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En 2 de octubre de 1945 un marshal de Misuri envió a su amigo, el presidente Harry Truman, una inscripción en letras de vídrio tintado sobre madera de nogal que se haría célebre: The buck stops here. Una de las versiones etimológicas atribuye al juego del póker en los tiempos de la frontera la expresión “to pass the buck”, que podríamos traducir con nuestro “pasar la pelota”.

En las fotos  de Truman en el Despacho Oval podemos ver la inscripción de madera sobre el escritorio. El sentido está claro: quien se sienta aquí ya no puede pasar la pelota, la última responsabilidad reside en las manos del presidente.

Politólogos y tertulianos, que nos abruman estos días con sus conocimientos del constitucionalismo norteamericano, tratan de tranquilizarnos invocando el equilibrio de poderes en EEUU, los checks and balances. Los padres fundadores diseñaron un sistema político que debía evitar la tiranía. Incluso la de las mayorías, como nos recuerdan estos días tirando de citas del Federalist Paper número 10 de Madison. También suele decirse que la presidencia americana fue diseñada por genios para que pudiese ser dirigida incluso por idiotas.

¿Pero sobrevivirá a Donald Trump?

Sin duda el equilibrio de poderes frenará las inciativas más extemporáneas del presidente. Salvo momentos excepcionales, cualquier gran reforma en EEUU necesita de un consenso extraordinario. Ni aún con un Congreso demócrata fue capaz Bill Clinton de sacar adelante su reforma sanitaria. Ni con uno republicano pudo Bush Jr. aprobar su reforma migratoria (que, a diferencia de Trump, pretendía legalizar a millones de inmigrantes indocumentados).

Pero hay un ámbito que pertenece al presidente: la política exterior. Y ahí depende y mucho de quien sea el ocupante de la Casa Blanca. Cierto, sólo el Congreso de EEUU tiene la autoridad para declarar la guerra y aprobar intervenciones militares, pero en este área el margen de actuación y el liderazgo del presidente es lo que cuenta. Recibirá todo tipo de informes y opiniones. Más de las que pueda digerir -como dijo Kennedy-, pero al final del día la última decisión es suya.

El mundo no sería igual si, en vez de Frankiln D. Roosevelt, EEUU hubiera optado por uno de los republicanos aislacionistas de la época. Fuera un mal necesario o un crimen de guerra es el presidente Truman quien decidió lanzar un ataque nuclear contra Japón. El presidente Kennedy resistió la tremenda presión (incluso la de su círculo íntimo) de todos aquellos que le pedían un ataque militar a Cuba durante la crisis de los misiles. A la inversa, Lyndon Johnson -que sacó adelante un extraordinario programa político y social interno- no fue capaz de escapar a la Teoría del Dominó en Vietnam…

Y, en fin, por venir a lo más reciente, un ejercicio plausible de historia virtual nos llevaría a la conclusión de que el desastre de Irak y sus consecuencias se habrían evitado con un presidente Gore en la Casa Blanca. Ya años antes del 11-S, un cierto laboratorio  intelectual del partido republicano -plataforma de los Neocons-propugnaba el derrocamiento de Sadam Hussein. El 11-S sirvió como un pretexto que el incompetente Geroge Bush jr. compró sin dudarlo, quizá impulsado por algún reflejo freudiano-sin el apoyo entuasta de su propio padre que en 1991 había decidido no traspasar las puertas de Bagdad precisamente para evitar lo que ha venido después.

Ahora la retórica de Trump apuntan, de cumplirse, un vuelco respecto a Obama y quizá más allá. Tal vez el fin del orden internacional impuesto por EEUU  después de la Segunda Guerra Mundial, temen algunos. El fin de la Pax Americana. Incertidumbre sobre la OTAN. Aislacionismo beligerante. Más ataques preventivos, Guantánamos y torturas. Autócratas ultras como aliados. La primera foto con Farage. La primera llamada a Putin. Los más optimistas auguran una nueva detente con Rusia. De paso, Washington se tragaría el sapo de Asad en Siria. Tal vez incluso consulte a Kissinger… Pero aunque se rodeé de cuadros experimentados del establishmant diplomático de EEUU, aunque ahora comience The Education of Donald Trump, la última decisión estará a partir del 20 de enero en sus manos. Y conociéndo su temperamento e inexperiencia, puede pasar cualquier cosa.

Por mucho que la globalización y la tecnología hayan fragmentado el poder, el presidente de EEUU aún sigue siendo aquel individuo que puede cambiar la historia. The buck stops here.

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“El trabajo os hará libres”, el célebre y cruel lema a la entrada del KL Auschwitz I

Cuenta la fábula que un condenado a muerte le hizo una proposición al rey: “Si me das un año, puedo enseñarle a cantar a tu caballo”. “Muy bien”, respondió el rey. “Pero, si dentro de un año el caballo no canta, serás ejecutado”. Al volver a la mazmorra, su compañero de celda le reconvino: “Pero, ¿estás loco? Sabes que no puedes enseñar a un caballo a cantar”. “Sí, pero ahora tengo un año que no tenía antes”, replicó el condenado. “Y en un año pueden ocurrir muchas cosas. Podría morir el rey. Podría morir el caballo. Podría morir yo. Y, ¿quién sabe? Tal vez el caballo aprenda a cantar”.

Los miembros del Sonderkomamndo también se sabían condenados a muerte. En tanto que Geheimsträger, “portadores del secreto”,  los nazis habían decretado su desaparición en cuanto finalizara su trabajo forzado: colaborar en el exterminio de los judíos europeos. “Con vosotros desaparecerán las pruebas”. Para ellos, como para el condenado de la fábula, ganar un día lo era todo. Tal vez los nazis cambiaban de idea, tal vez llegaban antes los rusos, tal vez los aliados bombardeaban el campo… Pero, entre tanto, ¿cómo podían soportar esos días ganados al destino en medio de la tarea más inhumana del mundo?¿Merecía la pena? ¿Se puede salir con el alma indemne después de mirar un día tras otro a los ojos de hombres, mujeres y niños que van a convertirse en ceniza al cabo de dos horas?

Quien busque respuestas, las puede encontrar en We wept withou tears: Testimonies of the Jewsih Sonderkommando from Auschwitz (1985), el libro de entrevistas de Gideon Greif a ocho supervivientes del Sonderkommando del que ya hemos hablado en otras entradas de este blog (Sonderkomando (I)Sonderkommando (II)). Greiff, como un forense que busca reconstruir hasta el último detalle de la experiencia del Sonderkommando, repite el mismo cuestionario con ligeras variaciones. El procedimiento resulta pesado por momentos, pero permite observar una cierta diversidad en la respuesta que dio cada uno de estos hombres forzados a participar en la mayor matanza planificada de la historia.

Cualquier lectura de estos testimonios debe tener presente que todos hablan muchos años después de los acontecimientos. Resulta inevitable que traten de justificarse en un tiempo que ha convertido “Auschwitz” en el mayor abismo de la humanidad. “De estos hombres -dijo Primo Levi mucho antes de que se escribiera este libro- no se puede esperar una declaración verídica, en el sentido jurídico del término, sino otro tipo de cosa que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos”.

Siempre vuelven las mismas preguntas: ¿Por qué colaboraron? ¿Cómo pudieron soportarlo? ¿Recuperaron la humanidad? La mayoría se describe como autómatas desprovistos de sentimientos en las tareas del lager, otros se justifican por la necesidad de dar testimonio de una matanza de proporciones increíbles y muchos apelan a la pura y simple voluntad de vivir: “…puedes encontrar cientos de excusas, pero la verdad es que quieres vivir a toda costa. Deseas vivir, porque estás vivo, porque el mundo a tu alrededor sigue vivo y todo lo que es placentero, todo aquello a lo que te sientes vinculado, está unido inextricablemente a la vida”. El prisionero del Sonderkommando Zalman Lewental escribió estas palabras en su diario secreto de Auschwitz, recuperado -lo contábamos en la entrada anterior- al finalizar la guerra. La desesperanza podía llevar al suicido, en especial, de los más fuertes. Sólo la “debilidad” moral -apunta Lewental-, la voluntad “animal” de vivir, permitía a estos hombres arrastrase de un día al siguiente por su rutina macabra.

“Saldré vivo de aquí”, se dijo desde el primer día Ya’akov Gabai, judío sefardita originario de Atenas y deportado a Auschwitz en abril de 1944. Tenía 32 años.”Sobreviví porque mantuve mi optimismo”. Gabai ofrece uno de los testimonio más descarnados del libro de Greif. No arrastra complejos ni sentimientos de culpa. Y a diferencia de otros supervivientes del Sonderkommando, el crematorio no regresa a sus pesadillas: “Nunca he soñado con Auschwitz”. ¿De dónde sacó su fuerza vital? ¿Tal vez la fe religiosa? “No soy religioso, pero nunca he negado la existencia de dios”, dice, y en esto coincide con otros supervivientes a los que la experiencia en el  crematorio alejó de dios. ¿Un insensible? ¿Un mutilado moral? Primo Levi habla de los miembros del Sonderkommando -a los que no trató en el campo- como “esclavos embrutecidos por el alcohol y la matanza cotidiana”. Pero también añade. “¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos?”. Gideon Greif reivindica a estos hombres arr0jados al destino “más demoniaco del nacionalsocialismo” (Levi) y escucha con actitud comprensiva sus palabras. Palabras como las de Ya’akov Gabai, el eterno optimista.

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Ya’akov Gabai en Israel a mediados de los 80

Traigo aquí algunos fragmentos de su testimonio. Sólo añadiré un comentario final. Un atrevimiento que incumple aquella recomendación de George Steiner: el silencio se impone después de escuchar las voces del exterminio. Avanzo, eso sí, una cautela a la manera de Dante a las puertas del infierno: “absteneos, almas sensibles”.

Pregunta el historiador Gideon Greif. Responde el superviviente del Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau Ya’akov Gabai:

“¿Qué viste cuando las puertas de la cámara de gas se abrieron por primera vez delante de ti?

Vi cuerpos, unos encima de otros. Habría unos 2.500 cadáveres. Muchos con heridas y sangre. Nunca había visto nada parecido. Era una visión dantesca…

¿Qué se te pasó por la cabeza cuando viste los cuerpos?

Pensé que era una tragedia, que una tragedia enorme se abatía sobre los judíos, asesinarles allí de una manera tan cruel. Durante los primeros días fue terrible. Pero me dije a mi mismo: “no debes perder la cabeza”. Sabía que desde entonces en adelante iba a ver esto un día sí y otro también. Este iba a ser nuestro trabajo así que sería mejor acostumbrarse. Un trabajo duro, pero te acostumbras”.

¿Te acostumbras? Hasta la rebelión en octubre de 1944, la inmensa mayoría prefirió cumplir las órdenes de los SS y seguir adelante con su trabajo en el crematorio. Muy pocos optaron por el suicidio.Ya’akov Gabai recuerda uno:

“Uno de los miembros de nuestro grupo [del Sonderkommando]había llegado en el mismo transporte que yo. Se llamaba Menachem Litschi. Había trabajado como zapatero en Grecia. Dejó atrás a su mujer y dos hijas. Un día me dijo: `Ya’akov, este trabajo es intolerable. No podemos seguir tirando a la gente al fuego [de las fosas comunes]. Ya no quiero seguir viviendo´. Le pedí que aguantara un par de días: `Todos los comienzos son duros. Luego todo pasa. No eches a perder tu vida´. Esperó dos días y en el tercer día, mientras traían los cuerpos a las fosas -cuando creyó que nadie le miraba-, Menachem se lanzó al fuego con el cadáver que traía arrastras. Un sargento alemán llamado Grünberg le disparó para ahorrarle el dolor. Ocurrió el 8 de mayo de 1944. Un mes o dos después vino un soldado alemán al crematorio y preguntó si alguno de nosotros sabía algo del incidente de Menachem. Levanté la mano y me llevó a su oficina. Me sentaron, me dieron de comer y luego entró uno que me interrogó sobre lo ocurrido con Menachem. Yo me preguntaba: ¿Cómo es que los alemanes, que ejecutan a miles de personas todos los días, están ahora tan interesados por el destino de un único hombre? Sabía que no debía contarles que se había suicidado. Les dije que se había acercado mucho a la fosa arrastrando el cuerpo y que se había resbalado y caído. Me habría ido muy mal si les hubiera dicho que se había suicidado.

¿Por qué?

Me habrían matado allí mismo.

¿Hubo otros casos como el de Menachem?

No, ese es el único caso que recuerdo.

¿Se toparon alguna vez los miembros del Sonderkommando con parientes suyos?

Todos los que estaban en mi situación -con mi mujer también internada en el campo- lo temíamos. Siempre temí que enviaran a mi mujer al crematorio, que la asesinaran, siempre me preguntaba qué haría en ese caso. Afortunadamente no ocurrió, pero el 31 de octubre de 1944 cuando enviaron a la muerte a los últimos 400 musulmanes [así se conocía en el campo a los desahuciados, a los que habían perdido ya la cabeza y la fuerza para vivir y deambulaban como fantasmas por el lager], me encontré con dos de mis primos. Nos sentamos y hablamos durante un par de horas en la sala para desvestirse del crematorio.

Sabías, por tanto, que tus primos iban a morir

Sí, por supuesto. Lo sabíamos por las órdenes de los alemanes. Cuando el prisionero tenía que desvestirse y se le ofrecía una manta y algo de pan y margarina, significaba que iba a ser enviado al crematorio.

¿De qué hablasteis?

Les pregunté cómo era posible que gente como ellos -siempre con aplomo y valentía- hubiera llegado a esa situación. Me respondieron que era lo que les había tocado en esta vida, que era su destino y no podían evitarlo. Comieron y nos fumamos unos cigarrillos hasta que les llegó su hora. Uno de los alemanes dio la orden: `Ahora tenemos que acabar con vosotros´. Entonces yo les dije: `Venid, tengo algo terrible que contaros, pero no sufriréis´. Les lleve a la cámara de gas, hasta el lugar exacto por el que caían las pastillas de gas. `Si os sentáis aquí, no sufriréis ni un segundo´. Al salir, el soldado alemán me dijo: `Qué fortaleza; eres muy, muy valiente´. `¿Por qué deberían sufrir?´, le dije. Diez de las víctimas de ese día eran familiares y conocidos de Grecia.

Un día de mediados de julio de 1944, a las tres de la mañana, llegó un “transporte” de al menos 1.500 personas. Eran judíos húngaros. Hombres, mujeres y niños. Esperábamos a que se desvistieran cuando de repente una mujer con dos niños nos dijo: `¿Cómo voy a quitarme la ropa aquí, enfrente de vosotros. Es una deshonra´. Le contábamos que ya estábamos acostumbrados cuando se presentó el comandante del campo y le dijo a la mujer: `Ponga sus ropas aquí, y también la de los niños y recuerde el número de la percha para encontrarlas luego´. Qué irónico… Se fue directa a la cámara de gas con sus hijos y eso fue todo.

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El mal absoluto: el sádico SS Otto Moll

En agosto de 1944 trajeron a 250 musulmanes polacos procedentes de varios campos en los alrededores de Auschwitz. Para cuando llegaron, ya no se podían mover. En ese momento, el comandante del crematorio, [Otto] Moll de las SS, vino y dijo: `No enviéis estos a la cámara de gas´. Quería matarlos personalmente. Primero les golpeó con la barra metálica que usábamos para machacar los restos de huesos de la incineración. Después le pidió rifle y balas a un soldado y empezó a disparar. Cuando ya había efectuado cuatro o cinco disparos, uno de los musulmanes gritó: `¡Comandante!´. Y Moll, que era un sádico brutal, contestó: `¿Sí?´.`Tengo una petición´. `¿Qué quieres?´`Cantar el vals del Danubio Azul mientras disparas a mis amigos´.`¡Magnífico¡ Es incluso mejor disparar con acompañamiento musical´, respondió Moll. Así que el hombre cantó -la-la-la- hasta que Moll mató a todos y llegó el turno del cantante. La última bala acabó con él.

Dos semanas después llegaron 20 partisanos, entre ellos cuatro mujeres muy bellas. Sabían que les llevaban a la muerte. Nosotros esperábamos que se defendieran, que empezaran a puñetazos, ya que, después de todo, eran partisanos. Pero no ocurrió nada. Les pedimos que se desvistieran y ni uno levantó la vista. Caminaron en silencio hacia la cámara de gas -como corderos al matadero.

Recuerdo cuando nos llegaron 140 o 150 chicas adolescentes. Se sentaron y empezaron a bromear y reírse. Debían pensar que habían venido a Birkenau a pasárselo bien. Nosotros no salíamos de nuestro asombro. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Había pasado una hora, dos horas y aún no habían terminado incineradas? Entonces dieron la orden de devolverlas. Un camión se las llevó. Cuando salían del crematorio vivas y coleando, les dijimos :`Encended una vela en agradecimiento por haber salido con vida de este lugar´. Resulta que mientras estuvieron allí sentadas, les pidieron que escribieran postales: `Hemos llegado al campo. Los alemanes nos han dado una cálida bienvenida. Estamos sanas y bien alimentadas´. Dos días después, las trajeron de vuelta al crematorio y montaron todo un lío porque sabían lo que les esperaba. Todas fueron liquidadas.

En una ocasión nos trajeron una chica húngara con un bebe de dos días. Sabía que estaba a punto de ser asesinada. Nosotros no teníamos nada que hacer esa noche. Nos sentamos, ociosos. A la mujer le ofrecimos una silla, algo de comida y unos cigarrillos. Nos contó que era cantante. Estuvo hablando con nosotros como media hora. Estábamos sentados enfrente de los hornos. Junto a nosotros se sentó un SS holandés. Un tipo bastante afable que también se pasó todo el tiempo escuchando. Cuando terminó la historia, el holandés se levantó y dijo: `Muy bien, no podemos quedarnos aquí sentados para siempre; ahora llega el turno de la muerte´. A la chica le preguntaron qué prefería, que matáramos primero al bebé o a ella. `Yo primero´, dijo. `No quiero ver a mi hijo muerto´. Entonces el holandés cogió el rifle, disparó y metió a la chica en el horno. Después levantó el bebé, bang-bang, y eso fue todo.

Ya’akov, ¿cómo puedes recordar todos los detalles, incluyendo las fechas exactas? Es sorprendente.

