaba el New Statesman a comienzos de 1963, “debe esperar el servicio completo (the full treatment)“. Profumo se llevó el premio.

Y en cuanto a las víctimas, ¿encabeza Christine Keeler la lista?

Pasó nueve meses miserables en la prisión de Holloway. Antes y después fue vilipendiada sin conmiseración por la prensa amarilla. Baste decir que el día que salió de la cárcel el Daily Sketch difundió su número de teléfono… Se casó dos veces y se divorció otras tantas. Tuvo dos hijos y publicó dos libros de memorias con escandalosas revelaciones de dudosa credibilidad. De una manera o de otra nunca se desenganchó del caso que ella misma contribuyó a desvelar al ir con su cuento a la prensa. En nuestro tiempo la joven Keeler habría sido pasto de realities televisivos, apunta Davenport-Hines. Hay voces que la reivindican a la luz de escándalos contemporáneos como el de Jimmy Savile: he aquí otra menor víctima de abusos en el hogar, una adolescente atrapada en las redes de los poderosos… Ella siempre se consoló creyendo que había contribuido a la caída del Gobierno conservador y como tal se sentía parte “de la historia británica”. Sin duda, su foto en una silla Jacobsen ha quedado fijada en la galería icónica de la Inglaterra de los 60. La silla -por cierto, una imitación- se exhibe en el Victoria y Albert Museum de Londres.

profumo y mujer
John Profumo y su mujer, la actriz Valerie Robson, en 1959

John Profumo abandonó la política y se dedicó a labores caritativas en el East End londinense. Durante un tiempo se imponía un breve y tenso silencio cada vez que la pareja hacía su entrada en un salón concurrido. En sus últimos años, su dedicación a la caridad le valió su rehabilitación social. Pero parece que le costó más escapar a su sempiterno ardor sexual. Cuenta Davenport-Hines que en una cena en honor de la Reina Madre, [Profumo] “sitting between her and a seventeen-year-old Guiness heiress, the old satyr whispered to the latter during the first course: ‘Ever been fucked by a seventy-year-old? No? You should try it‘”. Incorregible. Murió a los 91 años en 2006.

El destino más cruel le cayó encima a Stephen Ward, el osteópata amigo de aristócratas y poderosos, dotado de don de gentes y manos hábiles, informador del espionaje británico y “protector” de chicas como Keeler y su amiga Mandy Rice-Davis. El establishment le convirtió en el chivo expiatorio. Abandonado por su selecta clientela y juzgado por proxenetismo, se suicidó con una sobredosis de barbitúricos antes de que se hiciera público el veredicto. Sólo seis personas asistieron a su cremación. Davenport-Hines califica de montaje el proceso (show trial), pero la campaña para su rehabilitación judicial no ha llegado muy lejos. Sí, en cambio, otra más popular: Andrew Lloyd-Webber le dedicó un musical en 2013.

Stephen Ward y Keeler Stephen-Ward con policía
Stephen Ward en compañía de Christine Keeler (izquierda) y en la vista judicial

Fue el doctor Ward quien llevó a Chistine Keeler a la casa de campo (Spring Cottage) que los Astor le permitían utilizar en su magnífica finca de Cliveden House, en la campiña de Buckinghamshire. Aquel fin de semana de julio del 61, Bill y Bronwen Astor, embarazada de cinco meses, daban una fiesta en el palacio al presidente de Pakistán, el mariscal Ayub Jan, de escala en su viaje al Washington de Kennedy. Entre los invitados, Lord Mountbatten, último virrey de la India y primo de la reina; el asesor económico de MacMillan, Sir Roy Harrod; la excondesa polaca Sofie Moss; el crítico de arquitectura Sir Osbert Lancaster; la tía de Bill Astor, Pauline Spender Clay; el decorador de interiores Derek Patmore y, por primera vez en Clivenden, el secretario de Estado de Defensa John Profumo y su esposa, la actriz Valerie Hobson

Al termino de la cena del sábado, Bill y Bronwen Astor se llevaron a sus invitados de paseo por la finca. No lejos del palacio una cerca vegetal rodeaba una cancha de tenis y una piscina. Bill Astor y John Profumo, adelantados al resto del grupo, abrieron la cancela y se encontraron al doctor Ward con sus invitados de la casa de campo. Entre ellos, Christine Keeler. La chica acababa de perder el bañador en un juego de prendas y se paseaba envuelta en una toalla. Otras crónicas más proclives a la lubricidad se recrearon con la imagen de Keeler emergiendo desnuda del agua o, peor aún, la de Bill Astor y Profumo persiguiéndola alrededor de la piscina. “Forty years later, and not reliably“, continua Davenport-Hines, “Profumo recalled that Astor slappped her backside playfully and said, ‘Jack, this is Christine Keeler’“. El resto, como dicen, es historia…

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El escenario del encuentro: Cliveden House, antaño mansión de los Astor, ahora hotel de lujo

revolución en rojo

Si hay un episodio de la Revolución rusa que encaja en las divagaciones de este blog aficionado a los cruces del azar y la confusión en el camino de la historia, ese asunto es el caso Kornílov del que se cumplen 100 años a finales de agosto. ¿Qué ocurrió realmente? Pocos discrepan de los hechos y, sin embargo, desde el primer momento las interpretaciones se abrieron a todo un campo de teorías alternativas. El affaire Kornílov ¿fue una intentona golpista? ¿una trampa? ¿una invención de Kerenski? ¿Un malentendido?

Por muy divergentes que sean las interpretaciones la unanimidad es total en un punto: el caso Kornilov debilitó de forma irremisible el Gobierno provisional y allanó el camino para la llegada de los bolcheviques al poder. Lenin y la historiografía soviética siempre lo explicaron como un golpe reaccionario de manual. La previsible reacción de las clases contrarrevolucionarias ante la ineluctable marcha de la historia hacia la dictadura del proletariado. Frente al determinismo histórico, la ambigüedad el caso deja espacio a enfoques personalistas -¿habría cambiado la historia del siglo XX si Kerenski y Kornílov se hubieran entendido?- y se nos presenta como una lección sobre las limitaciones y las consecuencias imprevistas de la acción en política: si Kerenski pretendía reforzarse denunciando el “golpe” de Kornílov, el resultado fue justo el contrario. Los bolcheviques le barrieron de la historia.

LAVR KORNÍLOV, SOLDADO DEL IMPERIO

Kornilov posando 1916

El general Lavr Gueorguievich Kornílov vino al mundo en la Siberia profunda en 1870. Ojos rasgados, corto de estatura, porte erguido y fisonomía mongola, Kornilov presumía de sangre cosaca y ancestros campesinos. La vasta frontera asiática del imperio fue su primer destino militar. Una profunda inmersión en las lenguas y costumbres turcas le sirvió para escribir un libro exploratorio del Turquestán oriental. De aquel tiempo data su colorida guardia personal reclutada entre los guerreros turcómanos de Tekke. Le tenían por un “Gran Boyardo” y le siguieron hasta sus últimos días.

La obtención de unos documentos cruciales durante la revuelta de los pastunes en Afganistán (1897) permitieron al capitán Kornílov cobrar cierta fama en tiempos de aquel Gran Juego que rusos y británicos disputaban en Asia Central. Después de la debacle rusa ante Japón (1905), ejerció como agregado militar en China, comandante del distrito militar de Varsovia y brigadier en Valdivostok.

Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914) marchó con su unidad al frente de los Cárpatos. “El general Kornílov nunca descuidó su división”, escribió años después su superior, el general Brusilov. “Sufrió cuantiosas bajas, pero nunca dejó el frente. Soldados y oficiales le amaban porque confiaba en ellos”. Sus camaradas de armas le tenían por un guerrero de valentía legendaria y absoluta simplicidad. “Un corazón de león y un cerebro de oveja”, en palabras del general Alexeiev.

En 1915, un impetuoso contraataque hizo caer toda su división ante el ejército austrohúngaro. Se rindió cuando sólo le quedaban cinco cañones. Un año después su fuga de una prisión austriaca lo elevó al estatus de celebridad nacional. A su regreso a la patria, en vez de enfrentarse a un consejo de guerra por perder una división, se encontró con un recibimiento de héroe.

Cuando la revolución de febrero de 1917 derrocó al zar, Kornílov se hizo cargo del distrito militar de Petrogrado (San Petersburgo), entonces capital de todas las Rusias. No soportó mucho tiempo la indisciplina que los aires revolucionarios trajeron a la guarnición. El Soviet de los Diputados de Obreros y Soldados, el Soviet de Petrogrado, acababa de aprobar su célebre Órden número 1: sólo el Soviet tenía autoridad sobre las tropas revolucionarias y su traslado al frente. Intolerable para creyente en la firme disciplina militar como Kornílov. Solicitó el traslado y el gobierno le puso al frente del VIII Ejército.

LOS DÍAS DE JULIO Y EL ERROR BOLCHEVIQUE

Julio de 1917. El Gobierno provisional de la Rusia postzarista no solo asiste al fracaso de una nueva ofensiva en la guerra, también se enfrenta a una amplia revuelta de la soldadesca en Petrogrado. Acantonados en la capital, hay un cuarto de millón de soldados. Los rumores sobre un próximo traslado al frente han sacado a la calle a la tropa del I Regimiento de Ametralladoras. Se les suman marineros de Kronstadt y obreros de Putilov. Alentados por los bolcheviques avanzan por la perspectiva Nevski exigiendo todo el poder para los soviets. “Si Lenin y Trotski quieren tomar Petrogrado, no hay nada que pueda detenerlos”, advertía días atrás un periodista al nuevo embajador francés. Pero sobra improvisación y falta dirección. Bajo el balcón de la mansión Kshesinskaia, los marineros de Kronstadt esperan instrucciones de Lenin. Cuando el líder bolchevique se asoma a regañadientes, pronuncia un discurso breve y ambiguo. Pasan las horas. Nadie sabe qué hacer. Cincuenta mil hombres armados rodean el palacio de Táuride. Dentro apenas dieciocho soldados defienden la Duma y el Gobierno provisional. Al final consiguen milagrosamente sofocar la revuelta. Poco a poco los amotinados se disuelven al leer las octavillas que acusan a los bolcheviques de ser agentes alemanes y al chocar con los refuerzos leales al Gobierno. Hasta la lluvia contribuye a dispersar la multitud y apaciguar los ánimos. El día siguiente la ciudad amanece en calma.

