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revolución en rojo

Si hay un episodio de la Revolución rusa que encaja en las divagaciones de este blog aficionado a los cruces del azar y la confusión en el camino de la historia, ese asunto es el caso Kornílov del que se cumplen 100 años a finales de agosto. ¿Qué ocurrió realmente? Pocos discrepan de los hechos y, sin embargo, desde el primer momento las interpretaciones se abrieron a todo un campo de teorías alternativas. El affaire Kornílov ¿fue una intentona golpista? ¿una trampa? ¿una invención de Kerenski? ¿Un malentendido?

Por muy divergentes que sean las interpretaciones la unanimidad es total en un punto: el caso Kornilov debilitó de forma irremisible el Gobierno provisional y allanó el camino para la llegada de los bolcheviques al poder. Lenin y la historiografía soviética siempre lo explicaron como un golpe reaccionario de manual. La previsible reacción de las clases contrarrevolucionarias ante la ineluctable marcha de la historia hacia la dictadura del proletariado. Frente al determinismo histórico, la ambigüedad el caso deja espacio a enfoques personalistas -¿habría cambiado la historia del siglo XX si Kerenski y Kornílov se hubieran entendido?- y se nos presenta como una lección sobre las limitaciones y las consecuencias imprevistas de la acción en política: si Kerenski pretendía reforzarse denunciando el “golpe” de Kornílov, el resultado fue justo el contrario. Los bolcheviques le barrieron de la historia.

LAVR KORNÍLOV, SOLDADO DEL IMPERIO

Kornilov posando 1916

El general Lavr Gueorguievich Kornílov vino al mundo en la Siberia profunda en 1870. Ojos rasgados, corto de estatura, porte erguido y fisonomía mongola, Kornilov presumía de sangre cosaca y ancestros campesinos. La vasta frontera asiática del imperio fue su primer destino militar. Una profunda inmersión en las lenguas y costumbres turcas le sirvió para escribir un libro exploratorio del Turquestán oriental. De aquel tiempo data su colorida guardia personal reclutada entre los guerreros turcómanos de Tekke. Le tenían por un “Gran Boyardo” y le siguieron hasta sus últimos días.

La obtención de unos documentos cruciales durante la revuelta de los pastunes en Afganistán (1897) permitieron al capitán Kornílov cobrar cierta fama en tiempos de aquel Gran Juego que rusos y británicos disputaban en Asia Central. Después de la debacle rusa ante Japón (1905), ejerció como agregado militar en China, comandante del distrito militar de Varsovia y brigadier en Valdivostok.

Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914) marchó con su unidad al frente de los Cárpatos. “El general Kornílov nunca descuidó su división”, escribió años después su superior, el general Brusilov. “Sufrió cuantiosas bajas, pero nunca dejó el frente. Soldados y oficiales le amaban porque confiaba en ellos”. Sus camaradas de armas le tenían por un guerrero de valentía legendaria y absoluta simplicidad. “Un corazón de león y un cerebro de oveja”, en palabras del general Alexeiev.

En 1915, un impetuoso contraataque hizo caer toda su división ante el ejército austrohúngaro. Se rindió cuando sólo le quedaban cinco cañones. Un año después su fuga de una prisión austriaca lo elevó al estatus de celebridad nacional. A su regreso a la patria, en vez de enfrentarse a un consejo de guerra por perder una división, se encontró con un recibimiento de héroe.

Cuando la revolución de febrero de 1917 derrocó al zar, Kornílov se hizo cargo del distrito militar de Petrogrado (San Petersburgo), entonces capital de todas las Rusias. No soportó mucho tiempo la indisciplina que los aires revolucionarios trajeron a la guarnición. El Soviet de los Diputados de Obreros y Soldados, el Soviet de Petrogrado, acababa de aprobar su célebre Órden número 1: sólo el Soviet tenía autoridad sobre las tropas revolucionarias y su traslado al frente. Intolerable para creyente en la firme disciplina militar como Kornílov. Solicitó el traslado y el gobierno le puso al frente del VIII Ejército.

