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Christine Keeler ha muerto.

Nunca una “bonita don nadie”, como se describía a sí misma, tuvo una proyección tan grande. Su foto desnuda en la silla Arno Jacobsen se convirtió en un icono británico, publicó dos autobiografías, revivió como personaje de película y de un musical del West End y en breve aparecerá en una nueva serie de la BBC. Todo por un encuentro casual un fin de semana de julio de 1961.

Obituario del 6 de diciembre en The Guardian: “Hubo muchas víctimas del caso Profumo, el escándalo de sexo y espionaje que acaparó los titulares en 1963, contribuyó poco después a la dimisión del entonces primer ministro Harold MacMillan y aún pesa de manera desproporcionada en la historia moderna de Gran Bretaña. En la parte alta de la lista de los que lo sufrieron, probablemente en primer lugar , se encontraba Christine Keeler, quien ha muerto a la edad de 75 años”.

Que Christine Keeler fuera la mayor víctima del caso y que todo el asunto tenga una valoración histórica desproporcionada admite matices.

En su esencia la historia es simple. A lo largo del verano de 1961, la showgirl de 19 años Christine Keeler tuvo varios encuentros sexuales con John Profumo, secretario de Defensa británico. El secreto adulterio tal vez no le hubiera causado mayores problemas que los desencadenados por una infidelidad marital si no fuera porque al mismo tiempo Christine mantenía una relación con el agregado naval de la embajada soviética, y más que supuesto espía, Yevgeny Ivanov.

La relación con el ministro fue breve. A fecha de hoy no consta que se comprometiera la seguridad nacional del Reino Unido ni los secretos de la OTAN en plena Guerra Fría. Y sin embargo, cuando el caso estalló dos años después, Profumo tuvo que dimitir -no por acostarse con Christine Keeler sino por mentir al Parlamento-, el fatigado primer ministro MacMillan abandonó meses después el cargo y el viejo establishment tory quedó tocado de forma irreversible. En octubre de 1964, los laboristas de Harold Wilson clausuraron una larga década de dominio conservador prometiendo la modernidad -“the white heat of technology“. Ganaron, todo hay que decirlo, por un margen escaso.

“El affair Profumo hizo más daño a MacMillan que cualquier otro asunto en toda su etapa de gobierno”, pensaba su secretario. Lo recoge Richard Davenport-Hines An English Affair. Sex, Class and Power in the Age of Profumo (Londres, 2013), un libro recomendable, en especial para anglófilos. La historia es simple, sí, pero las ramificaciones en torno al breve encuentro Profumo-Keeler crecen hasta convertirse en un árbol de trama espesa que conviene abordar con lápiz y papel para no perdersre en la maraña de personajes que se nos cruzan a lo largo del relato. “Las esferas de la política, la medicina, las leyes, el periodismo, la sociedad elegante, los nuevos ricos y el espionaje convergen en el caso Profumo en 1963”, apunta el autor. Un retrato de Londres a comienzos de los 60. De la clase alta a los bajos fondos: Harold MacMillan, John Profumo, Lord Astor, el doctor Ward, el MI5, magnates inmobiliarios sin escrúpulos como Peter Rachman, las showgirls del Soho Christine Keeler y su amiga Mandy Rice-Davies, tipos delincuenciales como el maltratador jamaicano Lucky Gordon y el marino y exconvicto Johnny Edgecombe, parejas en algún momento de la Keeler. Qué más ingredientes podía pedir la feroz prensa sensacionalista siempre dispuesta a pelearse cheque en mano por una exclusiva. Si no la había, se inventaba. Las fake news no nacieron ayer. Antes eran peores porque no existía la autocorrección inmediata que suministra la red. Destaca en este campo la figura de Lord Beaverbrook, el barón de Fleet Street que convirtió el Daily Express en el tabloide más vendido del mundo: 3.700.000 ejemplares. La inflamación del caso, el amplio radio de acción que alcanzó la bomba Profumo le debe bastante a su particular vendetta contra los multimillonarios Astor.