Escribí un diario. Lo empecé mi primer día en el Sonderkommando y lo mantuve hasta el 18 de enero de 1945, cuando me liberaron. Anotaba cada día. Casi 500 páginas… Pero no me pude llevar el diario cuando salí de Birkenau. ¿Cómo podía llevarme 500 páginas de Birkenau a Mauthausen? ¿Qué dirían los alemanes? Me matarían.

¿Dónde dejaste el diario?

Allí, sin enterrar. Pero aunque perdí el diario, recuerdo muchas, muchísimas fechas y nunca las olvidaré. Tengo buena memoria para las fechas.

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En los hornos de Dachau. De Auschwitz, no hay imágenes

¿Cuánto se tardaba en incinerar un cuerpo?

Media hora. El proceso de cremación funcionaba así: había cinco hornos con tres aperturas cada uno. Cinco hornos multiplicados por tres puertas multiplicado por cuatro cuerpos en cada una [cuatro adultos o entre seis y ocho niños] te sale a 60 cuerpos incinerados en el Crematorio II en media hora. 120 en una hora. 2.880 en un día sin parar. Así que llevaba un día liquidar todo un “transporte” de judíos. Calcula ahora la capacidad de los cuatro crematorios en Auschwitz-Birkenau.

Perdóname la pregunta: ¿en cuánta ceniza se convierte un  cuerpo humano?

Pesa menos de un kilo. Los huesos de la pelvis no se quemaban totalmente así que teníamos que sacarlos del horno y machacarlos.

¿Cuánta gente trabajaba contigo quemando cuerpos?

Otros cuatro. Siempre el mismo grupo, sin cambio de turnos.

¿Eran también griegos los otros miembros del grupo?

No, eran polacos.

¿Cómo os comunicabais?

Hablábamos un poco de yidish y usábamos lenguaje de signos. Nos llevábamos bien. Después de todo, yo había estudiado dos años de alemán y dos de inglés en una escuela italiana.

¿Estuviste todo el tiempo con los mismos hombre del Sonderkommando?

Estuvimos juntos hasta el último día, hasta que salimos de Auschwitz. Nos enviaron por caminos distintos y nunca más nos volvimos a ver.

¿Y sobre la comida, la alimentación…?

A veces, cuando no comíamos toda la comida que nos habían servido, se la llevábamos a los trabajadores-esclavos que hacían tareas [físicamente] muy duras fuera del campo. En cuanto a los alimentos, no nos faltaba de nada. Podíamos coger todo lo que encontrábamos entre las pertenencias de las víctimas. Teníamos pan, bizcochos, embutido, todo. Encontrábamos restos de todo y los guardias alemanes se unían a nosotros a la hora de comer… Teníamos tanto que no sabíamos por donde empezar.

¿Bebíais alcohol?

Sí, todos bebíamos alcohol también. Teníamos de todo, todo lo que quisiéramos -Vodka de 96º. Teníamos permiso para tomar bebidas alcohólicas y todo lo que quisiéramos.

¿Dónde vivíais?

En el edificio del crematorio, el Crematorio II. Vivíamos en la última planta, en habitaciones privadas. Yo dormía en una cama con manta y almohada.

¿Era posible dormir bien tan cerca de los hornos?

No estaban lejos. Incineraban los cadáveres abajo y nuestras habitaciones estaban arriba. Teníamos buenas camas, mantas, almohadas. De todo. La vida arriba continuaba sin importar lo que estuviera ocurriendo debajo.

¿Salisteis alguna vez al patio de hierba fuera del crematorio?

Sí. El césped estaba muy bien cortado. A veces cuando no teníamos nada que hacer nos dedicábamos a limpiar todo el patio.

¿Qué hacíais al atardecer en vuestras habitaciones?

Por la tarde, cantábamos todos juntos. Comiamos, bebíamos y cantábamos un montón. Cuando no había trabajo y todo estaba tranquilo, dormíamos. Nos íbamos a dormir a las 10, 11 de la noche.

¿Alguna vez os dieron un día “festivo”?

Recuerdo que el Yom Kippur cayó el 4 de octubre de 1944. El lunes por la tarde vi cómo los judíos polacos del Sonderkommando preparaban todo: los rollos de la Toráh, los libros de rezos… Los alemanes nos dieron el día libre y rezamos. El día siguiente, martes, a las cinco de la mañana -en Yom Kippur- llegó un transporte con 2.500 judíos. Así fue. Ese fue su regalo de Yom Kippur. Aún lo recuerdo. Le dije a mis amigos: “mirad que regalo nos hacen estos bastardos”. Tres días después estalló el levantamiento en el Crematorio III.

¿Fuiste uno de los que rezó en aquel Yom Kippur en Auschwitz?

No. No rezaba entonces, nunca iba a la sinagoga. Sólo aquí en Israel voy a la sinagoga. Creo en dios pero no soy religioso.

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Proceso de “selección de un transporte” a la llegada a Birkenau (1944)

¿Alguno de tus compañeros en el Crematorio III vive hoy en Israel?

Sí. Shmuel Lemke, pero no quiere hablar del asunto. Hace 15 años yo tenía un amigo en Kefar Sava que también había estado en Auschwitz. Un sábado me dijo que tenía una sorpresa para mí. Fuimos hasta Givat ha-Shelosha y paramos ante la casa de Lemke y me dijo: “Ese es Lemke”. Nos acercamos a él, pero no me reconoció. Empecé a refrescar su memoria, se acordó de mi y entonces se puso a llorar y a rogarme que no le contara a su mujer que había trabajado en el Sonderkommando.

En esos momentos en que bebíais y comíais con  los alemanes ¿era la relación estrecha? ¿de qué hablabais con los alemanes?

No teníamos profundas discusiones políticas. Contábamos chistes, hablábamos de canciones. Les encantaba cantar. Puede sonar terrible. Es difícil de entender cómo vivíamos junto a nuestros asesinos. Pero cualquier cosa era posible en Auschwitz.

¿Recuerdas la visita de Eichmann?

Vino en julio de 1944. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. A las 6:15 de la mañana. Teníamos cuatro cuerpos dentro, a medio incinerar. Entonces entró un guardia alemán y de repente vi a Eichmann acompañado de dos oficiales. Ese hijo de perra, ese pedazo de carroña. Dijo: “Tenéis que poner otros dos encima de los cuatro, no me importa cómo”. Tenías que ser experto para hacerlo. No era tan fácil quemar seis cuerpos allí. “Bien, bien…” dijo mientras obedecíamos la orden. Pasó junto a mí dos veces, muy cerca, por detrás, y se quedó mucho tiempo. Vino dos veces a Birkenau.

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El “arquitecto del Holocausto”: el SS-Oberstürmbannführer Adolf Eichmann (1942)

¿Cómo pudiste trabajar tanto tiempo en ese infierno?

Es verdad que los que trabajaban [en otras partes] del campo veían la muerte a diario, les golpeaban, sufrían otras tragedias. Pero nosotros vimos lo más terrible de todo. Hicimos el trabajo sucio del Holocausto. Durante ocho meses trabajé en el Sonderkommando, ocho meses en medio de esta tragedia. Era un trabajo penoso, en especial los primeros días. Todos temíamos encontrar parientes entre los cadáveres.La primera vez era la más dura. Pero, créeme, te acostumbras a todo. Cuando trabajábamos por la noche, me sentaba junto a un muerto a eso de la medianoche y no sentía la más mínima emoción.

¿Pudiste reflexionar sobre lo que estabas viendo?

Al principio era muy doloroso ver todo esto. Me costaba comprender lo que mis ojos estaban viendo -que todo lo que quedaba de un cuerpo humano era medio kilo de cenizas… Pero ¿qué alternativa teníamos? Escapar no era una opción. Desconocíamos la lengua. Continué trabajando pese a que sabía que mis padres habían sido exterminados. No hay nada peor que eso. Después de dos o tres semanas, me acostumbré. A veces al descansar ponía mi mano en un cadáver y ya no me incomodaba. Trabajábamos como robots. Tenía que mantenerme fuerte para sobrevivir y relatar todo lo que había ocurrido en este infierno… Sí, éramos animales. No teníamos emociones. A veces teníamos dudas sobre si seguíamos siendo seres humanos.

Me resulta difícil entender cómo podías cantar después de una jornada de trabajo en la cámara de gas y en los hornos.

Mira, como ya te he dicho, ya no sólo éramos solo robots, nos habíamos convertido en animales. No pensábamos en nada. Sólo en una cosa: sobrevivir y escapar.

¿[Al volver a Grecia] le hablaste a alguien de tu historia en Auschwitz?

No le veía ningún sentido porque me sentía incapaz de describir la realidad que habíamos vivido allí. Pero cuando empece a integrarme de nuevo en la sociedad y a reflexionar sobre lo que había hecho allí, sentí mucho dolor. Y aún lo experimento cuando hablo de todo aquello.

¿Sueñas con Auschwitz?

No, a veces me viene un recuerdo, pero no sueño. Nunca he tenido sueños sobre Auschwitz. El pasado es pasado. Yo vivo en el presente… Todo pasa. Lo he dejado atrás. Sobreviví porque siempre esperé salir vivo de Auschwitz. Sobreviví porque fui optimista. Ahora, mientras estoy aquí sentado y te lo cuento, me pregunto cómo puede un ser humano someterse a semejante experiencia, cómo puede soportarlo.  Bueno, el hombre es más duro que el hierro. C’est la vie, mon cher ami: pasar, resistir y dejar a un lado [to pass, to last, to cast aside]

¿Se puede dejar a un lado una experiencia tan traumática? Las contradicciones en el discurso de Ya’akov Gabai no han pasado inadvertidas. Tan pronto dice que le resulta muy duro relatar sus días en el Sonderkommando como que ha salido indemne moralmente de la experiencia. Es más, en sus respuestas a Greif niega que le persiga el fantasma de Auschwitz, niega cualquier sentimiento de culpa y, sin embargo, su necesidad de relatar su experiencia a su familia, a Greif, a jóvenes y adultos, en escuelas y Días del Holocausto parecería un modo de justificarse, de limpiar en público su sentimiento de culpa.

Ya’akov compartió sus días en Birkenau con su hermano Dario, 10 años más joven-no es, por cierto, el único caso de hermanos en el Sonderkommando-.  Dario marchó a EEUU después de la guerra y allí hizo carrera dirigiendo una fábrica de cortinas. Durante mucho tiempo guardó silencio. Sólo a finales de los 90 se decidió a hablar en documentales como el de Spielberg The Last Days (1998) o la serie de la BBC Auschwitz: The Nazis and the Final Solution (2005).

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Ambos hermanos coinciden en describirse como robots sostenidos por la voluntad de vivir, pero, a partir de ahí, el contraste al “verbalizar” su experiencia no puede ser mayor. Dario cuenta como los primeros 10 años fueron especialmente duros. No pasaba una semana sin pesadillas sobre las cámaras de gas y el crematorio. El problema del Sonderkommando,, decía en una entrevista, no era la ropa o la alimentación sino “el interior del alma”. En un par de entrevistas a principios de la década del 2000, revela que aún sufre de culpa y vergüenza y siente que él debería haber muerto con el resto de los judíos.

El contraste entre el relato a posteriori de los dos hermanos respalda la cautela que pedía Primo Levi al escuchar la versión del Sonderkommando. Pero también que cualquier generalización de su experiencia es un error y que su testimonio -ignorado durante tantos años- es absolutamente imprescindible si queremos adentrarnos en un horror que desafía cualquier capacidad de comprensión.

Cuando escribo estas líneas, Darío aún vive en EEUU. Ya’akov murió en Israel en 1994. Nunca llegó a ver publicado su diálogo con Greif ni mucho menos la pieza teatral que se montó en Alemania basada en la entrevista con el historiador. Se titulaba “¡Saldré de aquí!. Se estrenó en Berlín en el invierno de 1997.  Qué habría pensado Gabai, se pregunta el historiador, al ver una obra basada en su testimonio y representada en la capital de Alemania ante una audiencia alemana…

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La puerta del infierno. Entrada del campo de Birkenau

EN LA ANTESALA DE LA MUERTE

El prisionero del Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau  Zalmen Gradowski nunca salió vivo del campo de concentración y exterminio, pero tuvo el valor de dejarnos un testimonio excepcional enterrado en el lager nazi.

Al final de sus manuscritos describe una escena desconcertante. Estamos en la antesala de la cámara de gas, allí donde las víctimas deben desnudarse y colgar su ropa. Es el momento que viven  con mayor tensión los judíos forzados a trabajar en el “Comando especial” del proceso de exterminio. Muchos rehuyen la mirada de angustia de quienes buscan respuestas, de quienes sospechan que van a morir. La mayoría, mujeres y niños.

“Hemos coincidido con ellas, con las víctimas, y, petrificados, intercambiamos miradas. Saben todo, comprenden todo: que no son baños, y que esta sala es el corredor de la muerte… Decidnos, hermanos, ¿cuánto se tarda en morir? ¿Es una muerte penosa o fácil?”, escribe Gradowski, un hombre que entonces ronda los 34 años..

“El aire es rasgado por los gritos de los bandidos borrachos, impacientes por saciar su desnudez de mis queridas y hermanas… Algunas se avergüenzan, quisieran ocultarse donde fuera, con tal de no exponer su desnudez… Algunas se abalanzan sobre nosotros como hechizadas, como enamoradas se lanzan a nuestros brazos y nos ruegan con miradas avergonzadas que las desvistamos, quieren olvidarse de todo, no quieren pensar en nada. Al pisar el primer escalón de la tumba ya han saldado todas las cuentas con el mundo de ayer, con su moral y principios, con sus ideas éticas. Y ahora, en el umbral de la fosa, mientras aún permanece en la superficie de la vida y sigue sintiendo, perciben todavía que necesitan disfrutar el cuerpo, quieren darle todo lo que desee, el último placer; la última alegría que sea posible obtener en vida, ahora quieren emborracharlo, saciarlo antes de morir: Por ello desean que ese cuerpo que palpita intensamente, pleno de sangre y de vida, sea acariciado, mimado por la mano de un hombre extraño, que sea el más cercano amante, aquí y ahora, quien lo acaricie. Y sentir de ese modo como si la mano del esposo o del amante fuese la que acariciara y mimara su cuerpo consumido por la pasión. Quieren emborracharse ahora, las queridas hermanas, las hermosas mías. Y sus labios ardientes se tienden hacia nosotros con amor; quieren besarnos apasionadamente, mientras esos labios sigan con vida”.

“Allí está también una madre desnuda sentada en un banco con su hija en el regazo. Una criatura, una niña que aún no ha cumplido quince años. Estrecha la cabecita contra su pecho y la besa por todas partes. Y una corriente de cálidas lágrimas se derrama sobre su sangre joven. La madre llora por su niña, a la que con sus propias manos pronto conducirá a la muerte”.

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El testimonio dibujado de David Olere, superviviente del SK.

“Las contemplamos compasivamente porque vemos alzarse ante nosotros otra estampa de horror: estas vidas palpitantes, estos mundos en ebullición, el ruido, el alboroto que surge de ellas, en unas horas habrá muerto, yacerá inmóvil. Sus bocas enmudecerán para siempre. Esos ojos brillantes que ahora las dotan de tanto encanto, tanta magia, quedarán detenidos, apuntando hacia una única dirección, como si fueran a sondear la eternidad de la muerte. Esos hermosos cuerpos seductores que ahora florecen llenos de vida tendidos quedaran en el suelo, como seres repugnantes revolcados en el lodo y la mugre de la tierra, sus limpios cuerpos alabastrinos maculados por las deyecciones […] el rostro blanco y rosado se tornará rojo, azul o negro por efecto del gas… Los ojos desorbitados estarán inyectados de sangre, y será imposible reconocer a la mujer que ahora mismo tenemos ante nosotros”.

Zalmen Gradowski creció en la observancia puritana del judaísmo ortodoxo. No resulta fácil interpretar la inesperada pulsión vital -sexual- ante la inminencia de la muerte que describe en su manuscrito. Causa tanta extrañeza e incluso incredulidad que es legítimo preguntarse cuánto debe esa escena a la mirada turbada del propio Gradowski, cuánto a la querencia de su escritura por la antítesis entre la vida y la muerte que presenciaba a diario.

“Ahora querríamos estrecharlas contra nuestro corazón dolorido, besar todo su cuerpo, embriagarnos con la vida que está a punto de desaparecer. Dejar grabada en el corazón esta imagen de sus vidas que aún palpitan y llevar eternamente en el fondo de nuestros corazones estas vidas que se apagarán ante nuestros ojos. Todos somos presa ahora de pensamientos de pesadilla. Ellas, las queridas hermanas, nos miran con asombro: por qué parecemos tan trastornados, si ellas están serenas. Ahora darían lo que fuera por hablar con nosotros, preguntarnos qué será de ellas cuando hayan muerto, pero no se atreven y el secreto no les será revelado hasta el final”.

Los manuscritos de Gradowski ofrecen una mirada y una escritura única, una mirada hacia el interior de los que se vieron forzados a “colaborar” en la maquinaria del genocidio. A diferencia de otros testimonios del Sonderkommando, no estamos ante una experiencia reconstruida muchos años después del “acontecimiento” con la perspectiva privilegiada del tiempo. Gradowski también desconoce el final de su relato. Escribe un mensaje al futuro. Y lo escribe cercado por de llamas y la ceniza de los muertos en un infierno del que sólo su testimonio escrito pudo escapar.

“Escribo con la intención de que por lo menos un mínimo de esta realidad llegue al mundo y que, tú mundo, reclames venganza, venganza por todo esto. Éste es el único objetivo, la única meta de mi vida. Vivo aquí con la idea, con la esperanza de que quizás mis escritos lleguen a ti…”

Los escritos -dos manuscritos y una carta firmada- se encontraron por separado en 1945, pero no llegaron al mundo en su integridad hasta 1977, 32 años después. ¿Por qué?

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LOS JINETES DEL EJÉRCITO ROJO

Dos hombres vuelcan al muerto sobre la nieve sucia. No hay otra sepultura. La fosa común rebosa de cadáveres. Son las horas del mediodía del 27 de enero de 1945. Al levantar la vista los hombres ven cuatro jinetes. Avanzan con cautela, metralleta en mano. La primera  patrulla del Ejército Rojo acaba de descubrir Auschwitz. “Cuando llegaron a las primeras alambradas se pararon a mirar, intercambiaron palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos”, recuerda Primo Levi en el comienzo de La tregua. Él es uno de los hombres aún vivos que observa la llegada de los jóvenes soldados soviéticos.

