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“El trabajo os hará libres”, el célebre y cruel lema a la entrada del KL Auschwitz I

Cuenta la fábula que un condenado a muerte le hizo una proposición al rey: “Si me das un año, puedo enseñarle a cantar a tu caballo”. “Muy bien”, respondió el rey. “Pero, si dentro de un año el caballo no canta, serás ejecutado”. Al volver a la mazmorra, su compañero de celda le reconvino: “Pero, ¿estás loco? Sabes que no puedes enseñar a un caballo a cantar”. “Sí, pero ahora tengo un año que no tenía antes”, replicó el condenado. “Y en un año pueden ocurrir muchas cosas. Podría morir el rey. Podría morir el caballo. Podría morir yo. Y, ¿quién sabe? Tal vez el caballo aprenda a cantar”.

Los miembros del Sonderkomamndo también se sabían condenados a muerte. En tanto que Geheimsträger, “portadores del secreto”,  los nazis habían decretado su desaparición en cuanto finalizara su trabajo forzado: colaborar en el exterminio de los judíos europeos. “Con vosotros desaparecerán las pruebas”. Para ellos, como para el condenado de la fábula, ganar un día lo era todo. Tal vez los nazis cambiaban de idea, tal vez llegaban antes los rusos, tal vez los aliados bombardeaban el campo… Pero, entre tanto, ¿cómo podían soportar esos días ganados al destino en medio de la tarea más inhumana del mundo?¿Merecía la pena? ¿Se puede salir con el alma indemne después de mirar un día tras otro a los ojos de hombres, mujeres y niños que van a convertirse en ceniza al cabo de dos horas?

Quien busque respuestas, las puede encontrar en We wept withou tears: Testimonies of the Jewsih Sonderkommando from Auschwitz (1985), el libro de entrevistas de Gideon Greif a ocho supervivientes del Sonderkommando del que ya hemos hablado en otras entradas de este blog (Sonderkomando (I)Sonderkommando (II)). Greiff, como un forense que busca reconstruir hasta el último detalle de la experiencia del Sonderkommando, repite el mismo cuestionario con ligeras variaciones. El procedimiento resulta pesado por momentos, pero permite observar una cierta diversidad en la respuesta que dio cada uno de estos hombres forzados a participar en la mayor matanza planificada de la historia.

Cualquier lectura de estos testimonios debe tener presente que todos hablan muchos años después de los acontecimientos. Resulta inevitable que traten de justificarse en un tiempo que ha convertido “Auschwitz” en el mayor abismo de la humanidad. “De estos hombres -dijo Primo Levi mucho antes de que se escribiera este libro- no se puede esperar una declaración verídica, en el sentido jurídico del término, sino otro tipo de cosa que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos”.

Siempre vuelven las mismas preguntas: ¿Por qué colaboraron? ¿Cómo pudieron soportarlo? ¿Recuperaron la humanidad? La mayoría se describe como autómatas desprovistos de sentimientos en las tareas del lager, otros se justifican por la necesidad de dar testimonio de una matanza de proporciones increíbles y muchos apelan a la pura y simple voluntad de vivir: “…puedes encontrar cientos de excusas, pero la verdad es que quieres vivir a toda costa. Deseas vivir, porque estás vivo, porque el mundo a tu alrededor sigue vivo y todo lo que es placentero, todo aquello a lo que te sientes vinculado, está unido inextricablemente a la vida”. El prisionero del Sonderkommando Zalman Lewental escribió estas palabras en su diario secreto de Auschwitz, recuperado -lo contábamos en la entrada anterior- al finalizar la guerra. La desesperanza podía llevar al suicido, en especial, de los más fuertes. Sólo la “debilidad” moral -apunta Lewental-, la voluntad “animal” de vivir, permitía a estos hombres arrastrase de un día al siguiente por su rutina macabra.

“Saldré vivo de aquí”, se dijo desde el primer día Ya’akov Gabai, judío sefardita originario de Atenas y deportado a Auschwitz en abril de 1944. Tenía 32 años.”Sobreviví porque mantuve mi optimismo”. Gabai ofrece uno de los testimonio más descarnados del libro de Greif. No arrastra complejos ni sentimientos de culpa. Y a diferencia de otros supervivientes del Sonderkommando, el crematorio no regresa a sus pesadillas: “Nunca he soñado con Auschwitz”. ¿De dónde sacó su fuerza vital? ¿Tal vez la fe religiosa? “No soy religioso, pero nunca he negado la existencia de dios”, dice, y en esto coincide con otros supervivientes a los que la experiencia en el  crematorio alejó de dios. ¿Un insensible? ¿Un mutilado moral? Primo Levi habla de los miembros del Sonderkommando -a los que no trató en el campo- como “esclavos embrutecidos por el alcohol y la matanza cotidiana”. Pero también añade. “¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos?”. Gideon Greif reivindica a estos hombres arr0jados al destino “más demoniaco del nacionalsocialismo” (Levi) y escucha con actitud comprensiva sus palabras. Palabras como las de Ya’akov Gabai, el eterno optimista.

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Ya’akov Gabai en Israel a mediados de los 80

Traigo aquí algunos fragmentos de su testimonio. Sólo añadiré un comentario final. Un atrevimiento que incumple aquella recomendación de George Steiner: el silencio se impone después de escuchar las voces del exterminio. Avanzo, eso sí, una cautela a la manera de Dante a las puertas del infierno: “absteneos, almas sensibles”.

Pregunta el historiador Gideon Greif. Responde el superviviente del Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau Ya’akov Gabai:

“¿Qué viste cuando las puertas de la cámara de gas se abrieron por primera vez delante de ti?

Vi cuerpos, unos encima de otros. Habría unos 2.500 cadáveres. Muchos con heridas y sangre. Nunca había visto nada parecido. Era una visión dantesca…

¿Qué se te pasó por la cabeza cuando viste los cuerpos?

Pensé que era una tragedia, que una tragedia enorme se abatía sobre los judíos, asesinarles allí de una manera tan cruel. Durante los primeros días fue terrible. Pero me dije a mi mismo: “no debes perder la cabeza”. Sabía que desde entonces en adelante iba a ver esto un día sí y otro también. Este iba a ser nuestro trabajo así que sería mejor acostumbrarse. Un trabajo duro, pero te acostumbras”.

¿Te acostumbras? Hasta la rebelión en octubre de 1944, la inmensa mayoría prefirió cumplir las órdenes de los SS y seguir adelante con su trabajo en el crematorio. Muy pocos optaron por el suicidio.Ya’akov Gabai recuerda uno:

“Uno de los miembros de nuestro grupo [del Sonderkommando]había llegado en el mismo transporte que yo. Se llamaba Menachem Litschi. Había trabajado como zapatero en Grecia. Dejó atrás a su mujer y dos hijas. Un día me dijo: `Ya’akov, este trabajo es intolerable. No podemos seguir tirando a la gente al fuego [de las fosas comunes]. Ya no quiero seguir viviendo´. Le pedí que aguantara un par de días: `Todos los comienzos son duros. Luego todo pasa. No eches a perder tu vida´. Esperó dos días y en el tercer día, mientras traían los cuerpos a las fosas -cuando creyó que nadie le miraba-, Menachem se lanzó al fuego con el cadáver que traía arrastras. Un sargento alemán llamado Grünberg le disparó para ahorrarle el dolor. Ocurrió el 8 de mayo de 1944. Un mes o dos después vino un soldado alemán al crematorio y preguntó si alguno de nosotros sabía algo del incidente de Menachem. Levanté la mano y me llevó a su oficina. Me sentaron, me dieron de comer y luego entró uno que me interrogó sobre lo ocurrido con Menachem. Yo me preguntaba: ¿Cómo es que los alemanes, que ejecutan a miles de personas todos los días, están ahora tan interesados por el destino de un único hombre? Sabía que no debía contarles que se había suicidado. Les dije que se había acercado mucho a la fosa arrastrando el cuerpo y que se había resbalado y caído. Me habría ido muy mal si les hubiera dicho que se había suicidado.

¿Por qué?

Me habrían matado allí mismo.

¿Hubo otros casos como el de Menachem?

No, ese es el único caso que recuerdo.

¿Se toparon alguna vez los miembros del Sonderkommando con parientes suyos?

Todos los que estaban en mi situación -con mi mujer también internada en el campo- lo temíamos. Siempre temí que enviaran a mi mujer al crematorio, que la asesinaran, siempre me preguntaba qué haría en ese caso. Afortunadamente no ocurrió, pero el 31 de octubre de 1944 cuando enviaron a la muerte a los últimos 400 musulmanes [así se conocía en el campo a los desahuciados, a los que habían perdido ya la cabeza y la fuerza para vivir y deambulaban como fantasmas por el lager], me encontré con dos de mis primos. Nos sentamos y hablamos durante un par de horas en la sala para desvestirse del crematorio.

Sabías, por tanto, que tus primos iban a morir

Sí, por supuesto. Lo sabíamos por las órdenes de los alemanes. Cuando el prisionero tenía que desvestirse y se le ofrecía una manta y algo de pan y margarina, significaba que iba a ser enviado al crematorio.

¿De qué hablasteis?

Les pregunté cómo era posible que gente como ellos -siempre con aplomo y valentía- hubiera llegado a esa situación. Me respondieron que era lo que les había tocado en esta vida, que era su destino y no podían evitarlo. Comieron y nos fumamos unos cigarrillos hasta que les llegó su hora. Uno de los alemanes dio la orden: `Ahora tenemos que acabar con vosotros´. Entonces yo les dije: `Venid, tengo algo terrible que contaros, pero no sufriréis´. Les lleve a la cámara de gas, hasta el lugar exacto por el que caían las pastillas de gas. `Si os sentáis aquí, no sufriréis ni un segundo´. Al salir, el soldado alemán me dijo: `Qué fortaleza; eres muy, muy valiente´. `¿Por qué deberían sufrir?´, le dije. Diez de las víctimas de ese día eran familiares y conocidos de Grecia.