En aquellos Días de Julio a Lenin le tiemblan las piernas. No esta seguro de que sea el momento oportuno. Teme que la ola reaccionaria de las provincias arrase la revolución en Petrogrado como ocurrió en la Comuna de París (1870).

Los bolcheviques salen muy tocados del putsch. El Gobierno ordena la detención de sus líderes y desmantela sus periódicos. “Ahora van a fusilarnos, es el momento más ventajoso para ellos”, le dice Lenin a Troski. Huye a Finlandia. No volverá hasta octubre. Y entonces no vacilará. La resurrección le llegará de forma inesperada gracias al fiasco Kerenski-Kornílov.

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Tropas del Gobierno abren fuego contra los bolcheviques (julio, 1917)

UN GENERAL EN UN CABALLO BLANCO

Fracasada la revuelta bolchevique de julio, el premier y ministro de Defensa, Alexander Kerenski, entrega el mando supremo del ejército ruso a Lavr Kornílov. Kerenski juega al equilibrismo entre derecha e izquierda y cree que Kornílov le puede resultar útil. En la decisión pesa el consejo de un confidente del primer ministro, Boris Savinkov, viceministro de la Guerra. No será su única intervención en todo este asunto. Personaje convincente, por lo que parece, el tal Savinkov. En los años prerrevolucionarios, el escritor Somerset Maugham quedó fascinado cuando se cruzó en París con este poeta, aventurero, y terrorista legendario -participó en algunos de los atentados más sonados contra la dirigencia zarista-. A Winston Churchill le bastó un breve encuentro para considerarlo como “uno de los hombres vivos más interesantes”. Ahora, en la Rusia del 17, el viceministro Savinkov confía en la alquimia de estos dos elementos extraños, Kerenski y Kornilov, para restaurar el orden y afianzar la revolución de febrero.

Ya escribíó Marx en el 18 de Brumario que la historia de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos y es precisamente en épocas de crisis revolucionaria cuando estos “conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado para representar la nueva escena de la historia universal”. Si Lenin teme que la Revolución rusa acabe como la Comuna de París, Kerenski y Kornílov fantasean con emular a Bonaparte. Pero cada uno por separado.

Antes de aceptar el cargo, Lavr Kornílov -militar de una pieza carente cualquier habilidad política- exige unas condiciones que Kerenski no puede asumir sin suscitar la hostilidad del Soviet y de la izquierda gubernamental. Petrogrado vive en la diarquía. El Gobierno tiene el poder institucional pero el poder en la calle está en manos del Soviet de obreros y soldados. Difícil hacer algo sin su consentimiento. El hamletiano primer ministro tiene un estrecho margen de maniobra. Kerenski se toma las condiciones de Kornílov -poderes militares absolutos, restauración de la pena de muerte en la retaguardia, responsabilidad sólo ante su conciencia y el pueblo…-  como un reflejo de la ingenuidad política del general. Tampoco le quedan mejores opciones militares. El 24 de julio, Kornílov cree garantizadas sus condiciones y asume el mando.

15 días después el general, impaciente ante el retraso de su plan, decide actuar por su cuenta. El 7 de agosto da la orden de trasladar al 3er Cuerpo de Caballería del general Krimov desde Rumanía hasta Velikiye Luki, punto equidistante de Moscú y Petrogrado. El 3er Cuerpo cuenta con dos divisiones de cosacos y la llamada División Salvaje que se nutre de nativos de tribus siberianas. Kornílov no oculta que se trata de un movimiento preventivo para reprimir una nueva intentona bolchevique en Moscú o Petrogrado. Insiste a sus cercanos en que los soldados no irán contra el Gobierno provisional, pero actuarán sin su consentimiento si fuera necesario. No tiene en muy alta estima al “débil y afeminado” Kerenski. En la capital, el Soviet recela del despliegue de esta fuerza militar en una región alejada del frente. Temen que se lance contra Petrogrado. Los líderes de la derecha que desaprueban al vacilante primer ministro ponen en Kornílov sus esperanzas y peregrinan a su cuartel general en Moguilev. “En esta hora amenazadora de suprema tribulación, todos los pensamientos de Rusia se vuelven hacia ti con fe y esperanza”, le telegrafía el conservador Rodzianko. Las cartas están sobre la mesa, el juego, a punto de empezar.

Kornilov a caballo

El 14 de agosto Kornilov hace una espectacular aparición en la gran conferencia de estado que Kerenski ha convocado en Moscú para fortalecerse. En la estación Alexandrovsky, las señoritas de buena clase le lanzan flores, la condesa Morozowa se arrodilla ante él y el kadete Rodichev le pide que salve Rusia. A su entrada en el teatro Bolshoi, los delegados conservadores le ovacionan mientras reciben en silencio al primer ministro. Kerenski se convence: la amenaza viene por la derecha.

Durante su intervención, Korníov no va más allá de un discurso seco con la disciplina como único argumento. Las palabras no son lo suyo. Pero es Kerenski, célebre por su oratoria, quien sale peor parado. Se pierde en un discurso largo y farragoso. Cuando hace una pausa para recuperar el resuello, sus simpatizantes se lanzan a aplaudir. Quieren salvarle del trance. Kerenski se sienta sin terminar la frase. La conferencia se clausura con el hundimiento moral del primer ministro. La división entre derecha e izquierda ya es irreconciliable. Fuera, los bolcheviques, que han boicoteado el evento, ven día a día cómo se acrecienta su militancia.

¿GOLPE O ENGAÑO?

A mediados de julio los alemanes toman Riga. A la amenaza prusiana se suman rumores de un nuevo golpe bolchevique para principios de septiembre. Kerenski despacha a su viceministro Savinkov a ver a Kornílov en el Cuartel General de Moguilev (actual Bielorrusia). El primer ministro quiere que envíe un cuerpo de caballería a Petrogrado para colocarlo bajo el mando del Gobierno. No debe dirigirlo Krimov ni incluir la División Salvaje. ¿Le tiende una trampa? Por ahí discurre una de las interpretaciones del caso: el objetivo de la orden de Kerenski no serían los bolcheviques sino el propio Kornílov. Si es así, el general pica el anzuelo. El envío de las tropas dará pie a la acusación de traición. La orden escrita de Korníov a Krimov -en este punto no hace caso a Keresnki- establece que su misión es aplastar un levantamiento bolchevique, ocupar la ciudad, desarmar a la guarnición de la capital, a los marineros de Kronstadt y dispersar el Soviet. ¿Pensaba aprovechar la ocasión para derribar el Gobierno? Por ahí se mueve otra de las interpretaciones. Hay una más: el malentendido.

En esos días entra en escena un personaje secundario con efectos de largo alcance en la trama de esta historia. Vladimir Nikolaievich Livov, 45 años, heredero de una familia terrateniente, exprocurador del Santo Sínodo, diputado de la Duma. Lvov se acerca a Kerenski como una figura con importantes conexiones. Ha oído rumores de un golpe para convertir en dictador a Kornílov, le dice. Kerenski piensa en utilizarle para averiguar si en el Cuartel General de Moguilev hay una conspiración en marcha. No lo envía su nombre a negociar con al general -escribio después-, pero así es como se presenta ante Korníov. El general ni siquiera le pide sus credenciales. Después de charlas sobre la reorganización del Gobierno, el intrigante diputado le hace una serie de propuestas, al parecer de cosecha propia. El general infiere que Kerenski le está ofreciendo convertirse en dictador: “No ansía el poder, pero si se le pide que asuma la máxima responsabilidad, como sugiere Lvov, no la rechazará”, escribe el historiador Richard Pipes al citar la versión de Lvov.

A la ambigüedad -buscada o no- de Kerenski y Kornílov basta añadirle la afición de Lvov a inventar propuestas y distorsionar mensajes para que esta historia derive en “una comedia de errores de consecuencias trágicas”, en palabras del mismo Pipes.

SAVINKOVLvov
El exterrorista y viceministro de la Guerra Boris Savinkov y el diputado V. N. Lvov

Todo se precipita el 26 de agosto. De vuelta al Palacio de Invierno, Lvov le dice a Kerenski que el generalísimo exige poderes dictatoriales. Kerenski se lo toma a broma, pero tampoco pide más precisiones. ¿De verdad se toma en serio a un personaje como Lvov? ¿O más bien decide aprovechar la ocasión para deshacerse de Kornílov? “Mientras todo siga tan vago”, interpreta el historiador Orlando Figes, “podía tener éxito en presentar a Kornílov como un traidor que conspiraba contra el Gobierno… Su fortuna política se revitalizaría en la medida en que la revolución se aglutinaría en torno a él para derrotar a su rival”. ¿Un golpe, una trampa o un malentendido?

Esa noche se pone en contacto con el general a través de la máquina Hughes -un modelo arcaico de teletipo-. “Esperaba o una confirmación del ultimátum que le trae Lvov o una negativa rotunda”, escribirá después. Kerenski le pide a Kornílov que le confirme “la decisión definitiva que debe tomarse”. Kornilov le confirma que sí, que ha pedido a Lvov que el primer ministro viaje a Moguilev. Ni uno deja claro qué está preguntando, ni el otro sabe qué está respondiendo. Un diálogo de besugos que Kerenski se toma como una prueba de que quiere detenerle y hacerse con el Gobierno. El primer ministro actúa con rapidez. Convoca el Gabinete a medianoche, presenta la “conspiración contrarrevolucionaria” y obtiene, él sí, plena autoridad para ocuparse de la emergencia. Comunica a Kornílov su destitución inmediata. A las cuatro de la madrugada se retira a su dormitorio en el Palacio de Invierno. Pero la excitación no le deja dormir. Lvov, bajo custodia en la habitación contigua, le escucha toda la noche caminar de un lado a otro mientras canta arias de ópera.

¿Qué está pasando?, se pregunta Kornílov. Acaba de despedirse por teletipo de Kerenski con un “hasta pronto” y unas horas después le llega un telegrama con su cese. Firmada, además, por un escueto “Kerenski”. Extraño. Sólo el Gabinete como tal está capacitado para tomar esa decisión. Kornílov se niega a dimitir. Sospecha que Kerenski es rehén de los bolcheviques. Ordena a la caballería de Krimov avanzar sobre Petrogrado. Más adelante se lo comunica al ministro Savinkov. Las tropas llegarán a Petrogrado el 28 de agosto. ¿Golpe, trampa, malentendido? Quienes aceptan la versión de Kornilov se preguntan si un golpista avisaría la Gobierno de sus intenciones. En un último intento de aclarar el malentendido, Savinkov y Kornilov se ponen en contacto. El general le dice que está siguiendo las instrucciones del Gobierno provisional. Demasiado tarde. En la prensa de la mañana del 27 ya aparece la nota de Kerenski denunciando la “traición” y destitución del comandante en jefe del ejército ruso.

