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siberia carretera miserable

Sólo rezaba por no quedarme tirado en medio de la taiga en plena noche y por no encontrarme con los asaltantes”.

Las primeras líneas de El delirio blanco, la crónica de un viaje a través de Siberia del periodista polaco Jacek Hugo-Bader, remiten inevitablemente a las imágenes de la saga Mad Max.

“Debo de ser el único loco que ha viajado solo y desarmado a través de este espantoso océano de tierra. El deporte favorito de los lugareños es el tiro al blanco. Normalmente circulan por la derecha, pero como los coches son japoneses, el volante lo llevan también a ese lado. Conducen con la mano izquierda, así con la otra pueden sacar fácilmente por la ventana el arma que llevan encima y disparar en marcha contra señales de tráfico, anuncios y paneles informativos… Más o menos cada cien kilómetros, los restos de un coche calcinado. Seguramente se estropearon de noche , en pleno invierno, y los dueños, desesperados, les pegaron fuego para intentar calentarse. Es poco probable que eso les ayudase a sobrevivir

¿Y cómo se sobrevive una noche de invierno en la taiga?

El periodista polaco parte equipado con su experiencia viajera por territorio inhóspìto y una buena lista de recomendaciones imprescindibles:

1-Poner el coche con el capó de cara al viento para evitar que los gases del tubo de escape se cuelen dentro

2-Mantener el motor al ralentí para calentar el coche (sólo consume un litro por hora)

3-No bajar nunca del medio depósito en invierno en Siberia.

4-Antes de echarse a dormir, apagar el motor, porque si al viento le da por cambiar de dirección durante la noche, ya no despertarás.

5-Fijar la alarma del teléfono cada dos horas para levantarse y poner el coche al ralentí durante 15 minutos, a 30º bajo cero tienes que hacer esto si quieres que el coche arranque por la mañana. El frío extremo deja el aceite denso como la plastilina.

6-Llevar siempre un hacha. Si el móvil se queda sin batería y no despiertas hasta la mañana siguiente, tendrás que cortar leña y hacer una hoguera.

7-Para encender la hoguera en medio del frío espantoso, la nieve y el viento, necesitas llevar preparado un bidón con una mezcla al 50% de gasolina y aceite del motor.

8-Si te quedas tirado en la estepa no hay leña y por eso debes llevar una caja con leña de reserva desde Moscú.

9-La pala. No olvides la pala. Te servirá para prender encima la hoguera y colocarla debajo del coche, sólo así se calienta el motor (también se puede utilizar un soplete)

10-Si el frío es salvaje, te quedas dormido y sin batería, necesitas una segunda batería conectada desde la salida a la primera por unos cables…

Hugo-Bader acepta el desafío extremo para confrontar la realidad con los restos de una utopía; la que describieron otros dos reporteros, Mijaíl Vasíliev y Serguéi Gúschev, en su Informe desde el siglo XXI. El trabajo se lo encargó del  Komsomólskaya Pravda en 1957: debían imaginar cómo sería la Unión Soviética 50 años después, en el 90 aniversario de la revolución bolchevique. Cuando en 2007 se cumplió el aniversario, hacía 16 años que la Unión Soviética había dejado de existir. Las predicciones de Vasíliev y Gúschev se disolvieron en el tiempo y el espacio como el país de los soviets.

El delirio blanco rescata aquel futuro imaginado como pretexto para emprender un viaje de 13.000 kilómetros entre Moscú y Vladivostok en el invierno de ese año 2007. La historia reciente ha convertido las ensoñaciones de los periodistas soviéticos en contrapunto sarcástico en manos de Hugo-Bader. Un ejemplo: después de sumergirnos en la epidemia de sida en Rusia, el capítulo se cierra con este fragmento del Informe desde el siglo XXI: “Con la llegada del siglo XXI habremos vencido la mayoría de las enfermedades que todavía hoy nos atemorizan y lo habremos hecho  de forma taxativa. Las únicas que no podremos curar del todo serán el cáncer y las enfermedades mentales y cardiovasculares… Pero no cabe duda de que a principios del siglo XXI estas enfermedades serán tan graves como lo es hoy una neumonía. ¿Qué harán entonces los médicos? La medicina preventiva, las condiciones sanitarias y la higiene les resultarán muy aburridas, de manera que desarrollarán una nueva, importantísima e inagotable tarea: el perfeccionamiento de un organismo humano sano“.

hugo bader con jeep ruso
Jacek Hugo-Bader, apoyado en su lazhik

En Moscú, Hugo-Bader se hace con un UAZ-469 de segunda mano, también conocido como “jeep soviético” o “lazhik”, que en ruso significa “aquel que se mete en cualquier parte”. Precio con puesta a punto: unos 5.500 euros.  “De los tres meses de viaje sólo pasó un día en la calle sin que nadie lo vigilase… Qué barbaridad de gente hace falta [en Rusia] para vigilar cada cosa, cada persona, cada sitio. Porque no son sólo los coches. Vigilan casas, personas, jardines, cosechas, bosques, animales domésticos, animales en libertad… Decenas, centenares de miles, millones de hombres que lo único que hacen es controlar… asegurarse de que nadie robe lo que sea que están vigilando. Millones de porteros, vigilantes, seguratas, gorilas y guardias nacidos sólo para vigilar. Si les pregunto a cinco rusos a qué se dedican, casi seguro que uno será conductor y dos trabajarán en seguridad. Eso sin contar los policías. Un ejército de un millón y medio de personas“.

En El delirio blanco –apuntes para una antropología de la marginalidad postsoviética- el periodista polaco se cruza con músicos underground, tribus de la taiga al borde de la extinción, supervivientes de los ensayos nucleares, una secta que venera a un Jesucristo reencarnado en Siberia, chamanas que regresaron del gulag, hippies de los años 70… Sí, también hubo hippies en la Rusia soviética. Y serlo salía más caro que en San Francisco por la proverbial incapacidad del comunismo para digerir cualquier movimiento alternativo. El sistema les aplicó la terapia común a las disidencias en los años grises de Breznev: sólo podía entenderse y tratarse como una enfermedad mental. La carrera de la mayoría de los hippies comenzó en una durka, un psiquiátrico. Bep estuvo cinco veces:

Para nosotros eran como santuarios, lugares sagrados donde, junto a los enfermos, había también encerrados disidentes, intelectuales, indomables, hippies y una gran cantidad de personas excepcionales a quienes la psiquiatría soviética consideraba locos. Yo estuve encerrado en compañía del músico Volodia Vysotski, de un tipo que secuestró una apisonadora y se puso a dar vueltas por Moscú, y de uno que reventó la puerta de un puesto callejero donde vendían cerveza y se pasó la noche haciendo viajes con cubos para llevarse la cerveza a casa. Cuando lo detuvieron a la mañana siguiente ya había llenado la bañera y el acuario. En 1989 conocí en una durka a un artista plástico que estaba perfectamente cuerdo y que había hecho un cartel que decía: “Comunistas fuera de Afganistán” y lo había colgado del balcón.

-¿De qué balcón?

-Del de su casa.

-Entonces estaba chiflado. ¿Y te sorprende que se lo llevaran los loqueros?

-Cuando llegué hacía diez años que estaba allí. Y allí seguía cuando me soltaron“.

Hugo-Bader salta de la crónica al diálogo de una entrevista, del diccionario como formato narrativo a la anotación de un diario, pero su escritura fragmentaria avanza siempre pegada al barro de la taiga. El periodista habla, escucha y huele a todos. En casas, coches, calles de Moscú, tugurios siberianos, orfanatos en la taiga, minas radiactivas… Decenas y decenas de entrevistas engarzadas en un recorrido alucinante por los márgenes del derrumbamiento soviético. La materia prima del reporterismo en estado puro.

Estremece su inmersión en la epidemia de sida que Rusia censura y minusvalora. Las cifras no oficiales alcanzan dimensiones africanas. Hasta tres millones de seropositivos, el 2% de la población, según ONU/SIDA; las ONG rusas elevan la cifra a cuatro millones. Resumo alguna historia:

Sergei acaba de interrumpuir el tratamiento contra el virus para curarse un poco del hígado, muy castigado por la hepatitis, las drogas y el alcohol. El estado de su hígado le preocupa más que el VIH, y los dos tratamientos se estorban entre sí. En Alcohólicos Anónimos conoció a la bella Larisa, una divorciada cuarentona cuyo marido se llevó a su único hijo porque ella bebía. Larisa es su cuarta mujer. Ella no tenía el virus. Después del primer año dejaron de tomar precauciones. Del uso del preservativo pasaron a la marcha atrás. Y todo pese a que Sergei conoce de sobra los riegos. Trabaja en una ONG que lucha contra el sida

-Joder. Seguro que sabéis que el virus no está sólo en el semen sino también en el líquido seminal.

-Claro, pero tenía esa fantasía de que si no terminaba… -Veo que está a punto de explotar-. ¡Hostia puta! ¡No me agobies! ¡Era ella la que me rogaba que me corriese dentro! ¿Entiendes? Yo tenía cuarenta años y por primera vez en mi vida estaba enamorado. Al cabo de dos años ella también era portadora. El año pasado…

-¿Has contagiado a la mujer que amabas?

-Ella quería tener la enfermedad. Porque yo la tenía.

-¿Qué gilipollez es esa?

-No es ninguna gilipollez. No tienes ni idea de cómo son las mujeres rusas. Irían hasta el fin del mundo, incluso daría la vida por el hombre al que aman. Aquí es lo normal. ¡Les encanta sacrificarse, entregar su vida como ofrenda! ¡He conocido a docenas de mujeres así!”.

rusia campaña antialcohol

El sida nos golpea en las primeras páginas, pero la verdadera epidemia que recorre todo el libro es el alcoholismo. Les marca incluso desde antes de nacer. Svetlana Izambáyeva, “Miss Seropositiva 2005”, nació antes de tiempo porque su madre “se cayó”.

“-Estaba borracha

-¿Cómo lo sabes?

-¿Por qué suele caerse la gente en Rusia?

-Es verdad. El alcoholismo es terrible. Yo he crecido en un mundo de alcohólicos. Mi familia era así. Mi papá bebía muchísimo. Luego venían las broncas, él pegaba a mi madre, yo me ponía en medio… En mi casa uno de mis abuelos bebía, el otro también, mis padres… Es toda una tradición. Lo típico de los koljoses y de Rusia. Es una epidemia terrible, una peste, una plaga. Viajo por los koljoses a visitar a las chicas y todas son como yo. De familias parecidas, así que se echaban a la calle en busca de amor, caían en las drogas, pillaban el virus“.

Del omnipresente espectro del alcoholismo sale el título del libro. El “delirio blanco” no es otra cosa que el delirium tremens. Se ceba en especial con indígenas siberianos como los evenkos. El vodka “es su Zyklon B, sólo que actúa más despacio“. Como otros pueblos del extremo oriente, apenas tienen tolerancia al alcohol: “Lo primero es que se desploman tras ingerir una dosis de alcohol con la que un ruso, un polaco e incluso un alemán podría conducir un coche sin problemas“. Después de beber les puede dar por quitarse la ropa aunque haga un frío espantoso, saltar a los ríos helados desde los puentes o quedarse sentados en medio de las carreteras más transitadas. A los coches les toca esquivarlos. En uno de sus mejores capítulos, el periodista reconstruye el destino de la brigada número uno del sovjós de Udárnik, en el distrito de Amur, al este de Siberia: tres mil quinientos renos y diecisiete pastores evenkos, entre ellos dos mujeres y dos chicos de catorce años.

En diciembre de 1991 se derrumba la Unión Soviética y en la brigada número uno muere Sasha Yákovlev. El río helado cedió bajo sus pies mientras cruzaba con el rebaño. Sasha terminó sus estudios en la escuela de aviación que hay en la ciudad, se casó y tuvo un hijo. Luego se divorció, regresó a su aldea natal y empezó a beber sin parar. Tenía treinta años. En la brigada quedaron dieciséis pastores“.

Yura, el jefe de la brigada, salió de la tienda después de una borrachera tremenda y corrió sin detenerse durante dos días y dos noches, sin chaqueta ni gorro en noches de 40 bajo cero. El cazador ruso que lo encontró “vio los inmensos y aterrorizados ojos de Yura y las pupilas extrañamente dilatadas, así que ya no preguntó nada. Al instante reconoció el delirio blanco“. Ya sólo quedaron quince pastores.

El día que se llevaron la carne de los renos muertos, Serguéi Sifronov “se emborrachó, cayó al suelo, se rompió la cabeza y se congeló“. En la brigada quedaron catorce pastores.