Hacía 10 días que los alemanes habían huido del campo llevándose consigo a los prisioneros en condiciones de trabajar y dejando atrás, abandonados en el lager,  a 7.000 prisioneros debilitados por el hambre y las enfermedades. Unos 5.000 internos necesitaban atención médica. Ni la Cruz Roja polaca ni el ejército soviético contaban con suficiente personal sanitario y decidieron solicitar voluntarios. Uno de ellos, Andrej Zaorski, un médico de 21 años que trabajaba en Cracovia, acudió a Auschwitz un par de semanas después de su liberación. Se alojó en la casa del comandante del campo y allí, entre los papeles abandonados, hizo el primero de sus descubrimientos: un cuaderno de dibujos y notas. El hallazgo merece un breve desvío al margen del tema de esta entrada.

En la libreta, un oficial de las SS identificaba y describía la vida de los pájaros en la vecindad del campo. El fin del mundo que fue Auschwitz nunca deja de desafiar nuestra capacidad de asombro. Ahí tenemos a un sensible birdwatcher siguiendo con los prismáticos las evoluciones de los pájaros en un aire cargado del olor dulzón, el humo y la ceniza del exterminio masivo de seres humanos. La historia del ornitólogo ha inspirado una novela reciente, Los pájaros de Auschwitz. El SS resultó ser el Obersturmführer (teniente) Günther Niethammer, uno de los más prestigiosos ornitólogos alemanes antes y después de la guerra. Siempre supo lo que se hacía en Auschwitz -confesó- pero jamás estuvo involucrado en las tareas de exterminio. Como tantos, prefirió mirar hacia otro lado, aislarse con sus pájaros. La libreta se abre con una dedicatoria al Kommandant Rudolf Höss en agradecimiento por haberle permitido ese distanciamiento intelectual en la factoría de la muerte. En cualquier caso, su paso por Auschwitz no mancilló una larga y valorada carrera científica. Autor de un manual de referencia sobre los pájaros europeos, Niethammer llegó a presidir durante años la Sociedad Alemana de Ornitología en la República Federal. Murió en 1974 a los 66 años. En su obituario escribieron:

“… En 1932, se sumó al departamento ornitológico de E. Stresemann en el Museo Zoológico de Berlín. Cinco años después se trasladó al museo Alexander Köning de Bonn donde trabajó desde entonces -salvo en una interrupción por la Segunda Guerra Mundial… Todos los que conocieron a Niethammer disfrutaron de su agradable personalidad personal, de su alegría constante pese a los muchos y graves contratiempos que sufrió y, last but not least, de su enorme vitalidad y encanto personal”.

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La cantimplora que ocultó el primer manuscrito de Gradowski

LOS MANUSCRITOS DE AUSCHWITZ

Además del cuaderno de campo del ornitólogo, el doctor Zaorski encontró días después otro manuscrito. Fue al visitar el campo de Birkenau, a unos 5 kilómetros del campo principal (Stammlager) de Auschwitz. Vio una botella semienterrada en un montón de ceniza. Como si fuera el mensaje de un náufrago arrastrado por el torbellino de la guerra y el exterminio, el autor había metido en la botella una carta dirigida a su mujer en Francia. Le informaba de su terrible destino, de su trabajo con los judíos gaseados en el crematorio. El autor Chaim Herman daba por descontado que no saldría vivo de allí y ponía por escrito algunas instrucciones postmortem. La carta Herman fue el primer manuscrito de un miembro del Sonderkommando desenterrado en el lager de Auschwitz-Birkenau.

La historia del descubrimiento, publicación y difusión de los manuscritos de Auschwitz -hasta ocho entre 1945 y 1980-recorre un camino largo y sinuoso en el que el azar y la voluntad testimonial se cruzan con la leyenda y el recelo -si no desprecio- que rodeó  durante años el Sondekommando. Algunos fragmentos se fueron publicando con cuentagotas en revistas especializadas, un manuscrito pasó 25 años guardado en un desván, las primeras recopilaciones incompletas no se editaron hasta mediada la década de los 70…

El caso de los papeles de Zalmen Gradowski es una buena muestra de esa complicada historia editorial. El primer y el segundo manuscrito -encontrados por separado en el lager-se publicaron en Israel el mismo año, 1977, sin que ninguno de los dos editores tuvieran conocimiento del otro. El primer manuscrito -ocultado con una carta dentro de una cantimplora alemana de aluminio- figuraba en una compilación de manuscritos de distinta autoría trabajada durante años por Ber Mark, director del Instituto Histórico Judío de Varsovia. La campaña antisionista de finales de los 60 impidió su publicación en la Polonia comunista. Tuvo que ser su viuda quien la diera a la imprenta en Israel en el 77. Cierto que, entre tanto, ese primer manuscrito había salido en una colección publicada en polaco por el Museo de Auschwitz en 1973. Pero no así el muy relevante segundo manuscrito. Lo publicó por su cuenta en Israel también en 1977 Chaim Wollerman, judío polaco emigrado a Israel. Era la primera vez que veía la luz. Hacía 32 años que Wollerman se lo había comprado a un joven polaco que lo halló entre los restos de Birkenau y en todo ese tiempo no había encontrado a nadie dispuesto a publicarlo.

En español, la primera edición completa de los manuscritos de Gradowski data de 2008, cuando se traduce del francés En el corazón del infierno, (Anthropos Editorial, Barcelona), la edición anotada de los manuscritos a cargo de Philippe Mesnard y Carlo Saletti . “Por excepcional que sea el texto que presentamos”, comentan sus editores,”la lentitud de su publicación no tiene nada de excepcional. Annette Wieviorka, en L’Ere du témoin, recuerda que, si cerca de veinte mil escritos dan testimonio de la destrucción de los judíos de Europa, muy pocos son publicados, ni siquiera utilizados por los investigadores. Apenas comienzan a ser archivados”.

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Felicidad en el shetl en la pintura de Marc Chagall

BREVE NOTICIA DE ZALMEN GRADOWSKI

Zalmen Gradowski había nacido en 1910 en Suwalki -ciudad polaca cercana a la frontera lituania- en una familia muy religiosa de comerciantes. Después de su matrimonio se instaló cerca de Grodno (actual Lituania) en el shetl de Luna Kreiz, una de esas pequeñas comunidades judías de Europa oriental que retrataron los cuadros de Chagall y que el genocidio nazi borró del mapa para siempre.

En el verano de 1941, con el avance de la Wehrmacht la región pasó del control soviético al alemán. Es entonces cuando los nazis aplicaron su procedimiento recurrente: primero confinarón a los judíos en un gueto, luego les trasladaron a un campo de tránsito y finalmente les deportaron al campo de exterminio. En cada manuscrito recuperado Gradowski recuerda el destino de su familia -su esposa Sonia, su madre Sore, sus hermanas Ester y Luba, su suegro Refúel y su cuñado Volf, gaseados y quemados el mismo día de su llegada a Auschwitz, a las 9 de la mañana del 8 de diciembre de 1942- y le hace un ruego a quien encuentre sus textos:

“Y aún tengo que pedirte algo más. Que la fotografía de mi familia, la de mi esposa y la mía, la incluyas en la publicación. Que mis más amados, mis más apreciados disfruten de un suspiro, de una lágrima vertida por el ojo de alguien, porque yo, su desgraciado hijo, el hombre maldito, yo no “puedo”, no tengo siquiera la posibilidad de emitir un suspiro o derramar una lágrima por ellos”.

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Zalmen Gradowski y su mujer Sonia (circa 1935)

EL SILENCIO DEL SONDERKOMMANDO

Los manuscritos de Gradowski aportan un punto de vista único sobre una de las experiencias más extremas de la humanidad y nos ofrecen una mirada al alma de estos “condenados” que desmiente la imagen imprecisa y deformada que se fijó durante buena parte de la posguerra.

Las primeras referencias a los miembros del Sonderkommando de Auschwitz proceden de voces ajenas que no les dejan en buen lugar. Desde el Kommandant Rudolf Höss (lo citába en la anterior entrada), que les describe de manera inmisericorde, al médico y prisionero judeo-húngaro Miklos Nyiszli, asistente de Mengele. No hace un retrato amable de los hombres del SK aunque se compadece de su destino. Lo relevante es que hablamos de dos versiones que han influido en las valoraciones de Hannah Arendt, de Primo Levi e incluso, parcialmente, en los guiones de películas recientes como La zona gris y El hijo de Saúl.

Los miembros del SK eran considerados como Geheimsträger, portadores del secreto, y como tales, vivían aislados del resto del campo. Antes o después, la muerte era su destino final -y ellos lo sabían-. Su aislamiento fomentó la propagación de rumores entre el resto de los internos del lager. Un ejemplo: “Ya por el terrible olor que despedían se tenía poco contacto con ellos”, escribieron en su memorando Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, dos judíos eslovacos fugados de Birkenau: “Estaban siempre sucios, muy descuidados, eran como salvajes, indescriptibles y sin piedad”. Ahora fijémonos en la similitud textual con el informe que escribieron Primo Levi y Leonardo Benedetti unos meses después de salir de Auschwitz: “Emanaba un olor nauseabundo de sus ropas; siempre estaban sucios y tenían un aspecto completamente salvaje, unas verdaderas bestias feroces”.

La visión difamatoria del resto de internos -con los que apenas tuvieron contacto- ha resistido el paso del tiempo. En el libro de entrevistas de Gideon Greif –We wept without tears-, el antiguo miembro del SK Abraham Dragon siente que la actitud no ha cambiado del todo: “Hace cuatro años [hacia 1980], mientras estábamos de vacaciones en el lago Tiberiades, una superviviente de Auschwitz empezó a contarles a todos lo que había sufrido y, entre otras cosas, les dijo: los miembros del Sonderkommando judío fueron asesinos y deberían ser castigados. Eran tan crueles como los alemanes”.

El temor a ser acusados de traidores explica el largo silencio de los miembros del SK. Se estima que sobrevivieron unos 80. No llegan a 20 los que han ofrecido su testimonio. Salvo declaraciones judiciales en la Polonia de la inmediata posguerra y, a mediados de los 60, en los juicios de Francfort, no es hasta 1979 cuando se publican las memorias del antiguo SK, Filip Müller, Eyewitness Auschwitz: Three years in the gas chambers, un relato directo, extenso y en primera persona de la experiencia en el Sonderkommando. En esos años, Müller habló también para Shoah de Claude Lanzmann.

“¿Por qué aceptaron aquella tarea? ¿por qué no prefirieron la muerte?”, se preguntaba Primo Levi –Los hundidos y los salvados-al tiempo que ponía en cuestión el valor testimonial del SK: “De parte de hombres que han conocido esta privación extrema no podemos esperar una declaración en el sentido jurídico del término sino otro tipo de cosa que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos. Debe esperarse más bien un desahogo liberador que una verdad con rostro de Medusa”.

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Mujeres desnudas hacia la cámara de gas. Foto clandestina de “Alex”, un miembro del SK

GRADOWSKI: UNA MIRADA AL ALMA DEL SONDERKOMMANDO

“Lamento”, “blasfemia”, “expiación”, “intento de justificación”, “desahogo liberador”… De todo esto encontramos en el libro de Gradowski, pero también “verdad con rostro de Medusa”. El Schreiber del crematorio III, el  escritor-prisionero clama una y otra vez por la venganza y justifica su permanencia en este mundo por la necesidad de luchar contra la ocultación nazi y dar noticia del sufrimiento del Sonderkommando. Escribir y describir un acontecimiento de una magnitud difícilmente creíble se convierte en el primer ejercicio de resistencia:

“Ven, levántate, no esperes hasta el cese del diluvio, a que el cielo se aclare y comience a lucir el sol, porque entonces te quedarás atónito y no creerás lo que vean tus ojos. Y quién sabe, si con la desaparición del diluvio, desaparecerán también los testigos vivos que podrían haberte contado la verdad.

[…] Es indudable que pensarás que la gran matanza perpetrada contra nuestro pueblo se debió a la guerra. Seguramente se te ocurrirá creer que la completa liquidación del pueblo judío europeo fue motivada por una catástrofe natural. Que la tierra abrió sus fauces y que, respondiendo a una poderosa y divina señal, ellos -procedentes de todas partes- se reunieron y fueron engullidos por el abismo. No vas a poder creer que una aniquilación tan cruel fue perpetrada por personas, incluso aunque se hubiesen trocado en fieras salvajes”.

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Camino del crematorio. Del album de Lily Jacob

¿Y cómo se relata lo increíble? ¿Cómo reconstruir en un simple papel, con una sucesión de signos en yidish, esa experiencia extrema, la infinita desolación moral, una catástrofe humana que se adentra en lo inconcebible? “Si todos los árboles del mundo se hicieran lápices y todos los océanos se convirtieron en ríos de tinta, uno no podría dar cuenta de lo que ocurrió en el Holocausto”, comentó muchos años después el superviviente del SK, Ya’akov Silberberg, a Gideon Greif. Dentro del infierno Gradowski pugna por una fuerza expresiva que traslade al lector del futuro un horror inabarcable con palabras.

Quienes le conocieron le describen como antiguo estudiante de la Yeshiva, un “hombre culto y sionista ferviente que tiene la ambición de escribir y somete algunos de sus cuentos a la opinión del doctor Sfard, uno de sus cuñados políticos”, cuentan Mesnard y Saletti en la introducción a sus manuscritos. Sfard encuentra sus textos demasiado cargados de exaltaciones líricas y escasos en descripciones concretas. Le falta calidad literaria.

En Auschwitz, Gradowski no incurre en la prosa austera que a menudo encontramos en los relatos de los supervivientes. En sus textos abunda una empatía por las víctimas que contradice la imagen de autómatas inhumanos que se les suele asignar.

“También los niños, los más pequeños que permanecen junto a sus madres, presienten el cercano desastre. Su intuición infantil les anuncia cosas terribles… Los besos y los mimos de su madre también les inspiran temor. Se acurrucan, se apretujan contra el corazón de su madre temerosos y lloran silenciosamente para no molestarla en su profunda pena”.

Y aunque no pretende dejarnos un recuento técnico del proceso de exterminio, a la manera de una deposición judicial para el futuro, no rehuye la descripción en detalle de momentos atroces. Como cuando enumera los efectos sucesivos de la incineración en los cuerpos: “Los brazos y las piernas comienzan a contorsionarse… estalla la piel y puede oírse el crepitar del fuego avivado por la grasa derramada… La cabeza tarda más en arder. De las órbitas surgen llamitas azules…”.

¿Quién podrá olvidar jamas semejante experiencia?

“Todo me devuelve al campo”, decía el superviviente ShlomoVenezia al final de su libro Sonderkommando. “Haga lo que haga, vea lo que vea, mi espíritu regresa siempre al mismo lugar. Es como si el `trabajo´ que tuve que hacer allí no hubiera salido nunca, realmente, de mi cabeza… Nunca se sale realmente del Crematorio”,

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Camino del crematorio. Del album de Lily Jacob

Por momentos, Gradowski recurre a la tradición retórica más cercana, la literatura bíblica de las lamentaciones. Con una diferencia importante: dios no aparece, la catástrofe que les viene encima a los judíos no es un castigo divino por olvidar a dios, es un crimen absolutamente humano. Tan humano que dedica un amplio fragmento a la indiferencia moral del universo ante el dolor y el mal. Si en los felices tiempos del shetl, amaba la luna, “solía esperar su llegada tembloroso. Como un esclavo fiel podía estar durante horas admirando su esplendor y su magia…”, ahora se le pregunta:

“¿Por qué eres insensible, Luna, al horroroso duelo que ha envuelto el mundo?

¿Por qué permaneces insensible? ¿Acaso no echas de menos los millones de vidas palpitantes que vivían seguras, tranquilas y despreocupadas en toda Europa hasta que llegó la tormenta y las ahogó en un mar de sangre?

¿Por qué no miras hacia abajo, tú entrañable Luna, hacia el mundo completamente desierto y no pareces advertir los hogares en ruinas, las luces apagadas, las vidas desaparecidas? ¿No te preguntas siquiera adónde, adónde están los millones de vidas fecundas, los mundos trepidantes, las miradas de añoranza, los corazones llenos de alegría, las almas cantarinas?”.

¿Cuándo escribió esto Gradowski? ¿Al volver de una noche en el crematorio? Inicialmente el gaseamiento se llevaba a cabo preferentemente durante la noche, cuando el resto del campo dormía: “La noche, silenciosa y serena, fue penetrando en la eternidad como si nada hubiera sucedido aquel día en la tierra”.

Porque lo más revelador del texto de Gradowski no son sus descripciones, ni sus justificaciones, ni su empatía por las víctimas, ni su retórica, ni su irregular calidad literaria. Lo más revelador es él mismo. Lo que cuenta, en definitiva, no difiere de lo que han contado antes o después otros supervivientes del Sonderkommando. Ni siquera se recrea en actos de sadismo que abundan en tantos relatos, como los atribuidos al jefe del SK, el SS-Hauptscharführer Otto Moll, Malakh Hamoves, (el “ángel de la muerte” en yidish). Lo singular de los manuscritos de Gradowski es el “hecho” mismo de su escritura, que fuera posible escribir como él lo hace en aquel lugar y en aquel momento, y, por tanto, lo que esa escritura nos dice del estado “espiritual” de quien desempeña el trabajo más atroz del mundo.

En su comentario sobre la posición moral del Sonderkommando, Primo Levi apunta a la muerte del alma: “Pero no hay duda de que se trata de la muerte del alma: ahora bien, nadie puede saber cuánto tiempo, ni a qué pruebas podrá resistir su alma antes de doblegarse o de romperse. Todo ser humano tiene una reserva de fuerzas cuya medida desconoce: puede ser grande, pequeña o inexistente, y sólo la extrema adversidad puede ser valorada”.

Los textos de Gradowski son la medida de su alma. Un negativo que nos revela tanto o más de su interior que de lo que pasaba a su alrededor en el crematorio: “Si alguna vez quieres comprender, querido lector, quieres conocer nuestro “yo”, medita profundamente en estas líneas y podrás hacerte una imagen de nosotros y entenderás también por qué hemos sido de ésta y no de otra manera”.

“Es preciso endurecer el corazón, matar toda sensibilidad, acallar todo sentimiento de dolor. Es preciso reprimir el horroroso sufrimiento que recorre como un huracán todos los rincones del cuerpo. Es preciso convertirse en un autómata que nada ve, nada siente y nada comprende”.

