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revolución en rojo

Si hay un episodio de la Revolución rusa que encaja en las divagaciones de este blog aficionado a los cruces del azar y la confusión en el camino de la historia, ese asunto es el caso Kornílov del que se cumplen 100 años a finales de agosto. ¿Qué ocurrió realmente? Pocos discrepan de los hechos y, sin embargo, desde el primer momento las interpretaciones se abrieron a todo un campo de teorías alternativas. El affaire Kornílov ¿fue una intentona golpista? ¿una trampa? ¿una invención de Kerenski? ¿Un malentendido?

Por muy divergentes que sean las interpretaciones la unanimidad es total en un punto: el caso Kornilov debilitó de forma irremisible el Gobierno provisional y allanó el camino para la llegada de los bolcheviques al poder. Lenin y la historiografía soviética siempre lo explicaron como un golpe reaccionario de manual. La previsible reacción de las clases contrarrevolucionarias ante la ineluctable marcha de la historia hacia la dictadura del proletariado. Frente al determinismo histórico, la ambigüedad el caso deja espacio a enfoques personalistas -¿habría cambiado la historia del siglo XX si Kerenski y Kornílov se hubieran entendido?- y se nos presenta como una lección sobre las limitaciones y las consecuencias imprevistas de la acción en política: si Kerenski pretendía reforzarse denunciando el “golpe” de Kornílov, el resultado fue justo el contrario. Los bolcheviques le barrieron de la historia.

LAVR KORNÍLOV, SOLDADO DEL IMPERIO

Kornilov posando 1916

El general Lavr Gueorguievich Kornílov vino al mundo en la Siberia profunda en 1870. Ojos rasgados, corto de estatura, porte erguido y fisonomía mongola, Kornilov presumía de sangre cosaca y ancestros campesinos. La vasta frontera asiática del imperio fue su primer destino militar. Una profunda inmersión en las lenguas y costumbres turcas le sirvió para escribir un libro exploratorio del Turquestán oriental. De aquel tiempo data su colorida guardia personal reclutada entre los guerreros turcómanos de Tekke. Le tenían por un “Gran Boyardo” y le siguieron hasta sus últimos días.

La obtención de unos documentos cruciales durante la revuelta de los pastunes en Afganistán (1897) permitieron al capitán Kornílov cobrar cierta fama en tiempos de aquel Gran Juego que rusos y británicos disputaban en Asia Central. Después de la debacle rusa ante Japón (1905), ejerció como agregado militar en China, comandante del distrito militar de Varsovia y brigadier en Valdivostok.

Al estallar la Primera Guerra Mundial (1914) marchó con su unidad al frente de los Cárpatos. “El general Kornílov nunca descuidó su división”, escribió años después su superior, el general Brusilov. “Sufrió cuantiosas bajas, pero nunca dejó el frente. Soldados y oficiales le amaban porque confiaba en ellos”. Sus camaradas de armas le tenían por un guerrero de valentía legendaria y absoluta simplicidad. “Un corazón de león y un cerebro de oveja”, en palabras del general Alexeiev.

En 1915, un impetuoso contraataque hizo caer toda su división ante el ejército austrohúngaro. Se rindió cuando sólo le quedaban cinco cañones. Un año después su fuga de una prisión austriaca lo elevó al estatus de celebridad nacional. A su regreso a la patria, en vez de enfrentarse a un consejo de guerra por perder una división, se encontró con un recibimiento de héroe.

Cuando la revolución de febrero de 1917 derrocó al zar, Kornílov se hizo cargo del distrito militar de Petrogrado (San Petersburgo), entonces capital de todas las Rusias. No soportó mucho tiempo la indisciplina que los aires revolucionarios trajeron a la guarnición. El Soviet de los Diputados de Obreros y Soldados, el Soviet de Petrogrado, acababa de aprobar su célebre Órden número 1: sólo el Soviet tenía autoridad sobre las tropas revolucionarias y su traslado al frente. Intolerable para creyente en la firme disciplina militar como Kornílov. Solicitó el traslado y el gobierno le puso al frente del VIII Ejército.

LOS DÍAS DE JULIO Y EL ERROR BOLCHEVIQUE

Julio de 1917. El Gobierno provisional de la Rusia postzarista no solo asiste al fracaso de una nueva ofensiva en la guerra, también se enfrenta a una amplia revuelta de la soldadesca en Petrogrado. Acantonados en la capital, hay un cuarto de millón de soldados. Los rumores sobre un próximo traslado al frente han sacado a la calle a la tropa del I Regimiento de Ametralladoras. Se les suman marineros de Kronstadt y obreros de Putilov. Alentados por los bolcheviques avanzan por la perspectiva Nevski exigiendo todo el poder para los soviets. “Si Lenin y Trotski quieren tomar Petrogrado, no hay nada que pueda detenerlos”, advertía días atrás un periodista al nuevo embajador francés. Pero sobra improvisación y falta dirección. Bajo el balcón de la mansión Kshesinskaia, los marineros de Kronstadt esperan instrucciones de Lenin. Cuando el líder bolchevique se asoma a regañadientes, pronuncia un discurso breve y ambiguo. Pasan las horas. Nadie sabe qué hacer. Cincuenta mil hombres armados rodean el palacio de Táuride. Dentro apenas dieciocho soldados defienden la Duma y el Gobierno provisional. Al final consiguen milagrosamente sofocar la revuelta. Poco a poco los amotinados se disuelven al leer las octavillas que acusan a los bolcheviques de ser agentes alemanes y al chocar con los refuerzos leales al Gobierno. Hasta la lluvia contribuye a dispersar la multitud y apaciguar los ánimos. El día siguiente la ciudad amanece en calma.

En aquellos Días de Julio a Lenin le tiemblan las piernas. No esta seguro de que sea el momento oportuno. Teme que la ola reaccionaria de las provincias arrase la revolución en Petrogrado como ocurrió en la Comuna de París (1870).

Los bolcheviques salen muy tocados del putsch. El Gobierno ordena la detención de sus líderes y desmantela sus periódicos. “Ahora van a fusilarnos, es el momento más ventajoso para ellos”, le dice Lenin a Troski. Huye a Finlandia. No volverá hasta octubre. Y entonces no vacilará. La resurrección le llegará de forma inesperada gracias al fiasco Kerenski-Kornílov.

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Tropas del Gobierno abren fuego contra los bolcheviques (julio, 1917)

UN GENERAL EN UN CABALLO BLANCO

Fracasada la revuelta bolchevique de julio, el premier y ministro de Defensa, Alexander Kerenski, entrega el mando supremo del ejército ruso a Lavr Kornílov. Kerenski juega al equilibrismo entre derecha e izquierda y cree que Kornílov le puede resultar útil. En la decisión pesa el consejo de un confidente del primer ministro, Boris Savinkov, viceministro de la Guerra. No será su única intervención en todo este asunto. Personaje convincente, por lo que parece, el tal Savinkov. En los años prerrevolucionarios, el escritor Somerset Maugham quedó fascinado cuando se cruzó en París con este poeta, aventurero, y terrorista legendario -participó en algunos de los atentados más sonados contra la dirigencia zarista-. A Winston Churchill le bastó un breve encuentro para considerarlo como “uno de los hombres vivos más interesantes”. Ahora, en la Rusia del 17, el viceministro Savinkov confía en la alquimia de estos dos elementos extraños, Kerenski y Kornilov, para restaurar el orden y afianzar la revolución de febrero.

Ya escribíó Marx en el 18 de Brumario que la historia de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos y es precisamente en épocas de crisis revolucionaria cuando estos “conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado para representar la nueva escena de la historia universal”. Si Lenin teme que la Revolución rusa acabe como la Comuna de París, Kerenski y Kornílov fantasean con emular a Bonaparte. Pero cada uno por separado.

Antes de aceptar el cargo, Lavr Kornílov -militar de una pieza carente cualquier habilidad política- exige unas condiciones que Kerenski no puede asumir sin suscitar la hostilidad del Soviet y de la izquierda gubernamental. Petrogrado vive en la diarquía. El Gobierno tiene el poder institucional pero el poder en la calle está en manos del Soviet de obreros y soldados. Difícil hacer algo sin su consentimiento. El hamletiano primer ministro tiene un estrecho margen de maniobra. Kerenski se toma las condiciones de Kornílov -poderes militares absolutos, restauración de la pena de muerte en la retaguardia, responsabilidad sólo ante su conciencia y el pueblo…-  como un reflejo de la ingenuidad política del general. Tampoco le quedan mejores opciones militares. El 24 de julio, Kornílov cree garantizadas sus condiciones y asume el mando.

15 días después el general, impaciente ante el retraso de su plan, decide actuar por su cuenta. El 7 de agosto da la orden de trasladar al 3er Cuerpo de Caballería del general Krimov desde Rumanía hasta Velikiye Luki, punto equidistante de Moscú y Petrogrado. El 3er Cuerpo cuenta con dos divisiones de cosacos y la llamada División Salvaje que se nutre de nativos de tribus siberianas. Kornílov no oculta que se trata de un movimiento preventivo para reprimir una nueva intentona bolchevique en Moscú o Petrogrado. Insiste a sus cercanos en que los soldados no irán contra el Gobierno provisional, pero actuarán sin su consentimiento si fuera necesario. No tiene en muy alta estima al “débil y afeminado” Kerenski. En la capital, el Soviet recela del despliegue de esta fuerza militar en una región alejada del frente. Temen que se lance contra Petrogrado. Los líderes de la derecha que desaprueban al vacilante primer ministro ponen en Kornílov sus esperanzas y peregrinan a su cuartel general en Moguilev. “En esta hora amenazadora de suprema tribulación, todos los pensamientos de Rusia se vuelven hacia ti con fe y esperanza”, le telegrafía el conservador Rodzianko. Las cartas están sobre la mesa, el juego, a punto de empezar.