Davenport-Hines se recrea en “hazañas” de los tabloides que no desentonarían en la Primera Plana de Billy Wilder como las fotos robadas en el hospital de Munich a los supervivientes del accidente del Manchester United, la del agonizante Aneurin Bevan o el acoso al coronel Christopher Hunter: “A la una y cuarto de la madrugada, después de que su hija despechada se hubiera suicidado, sonó el timbre de la puerta principal. Una voz gritó ‘es la policía’. El coronel Hunter y su mujer salieron de la cama, disgustados y confusos, en ropa de pijama para ser deslumbrados en el porche por el flash de un fotógrafo que salió huyendo en coche”.

an english affair

Argumenta Davenport-Hines que el affair Profumo aceleró la decadencia del establishment aristocrático del partido Tory y abrió la puerta a la meritocracia conservadora que auparía años después a Margaret Thatcher al liderazgo del partido. El escándalo, sostiene, “acabó con la confianza en la autoridad jerárquica tradicional”. Los muros se quebraron. La hipocresía de la clase dirigente quedó al descubierto. El cuestionamiento de la autoridad, la rebeldía juvenil y el desafío a los tabúes marcarían los próximos años. Comenta Diego Manrique que Philip Larkin situó en 1963 el comienzo de la revolución sexual: cuando los Beatles publicaron su primer LP y el Reino Unido levantó la prohibición que pesaba sobre El amante de Lady Chatterley de Lawrence. No sería exagerado añadir, dice, el caso Profumo de ese mismo 1963. Un preludio del 68. Una de esas cargas que hicieron implosionar la deferencia por la jerarquía y la autoridad que sostenían el edificio moral de la posguerra. No sería, por tanto, desproporcionada su valoración si vemos el caso como una de esas fracturas que provocan corrimientos profundos por debajo de los pliegues superficiales de la historia política.

An English Affair confirma otra sospecha. Desde el Watergate hasta las tarjetas black sabemos que los escándalos necesitan de un clima propicio para tener repercusión política. Sean escuchas, sobornos o mentiras, es el momento de la explosión -a menudo retardada- lo que convierte un robo de tercera categoría en un impeachment. Tal vez lo de Profumo no hubiera pasado de escándalo menor de faldas. Después de todo, el político ni siquiera formaba parte del gabinete y ya entonces quedó claro que nunca existió tráfico de secretos militares. Y, sin embargo, saltó cuando el Gobierno de MacMillan venía de sufrir otro sórdido asunto de espionaje -este real-, cuando la prensa amarilla estaba al acecho por el encarcelamiento de dos de los suyos, cuando todo estaba preparado para el sacrificio de un vástago de la clase dirigente…  “Cualquier ministro o diputado que se vea envuelto en un nuevo escándalo en el próximo año o más allá”, anticipaba el New Statesman a comienzos de 1963, “debe esperar el servicio completo (the full treatment)“. Profumo se llevó el premio.

Y en cuanto a las víctimas, ¿encabeza Christine Keeler la lista?

Pasó nueve meses miserables en la prisión de Holloway. Antes y después fue vilipendiada sin conmiseración por la prensa amarilla. Baste decir que el día que salió de la cárcel el Daily Sketch publicó su número de teléfono… Se casó dos veces y se divorció otras tantas. Tuvo dos hijos y publicó dos libros de memorias con revelaciones escandalosas de dudosa credibilidad. De una manera o de otra nunca se desenganchó del caso que ella misma contribuyó a desvelar al ir con su cuento a la prensa. En nuestro tiempo la joven Keeler habría sido pasto de realities televisivos, apunta Davenport-Hines. Hay voces que la reivindican a la luz de escándalos contemporáneos como el de Jimmy Savile: he aquí otra menor víctima de abusos en el hogar, una adolescente atrapada en las redes de los poderosos… Ella siempre se consoló creyendo que había contribuido a la caída del Gobierno conservador y como tal se sentía parte “de la historia británica”. Sin duda, su foto en una silla Jacobsen ha quedado fijada en la galería icónica de la Inglaterra de los 60. La silla -por cierto, una imitación- se exhibe en el Victoria y Albert Museum de Londres.

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John Profumo y su mujer, la actriz Valerie Robson, en 1959

John Profumo abandonó la política y se dedicó a labores caritativas en el East End londinense. Durante un tiempo se imponía un breve y tenso silencio cada vez que la pareja hacía su entrada en un salón concurrido. En sus últimos años, su dedicación a la caridad le valió su rehabilitación social. Pero parece que le costó más escapar a su sempiterno ardor sexual. Cuenta Davenport-Hines que en una cena en honor de la Reina Madre, [Profumo] “sitting between her and a seventeen-year-old Guiness heiress, the old satyr whispered to the latter during the first course: ‘Ever been fucked by a seventy-year-old? No? You should try it‘”. Incorregible. Murió a los 91 años en 2006.