Kornílov enfurece. Que lo acusen de traición toca su fibra patriótica. Replica con un mensaje a todos los comandantes del frente en el que acusa al Gobierno provisional de actuar bajo la presión de la mayoría bolchevique del Soviet y en connivencia con el estado mayor alemán. La rebelión de Kornílov es, ahora sí, una realidad. Pero se queda solo. Nadie le sigue. Ni la mayoría de la oficialidad ni los políticos conservadores que le halagaban hasta antes de ayer. Una prueba más de que no existía una conjura golpista, argumentan los historiadores que absuelven a Kornílov y condenan a Kerenski. Hay más pruebas, dicen: el telegrama de Kerenski a Krimov el 29 de agosto: “Calma en Petrogrado. No se esperan disturbios. No se necesitan sus tropas. El Gobierno Provisional le ordena detener su avance”. Demuestra, dicen los kornilovistas, que Kerenski sabía muy bien que el avance de Krimov era para sofocar un levantamiento bolchevique, no para derribar el Gobierno provisional.

soldados blocheviques en petrogrado
Soldados bolcheviques, prestos a defender la Revolución en Petrogrado

En cualquier caso, las fuerzas que se acercan a Petrogrado sufren de la misma debilidad que impregna el ejército ruso. Tal vez algunos oficiales estén dispuestos a seguir a Kornilov, pero no la tropa. La historia soviética resalta que los heroicos soldados de ferrocarriles salieron desde Petrogrado, confraternizaron con la caballería de Krimov y desactivaron la amenaza. Otros historiadores subrayan que es el general Krimov quien detiene el avance. No son versiones incompatibles. Lo cierto es que no se derrama ni una gota de sangre. Salvo la del propio Krimov. Cuando llega a Petrogrado, mantiene una intensa discusión con Kerenski. Nunca había sido su intención rebelarse, protesta el general. Kerenski lo despide con la orden de presentarse ante la corte marcial. Krimov, hundido, se va al piso de un amigo y se dispara en el corazón. 31 de agosto de 1917. El conato de rebelión -virtual o real- ha terminado.

kerenski en despacho
Alexander Kerenski, sentado en su gabinete, junto a dos colaboradores

Si Kerenski pensó que el caso Kornílov le iba a servir para recuperar su autoridad como salvador de la revolución, las cosas no le pudieron salir peor. “El prestigio de Kerenski y del Gobierno provisional se vio completamente destruido por el asunto Kornilov”, escribiría años después la mujer de Kerenski. Se enajenó definitivamente a la derecha y no amplió su respaldo en la izquierda. Los bolcheviques lanzaron una campaña denunciando su complicidad con Kornílov. Un primer ministro fantasma. “Más allá de los pasillos del Palacio de Invierno, todos los decretos de Kerenski fueron ignorados”, escribe Figes. “Existía un vacío de poder; sólo era cuestión de esperar a ver quién se atrevería a llenarlo”.

Lenin, Trotski y los bolcheviques. El caso Kornílov les rehabilitó, reforzó y puso en sus manos el Soviet de Petrogrado. Ironías de la historia: Kerenski les había armado para hacer frente al golpe; las mismas armas sirvieron semanas después para derribar su Gobierno. Esta vez, nada de marchas desorganizadas como en julio. Los bolcheviques inauguraron la nueva técnica del golpe de estado: apoderarse de los centros neurálgicos del Gobierno. En la noche del 25 de octubre, las mujeres del Batallón Femenino de la Muerte fueron las últimas defensoras del Palacio de Invierno frente al asalto final bolchevique. Cuando cesaron los disparos, las bajas no pasaban de cinco muertos y varios heridos. Por decirlo con una expresión leninista, la toma del poder fue tan sencilla “como levantar una pluma del suelo”.

lenin llega a petrogrado

EPÍLOGO: ¿QUÉ FUE DE LOS PROTAGONISTAS DEL CASO?

Lavr Kornílov:

Después de la Revolución de octubre escapó de la fortaleza donde vivía bajo un benevolente arresto rodeado de su guardia turcómana, llegó al Don y fundó el Ejército Voluntario, el cuerpo más aguerrido de los generales blancos en la guerra civil. “Cuanto mayor sea el terror, mayores serán nuestras victorias”. Amenazó con alcanzar sus objetivos aun a costa de “pegar fuego a la mitad de el país y derramar la sangre de tres cuartas partes de todos los rusos”. A principios de 1918 sus tropas escaparon al Ejército Rojo con la épica “marcha sobre el hielo” hacia Kuban. En las primeras horas del 13 de abril, un proyectil soviético destruyó la granja en la que había instalado su cuartel general. Tenía 48 años. Días después llegaron los bolcheviques, desenterraron su cadáver, lo arrastraron hasta la plaza y quemaron sus restos en un vertedero.

Alexander Kerenski:

Tenía tan sólo 36 años cuando huyó del Palacio de Invierno -la falsa leyenda dice que vestido de mujer-. Intentó organizar un contragolpe y, derrotado, se exilió primero en Francia y luego en Estados Unidos. No tomó partido en la guerra civil entre rojos y blancos. Pasó el resto de su vida reivindicando su papel. Figes desprecia sus memorias por “mendaces”. Precisamente en su primer libro, El caso Kornílov. Preludio del bolchevismo, (Londres, 1919) explica su versión de esta historia. Murió en Nueva York en 1970 al borde de los 90 años. Ninguna iglesia ortodoxa aceptó darle tierra en un camposanto por masón. Está enterrado en el cementerio civil de Putney, en Londres.

Boris Savinkov:

Dimitió por el caso Kornílov y fue expulsado del Partido Socialista Revolucionario. Después de octubre se dedicó a combatir el bolchevismo con el mismo celo que había empleado contra el zarismo. También dio muy pronto su propia versión del caso Kornílov. En K Delu Kornilova (París, 1919) salió en apoyo del general. ¿Por complicidad? En 1925 le tendieron una trampa para que regresara a la URSS. Fue detenido y condenado a muerte, pena conmutada por 10 años de prisión. Durante su encarcelamiento se dedicó a escribir historias sarcásticas de los émigrés rusos que se publicaron en Moscú. Según el NKVD, el 7 de mayo de 1925 se “suicidó” al lanzarse por una ventana de la prisión Lubianka moscovita.

Vladimir Nikolaievich Lvov:

Después de la revolución de octubre, el extravagante V. N. Lvov se involucró en el movimiento renovador de la iglesia ortodoxa. Abogó por la purga de sus elementos contrarrevolucionarios. Otras versiones mencionan una etapa oscura en el París de los émigrés rusos. Cuentan que acabó de mendigo durmiendo bajo un puente del Sena. A quien le quisiera escuchar, le contaba su sensacional y decisiva intervención en la Revolución rusa. Murió en Tomsk, Rusia, en 1930.

siberia carretera miserable

Sólo rezaba por no quedarme tirado en medio de la taiga en plena noche y por no encontrarme con los asaltantes”.

Las primeras líneas de El delirio blanco, la crónica de un viaje a través de Siberia del periodista polaco Jacek Hugo-Bader, remiten inevitablemente a las imágenes de la saga Mad Max.

“Debo de ser el único loco que ha viajado solo y desarmado a través de este espantoso océano de tierra. El deporte favorito de los lugareños es el tiro al blanco. Normalmente circulan por la derecha, pero como los coches son japoneses, el volante lo llevan también a ese lado. Conducen con la mano izquierda, así con la otra pueden sacar fácilmente por la ventana el arma que llevan encima y disparar en marcha contra señales de tráfico, anuncios y paneles informativos… Más o menos cada cien kilómetros, los restos de un coche calcinado. Seguramente se estropearon de noche , en pleno invierno, y los dueños, desesperados, les pegaron fuego para intentar calentarse. Es poco probable que eso les ayudase a sobrevivir

¿Y cómo se sobrevive una noche de invierno en la taiga? El periodista polaco parte equipado con la experiencia de viajes previos por este territorio inhóspìto. He aquí  su lista de recomendaciones:

1-Poner el coche con el capó de cara al viento para evitar que los gases del tubo de escape se cuelen dentro

2-Mantener el motor al ralentí para calentar el coche (sólo consume un litro por hora)

3-No bajar nunca del medio depósito en invierno en Siberia.

4-Antes de echarse a dormir, apagar el motor, porque si al viento le da por cambiar de dirección durante la noche, ya no despertarás.

5-Fijar la alarma del teléfono cada dos horas para levantarse y poner el coche al ralentí durante 15 minutos, a 30º bajo cero tienes que hacer esto si quieres que el coche arranque por la mañana. El frío extremo deja el aceite denso como la plastilina.

6-Llevar siempre un hacha. Si el móvil se queda sin batería y no despiertas hasta la mañana siguiente, tendrás que cortar leña y hacer una hoguera.

7-Para encender la hoguera en medio del frío espantoso, la nieve y el viento, necesitas llevar preparado un bidón con una mezcla al 50% de gasolina y aceite del motor.

8-Si te quedas tirado en la estepa no encontrarás árboles a tu alrededor; por eso debes llevar una caja con leña de reserva desde Moscú.

9-La pala. No olvides la pala. Te servirá para prender encima la hoguera y colocarla debajo del coche, sólo así se calienta el motor (también se puede utilizar un soplete)

10-Si el frío es salvaje, te quedas dormido y sin batería, necesitas una segunda batería conectada desde la salida a la primera por unos cables…

Hugo-Bader acepta el desafío extremo para confrontar la realidad actual con los restos de una utopía; la que describieron otros dos reporteros, Mijaíl Vasíliev y Serguéi Gúschev, en su Informe desde el siglo XXI. En 1957, el  Komsomólskaya Pravda les encargó imaginar cómo sería la Unión Soviética 50 años después, en el 90 aniversario de la revolución bolchevique. Cuando en 2007 se cumplió el aniversario, hacía 16 años que la Unión Soviética había dejado de existir. Las predicciones de Vasíliev y Gúschev se disolvieron en el tiempo y el espacio como el país de los soviets.