Otro Serguéi, Trífanov, se pegó un tiro en el pecho después de beber sin parar por desesperación. Lo mismo hicieron Pável y Sasha. “Se van a la taiga, se acaba el vodka, se les pasa la borrachera, y es cuando empiezan las alucinaciones, el delirio blanco“-explica la evenka Yelena.

Guena Yákovlev celebró con una borrachera su trigésimo quinto cumpleaños. Cuando se quedó solo, la estufa prendió las pieles de los renos y se quemó vivo en su tienda.

Rimma recuerda como su pareja, Slava, solía irse a la taiga durante tres o cuatro meses, luego volvía al pueblo y bebía sin parar. Cuando se le pasaba la borrachera, volvía  a casa. Era entonces “cuando empezaba la peor parte. El delirio blanco. Llega más tarde, después de pasarse con la bebida. Veía cosas, oía cosas… Una vez le dolía muchísimo la cabeza y algo empezó a susurrarle en el oído: `coge un arma y hazte un agujero en la cabeza, todo el dolor se irá por ahí´. Conseguí quitarle el rifle en el último momento. O una voz que le decía: `sal fuera y corre, corre, corre…´Se volvía loco y empezaba a disparar contra animales invisibles. Veía demonios. Solía ver a su padre que había muerto tiempo atrás“.

En dieciséis años, los diecisiete pastores de la brigada número uno del sovjós de Udárnik desaparecieron. “Veo cómo van cayendo, cómo se extinguen“, responde la doctora Lubov Passar, ella misma de la tribu Udegue. “Un exterminio. Una aniquilación física. Naciones enteras beben hasta morir y desaparecen de la faz de la tierra“.

En 2007 quedaban 35.500 evenkos, 237 yenets, doce alutor, ocho kerek. “De los 346 orok que quedan, apenas tres pueden hablar su idioma, cosa que no puede hacer ninguno de los 276 taz“.

semipalatinsk nuclear landscape
El Polígono nuclear de Semipalátinsk (Kazajstán)

En la ruta de Moscú a Vladivostok, Hugo-Bader nos cuenta su paso por las ciudades secretas del programa nuclear soviético en Kazajstán como un descenso dantesco a los infiernos. En el primer círculo, el almacén de los recursos didácticos. Allí se guardan en formalina los fetos deformados por la exposición a la radiactividad.

Cuando era estudiante –cuenta nuestro guía, el profesor Urazalin– quería especializarme en obstetricia, pero cuando me encontré con dos partos así durante mi período de prácticas, se me quitó rápidamente la idea de la cabeza como guía. Aún asi tuve que acabar las prácticas. Pese a ser un comunista comprometido, antes de cada parto rezaba para que saliese un ser humano normal. Soy médico, maldita sea, pero todo esto todavía me perturba. Así que me hice dermatólogo“.

Tercer círculo: el infame Polígono de Semipalátinsk en la estepa kazaja. Un área de 18.000 km2 -equivalente a la provincia de Zaragoza- en la que se realizaron trescientas pruebas nucleares subterráneas. La disolución de las granjas colectivas- los koljoses- y el trastorno económico que acompañó a la caída del comunismo sumió en la penuria a los habitantes de la zona. Hasta que alguién descubrió que en el centro del Polígono, en la montaña de Deguelén había un tesoro: grandes vetas de hilo de cobre. Poco les importó que bajo esa montaña la URSS hubiera realizado 209 explosiones nucleares subterráneas. Pese a los enormes riesgos, se desató la fiebre del cobre.

La gente se muere en las galerías y muere” -le cuenta Danier un antiguo koljosiano-. Cada pocos días desaparece alguno. El mayo pasado, entraron cuatro y ya no volvieron. De los que fueron después a intentar rescatarlos, tres murieron en la galería, al cuarto le pasa algo en la cabeza y lo han mandado con los loqueros, y el quinto, hace dos semanas, se cortó el cuello, y eso que solo estuvieron una hora en esa galería. El demonio sabrá lo que hay ahí dentro: vapores o a lo mejor gases de escape: estaban sacando agua con una bomba. Yo creo que fue el mal, porque al que se suicidó se le fue todo el pelo: cejas, pestañas, hasta el de sus partes; lo vi cuando lo estuve vistiendo para ponerlo en el ataúd“.

Hugo Bader se adentra en las galerías excavadas en la ladera de la montaña hasta que la radiactividad supera los límites que se ha impuesto. “Mil ciento setenta microroentgens por hora. Es hora de largarse“. En su ruta por el paisaje postnuclear, se asoma a un cráter donde no crece ni la hierba. Al fondo un pequeño lago, Kelkem-1, el lugar más radiactivo del planeta, cuatrocientas veces superior a la norma. Y por todas partes suicidios, enfermos y muerte por radiactividad. El delirio blanco refuerza una impresión que aún perdura desde los tiempos de la Rusia soviética. El escaso valor de la vida individual ante una utopía y un horizonte sin límites. Los millones de muertos por las hambrunas de la colectivización agrícola en los años 30, los cientos de miles de soldados caidos en las embestidas de Zukhov y Koniev contra la Wehrmacht nazi, los centenares de hombres, mujeres y niños afectados por el programa nuclear… Como si el vasto territorio redujera el valor de la vida humana; hombres y mujeres, puntos perdidos en un paisaje que les devora.

Y con todo, el periodista encuentra en esta remota provincia de Kazajstan a quien añora los viejos tiempos del país de los soviets. Larisa Yákovlevna, la mujer del coronel al mando de las pruebas nucleares en la última etapa de la URSS. Están a la espera de un alojamiento para trasladarse a Rusia.

Antes en nuestra escalera solo vivíamos rusos, ahora se han mudado dos familias kazajas. No es que tenga nada en contra suya, pero son diferentes, desagradables, están por todas partes, escupen en la escalera, pese a que no se construyó para ellos. Estamos en casa, pero ya no es nuestra casa“.

Larissa está orgullosa del trabajo de su marido ahora gravemente enfermo. “Por supuesto, hizo cosas excepcionales. El Partido le confió los mayores secretos de la Unión Soviética… Hizo cosas importantes, para el equilibrio del poder en el mundo, para la paz“. Añora los desfiles del nueve de mayo. Los soldados marchaban con paso ceremonioso, “¡tan aseados, tan extremadamente elegantes, tan inteligentes! Nuestros maridos iban al frente y nosotras, las mujeres con vestidos suaves, abrigos finos, con los niños esperándolos. Risas, alegría, globos, claveles rojos… y de repente todo ha terminado. Esa era mi vida. Daría lo que fuese por recuperarla“.

kalashnikov
Mijaíl Kaláshnikov y su celebre AK-47

Los nostálgicos como Larisa no abundan. El más destacado, Mijail Kaláshnikov, el creador del mítico fusil que lleva su nombre. Hugo-Bader le encuentra en Izhvesk, “una ciudad bastante fea situada en los Urales“, que hasta 1991 fue otro de esos enclaves secretos de la Unión Soviética. Tal vez sea el capítulo menos original si no fuera por el duro interrogatorio que el periodista polaco emplea con el anciano (murió en 2013, a los 94 años):

-Quizá para acabar estaría bien hablar de Stalin. ¿Sabía usted de sus crímenes, Mijaíl Timoféyevich?

-No sabía nada.

-Ahora todo el mundo dice que nunca oyó hablar de los gulags.

-Le diré algo: aquí es difícil enterarse de las cosas. Todo eso sucedió en algún sitio remoto, allá arriba, nosotros estábamos muy lejos.

-En una entrevista en Ogoniok dijo que le resultaba difícil borrar de un plumazo setenta años de historia de la Unión Soviética.

-Desde luego…

-Usted preguntaba si alguien era capaz de demostrarle que habían cometido una equivocación. Yo se lo puedo demostrar. Los comunistas son responsables de la muerte de diez millones de ciudadanos soviéticos. Un millón y medio de mis compatriotas perdieron la vida en su patria.

-Yo estaba muy alejado de esas cosas.

-¿Sabía usted, Mijaíl Timoféyevich, que a su fusil automático lo llaman el arma de los terroristas?

Pero Mijaíl  Timoféyevich ya no escucha. Está de pie, en medio de la habitación, dejando claro que la conversación ha terminado. Enciende la televisión y salen unos armenios. Llevan las manos en la cabeza. Detrás van unos azeríes. En las manos llevan unos Kaláshnikovs“.

El delirio blanco, crónica de la marginalidad en territorio hostil, no aspira a ser un corte representativo de la sociedad rusa. Es periodismo, no sociología.  Nos quedamos con una decepción que se repite cada vez que miramos al este de Europa: el absoluto fracaso de la pedagogía comunista. 70 años de educación en  los valores socialistas y en la exaltación de la solidaridad apenas han dejado marca en el Homo Postsovieticus. Viajamos por un invierno siberiano salvaje, oscuro y vacío de esperanza. ¿Dónde quedó el nuevo hombre  que soñaron los “ingenieros de almas”? Al hermanamiento de los pueblos le ha sustituido la xenofobia, a la generosidad, el recelo, al compromiso, la indiferencia.

Una hora y media junto a la carretera cubierto de sangre luchando contra el frío, la nieve y la ventisca. Nadie se detiene. Solo el de la furgoneta, que me ha visto dando vueltas de campana por la carretera…

-¿Estás vivo?-me grita desde lejos.

-¡Sí!

-¡Pues que vaya bien!

-¡Oye! -le grito espantado-. ¡Espera! ¡Ayúdame a salir de aquí!

-¡Ahora voy! Espera que apague el motor -dice, se mete en la cabina y se larga.

Después de detener su hemorragia con nieve se pone, pala en mano, a excavar una zanja para abrirse un camino en la nieve:

Trabajo en la oscuridad durante una hora y media. Cada dos por tres me iluminan las luces de los coches que pasan, pero nadie para. Antes de salir de Moscú, mis amigos me advirtieron que nadie se detendría por la noche, aunque echase un montón de diamantes por el suelo. Por el miedo a los rekiet, a las emboscadas… De los trece mil kilómetros que recorrí de Moscú a Vladivostok, tres mil no tenían ningún tipo de pavimento. Y no me creo todo ese cuento del miedo a la gente peligrosa que hay en los caminos. Esto es un síntoma de una enfermedad social muy distinta que ha afectado a los rusos: la indiferencia. Una indiferencia terrible y fría, que en su forma más radical se convierte en un desdén profundo, irracional y espontáneo“.

siberia invierno dos

volpi

¿En qué momento salta la chispa que enciende una vocación literaria? El escritor mexicano Jorge Volpi (Ciudad de México, 1968) busca la suya en una rutina de sus años mozos. A las dos en punto, mientras se servían los platos de la comida familiar, el padre les contaba relatos que empezaban siempre con esta introducción: “Hagamos un jirón en el telón que cubre la noche de la historia para contarles lo siguiente, hijos míos”.

El repertorio, recuerda Volpi en su último libro, Examen de mi padre, incluía historias de la Revolución francesa, del Imperio romano, argumentos condensados de las novelas de Dumas, Hugo, Verne y Salgari, sinopsis de óperas como Rigoletto o Madame Butterfly… “Nosotros le escuchábamos embobados. Cuando he querido hallar el origen de mi pasión por las historias –más que por `la literatura´-, llego sin falta a este episodio… Su talento como narrador me sorprendió desde niño y supongo que escribo libros porque aspiro a prolongar su pasión por los relatos”.

La escritura de Examen de mi padre ha sido la forma en que Jorge Volpi ha llevado el luto por la muerte de su progenitor en 2014.  “Un ejercicio para tratar de entender mejor a mi padre, a mí, la relación que tuvimos y seguimos teniendo y tratar de entender mejor a México”, me dice en la Casa de América en Madrid, donde hemos quedado para pedirle que se sume a la red de Alumni-USAL.

[Volpi pasó tres años en la Universidad de Salamanca. Vino a finales de los 90, atraído por su amigo, escritor y antiguo alumno de la USAL, Ignacio Padilla, fallecido el pasado verano en un accidente de tráfico. En Salamanca, se doctoró en Hispánicas y escribió una de sus novelas más célebres, En busca de Klingsor. Ahora ha vuelto brevemente para afianzar la colaboración entre nuestra universidad y la Universidad Nacional Autónoma de México, donde dirige su potente servicio de difusión cultural. Aquí puede verse su reciente entrevista a la TV de la USAL]

Volpi padre fue un médico-cirujano con una vasta educación humanística. “Su idea de la felicidad era pasarse una tarde lluviosa encerrado en un quirófano acompañado por música de ópera”, nos cuenta su hijo. Obsesivo, meticuloso, contradictorio, católico y conservador –más que nada por ir a la contra en el México dominado por el sempiterno PRI-. Un hombre fuera de su tiempo y lugar. “Se veía como un italiano atrapado en México por error”. Y sin embargo apenas salió del país. Detestaba viajar. Nunca pisó Europa, pero -como cuentan de Lezama Lima- sus lecturas le permitían recorrer mentalmente con precisión de cartógrafo las calles de París y Roma. Veneraba por encima de todo a Dumas y Hugo y despreciaba la literatura en español con tal ahínco que, cuando su hijo le recomendó vivamente Cien años de soledad, prefirió leerla ¡en italiano! No obstante, supo vencer la contrariedad inicial de tener un escritor en español en la familia: “Vio cómo me convertí en escritor y al cabo aplaudió mi elección”.