¿Cómo pasaba de ese estado de abandono psicológico al de conciencia activa del escritor? ¿Le servía como terapia? ¿Escribía de inmediato a la vuelta de la cámara de gas o necesitaba tiempo? ¿Se puede hacer literatura después del crematorio? ¿En qué condiciones escribía? ¿Era un ejercicio secreto o compartido con sus compañeros de barracón? ¿Vivía con el temor de ser descubierto? El desasosiego acompaña a la lectura porque pocas veces el acto mismo de escribir se hace tan presente y se solapa con la imaginación de los hechos que convoca la escritura. En un ensayo reciente, Matters of Testimony: interpreting the Scrolls of Auschwitz, Nicholas Care y Dominic Willimas argumentan que a los manuscritos de Auschwitz no se les ha prestado la atención suficiente, que son un archivo de la literatura del Holocausto “under-read“, leídos “por debajo” de su potencialidad textual.

Crematorio IV at Birkenau in 1943
El crematorio IV en 1943. Fue ddestruido en la revuelta del SK en octubre de 1944.

“Escribí esto durante el período en que estuve en el Sonderkommando“, anota Gradowski en la carta final. “Lo había enterrado, entre montículos de cenizas, pensando que era el lugar seguro… Pero últimamente se han dedicado a eliminar rastros por todas partes, y cuando ya había demasiada ceniza, nos ordenaron desmenuzarla y arrojarla al Vístula para que se la llevara la corriente… Querido descubridor, busca en cada trocito de tierra porque debajo de la superficie se han enterrado decenas de documentos… En este lugar hay también muchos dientes enterrados. Los esparcimos nosotros… para que el mundo pudiera hallar los rastros de millones de personas asesinadas. Nosotros mismos ya hemos perdido la esperanza de llegar vivos al momento de la liberación… Ante nuestros ojos sucumben ahora decenas de miles de judíos de Chequia y Eslovaquia. Estos judíos hubieran podido tener esperanzas de ser liberados. Pero allí donde los bárbaros se ven amenazados por el peligro arrastran consigo a los judíos que quedan con vida… Nosotros, los del Sonderkommando, hace ya mucho tiempo que queríamos acabar con este siniestro trabajo que nos han obligado a hacer bajo amenazas de muerte. Queríamos hacer algo grande. Las personas del lager nos han obligado a aplazar el momento de la rebelión. Pero el día está cercano. Puede ser hoy o mañana. Escribo estas palabras en momentos de máximo peligro y agitación nerviosa. Que el futuro emita su veredicto sobre nosotros fundándose en estas notas mías, que el mundo vea en ellas -aunque sea un resumen mínimo- de este trágico mundo en el que hemos tenido que vivir.

Zalmen Gradowski. 6 de septiembre de 1944″.

Un mes y un día después, el 7 de octubre de 1944, por fin estalló la rebelión. Fue una revuelta desorganizada y parcial. Los rumores sobre la inminente liquidación del Sonderkommando precipitaron el levantamiento. El detonante fue la orden de hacer una lista de 300 miembros del SK del crematorio IV para su evacuación. En la revuelta, los prisioneros destruyeron el crematorio IV , mataron a tres SS e hirieron a doce. La reacción de los SS acabó con unos 450 miembros del Sonderkommando, entre ellos uno de los líderes de la rebelión, Zalmen Gradowski.

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Vista actual del campo de Birkenau

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Fotograma de la película El hijo de Saúl

LOS SS A LAS VÍCTIMAS: “NADIE OS CREERÁ”

“Aunque lo contásemos no nos creerían”. Era una pesadilla recurrente de los prisioneros de los campos de concentración nazis (Konzentrazionslager o KL en alemán). Contar con apasionamiento y “no ser creídos, ni siquiera escuchados”. Evocando este temor comienza Primo Levi Los hundidos y los salvados, la obra que cierra su trilogía de Auschwitz:

“[Las primeras noticias vagas ya en el año 42 perfilaban] una matanza de proporciones tan vastas, de una crueldad tan exagerada, de motivos tan intrincados, que la gente tendía a rechazarlas por su misma enormidad. Es curioso que este rechazo hubiese sido confiadamente previsto por los propios culpables… Muchos supervivientes recuerdan que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: `De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno logra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiados monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la escriba”.

No ha sido así. A lo largo de 70 años, el testimonio de las víctimas ha ido ganando espacio en la historia del Lager. Pero no siempre fue así. Ahora, cuando el exterminio de los judíos europeos ha alcanzado la categoría de capítulo central en la historia del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, resulta difícil entender que en los primeros años de la posguerra se le prestara una atención más bien escasa.

“Poco años después de la Segunda Guerra Mundial, empecé a preguntarme por qué la muerte de millones de judíos europeos en lugares de ametrallamiento y cámaras de gas llamaba tan poco la atención en Estados Unidos”, cuenta Raül Hillberg en el prefacio de la primera edición en castellano de su obra seminal La destrucción de los judíos europeos (1960). “Ni siquiera la comunidad judía estadounidense, que debido a la catástrofe se había convertido automáticamente en la mayor del mundo, manifestó mucho ultraje o desesperación”. Medio siglo después, el giro ha sido radicalSi exceptuamos Israel y, en cierto modo los recordatorios de expiación en Alemania, Estados Unidos se ha convertido en el país que conmemora con mayor intensidad la memoria del exterminio -desde los Oscar de Hollywood a las calles de Washington, la única capital fuera de Israel con un museo del Holocausto.

Primo Levi también experimentó el desinterés por la experiencia en el Lager en la más inmediata posguerra. Si esto es un hombre se “publicó por primera vez en 1947, con una tirada de 2.500 ejemplares que fueron muy bien acogidos por la crítica, pero que sólo se vendieron en parte: los 600 ejemplares que quedaron, depositados en Florencia en un almacén de libros no vendidos, se anegaron en las inundaciones de otoño de 1966”. Hoy Si esto es un hombre se cuenta entre los libros imprescindibles del siglo XX.

Elie Wiesel tardó más de 10 años en escribir sus memorias de Auschwitz. Sólo se decidió persuadido por el escritor François Mauriac y, pese al apoyo del premio Nobel francés, le costó encontrar editor. Al igual que Levi, la primera edición de La noche no arrasó en las librerías: “La traducción en inglés se publicó en 1960” recordaba Wiesel, “y la primera tirada de 3.000 ejemplares tardó tres años en venderse”. A estas alturas, sólo en inglés, se han venido más de 6 millones de ejemplares de La noche.

Y no fue hasta mediados los 70 cuando Claude Lanzmann comenzó a grabar su “monumento” documental Shoa. Se estrenó en 1985, 40 años después de los acontecimientos que recuerdan sus entrevistados.

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La destrucción de los judíos europeos, Si esto es un hombre, La noche, ShoaCuatro obras esenciales en la reconstrucción de una experiencia, la del Holocausto, que tardó en abrirse paso hasta instalarse en la conciencia colectiva como el acontecimiento moral más devastador del siglo XX.

Pero si hay un testimonio esencial que ha recorrido un camino aún más largo y tortuoso entre el azar, el recelo y la vergüenza, ése es el relato del Sonderkommando. Más allá de sus méritos cinematográficos, la reciente película El hijo de SaulGrand Prix en Cannes 2015 y Oscar de Hollywood 2016se puede tomar como pretexto para repasar el contexto de una de las figuras más controvertidas del “universo concentracionario” nazi.

EL SONDERKOMMANDO DE AUSCHWITZ-BIRKENAU

El filólogo alemán (y judío) Viktor Klemperer -cuya milagrosa supervivencia en Dresde a lo largo de los 13 años del Tercer Reich daría para otra larga entrada- recogió en un libro, Lingua Tertii Imperi (LTI)sus apuntes sobre la perversión de la lengua alemana bajo el nazismo. Un aspecto muy relevante porque, una vez más, la manipulación del lenguaje precedió al crimen. Si el eufemismo más célebre del nacionalsocialismo fue llamar al exterminio “Solución final de la cuestión judía “(Die Endlösung der Judenfrage), el adjetivo “sonder” (especial) se utilizó a menudo como cobertura semántica de la muerte.

Tres ejemplos: “Sonderbehandlung” (tratamiento especial) encubrió el asesinato político. “Sonderkommando” (Escuadra Especial) designó a los operarios de la muerte en el Lager. Sonderaktion 1005″  disfrazó uno de los cometidos más aberrantes del exterminio: desenterrar e incinerar decenas de miles de cadáveres sepultados inicialmente en fosas comunes. Una orden de Himmler que buscaba destruir cualquier prueba del exterminio (y, de paso, evitar la contaminación de las aguas freáticas cercanas a Auschwitz). Fue precisamente ésta una de las tareas más atroces del Sonderkommando. Uno de sus miembros contaba años después cómo jamás pudo quitarse de la cabeza la visión apocalíptica de cadáveres empujados hacia arriba desde el fondo de la tierra por los gases de la putrefacción. 

Y es que por mucho que bajo el nazismo “sonder/especial” se moviera en la vecindad de la  muerte, el calificativo se quedaba corto en el caso del Sonderkommando. Los SS les asignaron una misión insólita en la historia de la crueldad humana. Se estima que entre 1942 y finales de 1944, unos 2.000 hombres, la mayoría judíos, fueron destinados al Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau. No sobrevivieron más de 100.

Durante unas semanas, unos meses o quizá años -ellos no podían saberlo- se mantenían en el mundo de los vivos a cambio de convivir con los muertos: recibían a las puertas de la cámara de gas a los judíos que llegaban escoltados por los SS desde la plataforma del ferrocarril, les acompañaban durante cerca de una hora mientras se desvestían en la antesala de la muerte y finalmente colaboraban en todo el proceso de eliminación física; desde el traslado de los cadáveres gaseados a los pozos en llamas y al horno crematorio hasta la molienda de los huesos más resistentes y el lanzamiento al Vístula de los montones de ceniza.

Vivían aislados del resto del campo y, en tanto que “portadores del secreto” (Geheimnisträger), Heydrich comparaba su destino con los constructores de las tumbas de los faraones: nunca saldrían vivos de aquella pirámide infernal.

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Una de las cuatro fotos “robadas” que muestran al Sonderkommando de Ausschwitz

No sólo al mundo exterior  le podía resultar inconcebible lo que estaba ocurriendo en el corazón de Europa. Nikolaus Wachsmann recoge en KL. Historia de los campos de concentración nazis cómo la incredulidad acompañaba incluso a las víctimas más “racionales” hasta las mismas puertas de las cámaras de gas:

“Después de que un transporte de judíos de Tarnów supiera por los miembros del Sonderkommando que iban a ser asesinados en las cámaras de gas, se quedaron en silencio, serios y luego con voces quebradas comenzaron a rezar el Vidui (la plegaria confesional previa a la muerte). Sin embargo, no todos podían creerlo.Un joven se subió a un banco para tranquilizar a los otros, diciéndoles que no iban a morir, dado que el asesinato masivo de inocentes, de una manera tan salvaje, era algo impensable en ningún lugar de la tierra”.

La “selección” marcaba la diferencia, a veces azarosa, entre la vida y la muerte. El francés Paul Steinberg recuerda en Crónicas de un mundo oscuro cómo salvó la vida gracias a unas palabras gritadas en alemán y a unos conocimientos elementales de química aprendidos en un manual que leyó días antes de la deportación. Le destinaron a las escuadras de trabajo de la química IG Farben, como a Primo Levi. Los otros, escoltados por los SS, caminaban directos hacia la muerte. Nadie se salvaba. Los ancianos y enfermos que apenas podían tenerse en pie no entraban en las cámaras de gas. Eran ejecutados “discretamente” en el pasillo del crematorio por los SS con la asistencia de los miembros del Sonderkomando.

“Para nosotros era, con mucho, la tarea más penosa”, recuerda Shlomo Venezia en Sonderkommando.”No podía existir nada más duro que llevar a aquella gente a la muerte y sujetarlos mientras eran ejecutados. Ciertamente, tuve que ayudar a una anciana a desnudarse. Como todas las personas de edad, estaba apegada a sus cosas. Y además, ante un hombre al que no conocía, la pobre estaba por completo trastornada. Cada vez que intentaba quitarle las medias, ella volvía a subirlas; yo bajaba la de un lado y ella se subía la otra. Pero la cosa comenzaba a resultar peligrosa, pues si el alemán esperaba demasiado, yo podía pagarlo con mi vida. No sabía qué hacer… comencé a ponerme nervioso. Es una de las cosas que recuerdo como… tenía los nervios de punta. La agarré con fuerza para quitarle las medias. Las hubiera desgarrado incluso para que las soltara. La pobre, protegía lo que podía. Pero acabó como los demás”. Venezia continúa explicando la “técnica” que empleaban para ahorrarle la salpicadura de sangre al SS que disparaba el tiro en la nuca: “Verse salpicado así molestaba al alemán”.

Evitar a los SS las tareas más penosas del exterminio explica la concepción del Sonderkommando. “Se ha atestiguado que no todos los miembros de las SS aceptaban sin rebeldía la matanza como tarea cotidiana”, comenta Primo Levi. “Delegar la parte más sucia del trabajo tenía que servir para aliviar algunas conciencias”. Y lo más “sucio” no sólo era el trabajo físico, “la salpicadura de la sangre”, el acarreamiento de los cuerpos, sino el moral, el drama psicológico ante los que iban a morir: “Decir la verdad aumentaba la agonía de las víctimas: yo siempre trataba de no mirar a la gente a los ojos, para que no pudiesen descubrir la verdad”, cuenta Venezia.

olere en la puerta de la cámara de gas
Dibujo de David Olère, superviviente del Sonderkommando

La rutina del Sonderkommando desafía a la imaginación. Después de acompañar a las víctimas, desorientadas y engañadas hasta la cámara de gas -la mayoría mujeres, niños y ancianos- , venían los gritos y la desesperación, los ruidos de la lucha por una bocanada de aire y después… el silencio. Media hora después se abrían las puertas y los cuerpos amontonados y entrelazados se derramaban a la entrada.

A partir de ahí se imponía la división del trabajo en el Sonderkommando, tantas veces comparada con la línea de montaje de una “fábrica” de muerte. Unos cortaban el pelo de las mujeres para enviarlo a una empresa textil en Alemania, otros extraían las piezas de oro de la dentadura de los difuntos; el resto se repartía entre los que trasladaban los cadáveres al crematorio -agrupándolos en función de la grasa para que ardieran mejor- y los que limpiaban los restos de sangre y excrementos de la cámara de gas hasta dejarla lista para el siguiente “transporte”. Al final de un día, el ritmo de esta mortífera “cinta transportadora” hacía desaparecer a unas 2.500 personas.

En los primeros tiempos, los SS confinaban la actividad exterminadora a la noche, cuando el resto del campo dormía, pero cuando llegaron los meses de mayor actividad, la pesadilla no se detuvo ni de día ni de noche -como en el verano de 1944, cuando se ejecutó la deportación y exterminio de 400.000 judíos húngaros. En total, entre 1942 y 1945, la cadena del matadero humano de Auschwitz devoró más de un millón de judíos procedentes de los lugares más dispares de Europa, desde las aldeas de Tesalónica hasta los bulevares de París.

olere sonderkommando saliendo de la cámara

En apenas dos horas, la vida de miles de hombres, ancianas y ancianos, mujeres y niños, se convertía en humo y ceniza. ¿Nunca se rebelaron? Llegaban aturdidos, agarrotados por el hambre y la sed tras viajar cuerpo contra cuerpo durante días en vagones sellados de ganado. La confusión y la incertidumbre, la angustia por la separación de los familiares, la llegada a un lugar desconocido, las órdenes en lenguas incomprensibles, la visión de los SS, los ladridos de sus perros… Todo se conjuraba para que la multitud avanzara con resignación y mansedumbre hacia la muerte. Pero no siempre y no todos.

Hungarian Jews
Selección de judíos húngaros (1944); foto “salvada” en el album de Lyli Jacob

 HIMMLER: “UNA PÁGINA GLORIOSA DE NUESTRA HISTORIA”

El kommandant de Auschwitz, Rudolf Höss, recordaba en su autobiografía –Yo, comandante de Auschwitz, escrita a la sombra del patíbulo- cómo “los recién llegados preguntaban sobre la vida en el campo y muchos también sobre sus familiares y amigos llegados en transportes que les habían precedido”.

Su descripción del Sonderkommando –tomada al pie de la letra, entre otros, por Hanna Arendt- contribuyó a la imagen negativa de estos prisioneros durante años:Era interesante ver cómo el Sonderkommando les mentía, cómo enfatizaban sus mentiras con palabras y gestos. Muchas mujeres escondían a sus bebés bajo montones de ropa. Algunos miembros del Sonderkommando vigilaban para que esto no sucediese y luego hablaban con las mujeres hasta convencerles de que se llevaran a sus bebés consigo. Las madres trataban de esconder a los pequeños porque temían que el proceso de desinfección les hiciera daño. Los niños lloraban, sobre todo por el lugar desacostumbrado en el que les desvestían. Pero después de que sus madres o el Sonderkommando les animaran, se calmaban. Continuaban así, jugando entre ellos o con un juguete entre las manos, mientras entraban en las cámaras de gas”.

“También vi cómo algunas mujeres que sospechaban lo que iba a suceder, con el temor a la muerte visible en sus caras, eran capaces de sacar fuerzas de su interior para jugar con sus niños y hablarles con palabras cariñosas. En una ocasión una mujer con cuatro hijos, agarrados todos de la mano para ayudar a los más pequeños a caminar por el terreno escabroso, pasó lentamente junto a mí. Se me acercó y me dijo al oído, señalando a sus cuatro hijos, `¿cómo puede asesinar a estos niños encantadores? ¿No tiene corazón?´. En otro momento, un anciano murmuró mientras pasaba frente a mí, “Alemania pagará una pena amarga por el asesinato masivo de los judíos´. Sus ojos brillaban con odio mientras hablaba y, pese a todo, entró con valentía en la cámara de gas sin preocuparse por los demás.[…]

De vez en cuando, algunas mujeres empezaban a lanzar de repente gritos terribles mientras se desvestían. Se tiraban de los pelos y actuaban como si se hubieran vuelto locas. De inmediato se las llevaba detrás de la granja  [las primeras cámaras de gas de Birkenau se camiflaron en dos granjas] y se les pegaba un tiro en la nuca con una pistola de pequeño calibre. A veces, cuando veían al Sonderkommando abandonar la sala, las mujeres se daban cuenta de su destino y empezaban a lanzarnos todo tipo de maldiciones. Mientras las puertas se cerraban, vi a una mujer que trataba de sacar a sus hijos de la cámara de gas gritándonos, `por qué no dejáis al menos vivir a mis preciosos hijos.