El delirio blanco rescata aquel futuro imaginado como pretexto para emprender un viaje de 13.000 kilómetros entre Moscú y Vladivostok en el invierno de ese año 2007. La realidad de 2007 convierte las ensoñaciones de los periodistas soviéticos en un contrapunto sarcástico en manos de Hugo-Bader. Un ejemplo: después de sumergirnos en la epidemia de sida en Rusia, el capítulo se cierra con este fragmento del Informe desde el siglo XXI: “Con la llegada del siglo XXI habremos vencido la mayoría de las enfermedades que todavía hoy nos atemorizan y lo habremos hecho  de forma taxativa. Las únicas que no podremos curar del todo serán el cáncer y las enfermedades mentales y cardiovasculares… Pero no cabe duda de que a principios del siglo XXI estas enfermedades serán tan graves como lo es hoy una neumonía. ¿Qué harán entonces los médicos? La medicina preventiva, las condiciones sanitarias y la higiene les resultarán muy aburridas, de manera que desarrollarán una nueva, importantísima e inagotable tarea: el perfeccionamiento de un organismo humano sano“.

hugo bader con jeep ruso
Jacek Hugo-Bader, apoyado en su lazhik

En Moscú, Hugo-Bader se hace con un UAZ-469 de segunda mano, también conocido como “jeep soviético” o “lazhik”, que en ruso significa “aquel que se mete en cualquier parte”. Precio con puesta a punto: unos 5.500 euros.  “De los tres meses de viaje sólo pasó un día en la calle sin que nadie lo vigilase… Qué barbaridad de gente hace falta [en Rusia] para vigilar cada cosa, cada persona, cada sitio. Porque no son sólo los coches. Vigilan casas, personas, jardines, cosechas, bosques, animales domésticos, animales en libertad… Decenas, centenares de miles, millones de hombres que lo único que hacen es controlar… asegurarse de que nadie robe lo que sea que están vigilando. Millones de porteros, vigilantes, seguratas, gorilas y guardias nacidos sólo para vigilar. Si les pregunto a cinco rusos a qué se dedican, casi seguro que uno será conductor y dos trabajarán en seguridad. Eso sin contar los policías. Un ejército de un millón y medio de personas“.

A lo largo de un viaje a la marginalidad postsoviética, el periodista polaco se cruza con músicos underground, tribus de la taiga al borde de la extinción, supervivientes de los ensayos nucleares, una secta que venera a un Jesucristo reencarnado en Siberia, chamanas que regresaron del gulag, hippies de los años 70… Sí, también hubo hippies en la Rusia soviética. Y serlo salía más caro que en San Francisco por la proverbial incapacidad del comunismo para digerir cualquier movimiento alternativo. El sistema les aplicó la terapia común a las disidencias en los años grises de Breznev: sólo podía entenderse y tratarse como una enfermedad mental. La carrera de la mayoría de los hippies comenzó en una durka, un psiquiátrico. Bep estuvo cinco veces:

Para nosotros eran como santuarios, lugares sagrados donde, junto a los enfermos, había también encerrados disidentes, intelectuales, indomables, hippies y una gran cantidad de personas excepcionales a quienes la psiquiatría soviética consideraba locos. Yo estuve encerrado en compañía del músico Volodia Vysotski, de un tipo que secuestró una apisonadora y se puso a dar vueltas por Moscú, y de uno que reventó la puerta de un puesto callejero donde vendían cerveza y se pasó la noche haciendo viajes con cubos para llevarse la cerveza a casa. Cuando lo detuvieron a la mañana siguiente ya había llenado la bañera y el acuario. En 1989 conocí en una durka a un artista plástico que estaba perfectamente cuerdo y que había hecho un cartel que decía: “Comunistas fuera de Afganistán” y lo había colgado del balcón.

-¿De qué balcón?

-Del de su casa.

-Entonces estaba chiflado. ¿Y te sorprende que se lo llevaran los loqueros?

-Cuando llegué hacía diez años que estaba allí. Y allí seguía cuando me soltaron“.

Hugo-Bader salta de la crónica a la entrevista, del diccionario como formato narrativo a la anotación de un cuaderno de bitácora, pero su escritura fragmentaria avanza siempre pegada al barro de la taiga. El periodista habla, escucha y huele el país. En casas, coches, calles de Moscú, tugurios siberianos, orfanatos en la taiga, minas radiactivas… Decenas y decenas de entrevistas engarzadas en un recorrido alucinante por los márgenes del derrumbamiento soviético. La materia prima del reporterismo en estado puro.

Estremece su inmersión en la epidemia de sida que Rusia censura y minusvalora. Las cifras no oficiales alcanzan dimensiones africanas. Hasta tres millones de seropositivos, el 2% de la población, según ONU/SIDA; las ONG rusas elevan la cifra a cuatro millones. Resumo alguna historia:

Sergei acaba de interrumpuir el tratamiento contra el virus para curarse un poco del hígado, muy castigado por la hepatitis, las drogas y el alcohol. El estado de su hígado le preocupa más que el VIH, y los dos tratamientos se estorban entre sí. En Alcohólicos Anónimos conoció a la bella Larisa, una divorciada cuarentona cuyo marido se llevó a su único hijo porque ella bebía. Larisa es su cuarta mujer. Ella no tenía el virus. Después del primer año dejaron de tomar precauciones. Del uso del preservativo pasaron a la marcha atrás. Y todo pese a que Sergei conoce de sobra los riegos. Trabaja en una ONG que lucha contra el sida

-Joder. Seguro que sabéis que el virus no está sólo en el semen sino también en el líquido seminal.

-Claro, pero tenía esa fantasía de que si no terminaba… -Veo que está a punto de explotar-. ¡Hostia puta! ¡No me agobies! ¡Era ella la que me rogaba que me corriese dentro! ¿Entiendes? Yo tenía cuarenta años y por primera vez en mi vida estaba enamorado. Al cabo de dos años ella también era portadora. El año pasado…

-¿Has contagiado a la mujer que amabas?

-Ella quería tener la enfermedad. Porque yo la tenía.

-¿Qué gilipollez es esa?

-No es ninguna gilipollez. No tienes ni idea de cómo son las mujeres rusas. Irían hasta el fin del mundo, incluso daría la vida por el hombre al que aman. Aquí es lo normal. ¡Les encanta sacrificarse, entregar su vida como ofrenda! ¡He conocido a docenas de mujeres así!”.

rusia campaña antialcohol

El sida nos golpea en las primeras páginas, pero la verdadera epidemia que recorre todo el libro es el alcoholismo. Les marca incluso desde antes de nacer. Svetlana Izambáyeva, “Miss Seropositiva 2005”, nació antes de tiempo porque su madre “se cayó”.

“-Estaba borracha

-¿Cómo lo sabes?

-¿Por qué suele caerse la gente en Rusia?

-Es verdad. El alcoholismo es terrible. Yo he crecido en un mundo de alcohólicos. Mi familia era así. Mi papá bebía muchísimo. Luego venían las broncas, él pegaba a mi madre, yo me ponía en medio… En mi casa uno de mis abuelos bebía, el otro también, mis padres… Es toda una tradición. Lo típico de los koljoses y de Rusia. Es una epidemia terrible, una peste, una plaga. Viajo por los koljoses a visitar a las chicas y todas son como yo. De familias parecidas, así que se echaban a la calle en busca de amor, caían en las drogas, pillaban el virus“.

Del omnipresente espectro del alcoholismo sale el título del libro. El “delirio blanco” no es otra cosa que el delirium tremens. Se ceba en especial con indígenas siberianos como los evenkos. El vodka “es su Zyklon B, sólo que actúa más despacio“. Como otros pueblos del extremo oriente, apenas tienen tolerancia al alcohol: “Lo primero es que se desploman tras ingerir una dosis de alcohol con la que un ruso, un polaco e incluso un alemán podría conducir un coche sin problemas“. Después de beber les puede dar por quitarse la ropa aunque haga un frío espantoso, saltar a los ríos helados desde los puentes o quedarse sentados en medio de las carreteras más transitadas. A los coches les toca esquivarlos. En uno de sus mejores capítulos, el periodista reconstruye el destino de la brigada número uno del sovjós de Udárnik, en el distrito de Amur, al este de Siberia: tres mil quinientos renos y diecisiete pastores evenkos, entre ellos dos mujeres y dos chicos de catorce años.

En diciembre de 1991 se derrumba la Unión Soviética y en la brigada número uno muere Sasha Yákovlev. El río helado cedió bajo sus pies mientras cruzaba con el rebaño. Sasha terminó sus estudios en la escuela de aviación que hay en la ciudad, se casó y tuvo un hijo. Luego se divorció, regresó a su aldea natal y empezó a beber sin parar. Tenía treinta años. En la brigada quedaron dieciséis pastores“.

Yura, el jefe de la brigada, salió de la tienda después de una borrachera tremenda y corrió sin detenerse durante dos días y dos noches, sin chaqueta ni gorro en noches de 40 bajo cero. El cazador ruso que lo encontró “vio los inmensos y aterrorizados ojos de Yura y las pupilas extrañamente dilatadas, así que ya no preguntó nada. Al instante reconoció el delirio blanco“. Ya sólo quedaron quince pastores.

El día que se llevaron la carne de los renos muertos, Serguéi Sifronov “se emborrachó, cayó al suelo, se rompió la cabeza y se congeló“. En la brigada quedaron catorce pastores.

Otro Serguéi, Trífanov, se pegó un tiro en el pecho después de beber sin parar por desesperación. Lo mismo hicieron Pável y Sasha. “Se van a la taiga, se acaba el vodka, se les pasa la borrachera, y es cuando empiezan las alucinaciones, el delirio blanco“-explica la evenka Yelena.

Guena Yákovlev celebró con una borrachera su trigésimo quinto cumpleaños. Cuando se quedó solo, la estufa prendió las pieles de los renos y se quemó vivo en su tienda.