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examen de mi padre

muerte en león

¿Qué lleva a tres mujeres con una vida cómoda en una apacible ciudad de provincias española a cometer un asesinato? Uno podría entender que alguien presa de un arrebato transitorio mate, incluso podría entender que una sola persona se obsesione hasta el punto de ver en el asesinato la única salida, pero ¿qué tres mujeres con una vida aparentemente “normal” se pongan de acuerdo en planificar y cometer un crimen? ¿Ninguna temió que todo saliera mal y el crimen, además de acabar con la víctima, les arruinara la vida? Hay más. Hablamos de tres personas que, por oficio o cercanía familiar, las tres tenían contacto con el mundo policial ¿ninguna de las tres sabía que el crimen perfecto empieza a rozar la imposibilidad en nuestros días de móviles y cámaras por doquier?

Muerte en León, el último documental de Justin Webster -británico afincado en Barcelona y autor del magnífico Seré asesinado y, más recientemente, de El fin de ETAtrata de responder a las preguntas que rodean el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, el 12 de mayo de 2014. La investigación policial y el proceso judicial dieron la respuesta, digamos, forense del caso, pero la incredulidad aún impregna el aire de la ciudad: “¿Cómo puede una mujer, un ama de casa, llegar a matar a una presidenta de la diputación de tres disparos? ¿Cómo es posible llegar a eso en una mente normal? Ese es el tema fundamental”, se pregunta ante la cámara Matías Llorente, diputado provincial que no pasaba por ser el mejor amigo de la víctima.

A lo largo de cuatro episodios de una hora -en línea con series documentales de tema criminal, factura y éxito reciente como la oscarizada O. J., Made in America, Making a Murderer o The Jinx-, Webster explora el asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, a manos de Montserrat González con la complicidad de su hija Triana y de la amiga de su hija y agente de la policía local, Raquel Gago.Y el resultado está a la altura de las citadas series norteamericanas. Destaco especialmente la calidad de las entrevistas, la edición del juicio y una estructura narrativa que en ningún momento pierde al espectador.

La justicia condenó a Montserrat a 22 años de cárcel, a Triana a 20 como cooperadora necesaria y a Raquel a 14 como cómplice. La “verdad” judicial, sancionada en noviembre de 2016 por el Tribunal Supremo, establece que las tres se concertaron para cometer el crimen aquel día de mayo de 2014. Pese a la confesión de Montserrat, aún son muchos los que expresan incredulidad. Ni las que la conocían mejor, consiguen explicarse su conducta “por mucho odio que tuviera”. Los psicólogos han dictaminado que la asesina confesa se encuentra en sus cabales y ella nunca ha mostrado signo de arrepentimiento. ¿En qué momento decidió cruzar la línea roja esta señora de Mercedes SLK y marido comisario de policía en Astorga? “Sólo pensé en hacerlo, no en las consecuencias”, responde en una entrevista telefónica desde la cárcel. “Veía a Triana muy mal. Lo hice porque no querían ir al entierro de mi hija”.

A partir de un duro enfrentamiento, sostiene la defensa, Triana se sintió víctima del acoso y castigo de quien fuera su jefa. Sintió que su futuro en la diputación estaba truncado mientras continuara Isabel Carrasco. La obsesión de la hija envenenó la cabeza de la madre hasta llevarla a una conclusión delirante: cuando Montserrat supo que en la guerra de facciones del PP leonés Rajoy había terciado en favor de Carrasco, decidió matarla. ¿Cómo es posible que no vieran otra salida? Triana era ingeniera de telecomunicaciones. Había trabajado en Alemania ¿No podía buscar otro empleo en otra ciudad? A los ojos de madre e hija, León se revela como una ciudad cerrada de la que estos personajes, como en la película de Buñuel, son incapaces de escapar.

Muerte en León se apoya en la vista oral, en entrevistas y en material de archivo para conducirnos hasta la conclusión judicial. Las reconstrucciones se reducen al mínimo. Sólo en los últimos minutos introduce algunas incógnitas no despejadas del caso. Baste decir -no vamos a reventarlo- que deja en el aire la sospecha de una teoría conspirativa. Pero no es sólo este golpe de efecto lo que, a mi juicio, hace recomendable la serie. Hay al menos otras dos razones.

La primera, que hay que llamar la atención sobre este magnífico documental porque corre el riesgo de pasar sin pena de gloria por la incuria de su productora y emisora, Movistar+. Quien quiera verlo legalmente tendrá que zambullirse en su desordenada plataforma, rastrear en la pestaña de documentales y ver si lo encuentra entre “Yellowstone, el gran deshielo”, los documentales romanos de Mary Beard, “Mayday, catástrofes aéreas” y la Primera Guerra Mundial en color… Un sindiós.

La segunda razón tiene que ver con lo que documental desvela sobre la vida tranquila pero también asfixiante de una de esas capitales de provincia de la España interior y vacía. León. El páramo y el gótico. La pausa comercial de mediodía para ir a comer a casa. Una España conservadora donde el PP se confunde con el paisaje;  donde los partidos políticos ejercen el poder como agencias de colocación y repartidores del presupuesto; donde la peor oposición la forman los descontentos de tu propio partido; donde los afectos y los odios se cruzan por la calle; donde, lo sabemos bien, el empleo es un bien escaso y “colocarse” un vocablo que empieza a caer en desuso; donde la máxima aspiración es sacar una oposición a funcionario y, si es posible, no muy lejos de la casa familiar. No es casual que unas oposiciones a la diputación se conviertan en el particular Watergate leonés de Isabel Carrasco: demasiados parientes de alcaldes y otros cargos del PP coparon las primeras plazas. No es casual que Triana iniciara su camino sin retorno a raíz de su fracaso en otras oposiciones a la diputación: no han querido pasarle las preguntas para un puesto que considera hecho a su medida. Somatiza el suspenso como parte de la persecución a la que se siente sometida desde que cayera en desgracia ante Isabel Carrasco. Y sabía que no era la única: “De Isabel estaba hablando mal mucha gente, si encima ahí hablan todos mal con la misma, pues al final puede pasar lo que ha pasado”, comenta el diputado Matías Llorente. Nadie desmiente que fuera todo un carácter. Con el crimen aún en las primeras páginas, una pintada macabra y fugaz apareció en la pasarela sobre el río Bernesga donde fue asesinada la presidenta: “Aquí murió un bicho”.

Al final del documental, la periodista Ángela Domínguez lanza una reflexión: “¿En qué medida la ambición se convierte en una perversión y además, al verse truncada, genera odio? Pues también no solamente por la maldad que reinaba y reina en Montserrat y que posiblemente estaba azuzada por su hija Triana y por la complicidad torpe y necia también de Raquel. Había algo más. Había un ambiente propicio para que esto sucediera. Y ese es el gran error. Esa es la culpa que debería pesar sobre todo León”.

Un “ambiente propicio”. Esas palabras me trajeron el recuerdo de un relato de Borges, El hombre en el umbral (El Aleph): “No hay un alma en esta ciudad (pude sospechar) que no sepa el secreto y que no haya jurado guardarlo”.

 

 

 

middletown-blanco-y-negro
Middletown, Ohio

Hillbilly: término, a menudo despectivo, para referirse a los habitantes de zonas rurales y montañosas de EEUU. Apareció por primera vez en un artículo de 1900 referido a “los blancos de Tennessee que viven en las montañas, se mantienen y visten como pueden, beben whisky si hay a mano y tiran de revolver cuando se le antoja”. A los “hillibillies” se les considera gente individualista, atrasada y violenta que se resiste a la modernización.

                                                                                                                            Wikipedia.en

Soy blanco, pero no me identifico con los blancos, anglosajones y protestantes (WASP, en inglés) del Noreste. Me identifico más bien con los millones de americanos blancos de clase obrera, sin estudios universitarios y de ascendencia escoto-irlandesa (Scots-Irish). Para esta gente la pobreza es una tradición familiar -sus ancestros fueron jornaleros en la economía esclavista del Sur, cosechadores después, mineros, mecánicos y trabajadores de la siderurgia en tiempos recientes. Los americanos les llaman ‘hillbillies’, ‘rednecks’ o ‘white trash’ (basura blanca). Yo les llamo vecinos, amigos y familiares“.

                                                                                                                      Hillbilly Elegy, J. D. Vance

Hillbilly Elegy es una autobiografía escrita por un joven de 31 años -sí, de 31 años- criado en una familia disfuncional de clase obrera que consigue escapar a su destino en el Ohio profundo y alcanzar el anhelado sueño americano. Nada nuevo. El relato fundacional de la mitología americana.

Y, sin embargo, las memorias de este treintañero se han convertido en el libro de la temporada en Estados Unidos. Al autor -abogado por Yale y directivo en un compañía de Silicon Valley– lo reclaman los platós de televisión y su libro se ha aupado a la lista de los best seller del New York Times. Esta misma semana The Economist lo valoraba como “posiblemente el libro reciente más importante sobre América”.

El éxito editorial le debe mucho a su oportuna publicación. Salió a la venta el pasado mes de junio y, pese a que no menciona la campaña presidencial de 2016, son muchos los que han buscado en Hillbilly Elegy la clave que explica la inesperada victoria de Donald Trump: esos cien mil votos de diferencia que inclinaron a favor del candidato republicano estados como Ohio -escenario principal de este libro. Votos decisivos que se atribuyen a los trabajadores blancos que se sienten olvidados por el sistema y despreciados por las élites.

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Que nadie busque explicaciones más allá de lo razonable. Son unas memorias que relatan una peripecia personal. La historia singular de una familia. A partir de ahí, el autor la amplifica hasta elevarla a la categoría de estado de ánimo colectivo. Da por hecho que su caso no es una excepción, sino una experiencia compartida por buena parte de la clase trabajadora del Medio Oeste. El fruto de una “cultura en crisis”. (Aquí dejo algunos datos sobre la clase trabajadora blanca más allá del Rust Belt).

Hillbilly Elegy no es, por tanto, el trabajo de un sociólogo con datos fundamentados, contrastados y contextualizados. A lo sumo, su materia prima. Sociología oral. Y eso es lo bueno y lo malo. Las conclusiones, a menudo discutibles, se compensan con el valor de un relato narrado con la voz y la mirada de un joven que ha nacido y crecido en esa “cultura en crisis” .

El relato es ameno, la voz posee una candidez reveladora pero la mirada está muy lejos de ser compasiva. En la vida y opiniones de J. D. Vance vemos también el desarrollo de una mentalidad conservadora tipicamente americana. Hay reproches y afecto, orgullo y gratitud. Porque, en contra de la estadística, J. D. sí consiguió escapar al ciclo maldito de fracaso escolar, embarazos adolescentes, familia desestructurada, violencia doméstica, drogadicción y desesperanza que aguarda a los hillbillies que crecen en la orfandad industrial del antaño pujante Rust Belt.

Si aceptamos su premisa -hay una “crisis cultural”-, si aceptamos “enfermedad social” como metáfora, J. D. Vance da cuenta de los síntomas, se atreve con un diagnóstico y sugiere un tratamiento.

La caricatura: los españoles nacidos en los 60 recordarán los Hillbilly Bears (Los osos montañeses)

SÍNTOMAS: UNA CULTURA EN CRISIS

Como tantos hillbillies de los Apalaches, a finales de los 40 los abuelos del autor salieron de un valle de Kentucky camino de la prosperidad que prometía el vecino estado de Ohio -en la huida también tuvo algo que ver que ella se quedará embarazada a los 14. Finalmente se establecieron en Middletown, una ciudad de 50.000 habitantes tan poco sugerente como su propio nombre: “la ciudad de en medio” entre Cincinnati y Dayton. Todo en Middletown se debía a la acería Armco, la misma que empleó al abuelo y a tantos otros en los años más gloriosos de la clase obrera americana. Un paraíso perdido -sólo para blancos- que la nostalgia sitúa entre la victoria en la II Guerra Mundial y el discurso del malestar de Jimmy Carter en el 79 (malaise speech).