Kornilov a caballo

El 14 de agosto Kornilov hace una espectacular aparición en la gran conferencia de estado que Kerenski ha convocado en Moscú para fortalecerse. En la estación Alexandrovsky, las señoritas de buena clase le lanzan flores, la condesa Morozowa se arrodilla ante él y el kadete Rodichev le pide que salve Rusia. A su entrada en el teatro Bolshoi, los delegados conservadores le ovacionan mientras reciben en silencio al primer ministro. Kerenski se convence: la amenaza viene por la derecha.

Durante su intervención, Korníov no va más allá de un discurso seco con la disciplina como único argumento. Las palabras no son lo suyo. Pero es Kerenski, célebre por su oratoria, quien sale peor parado. Se pierde en un discurso largo y farragoso. Cuando hace una pausa para recuperar el resuello, sus simpatizantes se lanzan a aplaudir. Quieren salvarle del trance. Kerenski se sienta sin terminar la frase. La conferencia se clausura con el hundimiento moral del primer ministro. La división entre derecha e izquierda ya es irreconciliable. Fuera, los bolcheviques, que han boicoteado el evento, ven día a día cómo se acrecienta su militancia.

¿GOLPE O ENGAÑO?

A mediados de julio los alemanes toman Riga. A la amenaza prusiana se suman rumores de un nuevo golpe bolchevique para principios de septiembre. Kerenski despacha a su viceministro Savinkov a ver a Kornílov en el Cuartel General de Moguilev (actual Bielorrusia). El primer ministro quiere que envíe un cuerpo de caballería a Petrogrado para colocarlo bajo el mando del Gobierno. No debe dirigirlo Krimov ni incluir la División Salvaje. ¿Le tiende una trampa? Por ahí discurre una de las interpretaciones del caso: el objetivo de la orden de Kerenski no serían los bolcheviques sino el propio Kornílov. Si es así, el general pica el anzuelo. El envío de las tropas dará pie a la acusación de traición. La orden escrita de Korníov a Krimov -en este punto no hace caso a Keresnki- establece que su misión es aplastar un levantamiento bolchevique, ocupar la ciudad, desarmar a la guarnición de la capital, a los marineros de Kronstadt y dispersar el Soviet. ¿Pensaba aprovechar la ocasión para derribar el Gobierno? Por ahí se mueve otra de las interpretaciones. Hay una más: el malentendido.

En esos días entra en escena un personaje secundario con efectos de largo alcance en la trama de esta historia. Vladimir Nikolaievich Livov, 45 años, heredero de una familia terrateniente, exprocurador del Santo Sínodo, diputado de la Duma. Lvov se acerca a Kerenski como una figura con importantes conexiones. Ha oído rumores de un golpe para convertir en dictador a Kornílov, le dice. Kerenski piensa en utilizarle para averiguar si en el Cuartel General de Moguilev hay una conspiración en marcha. No lo envía su nombre a negociar con al general -escribio después-, pero así es como se presenta ante Korníov. El general ni siquiera le pide sus credenciales. Después de charlas sobre la reorganización del Gobierno, el intrigante diputado le hace una serie de propuestas, al parecer de cosecha propia. El general infiere que Kerenski le está ofreciendo convertirse en dictador: “No ansía el poder, pero si se le pide que asuma la máxima responsabilidad, como sugiere Lvov, no la rechazará”, escribe el historiador Richard Pipes al citar la versión de Lvov.

A la ambigüedad -buscada o no- de Kerenski y Kornílov basta añadirle la afición de Lvov a inventar propuestas y distorsionar mensajes para que esta historia derive en “una comedia de errores de consecuencias trágicas”, en palabras del mismo Pipes.

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El exterrorista y viceministro de la Guerra Boris Savinkov y el diputado V. N. Lvov

Todo se precipita el 26 de agosto. De vuelta al Palacio de Invierno, Lvov le dice a Kerenski que el generalísimo exige poderes dictatoriales. Kerenski se lo toma a broma, pero tampoco pide más precisiones. ¿De verdad se toma en serio a un personaje como Lvov? ¿O más bien decide aprovechar la ocasión para deshacerse de Kornílov? “Mientras todo siga tan vago”, interpreta el historiador Orlando Figes, “podía tener éxito en presentar a Kornílov como un traidor que conspiraba contra el Gobierno… Su fortuna política se revitalizaría en la medida en que la revolución se aglutinaría en torno a él para derrotar a su rival”. ¿Un golpe, una trampa o un malentendido?

Esa noche se pone en contacto con el general a través de la máquina Hughes -un modelo arcaico de teletipo-. “Esperaba o una confirmación del ultimátum que le trae Lvov o una negativa rotunda”, escribirá después. Kerenski le pide a Kornílov que le confirme “la decisión definitiva que debe tomarse”. Kornilov le confirma que sí, que ha pedido a Lvov que el primer ministro viaje a Moguilev. Ni uno deja claro qué está preguntando, ni el otro sabe qué está respondiendo. Un diálogo de besugos que Kerenski se toma como una prueba de que quiere detenerle y hacerse con el Gobierno. El primer ministro actúa con rapidez. Convoca el Gabinete a medianoche, presenta la “conspiración contrarrevolucionaria” y obtiene, él sí, plena autoridad para ocuparse de la emergencia. Comunica a Kornílov su destitución inmediata. A las cuatro de la madrugada se retira a su dormitorio en el Palacio de Invierno. Pero la excitación no le deja dormir. Lvov, bajo custodia en la habitación contigua, le escucha toda la noche caminar de un lado a otro mientras canta arias de ópera.

¿Qué está pasando?, se pregunta Kornílov. Acaba de despedirse por teletipo de Kerenski con un “hasta pronto” y unas horas después le llega un telegrama con su cese. Firmada, además, por un escueto “Kerenski”. Extraño. Sólo el Gabinete como tal está capacitado para tomar esa decisión. Kornílov se niega a dimitir. Sospecha que Kerenski es rehén de los bolcheviques. Ordena a la caballería de Krimov avanzar sobre Petrogrado. Más adelante se lo comunica al ministro Savinkov. Las tropas llegarán a Petrogrado el 28 de agosto. ¿Golpe, trampa, malentendido? Quienes aceptan la versión de Kornilov se preguntan si un golpista avisaría la Gobierno de sus intenciones. En un último intento de aclarar el malentendido, Savinkov y Kornilov se ponen en contacto. El general le dice que está siguiendo las instrucciones del Gobierno provisional. Demasiado tarde. En la prensa de la mañana del 27 ya aparece la nota de Kerenski denunciando la “traición” y destitución del comandante en jefe del ejército ruso.

Kornílov enfurece. Que lo acusen de traición toca su fibra patriótica. Replica con un mensaje a todos los comandantes del frente en el que acusa al Gobierno provisional de actuar bajo la presión de la mayoría bolchevique del Soviet y en connivencia con el estado mayor alemán. La rebelión de Kornílov es, ahora sí, una realidad. Pero se queda solo. Nadie le sigue. Ni la mayoría de la oficialidad ni los políticos conservadores que le halagaban hasta antes de ayer. Una prueba más de que no existía una conjura golpista, argumentan los historiadores que absuelven a Kornílov y condenan a Kerenski. Hay más pruebas, dicen: el telegrama de Kerenski a Krimov el 29 de agosto: “Calma en Petrogrado. No se esperan disturbios. No se necesitan sus tropas. El Gobierno Provisional le ordena detener su avance”. Demuestra, dicen los kornilovistas, que Kerenski sabía muy bien que el avance de Krimov era para sofocar un levantamiento bolchevique, no para derribar el Gobierno provisional.

soldados blocheviques en petrogrado
Soldados bolcheviques, prestos a defender la Revolución en Petrogrado

En cualquier caso, las fuerzas que se acercan a Petrogrado sufren de la misma debilidad que impregna el ejército ruso. Tal vez algunos oficiales estén dispuestos a seguir a Kornilov, pero no la tropa. La historia soviética resalta que los heroicos soldados de ferrocarriles salieron desde Petrogrado, confraternizaron con la caballería de Krimov y desactivaron la amenaza. Otros historiadores subrayan que es el general Krimov quien detiene el avance. No son versiones incompatibles. Lo cierto es que no se derrama ni una gota de sangre. Salvo la del propio Krimov. Cuando llega a Petrogrado, mantiene una intensa discusión con Kerenski. Nunca había sido su intención rebelarse, protesta el general. Kerenski lo despide con la orden de presentarse ante la corte marcial. Krimov, hundido, se va al piso de un amigo y se dispara en el corazón. 31 de agosto de 1917. El conato de rebelión -virtual o real- ha terminado.

kerenski en despacho
Alexander Kerenski, sentado en su gabinete, junto a dos colaboradores

Si Kerenski pensó que el caso Kornílov le iba a servir para recuperar su autoridad como salvador de la revolución, las cosas no le pudieron salir peor. “El prestigio de Kerenski y del Gobierno provisional se vio completamente destruido por el asunto Kornilov”, escribiría años después la mujer de Kerenski. Se enajenó definitivamente a la derecha y no amplió su respaldo en la izquierda. Los bolcheviques lanzaron una campaña denunciando su complicidad con Kornílov. Un primer ministro fantasma. “Más allá de los pasillos del Palacio de Invierno, todos los decretos de Kerenski fueron ignorados”, escribe Figes. “Existía un vacío de poder; sólo era cuestión de esperar a ver quién se atrevería a llenarlo”.