Rimma recuerda como su pareja, Slava, solía irse a la taiga durante tres o cuatro meses, luego volvía al pueblo y bebía sin parar. Cuando se le pasaba la borrachera, volvía  a casa. Era entonces “cuando empezaba la peor parte. El delirio blanco. Llega más tarde, después de pasarse con la bebida. Veía cosas, oía cosas… Una vez le dolía muchísimo la cabeza y algo empezó a susurrarle en el oído: `coge un arma y hazte un agujero en la cabeza, todo el dolor se irá por ahí´. Conseguí quitarle el rifle en el último momento. O una voz que le decía: `sal fuera y corre, corre, corre…´Se volvía loco y empezaba a disparar contra animales invisibles. Veía demonios. Solía ver a su padre que había muerto tiempo atrás“.

En dieciséis años, los diecisiete pastores de la brigada número uno del sovjós de Udárnik desaparecieron. “Veo cómo van cayendo, cómo se extinguen“, responde la doctora Lubov Passar, ella misma de la tribu Udegue. “Un exterminio. Una aniquilación física. Naciones enteras beben hasta morir y desaparecen de la faz de la tierra“.

En 2007 quedaban 35.500 evenkos, 237 yenets, doce alutor, ocho kerek. “De los 346 orok que quedan, apenas tres pueden hablar su idioma, cosa que no puede hacer ninguno de los 276 taz“.

semipalatinsk nuclear landscape
El Polígono nuclear de Semipalátinsk (Kazajstán)

En la ruta de Moscú a Vladivostok, Hugo-Bader nos cuenta su paso por las ciudades secretas del programa nuclear soviético en Kazajstán como un descenso dantesco a los infiernos. En el primer círculo, el almacén de los recursos didácticos. Allí se guardan en formalina los fetos deformados por la exposición a la radiactividad.

Cuando era estudiante –cuenta nuestro guía, el profesor Urazalin– quería especializarme en obstetricia, pero cuando me encontré con dos partos así durante mi período de prácticas, se me quitó rápidamente la idea de la cabeza como guía. Aún asi tuve que acabar las prácticas. Pese a ser un comunista comprometido, antes de cada parto rezaba para que saliese un ser humano normal. Soy médico, maldita sea, pero todo esto todavía me perturba. Así que me hice dermatólogo“.

Tercer círculo: el infame Polígono de Semipalátinsk en la estepa kazaja. Un área de 18.000 km2 -equivalente a la provincia de Zaragoza- en la que se realizaron trescientas pruebas nucleares subterráneas. La disolución de las granjas colectivas- los koljoses- y el trastorno económico que acompañó a la caída del comunismo sumió en la penuria a los habitantes de la zona. Hasta que alguién descubrió que en el centro del Polígono, en la montaña de Deguelén había un tesoro: grandes vetas de hilo de cobre. Poco les importó que bajo esa montaña la URSS hubiera realizado 209 explosiones nucleares subterráneas. Pese a los enormes riesgos, se desató la fiebre del cobre.

La gente se muere en las galerías y muere” -le cuenta Danier un antiguo koljosiano-. Cada pocos días desaparece alguno. El mayo pasado, entraron cuatro y ya no volvieron. De los que fueron después a intentar rescatarlos, tres murieron en la galería, al cuarto le pasa algo en la cabeza y lo han mandado con los loqueros, y el quinto, hace dos semanas, se cortó el cuello, y eso que solo estuvieron una hora en esa galería. El demonio sabrá lo que hay ahí dentro: vapores o a lo mejor gases de escape: estaban sacando agua con una bomba. Yo creo que fue el mal, porque al que se suicidó se le fue todo el pelo: cejas, pestañas, hasta el de sus partes; lo vi cuando lo estuve vistiendo para ponerlo en el ataúd“.

Hugo Bader se adentra en las galerías excavadas en la ladera de la montaña hasta que la radiactividad supera los límites que se ha impuesto. “Mil ciento setenta microroentgens por hora. Es hora de largarse“. En su ruta por el paisaje postnuclear, se asoma a un cráter donde no crece ni la hierba. Al fondo un pequeño lago, Kelkem-1, el lugar más radiactivo del planeta, cuatrocientas veces superior a la norma. Y por todas partes suicidios, enfermos y muerte por radiactividad. El delirio blanco refuerza una impresión que aún perdura desde los tiempos de la Rusia soviética. El escaso valor de la vida individual ante una utopía y un horizonte sin límites. Los millones de muertos por las hambrunas de la colectivización agrícola en los años 30, los cientos de miles de soldados caidos en las embestidas de Zukhov y Koniev contra la Wehrmacht nazi, los centenares de hombres, mujeres y niños afectados por el programa nuclear… Como si el vasto territorio redujera el valor de la vida humana; hombres y mujeres, puntos perdidos en un paisaje que les devora.

Y con todo, el periodista encuentra en esta remota provincia de Kazajstan a quien añora los viejos tiempos del país de los soviets. Larisa Yákovlevna, la mujer del coronel al mando de las pruebas nucleares en la última etapa de la URSS. Están a la espera de un alojamiento para trasladarse a Rusia.

Antes en nuestra escalera solo vivíamos rusos, ahora se han mudado dos familias kazajas. No es que tenga nada en contra suya, pero son diferentes, desagradables, están por todas partes, escupen en la escalera, pese a que no se construyó para ellos. Estamos en casa, pero ya no es nuestra casa“.

Larissa está orgullosa del trabajo de su marido ahora gravemente enfermo. “Por supuesto, hizo cosas excepcionales. El Partido le confió los mayores secretos de la Unión Soviética… Hizo cosas importantes, para el equilibrio del poder en el mundo, para la paz“. Añora los desfiles del nueve de mayo. Los soldados marchaban con paso ceremonioso, “¡tan aseados, tan extremadamente elegantes, tan inteligentes! Nuestros maridos iban al frente y nosotras, las mujeres con vestidos suaves, abrigos finos, con los niños esperándolos. Risas, alegría, globos, claveles rojos… y de repente todo ha terminado. Esa era mi vida. Daría lo que fuese por recuperarla“.

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Mijaíl Kaláshnikov y su celebre AK-47

Los nostálgicos como Larisa no abundan. El más destacado, Mijail Kaláshnikov, el creador del mítico fusil que lleva su nombre. Hugo-Bader le encuentra en Izhvesk, “una ciudad bastante fea situada en los Urales“, que hasta 1991 fue otro de esos enclaves secretos de la Unión Soviética. Tal vez sea el capítulo menos original si no fuera por el duro interrogatorio que el periodista polaco emplea con el anciano (murió en 2013, a los 94 años):

-Quizá para acabar estaría bien hablar de Stalin. ¿Sabía usted de sus crímenes, Mijaíl Timoféyevich?

-No sabía nada.

-Ahora todo el mundo dice que nunca oyó hablar de los gulags.

-Le diré algo: aquí es difícil enterarse de las cosas. Todo eso sucedió en algún sitio remoto, allá arriba, nosotros estábamos muy lejos.

-En una entrevista en Ogoniok dijo que le resultaba difícil borrar de un plumazo setenta años de historia de la Unión Soviética.

-Desde luego…

-Usted preguntaba si alguien era capaz de demostrarle que habían cometido una equivocación. Yo se lo puedo demostrar. Los comunistas son responsables de la muerte de diez millones de ciudadanos soviéticos. Un millón y medio de mis compatriotas perdieron la vida en su patria.

-Yo estaba muy alejado de esas cosas.

-¿Sabía usted, Mijaíl Timoféyevich, que a su fusil automático lo llaman el arma de los terroristas?

Pero Mijaíl  Timoféyevich ya no escucha. Está de pie, en medio de la habitación, dejando claro que la conversación ha terminado. Enciende la televisión y salen unos armenios. Llevan las manos en la cabeza. Detrás van unos azeríes. En las manos llevan unos Kaláshnikovs“.

El delirio blanco, crónica de la marginalidad en territorio hostil, no aspira a ser un corte representativo de la sociedad rusa. Es periodismo, no sociología.  Nos quedamos con una decepción que se repite cada vez que miramos al este de Europa: el absoluto fracaso de la pedagogía comunista. 70 años de educación en  los valores socialistas y en la exaltación de la solidaridad apenas han dejado marca en el Homo Postsovieticus. Viajamos por un invierno siberiano salvaje, oscuro y vacío de esperanza. ¿Dónde quedó el nuevo hombre  que soñaron los “ingenieros de almas”? Al hermanamiento de los pueblos le ha sustituido la xenofobia, a la generosidad, el recelo, al compromiso, la indiferencia.

Una hora y media junto a la carretera cubierto de sangre luchando contra el frío, la nieve y la ventisca. Nadie se detiene. Solo el de la furgoneta, que me ha visto dando vueltas de campana por la carretera…

-¿Estás vivo?-me grita desde lejos.

-¡Sí!

-¡Pues que vaya bien!

-¡Oye! -le grito espantado-. ¡Espera! ¡Ayúdame a salir de aquí!

-¡Ahora voy! Espera que apague el motor -dice, se mete en la cabina y se larga.

Después de detener su hemorragia con nieve se pone, pala en mano, a excavar una zanja para abrirse un camino en la nieve:

Trabajo en la oscuridad durante una hora y media. Cada dos por tres me iluminan las luces de los coches que pasan, pero nadie para. Antes de salir de Moscú, mis amigos me advirtieron que nadie se detendría por la noche, aunque echase un montón de diamantes por el suelo. Por el miedo a los rekiet, a las emboscadas… De los trece mil kilómetros que recorrí de Moscú a Vladivostok, tres mil no tenían ningún tipo de pavimento. Y no me creo todo ese cuento del miedo a la gente peligrosa que hay en los caminos. Esto es un síntoma de una enfermedad social muy distinta que ha afectado a los rusos: la indiferencia. Una indiferencia terrible y fría, que en su forma más radical se convierte en un desdén profundo, irracional y espontáneo“.

siberia invierno dos

volpi

¿En qué momento salta la chispa que enciende una vocación literaria? El escritor mexicano Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) busca la suya en una rutina de sus años mozos. A las dos en punto, mientras se servían los platos de la comida familiar, el padre les contaba relatos que empezaban siempre con esta introducción: “Hagamos un jirón en el telón que cubre la noche de la historia para contarles lo siguiente, hijos míos”.

El repertorio, recuerda Volpi en su último libro, Examen de mi padre, incluía historias de la Revolución francesa, del Imperio romano, argumentos condensados de las novelas de Dumas, Hugo, Verne y Salgari, sinopsis de óperas como Rigoletto o Madame Butterfly… “Nosotros le escuchábamos embobados. Cuando he querido hallar el origen de mi pasión por las historias –más que por `la literatura´-, llego sin falta a este episodio… Su talento como narrador me sorprendió desde niño y supongo que escribo libros porque aspiro a prolongar su pasión por los relatos”.