De puertas afuera, llevaban una vida confortable: “Mi abuelo ganaba una salario inimaginable para los amigos que se habían quedado en Kentucky; le gustaba su trabajo y lo hacía bien; sus hijos iban a escuelas modernas y bien financiadas; y la casa de mi abuela era una mansión en comparación con las de su Jackson natal en Kentucky-200 metros cuadrados, cuatro dormitorios, cañerías modernas”.

Pero…

“Me gustaría contaros cómo mis abuelos prosperaron en su nuevo ambiente, cómo criaron una familia de éxito y cómo tuvieron una jubilación confortable de clase media. Pero eso es una verdad parcial. La verdad completa es que mis abuelos tuvieron que luchar en su nueva vida durante décadas… El objetivo de mis abuelos era salir de Kentucky y ofrecer a sus hijos una ventaja de partida. Los hijos, a su vez, debían llegar más lejos con esa ventaja inicial. Pero no salió exactamente así”.

Los abuelos –Papaw y Mamaw, en dialecto hillbilly- nunca llegaron a escapar del todo a la cultura rústica de sus orígenes. Al fin  y al cabo venían de Kentucky; la tierra de los Hartfield y los McCoys, de clanes belicosos, de lealtad familiar, de justicia expeditiva.

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Leatherwood, Kentucky, 1964. Familia de la Apalachia con 12 hijos.

Un día, ya asentados en Middletown, Papaw y Mamaw destrozaron una tienda porque el vendedor había abroncado al mayor de sus hijos por manosear un juguete caro. El autor cuenta que muchos años después aquel niño -su tío Jimmy- recordaba que en ese tiempo eran “una  familia feliz, normal de clase media” como la que salía en la telecomedia Leave it to Beaver. “A la gente forastera ese comentario le parecerá una majadería. Los padres normales de clase media no destrozan droguerías porque el vendedor ha sido algo rudo con su hijo. Pero deberían juzgarlo con otro criterio. Destrozar algo de mercancía y amenazar al vendedor era normal para Papaw y Mamaw: es lo que hacen en los Apalaches cuando alguien se mete con su hijo”.

Otra mañana la abuela Mamaw cumplió su amenaza: roció con gasolina al Papaw y le pegó fuego mientras dormía en el sofá por volver, otra vez, borracho a casa. La hija de 11 años apagó las llamas y “milagrosamente, el Papaw sobrevivió al episodio con apenas quemaduras leves”. El abuelo dejaría el alcoholismo en el 83. Pero el matrimonio no sobrevivió a las broncas familiares. Ambos siguieron viviendo por separado en la misma ciudad.

La abuela Mamaw -trabajadora, exigente, sin pelos en la lengua y pistola siempre al alcance de la mano- ejerce de figura tutelar del autor, un ancla en el zozobra familiar que acompaña la infancia del pequeño J. D. Sobre la madre cuesta encontrar algún juicio positivo. Terminó con brillantez el instituto, tal vez se habría planteado un futuro universitario, pero el habitual embarazo postgraduación a los 18 años abrió una espiral de relaciones inestables que tuvo un efecto traumático en el pequeño. Un padrastro sucedía a otro, cambios de domicilio, discusiones domésticas, platos y vasos por los aires y para rematarlo la recurrente drogadicción materna.

En una ocasión, la madre, agitadísima, le pidió al adolescente J. D. una muestra de orina para sortear el análisis que le exigían en el hospital donde trabajaba como enfermera. Fue uno de esos momentos que pusieron a prueba la paciencia del hijo. Otro día, un comentario infantil en el coche la irritó de tal modo que se lanzó con el vehículo a toda velocidad por la carretera mientras el niño se acurrucaba aterrorizado en el asiento trasero. Cuando la madre detuvo el coche en el arcén, el niño salió corriendo a pedir ayuda. Una mujer le dio refugio en su casa. La madre le siguió y aporreó la puerta hasta tumbarla pero para entonces la policía ya estaba en camino. J. D. siempre recordará la imagen de su madre esposada camino de la comisaría. A él le metieron en la trasera del otro coche patrulla. Cuando le recogieron sus abuelos…

“El Papaw me puso la mano en la frente y empezó a sollozar. Nunca escuché que hubiera llorado y nunca le había visto yo llorar. Daba por hecho que era tan duro que no lloró ni de bebé. Se mantuvo así durante un rato hasta que oímos a la Mamaw venir hacia el salón. En ese momento se recompuso, se restregó los ojos y salió. Ninguno de los dos volvió a hablar nunca de aquel momento”.

La madre salió de la cárcel bajo fianza acusada de violencia doméstica. Si el asunto no fue a más fue porque convencieron al pequeño de que no declarara contra su progenitora. Por cierto, en la sala del juzgado vislumbró otro mundo. Los abogados y el juez no iban vestidos como su gente con pantalones de faena. Llevaban trajes. Aquella fue la primera vez que le hablaron con “acento de televisión” -el acento neutral de los presentadores de noticiarios. “El trabajador social, el juez y el abogado; todos tenían ‘acento de televisión’ a diferencia de nosotros. La gente que dirigía los tribunales era diferente a nosotros; la gente sometida a los tribunales, no”.


Middletown, a vista de drone

DIAGNÓSTICO: IMPOTENCIA ADQUIRIDA

J. D. -con tanto padre adoptivo, el apellido actual lo escogió relativamente tarde- estuvo al borde del abandono escolar. Si se salvó, fue gracias a su abuela, al cuerpo de Marines y a la universidad de Yale. La abuela le ofreció un hogar estable en un momento crítico. Los Marines le vacunaron contra el derrotismo: uno puede hacer más de lo que cree. Y  Yale le abrió a un nuevo mundo que puso a su alcance el sueño americano; un mundo de élites y contactos totalmente desconocido: aún recuerda cómo escupió la primera vez que probó el agua con gas -no sabía qué significaba “sparkling water“- y el tremendo dilema cuando en una elegante mesa le pidieron que eligiera entre Chardonnay y Cabernet Sauvingnon.

La elegía hillbilly es también una oración de acción de gracias; un relato que trata de inspirar a los que se creen condenados al fracaso; una reconvención a la “cultura en crisis” que le vio crecer.

“Crecí pobre en el Rust Belt, en una ciudad siderúrgica de Ohio que sufre una hemorragia de empleos y esperanza desde que recuerdo… Las estadísticas dicen que a chicos como yo les aguarda un futuro sombrío -si tienen suerte evitarán vivir de la asistencia social; y si no tienen suerte morirán de una sobredosis de heroína como le ha ocurrido a decenas de personas en mi pequeña ciudad el año pasado sin ir más lejos… Es en esta gran región de Appalachia donde las perspectivas  de los blancos de clase obrera son más oscuras. Desde la escasa movilidad social a la pobreza, pasando por el divorcio o la drogadicción, mi tierra es una concentración de miseria… Los blancos son el único grupo racial de EEUU cuya esperanza de vida está disminuyendo”.

¿Qué ha pasado?

J. D. Vance se reconoce en el diagnóstico del sociólogo negro William Julius Wilson en The Truly Disadvantaged:

“Millones de personas emigraron al norte industrial. Las comunidades que brotaron en torno a las fábricas eran vibrantes pero frágiles: cuando las factorías cerraron, la gente se quedó atrapada en ciudades que ya no podían sostener poblaciones tan grandes con empleos de calidad. Los que pudieron -en general, los mejor educados, más acomodados o mejor conectados- se fueron y dejaron atrás a la gente más desfavorecida. Aquellos que se quedaron eran los verdaderos “marginados”, incapaces de encontrar trabajo por su cuenta  y rodeados por comunidades que ofrecían poco en términos de conexión y apoyo social… Quise escribir una carta a Wilson porque reflejaba perfectamente mi hogar. Lo sorprendente es que me identificara tanto, porque Wilson no estaba escribiendo sobre los hillbillies de Appalachia, sino sobre los negros de los guetos urbanos”.

Vance no profundiza en las causas económicas del declive de su “cultura”. Apenas menciona la globalización ni la revolución tecnológica, ni la erosión del poder sindical, ni las políticas que fomentan la desigualdad, ni el estancamiento de los salarios ni su progresiva perdida de peso en la tarta económica del país. Acepta la destrucción creativa del capitalismo, la muerte industrial por pérdida de competitividad.

El problema, argumenta Vance, es la impotencia autoinducida de la cultura hillbilly ante la adversidad económica. “Nuestra elegía es sociológica, sí, pero también va de psicología, de comunidad, de cultura y de fe”.  No le vale escuchar “son menos felices porque tienen menos oportunidades laborales”. A la decadencia económica le ha seguido una decadencia moral. El derrotismo se ha adueñado del paisaje postindustrial. Los hillbillies han sucumbido a una “impotencia adquirida” (learned helplessness)” aderezada con un cinismo rampante.

Cuenta que un conocido suyo dejó un buen empleo porque “estaba harto de madrugar”. Meses después le echaba la culpa en Facebook a la “política económica de Obama“. En el verano antes de ir a la Universidad de Yale coincide trabajando en un almacén de baldosas con un joven de 19 años y con su novia embarazada. “13 dólares la hora era un buen salario en nuestra ciudad, donde alquilar un apartamento decente cuesta 500 al mes”. La chica faltaba al trabajo cada tercer día sin avisar. Su novio sólo se ausentaba un día a la semana, pero siempre llegaba tarde y pasaba más tiempo en el baño que descargando baldosas. Al final, ambos fueron despedidos. “¿Cómo me puede hacer esto?, le gritaba al jefe. ¿No sabe que mi pareja está embarazada?”.

“Hablamos del valor del trabajo duro pero nos decimos que si no estamos trabajando es por una alguna injusticia. Porque Obama cierra las minas de carbón o porque todos los empleos se fueron a China. Son mentiras que nos contamos a nosotros mismos para escapar a la disonancia cognitiva -la falta de conexión entre el mundo que vemos y los valores que predicamos”.

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J. D. Vance, entrevistado en televisión

TRATAMIENTO: LA FAMILIA

¿Qué se puede hacer?

Sí, J. D. tuvo becas y ayudas familiares para ir tirando, pero “el problema está casi por entero en factores que escapan al control del gobierno”. Las medidas del gobierno no son suficientes y a menudo pueden ser contraproducentes. Se abona al discurso contra la asistencia social tan pregonado por los conservadores desde Reagan hasta el Tea Party. Así recuerda su temporada juvenil como cajero de un supermercado:

“Al tiempo que mi trabajo me iba enseñando algo sobre la división de clases en América, también me hizo crecer en mí un cierto resentimiento tanto hacia los ricos como hacia los de mi propia clase. Los dueños de Dillman’s estaban chapados a la antigua así que a la gente con buen crédito le fiaban cuentas que superaban los mil dólares. Si cualquiera de mi familia entraba y salía con una compra de más de mil dólares, le harían pagar de inmediato. Me resultaba odioso que mi jefe tuviera por menos fiable a mi gente que a los que se llevaban la compra a casa en un Cadillac. Pero lo superé: algún día, me decía a mi mismo, yo también tendré mi cuenta de fiado.

También descubrí que la gente hacía trampas con la asistencia social. Compraban dos docenas de paquetes de soda con vales de comida y después los revendían a cambio de dinero en el chino… A menudo desfilaban por la caja hablando con sus móviles. Nunca pude entender por qué nuestra vida era tal lucha mientras que los que vivían de la generosidad del gobierno disfrutaban de lujos que yo sólo podía soñar… Empezamos a ver con desconfianza a nuestros vecinos de clase trabajadora. Nosotros nos esforzábamos por llegar a fin de mes, pero una amplia minoría vivía del paro. Cada dos semanas, cuando recibía el cheque con mi paga, me fijaba en la línea donde figuraba la cantidad que se deducía de mi salario en concepto de impuestos federales y estatales. Con la misma frecuencia, nuestra vecina drogadicta compraba chuletones que yo no me podía permitir y, sin embargo, el gobierno me obligaba a pagárselos”.

El trasvase de la fidelidad demócrata a la republicana en una generación no se explica sólo por la política racial, los valores religiosos y conservadores, escribe Vance, “también porque esa clase blanca trabajadora vio lo que yo vi trabajando en Dillman’s“. La escena explica ese fenómeno tan americano: que los trabajadores blancos voten en contra de sus más inmediatos intereses de clase, que apoyen a millonarios republicanos que bajan impuestos y arremeten contra la asistencia social -más sobre el tema en el polémico What’s the Matter With Kansas.