Un día de mediados de julio de 1944, a las tres de la mañana, llegó un “transporte” de al menos 1.500 personas. Eran judíos húngaros. Hombres, mujeres y niños. Esperábamos a que se desvistieran cuando de repente una mujer con dos niños nos dijo: `¿Cómo voy a quitarme la ropa aquí, enfrente de vosotros. Es una deshonra´. Le contábamos que ya estábamos acostumbrados cuando se presentó el comandante del campo y le dijo a la mujer: `Ponga sus ropas aquí, y también la de los niños y recuerde el número de la percha para encontrarlas luego´. Qué irónico… Se fue directa a la cámara de gas con sus hijos y eso fue todo.

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El mal absoluto: el sádico SS Otto Moll

En agosto de 1944 trajeron a 250 musulmanes polacos procedentes de varios campos en los alrededores de Auschwitz. Para cuando llegaron, ya no se podían mover. En ese momento, el comandante del crematorio, [Otto] Moll de las SS, vino y dijo: `No enviéis estos a la cámara de gas´. Quería matarlos personalmente. Primero les golpeó con la barra metálica que usábamos para machacar los restos de huesos de la incineración. Después le pidió rifle y balas a un soldado y empezó a disparar. Cuando ya había efectuado cuatro o cinco disparos, uno de los musulmanes gritó: `¡Comandante!´. Y Moll, que era un sádico brutal, contestó: `¿Sí?´.`Tengo una petición´. `¿Qué quieres?´`Cantar el vals del Danubio Azul mientras disparas a mis amigos´.`¡Magnífico¡ Es incluso mejor disparar con acompañamiento musical´, respondió Moll. Así que el hombre cantó -la-la-la- hasta que Moll mató a todos y llegó el turno del cantante. La última bala acabó con él.

Dos semanas después llegaron 20 partisanos, entre ellos cuatro mujeres muy bellas. Sabían que les llevaban a la muerte. Nosotros esperábamos que se defendieran, que empezaran a puñetazos, ya que, después de todo, eran partisanos. Pero no ocurrió nada. Les pedimos que se desvistieran y ni uno levantó la vista. Caminaron en silencio hacia la cámara de gas -como corderos al matadero.

Recuerdo cuando nos llegaron 140 o 150 chicas adolescentes. Se sentaron y empezaron a bromear y reírse. Debían pensar que habían venido a Birkenau a pasárselo bien. Nosotros no salíamos de nuestro asombro. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Había pasado una hora, dos horas y aún no habían terminado incineradas? Entonces dieron la orden de devolverlas. Un camión se las llevó. Cuando salían del crematorio vivas y coleando, les dijimos :`Encended una vela en agradecimiento por haber salido con vida de este lugar´. Resulta que mientras estuvieron allí sentadas, les pidieron que escribieran postales: `Hemos llegado al campo. Los alemanes nos han dado una cálida bienvenida. Estamos sanas y bien alimentadas´. Dos días después, las trajeron de vuelta al crematorio y montaron todo un lío porque sabían lo que les esperaba. Todas fueron liquidadas.

En una ocasión nos trajeron una chica húngara con un bebe de dos días. Sabía que estaba a punto de ser asesinada. Nosotros no teníamos nada que hacer esa noche. Nos sentamos, ociosos. A la mujer le ofrecimos una silla, algo de comida y unos cigarrillos. Nos contó que era cantante. Estuvo hablando con nosotros como media hora. Estábamos sentados enfrente de los hornos. Junto a nosotros se sentó un SS holandés. Un tipo bastante afable que también se pasó todo el tiempo escuchando. Cuando terminó la historia, el holandés se levantó y dijo: `Muy bien, no podemos quedarnos aquí sentados para siempre; ahora llega el turno de la muerte´. A la chica le preguntaron qué prefería, que matáramos primero al bebé o a ella. `Yo primero´, dijo. `No quiero ver a mi hijo muerto´. Entonces el holandés cogió el rifle, disparó y metió a la chica en el horno. Después levantó el bebé, bang-bang, y eso fue todo.

Ya’akov, ¿cómo puedes recordar todos los detalles, incluyendo las fechas exactas? Es sorprendente.

Escribí un diario. Lo empecé mi primer día en el Sonderkommando y lo mantuve hasta el 18 de enero de 1945, cuando me liberaron. Anotaba cada día. Casi 500 páginas… Pero no me pude llevar el diario cuando salí de Birkenau. ¿Cómo podía llevarme 500 páginas de Birkenau a Mauthausen? ¿Qué dirían los alemanes? Me matarían.

¿Dónde dejaste el diario?

Allí, sin enterrar. Pero aunque perdí el diario, recuerdo muchas, muchísimas fechas y nunca las olvidaré. Tengo buena memoria para las fechas.

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En los hornos de Dachau. De Auschwitz, no hay imágenes

¿Cuánto se tardaba en incinerar un cuerpo?

Media hora. El proceso de cremación funcionaba así: había cinco hornos con tres aperturas cada uno. Cinco hornos multiplicados por tres puertas multiplicado por cuatro cuerpos en cada una [cuatro adultos o entre seis y ocho niños] te sale a 60 cuerpos incinerados en el Crematorio II en media hora. 120 en una hora. 2.880 en un día sin parar. Así que llevaba un día liquidar todo un “transporte” de judíos. Calcula ahora la capacidad de los cuatro crematorios en Auschwitz-Birkenau.

Perdóname la pregunta: ¿en cuánta ceniza se convierte un  cuerpo humano?

Pesa menos de un kilo. Los huesos de la pelvis no se quemaban totalmente así que teníamos que sacarlos del horno y machacarlos.

¿Cuánta gente trabajaba contigo quemando cuerpos?

Otros cuatro. Siempre el mismo grupo, sin cambio de turnos.

¿Eran también griegos los otros miembros del grupo?

No, eran polacos.

¿Cómo os comunicabais?

Hablábamos un poco de yidish y usábamos lenguaje de signos. Nos llevábamos bien. Después de todo, yo había estudiado dos años de alemán y dos de inglés en una escuela italiana.

¿Estuviste todo el tiempo con los mismos hombre del Sonderkommando?

Estuvimos juntos hasta el último día, hasta que salimos de Auschwitz. Nos enviaron por caminos distintos y nunca más nos volvimos a ver.

¿Y sobre la comida, la alimentación…?

A veces, cuando no comíamos toda la comida que nos habían servido, se la llevábamos a los trabajadores-esclavos que hacían tareas [físicamente] muy duras fuera del campo. En cuanto a los alimentos, no nos faltaba de nada. Podíamos coger todo lo que encontrábamos entre las pertenencias de las víctimas. Teníamos pan, bizcochos, embutido, todo. Encontrábamos restos de todo y los guardias alemanes se unían a nosotros a la hora de comer… Teníamos tanto que no sabíamos por donde empezar.

¿Bebíais alcohol?

Sí, todos bebíamos alcohol también. Teníamos de todo, todo lo que quisiéramos -Vodka de 96º. Teníamos permiso para tomar bebidas alcohólicas y todo lo que quisiéramos.

¿Dónde vivíais?

En el edificio del crematorio, el Crematorio II. Vivíamos en la última planta, en habitaciones privadas. Yo dormía en una cama con manta y almohada.

¿Era posible dormir bien tan cerca de los hornos?

No estaban lejos. Incineraban los cadáveres abajo y nuestras habitaciones estaban arriba. Teníamos buenas camas, mantas, almohadas. De todo. La vida arriba continuaba sin importar lo que estuviera ocurriendo debajo.

¿Salisteis alguna vez al patio de hierba fuera del crematorio?

Sí. El césped estaba muy bien cortado. A veces cuando no teníamos nada que hacer nos dedicábamos a limpiar todo el patio.

¿Qué hacíais al atardecer en vuestras habitaciones?

Por la tarde, cantábamos todos juntos. Comiamos, bebíamos y cantábamos un montón. Cuando no había trabajo y todo estaba tranquilo, dormíamos. Nos íbamos a dormir a las 10, 11 de la noche.

¿Alguna vez os dieron un día “festivo”?

Recuerdo que el Yom Kippur cayó el 4 de octubre de 1944. El lunes por la tarde vi cómo los judíos polacos del Sonderkommando preparaban todo: los rollos de la Toráh, los libros de rezos… Los alemanes nos dieron el día libre y rezamos. El día siguiente, martes, a las cinco de la mañana -en Yom Kippur- llegó un transporte con 2.500 judíos. Así fue. Ese fue su regalo de Yom Kippur. Aún lo recuerdo. Le dije a mis amigos: “mirad que regalo nos hacen estos bastardos”. Tres días después estalló el levantamiento en el Crematorio III.

¿Fuiste uno de los que rezó en aquel Yom Kippur en Auschwitz?

No. No rezaba entonces, nunca iba a la sinagoga. Sólo aquí en Israel voy a la sinagoga. Creo en dios pero no soy religioso.

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Proceso de “selección de un transporte” a la llegada a Birkenau (1944)

¿Alguno de tus compañeros en el Crematorio III vive hoy en Israel?

Sí. Shmuel Lemke, pero no quiere hablar del asunto. Hace 15 años yo tenía un amigo en Kefar Sava que también había estado en Auschwitz. Un sábado me dijo que tenía una sorpresa para mí. Fuimos hasta Givat ha-Shelosha y paramos ante la casa de Lemke y me dijo: “Ese es Lemke”. Nos acercamos a él, pero no me reconoció. Empecé a refrescar su memoria, se acordó de mi y entonces se puso a llorar y a rogarme que no le contara a su mujer que había trabajado en el Sonderkommando.

En esos momentos en que bebíais y comíais con  los alemanes ¿era la relación estrecha? ¿de qué hablabais con los alemanes?

No teníamos profundas discusiones políticas. Contábamos chistes, hablábamos de canciones. Les encantaba cantar. Puede sonar terrible. Es difícil de entender cómo vivíamos junto a nuestros asesinos. Pero cualquier cosa era posible en Auschwitz.