La escritura de Examen de mi padre ha sido la forma en que Jorge Volpi ha llevado el luto por la muerte de su progenitor en 2014.  “Un ejercicio para tratar de entender mejor a mi padre, a mí, la relación que tuvimos y seguimos teniendo y tratar de entender mejor a México”, me dice en la Casa de América en Madrid, donde hemos quedado para pedirle que se sume a la red de Alumni-USAL.

[Volpi pasó tres años en la Universidad de Salamanca. Vino a finales de los 90, atraído por su amigo, escritor y antiguo alumno de la USAL, Ignacio Padilla, fallecido el pasado verano en un accidente de tráfico. En Salamanca, se doctoró en Hispánicas y escribió una de sus novelas más célebres, En busca de Klingsor. Ahora ha vuelto brevemente para afianzar la colaboración entre nuestra universidad y la Universidad Nacional Autónoma de México, donde dirige su potente servicio de difusión cultural. Aquí puede verse su reciente entrevista a la TV de la USAL]

Volpi padre fue un médico-cirujano con una vasta educación humanística. “Su idea de la felicidad era pasarse una tarde lluviosa encerrado en un quirófano acompañado por música de ópera”, nos cuenta su hijo. Obsesivo, meticuloso, contradictorio, católico y conservador –más que nada por ir a la contra en el México dominado por el sempiterno PRI-. Un hombre fuera de su tiempo y lugar. “Se veía como un italiano atrapado en México por error”. Y sin embargo apenas salió del país. Detestaba viajar. Nunca pisó Europa, pero -como cuentan de Lezama Lima- sus lecturas le permitían recorrer mentalmente con precisión de cartógrafo las calles de París y Roma. Veneraba por encima de todo a Dumas y Hugo y despreciaba la literatura en español con tal ahínco que, cuando su hijo le recomendó vivamente Cien años de soledad, prefirió leerla ¡en italiano! No obstante, supo vencer la contrariedad inicial de tener un escritor en español en la familia: “Vio cómo me convertí en escritor y al cabo aplaudió mi elección”.

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examen de mi padre

muerte en león

¿Qué lleva a tres mujeres con una vida cómoda en una apacible ciudad de provincias española a cometer un asesinato? Uno podría entender que alguien presa de un arrebato transitorio mate, incluso podría entender que una sola persona se obsesione hasta el punto de ver en el asesinato la única salida, pero ¿qué tres mujeres con una vida aparentemente “normal” se pongan de acuerdo en planificar y cometer un crimen? ¿Ninguna temió que todo saliera mal y el crimen, además de acabar con la víctima, les arruinara la vida? Hay más. Hablamos de tres personas que, por oficio o cercanía familiar, las tres tenían contacto con el mundo policial ¿ninguna de las tres sabía que el crimen perfecto empieza a rozar la imposibilidad en nuestros días de móviles y cámaras por doquier?

Muerte en León, el último documental de Justin Webster -británico afincado en Barcelona y autor del magnífico Seré asesinado y, más recientemente, de El fin de ETAtrata de responder a las preguntas que rodean el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, el 12 de mayo de 2014. La investigación policial y el proceso judicial dieron la respuesta, digamos, forense del caso, pero la incredulidad aún impregna el aire de la ciudad: “¿Cómo puede una mujer, un ama de casa, llegar a matar a una presidenta de la diputación de tres disparos? ¿Cómo es posible llegar a eso en una mente normal? Ese es el tema fundamental”, se pregunta ante la cámara Matías Llorente, diputado provincial que no pasaba por ser el mejor amigo de la víctima.

A lo largo de cuatro episodios de una hora -en línea con series documentales de tema criminal, factura y éxito reciente como la oscarizada O. J., Made in America, Making a Murderer o The Jinx-, Webster explora el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, a manos de Montserrat González con la complicidad de su hija Triana y de la amiga de su hija y agente de la policía local, Raquel Gago.Y el resultado está a la altura de las citadas series norteamericanas. Destaco especialmente la calidad de las entrevistas, la edición del juicio y una estructura narrativa que en ningún momento pierde al espectador.

La justicia condenó a Montserrat a 22 años de cárcel, a Triana a 20 como cooperadora necesaria y a Raquel a 14 como cómplice. La “verdad” judicial, sancionada en noviembre de 2016 por el Tribunal Supremo, establece que las tres se concertaron para cometer el crimen aquel día de mayo de 2014. Pese a la confesión de Montserrat, aún son muchos los que expresan incredulidad. Ni las que la conocían mejor, consiguen explicarse su conducta “por mucho odio que tuviera”. Los psicólogos han dictaminado que la asesina confesa se encuentra en sus cabales y ella nunca ha mostrado signo de arrepentimiento. ¿En qué momento decidió cruzar la línea roja esta señora de Mercedes SLK y marido comisario de policía en Astorga? “Sólo pensé en hacerlo, no en las consecuencias”, responde en una entrevista telefónica desde la cárcel. “Veía a Triana muy mal. Lo hice porque no querían ir al entierro de mi hija”.

A partir de un duro enfrentamiento, sostiene la defensa, Triana se sintió víctima del acoso y castigo de quien fuera su jefa. Sintió que su futuro en la diputación estaba truncado mientras continuara Isabel Carrasco. La obsesión de la hija envenenó la cabeza de la madre hasta llevarla a una conclusión delirante: cuando Montserrat supo que en la guerra de facciones del PP leonés Rajoy había terciado en favor de Carrasco, decidió matarla. ¿Cómo es posible que no vieran otra salida? Triana era ingeniera de telecomunicaciones. Había trabajado en Alemania ¿No podía buscar otro empleo en otra ciudad? A los ojos de madre e hija, León se revela como una ciudad cerrada de la que estos personajes, como en la película de Buñuel, son incapaces de escapar.

Muerte en León se apoya en la vista oral, en entrevistas y en material de archivo para conducirnos hasta la conclusión judicial. Las reconstrucciones se reducen al mínimo. Sólo en los últimos minutos introduce algunas incógnitas no despejadas del caso. Baste decir -no vamos a reventarlo- que deja en el aire la sospecha de una teoría conspirativa. Pero no es sólo este golpe de efecto lo que, a mi juicio, hace recomendable la serie. Hay al menos otras dos razones.

La primera, que hay que llamar la atención sobre este magnífico documental porque corre el riesgo de pasar sin pena de gloria por la incuria de su productora y emisora, Movistar+. Quien quiera verlo legalmente tendrá que zambullirse en su desordenada plataforma, rastrear en la pestaña de documentales y ver si lo encuentra entre “Yellowstone, el gran deshielo”, los documentales romanos de Mary Beard, “Mayday, catástrofes aéreas” y la Primera Guerra Mundial en color… Un sindiós.

La segunda razón tiene que ver con lo que documental desvela sobre la vida tranquila pero también asfixiante de una de esas capitales de provincia de la España interior y vacía. León. El páramo y el gótico. La pausa comercial de mediodía para ir a comer a casa. Una España conservadora donde el PP se confunde con el paisaje;  donde los partidos políticos ejercen el poder como agencias de colocación y repartidores del presupuesto; donde la peor oposición la forman los descontentos de tu propio partido; donde los afectos y los odios se cruzan por la calle; donde, lo sabemos bien, el empleo es un bien escaso y “colocarse” un vocablo que empieza a caer en desuso; donde la máxima aspiración es sacar una oposición a funcionario y, si es posible, no muy lejos de la casa familiar. No es casual que unas oposiciones a la diputación se conviertan en el particular Watergate leonés de Isabel Carrasco: demasiados parientes de alcaldes y otros cargos del PP coparon las primeras plazas. No es casual que Triana iniciara su camino sin retorno a raíz de su fracaso en otras oposiciones a la diputación: no han querido pasarle las preguntas para un puesto que considera hecho a su medida. Somatiza el suspenso como parte de la persecución a la que se siente sometida desde que cayera en desgracia ante Isabel Carrasco. Y sabía que no era la única: “De Isabel estaba hablando mal mucha gente, si encima ahí hablan todos mal con la misma, pues al final puede pasar lo que ha pasado”, comenta el diputado Matías Llorente. Nadie desmiente que fuera todo un carácter. Con el crimen aún en las primeras páginas, una pintada macabra y fugaz apareció en la pasarela sobre el río Bernesga donde fue asesinada la presidenta: “Aquí murió un bicho”.

Al final del documental, la periodista Ángela Domínguez lanza una reflexión: “¿En qué medida la ambición se convierte en una perversión y además, al verse truncada, genera odio? Pues también no solamente por la maldad que reinaba y reina en Montserrat y que posiblemente estaba azuzada por su hija Triana y por la complicidad torpe y necia también de Raquel. Había algo más. Había un ambiente propicio para que esto sucediera. Y ese es el gran error. Esa es la culpa que debería pesar sobre todo León”.

Un “ambiente propicio”. Esas palabras me trajeron el recuerdo de un relato de Borges, El hombre en el umbral (El Aleph): “No hay un alma en esta ciudad (pude sospechar) que no sepa el secreto y que no haya jurado guardarlo”.

 

 

 

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Middletown, Ohio

Hillbilly: término, a menudo despectivo, para referirse a los habitantes de zonas rurales y montañosas de EEUU. Apareció por primera vez en un artículo de 1900 referido a “los blancos de Tennessee que viven en las montañas, se mantienen y visten como pueden, beben whisky si hay a mano y tiran de revolver cuando se le antoja”. A los “hillibillies” se les considera gente individualista, atrasada y violenta que se resiste a la modernización.

                                                                                                                            Wikipedia.en

Soy blanco, pero no me identifico con los blancos, anglosajones y protestantes (WASP, en inglés) del Noreste. Me identifico más bien con los millones de americanos blancos de clase obrera, sin estudios universitarios y de ascendencia escoto-irlandesa (Scots-Irish). Para esta gente la pobreza es una tradición familiar -sus ancestros fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, cosechadores después, mineros, mecánicos y trabajadores de la siderurgia en tiempos recientes. Los americanos les llaman ‘hillbillies’, ‘rednecks’ o ‘white trash’ (basura blanca). Yo les llamo vecinos, amigos y familiares“.