LOS DÍAS DE JULIO Y EL ERROR BOLCHEVIQUE

Julio de 1917. El Gobierno provisional de la Rusia postzarista no solo asiste al fracaso de una nueva ofensiva en la guerra, también se enfrenta a una amplia revuelta de la soldadesca en Petrogrado. Acantonados en la capital, hay un cuarto de millón de soldados. Los rumores sobre un próximo traslado al frente han sacado a la calle a la tropa del I Regimiento de Ametralladoras. Se les suman marineros de Kronstadt y obreros de Putilov. Alentados por los bolcheviques avanzan por la perspectiva Nevski exigiendo todo el poder para los soviets. “Si Lenin y Trotski quieren tomar Petrogrado, no hay nada que pueda detenerlos”, advertía días atrás un periodista al nuevo embajador francés. Pero sobra improvisación y falta dirección. Bajo el balcón de la mansión Kshesinskaia, los marineros de Kronstadt esperan instrucciones de Lenin. Cuando el líder bolchevique se asoma a regañadientes, pronuncia un discurso breve y ambiguo. Pasan las horas. Nadie sabe qué hacer. Cincuenta mil hombres armados rodean el palacio de Táuride. Dentro apenas dieciocho soldados defienden la Duma y el Gobierno provisional. Al final consiguen milagrosamente sofocar la revuelta. Poco a poco los amotinados se disuelven al leer las octavillas que acusan a los bolcheviques de ser agentes alemanes y al chocar con los refuerzos leales al Gobierno. Hasta la lluvia contribuye a dispersar la multitud y apaciguar los ánimos. El día siguiente la ciudad amanece en calma.

En aquellos Días de Julio a Lenin le tiemblan las piernas. No esta seguro de que sea el momento oportuno. Teme que la ola reaccionaria de las provincias arrase la revolución en Petrogrado como ocurrió en la Comuna de París (1870).

Los bolcheviques salen muy tocados del putsch. El Gobierno ordena la detención de sus líderes y desmantela sus periódicos. “Ahora van a fusilarnos, es el momento más ventajoso para ellos”, le dice Lenin a Troski. Huye a Finlandia. No volverá hasta octubre. Y entonces no vacilará. La resurrección le llegará de forma inesperada gracias al fiasco Kerenski-Kornílov.

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Tropas del Gobierno abren fuego contra los bolcheviques (julio, 1917)

UN GENERAL EN UN CABALLO BLANCO

Fracasada la revuelta bolchevique de julio, el premier y ministro de Defensa, Alexander Kerenski, entrega el mando supremo del ejército ruso a Lavr Kornílov. Kerenski juega al equilibrismo entre derecha e izquierda y cree que Kornílov le puede resultar útil. En la decisión pesa el consejo de un confidente del primer ministro, Boris Savinkov, viceministro de la Guerra. No será su única intervención en todo este asunto. Personaje convincente, por lo que parece, el tal Savinkov. En los años prerrevolucionarios, el escritor Somerset Maugham quedó fascinado cuando se cruzó en París con este poeta, aventurero, y terrorista legendario -participó en algunos de los atentados más sonados contra la dirigencia zarista-. A Winston Churchill le bastó un breve encuentro para considerarlo como “uno de los hombres vivos más interesantes”. Ahora, en la Rusia del 17, el viceministro Savinkov confía en la alquimia de estos dos elementos extraños, Kerenski y Kornilov, para restaurar el orden y afianzar la revolución de febrero.

Ya escribíó Marx en el 18 de Brumario que la historia de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos y es precisamente en épocas de crisis revolucionaria cuando estos “conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado para representar la nueva escena de la historia universal”. Si Lenin teme que la Revolución rusa acabe como la Comuna de París, Kerenski y Kornílov fantasean con emular a Bonaparte. Pero cada uno por separado.