¿Recuerdas la visita de Eichmann?

Vino en julio de 1944. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. A las 6:15 de la mañana. Teníamos cuatro cuerpos dentro, a medio incinerar. Entonces entró un guardia alemán y de repente vi a Eichmann acompañado de dos oficiales. Ese hijo de perra, ese pedazo de carroña. Dijo: “Tenéis que poner otros dos encima de los cuatro, no me importa cómo”. Tenías que ser experto para hacerlo. No era tan fácil quemar seis cuerpos allí. “Bien, bien…” dijo mientras obedecíamos la orden. Pasó junto a mí dos veces, muy cerca, por detrás, y se quedó mucho tiempo. Vino dos veces a Birkenau.

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El “arquitecto del Holocausto”: el SS-Oberstürmbannführer Adolf Eichmann (1942)

¿Cómo pudiste trabajar tanto tiempo en ese infierno?

Es verdad que los que trabajaban [en otras partes] del campo veían la muerte a diario, les golpeaban, sufrían otras tragedias. Pero nosotros vimos lo más terrible de todo. Hicimos el trabajo sucio del Holocausto. Durante ocho meses trabajé en el Sonderkommando, ocho meses en medio de esta tragedia. Era un trabajo penoso, en especial los primeros días. Todos temíamos encontrar parientes entre los cadáveres.La primera vez era la más dura. Pero, créeme, te acostumbras a todo. Cuando trabajábamos por la noche, me sentaba junto a un muerto a eso de la medianoche y no sentía la más mínima emoción.

¿Pudiste reflexionar sobre lo que estabas viendo?

Al principio era muy doloroso ver todo esto. Me costaba comprender lo que mis ojos estaban viendo -que todo lo que quedaba de un cuerpo humano era medio kilo de cenizas… Pero ¿qué alternativa teníamos? Escapar no era una opción. Desconocíamos la lengua. Continué trabajando pese a que sabía que mis padres habían sido exterminados. No hay nada peor que eso. Después de dos o tres semanas, me acostumbré. A veces al descansar ponía mi mano en un cadáver y ya no me incomodaba. Trabajábamos como robots. Tenía que mantenerme fuerte para sobrevivir y relatar todo lo que había ocurrido en este infierno… Sí, éramos animales. No teníamos emociones. A veces teníamos dudas sobre si seguíamos siendo seres humanos.

Me resulta difícil entender cómo podías cantar después de una jornada de trabajo en la cámara de gas y en los hornos.

Mira, como ya te he dicho, ya no sólo éramos solo robots, nos habíamos convertido en animales. No pensábamos en nada. Sólo en una cosa: sobrevivir y escapar.

¿[Al volver a Grecia] le hablaste a alguien de tu historia en Auschwitz?

No le veía ningún sentido porque me sentía incapaz de describir la realidad que habíamos vivido allí. Pero cuando empece a integrarme de nuevo en la sociedad y a reflexionar sobre lo que había hecho allí, sentí mucho dolor. Y aún lo experimento cuando hablo de todo aquello.

¿Sueñas con Auschwitz?

No, a veces me viene un recuerdo, pero no sueño. Nunca he tenido sueños sobre Auschwitz. El pasado es pasado. Yo vivo en el presente… Todo pasa. Lo he dejado atrás. Sobreviví porque siempre esperé salir vivo de Auschwitz. Sobreviví porque fui optimista. Ahora, mientras estoy aquí sentado y te lo cuento, me pregunto cómo puede un ser humano someterse a semejante experiencia, cómo puede soportarlo.  Bueno, el hombre es más duro que el hierro. C’est la vie, mon cher ami: pasar, resistir y dejar a un lado [to pass, to last, to cast aside]

¿Se puede dejar a un lado una experiencia tan traumática? Las contradicciones en el discurso de Ya’akov Gabai no han pasado inadvertidas. Tan pronto dice que le resulta muy duro relatar sus días en el Sonderkommando como que ha salido indemne moralmente de la experiencia. Es más, en sus respuestas a Greif niega que le persiga el fantasma de Auschwitz, niega cualquier sentimiento de culpa y, sin embargo, su necesidad de relatar su experiencia a su familia, a Greif, a jóvenes y adultos, en escuelas y Días del Holocausto parecería un modo de justificarse, de limpiar en público su sentimiento de culpa.

Ya’akov compartió sus días en Birkenau con su hermano Dario, 10 años más joven-no es, por cierto, el único caso de hermanos en el Sonderkommando-.  Dario marchó a EEUU después de la guerra y allí hizo carrera dirigiendo una fábrica de cortinas. Durante mucho tiempo guardó silencio. Sólo a finales de los 90 se decidió a hablar en documentales como el de Spielberg The Last Days (1998) o la serie de la BBC Auschwitz: The Nazis and the Final Solution (2005).

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Ambos hermanos coinciden en describirse como robots sostenidos por la voluntad de vivir, pero, a partir de ahí, el contraste al “verbalizar” su experiencia no puede ser mayor. Dario cuenta como los primeros 10 años fueron especialmente duros. No pasaba una semana sin pesadillas sobre las cámaras de gas y el crematorio. El problema del Sonderkommando,, decía en una entrevista, no era la ropa o la alimentación sino “el interior del alma”. En un par de entrevistas a principios de la década del 2000, revela que aún sufre de culpa y vergüenza y siente que él debería haber muerto con el resto de los judíos.

El contraste entre el relato a posteriori de los dos hermanos respalda la cautela que pedía Primo Levi al escuchar la versión del Sonderkommando. Pero también que cualquier generalización de su experiencia es un error y que su testimonio -ignorado durante tantos años- es absolutamente imprescindible si queremos adentrarnos en un horror que desafía cualquier capacidad de comprensión.

Cuando escribo estas líneas, Darío aún vive en EEUU. Ya’akov murió en Israel en 1994. Nunca llegó a ver publicado su diálogo con Greif ni mucho menos la pieza teatral que se montó en Alemania basada en la entrevista con el historiador. Se titulaba “¡Saldré de aquí!. Se estrenó en Berlín en el invierno de 1997.  Qué habría pensado Gabai, se pregunta el historiador, al ver una obra basada en su testimonio y representada en la capital de Alemania ante una audiencia alemana…

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La puerta del infierno. Entrada del campo de Birkenau

EN LA ANTESALA DE LA MUERTE

El prisionero del Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau  Zalmen Gradowski nunca salió vivo del campo de concentración y exterminio, pero tuvo el valor de dejarnos un testimonio excepcional enterrado en el lager nazi.

Al final de sus manuscritos describe una escena desconcertante. Estamos en la antesala de la cámara de gas, allí donde las víctimas deben desnudarse y colgar su ropa. Es el momento que viven  con mayor tensión los judíos forzados a trabajar en el “Comando especial” del proceso de exterminio. Muchos rehuyen la mirada de angustia de quienes buscan respuestas, de quienes sospechan que van a morir. La mayoría, mujeres y niños.

“Hemos coincidido con ellas, con las víctimas, y, petrificados, intercambiamos miradas. Saben todo, comprenden todo: que no son baños, y que esta sala es el corredor de la muerte… Decidnos, hermanos, ¿cuánto se tarda en morir? ¿Es una muerte penosa o fácil?”, escribe Gradowski, un hombre que entonces ronda los 34 años..

“El aire es rasgado por los gritos de los bandidos borrachos, impacientes por saciar su desnudez de mis queridas y hermanas… Algunas se avergüenzan, quisieran ocultarse donde fuera, con tal de no exponer su desnudez… Algunas se abalanzan sobre nosotros como hechizadas, como enamoradas se lanzan a nuestros brazos y nos ruegan con miradas avergonzadas que las desvistamos, quieren olvidarse de todo, no quieren pensar en nada. Al pisar el primer escalón de la tumba ya han saldado todas las cuentas con el mundo de ayer, con su moral y principios, con sus ideas éticas. Y ahora, en el umbral de la fosa, mientras aún permanece en la superficie de la vida y sigue sintiendo, perciben todavía que necesitan disfrutar el cuerpo, quieren darle todo lo que desee, el último placer; la última alegría que sea posible obtener en vida, ahora quieren emborracharlo, saciarlo antes de morir: Por ello desean que ese cuerpo que palpita intensamente, pleno de sangre y de vida, sea acariciado, mimado por la mano de un hombre extraño, que sea el más cercano amante, aquí y ahora, quien lo acaricie. Y sentir de ese modo como si la mano del esposo o del amante fuese la que acariciara y mimara su cuerpo consumido por la pasión. Quieren emborracharse ahora, las queridas hermanas, las hermosas mías. Y sus labios ardientes se tienden hacia nosotros con amor; quieren besarnos apasionadamente, mientras esos labios sigan con vida”.

“Allí está también una madre desnuda sentada en un banco con su hija en el regazo. Una criatura, una niña que aún no ha cumplido quince años. Estrecha la cabecita contra su pecho y la besa por todas partes. Y una corriente de cálidas lágrimas se derrama sobre su sangre joven. La madre llora por su niña, a la que con sus propias manos pronto conducirá a la muerte”.

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El testimonio dibujado de David Olere, superviviente del SK.

“Las contemplamos compasivamente porque vemos alzarse ante nosotros otra estampa de horror: estas vidas palpitantes, estos mundos en ebullición, el ruido, el alboroto que surge de ellas, en unas horas habrá muerto, yacerá inmóvil. Sus bocas enmudecerán para siempre. Esos ojos brillantes que ahora las dotan de tanto encanto, tanta magia, quedarán detenidos, apuntando hacia una única dirección, como si fueran a sondear la eternidad de la muerte. Esos hermosos cuerpos seductores que ahora florecen llenos de vida tendidos quedaran en el suelo, como seres repugnantes revolcados en el lodo y la mugre de la tierra, sus limpios cuerpos alabastrinos maculados por las deyecciones […] el rostro blanco y rosado se tornará rojo, azul o negro por efecto del gas… Los ojos desorbitados estarán inyectados de sangre, y será imposible reconocer a la mujer que ahora mismo tenemos ante nosotros”.