                                                                                                                      Hillbilly Elegy, J. D. Vance

Hillbilly Elegy es una autobiografía escrita por un joven de 31 años -sí, de 31 años- criado en una familia disfuncional de clase obrera que consigue escapar a su destino en el Ohio profundo y alcanzar el anhelado sueño americano. Nada nuevo. El relato fundacional de la mitología americana.

Y, sin embargo, las memorias de este treintañero se han convertido en el libro de la temporada en Estados Unidos. Al autor -abogado por Yale y directivo en un compañía de Silicon Valley– lo reclaman los platós de televisión y su libro se ha aupado a la lista de los best seller del New York Times. Esta misma semana The Economist lo valoraba como “posiblemente el libro reciente más importante sobre América”.

El éxito editorial le debe mucho a su oportuna publicación. Salió a la venta el pasado mes de junio y, pese a que no menciona la campaña presidencial de 2016, son muchos los que han buscado en Hillbilly Elegy la clave que explica la inesperada victoria de Donald Trump: esos cien mil votos de diferencia que inclinaron a favor del candidato republicano estados como Ohio -escenario principal de este libro. Votos decisivos que se atribuyen a los trabajadores blancos que se sienten olvidados por el sistema y despreciados por las élites.

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Que nadie busque explicaciones más allá de lo razonable. Son unas memorias que relatan una peripecia personal. La historia singular de una familia. A partir de ahí, el autor la amplifica hasta elevarla a la categoría de estado de ánimo colectivo. Da por hecho que su caso no es una excepción, sino una experiencia compartida por buena parte de la clase trabajadora del Medio Oeste. El fruto de una “cultura en crisis”. (Aquí dejo algunos datos sobre la clase trabajadora blanca más allá del Rust Belt).

Hillbilly Elegy no es, por tanto, el trabajo de un sociólogo con datos fundamentados, contrastados y contextualizados. A lo sumo, su materia prima. Sociología oral. Y eso es lo bueno y lo malo. Las conclusiones, a menudo discutibles, se compensan con el valor de un relato narrado con la voz y la mirada de un joven que ha nacido y crecido en esa “cultura en crisis” .

El relato es ameno, la voz posee una candidez reveladora pero la mirada está muy lejos de ser compasiva. En la vida y opiniones de J. D. Vance vemos también el desarrollo de una mentalidad conservadora tipicamente americana. Hay reproches y afecto, orgullo y gratitud. Porque, en contra de la estadística, J. D. sí consiguió escapar al ciclo maldito de fracaso escolar, embarazos adolescentes, familia desestructurada, violencia doméstica, drogadicción y desesperanza que aguarda a los hillbillies que crecen en la orfandad industrial del antaño pujante Rust Belt.

Si aceptamos su premisa -hay una “crisis cultural”-, si aceptamos “enfermedad social” como metáfora, J. D. Vance da cuenta de los síntomas, se atreve con un diagnóstico y sugiere un tratamiento.

La caricatura: los españoles nacidos en los 60 recordarán los Hillbilly Bears (Los osos montañeses)

SÍNTOMAS: UNA CULTURA EN CRISIS

Como tantos hillbillies de los Apalaches, a finales de los 40 los abuelos del autor salieron de un valle de Kentucky camino de la prosperidad que prometía el vecino estado de Ohio -en la huida también tuvo algo que ver que ella se quedará embarazada a los 14. Finalmente se establecieron en Middletown, una ciudad de 50.000 habitantes tan poco sugerente como su propio nombre: “la ciudad de en medio” entre Cincinnati y Dayton. Todo en Middletown se debía a la acería Armco, la misma que empleó al abuelo y a tantos otros en los años más gloriosos de la clase obrera americana. Un paraíso perdido -sólo para blancos- que la nostalgia sitúa entre la victoria en la II Guerra Mundial y el discurso del malestar de Jimmy Carter en el 79 (malaise speech).

De puertas afuera, llevaban una vida confortable: “Mi abuelo ganaba una salario inimaginable para los amigos que se habían quedado en Kentucky; le gustaba su trabajo y lo hacía bien; sus hijos iban a escuelas modernas y bien financiadas; y la casa de mi abuela era una mansión en comparación con las de su Jackson natal en Kentucky-200 metros cuadrados, cuatro dormitorios, cañerías modernas”.

Pero…

“Me gustaría contaros cómo mis abuelos prosperaron en su nuevo ambiente, cómo criaron una familia de éxito y cómo tuvieron una jubilación confortable de clase media. Pero eso es una verdad parcial. La verdad completa es que mis abuelos tuvieron que luchar en su nueva vida durante décadas… El objetivo de mis abuelos era salir de Kentucky y ofrecer a sus hijos una ventaja de partida. Los hijos, a su vez, debían llegar más lejos con esa ventaja inicial. Pero no salió exactamente así”.

Los abuelos –Papaw y Mamaw, en dialecto hillbilly- nunca llegaron a escapar del todo a la cultura rústica de sus orígenes. Al fin  y al cabo venían de Kentucky; la tierra de los Hartfield y los McCoys, de clanes belicosos, de lealtad familiar, de justicia expeditiva.

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Leatherwood, Kentucky, 1964. Familia de la Apalachia con 12 hijos.

Un día, ya asentados en Middletown, Papaw y Mamaw destrozaron una tienda porque el vendedor había abroncado al mayor de sus hijos por manosear un juguete caro. El autor cuenta que muchos años después aquel niño -su tío Jimmy- recordaba que en ese tiempo eran “una  familia feliz, normal de clase media” como la que salía en la telecomedia Leave it to Beaver. “A la gente forastera ese comentario le parecerá una majadería. Los padres normales de clase media no destrozan droguerías porque el vendedor ha sido algo rudo con su hijo. Pero deberían juzgarlo con otro criterio. Destrozar algo de mercancía y amenazar al vendedor era normal para Papaw y Mamaw: es lo que hacen en los Apalaches cuando alguien se mete con su hijo”.

Otra mañana la abuela Mamaw cumplió su amenaza: roció con gasolina al Papaw y le pegó fuego mientras dormía en el sofá por volver, otra vez, borracho a casa. La hija de 11 años apagó las llamas y “milagrosamente, el Papaw sobrevivió al episodio con apenas quemaduras leves”. El abuelo dejaría el alcoholismo en el 83. Pero el matrimonio no sobrevivió a las broncas familiares. Ambos siguieron viviendo por separado en la misma ciudad.

La abuela Mamaw -trabajadora, exigente, sin pelos en la lengua y pistola siempre al alcance de la mano- ejerce de figura tutelar del autor, un ancla en el zozobra familiar que acompaña la infancia del pequeño J. D. Sobre la madre cuesta encontrar algún juicio positivo. Terminó con brillantez el instituto, tal vez se habría planteado un futuro universitario, pero el habitual embarazo postgraduación a los 18 años abrió una espiral de relaciones inestables que tuvo un efecto traumático en el pequeño. Un padrastro sucedía a otro, cambios de domicilio, discusiones domésticas, platos y vasos por los aires y para rematarlo la recurrente drogadicción materna.

En una ocasión, la madre, agitadísima, le pidió al adolescente J. D. una muestra de orina para sortear el análisis que le exigían en el hospital donde trabajaba como enfermera. Fue uno de esos momentos que pusieron a prueba la paciencia del hijo. Otro día, un comentario infantil en el coche la irritó de tal modo que se lanzó con el vehículo a toda velocidad por la carretera mientras el niño se acurrucaba aterrorizado en el asiento trasero. Cuando la madre detuvo el coche en el arcén, el niño salió corriendo a pedir ayuda. Una mujer le dio refugio en su casa. La madre le siguió y aporreó la puerta hasta tumbarla pero para entonces la policía ya estaba en camino. J. D. siempre recordará la imagen de su madre esposada camino de la comisaría. A él le metieron en la trasera del otro coche patrulla. Cuando le recogieron sus abuelos…

“El Papaw me puso la mano en la frente y empezó a sollozar. Nunca escuché que hubiera llorado y nunca le había visto yo llorar. Daba por hecho que era tan duro que no lloró ni de bebé. Se mantuvo así durante un rato hasta que oímos a la Mamaw venir hacia el salón. En ese momento se recompuso, se restregó los ojos y salió. Ninguno de los dos volvió a hablar nunca de aquel momento”.

La madre salió de la cárcel bajo fianza acusada de violencia doméstica. Si el asunto no fue a más fue porque convencieron al pequeño de que no declarara contra su progenitora. Por cierto, en la sala del juzgado vislumbró otro mundo. Los abogados y el juez no iban vestidos como su gente con pantalones de faena. Llevaban trajes. Aquella fue la primera vez que le hablaron con “acento de televisión” -el acento neutral de los presentadores de noticiarios. “El trabajador social, el juez y el abogado; todos tenían ‘acento de televisión’ a diferencia de nosotros. La gente que dirigía los tribunales era diferente a nosotros; la gente sometida a los tribunales, no”.


Middletown, a vista de drone

DIAGNÓSTICO: IMPOTENCIA ADQUIRIDA

J. D. -con tanto padre adoptivo, el apellido actual lo escogió relativamente tarde- estuvo al borde del abandono escolar. Si se salvó, fue gracias a su abuela, al cuerpo de Marines y a la universidad de Yale. La abuela le ofreció un hogar estable en un momento crítico. Los Marines le vacunaron contra el derrotismo: uno puede hacer más de lo que cree. Y  Yale le abrió a un nuevo mundo que puso a su alcance el sueño americano; un mundo de élites y contactos totalmente desconocido: aún recuerda cómo escupió la primera vez que probó el agua con gas -no sabía qué significaba “sparkling water“- y el tremendo dilema cuando en una elegante mesa le pidieron que eligiera entre Chardonnay y Cabernet Sauvingnon.

La elegía hillbilly es también una oración de acción de gracias; un relato que trata de inspirar a los que se creen condenados al fracaso; una reconvención a la “cultura en crisis” que le vio crecer.

“Crecí pobre en el Rust Belt, en una ciudad siderúrgica de Ohio que sufre una hemorragia de empleos y esperanza desde que recuerdo… Las estadísticas dicen que a chicos como yo les aguarda un futuro sombrío -si tienen suerte evitarán vivir de la asistencia social; y si no tienen suerte morirán de una sobredosis de heroína como le ha ocurrido a decenas de personas en mi pequeña ciudad el año pasado sin ir más lejos… Es en esta gran región de Appalachia donde las perspectivas  de los blancos de clase obrera son más oscuras. Desde la escasa movilidad social a la pobreza, pasando por el divorcio o la drogadicción, mi tierra es una concentración de miseria… Los blancos son el único grupo racial de EEUU cuya esperanza de vida está disminuyendo”.