El destino más cruel le cayó encima a Stephen Ward, el osteópata amigo de aristócratas y poderosos, dotado de don de gentes y manos hábiles, informador del espionaje británico y “protector” de chicas como Keeler y su amiga Mandy Rice-Davis. El establishment le convirtió en el chivo expiatorio. Abandonado por su selecta clientela y juzgado por proxenetismo, se suicidó con una sobredosis de barbitúricos antes de que se hiciera público el veredicto. Sólo seis personas asistieron a su cremación. Davenport-Hines califica de montaje el proceso (show trial), pero la campaña para su rehabilitación judicial no ha llegado muy lejos. Sí, en cambio, otra más popular: Andrew Lloyd-Webber le dedicó un musical en 2013.

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Stephen Ward en compañía de Christine Keeler (izquierda) y en la vista judicial

Fue el doctor Ward quien llevó a Chistine Keeler a la casa de campo (Spring Cottage) que los Astor le permitían utilizar en su magnífica finca de Cliveden House, en la campiña de Buckinghamshire. Aquel fin de semana de julio del 61, Bill y Bronwen Astor, embarazada de cinco meses, daban una fiesta en el palacio al presidente de Pakistán, el mariscal Ayub Jan, de escala en su viaje al Washington de Kennedy. Entre los invitados, Lord Mountbatten, último virrey de la India y primo de la reina   su hija y su yerno; el asesor económico de MacMillan, Sir Roy Harrod; la excondesa polaca Sofie Moss; el crítico de arquitectura Sir Osbert Lancaster; la tía de Bill Astor Pauine Spender Clay; el decorador de interiores Derek Patmore y, por primera vez en Clivenden, el secretario de Estado de Defensa John Profumo y su esposa, la actriz Valerie Hobson

Al termino de la cena del sábado, Bill y Bronwen Astor se llevaron a sus invitados de paseo por la finca. No lejos del palacio una cerca vegetal rodeaba una cancha de tenis y una piscina. Bill Astor y John Profumo, adelantados al resto del grupo, abrieron la cancela y se encontraron al doctor Ward con sus invitados de la casa de campo. Entre ellos, Christine Keeler. La chica acababa de perder el bañador en un juego de prendas y se paseaba envuelta en una toalla. Otras crónicas más proclives a la lubricidad se recrearon con la imagen de Keeler emergiendo desnuda del agua o, peor aún, la de Bill Astor y Profumo persiguiéndola alrededor de la piscina. “Forty years later, and not reliably“, continua Davenport-Hines, “Profumo recalled that Astor slappped her backside playfully and said, ‘Jack, this is Christine Keeler’“. El resto, como dicen, es historia…

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El escenario del encuentro: Cliveden House, antaño mansión de los Astor, ahora hotel de lujo

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siberia carretera miserable

Sólo rezaba por no quedarme tirado en medio de la taiga en plena noche y por no encontrarme con los asaltantes”.

Las primeras líneas de El delirio blanco, la crónica de un viaje a través de Siberia del periodista polaco Jacek Hugo-Bader, remiten inevitablemente a las imágenes de la saga Mad Max.

“Debo de ser el único loco que ha viajado solo y desarmado a través de este espantoso océano de tierra. El deporte favorito de los lugareños es el tiro al blanco. Normalmente circulan por la derecha, pero como los coches son japoneses, el volante lo llevan también a ese lado. Conducen con la mano izquierda, así con la otra pueden sacar fácilmente por la ventana el arma que llevan encima y disparar en marcha contra señales de tráfico, anuncios y paneles informativos… Más o menos cada cien kilómetros, los restos de un coche calcinado. Seguramente se estropearon de noche , en pleno invierno, y los dueños, desesperados, les pegaron fuego para intentar calentarse. Es poco probable que eso les ayudase a sobrevivir

¿Y cómo se sobrevive una noche de invierno en la taiga? El periodista polaco parte equipado con la experiencia de viajes previos por este territorio inhóspìto. He aquí  su lista de recomendaciones:

1-Poner el coche con el capó de cara al viento para evitar que los gases del tubo de escape se cuelen dentro

2-Mantener el motor al ralentí para calentar el coche (sólo consume un litro por hora)

3-No bajar nunca del medio depósito en invierno en Siberia.