Zalmen Gradowski creció en la observancia puritana del judaísmo ortodoxo. No resulta fácil interpretar la inesperada pulsión vital -sexual- ante la inminencia de la muerte que describe en su manuscrito. Causa tanta extrañeza e incluso incredulidad que es legítimo preguntarse cuánto debe esa escena a la mirada turbada del propio Gradowski, cuánto a la querencia de su escritura por la antítesis entre la vida y la muerte que presenciaba a diario.

“Ahora querríamos estrecharlas contra nuestro corazón dolorido, besar todo su cuerpo, embriagarnos con la vida que está a punto de desaparecer. Dejar grabada en el corazón esta imagen de sus vidas que aún palpitan y llevar eternamente en el fondo de nuestros corazones estas vidas que se apagarán ante nuestros ojos. Todos somos presa ahora de pensamientos de pesadilla. Ellas, las queridas hermanas, nos miran con asombro: por qué parecemos tan trastornados, si ellas están serenas. Ahora darían lo que fuera por hablar con nosotros, preguntarnos qué será de ellas cuando hayan muerto, pero no se atreven y el secreto no les será revelado hasta el final”.

Los manuscritos de Gradowski ofrecen una mirada y una escritura única, una mirada hacia el interior de los que se vieron forzados a “colaborar” en la maquinaria del genocidio. A diferencia de otros testimonios del Sonderkommando, no estamos ante una experiencia reconstruida muchos años después del “acontecimiento” con la perspectiva privilegiada del tiempo. Gradowski también desconoce el final de su relato. Escribe un mensaje al futuro. Y lo escribe cercado por de llamas y la ceniza de los muertos en un infierno del que sólo su testimonio escrito pudo escapar.

“Escribo con la intención de que por lo menos un mínimo de esta realidad llegue al mundo y que, tú mundo, reclames venganza, venganza por todo esto. Éste es el único objetivo, la única meta de mi vida. Vivo aquí con la idea, con la esperanza de que quizás mis escritos lleguen a ti…”

Los escritos -dos manuscritos y una carta firmada- se encontraron por separado en 1945, pero no llegaron al mundo en su integridad hasta 1977, 32 años después. ¿Por qué?

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LOS JINETES DEL EJÉRCITO ROJO

Dos hombres vuelcan al muerto sobre la nieve sucia. No hay otra sepultura. La fosa común rebosa de cadáveres. Son las horas del mediodía del 27 de enero de 1945. Al levantar la vista los hombres ven cuatro jinetes. Avanzan con cautela, metralleta en mano. La primera  patrulla del Ejército Rojo acaba de descubrir Auschwitz. “Cuando llegaron a las primeras alambradas se pararon a mirar, intercambiaron palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos”, recuerda Primo Levi en el comienzo de La tregua. Él es uno de los hombres aún vivos que observa la llegada de los jóvenes soldados soviéticos.

Hacía 10 días que los alemanes habían huido del campo llevándose consigo a los prisioneros en condiciones de trabajar y dejando atrás, abandonados en el lager,  a 7.000 prisioneros debilitados por el hambre y las enfermedades. Unos 5.000 internos necesitaban atención médica. Ni la Cruz Roja polaca ni el ejército soviético contaban con suficiente personal sanitario y decidieron solicitar voluntarios. Uno de ellos, Andrej Zaorski, un médico de 21 años que trabajaba en Cracovia, acudió a Auschwitz un par de semanas después de su liberación. Se alojó en la casa del comandante del campo y allí, entre los papeles abandonados, hizo el primero de sus descubrimientos: un cuaderno de dibujos y notas. El hallazgo merece un breve desvío al margen del tema de esta entrada.

En la libreta, un oficial de las SS identificaba y describía la vida de los pájaros en la vecindad del campo. El fin del mundo que fue Auschwitz nunca deja de desafiar nuestra capacidad de asombro. Ahí tenemos a un sensible birdwatcher siguiendo con los prismáticos las evoluciones de los pájaros en un aire cargado del olor dulzón, el humo y la ceniza del exterminio masivo de seres humanos. La historia del ornitólogo ha inspirado una novela reciente, Los pájaros de Auschwitz. El SS resultó ser el Obersturmführer (teniente) Günther Niethammer, uno de los más prestigiosos ornitólogos alemanes antes y después de la guerra. Siempre supo lo que se hacía en Auschwitz -confesó- pero jamás estuvo involucrado en las tareas de exterminio. Como tantos, prefirió mirar hacia otro lado, aislarse con sus pájaros. La libreta se abre con una dedicatoria al Kommandant Rudolf Höss en agradecimiento por haberle permitido ese distanciamiento intelectual en la factoría de la muerte. En cualquier caso, su paso por Auschwitz no mancilló una larga y valorada carrera científica. Autor de un manual de referencia sobre los pájaros europeos, Niethammer llegó a presidir durante años la Sociedad Alemana de Ornitología en la República Federal. Murió en 1974 a los 66 años. En su obituario escribieron:

“… En 1932, se sumó al departamento ornitológico de E. Stresemann en el Museo Zoológico de Berlín. Cinco años después se trasladó al museo Alexander Köning de Bonn donde trabajó desde entonces -salvo en una interrupción por la Segunda Guerra Mundial… Todos los que conocieron a Niethammer disfrutaron de su agradable personalidad personal, de su alegría constante pese a los muchos y graves contratiempos que sufrió y, last but not least, de su enorme vitalidad y encanto personal”.

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La cantimplora que ocultó el primer manuscrito de Gradowski

LOS MANUSCRITOS DE AUSCHWITZ

Además del cuaderno de campo del ornitólogo, el doctor Zaorski encontró días después otro manuscrito. Fue al visitar el campo de Birkenau, a unos 5 kilómetros del campo principal (Stammlager) de Auschwitz. Vio una botella semienterrada en un montón de ceniza. Como si fuera el mensaje de un náufrago arrastrado por el torbellino de la guerra y el exterminio, el autor había metido en la botella una carta dirigida a su mujer en Francia. Le informaba de su terrible destino, de su trabajo con los judíos gaseados en el crematorio. El autor Chaim Herman daba por descontado que no saldría vivo de allí y ponía por escrito algunas instrucciones postmortem. La carta Herman fue el primer manuscrito de un miembro del Sonderkommando desenterrado en el lager de Auschwitz-Birkenau.

La historia del descubrimiento, publicación y difusión de los manuscritos de Auschwitz -hasta ocho entre 1945 y 1980-recorre un camino largo y sinuoso en el que el azar y la voluntad testimonial se cruzan con la leyenda y el recelo -si no desprecio- que rodeó  durante años el Sondekommando. Algunos fragmentos se fueron publicando con cuentagotas en revistas especializadas, un manuscrito pasó 25 años guardado en un desván, las primeras recopilaciones incompletas no se editaron hasta mediada la década de los 70…

El caso de los papeles de Zalmen Gradowski es una buena muestra de esa complicada historia editorial. El primer y el segundo manuscrito -encontrados por separado en el lager-se publicaron en Israel el mismo año, 1977, sin que ninguno de los dos editores tuvieran conocimiento del otro. El primer manuscrito -ocultado con una carta dentro de una cantimplora alemana de aluminio- figuraba en una compilación de manuscritos de distinta autoría trabajada durante años por Ber Mark, director del Instituto Histórico Judío de Varsovia. La campaña antisionista de finales de los 60 impidió su publicación en la Polonia comunista. Tuvo que ser su viuda quien la diera a la imprenta en Israel en el 77. Cierto que, entre tanto, ese primer manuscrito había salido en una colección publicada en polaco por el Museo de Auschwitz en 1973. Pero no así el muy relevante segundo manuscrito. Lo publicó por su cuenta en Israel también en 1977 Chaim Wollerman, judío polaco emigrado a Israel. Era la primera vez que veía la luz. Hacía 32 años que Wollerman se lo había comprado a un joven polaco que lo halló entre los restos de Birkenau y en todo ese tiempo no había encontrado a nadie dispuesto a publicarlo.

En español, la primera edición completa de los manuscritos de Gradowski data de 2008, cuando se traduce del francés En el corazón del infierno, (Anthropos Editorial, Barcelona), la edición anotada de los manuscritos a cargo de Philippe Mesnard y Carlo Saletti . “Por excepcional que sea el texto que presentamos”, comentan sus editores,”la lentitud de su publicación no tiene nada de excepcional. Annette Wieviorka, en L’Ere du témoin, recuerda que, si cerca de veinte mil escritos dan testimonio de la destrucción de los judíos de Europa, muy pocos son publicados, ni siquiera utilizados por los investigadores. Apenas comienzan a ser archivados”.

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Felicidad en el shetl en la pintura de Marc Chagall

BREVE NOTICIA DE ZALMEN GRADOWSKI

Zalmen Gradowski había nacido en 1910 en Suwalki -ciudad polaca cercana a la frontera lituania- en una familia muy religiosa de comerciantes. Después de su matrimonio se instaló cerca de Grodno (actual Lituania) en el shetl de Luna Kreiz, una de esas pequeñas comunidades judías de Europa oriental que retrataron los cuadros de Chagall y que el genocidio nazi borró del mapa para siempre.

En el verano de 1941, con el avance de la Wehrmacht la región pasó del control soviético al alemán. Es entonces cuando los nazis aplicaron su procedimiento recurrente: primero confinarón a los judíos en un gueto, luego les trasladaron a un campo de tránsito y finalmente les deportaron al campo de exterminio. En cada manuscrito recuperado Gradowski recuerda el destino de su familia -su esposa Sonia, su madre Sore, sus hermanas Ester y Luba, su suegro Refúel y su cuñado Volf, gaseados y quemados el mismo día de su llegada a Auschwitz, a las 9 de la mañana del 8 de diciembre de 1942- y le hace un ruego a quien encuentre sus textos:

“Y aún tengo que pedirte algo más. Que la fotografía de mi familia, la de mi esposa y la mía, la incluyas en la publicación. Que mis más amados, mis más apreciados disfruten de un suspiro, de una lágrima vertida por el ojo de alguien, porque yo, su desgraciado hijo, el hombre maldito, yo no “puedo”, no tengo siquiera la posibilidad de emitir un suspiro o derramar una lágrima por ellos”.