La tolerancia hacia la desigualdad y la pobreza es mucho mayor en EEUU que en Europa. Un ejemplo reciente. Durante la crisis hipotecaria en España, la indignación contra los desahucios puso en marcha un potente movimiento de apoyo a los afectados. En EEUU, justo al revés. Lo que arrancó fue  un movimiento en contra de las ayudas del gobierno a, entre otros, los amenazados por el desahucio: el Tea PartyFuck the losers’ mortgages

Sostiene Vance que el problema está en casa. Cualquier cura a la “enfermedad” de las clases trabajadoras del Medio Oeste pasa por la restauración de la estabilidad familiar. En un encuentro con un antiguo profesor de su instituto, escucha: “Quieren que seamos pastores de estos chavales, pero nadie quiere fijarse en que muchos de ellos son criados por lobos”.

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J. D. Vance el día de su graduación como marine. J. D. con su sobrina Emma en brazos, a su izquierda la Mamaw y debajo de él, con gafas, su madre

Al final del libro J. D. almuerza en un restaurante de comida rápida con Brian, un niño que nunca ha salido de los Apalaches de Kentucky. Come con voracidad todo lo que le ponen. Quiere algo, pero no se atreve a pedirlo. J. D. le anima: “¿Podría pedir más patatas fritas?”, pregunta. “Tenía hambre. En 2014, en el país más rico de la Tierra, quería comer un poco más pero no se atrevía a pedirlo. Que Dios nos ayude”.

“Cualquier posibilidad que [Brian] tenga reside en la gente que le rodea -su familia, yo, mis semejantes, la comunidad hillbilly. Y si queremos que esa oportunidad se materialice, más vale que nosotros, hillbillies, nos despertemos de una puta vez… Las políticas públicas pueden servir, pero no hay gobierno que pueda arreglarlo por nosotros… Estos problemas no son fruto de los gobiernos ni de las empresas ni de cualquier otro. Los hemos fomentado nosotros y sólo nosotros podemos arreglarlos… Necesitamos crear un espacio para que los J.D. y los Brian del mundo tengan una oportunidad. No se cuál es la respuesta adecuada, pero sé que la empezaremos a encontrar en el momento que dejemos de culpar a Obama a Bush o empresas sin rostro y nos preguntemos a nosotros mismos qué podemos hacer para mejorar”.

CONFIANZA EN QUIEBRA

En su diagnóstico, éste joven conservador de veta tradicional no comparte el discurso de Trump. La culpa no es de los mexicanos ni de los chinos que se han llevado los empleos de la edad dorada; la culpa es de la falta de responsabilidad individual y familiar, de la vagancia y del fatalismo ambiental. Pero también toma distancia respecto al conservadurismo antisistema, “conspiranoico”, que desde hace años campa a sus anchas por el país. Cita el bulo que ha hecho fortuna en estos años: el certificado de nacimiento de Obama. Un 30% de los conservadores blancos cree que el presidente es musulmán; un 32% cree que no nació en EEUU y un 19% no está seguro. En suma, “una mayoría de los conservadores blancos es cree que Obama no es americano”.

Se ha extendido “un profundo escepticismo hacia instituciones fundamentales de nuestra sociedad. No nos fiamos de los telediarios. No confiamos en los políticos. Creemos que el acceso a nuestra universidad -la vía para mejorar nuestras vidas- está amañado contra nosotros. No conseguimos empleos… Si piensas así, no puedes participar de manera significativa en la sociedad. La psicología social ha demostrado que las creencias de un grupo son un poderoso motivador del rendimiento individual”.

J. D. Vance, marine veterano de la guerra de Irak, siente que se está rompiendo el hilo del patriotismo que enhebraba el tejido social. Agradece su salvación, decíamos, a la Mamaw, al cuerpo de Marines y a la Universidad de Yale y, por encima de todo, a los Estados Unidos.

Mamaw tenía dos dioses: Jesucristo y los Estados Unidos de América. Yo no era diferente. Ni ninguno que yo conociera… Mamaw y Papaw me enseñaron que vivía en el mejor país de la Tierra. Esto dio sentido a mi infancia. Cuando los tiempos eran duros, confiaba en que vendrían días mejores porque sabía que vivía en un país que me ofrecía buenas opciones que no encontraría en otros lugares”.

Pero ahora…

“Si el segundo dios de la Mamaw eran los Estados Unidos de América, entonces puede decirse que muchos en mi comunidad están perdiendo algo parecido a una religión. El vínculo que les une a sus vecinos, que les inspiraba de la misma manera que el patriotismo me inspiraba a mí, parece haber desaparecido”.

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En 2 de octubre de 1945 un marshal de Misuri envió a su amigo, el presidente Harry Truman, una inscripción en letras de vídrio tintado sobre madera de nogal que se haría célebre: The buck stops here. Una de las versiones etimológicas atribuye al juego del póker en los tiempos de la frontera la expresión “to pass the buck”, que podríamos traducir con nuestro “pasar la pelota”.

En las fotos  de Truman en el Despacho Oval podemos ver la inscripción de madera sobre el escritorio. El sentido está claro: quien se sienta aquí ya no puede pasar la pelota, la última responsabilidad reside en las manos del presidente.

Politólogos y tertulianos, que nos abruman estos días con sus conocimientos del constitucionalismo norteamericano, tratan de tranquilizarnos invocando el equilibrio de poderes en EEUU, los checks and balances. Los padres fundadores diseñaron un sistema político que debía evitar la tiranía. Incluso la de las mayorías, como nos recuerdan estos días tirando de citas del Federalist Paper número 10 de Madison. También suele decirse que la presidencia americana fue diseñada por genios para que pudiese ser dirigida incluso por idiotas.

¿Pero sobrevivirá a Donald Trump?

Sin duda el equilibrio de poderes frenará las inciativas más extemporáneas del presidente. Salvo momentos excepcionales, cualquier gran reforma en EEUU necesita de un consenso extraordinario. Ni aún con un Congreso demócrata fue capaz Bill Clinton de sacar adelante su reforma sanitaria. Ni con uno republicano pudo Bush Jr. aprobar su reforma migratoria (que, a diferencia de Trump, pretendía legalizar a millones de inmigrantes indocumentados).

Pero hay un ámbito que pertenece al presidente: la política exterior. Y ahí depende y mucho de quien sea el ocupante de la Casa Blanca. Cierto, sólo el Congreso de EEUU tiene la autoridad para declarar la guerra y aprobar intervenciones militares, pero en este área el margen de actuación y el liderazgo del presidente es lo que cuenta. Recibirá todo tipo de informes y opiniones. Más de las que pueda digerir -como dijo Kennedy-, pero al final del día la última decisión es suya.

El mundo no sería igual si, en vez de Frankiln D. Roosevelt, EEUU hubiera optado por uno de los republicanos aislacionistas de la época. Fuera un mal necesario o un crimen de guerra es el presidente Truman quien decidió lanzar un ataque nuclear contra Japón. El presidente Kennedy resistió la tremenda presión (incluso la de su círculo íntimo) de todos aquellos que le pedían un ataque militar a Cuba durante la crisis de los misiles. A la inversa, Lyndon Johnson -que sacó adelante un extraordinario programa político y social interno- no fue capaz de escapar a la Teoría del Dominó en Vietnam…

Y, en fin, por venir a lo más reciente, un ejercicio plausible de historia virtual nos llevaría a la conclusión de que el desastre de Irak y sus consecuencias se habrían evitado con un presidente Gore en la Casa Blanca. Ya años antes del 11-S, un cierto laboratorio  intelectual del partido republicano -plataforma de los Neocons-propugnaba el derrocamiento de Sadam Hussein. El 11-S sirvió como un pretexto que el incompetente Geroge Bush jr. compró sin dudarlo, quizá impulsado por algún reflejo freudiano-sin el apoyo entuasta de su propio padre que en 1991 había decidido no traspasar las puertas de Bagdad precisamente para evitar lo que ha venido después.

Ahora la retórica de Trump apuntan, de cumplirse, un vuelco respecto a Obama y quizá más allá. Tal vez el fin del orden internacional impuesto por EEUU  después de la Segunda Guerra Mundial, temen algunos. El fin de la Pax Americana. Incertidumbre sobre la OTAN. Aislacionismo beligerante. Más ataques preventivos, Guantánamos y torturas. Autócratas ultras como aliados. La primera foto con Farage. La primera llamada a Putin. Los más optimistas auguran una nueva detente con Rusia. De paso, Washington se tragaría el sapo de Asad en Siria. Tal vez incluso consulte a Kissinger… Pero aunque se rodeé de cuadros experimentados del establishmant diplomático de EEUU, aunque ahora comience The Education of Donald Trump, la última decisión estará a partir del 20 de enero en sus manos. Y conociéndo su temperamento e inexperiencia, puede pasar cualquier cosa.

Por mucho que la globalización y la tecnología hayan fragmentado el poder, el presidente de EEUU aún sigue siendo aquel individuo que puede cambiar la historia. The buck stops here.

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“LET’S MAKE AMERICA GREAT AGAIN”

La elección de Donald Trump ha causado tal estupor que Ronald Reagan y George Bush Jr. empiezan a ser considerados razonables estadistas por quienes les detestaban. Si desde finales de los 70, el espectro político de EEUU empezó a experimentar un corrimiento hacia el rojo -por seguir el color asignado a los republicanos en las teles americanas-, Donald Trump lo ha llevado en 2016 al infrarrojo. Como si cada cierto tiempo el Grand Old Party necesitara dar un paso aún más a su derecha para encontrar -no el abismo que le auguran- sino el camino de vuelta a la Casa Blanca.

La victoria de Trump se levanta sobre el miedo, la nostalgia y el resentimiento de los “angry white men“. Aquellos que se ven a si mismos como una especie en extinción y sueñan con recuperar una América idílica que sólo existió en las estampas de Norman Rockwell. El paraíso perdido se sitúa allá en los 50, cuando solo pensar que algún día de marzo de 2016 en Carolina del Norte discutirían sobre el servicio que debían usar los transexuales no entraba ni entre las más remotas elucubraciones de la ciencia ficción política.

En ese viaje Back to the Future, Trump ha despreciado tanto a las élites tradicionales del conservadurismo como a los politólogos que llevan años vaticinando el irremisible declive de los republicanos si no son capaces de ampliar su base étnica. Todo lo contrario. A la mierda con los hispanos, los negros y los progres… El candidato republicano se ha entregado a la estrategia electoral que propugna la franja derechista más extrema: reivindicar la venganza del hombre blanco de las vastas praderas de América. Una estrategia que no ha hecho ascos al apoyo de una nueva versión de la extrema derecha, una subcultura conocida últimamente como “alt-right”. En el estilo sin complejos de Trump han encontrado un candidato que sólo existía en sus delirios más calenturientos. Estos son algunos de sus elementos más conspicuos.

ALT-RIGHT

Expresión abreviada de “alternative right”, la “derecha alternativa”. The Week la define como “una disparatada mezcla de neonazis de toda la vida, militantes de las teorías de la conspiración, jóvenes de ultraderecha que trolean en internet; todos unidos en la creencia común de que la identidad blanca y masculina está amenazada por las fuerzas del multiculturalismo y la corrección política”. Un movimiento marginal, reciente, de contornos tan difusos que la Wikipedia necesita de una generosa lista de atributos para  definirlo: nacionalismo, racismo, islamofobia, antifeminismo, homofobia, antisemitismo, xenofobia, populismo derechista, tradicionalismo… Un exreportero de las comunidades online en Los Angeles Times lo simplifica:”racismo con una estrategia de marketing online”. Las cruces en llamas del Ku Klux Klan, transformadas en memes de internet.

“Este movimiento político relativamente nuevo”, dice la BBC, “es popular sobre todo entre los jóvenes. Amorfo y difícil de definir. Sus simpatizantes comparten tanto el rechazo tanto a la ideología de izquierda como el conservadurismo tradicional”. Cuando en la pasada campaña Hillary Clinton mencionó a los “alt-right” en un mitin de agosto, los adeptos al fenómeno se lo tomaron como su bautismo oficial en el campo de batalla de las guerras culturales estadounidenses.

El término se atribuye al racista Richard Spencer, 38 años, licenciado en Historia, nacido en Boston, criado en Texas, residente en Montana y fundador de la web Alternative Right, un sitio plagado de teorías raciales y genéticas pseudocientíficas donde se plantea, por ejemplo, si es correcto el genocidio de los negros. Spencer lo habría utilizado por primera vez en 2008 para describir a los derechistas que se sienten “olvidados y alejados, intelectual, emocional y espiritualmente del conservadurismo americano”.

Pero han sido jóvenes ultras quienes han popularizado la expresión abreviada “alt-right” en las redes sociales. Según un artículo reciente de la Columbia Journalism Review, no podemos hablar de un movimiento político, porque, entre otras razones, no resulta fácil distinguir cuánto hay de militancia y cuánto de simple ánimo provocador: “Por la naturaleza nebulosa de sus comunidades anónimas online, nadie puede estar seguro de quiénes son los “alt-righters” y qué les motiva. Tampoco está claro quienes entre ellos son verdaderos creyentes y quienes son gamberros que buscan la provocación”.