Se dieron muchas escenas como ésta que rompían el corazón y afectaban a todos los que estaban presentes. En la primavera de 1942, cientos de personas en la flor de la vida pasaron bajo los árboles cargados de fruta de la granja caminando hacia su muerte en la cámara de gas; la mayoría sin tener ni idea de lo que iba a pasar. Hasta el día de hoy me vienen las imágenes de las llegadas, las selecciones y la procesión hacia su muerte”.

Mengele Höss
Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, entre el doctor Mengele y Josef Kramer

“Escenas que rompían el corazón”, dice uno de los mayores gestores del exterminio. ¿Cinismo? ¿perversión moral? Sin duda. Pero si así se sentía un testigo no predispuesto precisamente a la simpatía por las víctimas, el SS-Obersturmbannführer Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, cabe preguntarse cómo podía el resto llevar adelante una tarea cotidiana como ésta sin derrumbarse.

La respuesta, en el caso de los nazis más implicados, está en el grado inhumano que alcanzó el fanatismo antisemita. Se veían a sí mismos cumpliendo un deber patriótico; una misión dolorosa y, sin embargo, histórica.

Höss recuerda lo impactados que quedaban algunos de los altos mandos del partido y de las SS al contemplar el proceso de exterminio en Auschwitz: “Algunos de los que habían pronunciado los  discursos más fanáticos sobre la necesidad del exterminio quedaban mudos al ver en funcionamiento la Solución Final de la cuestión judía. Me preguntaban una y otra vez cómo yo y mis hombres podíamos soportar este proceso día tras día. Siempre les di la misma respuesta: que sólo una determinación férrea podía cumplir las órdenes de Hitler y que ésta sólo se podía alcanzar sofocando toda emoción humana. Incluso [el general de las SS] Mildner y Eichmann, que tenían reputación de duros me dijeron que no se cambiarían por mí. Nadie envidiaba mi trabajo”.

Pocas palabras proyectan mejor esta retórica inhumana que los discursos secretos del  SS-Reichsführer Heinrich Himmler en Pozan a mandos de las SS y del régimen nacionalsocialista el 4 y el 6 de octubre de 1943, uno de los escasos documentos conservados en los que se habla con claridad, sin eufemismos, del exterminio:

“La frase `los judíos deben ser exterminados´ se dice pronto pero exige de quien la pone en práctica lo más duro y difícil que hay en el mundo […] Os pido con insistencia que escuchéis simplemente lo que digo aquí en la intimidad y que nunca habléis de ello. Se nos planteó la cuestión siguiente: `¿Qué hacemos con las mujeres y los niños?´Me decidí y también aquí encontré una solución evidente. No me sentía con derecho a exterminar a los hombres y dejar crecer a los hijos que se vengarían en nuestros hijos y nuestros nietos. Fue preciso tomar la grave decisión de hacer desaparecer a ese pueblo de la faz de la Tierra. Para la organización que tuvo que realizar esta tarea fue la cosa más dura que había conocido […] La mayoría de vosotros sabéis lo que significa estar ante 100 cadáveres o 500 0 1.000. Haber pasado por eso y -salvo excepciones por la debilidad humana – seguir siendo personas decentes es lo que nos ha endurecido. Esta es una página gloriosa de nuestra historia que jamás se ha escrito y nunca se escribirá”.

Aliviar la carga psicológica a los ejecutores alemanes, acelerar el mecanismo industrial del exterminio y, en última instancia, ocultar el rastro de “una matanza de proporciones tan vastas” explican la ingeniería que llevó a una burocracia creativa a desarrollar el complejo cámara de gas más crematorio e insertar como operarios indispensables en el engranaje de la matanza a las propias víctimas.

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LA ZONA GRIS

“Haber concebido y organizado las Escuadras Especiales ha sido el delito más demoníaco del nacionalsocialismo”, escribió Primo Levi. “Uno se queda atónito ante este refinamiento de perfidia y de odio: tenían que ser los judíos los que metiesen en el horno a los judíos. Esa subraza, esos seres infrahumanos se prestaban a cualquier humillación, hasta la de destruirse a sí mismos… Las Escuadras Especiales, como portadoras de un horrendo secreto, estaban rigurosamente separadas de los demás prisioneros… Sobre estas escuadras ya circulaban historias vagas y parciales entre los que estábamos prisioneros… Esta situación ha impuesto una especie de reserva especial”.

A la vez víctimas y colaboradores, Levi coloca a los miembros del Sonderkommando en la “zona gris” (de donde toma el título otra película sobre el la Escuadra Especial, La zona de gris, de Tim Blake Nelson, 2001): “El horror intrínseco a esta situación humana ha impuesto a todos los testigos una especie de reserva, por la cual aún ahora es difícil hacerse una idea de lo que significaba estar obligado a realizar durante años tal oficio”. De estos hombres, añade, no se puede esperar una declaración verídica, sino otro tipo de cosa “que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos”. Su situación  plantea preguntas perturbadoras al escritor italiano: ¿por qué aceptaron aquella tarea? ¿por qué no prefirieron la muerte? Incluso a él, superviviente de Auschwitz, le resulta difícil, casi imposible, imaginarse cómo estos hombres vivieron día a día, cómo se contemplaron a sí mismos y aceptaron su condición.Y concluye invocando la impotentia judicandi, la suspensión del juicio: “nadie está autorizado a juzgarlos, ni quien ha vivido la experiencia del Lager ni, mucho menos, quien no la haya vivido”.

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Primo Levi, 1919-1987

En su comentario, Levi se apoya en gran medida en el relato del médico Miklós Nyiszli, Auschwitz: A Doctor’s Eyewitness Account, uno de los primeros testimonios sobre el Sonderkommando publicado a principios de los 50. Pese a ciertas críticas que ponen en duda algunas de sus afirmaciones, las memorias de Nyiszli aún se toman como referencia en las imágenes más publicitadas del Sonderkommando. Tanto El hijo de Saúl como La zona gris toman el relato del médico húngaro como base de sus guiones.

Durante ocho meses, Nyiszli vivió muy cerca de la Escuadra Especial, entre otras cosas, porque era su médico. Pero su función más importante, por la que salva la vida, era asistir como patólogo al infame doctor Mengele, el “Ángel de la Muerte”. Nyiszli describe a los miembros del Sonderkommando como prisioneros privilegiados que celebraban en mesas alargadas con manteles y candelabros (así lo refleja La zona gris) auténticos festines con la comida y las pertenencias que los judíos no soltaban hasta las puertas de las cámaras de gas.

Pero es otra historia de su libro la que interesa a los guionistas de La zona gris y El hijo de Saul: al desenredar los cuerpos gaseados para trasladarlos al crematorio, los miembros del Sonderkommando encuentran en el suelo con una joven que aún vive. Milagro. Aún inconsciente se la llevan al médico. “Los hombres del comando estaban en un estado de pánico”, cuenta Nyiszli.”Nunca había encontrado nada así en el tiempo de su horrible trabajo”. Tal vez ha caído con la cara vuelta hacia el suelo húmedo y ese poco de humedad, sospecha Nyiszli, ha evitado su asfixia puesto que el gas Zyklon-B no reacciona en condiciones de humedad. El médico la reanima a base de inyecciones.  “Abrió los ojos y miró fíjamente al techo”. Poco a poco recupera el color y el ritmo de la respiración. Nyiszli intenta lo imposible. Convencer a Erich Mühsfeldt, el SS-Oberschraführer  al mando del Sonderkommando, de que permita vivir a la joven. Mühsfeldt inicialmente duda, luego decide:

“Una chica de dieciséis años, con su absoluta ingenuidad, contará de dónde ha salido a la primera persona que se cruce con ella. La noticia correrá como la pólvora y nosotros pagaremos con la vida por haberlo permitido. No hay salida. La chica debe morir”, sentencia Mühsfeldt. Media hora después, en el corredor del crematorio, otro SS le pega un tiro en la nuca.

El incidente le permite a Primo Levi elaborar algunas de las reflexiones más sugerentes de Los hundidos y los salvados: “…Estos esclavos embrutecidos por el alcohol y por la matanza cotidiana se han transformado; delante de sí no tienen ya una masa anónima, el río de gente espantada, atónita, que baja de los vagones: lo que hay es una persona”.

Una persona. Un rostro singular entre miles de condenados cuya identidad queda diluida por las dimensiones enormes de una matanza incesante. De esta idea germina El hijo de Saúl (muy diferente al tratamiento que La zona gris da del mismo incidente). ¿Cómo se llora por seis millones?

Comenta Levi: “No hay proporción entre la piedad que experimentamos y la amplitud del dolor que suscita la piedad: una sola Ana Frank despierta más emoción que los millares que como ella sufrieron, pero cuya imagen ha quedado en la sombra. Tal vez deba ser así; si pudiésemos y tuviésemos que experimentar los sufrimientos de todo el mundo no podríamos vivir. Puede que sólo a los santos les esté concedido el terrible don de la compasión hacia mucha gente; a los sepultureros, a los de la Escuadra Especial y a nosotros mismos no nos queda, en el mejor de los casos, sino la compasión intermitente dirigida a los individuos singulares, al Mitmensch, al prójimo: al ser humano de carne y hueso que tenemos ante nosotros, al alcance de nuestros testimonios que, providencialmente, son miopes”.

(continuará: La versión del Sonderkommando)

Schindler's List
Un rostro entre la multitud. La lista de Schindler de Steven Speilberg

 

 

 

 

 

 

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Retrato de Mitterrand en sus tiempos de Jacques Morland

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

EL ESCUDO Y LA ESPADA

La escena tiene aire de película. 11 de noviembre de 1943. La Gestapo irrumpe en la casa de la rue Nationale de Vichy donde se suele alojar François Mitterrand que ha adoptado el nom de guerre de Jacques Morland en la Resistencia. Los alemanes detienen y deportan al dueño de la vivienda -morirá en un campo de concentración-. Uno de los más estrechos colaboradores de Mitterrand, Jean Munier, escapa por la ventana del segundo piso y se descuelga por la bajante del canalón. Su pareja, Ginnete, se esconde en un armario que nadie registra. Munier avisa del asalto a los compañeros de su célula de resistentes. Fanny, la mujer del coronel Pfister, uno de los jefes, corre hacia la estación. Mitterrand/Morland está a punto de llegar desde París. La Gestapo vigila los andenes. “Iba a salir de mi vagón cuando la reconocí”, recordaría Mitterrand años después. “Hizo como que chocaba conmigo y me empujó al interior. `No salgas, no salgas´, murmuró, `la Gestapo está aquí´”.

No será la primera ni la última vez que la policía alemana pisa los talones al evanescente Jacques Morland. Los compañeros que caen a su alrededor acaban en el infierno de los lager. Fue el caso del escritor Robert Antelme, el marido de Margarite Duras. Los jóvenes resistentes se habían citado en el apartamento parisino de la Duras, -donde vivía entonces su ménage à trois con Antelme y Dionys Mascolo-. Desde la calle la Gestapo vigilaba el edificio. Jean Munier volvió a escapar a la carrera sacudiéndose de encima a los agentes alemanes. Mitterrand se libro por minutos. Había quedado con Antelme en una brasserie cercana del boulevard Saint Germain. Al ver que no aparecía llamó al piso. Le respondió una voz desconocida.

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El trío de izquierda a derecha: Mascolo, Duras y Antelme

Antelme terminó en Buchenwald -como Jorge Semprún, como tantos “rojos” españoles-. El azar quiso que en los días finales de la guerra, en abril del 45, fuera el propio Mitterrand -el hombre con el que tenía una cita a la que nunca llegó- quien diera con él durante una visita de una delegación franco-americana al campo de concentración de Dachau. La leyenda dice -pero hay otras versiones- que Mitterrand oyó una voz débil que le llamaba de entre los muertos. Antelme estaba en los huesos. Apenas 30 kilos. Había sobrevivido a un penoso viaje desde Buchenwald. 13 días en un vagón de moribundos. Sin comida. La nieve derretida como último recurso. Mitterrand organizó  su traslado a París. Dos años después, Robert Antelme escribiría La especie humana, su testimonio desde lo más profundo sobre la experiencia concentracionaria.

En 1945 las cosas estaban mucho más claras que en 1941, cuando el prisionero de guerra evadido François Mitterrand llegó a Vichy.

Ni Vichy era Vichy, ni De Gaulle era De Gaulle, ni la persecución de los judíos era aún la Solución Final. El gris dominaba el paisaje. Hitler se fotografiaba en Trocadero. Picasso recibía en su estudio al capitán de la Wehrmacht Ernst Jünger y Sartre estrenaba sus obras con el visto bueno de la censura alemana. La fiesta no cesó en un París que había aceptado sin demasiados problemas a los nuevos anfitriones alemanes. La derrota, la victoria y las revisiones de la historia vestirían a cada uno con los ropajes del heroismo, la cobardía moral o la infamia.

mitterrand en vichy
Mitterrand cuando era funcionario del gobierno de Vichy

“Mitterrand termina en Vichy porque era el lugar más seguro para un prisionero fugado de las cárceles alemanas y porque allí tenía amigos que le podían ayudar a encontrar un trabajo”. La imagen del gobierno de Vichy en esos años 41 y 42, recuerda Short, distaba mucho de la que se ha acuñado con el tiempo. Más de 30 países, entre ellos EEUU, reconocían al régimen francés. “La mayoría de los prisioneros, como muchos de sus compatriotas, consideraban que De Gaulle y Pétain luchaban por la misma causa, aunque, como sostenía Mitterrand, cada uno a su manera. Mientras la Francia Libre levantaba el estandarte de la revuelta contra Alemania, Vichy -creían- trataba de minimizar el sufrimiento de la nación y mantener la moral en el país. Juntos eran la espada (De Gaulle) y el escudo (Pétain) que conduciría a Francia durante la guerra”.

En Vichy, Mitterrand se ocupaba de asuntos relacionados con los exprisioneros de guerra. Su dedicación y eficiencia le valieron la condecoración personal de Pétain, la francisque, pero nada indica que fuera un filonazi colaboracionista.

En 1942, empezó a llevar una doble vida. Por un lado “su carrera oficial, rodeado de amigos de derechas; por otro una existencia cada vez más clandestina trabajando con otros exprisioneros contra los alemanes y sus aliados franceses… ¿Mantenía un pie en ambos campos? ¿O, como sostuvo después, usaba su personaje oficial como cobertura para sus actividades en la Resistencia?… La verdad”, dice Short, “era mucho más simple: estaba sumido en una confusión total”.

“Si al menos tuviera una convicción firme, nada sería un sacrficio para mí, pero ¿qué puedo hacer sin una base sólida antes de dar el salto?”, escribió en el verano del 42. Tardó mucho en decidirse. La nueva metamorfósis de la crisálida fue -para algunos- sospechosamente lenta. Tampoco era fácil. Como hemos visto, el altísimo riesgo que corría cualquier resistente no era para tomárse el “salto” a la ligera.

La agonía se prolongó a lo largo de todo ese año. Aún trabajaba para Vichy cuando empezó a darle vueltas a la formación de un movimiento de resistencia reclutado entre exprisioneros de guerra.

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Mitterrand, en el extremo derecha, con el mariscal Pétain

MORLAND EN VICHY

¿Qué empuja finalmente a Mitterrand a dar el salto? ¿Qué le convierte en Jacques Morland?

¿Cuestión de principios?

No fue, desde luego, por repugnancia moral ante la complicidad de Vichy con la persecución de los judíos. Las medidas antisemitas y las redadas -tan conmemoradas en nuestros días- no le afectaron ni a él ni a la inmensa mayoría de sus compatriotas. El antisemitismo era parte del paisaje francés y europeo. Las dimensiones del exterminio nazi no se conocerían hasta los juicios de Núremberg y aún así pasarían décadas antes de que el Holocausto alcanzara la relevancia dominante que ahora ocupa en el relato y la imagen de la II Guerra Mundial.

¿Puro oportunismo?

Tampoco se puede decir que el cambio en el curso de la guerra fuera el elemento decisivo. La derrota del VI Ejército alemán en Stalingrado en enero del 43 no se entendió entonces como el punto de inflexión del conflicto que ha decretado la historia con posterioridad. ¿No se habían recuperado los alemanes del fracaso de la toma de Moscú el invierno anterior? Faltaba perspectiva. Short recupera la cita de Churchill a propósito de la victoria británica en el Alamein seis meses antes: “No es el final. Ni siquiera el comienzo del final. Pero quizá sí el final del comienzo”. Pero también es cierto que la primera gran derrota alemana en Stalingrado coincide en el tiempo con la transformación definitiva de Mitterrand en Morland.

Lo que le decanta hacia la resistencia activa fue -a juicio de Short- la trama de relaciones que tejió a lo largo de ese año crucial de 1942 con otros exprisioneros de guerra dispuestos a combatir la ocupación. El detonante tiene fecha: 11 de noviembre de 1942. Ese día los alemanes ocuparon la “zona libre” en respuesta al desembarco aliado en el norte de África. “El mito de Pétain, el escudo que protege Francia salta en pedazos”, apunta Short. El gobierno del primer ministro Laval se entrega en cuerpo y alma al colaboracionismo y, entre otras medidas, destituye al jefe del departamento de Mitterrand. Acto seguido todo el equipo se solidariza y presenta su dimisión. “En ese momento era un gesto excepcional que podía haber desencadenado sus detenciones y Laval incluso contempló la idea”, escribe Short.

Fue la hora de la verdad. Mitterrand había desterrado por fin sus dudas. Un renacido entusasmo le inflamaba. “Ya no me preocupa lo que me aguarda más adelante”, le escribió a su primo.”Casi caigo en la desesperación al ver cómo todo nuestro trabajo de los últimos meses se borraba de un plumazo, pero al final ha ganado mi gusto por la incertidumbre -la incertidumbre que lleva la semilla del triunfo. Esta nueva partida es a la vez una separación de lo anterior y un acercamiento a todo lo que aún es verdadero”.