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Zalmen Gradowski y su mujer Sonia (circa 1935)

EL SILENCIO DEL SONDERKOMMANDO

Los manuscritos de Gradowski aportan un punto de vista único sobre una de las experiencias más extremas de la humanidad y nos ofrecen una mirada al alma de estos “condenados” que desmiente la imagen imprecisa y deformada que se fijó durante buena parte de la posguerra.

Las primeras referencias a los miembros del Sonderkommando de Auschwitz proceden de voces ajenas que no les dejan en buen lugar. Desde el Kommandant Rudolf Höss (lo citába en la anterior entrada), que les describe de manera inmisericorde, al médico y prisionero judeo-húngaro Miklos Nyiszli, asistente de Mengele. No hace un retrato amable de los hombres del SK aunque se compadece de su destino. Lo relevante es que hablamos de dos versiones que han influido en las valoraciones de Hannah Arendt, de Primo Levi e incluso, parcialmente, en los guiones de películas recientes como La zona gris y El hijo de Saúl.

Los miembros del SK eran considerados como Geheimsträger, portadores del secreto, y como tales, vivían aislados del resto del campo. Antes o después, la muerte era su destino final -y ellos lo sabían-. Su aislamiento fomentó la propagación de rumores entre el resto de los internos del lager. Un ejemplo: “Ya por el terrible olor que despedían se tenía poco contacto con ellos”, escribieron en su memorando Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, dos judíos eslovacos fugados de Birkenau: “Estaban siempre sucios, muy descuidados, eran como salvajes, indescriptibles y sin piedad”. Ahora fijémonos en la similitud textual con el informe que escribieron Primo Levi y Leonardo Benedetti unos meses después de salir de Auschwitz: “Emanaba un olor nauseabundo de sus ropas; siempre estaban sucios y tenían un aspecto completamente salvaje, unas verdaderas bestias feroces”.

La visión difamatoria del resto de internos -con los que apenas tuvieron contacto- ha resistido el paso del tiempo. En el libro de entrevistas de Gideon Greif –We wept without tears-, el antiguo miembro del SK Abraham Dragon siente que la actitud no ha cambiado del todo: “Hace cuatro años [hacia 1980], mientras estábamos de vacaciones en el lago Tiberiades, una superviviente de Auschwitz empezó a contarles a todos lo que había sufrido y, entre otras cosas, les dijo: los miembros del Sonderkommando judío fueron asesinos y deberían ser castigados. Eran tan crueles como los alemanes”.

El temor a ser acusados de traidores explica el largo silencio de los miembros del SK. Se estima que sobrevivieron unos 80. No llegan a 20 los que han ofrecido su testimonio. Salvo declaraciones judiciales en la Polonia de la inmediata posguerra y, a mediados de los 60, en los juicios de Francfort, no es hasta 1979 cuando se publican las memorias del antiguo SK, Filip Müller, Eyewitness Auschwitz: Three years in the gas chambers, un relato directo, extenso y en primera persona de la experiencia en el Sonderkommando. En esos años, Müller habló también para Shoah de Claude Lanzmann.

“¿Por qué aceptaron aquella tarea? ¿por qué no prefirieron la muerte?”, se preguntaba Primo Levi –Los hundidos y los salvados-al tiempo que ponía en cuestión el valor testimonial del SK: “De parte de hombres que han conocido esta privación extrema no podemos esperar una declaración en el sentido jurídico del término sino otro tipo de cosa que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos. Debe esperarse más bien un desahogo liberador que una verdad con rostro de Medusa”.

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Mujeres desnudas hacia la cámara de gas. Foto clandestina de “Alex”, un miembro del SK

GRADOWSKI: UNA MIRADA AL ALMA DEL SONDERKOMMANDO

“Lamento”, “blasfemia”, “expiación”, “intento de justificación”, “desahogo liberador”… De todo esto encontramos en el libro de Gradowski, pero también “verdad con rostro de Medusa”. El Schreiber del crematorio III, el  escritor-prisionero clama una y otra vez por la venganza y justifica su permanencia en este mundo por la necesidad de luchar contra la ocultación nazi y dar noticia del sufrimiento del Sonderkommando. Escribir y describir un acontecimiento de una magnitud difícilmente creíble se convierte en el primer ejercicio de resistencia:

“Ven, levántate, no esperes hasta el cese del diluvio, a que el cielo se aclare y comience a lucir el sol, porque entonces te quedarás atónito y no creerás lo que vean tus ojos. Y quién sabe, si con la desaparición del diluvio, desaparecerán también los testigos vivos que podrían haberte contado la verdad.

[…] Es indudable que pensarás que la gran matanza perpetrada contra nuestro pueblo se debió a la guerra. Seguramente se te ocurrirá creer que la completa liquidación del pueblo judío europeo fue motivada por una catástrofe natural. Que la tierra abrió sus fauces y que, respondiendo a una poderosa y divina señal, ellos -procedentes de todas partes- se reunieron y fueron engullidos por el abismo. No vas a poder creer que una aniquilación tan cruel fue perpetrada por personas, incluso aunque se hubiesen trocado en fieras salvajes”.

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Camino del crematorio. Del album de Lily Jacob

¿Y cómo se relata lo increíble? ¿Cómo reconstruir en un simple papel, con una sucesión de signos en yidish, esa experiencia extrema, la infinita desolación moral, una catástrofe humana que se adentra en lo inconcebible? “Si todos los árboles del mundo se hicieran lápices y todos los océanos se convirtieron en ríos de tinta, uno no podría dar cuenta de lo que ocurrió en el Holocausto”, comentó muchos años después el superviviente del SK, Ya’akov Silberberg, a Gideon Greif. Dentro del infierno Gradowski pugna por una fuerza expresiva que traslade al lector del futuro un horror inabarcable con palabras.

Quienes le conocieron le describen como antiguo estudiante de la Yeshiva, un “hombre culto y sionista ferviente que tiene la ambición de escribir y somete algunos de sus cuentos a la opinión del doctor Sfard, uno de sus cuñados políticos”, cuentan Mesnard y Saletti en la introducción a sus manuscritos. Sfard encuentra sus textos demasiado cargados de exaltaciones líricas y escasos en descripciones concretas. Le falta calidad literaria.

En Auschwitz, Gradowski no incurre en la prosa austera que a menudo encontramos en los relatos de los supervivientes. En sus textos abunda una empatía por las víctimas que contradice la imagen de autómatas inhumanos que se les suele asignar.

“También los niños, los más pequeños que permanecen junto a sus madres, presienten el cercano desastre. Su intuición infantil les anuncia cosas terribles… Los besos y los mimos de su madre también les inspiran temor. Se acurrucan, se apretujan contra el corazón de su madre temerosos y lloran silenciosamente para no molestarla en su profunda pena”.

Y aunque no pretende dejarnos un recuento técnico del proceso de exterminio, a la manera de una deposición judicial para el futuro, no rehuye la descripción en detalle de momentos atroces. Como cuando enumera los efectos sucesivos de la incineración en los cuerpos: “Los brazos y las piernas comienzan a contorsionarse… estalla la piel y puede oírse el crepitar del fuego avivado por la grasa derramada… La cabeza tarda más en arder. De las órbitas surgen llamitas azules…”.

¿Quién podrá olvidar jamas semejante experiencia?

“Todo me devuelve al campo”, decía el superviviente ShlomoVenezia al final de su libro Sonderkommando. “Haga lo que haga, vea lo que vea, mi espíritu regresa siempre al mismo lugar. Es como si el `trabajo´ que tuve que hacer allí no hubiera salido nunca, realmente, de mi cabeza… Nunca se sale realmente del Crematorio”,

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Camino del crematorio. Del album de Lily Jacob

Por momentos, Gradowski recurre a la tradición retórica más cercana, la literatura bíblica de las lamentaciones. Con una diferencia importante: dios no aparece, la catástrofe que les viene encima a los judíos no es un castigo divino por olvidar a dios, es un crimen absolutamente humano. Tan humano que dedica un amplio fragmento a la indiferencia moral del universo ante el dolor y el mal. Si en los felices tiempos del shetl, amaba la luna, “solía esperar su llegada tembloroso. Como un esclavo fiel podía estar durante horas admirando su esplendor y su magia…”, ahora se le pregunta:

“¿Por qué eres insensible, Luna, al horroroso duelo que ha envuelto el mundo?

¿Por qué permaneces insensible? ¿Acaso no echas de menos los millones de vidas palpitantes que vivían seguras, tranquilas y despreocupadas en toda Europa hasta que llegó la tormenta y las ahogó en un mar de sangre?

¿Por qué no miras hacia abajo, tú entrañable Luna, hacia el mundo completamente desierto y no pareces advertir los hogares en ruinas, las luces apagadas, las vidas desaparecidas? ¿No te preguntas siquiera adónde, adónde están los millones de vidas fecundas, los mundos trepidantes, las miradas de añoranza, los corazones llenos de alegría, las almas cantarinas?”.

¿Cuándo escribió esto Gradowski? ¿Al volver de una noche en el crematorio? Inicialmente el gaseamiento se llevaba a cabo preferentemente durante la noche, cuando el resto del campo dormía: “La noche, silenciosa y serena, fue penetrando en la eternidad como si nada hubiera sucedido aquel día en la tierra”.