Antes de aceptar el cargo, Lavr Kornílov -militar de una pieza carente cualquier habilidad política- exige unas condiciones que Kerenski no puede asumir sin suscitar la hostilidad del Soviet y de la izquierda gubernamental. Petrogrado vive en la diarquía. El Gobierno tiene el poder institucional pero el poder en la calle está en manos del Soviet de obreros y soldados. Difícil hacer algo sin su consentimiento. El hamletiano primer ministro tiene un estrecho margen de maniobra. Kerenski se toma las condiciones de Kornílov -poderes militares absolutos, restauración de la pena de muerte en la retaguardia, responsabilidad sólo ante su conciencia y el pueblo…-  como un reflejo de la ingenuidad política del general. Tampoco le quedan mejores opciones militares. El 24 de julio, Kornílov cree garantizadas sus condiciones y asume el mando.

15 días después el general, impaciente ante el retraso de su plan, decide actuar por su cuenta. El 7 de agosto da la orden de trasladar al 3er Cuerpo de Caballería del general Krimov desde Rumanía hasta Velikiye Luki, punto equidistante de Moscú y Petrogrado. El 3er Cuerpo cuenta con dos divisiones de cosacos y la llamada División Salvaje que se nutre de nativos de tribus siberianas. Kornílov no oculta que se trata de un movimiento preventivo para reprimir una nueva intentona bolchevique en Moscú o Petrogrado. Insiste a sus cercanos en que los soldados no irán contra el Gobierno provisional, pero actuarán sin su consentimiento si fuera necesario. No tiene en muy alta estima al “débil y afeminado” Kerenski. En la capital, el Soviet recela del despliegue de esta fuerza militar en una región alejada del frente. Temen que se lance contra Petrogrado. Los líderes de la derecha que desaprueban al vacilante primer ministro ponen en Kornílov sus esperanzas y peregrinan a su cuartel general en Moguilev. “En esta hora amenazadora de suprema tribulación, todos los pensamientos de Rusia se vuelven hacia ti con fe y esperanza”, le telegrafía el conservador Rodzianko. Las cartas están sobre la mesa, el juego, a punto de empezar.

Kornilov a caballo

El 14 de agosto Kornilov hace una espectacular aparición en la gran conferencia de estado que Kerenski ha convocado en Moscú para fortalecerse. En la estación Alexandrovsky, las señoritas de buena clase le lanzan flores, la condesa Morozowa se arrodilla ante él y el kadete Rodichev le pide que salve Rusia. A su entrada en el teatro Bolshoi, los delegados conservadores le ovacionan mientras reciben en silencio al primer ministro. Kerenski se convence: la amenaza viene por la derecha.

Durante su intervención, Korníov no va más allá de un discurso seco con la disciplina como único argumento. Las palabras no son lo suyo. Pero es Kerenski, célebre por su oratoria, quien sale peor parado. Se pierde en un discurso largo y farragoso. Cuando hace una pausa para recuperar el resuello, sus simpatizantes se lanzan a aplaudir. Quieren salvarle del trance. Kerenski se sienta sin terminar la frase. La conferencia se clausura con el hundimiento moral del primer ministro. La división entre derecha e izquierda ya es irreconciliable. Fuera, los bolcheviques, que han boicoteado el evento, ven día a día cómo se acrecienta su militancia.

¿GOLPE O ENGAÑO?

A mediados de julio los alemanes toman Riga. A la amenaza prusiana se suman rumores de un nuevo golpe bolchevique para principios de septiembre. Kerenski despacha a su viceministro Savinkov a ver a Kornílov en el Cuartel General de Moguilev (actual Bielorrusia). El primer ministro quiere que envíe un cuerpo de caballería a Petrogrado para colocarlo bajo el mando del Gobierno. No debe dirigirlo Krimov ni incluir la División Salvaje. ¿Le tiende una trampa? Por ahí discurre una de las interpretaciones del caso: el objetivo de la orden de Kerenski no serían los bolcheviques sino el propio Kornílov. Si es así, el general pica el anzuelo. El envío de las tropas dará pie a la acusación de traición. La orden escrita de Korníov a Krimov -en este punto no hace caso a Keresnki- establece que su misión es aplastar un levantamiento bolchevique, ocupar la ciudad, desarmar a la guarnición de la capital, a los marineros de Kronstadt y dispersar el Soviet. ¿Pensaba aprovechar la ocasión para derribar el Gobierno? Por ahí se mueve otra de las interpretaciones. Hay una más: el malentendido.