A partir de ese momento, Mitterrand/Morland se dedicó con habilidad infatigable a impulsar la unidad de los dispersos movimientos de exprisioneros. Contactaba, hablaba, discutía, convencía, viajaba… Tres días después de escapar a un nuevo zarpazo de la Gestapo, un vuelo clandestino de la RAF le sacó de Francia. Vía Londres viajó hasta Argelia donde se entrevistó con el general De Gaulle. Su paso por Vichy no era un problema. De Gaulle ya había acogido a otros expetainistas mucho más implicados. En 1943, el general ya pensaba en la reconciliación nacional. Vio en Mitterrand al líder más capacitado para crear un nuevo movimiento de resistencia de exprisioneros de guerra.

Unos meses antes Mitterrand ya se había encontrado con Philippe Dechartre, de la resistencia gaullista. Fue en una brumosa madrugada en la estación de Lyon.

Dechartre acude con total desconfianza. No le gusta Mitterrand, “demasiado comprometido con Pétain y Vichy”. Las actividades del grupo de Mitterrand contra los alemanes le parecen puro humo. La resistencia de verdad consiste “en volar trenes, en espiar, no en enviar paquetes de comida”.

“Sabía que no tendría nada que decirle y él tampoco a mi”. Pero todo cambió: “Vi una figura que salía de la niebla, como un fantasma… Un pequeño bigote, pelo engominado… Tenía el aspecto de un subteniente latinoamericano… Sólo estábamos dos en el andén así que tenía que ser él… Le dije que estaba allí por un sentido del deber, que lo que hacían no era resistencia, que no estaba a favor de que uniéramos nuestros grupos, pero que como eso era lo que deseaba el general (De Gaulle)… A medida que hablábamos, descubrí a un hombre que no esperaba. Encantador en extremo, de inteligencia prodigiosa. Todo lo que comentaba me parecía correcto. Decía lo que me hubiera gustado decir a mí, pero él lo expresaba mucho mejor. Pasó algo. Nació una amistad real y profunda. Ese día me asombró”. Mitterrand, el eterno seductor.

LOS SECRETOS DE UN LIBERTINO

Francois Mitterrand weds Danielle Gouze. FRANCE - 28/10/1944

Que la seducción era un atributo que el carácter de Mitterrand dispensaba con generosidad lo descubrió muy pronto su mujer, Danielle.

Se casaron el 28 de octubre de 1944. François tenía 28 años. A Danielle le faltaba un día para cumplir los 20. Antes de cortar el pastel a Mitterrand se le vio inquieto preguntando por la hora -por cierto, nunca le gustó llevar reloj-. Tenía una reunión con su movimiento de exprisioneros y deportados y allá se fue el mismo día de su boda. Embutido en el frac y acompañado por Danielle sin tiempo para despojarse del vestido de novia. La reunión fue, por cierto, absolutamente aburrida e intranscendente.

“Así sería el resto de sus vidas”, cuenta Short. ” Él no estaría sujeto a ninguna disciplina y ella siempre encontraría una forma de sobrellevarlo”. Danielle tuvo que aprender a morderse la lengua. Cuando después de una de sus desapariciones durante días, se le ocurrió preguntarle cómo le había ido, él le contestó que “no se había casasdo con ella bajo el régimen de la Inquisición”. Sin duda la clandestinidad le había aficionado al secreto y a una vida en compartimentos estancos, se decía a sí misma Danielle. Pero, de hecho, sostiene Short, era su carácter. “Reticente desde niño a cualquier disciplina excepto aquella que él se imponía a sí mismo”. La frustrante experiencia con Marie-Louise -“la única ocasión en que rindió voluntariamente su libertad”- agravó ese rasgo de su carácter.

Danielle comprendió que se había casado con un impenitente “seductor de jovencitas”. Y aunque sentía que François había “secuestrado su juventud”, nunca se divorciaron. La relación sobrevivó a todo. Incluso al dolor: la muerte temprana de su primer hijo Pascal de cólera infantil a los tres meses. En aquel tiempo -1945- uno de cada 10 niños en París moría antes de cumplir el año.

En el 58 Danielle empezó una relación con Jean Balenci, profesor de gimnasia. “François aceptó la relación. Jean era un tipo agradable y sus hijos Gilbert y Jean Cristophe le adoraban… Le dijo a sus amigos: `no sé cómo puedo prohibirle a mi mujer lo que yo me permito a mí mismo´. François respetaba las convenciones. Eran un matrimonio. Puede que durmieran en habitaciones separadas y no mantuvieran relaciones conyugales, pero se sentían unidos por una complicidad que continuaría hasta la muerte de Mitterrand 40 años después”.

Cuando a principios de los 70 se fueron a vivir al Barrio Latino, cada uno -François, Danielle y Jean- tenía su habitación en el nuevo piso. “Jean Balenci se había convertido en un miembro de la familia. Era el que bajaba a por los croissants y los periódicos. Él y François desayunaban juntos. A los extraños se les presentaba como un primo lejano”

Por entonces, François llevaba años con su otra “relación estable”; la que mantuvo durante 30 años con Anne Pingeot, la mujer de su familia no oficial, la madre de Mazarine. La había conocido a principios de los 60 cuando él tenía 47 y ella 20.

François, Danielle, Jean, Anne… No es mal momento para invocar aquí aquella cita de Freud que encabeza El cuarteto de Alejandría: “Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema”.

(continuará)

mitterrand con anne pingeot
Mitterrand con Anne Pingeot a principios de los 80

 

 

 

mitterrand 1

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

Que un joven de la Francia rural y católica que coqueteó con la extrema derecha, colaboró como funcionario con el infame gobierno de Vichy e incluso fue condecorado por Petain, que se pasó en el momento oportuno a la Resistencia y llevó una vida oculta y temeraria que a punto estuvo de costarle la captura a manos de la Gestapo, que transitó por (casi) todos los ministerios de la infausta IV República y miró hacia otro lado cuando ocupaba la cartera de Justicia y la tortura era práctica común en la guerra sucia en Argelia, que se enfrentó (casi) en solitario a un irresistible De Gaulle, que montó un falso atentado contra sí mismo que habría finiquitado cualquier otra carrera política, que fue derrotado en dos elecciones presidenciales (1965, 1973), que se alió con los comunistas para alcanzar el poder y se equivocó tantas veces como uno puede equivocarse en una vida política tan longeva, que mantuvo durante décadas dos familias por separado sin menoscabo para su carrera y -last but not least- que sobrevivió el tiempo suficiente a un aletargado y secreto cáncer de próstata; que un hombre con esta trayectoria, decimos, llegara a sus 65 años a presidente de Francia y se convirtiera en el jefe de Estado francés más longevo -14 años- desde los decimonónicos Luis Felipe y Napoleón III puede parecer a primera vista inverosímil, pero ocurrió y ese hombre se llamó François Mitterrand.

¿Su secreto?

La resiliencia. La capacidad para sobreponerse a la adversidad y el error. Aguantó -también en Francia quien resiste gana-, y supo aprovechar los pliegues del tiempo político. Resistencia, seducción y ambigüedad.

Su protegido y primer ministro en los 80, Laurent Fabius, escribió que “la clave de la personalidad de Mitterrand, de su éxito extraordinario, de su longevidad política y de su energía, la clave de la fascinación que ejercía sobre los demás… fue su enorme y excepcional ambivalencia… una ambivalencia metafísica, profundamente arraigada, que le permitía ver el anverso y reverso de todo, que veía el bien y el mal en cada persona, que contemplaba toda situación como una semilla de tragedia y de esperanza”.

Si prescindes de la ambigüedad, será en tu propio detrimento; sentenció el cardenal De Retz. Pero fue su rival de púrpura, el cardenal Mazarino, preceptor de Luis XIV, de quien Mitterrand tomó no sólo inspiración para el nombre de su hija secreta; también adoptó en verbo y carne los preceptos del cínico y descarnado Breviario para políticos:

“Ahorra en gestos, camina con pasos medidos y mantén en todo momento una postura llena de dignidad… Cada día dedica unas horas a pensar cómo deberías reaccionar ante tal o cual acontecimiento… Mantén siempre cinco preceptos: simula, disimula, desconfía, habla bien de todos, prevé lo que has de hacer… Hay una muy escasa posibilidad de que la gente vea con buenos ojos lo que haces o dices. Más bien lo retorcerán todo y pensarán lo peor de tí”.

Lo cuenta Philip Short -excorresponsal de la BBC en París y autor de sendos libros sobre Mao y Pol Pot- en su reciente biografía sobre el presidente más enigmático de la Francia moderna. Por si alguien lo busca, el libro tiene dos títulos: A Taste for Intrigue. The Multiple Lives of François Mitterrand en su versión norteamericana y Mitterrand. A Study in Ambiguity  en la edición británica. No encuentro traducción al español. La biografía, escrita para un público anglosajón, ha recibido críticas muy elogiosas. Yo he disfrutado con su lectura. Lo que viene a continuación es, más que una reseña, un amplio resumen seriado para los muy cafeteros. Todos aquellos que esté interesados y no muy familiarizados con la vida del expresidente francés o que no anden sobrados de tiempo para digerir las 700 páginas en letra apretada de la edición de bolsillo.

No he leído otras biografías del personaje. Y son unas cuantas las que se han escrito. Muchas alentadas por el propio Mitterrand para tratar de controlar la luz que proyecte la historia sobre su pasado y su legado. La de Short sale bien valorada porque aporta detalles desconocidos. En especial, de su vida familiar. La eterna amante de Mitterrand, Anne Pingeot -la madre de su hija Mazarine- desvela, por ejemplo, que al expresidente francés le aplicaron en sus últimos momentos una sedación paliativa que podría encajar en los difusos perfiles definitorios de la eutanasia.

Fue en las primeras horas del lunes 8 de enero de 1996 en su apartamento de la avenida Frédéric-le-Play, 9, en París. Junto a su lecho, la única compañía del doctor Tarot. No quiso que estuvieran ni su amante Anne ni su mujer Danielle ni su hijo Gilbert. Prefirió morir en soledad. “Los que me aman lo entenderán”, le dijo al médico. Tenía 79 años. Era el final de una sinuosa trayectoria vital de la que la voy a destacar 10 momentos, 10 vidas de François Mitterrand; el hombre que se sucedía sí mismo como una crisálida que muda de forma y piel y se abre al mundo con cada nuevo tiempo político.

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¿El rostro sereno del socialismo? Mitterrand en su velatorio en la polémica foto final de Paris-Match

UNA JUVENTUD FRANCESA

François Maurice Adrien Marie Mitterrand nació a las cuatro de la mañana del 26 de octubre de 1916 en el pueblo de Jarnac, en la región de Cognac, al norte de Burdeos; lejos de las trincheras del norte en las que se batían aquel año los jóvenes franceses. A su padre lo acababan de nombrar jefe de estación de Angulema. Tres años después abandonaría una prometedora carrera en los ferrocarriles para dedicarse a la factoría de vinagre de su suegro, el papa Jules, presencia dominante en el hogar de los Mitterrand.

El oficio y la religión les distinguían de sus paisanos. Vinagreros y católicos en un territorio dominado por la “aristocracia” protestante del coñac que les consideraba unos advenedizos. Si optaron por el vinagre fue porque les vetaron en el negocio del coñac. Resulta sorprendente que en esos primeros años del siglo XX aún se dejaran sentir las viejas heridas de las guerras de religión que habían sacudido Francia tres siglos atrás. La sombra de los enfrentamientos civiles, como se ve, se alarga sobre siglos y generaciones. Tomemos nota.

Cuando la hermana mayor de François intentó unirse a un club de tenis de mayoría protestante, el pastor calvinista protestó “porque no está bien que los católicos jueguen aquí”. La abuela de Mitterrand tenía a gala no haber pisado nunca una casa protestante. Un fervor religioso y militante imperaba en el hogar. “Cuando era niño pensaba que sería Papa o rey”, diría mucho tiempo después. La familia era lo que por aquí calificaríamos como “de derechas de toda la vida”. Más monárquica que reaccionaria y -matiza Short-alejada del nacionalismo antisemita de Maurras y su Actión Française.

François nunca perteneció a Acción Francesa -“fui criado para pensar en ellos con horror, no por su antisemitismo sino porque habían sido excomulgados”- pero sí contemporizó con otros movimientos de la extrema derecha como la Croix de Feu, organización patriótica de veteranos de guerra. Con más de medio millón de militantes, eran conservadores que pregonaban el cristianismo social pero se oponían a cualquier extremismo. De hecho, la insurrección de Acción Francesa -intentaron tomar al asalto el parlamento en 1934- fracasó en buena medida porque la Croix de Feu se mantuvo al margen (froides queues –pichas frías-, les llamaría la prensa de extrema derecha). Segundo apunte: las guerras civiles no son inevitables, no lo fue la española; la tensión política en la II República no difería tanto de lo que sucedía al otro lado de los Pirineos.

¿Hasta qué punto Mitterrand fue un extremista de derechas?

Traduzco libremente a Short: “Años después a Mitterrand se le acusaría de proximidad a la extrema derecha en su época de estudiante -de leyes, política y literatura-. Esa posición, en la Francia de preguerra, era sinónimo de antisemita. Pero la asociación no prueba la culpa. Nadie duda de que el joven Mitterrand tenía amistades antisemitas -realmente en el París de los años 30 casi era imposible no tenerlos por la amplitud y aceptación que tenía el antisemitismo- pero nunca fue un antisemita… De hecho, en una ocasión salió en defensa de Georges Dayan, un joven estudiante judío, cuando un grupo de matones de Acción Francesa le estaban amenazando en un café del Barrio Latino. A lo largo de los siguientes cuarenta años, Dayan se convertiría en mucho más que un amigo de François. Sería su alter ego”.

Lo mismo se podría decir de sus supuestos vínculos con un grupo terrorista de extrema derecha, la Cagoule. Viejos amigos de Angulema y de la familia Mitterrand fueron cómplices en atentados sangrientos de la Cagoule y François, pese a todo, mantuvo su amistad con ellos. Para Mitterrand -y esto llama la atención en un político- la fidelidad a los amigos eran un artículo de fe, en especial con los amigos abandonados por todos los demás. “Estos vínculos no eran fortuitos”, comenta Short. “François Mitterrand no era de la Cagoule ni de Action Françoise, ni antinegro ni antisemita. Pero su entorno social y sus conexiones familiares le llevaban a tener amigos que sí lo eran y él no tenía problemas en convivir con eso… Trataba la diversidad de los seres humanos apreciando sus cualidades y encerrando sus defectos en una caja. Esta actitud daba pie a que se le pudiera acusar de falta de principios y de hecho le llevó a mantener amistades extrañas y lamentables”.

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El joven Mitterrand

Si tenemos que definir las inclinaciones políticas del joven François, habría que recurrir al amplio ideario del catolicismo social. Rodeado, eso sí, de mucha confusión. Tenía amigos izquierdistas y admiraba la oratoria del líder socialista Léon Blum, pero detestaba su alianza con los comunistas; le fascinaba el pensador judío Julian Benda que censuraba el nacionalismo racista y bélico de los intelectuales alemanes y franceses; visitaba al pretendiente al trono de Francia y escuchaba los discursos de un excomunista que fundó lo más parecido a un partido fascista en Francia. En los convulsos años 30, no fueron tan raros los viajes de ida y vuelta entre la extrema derecha, el socialismo y el comunismo entre los jóvenes inmersos en la efervescencia política de la época. Sólo un descarte queda claro. Ni entonces ni nunca, Mitterrand fue un liberal de corte anglosajón.

De estos años, Short subraya un episodio amoroso que dejaría una marca especial en el carácter de quien se convertiría en eterno seductor de mujeres y hombres. Marie-Louise Terrase sólo tenía 14 años. Cuando la conoció, le dijo que rondaba los dieciocho. François la convirtió en su Beatrice a lo Dante. Estamos en 1938. A lo largo de tres años y medio le escribió, atención, unas dos mil cartas de amor. “Estaba loco por ella”, le diría a un amigo. Marie-Louse reconocía sus cualidades, pero nunca se entregó enamorada. No era el hombre de sus sueños. Short la describe como “una princesita caprichosa a la que le encantaba flirtear con los chicos consciente, desde los trece años, del poder que sus encantos físicos ejercían sobre los hombres”. Como tantas veces en su vida, Mitterrand insistió, espero y aguantó: “Insufrible y exigente Beatrice”, le escribió en una ocasión; “me has convertido en tu esclavo del momento, tu juguete en esta hora”. En el amor y en la política siempre fue el último en rendirse a la evidencia.

La relación tuvo un final melodramático. El 4 de enero de 1942, Mitterrand, entonces funcionario de Vichy, viajó a París. Previamente había telefoneado para quedar con Marie-Louise. “Pasearon juntos por los Jardines de Luxemburgo, donde todo había comenzado cuatro años atrás”, escribe Short. “Marie-Louise dijo que le admiraba, pero que no estaba enamorada de él; no quería ser su mujer. Cuando llegaron al Sena, ella le devolvió su anillo de compromiso. François lo recogió y extendió el brazo como para lanzarlo. Si ella no lo quería, daba a entender el gesto, sería mejor que la corriente arrastrara el anillo y a él mismo hasta donde quisiera el destino. Marie-Louise pensó -erroneamente- que lo había lanzado al río. Rompió a llorar y se marchó”.

Años después, Marie-Louise Terrasse, bajo el nombre artístico de Catherine Langeais, llegaría a ser la presentadora más famosa de la televisión francesa desde finales de los años cincuenta hasta mediados los setenta. La “novia de los franceses” vivió aseteada durante años por la enfermedad hasta su fallecimiento de esclerosis múltiple en 1998. Once años antes, su antiguo novio de juventud, el presidente Mitterrand le otorgó la legión de honor por dejar “una marca indeleble” en la historia de la televisión francesa. De su enamoramiento enfebrecido por la joven Marie Louise, Mitterrand sacaría una lección: nunca dejaría a nadie más manejarle como si fuera una marioneta.

catherine-langeais-copie-1 Marie Louise con Mitterrand
Marie-Louise Terrasse a.k.a Catherine Langeais, la “novia de Francia” y de François Mitterrand 

PRISIONERO DE GUERRA

Si hay una experiencia fundamental en la vida de Mitterrand, fue su paso por los campos de prisioneros en Alemania. En la línea de lo que, entre nosotros, cuenta Chaves Nogales en su recomendable La agonía de Francia entendió la rápida y extraña derrota de Francia ante los ejércitos de Hitler como un fracaso de las élites que, sumado al igualitarismo que imponía el campo de prisioneros, le alejaría de su clase y de su ideología juvenil. “El viejo orden social no resistía una sopa de nabos”, escribió. Tiempo después las organizaciones de exprisioneros de guerra serían el embrión de su carrera política. Primer cambio de piel. En Alemania comienza la segunda vida de François Mitterrand.