4-Antes de echarse a dormir, apagar el motor, porque si al viento le da por cambiar de dirección durante la noche, ya no despertarás.

5-Fijar la alarma del teléfono cada dos horas para levantarse y poner el coche al ralentí durante 15 minutos, a 30º bajo cero tienes que hacer esto si quieres que el coche arranque por la mañana. El frío extremo deja el aceite denso como la plastilina.

6-Llevar siempre un hacha. Si el móvil se queda sin batería y no despiertas hasta la mañana siguiente, tendrás que cortar leña y hacer una hoguera.

7-Para encender la hoguera en medio del frío espantoso, la nieve y el viento, necesitas llevar preparado un bidón con una mezcla al 50% de gasolina y aceite del motor.

8-Si te quedas tirado en la estepa no encontrarás árboles a tu alrededor; por eso debes llevar una caja con leña de reserva desde Moscú.

9-La pala. No olvides la pala. Te servirá para prender encima la hoguera y colocarla debajo del coche, sólo así se calienta el motor (también se puede utilizar un soplete)

10-Si el frío es salvaje, te quedas dormido y sin batería, necesitas una segunda batería conectada desde la salida a la primera por unos cables…

Hugo-Bader acepta el desafío extremo para confrontar la realidad actual con los restos de una utopía; la que describieron otros dos reporteros, Mijaíl Vasíliev y Serguéi Gúschev, en su Informe desde el siglo XXI. En 1957, el  Komsomólskaya Pravda les encargó imaginar cómo sería la Unión Soviética 50 años después, en el 90 aniversario de la revolución bolchevique. Cuando en 2007 se cumplió el aniversario, hacía 16 años que la Unión Soviética había dejado de existir. Las predicciones de Vasíliev y Gúschev se disolvieron en el tiempo y el espacio como el país de los soviets.

El delirio blanco rescata aquel futuro imaginado como pretexto para emprender un viaje de 13.000 kilómetros entre Moscú y Vladivostok en el invierno de ese año 2007. La realidad de 2007 convierte las ensoñaciones de los periodistas soviéticos en un contrapunto sarcástico en manos de Hugo-Bader. Un ejemplo: después de sumergirnos en la epidemia de sida en Rusia, el capítulo se cierra con este fragmento del Informe desde el siglo XXI: “Con la llegada del siglo XXI habremos vencido la mayoría de las enfermedades que todavía hoy nos atemorizan y lo habremos hecho  de forma taxativa. Las únicas que no podremos curar del todo serán el cáncer y las enfermedades mentales y cardiovasculares… Pero no cabe duda de que a principios del siglo XXI estas enfermedades serán tan graves como lo es hoy una neumonía. ¿Qué harán entonces los médicos? La medicina preventiva, las condiciones sanitarias y la higiene les resultarán muy aburridas, de manera que desarrollarán una nueva, importantísima e inagotable tarea: el perfeccionamiento de un organismo humano sano“.

hugo bader con jeep ruso
Jacek Hugo-Bader, apoyado en su lazhik

En Moscú, Hugo-Bader se hace con un UAZ-469 de segunda mano, también conocido como “jeep soviético” o “lazhik”, que en ruso significa “aquel que se mete en cualquier parte”. Precio con puesta a punto: unos 5.500 euros.  “De los tres meses de viaje sólo pasó un día en la calle sin que nadie lo vigilase… Qué barbaridad de gente hace falta [en Rusia] para vigilar cada cosa, cada persona, cada sitio. Porque no son sólo los coches. Vigilan casas, personas, jardines, cosechas, bosques, animales domésticos, animales en libertad… Decenas, centenares de miles, millones de hombres que lo único que hacen es controlar… asegurarse de que nadie robe lo que sea que están vigilando. Millones de porteros, vigilantes, seguratas, gorilas y guardias nacidos sólo para vigilar. Si les pregunto a cinco rusos a qué se dedican, casi seguro que uno será conductor y dos trabajarán en seguridad. Eso sin contar los policías. Un ejército de un millón y medio de personas“.