¿Qué ha pasado?

J. D. Vance se reconoce en el diagnóstico del sociólogo negro William Julius Wilson en The Truly Disadvantaged:

“Millones de personas emigraron al norte industrial. Las comunidades que brotaron en torno a las fábricas eran vibrantes pero frágiles: cuando las factorías cerraron, la gente se quedó atrapada en ciudades que ya no podían sostener poblaciones tan grandes con empleos de calidad. Los que pudieron -en general, los mejor educados, más acomodados o mejor conectados- se fueron y dejaron atrás a la gente más desfavorecida. Aquellos que se quedaron eran los verdaderos “marginados”, incapaces de encontrar trabajo por su cuenta  y rodeados por comunidades que ofrecían poco en términos de conexión y apoyo social… Quise escribir una carta a Wilson porque reflejaba perfectamente mi hogar. Lo sorprendente es que me identificara tanto, porque Wilson no estaba escribiendo sobre los hillbillies de Appalachia, sino sobre los negros de los guetos urbanos”.

Vance no profundiza en las causas económicas del declive de su “cultura”. Apenas menciona la globalización ni la revolución tecnológica, ni la erosión del poder sindical, ni las políticas que fomentan la desigualdad, ni el estancamiento de los salarios ni su progresiva perdida de peso en la tarta económica del país. Acepta la destrucción creativa del capitalismo, la muerte industrial por pérdida de competitividad.

El problema, argumenta Vance, es la impotencia autoinducida de la cultura hillbilly ante la adversidad económica. “Nuestra elegía es sociológica, sí, pero también va de psicología, de comunidad, de cultura y de fe”.  No le vale escuchar “son menos felices porque tienen menos oportunidades laborales”. A la decadencia económica le ha seguido una decadencia moral. El derrotismo se ha adueñado del paisaje postindustrial. Los hillbillies han sucumbido a una “impotencia adquirida” (learned helplessness)” aderezada con un cinismo rampante.

Cuenta que un conocido suyo dejó un buen empleo porque “estaba harto de madrugar”. Meses después le echaba la culpa en Facebook a la “política económica de Obama“. En el verano antes de ir a la Universidad de Yale coincide trabajando en un almacén de baldosas con un joven de 19 años y con su novia embarazada. “13 dólares la hora era un buen salario en nuestra ciudad, donde alquilar un apartamento decente cuesta 500 al mes”. La chica faltaba al trabajo cada tercer día sin avisar. Su novio sólo se ausentaba un día a la semana, pero siempre llegaba tarde y pasaba más tiempo en el baño que descargando baldosas. Al final, ambos fueron despedidos. “¿Cómo me puede hacer esto?, le gritaba al jefe. ¿No sabe que mi pareja está embarazada?”.

“Hablamos del valor del trabajo duro pero nos decimos que si no estamos trabajando es por una alguna injusticia. Porque Obama cierra las minas de carbón o porque todos los empleos se fueron a China. Son mentiras que nos contamos a nosotros mismos para escapar a la disonancia cognitiva -la falta de conexión entre el mundo que vemos y los valores que predicamos”.

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J. D. Vance, entrevistado en televisión

TRATAMIENTO: LA FAMILIA

¿Qué se puede hacer?

Sí, J. D. tuvo becas y ayudas familiares para ir tirando, pero “el problema está casi por entero en factores que escapan al control del gobierno”. Las medidas del gobierno no son suficientes y a menudo pueden ser contraproducentes. Se abona al discurso contra la asistencia social tan pregonado por los conservadores desde Reagan hasta el Tea Party. Así recuerda su temporada juvenil como cajero de un supermercado:

“Al tiempo que mi trabajo me iba enseñando algo sobre la división de clases en América, también me hizo crecer en mí un cierto resentimiento tanto hacia los ricos como hacia los de mi propia clase. Los dueños de Dillman’s estaban chapados a la antigua así que a la gente con buen crédito le fiaban cuentas que superaban los mil dólares. Si cualquiera de mi familia entraba y salía con una compra de más de mil dólares, le harían pagar de inmediato. Me resultaba odioso que mi jefe tuviera por menos fiable a mi gente que a los que se llevaban la compra a casa en un Cadillac. Pero lo superé: algún día, me decía a mi mismo, yo también tendré mi cuenta de fiado.

También descubrí que la gente hacía trampas con la asistencia social. Compraban dos docenas de paquetes de soda con vales de comida y después los revendían a cambio de dinero en el chino… A menudo desfilaban por la caja hablando con sus móviles. Nunca pude entender por qué nuestra vida era tal lucha mientras que los que vivían de la generosidad del gobierno disfrutaban de lujos que yo sólo podía soñar… Empezamos a ver con desconfianza a nuestros vecinos de clase trabajadora. Nosotros nos esforzábamos por llegar a fin de mes, pero una amplia minoría vivía del paro. Cada dos semanas, cuando recibía el cheque con mi paga, me fijaba en la línea donde figuraba la cantidad que se deducía de mi salario en concepto de impuestos federales y estatales. Con la misma frecuencia, nuestra vecina drogadicta compraba chuletones que yo no me podía permitir y, sin embargo, el gobierno me obligaba a pagárselos”.

El trasvase de la fidelidad demócrata a la republicana en una generación no se explica sólo por la política racial, los valores religiosos y conservadores, escribe Vance, “también porque esa clase blanca trabajadora vio lo que yo vi trabajando en Dillman’s“. La escena explica ese fenómeno tan americano: que los trabajadores blancos voten en contra de sus más inmediatos intereses de clase, que apoyen a millonarios republicanos que bajan impuestos y arremeten contra la asistencia social -más sobre el tema en el polémico What’s the Matter With Kansas.

La tolerancia hacia la desigualdad y la pobreza es mucho mayor en EEUU que en Europa. Un ejemplo reciente. Durante la crisis hipotecaria en España, la indignación contra los desahucios puso en marcha un potente movimiento de apoyo a los afectados. En EEUU, justo al revés. Lo que arrancó fue  un movimiento en contra de las ayudas del gobierno a, entre otros, los amenazados por el desahucio: el Tea PartyFuck the losers’ mortgages

Sostiene Vance que el problema está en casa. Cualquier cura a la “enfermedad” de las clases trabajadoras del Medio Oeste pasa por la restauración de la estabilidad familiar. En un encuentro con un antiguo profesor de su instituto, escucha: “Quieren que seamos pastores de estos chavales, pero nadie quiere fijarse en que muchos de ellos son criados por lobos”.

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J. D. Vance el día de su graduación como marine. J. D. con su sobrina Emma en brazos, a su izquierda la Mamaw y debajo de él, con gafas, su madre

Al final del libro J. D. almuerza en un restaurante de comida rápida con Brian, un niño que nunca ha salido de los Apalaches de Kentucky. Come con voracidad todo lo que le ponen. Quiere algo, pero no se atreve a pedirlo. J. D. le anima: “¿Podría pedir más patatas fritas?”, pregunta. “Tenía hambre. En 2014, en el país más rico de la Tierra, quería comer un poco más pero no se atrevía a pedirlo. Que Dios nos ayude”.

“Cualquier posibilidad que [Brian] tenga reside en la gente que le rodea -su familia, yo, mis semejantes, la comunidad hillbilly. Y si queremos que esa oportunidad se materialice, más vale que nosotros, hillbillies, nos despertemos de una puta vez… Las políticas públicas pueden servir, pero no hay gobierno que pueda arreglarlo por nosotros… Estos problemas no son fruto de los gobiernos ni de las empresas ni de cualquier otro. Los hemos fomentado nosotros y sólo nosotros podemos arreglarlos… Necesitamos crear un espacio para que los J.D. y los Brian del mundo tengan una oportunidad. No se cuál es la respuesta adecuada, pero sé que la empezaremos a encontrar en el momento que dejemos de culpar a Obama a Bush o empresas sin rostro y nos preguntemos a nosotros mismos qué podemos hacer para mejorar”.

CONFIANZA EN QUIEBRA

En su diagnóstico, éste joven conservador de veta tradicional no comparte el discurso de Trump. La culpa no es de los mexicanos ni de los chinos que se han llevado los empleos de la edad dorada; la culpa es de la falta de responsabilidad individual y familiar, de la vagancia y del fatalismo ambiental. Pero también toma distancia respecto al conservadurismo antisistema, “conspiranoico”, que desde hace años campa a sus anchas por el país. Cita el bulo que ha hecho fortuna en estos años: el certificado de nacimiento de Obama. Un 30% de los conservadores blancos cree que el presidente es musulmán; un 32% cree que no nació en EEUU y un 19% no está seguro. En suma, “una mayoría de los conservadores blancos es cree que Obama no es americano”.

Se ha extendido “un profundo escepticismo hacia instituciones fundamentales de nuestra sociedad. No nos fiamos de los telediarios. No confiamos en los políticos. Creemos que el acceso a nuestra universidad -la vía para mejorar nuestras vidas- está amañado contra nosotros. No conseguimos empleos… Si piensas así, no puedes participar de manera significativa en la sociedad. La psicología social ha demostrado que las creencias de un grupo son un poderoso motivador del rendimiento individual”.

J. D. Vance, marine veterano de la guerra de Irak, siente que se está rompiendo el hilo del patriotismo que enhebraba el tejido social. Agradece su salvación, decíamos, a la Mamaw, al cuerpo de Marines y a la Universidad de Yale y, por encima de todo, a los Estados Unidos.

Mamaw tenía dos dioses: Jesucristo y los Estados Unidos de América. Yo no era diferente. Ni ninguno que yo conociera… Mamaw y Papaw me enseñaron que vivía en el mejor país de la Tierra. Esto dio sentido a mi infancia. Cuando los tiempos eran duros, confiaba en que vendrían días mejores porque sabía que vivía en un país que me ofrecía buenas opciones que no encontraría en otros lugares”.

Pero ahora…

“Si el segundo dios de la Mamaw eran los Estados Unidos de América, entonces puede decirse que muchos en mi comunidad están perdiendo algo parecido a una religión. El vínculo que les une a sus vecinos, que les inspiraba de la misma manera que el patriotismo me inspiraba a mí, parece haber desaparecido”.