Lenin, Trotski y los bolcheviques. El caso Kornílov les rehabilitó, reforzó y puso en sus manos el Soviet de Petrogrado. Ironías de la historia: Kerenski les había armado para hacer frente al golpe; las mismas armas sirvieron semanas después para derribar su Gobierno. Esta vez, nada de marchas desorganizadas como en julio. Los bolcheviques inauguraron la nueva técnica del golpe de estado: apoderarse de los centros neurálgicos del Gobierno. En la noche del 25 de octubre, las mujeres del Batallón Femenino de la Muerte fueron las últimas defensoras del Palacio de Invierno frente al asalto final bolchevique. Cuando cesaron los disparos, las bajas no pasaban de cinco muertos y varios heridos. Por decirlo con una expresión leninista, la toma del poder fue tan sencilla “como levantar una pluma del suelo”.

lenin llega a petrogrado

EPÍLOGO: ¿QUÉ FUE DE LOS PROTAGONISTAS DEL CASO?

Lavr Kornílov:

Después de la Revolución de octubre escapó de la fortaleza donde vivía bajo un benevolente arresto rodeado de su guardia turcómana, llegó al Don y fundó el Ejército Voluntario, el cuerpo más aguerrido de los generales blancos en la guerra civil. “Cuanto mayor sea el terror, mayores serán nuestras victorias”. Amenazó con alcanzar sus objetivos aun a costa de “pegar fuego a la mitad de el país y derramar la sangre de tres cuartas partes de todos los rusos”. A principios de 1918 sus tropas escaparon al Ejército Rojo con la épica “marcha sobre el hielo” hacia Kuban. En las primeras horas del 13 de abril, un proyectil soviético destruyó la granja en la que había instalado su cuartel general. Tenía 48 años. Días después llegaron los bolcheviques, desenterraron su cadáver, lo arrastraron hasta la plaza y quemaron sus restos en un vertedero.

Alexander Kerenski:

Tenía tan sólo 36 años cuando huyó del Palacio de Invierno -la falsa leyenda dice que vestido de mujer-. Intentó organizar un contragolpe y, derrotado, se exilió primero en Francia y luego en Estados Unidos. No tomó partido en la guerra civil entre rojos y blancos. Pasó el resto de su vida reivindicando su papel. Figes desprecia sus memorias por “mendaces”. Precisamente en su primer libro, El caso Kornílov. Preludio del bolchevismo, (Londres, 1919) explica su versión de esta historia. Murió en Nueva York en 1970 al borde de los 90 años. Ninguna iglesia ortodoxa aceptó darle tierra en un camposanto por masón. Está enterrado en el cementerio civil de Putney, en Londres.

Boris Savinkov:

Dimitió por el caso Kornílov y fue expulsado del Partido Socialista Revolucionario. Después de octubre se dedicó a combatir el bolchevismo con el mismo celo que había empleado contra el zarismo. También dio muy pronto su propia versión del caso Kornílov. En K Delu Kornilova (París, 1919) salió en apoyo del general. ¿Por complicidad? En 1925 le tendieron una trampa para que regresara a la URSS. Fue detenido y condenado a muerte, pena conmutada por 10 años de prisión. Durante su encarcelamiento se dedicó a escribir historias sarcásticas de los émigrés rusos que se publicaron en Moscú. Según el NKVD, el 7 de mayo de 1925 se “suicidó” al lanzarse por una ventana de la prisión Lubianka moscovita.

Vladimir Nikolaievich Lvov:

Después de la revolución de octubre, el extravagante V. N. Lvov se involucró en el movimiento renovador de la iglesia ortodoxa. Abogó por la purga de sus elementos contrarrevolucionarios. Otras versiones mencionan una etapa oscura en el París de los émigrés rusos. Cuentan que acabó de mendigo durmiendo bajo un puente del Sena. A quien le quisiera escuchar, le contaba su sensacional y decisiva intervención en la Revolución rusa. Murió en Tomsk, Rusia, en 1930.

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Batalla del Marne, 1914. Llegando a la guerra en taxi (coches del fondo)

“Quiconque aujourd’hui réfléchit sur les guerres et sur la stratègie, élève une barrière entre son intelligence et son humanité”.
Raymond Aron, Penser la Guerre, Clausewitz
(“Quien quiera que hoy en día reflexione sobre la guerra y la estrategia eleva una barrera entre su inteligencia y su humanidad”)

1-LA MISIÓN DEL TENIENTE CORONEL RICHARD HENTSCH

El 8 de septiembre de 1914, a las 10 de la mañana, dos coches parten del Cuartel General del Mando Supremo del Ejército Alemán que dirige la guerra desde Luxemburgo. A bordo viajan el jefe de la sección de Inteligencia del Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch, acompañado por dos capitanes y un conductor. Les sigue un coche de reserva.

La misión de Hentsch durará tan solo dos días pero las repercusiones de su gira por el frente alemán serán motivo de controversia durante cien años. Hentsch debía valorar, informar y trasladar las instrucciones del Mando Supremo a los jefes militares que dirigían sobre el terreno la ofensiva contra Francia.

Aquel 8 de septiembre el ala derecha del ejército alemán combate desde París a Verdún en un frente de 250 kilómetros. La línea de avance germano forma un saliente que se asemeja a un arco apuntado al sur y cuya cuerda fuera el curso del río Marne, tributario del Sena.

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El frente del Marne el 9 de septiembre

Elementos del Primer Ejército Alemán ocupan posiciones a tan sólo 30 kilómetros de París. Con el enemigo a las puertas, la capital se vacía. La inminente llegada de los prusianos ha caído como una bomba. Durante semanas a la población se le han ocultado los reveses del ejército francés. Ávidos de noticias (cuentan que André Gide compraba hasta nueve periódicos diarios), los parisinos llevan varios días leyendo el mismo titular: “Les forts de Liège tiennent toujours”, “los fuertes de Lieja resisten”. Y cuando creían a los alemanes aún en Bélgica, descubren con espanto que ya han cruzado el río Somme.

La situación del frente es tan precaria que hace seis días el gobierno francés abandonó la capital rumbo a Burdeos. Ahora miles de refugiados siguen sus pasos. Trenes atestados, viajes tortuosos e interminables. En la estación de Austerlitz “el inmenso patio que está a la entrada ofrece el más extraño y miserable aspecto”, escribe en su diario de estudiante en París Agustí Calvet, Gaziel, futuro director de La Vanguardia. “Centenares, millares de fugitivos del norte de Francia y del propio París, tendidos por el suelo, acurrucados en los rincones, apiñados, confundidos, esperan la salida de un solo tren. Se oyen gritos estridentes de los que se extravían entre la multitud compacta; hay niños llorando porque sus padres les han dejado un instante para ir a recoger noticias y se han alarmado al verse solos en medio de aquella confusión inmensa”.

 

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Refugiados belgas huyendo de los alemanes, agosto 1914

La defensa de París ha quedado a cargo del gobernador militar, el general Joseph Galliéni, héroe de las guerras coloniales francesas. Pese a su edad, 65 años – ésta fue una guerra de generales sesentones, Maunoury, 67; Moltke, 66; Joffre, 62; Hindenburg, 67; Kluck, 68; Bülow, 68…-, el enjuto Galliéni exuda energía. No pierde un minuto. Rápidamente se pone a organizar la defensa de la ciudad, una de las pocas capitales de Europa aún fortificadas. Entre los planes de contingencia, volar los puentes del Sena e incluso la torre Eiffel (que actúa como emisora de radio). A los defensores se suma desde la reserva como teniente coronel de artillería el rehabilitado Alfred Dreyfuss, antaño protagonista desgraciado de la causa de falso espionaje militar más célebre de Francia.

“París es una expresión geográfica”, sostiene Joffre. El general en jefe de los ejércitos franceses resta importancia a la posible caída de la capital. Los alemanes piensan lo mismo. El objetivo que persiguen no es la toma de París sino la derrota y rendición del ejército enemigo. Vienen desde Bélgica pisando los talones a los franceses que, por ahora, han conseguido escapar al cerco. Los últimos días de agosto pasarán a la historia como los de la Gran Retirada. Un millón de soldados franceses y sus aliados británicos de la BEF (British Expeditionary Force) reculan en dirección sur.