Porque lo más revelador del texto de Gradowski no son sus descripciones, ni sus justificaciones, ni su empatía por las víctimas, ni su retórica, ni su irregular calidad literaria. Lo más revelador es él mismo. Lo que cuenta, en definitiva, no difiere de lo que han contado antes o después otros supervivientes del Sonderkommando. Ni siquera se recrea en actos de sadismo que abundan en tantos relatos, como los atribuidos al jefe del SK, el SS-Hauptscharführer Otto Moll, Malakh Hamoves, (el “ángel de la muerte” en yidish). Lo singular de los manuscritos de Gradowski es el “hecho” mismo de su escritura, que fuera posible escribir como él lo hace en aquel lugar y en aquel momento, y, por tanto, lo que esa escritura nos dice del estado “espiritual” de quien desempeña el trabajo más atroz del mundo.

En su comentario sobre la posición moral del Sonderkommando, Primo Levi apunta a la muerte del alma: “Pero no hay duda de que se trata de la muerte del alma: ahora bien, nadie puede saber cuánto tiempo, ni a qué pruebas podrá resistir su alma antes de doblegarse o de romperse. Todo ser humano tiene una reserva de fuerzas cuya medida desconoce: puede ser grande, pequeña o inexistente, y sólo la extrema adversidad puede ser valorada”.

Los textos de Gradowski son la medida de su alma. Un negativo que nos revela tanto o más de su interior que de lo que pasaba a su alrededor en el crematorio: “Si alguna vez quieres comprender, querido lector, quieres conocer nuestro “yo”, medita profundamente en estas líneas y podrás hacerte una imagen de nosotros y entenderás también por qué hemos sido de ésta y no de otra manera”.

“Es preciso endurecer el corazón, matar toda sensibilidad, acallar todo sentimiento de dolor. Es preciso reprimir el horroroso sufrimiento que recorre como un huracán todos los rincones del cuerpo. Es preciso convertirse en un autómata que nada ve, nada siente y nada comprende”.

¿Cómo pasaba de ese estado de abandono psicológico al de conciencia activa del escritor? ¿Le servía como terapia? ¿Escribía de inmediato a la vuelta de la cámara de gas o necesitaba tiempo? ¿Se puede hacer literatura después del crematorio? ¿En qué condiciones escribía? ¿Era un ejercicio secreto o compartido con sus compañeros de barracón? ¿Vivía con el temor de ser descubierto? El desasosiego acompaña a la lectura porque pocas veces el acto mismo de escribir se hace tan presente y se solapa con la imaginación de los hechos que convoca la escritura. En un ensayo reciente, Matters of Testimony: interpreting the Scrolls of Auschwitz, Nicholas Care y Dominic Willimas argumentan que a los manuscritos de Auschwitz no se les ha prestado la atención suficiente, que son un archivo de la literatura del Holocausto “under-read“, leídos “por debajo” de su potencialidad textual.

Crematorio IV at Birkenau in 1943
El crematorio IV en 1943. Fue ddestruido en la revuelta del SK en octubre de 1944.

“Escribí esto durante el período en que estuve en el Sonderkommando“, anota Gradowski en la carta final. “Lo había enterrado, entre montículos de cenizas, pensando que era el lugar seguro… Pero últimamente se han dedicado a eliminar rastros por todas partes, y cuando ya había demasiada ceniza, nos ordenaron desmenuzarla y arrojarla al Vístula para que se la llevara la corriente… Querido descubridor, busca en cada trocito de tierra porque debajo de la superficie se han enterrado decenas de documentos… En este lugar hay también muchos dientes enterrados. Los esparcimos nosotros… para que el mundo pudiera hallar los rastros de millones de personas asesinadas. Nosotros mismos ya hemos perdido la esperanza de llegar vivos al momento de la liberación… Ante nuestros ojos sucumben ahora decenas de miles de judíos de Chequia y Eslovaquia. Estos judíos hubieran podido tener esperanzas de ser liberados. Pero allí donde los bárbaros se ven amenazados por el peligro arrastran consigo a los judíos que quedan con vida… Nosotros, los del Sonderkommando, hace ya mucho tiempo que queríamos acabar con este siniestro trabajo que nos han obligado a hacer bajo amenazas de muerte. Queríamos hacer algo grande. Las personas del lager nos han obligado a aplazar el momento de la rebelión. Pero el día está cercano. Puede ser hoy o mañana. Escribo estas palabras en momentos de máximo peligro y agitación nerviosa. Que el futuro emita su veredicto sobre nosotros fundándose en estas notas mías, que el mundo vea en ellas -aunque sea un resumen mínimo- de este trágico mundo en el que hemos tenido que vivir.

Zalmen Gradowski. 6 de septiembre de 1944″.

Un mes y un día después, el 7 de octubre de 1944, por fin estalló la rebelión. Fue una revuelta desorganizada y parcial. Los rumores sobre la inminente liquidación del Sonderkommando precipitaron el levantamiento. El detonante fue la orden de hacer una lista de 300 miembros del SK del crematorio IV para su evacuación. En la revuelta, los prisioneros destruyeron el crematorio IV , mataron a tres SS e hirieron a doce. La reacción de los SS acabó con unos 450 miembros del Sonderkommando, entre ellos uno de los líderes de la rebelión, Zalmen Gradowski.

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Vista actual del campo de Birkenau

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Fotograma de la película El hijo de Saúl

LOS SS A LAS VÍCTIMAS: “NADIE OS CREERÁ”

“Aunque lo contásemos no nos creerían”. Era una pesadilla recurrente de los prisioneros de los campos de concentración nazis (Konzentrazionslager o KL en alemán). Contar con apasionamiento y “no ser creídos, ni siquiera escuchados”. Evocando este temor comienza Primo Levi Los hundidos y los salvados, la obra que cierra su trilogía de Auschwitz:

“[Las primeras noticias vagas ya en el año 42 perfilaban] una matanza de proporciones tan vastas, de una crueldad tan exagerada, de motivos tan intrincados, que la gente tendía a rechazarlas por su misma enormidad. Es curioso que este rechazo hubiese sido confiadamente previsto por los propios culpables… Muchos supervivientes recuerdan que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: `De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno logra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiados monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la escriba”.

No ha sido así. A lo largo de 70 años, el testimonio de las víctimas ha ido ganando espacio en la historia del Lager. Pero no siempre fue así. Ahora, cuando el exterminio de los judíos europeos ha alcanzado la categoría de capítulo central en la historia del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, resulta difícil entender que en los primeros años de la posguerra se le prestara una atención más bien escasa.

“Poco años después de la Segunda Guerra Mundial, empecé a preguntarme por qué la muerte de millones de judíos europeos en lugares de ametrallamiento y cámaras de gas llamaba tan poco la atención en Estados Unidos”, cuenta Raül Hillberg en el prefacio de la primera edición en castellano de su obra seminal La destrucción de los judíos europeos (1960). “Ni siquiera la comunidad judía estadounidense, que debido a la catástrofe se había convertido automáticamente en la mayor del mundo, manifestó mucho ultraje o desesperación”. Medio siglo después, el giro ha sido radicalSi exceptuamos Israel y, en cierto modo los recordatorios de expiación en Alemania, Estados Unidos se ha convertido en el país que conmemora con mayor intensidad la memoria del exterminio -desde los Oscar de Hollywood a las calles de Washington, la única capital fuera de Israel con un museo del Holocausto.

Primo Levi también experimentó el desinterés por la experiencia en el Lager en la más inmediata posguerra. Si esto es un hombre se “publicó por primera vez en 1947, con una tirada de 2.500 ejemplares que fueron muy bien acogidos por la crítica, pero que sólo se vendieron en parte: los 600 ejemplares que quedaron, depositados en Florencia en un almacén de libros no vendidos, se anegaron en las inundaciones de otoño de 1966”. Hoy Si esto es un hombre se cuenta entre los libros imprescindibles del siglo XX.

Elie Wiesel tardó más de 10 años en escribir sus memorias de Auschwitz. Sólo se decidió persuadido por el escritor François Mauriac y, pese al apoyo del premio Nobel francés, le costó encontrar editor. Al igual que Levi, la primera edición de La noche no arrasó en las librerías: “La traducción en inglés se publicó en 1960” recordaba Wiesel, “y la primera tirada de 3.000 ejemplares tardó tres años en venderse”. A estas alturas, sólo en inglés, se han venido más de 6 millones de ejemplares de La noche.

Y no fue hasta mediados los 70 cuando Claude Lanzmann comenzó a grabar su “monumento” documental Shoa. Se estrenó en 1985, 40 años después de los acontecimientos que recuerdan sus entrevistados.

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La destrucción de los judíos europeos, Si esto es un hombre, La noche, ShoaCuatro obras esenciales en la reconstrucción de una experiencia, la del Holocausto, que tardó en abrirse paso hasta instalarse en la conciencia colectiva como el acontecimiento moral más devastador del siglo XX.

Pero si hay un testimonio esencial que ha recorrido un camino aún más largo y tortuoso entre el azar, el recelo y la vergüenza, ése es el relato del Sonderkommando. Más allá de sus méritos cinematográficos, la reciente película El hijo de SaulGrand Prix en Cannes 2015 y Oscar de Hollywood 2016se puede tomar como pretexto para repasar el contexto de una de las figuras más controvertidas del “universo concentracionario” nazi.

EL SONDERKOMMANDO DE AUSCHWITZ-BIRKENAU

El filólogo alemán (y judío) Viktor Klemperer -cuya milagrosa supervivencia en Dresde a lo largo de los 13 años del Tercer Reich daría para otra larga entrada- recogió en un libro, Lingua Tertii Imperi (LTI)sus apuntes sobre la perversión de la lengua alemana bajo el nazismo. Un aspecto muy relevante porque, una vez más, la manipulación del lenguaje precedió al crimen. Si el eufemismo más célebre del nacionalsocialismo fue llamar al exterminio “Solución final de la cuestión judía “(Die Endlösung der Judenfrage), el adjetivo “sonder” (especial) se utilizó a menudo como cobertura semántica de la muerte.