En la prisión alemana de Ziegenhain dedicó buena parte de su tiempo a dar charlas a sus compañeros de encierro. Sobre El amante de Lady Chatterley, sobre Voltaire, sobre las lettres de cachet de la Francia prerrevolucionaria… “Hablaba sin notas, con las manos apoyadas en la mesa”. Le llamaban “el profesor”. “No nos da lecciones de superioridad”, anotó en su diario un colega del campo. “Se abre a las ideas de otros… En mi opinión, eso denota una inteligencia generosa… Sólo hay dos actitudes que le parecen imperdonables: la cobardía y la vulgaridad… Apreciamos su elegancia en medio de esta promiscuidad”. “Inspiraba respeto”, recordaba otro. “Tenía como una cuestión de honor respetar a otros y ser respetado por ellos”. Todos coinciden en que parecía un ser frío y distante en una primera impresión. Un redactor anónimo de la revista del campo que editaba el propio Mitterrand le comparó con Vautrin, el misterioso benefactor del Rastignac de Balzac. La comparación suscita adhesiones.

“François Mitterrand, como Vautrin, es un hombre de múltiples identidades… y sospecho que guarda el terrible secreto de una personalidad escindida. Como un nuevo Jano, te lo encuentras aquí como el elegante director de un periódico, un hombre de letras, un filósofo perspicaz y sutil; y luego lo ves allí como un camillero ocupado y meticuloso en la clínica del campo… Pero sea de una o de otra guisa, no debemos olvidar que François Mitterrand mantiene un culto personal de todo lo que es noble; esto es, se ve consumido sin cesar por las llamas del lirismo, de la belleza y del altruismo… No se equivoquen. Como una abeja, es a la vez miel y aguijón; un ingenio irónico y un corazón sensible. Eso le permite, podríamos decir, caminar por la vida con unos cristales de color rosa. Pero Mitterrand es a la vez sabio y escéptico y, a través de esos cristales rosas, ve todo negro”. L’Ephemère, 1 de septiembre de 1941.

¿No escribiría todo esto el propio Mitterrand?

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El soldado Mitterrand

Tres veces se fugó de las prisiones alemanas y consta que, al menos en la primera ocasión, lo hizo por temor a perder a Marie-Louise. Dos veces fue delatado, capturado y devuelto al campo. Falta la pelota de béisbol, pero la peripecia no desentonaría en el escenario de La Gran Evasión de Steve McQueen. A la tercera lo consiguió.

“Se ofreció voluntario para trasladar cajas al cuartel alemán adjunto al campo de tránsito de Boulay. Aprovechó la oscuridad de una madrugada de diciembre para saltar la alambrada y correr hacia el centro del pueblo. Un compañero le había dicho que allí encontraría a la dueña de un kiosko de prensa que le ayudaría. Llegó sin aliento, cuando la mujer estaba subiendo la persiana metálica. Lo tuvo oculto durante dos días y después lo acompañó hasta Metz. Allí se subió a un tren hacia la frontera. Cuando empezó a desacelerar al acercarse a su destino, Mitterrand decidió saltar. Dio unos pasos hasta la pequeña estación y descubrió que ya estaba en Francia. Sí, pero aún estaba en la Francia ocupada por los alemanes. Los trabajadores del ferrocarril le alimentaron y le subieron a un autobús hacia Nancy donde consiguió unos papeles falsos. Desde allí tomó otro tren hacia el sur, hacia Besançon. Saltó de nuevo y caminó hasta cruzar la línea de demarcación  de la llamada “Zona libre” controlada desde Vichy por el gobierno del mariscal Petain… Era el 15 de diciembre de 1941″.

En Vichy, Mitterrand empezaría su tercera vida. La ambigüedad suprema. La doble vida de un aparente colaboracionista transmutado en un esquivo y notorio resistente llamado Morland.

(Continuará)

 

enric marco
El impostor Enric Marco

El irreprimible farsante Enric Marco lo ha conseguido: se ha convertido en todo un personaje en manos del novelista Javier Cercas. Al final de El impostor, el propio escritor lo intuye “fugazmente y con vértigo” mientras regresa a Barcelona tras haber pasado el día con Marco. La cita tiene el sabor de Borges:

“Marco nunca había querido engañarme… no había hecho más que tantearme para saber si era digno de que me contara la verdad y para guiarme hasta ella si descubría que lo era… Marco había construido a lo largo de casi un siglo la mentira monumental de su vida no para embaucar a nadie, o no sólo para eso, sino para que un escritor futuro la descifrase con su ayuda y luego la diese a conocer al mundo, igual que Alonso Quijano había construido el Quijote… Marco me estaba usando como Alonso Quijano usó a Cervantes”.

Don Quijote, Alonso Quijano, la pluma de Cervantes -“para mí sola nació don Quijote, y yo para él: él supo obrar y yo escribir”- atraviesan el último libro de Cercas.  ¿Un recurso trillado? ¿Otra maldita novela de un escritor español manoseando El Quijote? A Cercas le funciona como arma de interpretación convincente. El hombre -el personaje- que se rebela contra su anodina biografía. El escritor que establece con él una relación problemática. El temor a convertir en héroe literario a un infame mentiroso. “Yo no quería escribir este libro” -comienza El impostor-. “No quería escribirlo porque tenía miedo”. La teoría sobre Enric Marco con El Quijote al fondo engrandece al personaje. A uno no le comparan todos los días con el protagonista de una obra memorable, Alonso Quijano, el bueno. Cercas, el personaje de la novela que es el escritor Javier Cercas, lo sabe y de ahí los escrúpulos que le atormentan durante años antes de poner su narración negro sobre blanco.

Pero cuanto más bucea uno en la historia de Marco, más se da cuenta de que merece ser contada. Cercas se sorprende, con razón, de que en todo este tiempo nadie haya escrito un libro. ¿Será porque el personaje y su mentira suscitan rechazo? ¿O más bien por nuestra incuria cultural, por la velocidad que devora tantas historias que llegan, pasan y se olvidan? Sea con el Sánchez Mazas que sobrevive a su fusilamiento, con el golpe del 23-F o ahora con Enric Marco, Javier Cercas ha demostrado que cuenta con un magnífico ojo literario para detenerse y buscar entre los pliegues morales de nuestra historia más inmediata.

La noticía dió la vuelta al mundo. Enric Marco, presidente de la Amical de Mauthausen -la principal asociación de españoles deportados a los campos nazis- nunca había estado en el campo de concentración de Flossenbürg, tal y como afirmaba. Ni en el de Flossenbürg ni en ningún otro. No queda ahí la cosa. “Una mentira sólo triunfa si está amasada con verdades”. Porque Marco sí había estado en Alemania durante la guerra, pero como trabajador voluntario prestado por Franco al III Reich para devolver las deudas de la Guerra Civil. El rostro y la voz de las víctimas del nazismo en la España que iniciaba el siglo XXI no solo no era un deportado sino que había trabajado para la maquina de guerra nazi. No cabe imaginar un escándalo mayor en un asunto tan sensible como el Holocausto. Qué afrenta a las verdaderas víctimas, qué regalo para los negacionistas, se dijo.

flossenburg  supervivientes de mauthausen en 1945
Internos en el campo de concentración de Flossenbürg (izqd.) y supervivientes del campo de Mauthausen en 1945

El minucioso y paciente trabajo de un historiador salmantino, Benito Berrmejo -“un francotirador de la historia”- le desenmascaró en mayo de 2005. Fue a principios de ese año cuando Marco había alcanzado las cotas más altas de su farsa. Escenario: el Parlamento español en la primera celebración del día del Holocausto. En un ambiente cargado de emoción, precedido por el canto fúnebre del kaddish judío y el encendido de seis velas por los seis millones de judíos exterminados, Enric Marco, el rostro y la voz de los deportados españoles, habló ante los presidentes del Congreso y del Senado, el embajador israelí, supervivientes y familiares de deportados.

Cuentan que su melodramática facundia conmovió a los presentes con el cuento de sus padecimientos en un relato que incluía los gritos al bajar de los trenes (¡links, rechts!), el deslumbramiento por los reflectores del campo, los ladridos de los perros lanzados de los SS… ¿A quién no le viene a la cabeza La lista de Schindler y tantas otras películas, telefilms, series, novelas? Exacto. Marco reconstruye lo que ha leído y lo que ha visto.

Mientras a las verdaderas víctimas les cuesta hablar, Marco se desborda con un relato que Cercas califica como kitsch histórico: “El kitsch histórico es una mentira histórica… narraciones plagadas de emoción y golpes de efecto y énfasis melodramáticos, generosas en cursilería pero inmunes a las complejidades y ambigüedades de la realidad… la nueva industria de la memoria necesita alimentarse de kitsch histórico, que regala a quien lo consume la ilusión de conocer la historia real ahorrándose los esfuerzos, pero sobre todo ahorrándole las ironías y las contradicciones… pocos en España suministraron la mercancía tóxica y golosa de ese kitsch con la pureza y la abundancia con que lo hizo Marco”, y es posible, añade Cercas, que eso explique el éxito fabuloso que sus relatos. El kitsch histórico, la mentira, la industria de la memoria histórica, el chantaje del testigo, el narcisismo… Las sugerentes reflexiones de Cercas se cuelan entre las capas de la cebolla que va pelando hasta llegar al cogollo del enigma.

Enric Marco Semprun
Enric Marco habla ante Jorge Semprún en 2004

Unos meses después de su triunfo en el Congreso, en mayo de 2005, el fraude de Marco salía a la luz. La caída definitiva del farsante se lee con la misma tensión que la cuenta atrás para desactivar una bomba. Faltó muy poco -días, horas- para que el impostor actuará una vez más bajo los focos en la solemne conmemoración del 50 aniversario de la liberación de Mathausen que, en esta ocasión, contaba por primera vez con la presencia del entonces presidente del Gobierno español, Rodríguez Zapatero.

No sólo la caída, toda la novela de Cercas se lee con la voracidad de una investigación policial. Porque lo que no sabíamos -lo que al menos yo desconcía- es que su papel como supuesta víctima del lager nazi fue sólo la última reinvención verbal de Enric Marco. Años antes había adornado su experiencia como combatiente en la Guerra Civil, su intimidad con líderes anarquistas, su pasado de resistente antifranquista. En distintos momentos se hizo llamar Enrique Durruti, Enric Batlle, Enrique Marcos. Engañó a su familia -a sus familias, más bien-y engañó a tantos que al comienzo de la Transición, en una pirueta de entrada inverosímil, llegó a presidir ni más ni menos que el histórico sindicato CNT. Increible. Él, Enrique Marco, un mecánico de Barcelona que nunca había salido de la mayoría gris y silenciosa del franquismo. En este vídeo (a partir del minuto 3) le podemos ver “actuando” en el histórico y multitudinario mitin de la CNT el 2 de julio de 1977 en el parque de Montjuich de Barcelona. Entonces se hacía llamar Enrique Marcos para distinguirse de otro anarquista de mismo nombre condenado al ostracismo por colaborar con la dictadura.

Recuerda Cercas que los liantes como Marco se mueven como pez en el agua en los tiempos de confusión -las revoluciones, el final de una guerra, un cambio de régimen…- aunque encuentro excesivo elevar el caso Marco a metáfora de la Transición. Marco embellece su pasado gris en el franquismo para reinventarse como héroe en la democracia. La Transición no trata de embellecer el pasado franquista como sí hizo, por ejemplo, Francia con la ocupación. De Gaulle hizo creer que todos habían militado en la heroica resistencia a los nazis. Sin duda algunos embellecieron sus biografías, otros prefirieron reinterpretarla y aún otros, olvidarla, pero también es cierto que la Transición supuso un corte generacional que mandó al desván a los más marcados por su pasado franquista y por el recuerdo de la Guerra Civil. El país quedó en manos de los hijos de los combatientes. Casi hasta el día de hoy, por cierto.

La impostura privada y luego pública de Marco comienza en el tardofranquismo y la llegada de la democracia. Marco, un tipo de abundantes y desordenadas lecturas, se pone a estudiar historia y descubre la fascinación que su pasado republicano desata entre sus jóvenes compañeros antifranquistas. Cuando muere Franco tiene 54 años. La edad perfecta para ejercer de vínculo activo entre dos generaciones, entre el mitificado pasado republicano y los nuevos tiempos. Ni demasiado viejo, como los anarquistas vueltos del exilio en Toulouse, ni demasiado joven como para carecer de un heroico relato de resistencia. La confusión de los tiempos facilita su súbito ascenso en la CNT. Aunque muchos de los viejos se olían gato encerrado. Entre ellos, Santiago Carrillo. Se cruza de refilón con Marco en un funeral, pero fue suficiente para alertar al entrenado y suspicaz olfato del viejo zorro comunista. Otros muchos no. Como la Generalitat, que le otorgó la Cruz de San Jordi, la máxima condecoración civil catalana, “por su fidelidad a la tradición libertaria…, su impulso continuado a la mejora de la calidad de la enseñanza… y su lucha contra el franquismo y el nazismo, que lo llevó a ser detenido por la Gestapo e internado en un campo de concentración”.

Todo mentiras o medias verdades. Cercas levanta el velo paso a paso -las capas de la cebolla- y nos arrastra con un relato apasionante. Como toda buena mentira, las de Marco vienen aderezadas con trozos de verdad. Desentrañarlas, investigar cuánto hay de verdadero y cuánto de falso, descifrar sus motivaciones, dan juego a una narración en la que, además, el descubrimiento de la vida “normal”, la vida real de Marco “resulta mucho más interesante que la leyenda barata de confusas aventuras románticas que él mismo intentó vender como relato de su vida auténtica”, escribe Cercas.

A medida que avanzamos entendemos al novelista caminando sobre el alambre. “¿Era posible escribir un libro sobre Marco sin pactar con el diablo?”. La pregunta queda abierta. A diferencia de Capote en A sangre fría, al igual que Carrere en El adversario, el escritor Cercas opta por la primera persona, por intervenir para plantear los dilemas morales que le acosan. Un inciso: me sobran algunas escenas familiares del escritor con su hijo Raül -“no flipes, papi”, “por una vez recordé a Bruce Willis y su hijo en trance de salvar el mundo”-.

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El escritor Javier Cercas

¿Sobra el novelista con sus dudas y perplejidades morales?¿adopta Cercas una cautela exagerada, autojustificativa e innecesaria? Después de todo Capote y Carrere tratan con asesinos monstruosos. Cercas con un pícaro, un mentiroso, un pecador menor. La aberración moral no está al mismo nivel. Más de un examigo de Marco lo recuerda con cariño y hay momentos en que incluso el personaje se nos hace entrañable. Elijo uno. Cercas acaba de someter a un duro interrogatorio a Marco. Le acorrala. Hablan de un episiodio al inicio de la Guerra Civil. Marco está a punto de reconocer que no participó en la extravagante y fracasada expedición republicana para recuperar Baleares de los fascistas. Y entonces: “Marco se cogió la cabeza con las manos en un gesto que, aunque melodramático, no me pareció melodramático; luego imploró: “Por favor, déjeme algo”.

Cercas no sobra. Intenta comprender. Contra lo que temía Primo Levi, “comprender no es justificar”. Y hay que comprender no sólo por qué miente Marco, también por qué triunfan sus mentiras y por qué alguien querría contarlas (intuyendo que quizá sea lo que persigue el mentiroso).

Como Don Quijote, Marco a los 50 decide reinventarse como héroe y lanzarse a la busca de gloria. Era el hombre que siempre quería salir en la foto. El mediopata.  “Mira, Javier, lo que hay que hacer con Marco es olvidarlo. Es el peor castigo para ese monstruo de la vanidad”, le dice una colega de la universidad a Cercas. Cercas ya lo sabe.”La realidad mata, la ficción salva” es la idea más repetida en El impostor (la reiteración abunda en el estilo de Cercas, pero ni molesta ni sobra en la maraña biográfica que es Enric Marco), un libro que Cercas define como “una novela que no es corriente sino una novela sin ficción o un relato real”.

Pero novela al fin y al cabo. Como el Lazarillo, como el Quijote, como Madame Bovary… “Marco es el novelista de su vida”. La realidad mata, la novela salva. Salva a Marco, ese hombre que anhela destacar entre la multitud. Le salva, por momentos, del destino común que es el olvido. Nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. Pero dentro de unos años, Marco, que aún vive a sus 94 años, seguirá vivo en la novela. La inmortalidad de la literatura. Debe de estar encantado. El mentiroso que siempre empezaba sus frases con un “verdaderamente…” El irreprimible farsante Enrico Marco lo ha conseguido. Y Cercas también.

 

 

 

alois brunner de nazi - copia - copia  Alois Brunner
SS-Hauptsturmführer Alois Brunner

Alosis Brunner, capitán de las SS, lugarteniente de Adolf Eichman, ejecutor del exterminio judío, responsable de la deportación de 128.000 personas. Durante años encabezó la lista de criminales nazis más buscados, durante años gozó de la protección del régimen sirio de Hafed El Asad. Los israelíes le mandaron varias cartas bomba en los años 80. Perdió tres dedos y un ojo, pero nunca nadie consiguió sentarle en un banquillo. Ahora el Centro Simon Wiesenthal le da por muerto. Su principal cazador de nazis, Effraim Zuroff, ha anunciado que dan por cierta una información  que manejan desde hace tiempo: Brunner murió en 2010, cuando tenía 98 años, y está enterrado en Siria. A Brunner sólo se le pudo juzgar en rebeldía. En 2001, Francia le condenó por la deportación de 352 niños en judíos en 1944, con los aliados a las puertas de París y los alemanes en retirada. Nunca se arrepintió: “Los judíos merecía morir. No me arrepiento. Si tuviera la oportunidad, volvería a hacerlo”, declaró en un par de entrevistas telefónicas en los años 80 a una revista alemana y un diario de EEUU.