En esos primeros días de septiembre, el káiser Guillermo II está exultante: “Ya hemos llegado al día 35. Rodeamos Reims y estamos a 50 kilómetros de París”. El día 35 es el día 35 a contar desde la movilización del 2 de agosto. Según el plan militar alemán, el famoso plan Schlieffen, entre el día 31 después de la movilización y el día 40 debía desatarse la batalla decisiva que acabaría la guerra en el frente occidental. Un pronóstico compartido por los franceses. Gaziel también recuerda cómo los diarios de París especulaban un día sí y otro también con esa “gran batalla decisiva” que debía sellar el destino de la guerra.

Y, sin embargo, el 9 de septiembre, sin que mediara una derrota, los soldados alemanes inician una inesperada retirada hasta el río Aisne. Después de un mes de combates, de un mes de marchas agotadoras, de un mes de conquistas pagadas al más alto precio,  empiezan a cavar las trincheras a lo largo de un frente que permanecerá básicamente estable a lo largo de cuatro años. Tan estable que el Marne da nombre a dos batallas separadas por los cuatro años que pasaron entre el principio y el final de la guerra. La de septiembre del 1914 –que relatamos aquí- y otra, la Segunda Batalla del Marne, entre julio y septiembre de 1918.

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Caídos alemanes en el Marne

Si la Primera Guerra Mundial fue el acontecimiento que definió el siglo XX, la batalla del Marne fue su momento decisivo. Los alemanes perdieron su oportunidad. Los franceses recuperaron el aliento. La guerra de maniobra se transformó en guerra de desgaste. La batalla del Marne cambió el curso de la guerra y marcó el destino del siglo más sangriento en Europa.

“Lo más interesante de la Gran Guerra, hay que buscarlo en los primeros meses”, escribió Winston Churchill. “El avance de fuerzas gigantescas, las incertidumbres sobre su despliegue y enfrentamiento y el papel veleidoso del azar hicieron de la primera colisión un drama nunca superado”.

Un siglo después de la Primera Guerra Mundial, la batalla del Marne no suele ser tan citada como el Somme, Verdún, Ypres, Tannenberg o Gallipoli. Del “miracle de la Marne” se recuerda la requisa de los taxis de París para enviar tropas de refuerzo al frente. Pero más allá de este episodio colorido, ingenioso y de dudosa relevancia militar, el Marne resulta interesante por razones más abstractas.

No sólo fue un punto de inflexión en el conflicto que acababa de estallar, también entraron en juego factores que hacen del relato del Marne -de sus antecedentes, de su desenlace- un compendio de las variables de la guerra. Ni una victoria aplastante, ni una derrota sin paliativos. La batalla del Marne resulta tan “imperfecta” como fascinante. Puro drama. El azar y la necesidad, la volatilidad de los planes militares, la “fricción” y la “niebla de la guerra” de Clausewitz, la audacia de algunos comandantes, el sufrimiento de los soldados, el liderazgo (o su carencia) de un puñado de generales, el horror y la sangría de miles de jóvenes en una escala desconocida hasta entonces…

El historiador Holger Herwig valora el Marne como “la batalla terrestre más significativa del siglo XX y la más decisiva desde Waterloo”. El británico John Keegan califica la decisión que tomaron los alemanes en esos días de septiembre de 1914 como “la más importante entre la movilización y el armisticio de noviembre de 1918”. El arriesgado plan alemán para obtener una rápida y decisiva victoria en el frente occidental se fue al basurero de los grandes fracasos militares.

Que en todo esto fuera determinante el papel de un simple teniente coronel, el tal Richard Hentsch, ha sumido en la perplejidad a historiadores y militares durante un siglo. Max Hastings ha escrito recientemente que la misión de Hentsch fue “la manifestación más radical de autoridad delegada en la historia militar”.

 

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El teniente coronel Richard Hentsch

En la posguerra, el jefe de Estado Mayor del Ejército de EEUU, Peyton C. March, se mostró sorprendido de que los más altos generales del ejército alemán hubieran obedecido a un “teniente coronel perfectamente desconocido… que se excedió ampliamente en su autoridad“. Propuso, con ironía, que los aliados levantaran un monumento en honor a Hentsch.

Incluso 50 años después, un antiguo mando del ejército alemán, testigo en primera línea de las decisiones en el Marne, escribió: “Si el pesimista teniente coronel Hentsch se hubiera estampado contra un árbol en algún punto de su viaje del 8 de septiembre o si le hubiera pegado un tiro un soldado francés rezagado, habríamos obtenido un alto el fuego dos semanas después y alcanzado una paz en la que podríamos haber pedido de todo”.

Medio siglo después aún persistía el mito: Hentsch, el mensajero de la derrota. ¿O el chivo expiatorio? La realidad –suele suceder- fue mucho más compleja.

 

2-EL PLAN SCHLIEFFEN

Kein Plan überlebt die erste Feindberührung”.
(“Ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo”)
Helmut von Moltke, el mayor

La geografía es el destino. Desde la fundación del II Imperio Alemán en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles el 18 de enero de 1871, la nueva y pujante Alemania pesaba demasiado en Europa. Como los grandes cuerpos celestes deforman el espacio que les rodea y crean el efecto gravitatorio, la unificación alemana rompía equilibrios y suscitaba recelos a su alrededor. Berlín no sólo temía la revancha francesa por la humillación de Sedán (1870), también una guerra simultánea en dos frentes, contra Francia en el oeste y Rusia en el este.

Imperio alemán versalles
Fundación del II Imperio Alemán en Versalles

El vencedor de Sedán, Helmut von Moltke, el mayor (no confundir con su sobrino del mismo nombre, jefe de los ejércitos del káiser en 1914 y protagonista destacado del Marne) respondió con inesperado realismo a este desafío estratégico. El mismo año de su aplastante victoria sobre los franceses llegó a la conclusión de que la guerra, como recurso político, ya no era una opción viable para su país.

“No cabe esperar que Alemania se libre de un enemigo con una ofensiva rápida y victoriosa en el oeste, para luego volverse contra el otro enemigo. Acabamos de ver lo que ha costado concluir incluso una guerra victoriosa contra Francia”, escribió en el plan de operaciones de abril de 1871.

Ante la eventual guerra en dos frentes, Moltke apostaba por la defensa. Dividiría el ejército alemán para contener en el oeste a los franceses y lanzaría una ofensiva limitada en el este. No más allá de Brest-Litovsk. Nunca se debía caer en el error de Napoleón: dejarse devorar por los inmensos espacios de Rusia.

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Helmut von Moltke, el mayor

El concepto de Moltke experimentó un vuelco radical con la llegada a la jefatura del Estado Mayor General (Grosse Generalstab) de Alfred Graf von Schlieffen en 1891.

Moltke descartaba la victoria total, Schlieffen la creía factible. Moltke dividía el ejército en dos mitades, Schlieffen concentraba en el oeste siete octavas partes del ejército alemán. Su plan consistía en derrotar a Francia en 40 días y trasladar después a los soldados al este para frenar a los rusos. Schlieffen estimaba que el zar tardaría al menos seis semanas en movilizar sus tropas por las atrasadas comunicaciones rusas. La velocidad era un factor fundamental. La apuesta no podía ser más arriesgada.

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Alfred Graf von Schlieffen

Jefe del Estado Mayor General alemán desde 1891 hasta 1905, el conde Schlieffen encarnaba la quintaesencia del militarismo prusiano. Le interesaba la elaboración de planes, la disposición de divisiones y ejércitos en los mapas, el cálculo de los soldados que podían avanzar por una carretera a una determinada velocidad… Distante, sarcástico, arrogante; carecía de aficiones. Después de una jornada de trabajo hasta bien entrada la noche, su idea de un momento relajante consistía en leerles a sus hijas libros de historia militar.

“Al final de su carrera había reducido la guerra a una pura abstracción”, comenta Keegan. Nunca dejo de darle vueltas a las cifras de su grandioso plan, a los dilemas que dejaba sin resolver. Tal era su obsesión que en su lecho de muerte- con 80 años, el 4 de enero de 1913- cuando ya llevaba años retirado del Estado Mayor, sus últimas palabras fueron “reforzad el flanco derecho”.

Si non è vero… La anécdota, posiblemente apócrifa como tantas “últimas palabras”, resume al personaje y, más importante aún, deja en evidencia las dudas de su autor sobre el plan de guerra al que se iba a encomendar en cuerpo y alma el II Imperio Alemán.

3-CANNAE EN EL SENA

La idea clave se había escrito 2000 años antes en una llanura del sur de Italia.

Schlieffen admiraba la célebre batalla de Cannae (216 a.de C.) donde Anibal aniquiló con una maniobra envolvente a las legiones romanas. La estratagema del cartaginés consistió en situar en el centro de su formación a las tropas más débiles que- tal y como esperaba- pronto cedieron ante la embestida del enemigo. Cuando los romanos creían estar venciendo, avanzaban hacia una trampa. Anibal desplegó por los flancos a la caballería y la infantería cartaginesas hasta rodear y aniquilar a las legiones al mando de los cónsules Terencio Varron y Paulo Emilio.

Sostiene Plutarco –Vida de Fabio Máximo– que si la república romana se salvó fue sólo por la intervención de un ser sobrenatural. Sin duda, una de las victorias más brillantes de la historia militar que, sin embargo, Anibal no supo aprovechar: “Tú sabes vencer”, reprochó el cartaginés Barca a Anibal. “Pero no sabes explotar la victoria”. Al final, la romanos ganaron las guerras púnicas. Parece que Schlieffen prefirió olvidarlo.