En esos días entra en escena un personaje secundario con efectos de largo alcance en la trama de esta historia. Vladimir Nikolaievich Livov, 45 años, heredero de una familia terrateniente, exprocurador del Santo Sínodo, diputado de la Duma. Lvov se acerca a Kerenski como una figura con importantes conexiones. Ha oído rumores de un golpe para convertir en dictador a Kornílov, le dice. Kerenski piensa en utilizarle para averiguar si en el Cuartel General de Moguilev hay una conspiración en marcha. No lo envía su nombre a negociar con al general -escribio después-, pero así es como se presenta ante Korníov. El general ni siquiera le pide sus credenciales. Después de charlas sobre la reorganización del Gobierno, el intrigante diputado le hace una serie de propuestas, al parecer de cosecha propia. El general infiere que Kerenski le está ofreciendo convertirse en dictador: “No ansía el poder, pero si se le pide que asuma la máxima responsabilidad, como sugiere Lvov, no la rechazará”, escribe el historiador Richard Pipes al citar la versión de Lvov.

A la ambigüedad -buscada o no- de Kerenski y Kornílov basta añadirle la afición de Lvov a inventar propuestas y distorsionar mensajes para que esta historia derive en “una comedia de errores de consecuencias trágicas”, en palabras del mismo Pipes.

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El exterrorista y viceministro de la Guerra Boris Savinkov y el diputado V. N. Lvov

Todo se precipita el 26 de agosto. De vuelta al Palacio de Invierno, Lvov le dice a Kerenski que el generalísimo exige poderes dictatoriales. Kerenski se lo toma a broma, pero tampoco pide más precisiones. ¿De verdad se toma en serio a un personaje como Lvov? ¿O más bien decide aprovechar la ocasión para deshacerse de Kornílov? “Mientras todo siga tan vago”, interpreta el historiador Orlando Figes, “podía tener éxito en presentar a Kornílov como un traidor que conspiraba contra el Gobierno… Su fortuna política se revitalizaría en la medida en que la revolución se aglutinaría en torno a él para derrotar a su rival”. ¿Un golpe, una trampa o un malentendido?

Esa noche se pone en contacto con el general a través de la máquina Hughes -un modelo arcaico de teletipo-. “Esperaba o una confirmación del ultimátum que le trae Lvov o una negativa rotunda”, escribirá después. Kerenski le pide a Kornílov que le confirme “la decisión definitiva que debe tomarse”. Kornilov le confirma que sí, que ha pedido a Lvov que el primer ministro viaje a Moguilev. Ni uno deja claro qué está preguntando, ni el otro sabe qué está respondiendo. Un diálogo de besugos que Kerenski se toma como una prueba de que quiere detenerle y hacerse con el Gobierno. El primer ministro actúa con rapidez. Convoca el Gabinete a medianoche, presenta la “conspiración contrarrevolucionaria” y obtiene, él sí, plena autoridad para ocuparse de la emergencia. Comunica a Kornílov su destitución inmediata. A las cuatro de la madrugada se retira a su dormitorio en el Palacio de Invierno. Pero la excitación no le deja dormir. Lvov, bajo custodia en la habitación contigua, le escucha toda la noche caminar de un lado a otro mientras canta arias de ópera.