A lo largo de un viaje a la marginalidad postsoviética, el periodista polaco se cruza con músicos underground, tribus de la taiga al borde de la extinción, supervivientes de los ensayos nucleares, una secta que venera a un Jesucristo reencarnado en Siberia, chamanas que regresaron del gulag, hippies de los años 70… Sí, también hubo hippies en la Rusia soviética. Y serlo salía más caro que en San Francisco por la proverbial incapacidad del comunismo para digerir cualquier movimiento alternativo. El sistema les aplicó la terapia común a las disidencias en los años grises de Breznev: sólo podía entenderse y tratarse como una enfermedad mental. La carrera de la mayoría de los hippies comenzó en una durka, un psiquiátrico. Bep estuvo cinco veces:

Para nosotros eran como santuarios, lugares sagrados donde, junto a los enfermos, había también encerrados disidentes, intelectuales, indomables, hippies y una gran cantidad de personas excepcionales a quienes la psiquiatría soviética consideraba locos. Yo estuve encerrado en compañía del músico Volodia Vysotski, de un tipo que secuestró una apisonadora y se puso a dar vueltas por Moscú, y de uno que reventó la puerta de un puesto callejero donde vendían cerveza y se pasó la noche haciendo viajes con cubos para llevarse la cerveza a casa. Cuando lo detuvieron a la mañana siguiente ya había llenado la bañera y el acuario. En 1989 conocí en una durka a un artista plástico que estaba perfectamente cuerdo y que había hecho un cartel que decía: “Comunistas fuera de Afganistán” y lo había colgado del balcón.

-¿De qué balcón?

-Del de su casa.

-Entonces estaba chiflado. ¿Y te sorprende que se lo llevaran los loqueros?

-Cuando llegué hacía diez años que estaba allí. Y allí seguía cuando me soltaron“.

Hugo-Bader salta de la crónica a la entrevista, del diccionario como formato narrativo a la anotación de un cuaderno de bitácora, pero su escritura fragmentaria avanza siempre pegada al barro de la taiga. El periodista habla, escucha y huele el país. En casas, coches, calles de Moscú, tugurios siberianos, orfanatos en la taiga, minas radiactivas… Decenas y decenas de entrevistas engarzadas en un recorrido alucinante por los márgenes del derrumbamiento soviético. La materia prima del reporterismo en estado puro.

Estremece su inmersión en la epidemia de sida que Rusia censura y minusvalora. Las cifras no oficiales alcanzan dimensiones africanas. Hasta tres millones de seropositivos, el 2% de la población, según ONU/SIDA; las ONG rusas elevan la cifra a cuatro millones. Resumo alguna historia:

Sergei acaba de interrumpuir el tratamiento contra el virus para curarse un poco del hígado, muy castigado por la hepatitis, las drogas y el alcohol. El estado de su hígado le preocupa más que el VIH, y los dos tratamientos se estorban entre sí. En Alcohólicos Anónimos conoció a la bella Larisa, una divorciada cuarentona cuyo marido se llevó a su único hijo porque ella bebía. Larisa es su cuarta mujer. Ella no tenía el virus. Después del primer año dejaron de tomar precauciones. Del uso del preservativo pasaron a la marcha atrás. Y todo pese a que Sergei conoce de sobra los riegos. Trabaja en una ONG que lucha contra el sida

-Joder. Seguro que sabéis que el virus no está sólo en el semen sino también en el líquido seminal.

-Claro, pero tenía esa fantasía de que si no terminaba… -Veo que está a punto de explotar-. ¡Hostia puta! ¡No me agobies! ¡Era ella la que me rogaba que me corriese dentro! ¿Entiendes? Yo tenía cuarenta años y por primera vez en mi vida estaba enamorado. Al cabo de dos años ella también era portadora. El año pasado…

-¿Has contagiado a la mujer que amabas?

-Ella quería tener la enfermedad. Porque yo la tenía.

-¿Qué gilipollez es esa?

-No es ninguna gilipollez. No tienes ni idea de cómo son las mujeres rusas. Irían hasta el fin del mundo, incluso daría la vida por el hombre al que aman. Aquí es lo normal. ¡Les encanta sacrificarse, entregar su vida como ofrenda! ¡He conocido a docenas de mujeres así!”.

rusia campaña antialcohol

El sida nos golpea en las primeras páginas, pero la verdadera epidemia que recorre todo el libro es el alcoholismo. Les marca incluso desde antes de nacer. Svetlana Izambáyeva, “Miss Seropositiva 2005”, nació antes de tiempo porque su madre “se cayó”.

“-Estaba borracha

-¿Cómo lo sabes?

-¿Por qué suele caerse la gente en Rusia?