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Cannae. Las legiones romanas en rojo; el ejército de Anibal, en azul

¿Anibal?¿Cannae?¿Una batalla de hace 2000 años como modelo?

Sí. A juicio de Schlieffen, todos los grandes líderes militares de la historia habían intentado repetir la obra maestra de Anibal. “Los principios generales de la estrategia no han cambiado”, escribió en su influyente artículo sobre Cannae. “La batalla de aniquilación puede llevarse a cabo de acuerdo con el mismo plan que elaboró Anibal en tiempos ya olvidados. El frente enemigo no es el objetivo del ataque principal… Lo esencial es machacar sus flancos. La derrota total del enemigo se llevará a cabo con un ataque por su retaguardia”.

Importaba el concepto. “La idea de una gigantesca batalla envolvente contra Francia se convirtió en una idée fixe de Schlieffen”, dice el historiador Herwig. En los años 20, el general Hans von Seeckt, creador de la Reichswher de la república de Weimar, lamentaría la obsesión: “Cannae: ningún lema resultó tan destructivo para nosotros como éste”.

En su última versión, el Gran Memorando de 1905, el plan Schlieffen proponía resistir con pocas tropas en la frontera con Francia mientras el grueso del ejército alemán se empleaba en una gigantesca maniobra envolvente a través de Bélgica -una “Cannae colosal”- para caer por la espalda de los ejércitos franceses y derrotarlos en un enfrentamiento final. Todo en cuarenta días.

A partir de 1905, el sucesor de Schlieffen, Helmut von Moltke, el menor, en vez de “reforzar el flanco derecho”, lo debilitó. Sus modificaciones pasaban por enviar más tropas al este. Rusia había modernizado su red ferroviaria y, según su pacto con Francia, se comprometía a atacar Prusia en los primeros 15 días de conflicto.

Además, en el frente occidental, Moltke decidió otro cambio más relevante: desplazó fuerzas del ala derecha a la izquierda (más de 300.000 soldados). Si Schlieffen pedía una relación 7:1 entre derecha e izquierda, Moltke la rebajó a 3:1. Temía que los franceses se hicieran con las industrias vitales del Sarre.

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“Generaloberst” Helmut von Moltke, el menor

Pese a los cambios, el plan Schlieffen-Moltke mantuvo el concepto esencial, la “Cannae colosal”. Sólo cambiaba la “ferretería”. Ahora el “martillo” de Schlieffen, que golpeaba la espalda francesa contra el “yunque” alemán, se transformaba en la “tenaza” de Moltke, que buscaba cerrarse sobre los franceses desde ambos flancos.

Martillo, tenaza… La trayectoria del plan se prestaba a la metáfora: la guadaña, la hoz, la rueda, el rastrillo…. “Una poderosa ala derecha que cruzaría todo el territorio belga y se desperdigaría sobre el país como un monstruoso rastrillo”, según la descripción de Barbara Tuchman.

“El plan Schlieffen fue el documento gubernamental más importante de la primera década del siglo XX”, comenta el historiador militar británico John Keegan. “Podría argumentarse que fue el más importante documento oficial de los últimos cien años porque lo que provocó en el campo de batalla -las esperanzas que alentó, las expectativas que vio frustradas- tuvo consecuencias que aún se dejan sentir en nuestros días”.

El historiador alemán Gerhard Ritter lo pone como el ejemplo histórico más atroz de lo que nunca debería suceder; la subordinación de la política a los planes militares: “La culpa histórica de los sucesores de Bismarck reside en que se dejaron arrastrar hasta caer en esta dependencia; que, sin expresar el más mínimo disentimiento, aceptaran la planificación militar como el ámbito privilegiado de los tecnócratas militares”. La guerra es un asunto demasiado importante para dejarla en manos de los militares, diría un tiempo después Clemenceau..

Sobre el mapa, las flechas oscuras del plan de avance que atraviesan Bélgica y se ciernen sobre París prefiguran la sombra tétrica de los dedos de Nosferatu.

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4-EL BOSQUE EN MOVIMIENTO

“La era de las guerras de gabinetes ya queda atrás. Ahora ya sólo existen las guerras de los pueblos… La Europa industrial armada como nunca antes puede sufrir guerras cuya duración y final no podemos vislumbrar… guerras de Siete Años, incluso guerras de Treinta Años”
Helmut von Moltke, el mayor. Discurso de despedida en el Reischtag, 1890.

“El símbolo de masa de los alemanes era el ejército”, sostiene Elias Canneti en Masa y Poder. “Pero el ejército era más que el ejército: era el bosque en marcha. En ningún país moderno del mundo el sentimiento del bosque ha permanecido tan vivo como en Alemania. Lo rígido y paralelo de los árboles erguidos, rectos, su densidad y su número colma el corazón del alemán con honda y misteriosa alegría… Ejército y bosque para el alemán, sin que él tuviese clara conciencia de ello, habían confluido de todas las maneras. Lo que a otros aparecía desolado o sentían árido en el ejército, tenía para el alemán la vida y luminosidad del bosque. No sentía miedo en él; se sentía protegido, uno entre todos. La rigidez y la rectitud de los árboles las hizo regla para sí mismo”.

La rigidez, la rectitud, el orden en la masa… El orden de batalla alemán tenía querencia por el dos. Dos regimientos por brigada, dos brigadas por división, dos divisiones por cuerpo de ejército. Cada cuerpo contaba con unos 40.000 soldados, 1.500 oficiales, 14.000 caballos, 2.400 vehículos de municiones y suministro para sus 25 batallones.Un cuerpo de ejército movilizado cubría 50 kilómetros de carretera y consumía 130 toneladas de comida y forraje al día. Entre dos y seis cuerpos formaban un ejército. Pues bien, siete ejércitos –más de un millón de soldados- fue lo que lanzó Alemania contra Francia en agosto del 14.

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División de caballería alemana en maniobras, 1912

La ofensiva no tenía precedentes. De un ejército regular de 880.000 soldados se pasó en agosto de 1914 a un total de 2,147 millones. 87 divisiones y 55 brigadas de caballería. El grueso, 70 divisiones, marcharía hacia el oeste.

Todo este gigantesco mecanismo se puso en marcha en la tarde del 31 de julio de 1914 cuando Guillermo II declaró “el peligro inminente de guerra” (Kriegsgefahr). Al día siguiente, sábado 1 de agosto, a las cinco de la tarde, el emperador firmó la orden de movilización general en el Cámara de las Estrellas del Neues Palais de Postdam sobre un escritorio –obsequio de su abuela la reina Victoria- fabricado con la madera del Victory, el buque insignia de Nelson en Trafalgar.

El jefe de Operaciones del Estado Mayor General, Gerhard Tappen, sacó de su caja fuerte el “Plan de despliegue 1914/1915”. A partir de ese momento 200 telegrafistas y 100.000 operadores telefónicos difundieron la noticia del “peligro de guerra” a las brigadas de infantería repartidas por toda Alemania. La sección de ferrocarriles requisó 30.000 locomotoras, 65.000 vagones de pasajeros y 80.000 de mercancías para trasladar a los 25 cuerpos de ejército en activo. La movilización comenzó formalmente el 2 de agosto.

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2 agosto, 1914. Jóvenes alemanes celebrando la movilización

“Me gusta recordar las semanas anteriores a la guerra; se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano”, escribió Ernst Jünger. Con la familia de veraneo, el joven Jünger, un espíritu con ansia de aventura, se había quedado solo en casa preparando el engorroso examen final de bachillerato. Aquel día de agosto subió a hacer compañía al jardinero y al obrero que trabajaban en la reparación del tejado de la granja.

“Desde lo alto podía divisar el antiquísimo paisaje de llanuras en que estaba situada la casa… Hacia el oeste, la mirada se perdía en una extensa zona pantanosa, en la cual, según contaban las tradiciones, un ejército de Germánico había sufrido un descalabro”.

Sentados en el tejado recalentado por el sol hablaban con despreocupación cuando pasó por abajo, montado en su bicicleta, el cartero. “Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: ¡orden de movilización! Sin duda hacía horas que el telégrafo estaba difundiendo esas mismas palabras por todos los rincones del país.

El obrero acababa de alzar el martillo para dar un golpe. Detuvo su movimiento y con toda suavidad depositó la herramienta sobre el tejado. En ese instante entraba en vigor para él un calendario diferente… Yo tomé la decisión de participar en la guerra como voluntario, decisión que adoptaban a aquella misma hora centenares de miles de hombres… Nuestro pequeño y pacífico grupo se había convertido de golpe en un grupo de soldados”.

alemanes en tren hacia parís
Soldados alemanes en “el expreso de París”

En 312 horas, 11.000 trenes transportaron a 119.754 oficiales, 2,1 millones de soldados y 600.000 caballos por todo el territorio del Reich hasta las áreas de concentración en las fronteras con Bélgica, Luxemburgo, Francia y Prusia. Los hombres subían a los vagones cantando el himno patriótico Die Wacht am Rheim (La Guardia del Rin) entre el aplauso de las multitudes.