¿Qué está pasando?, se pregunta Kornílov. Acaba de despedirse por teletipo de Kerenski con un “hasta pronto” y unas horas después le llega un telegrama con su cese. Firmada, además, por un escueto “Kerenski”. Extraño. Sólo el Gabinete como tal está capacitado para tomar esa decisión. Kornílov se niega a dimitir. Sospecha que Kerenski es rehén de los bolcheviques. Ordena a la caballería de Krimov avanzar sobre Petrogrado. Más adelante se lo comunica al ministro Savinkov. Las tropas llegarán a Petrogrado el 28 de agosto. ¿Golpe, trampa, malentendido? Quienes aceptan la versión de Kornilov se preguntan si un golpista avisaría la Gobierno de sus intenciones. En un último intento de aclarar el malentendido, Savinkov y Kornilov se ponen en contacto. El general le dice que está siguiendo las instrucciones del Gobierno provisional. Demasiado tarde. En la prensa de la mañana del 27 ya aparece la nota de Kerenski denunciando la “traición” y destitución del comandante en jefe del ejército ruso.

Kornílov enfurece. Que lo acusen de traición toca su fibra patriótica. Replica con un mensaje a todos los comandantes del frente en el que acusa al Gobierno provisional de actuar bajo la presión de la mayoría bolchevique del Soviet y en connivencia con el estado mayor alemán. La rebelión de Kornílov es, ahora sí, una realidad. Pero se queda solo. Nadie le sigue. Ni la mayoría de la oficialidad ni los políticos conservadores que le halagaban hasta antes de ayer. Una prueba más de que no existía una conjura golpista, argumentan los historiadores que absuelven a Kornílov y condenan a Kerenski. Hay más pruebas, dicen: el telegrama de Kerenski a Krimov el 29 de agosto: “Calma en Petrogrado. No se esperan disturbios. No se necesitan sus tropas. El Gobierno Provisional le ordena detener su avance”. Demuestra, dicen los kornilovistas, que Kerenski sabía muy bien que el avance de Krimov era para sofocar un levantamiento bolchevique, no para derribar el Gobierno provisional.

soldados blocheviques en petrogrado
Soldados bolcheviques, prestos a defender la Revolución en Petrogrado

En cualquier caso, las fuerzas que se acercan a Petrogrado sufren de la misma debilidad que impregna el ejército ruso. Tal vez algunos oficiales estén dispuestos a seguir a Kornilov, pero no la tropa. La historia soviética resalta que los heroicos soldados de ferrocarriles salieron desde Petrogrado, confraternizaron con la caballería de Krimov y desactivaron la amenaza. Otros historiadores subrayan que es el general Krimov quien detiene el avance. No son versiones incompatibles. Lo cierto es que no se derrama ni una gota de sangre. Salvo la del propio Krimov. Cuando llega a Petrogrado, mantiene una intensa discusión con Kerenski. Nunca había sido su intención rebelarse, protesta el general. Kerenski lo despide con la orden de presentarse ante la corte marcial. Krimov, hundido, se va al piso de un amigo y se dispara en el corazón. 31 de agosto de 1917. El conato de rebelión -virtual o real- ha terminado.

kerenski en despacho
Alexander Kerenski, sentado en su gabinete, junto a dos colaboradores

Si Kerenski pensó que el caso Kornílov le iba a servir para recuperar su autoridad como salvador de la revolución, las cosas no le pudieron salir peor. “El prestigio de Kerenski y del Gobierno provisional se vio completamente destruido por el asunto Kornilov”, escribiría años después la mujer de Kerenski. Se enajenó definitivamente a la derecha y no amplió su respaldo en la izquierda. Los bolcheviques lanzaron una campaña denunciando su complicidad con Kornílov. Un primer ministro fantasma. “Más allá de los pasillos del Palacio de Invierno, todos los decretos de Kerenski fueron ignorados”, escribe Figes. “Existía un vacío de poder; sólo era cuestión de esperar a ver quién se atrevería a llenarlo”.