-Es verdad. El alcoholismo es terrible. Yo he crecido en un mundo de alcohólicos. Mi familia era así. Mi papá bebía muchísimo. Luego venían las broncas, él pegaba a mi madre, yo me ponía en medio… En mi casa uno de mis abuelos bebía, el otro también, mis padres… Es toda una tradición. Lo típico de los koljoses y de Rusia. Es una epidemia terrible, una peste, una plaga. Viajo por los koljoses a visitar a las chicas y todas son como yo. De familias parecidas, así que se echaban a la calle en busca de amor, caían en las drogas, pillaban el virus“.

Del omnipresente espectro del alcoholismo sale el título del libro. El “delirio blanco” no es otra cosa que el delirium tremens. Se ceba en especial con indígenas siberianos como los evenkos. El vodka “es su Zyklon B, sólo que actúa más despacio“. Como otros pueblos del extremo oriente, apenas tienen tolerancia al alcohol: “Lo primero es que se desploman tras ingerir una dosis de alcohol con la que un ruso, un polaco e incluso un alemán podría conducir un coche sin problemas“. Después de beber les puede dar por quitarse la ropa aunque haga un frío espantoso, saltar a los ríos helados desde los puentes o quedarse sentados en medio de las carreteras más transitadas. A los coches les toca esquivarlos. En uno de sus mejores capítulos, el periodista reconstruye el destino de la brigada número uno del sovjós de Udárnik, en el distrito de Amur, al este de Siberia: tres mil quinientos renos y diecisiete pastores evenkos, entre ellos dos mujeres y dos chicos de catorce años.

En diciembre de 1991 se derrumba la Unión Soviética y en la brigada número uno muere Sasha Yákovlev. El río helado cedió bajo sus pies mientras cruzaba con el rebaño. Sasha terminó sus estudios en la escuela de aviación que hay en la ciudad, se casó y tuvo un hijo. Luego se divorció, regresó a su aldea natal y empezó a beber sin parar. Tenía treinta años. En la brigada quedaron dieciséis pastores“.

Yura, el jefe de la brigada, salió de la tienda después de una borrachera tremenda y corrió sin detenerse durante dos días y dos noches, sin chaqueta ni gorro en noches de 40 bajo cero. El cazador ruso que lo encontró “vio los inmensos y aterrorizados ojos de Yura y las pupilas extrañamente dilatadas, así que ya no preguntó nada. Al instante reconoció el delirio blanco“. Ya sólo quedaron quince pastores.

El día que se llevaron la carne de los renos muertos, Serguéi Sifronov “se emborrachó, cayó al suelo, se rompió la cabeza y se congeló“. En la brigada quedaron catorce pastores.

Otro Serguéi, Trífanov, se pegó un tiro en el pecho después de beber sin parar por desesperación. Lo mismo hicieron Pável y Sasha. “Se van a la taiga, se acaba el vodka, se les pasa la borrachera, y es cuando empiezan las alucinaciones, el delirio blanco“-explica la evenka Yelena.

Guena Yákovlev celebró con una borrachera su trigésimo quinto cumpleaños. Cuando se quedó solo, la estufa prendió las pieles de los renos y se quemó vivo en su tienda.

Rimma recuerda como su pareja, Slava, solía irse a la taiga durante tres o cuatro meses, luego volvía al pueblo y bebía sin parar. Cuando se le pasaba la borrachera, volvía  a casa. Era entonces “cuando empezaba la peor parte. El delirio blanco. Llega más tarde, después de pasarse con la bebida. Veía cosas, oía cosas… Una vez le dolía muchísimo la cabeza y algo empezó a susurrarle en el oído: `coge un arma y hazte un agujero en la cabeza, todo el dolor se irá por ahí´. Conseguí quitarle el rifle en el último momento. O una voz que le decía: `sal fuera y corre, corre, corre…´Se volvía loco y empezaba a disparar contra animales invisibles. Veía demonios. Solía ver a su padre que había muerto tiempo atrás“.

En dieciséis años, los diecisiete pastores de la brigada número uno del sovjós de Udárnik desaparecieron. “Veo cómo van cayendo, cómo se extinguen“, responde la doctora Lubov Passar, ella misma de la tribu Udegue. “Un exterminio. Una aniquilación física. Naciones enteras beben hasta morir y desaparecen de la faz de la tierra“.