La infantería, la caballería y la artillería de los siete ejércitos de Moltke cruzaron el Rin a bordo de 560 trenes diarios de cincuenta y cuatro vagones cada uno. Sólo entre el 2 y el 8 de agosto, 2.150 trenes en intervalos de 10 minutos pasaron sobre el puente Hohenzollern de Colonia. La logística militar, largamente planeada, fue ejecutada con precisión germánica.

 

5-EL MITO DE LA BATALLA DEFINITIVA

Los planes militares alemanes y los franceses compartían una ilusión: el mito de la “batalla decisiva”. Quizá sería más exacto hablar de “batalla definitiva”. Creían posible alcanzar en una victoria rápida y total en una gran batalla concluyente.

Debía evitarse, advertía Schlieffen, una estrategia de desgaste porque Alemania perdería ante las reservas de sus enemigos. Las regulaciones francesas de 1913 coincidían en el pronóstico: “La naturaleza de la guerra, el tamaño de las fuerzas implicadas, las dificultades para mantener los suministros, la interrupción de la vida social y económica del país, todo lleva a la busca de (una batalla decisiva) en el menor tiempo posible para terminar rápidamente la guerra”.

Toda una paradoja. Los beligerantes movilizaban el máximo de recursos para poder asestar un golpe definitivo y ahorrarse una guerra larga, pero al mismo tiempo eran conscientes de que esa misma movilización masiva conduciría a una guerra larga. Ninguno iba a rendirse a las primeras de cambio. No habría un nuevo Sedán. Era como si Europa programara su propio suicidio a sabiendas.

A sólo cinco días de la movilización, Helmut von Moltke, se descolgó con un sorprendente comentario al káiser(citado por Hastings): “La próxima guerra será una guerra nacional. No se resolverá mediante una batalla decisiva, sino en una contienda larga y agotadora con un enemigo que no caerá vencido hasta que se quebrante por completo su fuerza nacional… Una guerra que agotará por completo a nuestro propio pueblo, aun si vencemos… Los estados europeos se destrozarán mutuamente y la civilización desaparecerá de casi toda Europa durante décadas”.

Moltke el joven de uniforme Moltke el joven calvo
Helmut von Moltke, el menor

Y, sin embargo, el mismo Moltke, como un sonámbulo conducido por una fuerza que le domina, fue uno de los impulsores de la guerra del 14. ¿Su argumento? ”Ahora o nunca”. Convencido de la inevitabilidad del conflicto, creía que las probabilidades de resolverlo a favor de Alemania aumentaban si Berlín lanzaba una guerra preventiva antes de que sus rivales se hicieran más fuertes.

 

6-OFENSIVA A ULTRANZA: À LA BAIONETTE! EN AVANT!

El rearme francés no era una ilusión. No sólo por las fortificaciones construidas a lo largo de la frontera después de la derrota ante los prusianos en 1870. En 1913, el servicio militar se llegó a ampliar a tres años.

En efectivos, el ejército regular francés (884.000 soldados) era equiparable al alemán. La movilización lo elevó por encima de su rival hasta 2.300.000 hombres a los que se sumaba otro millón de reservistas acuartelados. 1,6 millones partieron hacia el frente. Un esfuerzo tremendo. Francia, con una población estancada de 40 millones, muy inferior a la alemana (68 millones), movilizó a casi todos los hombres aptos en edad militar (un 84% frente al 53% de los alemanes). Con una diferencia: ni el adiestramiento táctico ni la pericia de sus reservistas estaba a la altura de los alemanes.

El mecanicismo también dominaba el pensamiento militar francés. El comandante en jefe, Joseph Joffre, advirtió en julio de 1914 al Gobierno que por cada día de retraso en decretar la movilización, Francia perdería 25 kilómetros de territorio nacional. 25 kilómetros, ni más ni menos. Como en Alemania, los argumentos técnico-militares atemorizaban a la política.

¿Y qué decir de la vestimenta? Temeraria.La infantería francesa fue a la guerra con la indumentaria de sus abuelos. Desoyó la tendencia hacia uniformes menos llamativos, como el gris de campaña alemán, y marchó a los campos de batalla con sus guerreras azules, sus pantalones rojos, su quepis, 25 kilos de carga a la espalda (incluido, en algunos casos, un fardo de leña) y, colgando, escudillas metálicas que brillaban al sol y facilitaban aún más el blanco.

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El poliu francés en 1914

Pero quizá la carga más mortífera fue la filosofía de sus líderes militares. Veneraban por encima de todo el espíritu de la ofensiva, “l’offensive à outrance”.

El coronel De Grandmaison, en unas influyentes conferencias de 1911: “Los factores morales son los únicos factores decisivos en la guerra… Hay que asegurar el enfrentamiento inmediato con el enemigo y crear en él una mentalidad defensiva… En la ofensiva, la temeridad es la política más segura… Las intenciones del enemigo son de importancia menor porque nosotros queremos imponer nuestra voluntad”.

Ferdinand Foch, en la Escuela de Guerra: “No hay victoria sin batalla: la victoria es la recompensa por la sangre… La guerra sólo es salvajismo y crueldad y no acepta otro medio para alcanzar sus fines que no sea la efusión sangrante”.

Joseph Joffre. Ordenanzas de 1913: “El ejército francés retomando sus tradiciones en lo sucesivo sólo reconocerá la ley de la ofensiva… Las batallas son por encima de todo un combate moral… La derrota es inevitable cuando desaparece la esperanza en la victoria “.

Imbuido de este “espíritu” se fue a la guerra el poilu (apelativo popular del soldado francés). Con sus oficiales al frente se lanzaban al ataque animados por el redoble de los tambores y la música de clarines. Una vez alcanzadas las líneas hostiles, al grito de “À las baionette! En avant”, calaban sus bayonetas (la rosalie: 52 centímetros de hoja fina y triangular) y cargaban contra el enemigo.

Con resultados desastrosos…

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Ofensiva a ultranza. Soldados franceses cargan bayoneta en ristre

Un ejemplo: 21 de agosto de 1914. Primer encontronazo entre el 5º ejército francés y el Segundo Ejército Alemán en Charleroi (Bélgica).

Los franceses lanzaron cargas masivas para recuperar los puentes del río Sambre. Fue una jornada sangrienta. Combates cuerpo a cuerpo. 6.000 bajas. Dos regimientos franceses de infantería colonial aniquilados. El informe de uno de ellos describía con laconismo como “el portaestandarte murió cinco veces”.

Edward Spears, oficial de enlace británico y testigo de la batalla, relata: “Como si fueran maniobras, en densa formación, al son de clarines y tambores y con las banderas al viento, se arrojaron al asalto con suma gallardía… Hombres aguerridos, frente a ametralladoras y cañones cuyos artilleros jamás hubiesen soñado con aquellos blancos”. Y una y otra vez volvían a la carga: “Eran como niños ansiosos, tan alegres como si estuvieran de vacaciones y fueran a echarse a caminar, carretera abajo, para pasar un día en la feria del lugar”.

El 22 de agosto murieron 27.000 soldados franceses. El día más negro en toda la historia militar de Francia. El 29 de agosto el total de bajas francesas sumaba 260.000 hombres (75.000 muertos; el resto, heridos, desparecidos y prisioneros). A finales de septiembre la cifra se elevó a los 329.000. La Gran Guerra duró cuatro años, tres meses y diez días. Sólo en los dos primeros meses, Francia sufrió el 16% de todas sus bajas.

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Francia se desangró: 329.000 muertos en los dos primeros meses de guerra

 

7-WESTAUFMARSCH. LA APISONADORA ALEMANA

El 3 de agosto elementos de la caballería alemana entran en Bélgica. Deben explorar el terreno entre Aquisgrán de Lieja. El día siguiente, el 4 de agosto al atardecer, los pilotos aliados avistan el avance de cinco grandes columnas grises en un frente entre Aquisgrán y Malmedy: 25.000 soldados de infantería, 8.000 de caballería y 124 cañones. Comienza la “violación” de Bélgica.

Cannae se ha puesto en movimiento. La Westaufmarsch, la marcha hacia el oeste. Siete ejércitos se emplean en la ofensiva occidental. Dos defienden las fronteras en Alsacia y Lorena, donde los franceses lanzan infructuosos ataques al inicio del conflicto. Otros cinco ejércitos avanzan como una apisonadora describiendo una marcha circular, una gigantesca rueda en movimiento cuyo eje es la ciudad de Metz.

Divisiones, brigadas, regimientos…, como una enorme migración animal, ríos de soldados uniformados con el gris de campaña fluyen por corredores en paralelo entre Bruselas y las Ardenas.

Avance alemán
Infantería alemana de maniobras antes de la guerra

La capital belga cae el 20 de agosto.”Unas estruendosas salvas de artillería anunciaron a la población que los alemanes iniciaban su entrada triunfal”, lee Gaziel días después en un ejemplar del Daily Mail que ha llegado a un París hambriento de noticias.

Durante dos días y dos noches, los hombres del Primer Ejército alemán atraviesan Bruselas. Desfilan al paso de la oca seguidos por las baterías de campaña y los pontones pintados con el “tono monótono y oscuro de las tierras bajas: era como el desfile de un monstruo enorme, de músculos de hierro y miembros de acero, que resbalaba lentamente sobre los empedrados de Bruselas, en un alarde de fuerza victoriosa”.