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El racista Richard Spencer acuñó el término “alternative right” 

[Actualizo de nuevo esta entrada con el numerito nazi que montó Richard Spencer en Washington el 21 de noviembre celebrando la victoria de Trump…]

BREITBART NEWS

Breitbart News es la plataforma de la “derecha alternativa”, según su director ejecutivo Steve Bannon, quien -y esto es lo aterrador- ha acabado dirigiendo la campaña de Donald Trump.  Veterano de larga trayectoria como comentarista y documentalista en las guerras culturales de América, Bannon ha convertido el conglomerado Breitbart en “el Pravda de Trump”.

La plataforma (http://www.breitbart.com/ ) fue fundada en 2007 por Andrew Breitbart, editor, columnista y furibundo polemista conservador fulminado por un infarto a los 43 años. Breitbart, hijo adoptivo de una familia judía, creció en Hollywood. Pronto abandonó sus iniciales inclinaciones izquierdistas al experimentar, según sus propias palabras, “una epifanía” durante el tortuoso proceso de confirmación para el tribunal supremo al que se vio sometido en el senado el juez conservador Clarence Thomas, acusado de acoso sexual por una antigua colaboradora.

La plataforma de Breitbart es herdera por línea directa del Drudge Report, el agregador de noticias que destapó el escándalo Lewinsky, el célebre caso que por poco no acabó de manera infame con la destitución del presidente Bill Clinton. Da cobijo a todo tipo de teorías conspirativas y se vende con titulares como “La anticoncepción trastorna y afea a las mujeres”.

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Andrew Breitbart

Steve Bannon recogió la antorcha de Breitbart en 2012 con la misión declarada de “profesionalizar” a la franja más lunática y furiosa de la “derecha alternativa”. A Breitbart News acude todo aquel que considera demasiado respetuosa a la cadena Fox News. Bannon ha estado detrás de las campañas más sensacionalistas de la “alt-right”.  “Si hay una explosión o un incendio en algún sitio”, comenta el editor político de Breitbart en Washington, “Steve estará por ahí cerca con unas cerillas”.

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Steve Bannon

“A menudo hemos tratado de minimizar el racismo y el resentimiento que burbujea bajo la ‘cibersuperficie'”, escribía el otro día David Remnick, director de The New Yorker, en An American Tragedy. “Pero el ciclo informativo ha saltado por los aires. En Facebook, los artículos factuales de la prensa tradicional parecen iguales que los conspirativos artículos de los medios “alt-right”. Portavoces de lo indecible tienen ahora acceso a enormes audiencias… La prensa “alt-right” ha sido la suministradora de mentiras, propaganda y teorías conspirativas que Trump ha utilizado como el oxígeno de su campaña. Steve Bannon, una figura central de Breitbart, ha sido su propagandista y director de campaña”.

[Actualización: poco después de publicar esta entrada, Trump nombró a Bannon ni más ni menos que “estratega en jefe” de la Casa Blanca. Tendrá enfrente a un insider republicano, Reince Priebus, como jefe de Gabinete. En este perfil de The New York Times recuerdan la cruzada de Bannon contra el establishment republicano que representan tipos como Priebus y, de paso, su complicidad en la difusión de todo tipo de teorías consparanoicas -como la que acusa a la administración Obama de infiltraciín islamista para imponer la sharía en EEUU.]

MILO YIANNOPOPULOS

No deja de ser una paradoja y un síntoma de los confusos contornos del movimiento “alt-right” que una de sus figuras más conocidas sea un gay greco-británico de 32 años que vocifera contra el feminismo, el islam y el complejo de culpa que predica la izquierda occidental.

Colaborador principal en Breitbart, Milo alcanzó notoriedad por su cobertura del Gamergate en 2014, cuando una desarrolladora de videojuegos fue acusada de ofrecer favores sexuales a cambio de críticas positivas. En su opinión, según recoge la BBC, “la cultura de videojuegos había sido politizada por un ejército de programadoras feministas sociópatas y activistas, apoyados por dolorosamente políticamente correctos blogueros de tecnología estadounidenses”.

En la convención republicana del pasado verano, Milo y sus seguidores islamófobos celebraron un acto, “Gays con Trump”, en el que Yiannopoulos se presentó con un chaleco antibalas sobre una camiseta con el lema “We shoot back” ilustrado con un subfusil Uzi de color arco iris. Aquí tenéis el vídeo:

Milo y sus seguidores cabalgan sin problemas sus contradicciones. El provocador británico no oculta su atracción erótica por los “hombres negros altos” al tiempo que cuenta entre sus seguidores con algunos de los portavoces más racistas de la “alt-right”. En julio, Twitter expulsó definitivamente a Milo por su campaña contra Leslie Jones, la actriz negra de la nueva versión de Cazafantasmas.

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Milo Yiannopoulos, enfant terrible de la derecha alternativa

CUCKSERVATIVE

Expresión peyorativa convertida en moneda corriente por los “alt-righters”. Una fusión de “cuckold” y “conservative”. “Cuckold”, derivada de “cuckoo”(cuco), designa maridos cornudos y padres que crían sin saberlo hijos que no son biológicamente suyos -por aquello de que el cuco pone sus huevos en nidos ajenos. Hay quien lo ha traducido al español como “cornuservador”, pero por ahora no ha hecho fortuna frente al célebre “maricomplejines” acuñado por Jiménez Losantos.

El termino también tiene tonos racistas en EEUU. “Cuck” se aplica a un género de porno interracial en el que un blanco contempla cómo su mujer mantiene relaciones sexuales con un vigoroso hombre negro. Los “cuckold” serían hombres blancos emasculados que se entregan a una suerte de masoquismo erótico.

Los derechistas alternativos señalan como “cuckservative” a los republicanos que “compran” las premisas de la izquierda. En especial a aquellos que en tiempo de campaña se adhieren a los valores sociales del conservadurismo -contra el aborto, los derechos LGTB, Darwin en las escuelas, etc- y luego, una vez elegidos, abandonan sus principios en las transacciones con la progresía política. En las primarias republicanas, el frustrado candidato Jeb Bush fue un blanco habitual del hashtag #cuckservative.

El concepto no es nuevo, la palabra sí. El hashtag #cuckservative no deja de ser una versión insultante y adaptada a las redes sociales para denominar a los viejos RINOs, Republicans In Name Only

THE RIGHT STUFF

“Somos blancos y no pedimos perdón”, así se se presenta el blog antisemita The Right Stuff y su podcast The Daily Shoa, uno de los focos de propaganda de la constelación mediática “alt-right” (junto con American Reinassance, VDare.com, The Daily Stormer, Political Cesspool o Danger & Play).

Hace un año The Right Stuff definía “alt-right” como “la derecha despojada de cualquier creencia supersticiosa en la igualdad humana y de cualquier admisión de la autoridad moral de la izquierda… Ya no aceptamos la autoridad de la izquierda a la hora de decidir quién es una buena persona y quién no. No me importa que me llamen racista, intolerante, homófobo o misógino. Eso es pura difamación de la izquierda y la izquierda es el mal. La izquierda ha usado con éxito esos epítetos para frenar la lucha de la derecha por sus principios. ¿Quieres ganarles? Deja de preocuparte por lo que te llaman y empieza a oponerte sin descanso”.

EL TRIPLE PARÉNTESIS

En 2014, el podcast The Daily Shoa empezó a insertar como efecto de sonido un eco siniestro cada vez que pronunciaban un nombre judío. El recurso tuvo su traducción visual en la blogosfera y en las redes sociales como un triple paréntesis que resaltaba los apellidos judíos -(((Cohen))), (((Weisman))), etc. Más aún. Hubo incluso una extensión del navegador Chrome que detectaba los nombres judíos de un texto y los enmarcaba automáticamente con el paréntesis triple. No pasó mucho tiempo antes de que Google prohibiera la extensión antisemita. Pero, para entonces, el primer símbolo que emerge de la “derecha alternativa” ya había llegado a las camisetas. “Así nace un símbolo del odio en 2016”, comenta el New York Times. “El efecto de sonido de un podcast se convierte en meme de twitter y extensión de un navegador antes de hacer su aparición en el mundo físico”.

Según el léxico de The Right Stuff, los nombres judíos reverberan a lo largo de la historia. El triple paréntesis señalaría el sempiterno poder destructivo de los judíos, según explicaron en un email los editores de este blog antisemita:

“El primer paréntesis representa la subversión judía del hogar y la familia provocada por la degeneración de los medios de masas. El siguiente paréntesis representa la destrucción de la nación por la inmigración masiva y el paréntesis exterior representa al sionismo y la judería internacional”.

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Amy Schumer, víctima del triple paréntesis

PEPE THE FROG

El meme, como vemos, es el arma favorita de propaganda y destrucción masiva de la subcultura “alt-right”. Además del hashtag “#cuckservative” y el (((triple paréntesis))), destaca últimamente Pepe the Frog, un popular personaje de cómic tomado al asalto por la derecha alternativa. En la pasada campaña, hasta el equipo de Clinton llegó a denunciar   a Pepe como nuevo icono del odio. Hillary contra la rana nazi.

Pepe the Frog es uno de los personajes de Boy´s Club, un cómic online creado por Matt Furie hace 11 años. Cuenta el día a día de cuatro monstruos adolescentes que matan el tiempo “bebiendo, oliendo y nunca pensando”. Escenas de la vida a los 20 años, resume Laurie. La frase mítica de Pepe es “feels good man” (que bien sienta), pronunciada mientras mea con los pantalones por debajo de las rodillas.

A partir de 2008, la rana Pepe se convirtió en un meme cada vez más popular en Myspace, Gaia Online y 4chan (sitio infame conocido como el “retrete de internet”). “Pepe servía a cualquier interpretación adolescente, héroe y antihéroe, un símbolo que se adaptaba a todos los altibajos vitales”, apunta The Daily Beast . En 2015, la rana verde era ya el meme más difundido en Tumblr. Y ha sido en este 2016, cuando la comunidad “alt-right” se ha apropiado de la rana versátil.

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Cuando Hillary Clinton calificó como “deplorables” a buena parte de los votantes de Trump; Donald Trump Jr. respondió en twitter con una imagen inspirada en el cartel de la película de Stallone The Expendables (Los mercenarios, 2009). En la imagen, Pepe the Frog acompaña a algunos de los rostros más destacados del equipo de Trump (ah, el del fondo a la derecha es el arriba mencionado Milo Yiannopoulosn junto a un vociferante Alex Jones, el “consparanoico” que atribuye los ataques terroristas del 11-S al propio Gobierno de EEUU).

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TRUMP: “PODRÍA DISPARAR A ALGUIEN EN LA 5ª AVENIDA Y ME SEGUIRÍAN VOTANDO”

“La elección de Donald Trump para la presidencia no ni más ni menos que una tragedia para la república Americana”, comenzaba David Remnick esta semana su  An American Tragedy. “un triunfo de las fuerzas, dentro y fuera, de la xenofobia, el autoritarismo, la misoginia y el racismo”. Remnick no disimula su indignación. Como director de The New Yorker, es un egregio representante de las élites mediáticas y cosmopolitas que detestan los votantes de Trump.

No es excepcional que nuestras democracias-espectáculo generen tipos como Trump. Tampoco es excepcional que exista  una  extrema derecha racista y xenófoba. Hasta ahora eran fenómenos marginales. Lo excepcional y lo preocupante es que en la democracia más madura, estable y educada del mundo, la encarnación más pura de la egolatría, el cinismo, la mentira, el desprecio, la vulgaridad, la ignorancia, el racismo, la xenofobia y la misoginia no echara para atrás a ni uno de los 60 millones de votantes que vienen apoyando a los republicanos en las últimas elecciones presidenciales (pido permiso para la licencia demoscópica, ya sé que no siempre son exactamente los mismos, pero lo importante es el número). Hace nueve meses Trump fue premonitorio: “Podría disparar a alguien en la 5ª avenida y la gente me seguiría votando”.

“Me gusta Trump”, hemos oído a sus votantes estos días, “porque habla claro, dice lo que nadie se atreve a decir, dice lo que yo pienso”. Y lo que dice no ha brotado por generación espontánea. Trump es el precipìtado de años y años de mentiras, propaganda y química conspirativa y de la derecha radical americana cuya última manifestación es el fenómeno “alt-right”.