En 2007 quedaban 35.500 evenkos, 237 yenets, doce alutor, ocho kerek. “De los 346 orok que quedan, apenas tres pueden hablar su idioma, cosa que no puede hacer ninguno de los 276 taz“.

semipalatinsk nuclear landscape
El Polígono nuclear de Semipalátinsk (Kazajstán)

En la ruta de Moscú a Vladivostok, Hugo-Bader nos cuenta su paso por las ciudades secretas del programa nuclear soviético en Kazajstán como un descenso dantesco a los infiernos. En el primer círculo, el almacén de los recursos didácticos. Allí se guardan en formalina los fetos deformados por la exposición a la radiactividad.

Cuando era estudiante –cuenta nuestro guía, el profesor Urazalin– quería especializarme en obstetricia, pero cuando me encontré con dos partos así durante mi período de prácticas, se me quitó rápidamente la idea de la cabeza como guía. Aún asi tuve que acabar las prácticas. Pese a ser un comunista comprometido, antes de cada parto rezaba para que saliese un ser humano normal. Soy médico, maldita sea, pero todo esto todavía me perturba. Así que me hice dermatólogo“.

Tercer círculo: el infame Polígono de Semipalátinsk en la estepa kazaja. Un área de 18.000 km2 -equivalente a la provincia de Zaragoza- en la que se realizaron trescientas pruebas nucleares subterráneas. La disolución de las granjas colectivas- los koljoses- y el trastorno económico que acompañó a la caída del comunismo sumió en la penuria a los habitantes de la zona. Hasta que alguién descubrió que en el centro del Polígono, en la montaña de Deguelén había un tesoro: grandes vetas de hilo de cobre. Poco les importó que bajo esa montaña la URSS hubiera realizado 209 explosiones nucleares subterráneas. Pese a los enormes riesgos, se desató la fiebre del cobre.

La gente se muere en las galerías y muere” -le cuenta Danier un antiguo koljosiano-. Cada pocos días desaparece alguno. El mayo pasado, entraron cuatro y ya no volvieron. De los que fueron después a intentar rescatarlos, tres murieron en la galería, al cuarto le pasa algo en la cabeza y lo han mandado con los loqueros, y el quinto, hace dos semanas, se cortó el cuello, y eso que solo estuvieron una hora en esa galería. El demonio sabrá lo que hay ahí dentro: vapores o a lo mejor gases de escape: estaban sacando agua con una bomba. Yo creo que fue el mal, porque al que se suicidó se le fue todo el pelo: cejas, pestañas, hasta el de sus partes; lo vi cuando lo estuve vistiendo para ponerlo en el ataúd“.

Hugo Bader se adentra en las galerías excavadas en la ladera de la montaña hasta que la radiactividad supera los límites que se ha impuesto. “Mil ciento setenta microroentgens por hora. Es hora de largarse“. En su ruta por el paisaje postnuclear, se asoma a un cráter donde no crece ni la hierba. Al fondo un pequeño lago, Kelkem-1, el lugar más radiactivo del planeta, cuatrocientas veces superior a la norma. Y por todas partes suicidios, enfermos y muerte por radiactividad. El delirio blanco refuerza una impresión que aún perdura desde los tiempos de la Rusia soviética. El escaso valor de la vida individual ante una utopía y un horizonte sin límites. Los millones de muertos por las hambrunas de la colectivización agrícola en los años 30, los cientos de miles de soldados caidos en las embestidas de Zukhov y Koniev contra la Wehrmacht nazi, los centenares de hombres, mujeres y niños afectados por el programa nuclear… Como si el vasto territorio redujera el valor de la vida humana; hombres y mujeres, puntos perdidos en un paisaje que les devora.

Y con todo, el periodista encuentra en esta remota provincia de Kazajstan a quien añora los viejos tiempos del país de los soviets. Larisa Yákovlevna, la mujer del coronel al mando de las pruebas nucleares en la última etapa de la URSS. Están a la espera de un alojamiento para trasladarse a Rusia.

Antes en nuestra escalera solo vivíamos rusos, ahora se han mudado dos familias kazajas. No es que tenga nada en contra suya, pero son diferentes, desagradables, están por todas partes, escupen en la escalera, pese a que no se construyó para ellos. Estamos en casa, pero ya no es nuestra casa“.