La metalurgia del despliegue –el acero de las tempestades de Jünger- también impresiona al embajador americano: “Una horda poderosa y sombría…Una cosa de acero atronadora acompañada de pífanos y batir de tambores”.

Entrada alemana en Bruselas
Llegan “los invitados”. Los alemanes hacen su entrada en Bruselas

Una exhibición estridente y humillante… De pronto, cuenta el Daily Mail, aparecen “dos oficiales belgas maniatados al estribo de sendos oficiales alemanes de caballería y siguiendo a pie, con los ojos caídos, la marcha de los vencedores”.
Las noticias de represalias contra los civiles belgas recorren el mundo. El saqueo de Lovaina a finales de agosto -248 asesinados, 40.000 deportados, 2.000 edificios destruidos-entra en los anales de la infamia.

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Brave little Belgium. Lovaina en ruinas

Los ejércitos alemanes vencen la meritoria resistencia belga en los fuertes de Lieja y Namur, atraviesan la siempre complicada orografía de las Ardenas, chocan con los franceses en Charleroi y con los ingleses en Mons. Ambos se baten en retirada.

Pese a los contratiempos, cumplen los plazos previstos. Tres semanas de marchas de 30 kilómetros diarios con 25 kilos de impedimenta a la espalda. Ruido sordo de botas cerradas en apretada formación, de carros, cañones y caballos bajo el intenso calor de uno de los agostos más calurosos del siglo. Las cabezas embutidas en los pickelhaube, los puntiagudos cascos prusianos de cuero duro recubiertos de tela gris para amortiguar los brillos.

“Cada día que pasaba teníamos que caminar más rápido y más lejos”, recuerda un soldado alemán. “Dormíamos apenas dos horas por la noche. A veces nos sentíamos como borrachos. Estábamos tan cansados… Y sin embargo cuando un mensajero del mando de la división pasó junto a nosotros y gritó `ha caído Sedán´, una tremenda celebración sacudió a toda la columna”.

El reportero americano Will Irwin, al informar del avance de la “máquina gris de muerte” de los alemanes, observa: “Y sobre todo un olor que nunca había visto mencionado en ningún libro sobre la guerra: el olor de medio millón de hombres sudorosos, el hedor de una manada de animales elevado a la enésima potencia… Ese olor permanecía durante días en cualquier pueblo por el que hubieran pasado los alemanes”.

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Soldados alemanes entrando en Francia

 

8-DE SUROESTE A SURESTE. EL GIRO DE VON KLUCK

El 30 de agosto, el francés Albert Fabre vio cómo los alemanes ocupaban su casa en Lassigny, 30 kilómetros al norte de Compiègne:

“Llegó un coche y de él descendió un oficial de modales arrogantes… Avanzó mientras los oficiales que formaban grupos delante de la casa le abrían paso. Un hombre alto y majestuoso, de rostro afeitado lleno de cicatrices, de rasgos duros y una mirada penetrante. En la mano derecha llevaba un fusil de soldado y la izquierda, apoyada en la empuñadura de un revolver. Se volvió repetidas veces, golpeando el suelo con la culata de su fusil, y luego se detuvo en una pose teatral. Nadie se atrevía a acercarse a él y la verdad es que atemorizaba”.

Era el ya famoso general Alexander von Kluck, 68 años, comandante en jefe del Primer Ejército alemán.

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Furor Teutonicus. El general Alexander von Kluck

Los seis cuerpos del Primer Ejército formaban el semicírculo exterior del ala derecha. “Que el último hombre a la derecha roce con su manga las aguas del canal”, dejó señalado Schlieffen. Los soldados marcharon tan al oeste que la gente que se cruzaba con ellos no se podía creer que fueran alemanes. Su trayectoria inicial les llevaba a rodear París por el oeste, pero esa maniobra nunca se llevaría a cabo.

París siempre fue un dilema. La ciudad surgía como un tajamar que rompía la ola alemana. Si la rodeaban por el oeste, el Primer y el Segundo Ejército se separarían y dejarían expuestos sus flancos. Si pasaban por el este, la maniobra envolvente podía frustrarse. Cualquiera de las dos opciones, favorecería a los franceses.

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El “rompeolas” de París. Dos círculos de 39 fuertes rodeaban la capital francesa

¿Qué ruta eligieron?

El paso por el este de París. A principios de septiembre el Primer Ejército comenzó a virar. Del suroeste al sureste.Los alemanes tomaron ese derrotero absorbidos por su obsesión: la persecución de los ejércitos franceses en busca de la nueva Cannae les arrastraba hacia el Marne.

En ese momento, el cambio de dirección no parecía entrañar riesgos. Después de las batallas de Le Cateau (26 de agosto) y Guisa/San Quintín (29 de agosto), los alemanes consideraban a los franceses, y a sus aliados británicos, un ejército derrotado y en retirada. Sólo faltaba darles la puntilla.

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¿Adios al plan Schlieffen? Las líneas del plan y, en verde, el avance real

“Nuestra ofensiva supera incluso las dimensiones napoleónicas. Ojala Schlieffen hubiera visto esto”, comentaba con entusiasmo Von Lauenstein, jefe de Estado Mayor del Tercer Ejército. Los boletines hablaban de “victorias decisivas” de ejércitos franceses “en huida”.

Sin embargo, hay quien albergaba dudas. A principios de septiembre, el ministro prusiano de la Guerra, Erich von Falkenhayn, visitó el frente y se preguntó ante Moltke “¿dónde están los trofeos, dónde los prisioneros de guerra?”.

“La victoria”, escribió Clausewitz, “es la destrucción de la fuerza del oponente para resistir”. A finales de agosto, los franceses seguían preservando esa fuerza.

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Von Kluck (en el centro) con la plana mayor del Primer Ejército en Flandes. A su izquierda, el jefe de su Estado Mayor, Hermann von Khul

Al dejar París a la derecha. Von Kluck y su jefe de Estado Mayor Hermann von Kuhl minimizaron la amenaza que representaba la guarnición de la capital. “Seis divisiones a lo sumo”.

Al este de la ciudad dejaron sólo un cuerpo de ejército para proteger su flanco. El IV Cuerpo de Reserva al mando del general de artillería Hans von Gronau. Una unidad, además, muy disminuida en efectivos.

A Kuhl no le preocupaba “el fantasma de París” mientras no se convirtiera en “carne y sangre”. Lo que no “veían” los jefes del Primer Ejército Alemán (o no querían ver porque avisos hubo) es que Joffre acumulaba fuerzas al norte de la capital. El fantasma de París estaba a punto de hacerse carne en los soldados del 6ª Ejército francés al mando del general Maunory.

 

9-LA HORA DE JOFFRE

If you can keep your head when all about you are losing heirs…(Si mantienes la cabeza cuando todos la pierden a tu alrededor…)” Los versos del If de Kipling se ajustan con precisión al relato del comportamiento del jefe militar francés Joseph Joffre en aquellos primeros meses de la guerra.

“Si Joffre hubiera muerto el 1 de septiembre, la historia lo recordaría como un incapaz y un carnicero”, escribe Hastings. “Sin embargo durante unas breves semanas, a finales de agosto y en septiembre de 1914, aunque el general no se ganó el derecho a ser considerado uno de los militares excepcionales de la historia, sí tuvo un momento de grandeza. Su primer éxito fue que tras los desastres de “las batallas de las fronteras”, no sufrió ningún ataque de nervios… Mantuvo la disciplina cuando otros perdieron la suya; demostró una calma olímpica y una voluntad de hierro que resultaron decisivas a la hora de impedir el triunfo de los ejércitos del káiser”.

Joseph Jacques Césaire Joffre, hijo de un tonelero, criado en una familia de 10 hermanos, ejemplo de la meritocracia militar republicana, ingeniero de formación, experto en ferrocarriles y fortificaciones. Más que por su genio estratégico, su reputación se fundaba en cualidades técnicas y administrativas. Toda su vida conservó el mote infantil atribuido a su seriedad: le pére Joffre, “papá Joffre”.

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El general Joseph Joffre en 1914

Si las fotos trasladan la rotunda figura del general, la impresión que causaba su rostro hay que buscarla en los retratos al óleo y en testimonios como el del oficial de enlace británico, Edward Spears:

“La blancura de su pelo, sus ojos de un azul lavado bajo unas enormes cejas blancas, la voz sin tono que debajo de su blanquecino bigote,… todo en él daba la misma impresión que un albino”. En las reuniones, escuchaba, apenas hablaba, se tomaba su tiempo, rumiaba las decisiones. La guerra sólo alteró uno de los hábitos regulares de Joffre. En las primeras semanas, dejó de echarse la siesta.

Una calma que no fue incompatible con una actividad incesante. Nada que ver con su rival Helmut von Moltke, recluido en su cuartel general de Luxemburgo. El generalísimo francés inundaba a sus comandantes con notas, telegramas, llamadas telefónicas; dictaba una tras otra instrucción general, giraba visitas al frente en un coche conducido a gran velocidad por Georges Bouillot, bicampeón del Grand Prix de Francia. Incluso asistió desde el puesto de mando a la dirección de batallas como la del 5º Ejército en Guisa. Como prueba de su implicación y activismo se suele citar que sólo en el primer mes destituyó a 37 generales.