Tres ejemplos: “Sonderbehandlung” (tratamiento especial) encubrió el asesinato político. “Sonderkommando” (Escuadra Especial) designó a los operarios de la muerte en el Lager. Sonderaktion 1005″  disfrazó uno de los cometidos más aberrantes del exterminio: desenterrar e incinerar decenas de miles de cadáveres sepultados inicialmente en fosas comunes. Una orden de Himmler que buscaba destruir cualquier prueba del exterminio (y, de paso, evitar la contaminación de las aguas freáticas cercanas a Auschwitz). Fue precisamente ésta una de las tareas más atroces del Sonderkommando. Uno de sus miembros contaba años después cómo jamás pudo quitarse de la cabeza la visión apocalíptica de cadáveres empujados hacia arriba desde el fondo de la tierra por los gases de la putrefacción. 

Y es que por mucho que bajo el nazismo “sonder/especial” se moviera en la vecindad de la  muerte, el calificativo se quedaba corto en el caso del Sonderkommando. Los SS les asignaron una misión insólita en la historia de la crueldad humana. Se estima que entre 1942 y finales de 1944, unos 2.000 hombres, la mayoría judíos, fueron destinados al Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau. No sobrevivieron más de 100.

Durante unas semanas, unos meses o quizá años -ellos no podían saberlo- se mantenían en el mundo de los vivos a cambio de convivir con los muertos: recibían a las puertas de la cámara de gas a los judíos que llegaban escoltados por los SS desde la plataforma del ferrocarril, les acompañaban durante cerca de una hora mientras se desvestían en la antesala de la muerte y finalmente colaboraban en todo el proceso de eliminación física; desde el traslado de los cadáveres gaseados a los pozos en llamas y al horno crematorio hasta la molienda de los huesos más resistentes y el lanzamiento al Vístula de los montones de ceniza.

Vivían aislados del resto del campo y, en tanto que “portadores del secreto” (Geheimnisträger), Heydrich comparaba su destino con los constructores de las tumbas de los faraones: nunca saldrían vivos de aquella pirámide infernal.

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Una de las cuatro fotos “robadas” que muestran al Sonderkommando de Ausschwitz

No sólo al mundo exterior  le podía resultar inconcebible lo que estaba ocurriendo en el corazón de Europa. Nikolaus Wachsmann recoge en KL. Historia de los campos de concentración nazis cómo la incredulidad acompañaba incluso a las víctimas más “racionales” hasta las mismas puertas de las cámaras de gas:

“Después de que un transporte de judíos de Tarnów supiera por los miembros del Sonderkommando que iban a ser asesinados en las cámaras de gas, se quedaron en silencio, serios y luego con voces quebradas comenzaron a rezar el Vidui (la plegaria confesional previa a la muerte). Sin embargo, no todos podían creerlo.Un joven se subió a un banco para tranquilizar a los otros, diciéndoles que no iban a morir, dado que el asesinato masivo de inocentes, de una manera tan salvaje, era algo impensable en ningún lugar de la tierra”.

La “selección” marcaba la diferencia, a veces azarosa, entre la vida y la muerte. El francés Paul Steinberg recuerda en Crónicas de un mundo oscuro cómo salvó la vida gracias a unas palabras gritadas en alemán y a unos conocimientos elementales de química aprendidos en un manual que leyó días antes de la deportación. Le destinaron a las escuadras de trabajo de la química IG Farben, como a Primo Levi. Los otros, escoltados por los SS, caminaban directos hacia la muerte. Nadie se salvaba. Los ancianos y enfermos que apenas podían tenerse en pie no entraban en las cámaras de gas. Eran ejecutados “discretamente” en el pasillo del crematorio por los SS con la asistencia de los miembros del Sonderkomando.

“Para nosotros era, con mucho, la tarea más penosa”, recuerda Shlomo Venezia en Sonderkommando.”No podía existir nada más duro que llevar a aquella gente a la muerte y sujetarlos mientras eran ejecutados. Ciertamente, tuve que ayudar a una anciana a desnudarse. Como todas las personas de edad, estaba apegada a sus cosas. Y además, ante un hombre al que no conocía, la pobre estaba por completo trastornada. Cada vez que intentaba quitarle las medias, ella volvía a subirlas; yo bajaba la de un lado y ella se subía la otra. Pero la cosa comenzaba a resultar peligrosa, pues si el alemán esperaba demasiado, yo podía pagarlo con mi vida. No sabía qué hacer… comencé a ponerme nervioso. Es una de las cosas que recuerdo como… tenía los nervios de punta. La agarré con fuerza para quitarle las medias. Las hubiera desgarrado incluso para que las soltara. La pobre, protegía lo que podía. Pero acabó como los demás”. Venezia continúa explicando la “técnica” que empleaban para ahorrarle la salpicadura de sangre al SS que disparaba el tiro en la nuca: “Verse salpicado así molestaba al alemán”.

Evitar a los SS las tareas más penosas del exterminio explica la concepción del Sonderkommando. “Se ha atestiguado que no todos los miembros de las SS aceptaban sin rebeldía la matanza como tarea cotidiana”, comenta Primo Levi. “Delegar la parte más sucia del trabajo tenía que servir para aliviar algunas conciencias”. Y lo más “sucio” no sólo era el trabajo físico, “la salpicadura de la sangre”, el acarreamiento de los cuerpos, sino el moral, el drama psicológico ante los que iban a morir: “Decir la verdad aumentaba la agonía de las víctimas: yo siempre trataba de no mirar a la gente a los ojos, para que no pudiesen descubrir la verdad”, cuenta Venezia.

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Dibujo de David Olère, superviviente del Sonderkommando

La rutina del Sonderkommando desafía a la imaginación. Después de acompañar a las víctimas, desorientadas y engañadas hasta la cámara de gas -la mayoría mujeres, niños y ancianos- , venían los gritos y la desesperación, los ruidos de la lucha por una bocanada de aire y después… el silencio. Media hora después se abrían las puertas y los cuerpos amontonados y entrelazados se derramaban a la entrada.

A partir de ahí se imponía la división del trabajo en el Sonderkommando, tantas veces comparada con la línea de montaje de una “fábrica” de muerte. Unos cortaban el pelo de las mujeres para enviarlo a una empresa textil en Alemania, otros extraían las piezas de oro de la dentadura de los difuntos; el resto se repartía entre los que trasladaban los cadáveres al crematorio -agrupándolos en función de la grasa para que ardieran mejor- y los que limpiaban los restos de sangre y excrementos de la cámara de gas hasta dejarla lista para el siguiente “transporte”. Al final de un día, el ritmo de esta mortífera “cinta transportadora” hacía desaparecer a unas 2.500 personas.

En los primeros tiempos, los SS confinaban la actividad exterminadora a la noche, cuando el resto del campo dormía, pero cuando llegaron los meses de mayor actividad, la pesadilla no se detuvo ni de día ni de noche -como en el verano de 1944, cuando se ejecutó la deportación y exterminio de 400.000 judíos húngaros. En total, entre 1942 y 1945, la cadena del matadero humano de Auschwitz devoró más de un millón de judíos procedentes de los lugares más dispares de Europa, desde las aldeas de Tesalónica hasta los bulevares de París.

olere sonderkommando saliendo de la cámara

En apenas dos horas, la vida de miles de hombres, ancianas y ancianos, mujeres y niños, se convertía en humo y ceniza. ¿Nunca se rebelaron? Llegaban aturdidos, agarrotados por el hambre y la sed tras viajar cuerpo contra cuerpo durante días en vagones sellados de ganado. La confusión y la incertidumbre, la angustia por la separación de los familiares, la llegada a un lugar desconocido, las órdenes en lenguas incomprensibles, la visión de los SS, los ladridos de sus perros… Todo se conjuraba para que la multitud avanzara con resignación y mansedumbre hacia la muerte. Pero no siempre y no todos.

Hungarian Jews
Selección de judíos húngaros (1944); foto “salvada” en el album de Lyli Jacob

 HIMMLER: “UNA PÁGINA GLORIOSA DE NUESTRA HISTORIA”

El kommandant de Auschwitz, Rudolf Höss, recordaba en su autobiografía –Yo, comandante de Auschwitz, escrita a la sombra del patíbulo- cómo “los recién llegados preguntaban sobre la vida en el campo y muchos también sobre sus familiares y amigos llegados en transportes que les habían precedido”.

Su descripción del Sonderkommando –tomada al pie de la letra, entre otros, por Hanna Arendt- contribuyó a la imagen negativa de estos prisioneros durante años:Era interesante ver cómo el Sonderkommando les mentía, cómo enfatizaban sus mentiras con palabras y gestos. Muchas mujeres escondían a sus bebés bajo montones de ropa. Algunos miembros del Sonderkommando vigilaban para que esto no sucediese y luego hablaban con las mujeres hasta convencerles de que se llevaran a sus bebés consigo. Las madres trataban de esconder a los pequeños porque temían que el proceso de desinfección les hiciera daño. Los niños lloraban, sobre todo por el lugar desacostumbrado en el que les desvestían. Pero después de que sus madres o el Sonderkommando les animaran, se calmaban. Continuaban así, jugando entre ellos o con un juguete entre las manos, mientras entraban en las cámaras de gas”.

“También vi cómo algunas mujeres que sospechaban lo que iba a suceder, con el temor a la muerte visible en sus caras, eran capaces de sacar fuerzas de su interior para jugar con sus niños y hablarles con palabras cariñosas. En una ocasión una mujer con cuatro hijos, agarrados todos de la mano para ayudar a los más pequeños a caminar por el terreno escabroso, pasó lentamente junto a mí. Se me acercó y me dijo al oído, señalando a sus cuatro hijos, `¿cómo puede asesinar a estos niños encantadores? ¿No tiene corazón?´. En otro momento, un anciano murmuró mientras pasaba frente a mí, “Alemania pagará una pena amarga por el asesinato masivo de los judíos´. Sus ojos brillaban con odio mientras hablaba y, pese a todo, entró con valentía en la cámara de gas sin preocuparse por los demás.[…]

De vez en cuando, algunas mujeres empezaban a lanzar de repente gritos terribles mientras se desvestían. Se tiraban de los pelos y actuaban como si se hubieran vuelto locas. De inmediato se las llevaba detrás de la granja  [las primeras cámaras de gas de Birkenau se camiflaron en dos granjas] y se les pegaba un tiro en la nuca con una pistola de pequeño calibre. A veces, cuando veían al Sonderkommando abandonar la sala, las mujeres se daban cuenta de su destino y empezaban a lanzarnos todo tipo de maldiciones. Mientras las puertas se cerraban, vi a una mujer que trataba de sacar a sus hijos de la cámara de gas gritándonos, `por qué no dejáis al menos vivir a mis preciosos hijos.