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Juicio a los principales jerarcas del III Reich en Núremberg

La desaparición de Brunner cierra una época que se abrió en 1945 con los juicios de Núremberg. Aunque el más famoso fue el de los principales jerarcas del nacional-socialismo, hubo más juicios: a médicos, médicos, industriales y miembros de la segunda fila de régimen nazi. Después de las purgas iniciales, vinieron años de olvido hasta la espectacular captura y juicio a Adolf Eichman en Jerusalén en 1961. Otros hitos mediáticos fueron el juicio en Francia en 1987 a Klaus Barbie, antiguo jefe de la Gestapo en Lyon, el de Erich Priebke en 1996 en Roma o el doble juicio a John Demnianiuk, primero en Israel luego en Alemania.

eichman nazi  Adolf Eichmann with Israeli police at his trial in Jerusalem, May 1962
Adolf Eichman en uniforme de SS-Obersturmbannführer y ante el tribunal de Jerusalén

Fueron juicios de gran repercusión que dejan como legado conceptos como el de crímenes contra la humanidad y la justicia universal e instituciones como la Corte Penal Internacional. Ahora ya no habrá más. El Holocausto ya no se volverá a revivir en los tribunales, pero nos queda una abundante memoria para evitar que el peor crimen del siglo XX quede como un rumor en la Historia.

Aquí dejo el enlace con mi vídeo en Noticias Cuatro.

 

 

 

azotea

La escena culminante -una de las pocas rodadas en exteriores de la película Diplomacia– se desarrolla en la azotea del Hotel Meurice de París en la mañana del 25 de agosto de 1944. El general alemán Dietrich von Choltitz logra por fin comunicarse con el teniente Hegger. LLeva horas esperando una orden, la orden de volar por los aires los puentes del Sena y los más famosos monumentos de París: la Ópera, los Inválidos, la Torre Eiffel, Notre-Dame…

“Escúcheme, Hegger, la orden que le voy a dar es definitiva”, grita von Choltitz por el micro de sus auriculares.

Y entonces se hace una pausa, un silencio… La cámara busca primeros planos de los rostros. El tiempo se ralentiza. Todos los argumentos de la película se agolpan en ese instante de duda, escuchamos los pensamientos del general que tiene en sus manos la terrible decisión de convertir en una ruina una de las ciudades más grandes y bellas de la historia.

Era lo que Hitler le había pedido apenas quince días antes cuando le entregó el mando de París: “París no debe caer en manos del enemigo, si fuera así, el enemigo no debe encontrar más que un campo de ruinas”. La destrucción de la capital francesa le parece una venganza justa por los bombardeos masivos de Hamburgo, Berlín y otras ciudades del Reich.

Pero no ocurrirá. El 25 de agosto el general Von Choltitz incumple la orden de Hitler y rinde intacta la capital francesa a las tropas de la División Leclerc. Cuando la noticia de la capitulación llega al cuartel general de Rastenburg (Prusia Oriental, actual Polonia), Hitler se vuelve hacia el general Jodl y pregunta: Brennt Paris? (¿Arde París?). O al menos eso da pie al título del libro-reportaje de Dominique Lapierre y Larry Collins ( Paris brûle-t-il ?) y a la película de Rene Clement realizó en 1966.

diplomatie

La historia vuelve a las pantallas con Diplomacia de Volker Schlöndorf, que acabo de ver estos días. Schlöndorf (el veterano director de El Tambor de Hojalata) se basa en el texto teatral del joven autor francés Cyril Gely. Ni lo he visto representado ni lo he leído, pero sospecho que la película no va mucho más allá de la traslación a la pantalla de la obra de teatro. El guión no puede ceñirse más a las clásicas unidades aristotélicas de acción, tiempo y espacio. Una discusión entre dos personajes en una habitación del Hotel Meurice de París desde la madrugada hasta bien entrado el día 25 de agosto de 1944. Incluso los actores principales son los mismos que han representado la obra sobre el escenario. Puro teatro filmado, dicho sin ningún menosprecio pero también como aviso a futuros espectadores.

Todo el drama de la pieza se sustenta en los actores -muy buenos, por cierto- y en su intercambio argumental. El general Von Choltitz y el cónsul sueco Raoul Nordling. Von Choltitz tiene una orden que cumplir: destruir París. El mediador Nordling lo sabe y quiere salvar la ciudad de su vida.

Heredero orgulloso de la casta militar prusiana, el general Von Choltitz nunca ha dejado de cumplir una orden. Ni siquiera la más aberrante. En su hoja de servicios figura el bombardeo sin complejos de Roterdam y Sebastopol. Eran objetivos militares -se justifica- y en ese caso no entran en juego otras consideraciones. La tierra quemada es su especialidad. Tal vez por eso Hitler lo ha seleccionado y enviado a París donde reemplaza a algunos de los conspiradores militares del golpe del 20 de julio encabezado por Stauffenberg.

Por si le tiembla el pulso, hay otro incentivo. Un Von Choltitz airado se lo expone a Nordling. Tras el golpe frustrado, el régimen nazi ha aprobado una ley dirigida a la élite militar que pueda albergar veleidades derrotistas o traicioneras. La Sippenhaft convierte en rehenes a las familias de los altos mandos militares que desobedezcan al Führer. Von Choltitz tiene mujer y tres hijos en Baden-Baden. No era una amenaza hueca. El propio Rommel -implicado en el trama contra Hitler- fue invitado a suicidarse para salvar a su familia. “¿Qué haría usted en mi lugar”, le replica Von Choltitz al cónsul sueco. El dilema alcanza al espectador. Si usted fuera Von Choltitz, ¿qué vale más? ¿París o su familia?

diplomacia habitación

Frente a este cúmulo de circunstancias se encuentra el consul Nordling con su capacidad de persuasión como única arma. No hay argumento al que no recurra ante el inflexible general alemán: la belleza de París, las miles de personas que morirán, la inutilidad militar de la destrucción, el recuerdo que quedará en la historia de Von Choltitz, la futura relación franco-alemana, la información privilegiada que posee, los valiosos contactos con la Resistencia…  Hay momentos en los que el general parece a punto de ordenar el arresto y fusilamiento inmediato del insistente cónsul, pero Nordling se ha convertido ya en la conciencia de Von Choltitz y ¿cómo fusila uno a su conciencia? La discusión avanza al tiempo que los asistentes tratan de restablecer la comunicación con el teniente Hegger, el único que puede apretar el botón que iniciará la voladura de París.

¿Por qué desobedece Von Choltitz a Hitler, según Diplomacia? Las pistas más visibles de la película son su disgusto con un régimen corrupto -el enfado con los SS que han venido a requisar obras de arte- y su propio  derrotismo: ha visto el rostro de la derrota en un Hitler babeante, parkinsoniano y deteriorado en su búnker de Rastenburg.

Hitler en Trocadero

Son sólo cuatro años, pero 1944 queda ya muy lejos de 1940, cuando el Führer se hacía fotos en Trocadero acompañado por el arquitecto Speer con la Torre Eiffel al fondo.

París no es ni Sebastopol ni Roterdam. París intimida. ¿Quién querría pasar a la historia el destructor de París?  “Cuando dentro de unos años vuelva como turista podrá decirse: yo salvé París”, le dice Nordling a Von Choltitz.

París pesa demasiado. Tal vez ése sea el argumento definitvo que recorre Diplomacia de principio a final y frena el ánimo de Von Choltitz en ese momento decisivo en la azotea del Hotel Meurice.

En su anotación sobre la liberación de París, Borges escribe: “Además, ¿no ha razonado Freud y no ha presentido Walt Whitman que los hombres gozan de poca información acerca de los móviles profundos de su conducta? Quizá, me dije, la magia de los símbolos París y liberación es tan poderosa que los partidarios de Hitler han olvidado que significan una derrota de sus armas”.

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Los auténticos Dietrich von Choltitz y Raoul Nordling

Hasta aquí los motivos que pone en juego por el ejercicio dialéctico que es Diplomacia. La historia pudo tener otras razones. No hay constancia de un  encuentro el 25 de mayo entre el general alemán y el cónsul sueco -aunque es cierto que ambos se habían reunido en días pasados para negociar una tregua y la liberación de prisioneros franceses. Tampoco está claro si París se salvó por una decisión de Von Choltitz o porque los alemanes fueron incapaces de llevar hasta el final el plan de destrucción.

La historia oficial dice que Eisenhower, comandante supremo aliado, no tenían ninguna prisa por liberar la capital francesa. Supondría un retraso de sus planes de persecución de los ejércitos alemanes y le desviaría del objetivo de establecer una cabeza de puente sobre el Rin antes del invierno. Fue De Gaulle quien ordenó a la División Leclerc la toma de París. Y así hicieron ocultándoselo incialmente a los americanos. De Gaulle temía que una insurrección de la resistencia comunista en la capital frustrara sus planes políticos. La liberación de París se convirtió así en una lucha por el futuro de Francia.

La 2ª División Blindada del general Leclerc despachó de avanzadilla a la novena compañía del III batallón, la famosa “Nueve”, en castellano, porque 146 de sus 160 hombres procedían del exilio español. Antiguos soldados republicanos, en su mayoría veteranos anarquistas, cuyo papel cada vez más se está viendo más reconocido.

Los republicanos españoles fueron los primeros en entrar por la Porte d’Italie de París a las 20:45 del 24 de agosto. De hecho, si nos fijamos en la foto de primera del diario Liberation del 25 de agosto, junto al líder de la Resistencia Bidault, aparece a la derecha el primer soldado “americano” -según titula erróneamente el  periódico-. Se trata de Amadeo Granell, teniente de “La Nueve”.

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Por lo que aquí nos concierne, otro español tuvo un papel también silenciado durante años en relación con Von Choltitz. Pasada la 1 de la tarde del 25 de agosto, los españoles de “La Nueve” tomaron el cuartel general alemán en el Hotel Meurice. Von Choltitz se rindió al extremeño Antonio Gutiérrez. Cuando le pidió entregarse a un oficial, como mandan las convenciones militares, Gutiérrez, que no entendió el francés del general, sólo acertó a responder: “Soy español”. Entonces apareció por allí el teniente Henri Karcher que pasaría a la historia como el hombre al que se entregó Von Choltitz y después el comandante Jean de la Horie ante el que se produjo la rendición oficial.

Cuentan que Von Choltitz, quizá en agradecimiento porque el soldado había respetado su vida en vez de liquidarle de inmediato, le regaló su reloj de pulsera al extremeño Gutiérrez. El reloj que marcó la cuenta atrás de una destrucción que nunca llegaría a producirse.

 

 

 

 

El día que estalló la I Guerra Mundial Adolf Hitler se arrodilló “y dio gracias al cielo con un corazón desbordante por permitirle la fortuna de vivir en estos tiempos”. El joven y fracasado Adolf encontraba su cita con el destino. Se acabaron los vaivenes de un albergue a otro, la venta de acuarelas por las calles… A sus 25 años, encontró en el ejército (bávaro) la orientación y el sentimiento de pertenencia que anhelaba. Nunca dejó de recordar aquellos días de sangre y fuego como lo mejor de su experiencia vital.

Que la Gran Guerra llevó a la II Guerra Mundial es una idea tan estereotipada que hace parecer inevitable el encadenamiento de ambos conflictos. Una simplificación que merecería matices porque ninguna de las dos guerras fue inevitable. De lo que no cabe duda es de que la experiencia de la primera forjó para bien o para mal el carácter de quienes vivieron ambos conflictos. “La guerra les cambió a ellos, ellos cambiaron el mundo”. Sobre este reclamo gira la miniserie The World Wars que ahora en España emite el Canal Historia bajo el título Un mundo en guerra.

Más detalles en este artículo de Jacinto Antón en elpais.com

En el documental, que cuenta con la presencia de historiadores de prestigio, se da carta de naturaleza a un relato de discutida verosimilitud pero de indudable atractivo para el espectador. La historia del soldado británico que tuvo a tiro al soldado Hitler y no disparó.

LA MEDALLA, LA PINTURA Y LA LEYENDA

Henry Tandey (1891-1977) fue el soldado británico más condecorado de la I Guerra Mundial. El 28 de septiembre de 1918 se ganó la más alta medalla militar británica por su “bravura e iniciativa” en la quinta batalla de Ypres. Después de los combates, cerca de Marcoing (norte de Francia), Tandey se habría cruzado con un soldado alemán herido, le habría tenido el punto de mira de su rifle y al final habría decidido no disparar. El alemán le habría devuelto un gesto de agradecimiento antes de alejarse y desaparecer. Supuestamente ese soldado era Adolf Hitler.

La historia circuló en los años 30 a partir de una visita del primer ministro británico Neville Chamberlain a Berghof, el “nido del águila”, la residencia de Hitler en los Alpes bávaros.

En el estudio de Hitler, Chamberlain  se fijó en una pintura sobre la batalla del cruce de Menin en 1914. En primer plano aparece un soldado, al parecer inspirado en Henry Tandey, que traslada a lugar seguro a un compañero herido. Hitler le contó a Chamberlain que ese soldado estuvo a punto de matarle.

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La pintura de los Green Howards con el supuesto Tandey acarreando a un herido

El recorrido del cuadro hasta el despacho del Führer resulta cuando menos enrevesado. Vayamos paso a paso.

Fue el regimiento de Tandey, los Green Howards, el que encargó la pintura al italiano Fortunino Matania en 1923.

Años después, en 1936, uno de los miembros del gabinete de Hitler, el doctor Otto Schwend, recibió de un amigo británico una postal que reproducía la pintura. El doctor Schwend había atendido al británico, el teniente coronel Earle, en un  puesto médico en el cruce de Menin en 1914, precisamente la localidad que reproduce el cuadro. Después de la Gran Guerra ambos mantuvieron el contacto.

Al ver la imagen, Hitler habría reconocido al soldado con el que se habría cruzado en 1918. El doctor Schwend solicitó una gran foto de la pintura y un asistente de Hitler se lo agradeció al regimiento de los Green Howards cuyo museo conserva la carta:

“Quiero agradecerles su amable regalo que ha llegado a Berlín gracias a los buenos oficio del doctor Schwend. Naturalmente el Führer está muy interesado en todo lo que tiene que ver con su experiencia en la guerra y se sintió emocionado cuando le mostré la fotografía… Me pide que les dé  las gracias por su amable regalo tan lleno de recuerdos”.

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El primer ministro británico Chamberlain con Hitler en 1938

Esta carta es uno de los escasos detalles confirmados de esta historia. Se conserva en el museo. El resto entra en el terreno de lo dudoso y lo imposible.

Dudoso que Hitler pudiera reconocer en el cuadro la cara del soldado Tandey. El Tandey de 1918 con el que se habría cruzado Hitler había sido herido en la batalla y su aspecto, cubierto de barro y sangre, sería mucho más desaliñado que el supuesto Tandey que aparece en la escena pintada de 1914.

Imposible porque diez días antes del supuesto encuentro, la unidad de Hitler se había trasladado 80 kilómetros al norte de Marcoing, cerca de Cambrai, donde se encontraba el regimiento de Tandey.

La fecha tampoco concuerda. El cruce entre Hitler y Tandey se habría producido el 28 de septiembre, pero los archivos bávaros muestran que Hitler estuvo de permiso entre el 25 y el 27 de septiembre.

“Eso significa que Hitler o bien estaba de permiso o estaba regresando del permiso o estaba con su regimiento 80 kilómetros al norte de Marcoing”, dice el biografo de Tandey.

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Hitler, a la derecha, en la I Guerra Mundial

Una estrategia recurrente para hacer pasar por verdad una mentira suele consistir en adornar el relato con gran abundancia de pequeños detalles en el relato. Y detalles no faltan:

En 1938, cuando Chamberlein visita a Hitler en su refugio alpino, el Führer alemán le habría comentado: “Ese hombre estuvo tan cerca de matarme que pensé que nunca volvería a ver Alemania… La providencia me salvó del fuego endiabladamente preciso que nos lanzaban esos chicos ingleses”.

Chamberlain habría llamado a Tandey para contarle la historia, pero le pilló fuera de casa y un sobrino de nueve años respondió a la llamada. No hay ni una sola nota en los papeles de Chamberlain -ni en sus diarios ni en sus detalladas cartas- sobre esta llamada o sobre la historia de Tandey. Item más: en los archivos de la compañía telefónica no figura ningún teléfono en la casa de Tandey en Coventry en 1938.

¿De dónde salió entonces la historia?

El biógrafo de Tandey la atribuye a un comentario en una celebración de su regimiento en 1938. Un oficial la habría escuchado de boca de Chamberlain. El propio Tandey nunca estuvo muy seguro. Sí, admitía que en la batalla del 28 de septiembre dejo escapar vivos a soldados enemigos, pero no podía ir mucho más allá.

“Dicen que me crucé con Adolf Hitler. Quizá tengan razón, pero yo no lo recuerdo”, comentó en 1939 al Coventry Herald.

Un año después cuando su casa, como gran parte de Coventry, había sido destruida por los bombardeos alemanes, Tandey habría lamentado no cargarse a Hitler. “Si hubiera sabido en lo que se convertiría”, cuentan que dijo.

El resto del trabajo lo hicieron los periódicos: “nada de lo que Henry hizo aquella noche aminoró su sentimiento de culpa”, “fue un estigma con el que Tandey vivió hasta su muerte”, “Él podía haber detenido todo esto, podía haber cambiado el curso de la historia”.

¿No resultaba extraordinaria la coincidencia? ¿que el soldado británico más condecorado de la I Guerra Mundial hubiera dejado escapar vivo a Adolf Hitler?

El relato no es otra cosa que un subproducto cuyo origen quizá haya que buscarlo más bien por los caminos de la psicología en los delirios mesiánicos del líder nazi.  Desde el fallido atentado de la cervecería de Munich hasta el de Stauffenberg el 20 de julio de 1944 en la Guarida del Lobo, Hitler se creyó protegido por la providencia.

Qué el mejor de los soldados británicos lo tuviera a tiro pero fuera incapaz de disparar y bajara su fusil encajaba en el relato mítico que Hitler construyó sobre sí mismo. La providencia le reservaba un destino grande, mucho más grande, y wagneriano que la muerte a los 29 años como un simple cabo desconocido en los embarrados campos de Flandes.

Y sin salirnos de la psicología (social, en este caso), no es irrelevante que la mentira cobrara vida propia impulsada por el irrestible atractivo de la historia virtual (¿y si Tandey hubiese disparado?) en un momento de máxima angustia de los británicos ante la amenaza nazi.