“Que el electorado de manera plural”, escribe Remnick, “haya decidido vivir en el mundo Trump de vanidad, odio, arrogancia, mentira, temeridad y desprecio por las reglas democráticas es un hecho que llevara, inevitablemente, a todo tipo de declive y sufrimiento nacional… El 20 de enero de 2017 diremos adiós al primer presidente afroamericano -un hombre íntegro, con dignidad y espíritu generoso- y asistiremos a la toma de posesión de un estafador que apenas hizo nada para alejar el apoyo de las fuerzas de la xenofobia y el racismo. Es imposible no reaccionar en este momento con repugnancia y profunda preocupación”

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José Luis Gómez, “encarnado” en Unamuno camina por el claustro de la Universidad de Salamanca

“¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, el grito estremece al público en la penumbra del paraninfo de la Universidad de Salamanca. El escenario y el día acentúan el dramatismo porque fue en este mismo espacio, y también un 12 de octubre pero de 1936, donde Miguel de Unamuno se enfrentó con gesto heroico y verbo acertado a la exaltación de la violencia y el odio sectario de ponentes y congregados.

80 años después, el actor José Luis Gómez se viste de Unamuno para revivir un cruce verbal que condensa la dialéctica del periodo más negro del siglo XX español. No hay una trascripción exacta -recuerda la historiadora Colette Rabaté en el coloquio que precede a la conmemoración-, pero sí una reconstrucción verosímil de lo que allí se dijo.

Al final de esta entrada, he subido el vídeo completo, el coloquio seguido de la representación. Los más impacientes, los más ocupados tienen aquí un avance de la dramatización del enfrentamiento, la lectura de los dos últimos poemas de Unamuno y de la carta final a su amigo Quintín de la Torre. Todo en la voz de José Luis Gómez. Visto el éxito y la repercusión de la conmemoración, no estaría de más plantearselo como un ritual civil que se asiente en los 12 de octubre.

http://saladeprensa.usal.es/atom/102266

12 de octubre de 1936. La guerra civil española entre en su cuarto mes. Salamanca se ha convertido en capital improvisada de la rebelión militar. Unamuno, republicano de primera hora, saluda el alzamiento como una rectificación saludable del desorden en el que, a su juicio, ha degenerado el régimen republicano. Pero las noticias que le llegan sobre la crudeza de la represión en su zona, dominada por los militares rebeldes, van empujándole hacia una disidencia contenida. Hasta el 12 de octubre. Lo que escucha ese día en el paraninfo -“el templo de la sabiduría”- rompe los diques que se ha impuesto a sí mismo.

Hay varias versiones de lo ocurrido en el paraninfo. Difieren en qué se dijo exactamente y quién dijo qué, pero concuerdan en lo esencial. Rescato la de Luciano G. Egido en Agonizar en Salamanca (2006)

El rector Unamuno no tiene previsto hablar en la celebración académica del “día de la raza”. Desde la mesa que preside el acto, acompañado por el obispo Pla y Deniel, la mujer de Franco, Carmen Polo, y el general Millán Astray, el venerable catedrático de griego escucha los discursos del historiador Loscertales -“¿Estudiantes salmantinos, entráis en la vida cuando se ha hecho milicia”-, del dominico Beltrán de Heredia, invocando el magisterio de la Escuela de Salamanca en la colonización de América; del poeta José María Pemán -“Muchachos de España, hagamos cada uno en cada pecho un Alcazar de Toledo”- y, sobre todo, del catedrático de Literatura Francisco Maldonado que insta a exterminar la “Anti-España” y arremete contra vascos y catalanes,”dos pueblos industriales y disidentes… explotadores del hombre… los cuales a costa de los demás españoles han estado viviendo hasta ahora… en un paraíso de la fiscalidad y de los altos salarios”.

La defensa cerrada de la unidad de España desata el delirio. Alguien lanza la consigna legionaria “¡viva la muerte!” repetida como un eco por el paraninfo universitario. Desde el estrado, Millán Astray grita “¡España!”. Los presentes responden al unísono:”¡Una!”. El fundador de la legión carga de nuevo: “”¡España!”; “¡Grande!”, retumban las paredes del paraninfo. “¡España!” remata el general; “¡Libre!” ruge el auditorio.

La retórica enfebrecida de los oradores, los gritos, el clamor irracional… Esto es más de lo que puede soportar el viejo rector -tiene 72 años-.En el sobre de la carta que le ha entregado la mujer de su amigo Atilano Coco -pastor evangélico de Salamanca, detenido por masón y futuro fusilado- Unamuno anota “guerra internacional civilización occidental cristiana”, “vencer y convencer”, “odio y compasión”, “Rizal”, “cóncavo y convexo”, “lucha unidad catalanes y vascos”, “imperialismo lengua”, “odio inteligencia que es crítica, que es examen”…

A partir de las notas empieza a enhebrar un discurso que los asistentes recuerdan así:

“…a veces el quedarse callado equivale a mentir; porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia… Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo… Dejaré de lado la ofensa personal que supone la repentina explosión contra vascos y catalanes, llamándoles la Anti-España; pues bien, con la misma razón pueden decir ellos otro tanto. Y aquí está el señor obispo que, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que, como sabéis nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis…”

Millán Astray no puede contener la irritación. Colette y Jean Claude Rabaté lo atribuyen a la mención de Rizal, el héroe de la independencia filipina contra la que combatió de joven el fundador de la legión. El general estalla, da un golpe en la mesa, se pone en pie, defiende a gritos la rebelión militar. Unamuno le replica recordándole la insensatez del grito legionario “¡viva la muerte!” y su condición de mutilado de guerra -tuerto, manco y cojo- sin la grandeza de Cervantes.

La tensión y la confusión se adueñan del paraninfo. Millán Astray exclama: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte”. Según otras versiones, las palabras del general fueron “¡mueran los intelectuales!”, pero al ver tanto profesor enfrente matizó:”¡Abajo los malos intelectuales!¡Traidores!”, “¡Abajo los falsos intelectuales!”. En medio de voces, insultos y abucheos, Carmen Polo, toma a Unamuno del brazo y lo lleva hasta la salida de las Escuelas Mayores. Una fotógrafo capta el momento. Vemos al rector, junto al obispo, a punto de abordar el coche sitiado por griterío y brazos en alto.

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La prensa local silenció la disputa, pero sus consecuencias son muy elocuentes: la fulminante destitución de Unamuno como concejal y rector de la universidad, el vacío que le hicieron en el casino y esa especie de arresto domiciliario de facto al que se vio sometido. hasta el día de su muerte, dos meses y medio después.

La salida de Unamuno a pecho descubierto ese 12 de octubre es perfectamente coherente con la carta que escribió -sin temor a la censura postal de guerra- a su amigo bilbaíno Quintín de la Torre. La redactó el 13 de diciembre, un par de semanas antes de morir, y su lectura concluye la conmemoración de José Luis Gómez 80 años después.

“… Me dice usted que esta Salamanca es más tranquila, pues aquí está el caudillo. ¿Tranquila? ¡Quiá! Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación. En cuanto al caudillo -supongo que se refiere al pobre general Franco- no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror, de retaguardia. deja hacer… Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán…”

El incidente del paraninfo cayó en el silencio y el olvido hasta que, a partir de los años 60, fue rescatado y erigido en un proceso de mitificación -señala en el coloquio Colette Rabaté- hasta el contundente “venceréis, pero no convenceréis”. Entre la historia y la leyenda, siempre se imprime la leyenda. Pero la leyenda triunfa porque lleva una verdad profunda. Tal vez Unamuno no usó la expresión “¡venceréis pero no convenceréis!”, ni Millán Astray, la más macabra “¡muera la inteligencia!¡viva la muerte!”. Tal vez son relaboraciones a posteriori por la oposición antifranquista a partir de “vencer, no es convencer” y “abajo los malos intelectuales”. ¿De verdad cambia tanto, como sostiene algún revisionista? Ni siquiera uno de los oradores del acto del 36, José María Pemán, desmiente esa retórica en una tercera del ABC de 1964.

Tal vez fuera una fortuna que aquellas palabras de Unamuno no quedaran atadas a la escritura. “La letra mata, el espíritu vivifica”, recuerda Borges al hablar del caracter “alado y sahgrado” de la palabra oral. Pitágoras, Sócrates, Buda, Jesús… “Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales… Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discipulos”. Y así ha ocurrido con el magisterio de Unamuno ese 12 de octubre del 36.

Porque más allá de la exactitud, el episodio perdura en la memoria colectiva por la dialéctica de los conceptos y las figuras. En un lado Unamuno, en el otro, la contrafigura de Millán Astray; el hombre de las letras y el hombre de las armas; vencer, misión del ejercicio militar;  convencer, misión del ejercicio intelectual. La vigencia del episodio se sostiene en el hallazgo verbal de Unamuno sean cuales sean sus variantes: Ven-cer no es con-ven-cer. En sólo tres palabras, un sumario premonitorio de los 40 años que vendrían después. Dicho con fuerza profética. “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta”, dice Unamuno en la versión difundida por Hugh Thomas y recreada por Gómez. “Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España”.

Verbo y coraje intelectual e incluso físico. Aquí es un hombre solo quien salva la civilización frente a un pelotón de soldados. El acto heroico de un viejo maestro que se enfrenta, no ya a Millán Astray, sino a un auditorio de profesores, estudiantes, falangistas y legionarios. La última lección de Miguel de Unamuno.

 

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Recuerdo el 17 de junio de 1994.

Días atrás había comprado un nuevo televisor que venía con una antena parabólica de regalo. Instalarla en la terraza del ático y apuntar al satélite Astra fue más fácil de lo que esperaba. De repente, tenía a mi alcance una interminable oferta de canales gratuitos de todo el mundo. Muchos de ellos alemanes, por cierto. Y también, cómo no, la CNN y otros medios informativos norteamericanos.

Aquel viernes 17 de junio por la tarde comenzaba el Mundial de Fútbol en EEUU y quise ver la cobertura que los canales de aquel país iban a ofrecer de un evento deportivo de interés global que por primera vez se celebraba en sus campos pese a la escasa pasión que el fútbol suscitaba entre los norteamericanos.

Nada de nada.

Todas las cadenas de EEUU emitían en directo y sin descanso una extraña “persecución” policial por las autopistas de Los Ángeles de un cuatro por cuatro blanco. Extraña porque los coches patrulla parecían escoltar más que perseguir al Ford Bronco. Dentro huía a ninguna parte uno de los más famosos jugadores de fútbol americano, Orenthal James Simpson, O.J. Simpson. La policía de Los Ángeles le buscaba en relación con la muerte de su exmujer. Esa misma mañana Simpson había incumplido el pacto de entrega en comisaría que sus abogados habían negociado con los investigadores.

No tenía ni idea de quién era Simpson. Sabía de fútbol americano aún menos que lo que muchos estadounidenses sabían de lo que el resto del mundo entiende por fútbol. Desconocía su impresionante historial deportivo y, en cuanto a su posterior carrera de actor, si le había visto en alguna película, no recordaba su nombre.

Simpson se entregó finalmente en su casa. Siete meses después se celebró el juicio más mediático de la historia de EEUU. Vimos la escena del guante repetida mil veces, la cara impávida del agente Furhman, la escandalosa absolución…

Desde un primer momento, la cobertura televisiva parecía desproporcionada. Hasta el muy reputado Peter Jennings, presentador estrella de las noticias de ABC,  interrumpió el discurso de Bill Clinton sobre el estado de la unión para dar el veredicto en el juicio civil de Simpson.

En aquel tiempo, mediados de los noventa, mi conocimiento de los EEUU era más bien escaso. Atribuí los excesos de la cobertura al tirón que tenían los ingredientes clásicos del caso -fama, dinero, muerte…- y a la deriva hacia el espectáculo de los canales informativos. Sólo años después me he dado cuenta de que fue mucho más que eso. Fue un caso que tocó la fibra más íntima de la nación.

Quienes conozcan el asunto sólo de oidas, quienes hayan olvidado los detalles o quienes se perdieron en la larga sobreexposición tienen ahora la oportunidad de revisitarlo en O. J.: Made in America, uno de los mejores documentales que he visto últimamente. Se puede encontrar por ahí, perdido entre el montón indistinguible de documentales a granel que ofrece Moviestar + y, por lo que he podido ver y comentar hasta ahora, son muchos los que ni siquiera saben que lo tienen a su alcance.

No voy a reventar nada. Todos sabemos cómo acabó el juicio. Pero lo que tal vez nos cueste comprender es cómo un crimen que apuntaba clamorosamente a la condena de O.J. Simpson terminó con su absolución. OJ: Made in America despliega paso a paso, un trabajo de contextualización impresionante. Periodismo televisivo de primera. Ocho horas divididas en cinco capítulos. Un viaje que va ganando en densidad a través de una recopilación exhaustiva de material de archivo y una sucesión de entrevistas tan buenas que parecen guionizadas para la ocasión.