Se dieron muchas escenas como ésta que rompían el corazón y afectaban a todos los que estaban presentes. En la primavera de 1942, cientos de personas en la flor de la vida pasaron bajo los árboles cargados de fruta de la granja caminando hacia su muerte en la cámara de gas; la mayoría sin tener ni idea de lo que iba a pasar. Hasta el día de hoy me vienen las imágenes de las llegadas, las selecciones y la procesión hacia su muerte”.

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Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, entre el doctor Mengele y Josef Kramer

“Escenas que rompían el corazón”, dice uno de los mayores gestores del exterminio. ¿Cinismo? ¿perversión moral? Sin duda. Pero si así se sentía un testigo no predispuesto precisamente a la simpatía por las víctimas, el SS-Obersturmbannführer Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, cabe preguntarse cómo podía el resto llevar adelante una tarea cotidiana como ésta sin derrumbarse.

La respuesta, en el caso de los nazis más implicados, está en el grado inhumano que alcanzó el fanatismo antisemita. Se veían a sí mismos cumpliendo un deber patriótico; una misión dolorosa y, sin embargo, histórica.

Höss recuerda lo impactados que quedaban algunos de los altos mandos del partido y de las SS al contemplar el proceso de exterminio en Auschwitz: “Algunos de los que habían pronunciado los  discursos más fanáticos sobre la necesidad del exterminio quedaban mudos al ver en funcionamiento la Solución Final de la cuestión judía. Me preguntaban una y otra vez cómo yo y mis hombres podíamos soportar este proceso día tras día. Siempre les di la misma respuesta: que sólo una determinación férrea podía cumplir las órdenes de Hitler y que ésta sólo se podía alcanzar sofocando toda emoción humana. Incluso [el general de las SS] Mildner y Eichmann, que tenían reputación de duros me dijeron que no se cambiarían por mí. Nadie envidiaba mi trabajo”.

Pocas palabras proyectan mejor esta retórica inhumana que los discursos secretos del  SS-Reichsführer Heinrich Himmler en Pozan a mandos de las SS y del régimen nacionalsocialista el 4 y el 6 de octubre de 1943, uno de los escasos documentos conservados en los que se habla con claridad, sin eufemismos, del exterminio:

“La frase `los judíos deben ser exterminados´ se dice pronto pero exige de quien la pone en práctica lo más duro y difícil que hay en el mundo […] Os pido con insistencia que escuchéis simplemente lo que digo aquí en la intimidad y que nunca habléis de ello. Se nos planteó la cuestión siguiente: `¿Qué hacemos con las mujeres y los niños?´Me decidí y también aquí encontré una solución evidente. No me sentía con derecho a exterminar a los hombres y dejar crecer a los hijos que se vengarían en nuestros hijos y nuestros nietos. Fue preciso tomar la grave decisión de hacer desaparecer a ese pueblo de la faz de la Tierra. Para la organización que tuvo que realizar esta tarea fue la cosa más dura que había conocido […] La mayoría de vosotros sabéis lo que significa estar ante 100 cadáveres o 500 0 1.000. Haber pasado por eso y -salvo excepciones por la debilidad humana – seguir siendo personas decentes es lo que nos ha endurecido. Esta es una página gloriosa de nuestra historia que jamás se ha escrito y nunca se escribirá”.

Aliviar la carga psicológica a los ejecutores alemanes, acelerar el mecanismo industrial del exterminio y, en última instancia, ocultar el rastro de “una matanza de proporciones tan vastas” explican la ingeniería que llevó a una burocracia creativa a desarrollar el complejo cámara de gas más crematorio e insertar como operarios indispensables en el engranaje de la matanza a las propias víctimas.

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LA ZONA GRIS

“Haber concebido y organizado las Escuadras Especiales ha sido el delito más demoníaco del nacionalsocialismo”, escribió Primo Levi. “Uno se queda atónito ante este refinamiento de perfidia y de odio: tenían que ser los judíos los que metiesen en el horno a los judíos. Esa subraza, esos seres infrahumanos se prestaban a cualquier humillación, hasta la de destruirse a sí mismos… Las Escuadras Especiales, como portadoras de un horrendo secreto, estaban rigurosamente separadas de los demás prisioneros… Sobre estas escuadras ya circulaban historias vagas y parciales entre los que estábamos prisioneros… Esta situación ha impuesto una especie de reserva especial”.

A la vez víctimas y colaboradores, Levi coloca a los miembros del Sonderkommando en la “zona gris” (de donde toma el título otra película sobre el la Escuadra Especial, La zona de gris, de Tim Blake Nelson, 2001): “El horror intrínseco a esta situación humana ha impuesto a todos los testigos una especie de reserva, por la cual aún ahora es difícil hacerse una idea de lo que significaba estar obligado a realizar durante años tal oficio”. De estos hombres, añade, no se puede esperar una declaración verídica, sino otro tipo de cosa “que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos”. Su situación  plantea preguntas perturbadoras al escritor italiano: ¿por qué aceptaron aquella tarea? ¿por qué no prefirieron la muerte? Incluso a él, superviviente de Auschwitz, le resulta difícil, casi imposible, imaginarse cómo estos hombres vivieron día a día, cómo se contemplaron a sí mismos y aceptaron su condición.Y concluye invocando la impotentia judicandi, la suspensión del juicio: “nadie está autorizado a juzgarlos, ni quien ha vivido la experiencia del Lager ni, mucho menos, quien no la haya vivido”.

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Primo Levi, 1919-1987

En su comentario, Levi se apoya en gran medida en el relato del médico Miklós Nyiszli, Auschwitz: A Doctor’s Eyewitness Account, uno de los primeros testimonios sobre el Sonderkommando publicado a principios de los 50. Pese a ciertas críticas que ponen en duda algunas de sus afirmaciones, las memorias de Nyiszli aún se toman como referencia en las imágenes más publicitadas del Sonderkommando. Tanto El hijo de Saúl como La zona gris toman el relato del médico húngaro como base de sus guiones.

Durante ocho meses, Nyiszli vivió muy cerca de la Escuadra Especial, entre otras cosas, porque era su médico. Pero su función más importante, por la que salva la vida, era asistir como patólogo al infame doctor Mengele, el “Ángel de la Muerte”. Nyiszli describe a los miembros del Sonderkommando como prisioneros privilegiados que celebraban en mesas alargadas con manteles y candelabros (así lo refleja La zona gris) auténticos festines con la comida y las pertenencias que los judíos no soltaban hasta las puertas de las cámaras de gas.

Pero es otra historia de su libro la que interesa a los guionistas de La zona gris y El hijo de Saul: al desenredar los cuerpos gaseados para trasladarlos al crematorio, los miembros del Sonderkommando encuentran en el suelo con una joven que aún vive. Milagro. Aún inconsciente se la llevan al médico. “Los hombres del comando estaban en un estado de pánico”, cuenta Nyiszli.”Nunca había encontrado nada así en el tiempo de su horrible trabajo”. Tal vez ha caído con la cara vuelta hacia el suelo húmedo y ese poco de humedad, sospecha Nyiszli, ha evitado su asfixia puesto que el gas Zyklon-B no reacciona en condiciones de humedad. El médico la reanima a base de inyecciones.  “Abrió los ojos y miró fíjamente al techo”. Poco a poco recupera el color y el ritmo de la respiración. Nyiszli intenta lo imposible. Convencer a Erich Mühsfeldt, el SS-Oberschraführer  al mando del Sonderkommando, de que permita vivir a la joven. Mühsfeldt inicialmente duda, luego decide:

“Una chica de dieciséis años, con su absoluta ingenuidad, contará de dónde ha salido a la primera persona que se cruce con ella. La noticia correrá como la pólvora y nosotros pagaremos con la vida por haberlo permitido. No hay salida. La chica debe morir”, sentencia Mühsfeldt. Media hora después, en el corredor del crematorio, otro SS le pega un tiro en la nuca.

El incidente le permite a Primo Levi elaborar algunas de las reflexiones más sugerentes de Los hundidos y los salvados: “…Estos esclavos embrutecidos por el alcohol y por la matanza cotidiana se han transformado; delante de sí no tienen ya una masa anónima, el río de gente espantada, atónita, que baja de los vagones: lo que hay es una persona”.

Una persona. Un rostro singular entre miles de condenados cuya identidad queda diluida por las dimensiones enormes de una matanza incesante. De esta idea germina El hijo de Saúl (muy diferente al tratamiento que La zona gris da del mismo incidente). ¿Cómo se llora por seis millones?

Comenta Levi: “No hay proporción entre la piedad que experimentamos y la amplitud del dolor que suscita la piedad: una sola Ana Frank despierta más emoción que los millares que como ella sufrieron, pero cuya imagen ha quedado en la sombra. Tal vez deba ser así; si pudiésemos y tuviésemos que experimentar los sufrimientos de todo el mundo no podríamos vivir. Puede que sólo a los santos les esté concedido el terrible don de la compasión hacia mucha gente; a los sepultureros, a los de la Escuadra Especial y a nosotros mismos no nos queda, en el mejor de los casos, sino la compasión intermitente dirigida a los individuos singulares, al Mitmensch, al prójimo: al ser humano de carne y hueso que tenemos ante nosotros, al alcance de nuestros testimonios que, providencialmente, son miopes”.

(continuará: La versión del Sonderkommando)

Schindler's List
Un rostro entre la multitud. La lista de Schindler de Steven Speilberg