Lenin, Trotski y los bolcheviques. El caso Kornílov les rehabilitó, reforzó y puso en sus manos el Soviet de Petrogrado. Ironías de la historia: Kerenski les había armado para hacer frente al golpe; las mismas armas sirvieron semanas después para derribar su Gobierno. Esta vez, nada de marchas desorganizadas como en julio. Los bolcheviques inauguraron la nueva técnica del golpe de estado: apoderarse de los centros neurálgicos del Gobierno. En la noche del 25 de octubre, las mujeres del Batallón Femenino de la Muerte fueron las últimas defensoras del Palacio de Invierno frente al asalto final bolchevique. Cuando cesaron los disparos, las bajas no pasaban de cinco muertos y varios heridos. Por decirlo con una expresión leninista, la toma del poder fue tan sencilla “como levantar una pluma del suelo”.

lenin llega a petrogrado

EPÍLOGO: ¿QUÉ FUE DE LOS PROTAGONISTAS DEL CASO?

Lavr Kornílov:

Después de la Revolución de octubre escapó de la fortaleza donde vivía bajo un benevolente arresto rodeado de su guardia turcómana, llegó al Don y fundó el Ejército Voluntario, el cuerpo más aguerrido de los generales blancos en la guerra civil. “Cuanto mayor sea el terror, mayores serán nuestras victorias”. Amenazó con alcanzar sus objetivos aun a costa de “pegar fuego a la mitad de el país y derramar la sangre de tres cuartas partes de todos los rusos”. A principios de 1918 sus tropas escaparon al Ejército Rojo con la épica “marcha sobre el hielo” hacia Kuban. En las primeras horas del 13 de abril, un proyectil soviético destruyó la granja en la que había instalado su cuartel general. Tenía 48 años. Días después llegaron los bolcheviques, desenterraron su cadáver, lo arrastraron hasta la plaza y quemaron sus restos en un vertedero.

Alexander Kerenski:

Tenía tan sólo 36 años cuando huyó del Palacio de Invierno -la falsa leyenda dice que vestido de mujer-. Intentó organizar un contragolpe y, derrotado, se exilió primero en Francia y luego en Estados Unidos. No tomó partido en la guerra civil entre rojos y blancos. Pasó el resto de su vida reivindicando su papel. Figes desprecia sus memorias por “mendaces”. Precisamente en su primer libro, El caso Kornílov. Preludio del bolchevismo, (Londres, 1919) explica su versión de esta historia. Murió en Nueva York en 1970 al borde de los 90 años. Ninguna iglesia ortodoxa aceptó darle tierra en un camposanto por masón. Está enterrado en el cementerio civil de Putney, en Londres.

Boris Savinkov:

Dimitió por el caso Kornílov y fue expulsado del Partido Socialista Revolucionario. Después de octubre se dedicó a combatir el bolchevismo con el mismo celo que había empleado contra el zarismo. También dio muy pronto su propia versión del caso Kornílov. En K Delu Kornilova (París, 1919) salió en apoyo del general. ¿Por complicidad? En 1925 le tendieron una trampa para que regresara a la URSS. Fue detenido y condenado a muerte, pena conmutada por 10 años de prisión. Durante su encarcelamiento se dedicó a escribir historias sarcásticas de los émigrés rusos que se publicaron en Moscú. Según el NKVD, el 7 de mayo de 1925 se “suicidó” al lanzarse por una ventana de la prisión Lubianka moscovita.

Vladimir Nikolaievich Lvov:

Después de la revolución de octubre, el extravagante V. N. Lvov se involucró en el movimiento renovador de la iglesia ortodoxa. Abogó por la purga de sus elementos contrarrevolucionarios. Otras versiones mencionan una etapa oscura en el París de los émigrés rusos. Cuentan que acabó de mendigo durmiendo bajo un puente del Sena. A quien le quisiera escuchar, le contaba su sensacional y decisiva intervención en la Revolución rusa. Murió en Tomsk, Rusia, en 1930.

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