Larissa está orgullosa del trabajo de su marido ahora gravemente enfermo. “Por supuesto, hizo cosas excepcionales. El Partido le confió los mayores secretos de la Unión Soviética… Hizo cosas importantes, para el equilibrio del poder en el mundo, para la paz“. Añora los desfiles del nueve de mayo. Los soldados marchaban con paso ceremonioso, “¡tan aseados, tan extremadamente elegantes, tan inteligentes! Nuestros maridos iban al frente y nosotras, las mujeres con vestidos suaves, abrigos finos, con los niños esperándolos. Risas, alegría, globos, claveles rojos… y de repente todo ha terminado. Esa era mi vida. Daría lo que fuese por recuperarla“.

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Mijaíl Kaláshnikov y su celebre AK-47

Los nostálgicos como Larisa no abundan. El más destacado, Mijail Kaláshnikov, el creador del mítico fusil que lleva su nombre. Hugo-Bader le encuentra en Izhvesk, “una ciudad bastante fea situada en los Urales“, que hasta 1991 fue otro de esos enclaves secretos de la Unión Soviética. Tal vez sea el capítulo menos original si no fuera por el duro interrogatorio que el periodista polaco emplea con el anciano (murió en 2013, a los 94 años):

-Quizá para acabar estaría bien hablar de Stalin. ¿Sabía usted de sus crímenes, Mijaíl Timoféyevich?

-No sabía nada.

-Ahora todo el mundo dice que nunca oyó hablar de los gulags.

-Le diré algo: aquí es difícil enterarse de las cosas. Todo eso sucedió en algún sitio remoto, allá arriba, nosotros estábamos muy lejos.

-En una entrevista en Ogoniok dijo que le resultaba difícil borrar de un plumazo setenta años de historia de la Unión Soviética.

-Desde luego…

-Usted preguntaba si alguien era capaz de demostrarle que habían cometido una equivocación. Yo se lo puedo demostrar. Los comunistas son responsables de la muerte de diez millones de ciudadanos soviéticos. Un millón y medio de mis compatriotas perdieron la vida en su patria.

-Yo estaba muy alejado de esas cosas.

-¿Sabía usted, Mijaíl Timoféyevich, que a su fusil automático lo llaman el arma de los terroristas?

Pero Mijaíl  Timoféyevich ya no escucha. Está de pie, en medio de la habitación, dejando claro que la conversación ha terminado. Enciende la televisión y salen unos armenios. Llevan las manos en la cabeza. Detrás van unos azeríes. En las manos llevan unos Kaláshnikovs“.

El delirio blanco, crónica de la marginalidad en territorio hostil, no aspira a ser un corte representativo de la sociedad rusa. Es periodismo, no sociología.  Nos quedamos con una decepción que se repite cada vez que miramos al este de Europa: el absoluto fracaso de la pedagogía comunista. 70 años de educación en  los valores socialistas y en la exaltación de la solidaridad apenas han dejado marca en el Homo Postsovieticus. Viajamos por un invierno siberiano salvaje, oscuro y vacío de esperanza. ¿Dónde quedó el nuevo hombre  que soñaron los “ingenieros de almas”? Al hermanamiento de los pueblos le ha sustituido la xenofobia, a la generosidad, el recelo, al compromiso, la indiferencia.

Una hora y media junto a la carretera cubierto de sangre luchando contra el frío, la nieve y la ventisca. Nadie se detiene. Solo el de la furgoneta, que me ha visto dando vueltas de campana por la carretera…

-¿Estás vivo?-me grita desde lejos.

-¡Sí!

-¡Pues que vaya bien!

-¡Oye! -le grito espantado-. ¡Espera! ¡Ayúdame a salir de aquí!

-¡Ahora voy! Espera que apague el motor -dice, se mete en la cabina y se larga.

Después de detener su hemorragia con nieve se pone, pala en mano, a excavar una zanja para abrirse un camino en la nieve:

Trabajo en la oscuridad durante una hora y media. Cada dos por tres me iluminan las luces de los coches que pasan, pero nadie para. Antes de salir de Moscú, mis amigos me advirtieron que nadie se detendría por la noche, aunque echase un montón de diamantes por el suelo. Por el miedo a los rekiet, a las emboscadas… De los trece mil kilómetros que recorrí de Moscú a Vladivostok, tres mil no tenían ningún tipo de pavimento. Y no me creo todo ese cuento del miedo a la gente peligrosa que hay en los caminos. Esto es un síntoma de una enfermedad social muy distinta que ha afectado a los rusos: la indiferencia. Una indiferencia terrible y fría, que en su forma más radical se convierte en un desdén profundo, irracional y espontáneo“.

siberia invierno dos