Asistimos a “la carrera”  que convirtió a O.J. Simpson en una estrella nacional en 1967, a su conversión en un “blanco” alejado absolutamente del compromiso de tantos deportistas negros con la lucha por los derechos civiles, a los repetidos antecedentes de malos tratos de O. J. a su mujer, Nicole Brown,  a la reconstrucción forense de su muerte y la del camarero Ron Goldman, a la insólita persecución de Simpson por las autopistas de Los Ángeles, al papel del agente Mark Furhman en la investigación y el juicio, al “dream team” de abogados que contrató Simpson y a su utilización son complejos de la “carta racista”, a los inmensos errores de la fiscalía con la selección del jurado por no hablar de la prueba del guante –if it doesn´t fit, you must acquit– que hundió para siempre la carrera del único fiscal negro de la acusación, al historial racista de la policía de Los Ángeles y a los disturbios que estallaron un par de años atrás cuando un jurado de blancos absolvió a los agentes que habían pateado a Rodney King sin saber que una cámara les estaba grabando.

“La absolución de O.J. fue una venganza por lo de Rodney King”, confiesa una de las ocho mujeres negras que formaron parte del jurado. Eran mujeres, pero el color de la piel se impuso a cualquier simpatía por la maltratada y asesinada Nicole Brown.

Después de ocho meses de juicio, de 45.000 páginas de transcripciones, de la declaración de 100 testigos y de unas pruebas incontrovertibles, el jurado tardó tan sólo tres horas y media en alcanzar un veredicto. “No hubo debate”, lamenta el entonces fiscal del distrito Gil Garcetti. Lo tenían decidido. “Puede que vivas en una mansión en Beverly Hills o en una casucha de Watts, pero todos estamos conectados por esto”, afirma un pastor negro mientras se toca el dorso de la mano.

En el primer mes del juicio un 63% de blancos consideraba a Simpson culpable y un 65% de negros, inocente. Un año después, el número de blancos que lo tenía por culpable ascendía a un 77% y el de negros que creían en su inocencia, a un 72%.

La absolución de Simpson desató un estallido de júbilo entre la población negra de costa a costa que dejó estupefactos a los blancos. No podían entender el enorme resentimiento que les tenían sus vecinos y compatriotas. “Por una vez, por un breve instante”, recuerda un líder de los derechos civiles, “el sistema de justicia criminal funcionaba a favor de un negro”. Hay quien compara el veredicto al hito que supuso la entrada del jugador negro Jackie Robinson en la liga de béisbol americana el 15 de abril de 1947. La raza, concluye uno de los entrevistados, es el elemento central de cualquier relato de los Estados Unidos.

Después vendría la decepción: la caída de O.J. Simpson en una espiral delirante que le llevaría de vuelta a la cárcel, la desorientación y descenso al abismo del héroe que lo tuvo todo, el penúltimo capítulo de una nueva tragedia americana, pero para eso tendréis que ver el documental…

Pd.: con posterioridad a esta entrada he encontrado un largo artículo que el prestigioso New York Review of Books ha dedicado a O.J. Made in America; leedlo sólo depués de ver la serie documental.

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No, no fue Marine Le Pen quien celebró una frase del discurso de la primera ministra británica Theresa May a los conservadores -“Si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte”-. El autor fue un simple militante del Frente Nacional francés. No es sorprendente que periodistas y comentaristas creyeran que lo había escrito la líder de la extrema derecha francesa. Primero, porque en este tiempo acelerado pocos se detienen a comprobar y rastrear la fuente de lo que se dice. Y segundo, porque el discurso de May podía haberlo firmado sin demasiados reparos la propia Marine Le Pen.

“Quiero exponer mi visión para Gran Bretaña después del Brexit”.

Con el acento y las maneras suaves del sur de Inglaterra, la primera ministra británica ha desvelado en su primer gran discurso ante los conservadores en Birmingham que los populistas no son esos bárbaros a las puertas del castillo. Están ya dentro y levantando el puente levadizo. En el caso británico, un castillo sobre los acantilados de Dover en aquella “isla soberana, trono de reyes… This earth of majesty, this seat of Mars … This blessed plot, this earth, this realm, this England“. Porque todo el discurso destila la nostalgia de un tiempo pasado, el de la bélica “finest hour”, aquel en el que los británicos unidos resistieron a la tiranía extranjera y pusieron en pie el welfare state. Un tiempo mucho más simple y más justo en el que reinaba la armonía social, los vecinos se ayudaban entre sí, los bobbies daban las buenas noches a todos y, desde luego, había muchos menos extranjeros.

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La primera ministra Theresa May dirigiéndose en Birmingham a los conservadores

May suscribe la idea de que el Brexit no fue solo una patada a la Unión Europea sino algo más amplio. El síntoma de una revolución silenciosa.

“Tocad en cualquier puerta de cualquier parte del país y encontraréis al descubierto las raíces de una revolución profunda, porque no han sido los ricos los que han sufrido los mayores sacrificios por la crisis financiera, sino las familias normales de la clase trabajadora… En nuestra sociedad hoy vemos división e injusticia por todas partes. Entre una generación mayor y más próspera y una generación joven que lucha por salir adelante. Entre la riqueza de Londres y la del resto del país. Y, sobre todo, entre los ricos, los triunfadores y los poderosos y el resto de sus compatriotas…”

Cierto. El Reino Unido cuenta con una tasa de paro envidiable -por debajo del 5%- pero al mismo tiempo es uno de los países más desiguales de Europa. Pero ¿esa desigualdad es culpa de la UE? ¿No han tenido nada que ver las políticas económicas del Thatcherismo bendecidas posteriormente por Blair? ¿Y la lucha a muerte contra los poderosos sindicatos británicos en los 80? ¿No ha tenido nada que ver la revolución tecnológica y la globalización? ¿Y las reticencias británicas a firmar la carta social europea?

El Brexit fue por tanto un voto protesta contra la desigualdad y también contra las élites. Atención a los latigazos:

“Escuchad cómo hablan del pueblo muchos políticos y comentaristas: encuentran de mal gusto vuestro patriotismo, provinciana vuestra preocupación por la inmigración, poco progresistas vuestras ideas contra la delincuencia e inconveniente vuestro apego a la seguridad en el empleo. Les resulta inexplicable que 17 millones de votantes quisieran dejar la Unión Europea. Si eres rico y llevas una vida cómoda, Gran Bretaña es un país diferente y no sientes como tuyas estas preocupaciones…

Hoy, mucha gente en posiciones de poder se comporta como si tuviera más en común con las élites internacionales que con la gente que vive cerca, la gente a la que emplea, la gente con la que se cruza en la calle. Si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte. No entienes lo que significa la palabra ‘ciudadanía'”.

Tiene bemoles que la rebelión contra las élites la comande el partido de tradición más antiguo y elitista de Europa, el partido cuyos líderes proceden de los restos de la nobleza, de las selectas escuelas de Eton y Harrow, de las universidades de Oxford y Cambridge, la encarnación más pura del establishment. Basta escuchar su acento para reconocerles.

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El elitista Bullingdon club de Oxford. El 2 es David Cameron, el 8, Boris Johnson

Ahora May pide meritocracia y más movilidad social pero hace ya años el difunto canciller alemán Helmut Schmidt señaló que el problema de los británicos era su clasismo social. Se ve que no han cambiado mucho las cosas.

¿Y cuál es la receta de May contra la desigualdad y contra el elitismo? Más estado y menos individualismo. Más intervencionismo. Hasta la delirante proposición que obligaría a las empresas a contratar a británicos. Xenofobia. De May se podría decir lo que alguien aplicó al Frente Nacional frances: hace las preguntas correctas pero da las respuestas equivocadas.

“Valoramos el éxito… pero también el espíritu ciudadano. Ese espíritu significa que respetas los vínculos y obligaciones que hacen funcionar a nuestra sociedad. Significa un compromiso con los hombres y mujeres que viven a tu alrededor, que trabajan para ti, que compran los bienes y servicios que tu vendes. Ese espíritu significa aceptar el contrato social por el que formas a tus jóvenes antes de contratar a trabajadores extranjeros más baratos”

Imagino a Hayek y Thatcher revolviéndose en sus tumbas. Si la Dama de Hierro llegó a cuestionar el concepto de “sociedad” -“Basta de echar la culpa a la sociedad, no existe la sociedad; hay individuos, hombres, mujeres, familias”-. May invoca a la “sociedad” una docena de veces.

Thatcher aparece de pasada en el discurso de May -“who taught us we could dream great dreams again”- junto a otras figuras inevitables del santuario conservador: Churchill y Disraeli. Llama la atención la cita de Edmund Burke, el padre del conservadurismo británico -¿era necesario remontarse a un pensador del siglo XVIII?-, pero lo que más ha desconcertado es que una primera ministra conservadora ponga al lado del prontuario tory a un primer ministro laborista, Clement Atlee, el arquitecto del estado de bienestar en la posguerra.

El tiempo nos dirá si el discurso de Birmingham es el que exige estos tiempos de “giro histórico”, como asegura la primera ministra,  o no pasa de ser un anzuelo retórico coyuntural para pescar votos a derecha e izquierda. No conviene olvidar, en cualquier caso, que el Reino Unido ha sido el mayor laboratorio exportador de políticas en los últimos dos siglos. Inventaron el bipartidismo, la monarquía parlamentaria, el bipartidismo, el welfare state y la revolución neoliberal thatcherista. No conviene olvidar que el partido Tory es la organización política más longeva y exitosa de Occidente. A lo largo del tiempo se ha adaptado con un éxito razonable al clima cambiante y en más de una ocasión han abierto el camino. Han sido reaccionarios, socialdemócratas, liberales… Ahora este partido proteico se apunta sin complejos a la corriente del nacional-populismo.

“El Laborismo no tiene el monopolio de la compasión… Aprovechemos esta oportunidad para mostrar que  nosotros, el Partido Conservador, somos verdaderamente el partido de los trabajadores, el partido de los funcionarios, el partido del Sistema Nacional de Salud. Creemos en el servicio público, creemos en lo que el buen gobierno puede hacer. El gobierno no puede quedarsde al margen cuando ve la injusticia social”

May quiere que su partido sea el de los perdedores de la globalización. Ante el trilema de Rodrik  -o soberanía o democracia o globalización, las tres al mismo tiempo, imposible-, los británicos quieren replegarse y optar por la democracia y la soberanía. Tal vez sólo sea una coincidencia que en el año crucial de 1979 asistieramos al comienzo de la nueva globalización con la apertura de la China de Deng y al nacimiento de la revolución neoliberal de Thatcher -además, y no es menor, de la revolución islámica de Jomeini y la invasión rusa de Afganistán-.

Las contradicciones que se abrieron en 1979 están en carne viva en 2016.

brexit

Las despedidas de los primeros ministros británicos a mitad de mandato suelen deparar tardes memorables en la Cámara de los Comunes. Liberado de la presión y protegido por la cortesía que exige el momento,  la ocasión es propicia para el lucimiento del primer ministro saliente. Y así le fue ayer a David Cameron. Su última sesión de control se convirtió en una exhibición de las virtudes más atractivas del parlamentarismo británico. Lances rápidos, reflejos dialécticos, humor, ingenio… Bienvenidos al mejor show político del mundo -como lo calificó el propio Cameron. Los columnistas de la prensa más cercana sentenciaron que la de ayer fue su mejor sesión parlamentaria. Uno de sus antiguos ministros, el venerable y proeuropeo Ken Clarke, le agradeció su elocuencia (33’20”). Y Cameron cerró con ironía su intervención al infligirse a sí mismo la descalificación que en su día lanzó contra Blair: I was the future once (una vez fui el futuro)

Visto desde nuestras serias y aburridas coordenadas parlamentarias nos podemos plantear dos cuestiones. La primera: ¿dónde aprenden a hablar con semejante brillantez?. La segunda:  ¿cómo es posible que despidan con palmaditas en la espalda al primer ministro que ha metido a su país y a Europa en un lío político monumental?

La respuesta a ambas cuestiones hay que buscarla en la educación, sobre todo en la que ofrecen instituciones elitistas como Eton y Oxford en las que coincidieron David Cameron y Boris Johnson. Hay días en que el Brexit me parece una gamberrada universitaria salida de estos dos arrogantes miembros del Bullingdon Club. Como Lord Lucan y Lord Cardigan enzarzados en una nueva y desastrosa Carga de la Brigada Ligera. Ah, pero siempre quedará el gesto y el poema de Tennyson…

Quien quiera saber más, aquí tiene When Boris met Dave (pinchad en “watch on vimeo”):


<p><a href=”https://vimeo.com/74365223″>When Boris met Dave</a> from <a href=”https://vimeo.com/user19972714″>Home Editing</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>
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