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“Papá Joffre” reparte instrucciones

“Su calma y determinación… su carácter poco sofisticado y su liderazgo visionario”, según Sewell Tyng, autor de una de las primeras historias del Marne, fueron las razones por las que Francia no sucumbió a un nuevo colapso como el de 1870.

Después del estrepitoso fracaso de su Plan XVII; después de la carnicería en que desembocó el espíritu de “la ofensiva a ultranza”; después de errores como minusvalorar las fuerzas del enemigo o tardar en asumir la “evidencia” que caía sobre Francia desde Bélgica; después, en definitiva, de enviar a 100.000 jóvenes a la muerte, Joseph Joffre supo reaccionar.

No todos pudieron decir lo mismo. En esta historia, no abundan los genios militares. Estamos ante generales que, a menudo, superaban los sesenta años, que tomaban decisiones sobre un mapa con información imprecisa y fragmentaria; que intentaban mover a millones de soldados; que actuaban superados por las circunstancias, contra el tiempo y la presión; que vivían bajo la permanente pesadilla de verse rodeados y perder su ejército.

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Moltke y el kaiser Guillermo II de maniobras

Según los síntomas descritos por su mujer, Moltke sufrió una apoplejía cuando el káiser, en el último minuto, amagó con ordenarle un giro radical en sus planes de movilización. El comandante del Segundo Ejército alemán, Karl von Bülow, sucumbió a una crisis nerviosa la noche del 9 de septiembre, abrumado por las implicaciones de su retirada. El ruso Samsonov se pegó un tiro al ver aniquilado el II Ejército en la batalla de Tannenberg (92.000 prisioneros, 78.000 heridos y muertos).

O el general Lanrezac, comandante del 5º ejército francés. Un tipo tan brillante como pesimista. Desde Charleroi (Bélgica) venía combatiendo y escapando de milagro de los alemanes. La tensión psicológica le hundía por momentos en el abatimiento.

La noche del 31 de agosto en la terraza del Château en Craonne, el inglés Spears le escuchó murmurar versos de Horacio en Latín: “Beatus Ille qui procul negotiis… Dichoso aquel que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra… neque excitatur classico melestruci”.

Su “dicha” no se hizo esperar. Tres días después Joffre lo relevaba del mando y colocaba a Franchet D’Esperay. Hay cierta injusticia en todo esto. Porque fue Lanrezac quien más alertó -sin éxito- sobre la amenaza alemana por Bélgica y fue Lanrezac quien frenó y escapó a la ola teutónica en Guisa. Salvó su ejército y ganó un valioso día de respiro para los franceses. Pero el general “Casandra” no estaba hecho de la fibra que exigía el comandante en jefe.

Lanrezac
El general “Casandra” Charles Lanrezac

La destitución del Lanrezac, aunque dolorosa para su amigo Joffre, era inevitable si el generalísimo francés quería tenerlas todas consigo.

A finales de agosto, Joffre por fin “se cayó del caballo”. Las líneas del mapa –y la evidencia- empezaban a devolverle con claridad las intenciones alemanas. Abandonó su empecinamiento con el Plan XVII y preparó el gran redespliegue de sus ejércitos. La maniobra que salvaría a Francia.

Todo empezó a gestarse el 25 de agosto en la Instrucción General número 2 dictada desde el Gran Cuartel General de Joffre: “La reconstrucción en nuestra izquierda de una fuerza capaz de reanudar la ofensiva”. Con fuerzas detraídas de Alsacia y Lorena sumadas a la guarnición de París, Joffre ordenó crear una “masa de maniobra” ante Amiens o por debajo del Somme. Unos 150.000 soldados. Sería el futuro 6º Ejército francés.

La génesis estratégica de la batalla del Marne se acababa de poner en movimiento.

 

10-LOS FRANCESES VEN SU OPORTUNIDAD

El 3 de septiembre por la mañana, los aviadores franceses avistan una gran columna de artillería e infantería que avanza hacia París. Sin embargo, por la tarde los pilotos se encuentran con algo muy distinto. Numerosas columnas grises han cambiado de dirección y ahora se dirigen hacia el sureste.

¿Qué está ocurriendo?

Los mandos franceses empiezan a tener los primeros indicios del giro del Primer Ejército alemán. Ese mismo día, Joseph Galliéni, gobernador militar de París, toma una decisión: si se confirma el cambio de dirección, no va a esperar. Atacará el flanco alemán.

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El general Galliéni en primer plano y pasando revista a las tropas

Así ocurre al día siguiente. Nuevos informes ratifican el cambio de dirección del Primer Ejército. Galliéni, sin consultar a Joffre, pide al 6º Ejército de Maunoury que se prepare para atacar el flanco derecho alemán. Joffre llega a la misma conclusión en su cuartel general.

¿Galliéni? ¿Joffre? ¿Quién vio la oportunidad? ¿Quién fue el salvador de Francia? Después de la guerra, se vivieron acalorados debates entre “joffristas” y “gallienistas”… Lo cierto es que fue Joffre quien creó y colocó en posición el “ejército de maniobra” al norte de Paris.

La formación del 6ª Ejército en tan poco tiempo fue una proeza logística. La organización ferroviaria de los franceses estuvo a la altura del reto. Día y noche el traqueteo incesante de las locomotoras sacudía el aire de la región de París. Desde Alsacia y Lorena se trasladaron más de siete divisiones (150.000 soldados) en 300 trenes hasta el norte de la capital. Todo en poco más de una semana. Joffre se encontraba en su elemento: el ferrocarril. Había sido director de Líneas de Comunicación en el Gabinete de Guerra. Y contaba, además, con otra ventaja. Con la Gran Retirada hacia su hinterland, los franceses habían acortado sus líneas de movimiento interno. Los alemanes, por el contrario, habían alargado sus líneas de suministro.

Al comienzo de la batalla, Joffre cuenta con 36 divisiones entre París y Verdún. Enfrente, los alemanes suman 30. Unos 150.000 soldados menos, tres cuerpos de ejército. La larga marcha ha adelgazado la “potente” ala derecha de Schlieffen. Ahora está lejos de la máxima concentración de fuerzas en el punto decisivo, que prescribía Clausewitz.

Por el camino se han quedado varios cuerpos de ejército, sitiando ciudades fortificadas como Amberes o Maubeuge. Otros dos cuerpos (50.000 soldados) han marchado hacia el este a reforzar las tropas en Prusia Oriental. Moltke ha entrado en pánico al ver el inesperado y rápido avance ruso.Y ha cometido otro error. En vez de sacarlos de la estancada ala izquierda, se los ha quitado a la crucial ala derecha. Si Schlieffen levantara la cabeza…

El Primer Ejército empezó con 217.384 soldados, pero ahora sólo cuenta con 174.000 tropas de combate. Han recorrido 600 kilómetros en 20 días. Son hombres cansados y hambrientos. El aprovisionamiento empieza a fallar. El punto de llegada de los trenes de suministro queda a 140 kilómetros del frente. El 60% de sus camiones sufre averías.

SOLDADOS ALEMANES CAMINO DEL FRENTE
Camina o revienta. Las marchas agotadoras de la infantería alemana

Después de semanas de fracasos y retirada, Joffre ha tomado su decisión: los franceses van a pasar a la ofensiva. Sólo necesita saber si puede contar con los británicos. Las relaciones del mariscal de campo sir John French y la British Expeditionary Force (BEF) con los franceses -en especial con el general Lanrezac- han estado cargadas de recelos y desconfianza mutua. Los británicos acusan a los franceses de dejarles tirados y los franceses a los británicos de retirarse sin avisar.

El 5 de septiembre Joffre se acerca al cuartel general británico en Melun a asegurarse su colaboración. A las 14:00 horas se reúne con French. En una actuación no exenta de melodramartismo, Joffre da un puñetazo en la mesa y apela al honor de Inglaterra: “Il y a va de l’honneur de L’Anglaterre, Monsieur le Maréchal”. La versión inglesa del encuentro sólo recoge que Joffre implora a French: “Monsieur le Maréchal, c’est la France qui vous supplie”.

Unos y otros coinciden en que French intenta balbucear una respuesta en francés. Al final desiste y se vuelve a su traductor: “Damn it, I can’t explain. Tell him that all that men can do our fellows will do”. “Haremos todo lo humanamente posible”. Un testigo del encuentro habla de lágrimas en sus ojos.

french y joffre
Joffre con sir John French

El generalísimo francés fija el comienzo de la batalla para el 6 de septiembre. El día anterior, el 6º Ejército del general Maunoury (67 años) debe avanzar hasta colocarse en posición para cruzar el rio Ourcq y golpear en la retaguardia del Primer Ejército Alemán.

Pero los alemanes están en alerta. En la mañana del 5 de septiembre, las patrullas del IV Cuerpo de Reserva del general Von Gronau (64 años) avistan un contingente numeroso de infantería francesa.

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El general Hans von Gronau

Pese a su inferioridad numérica –se ve superado 6 a 1, sólo la mitad de sus 25 batallones cuentan con las cuatro compañías (250 soldados)- Von Gronau decide atacar. En cuanto los franceses se ponen a tiro, tres baterías alemanas abren fuego. Son los primeros disparos de la batalla del Marne. 12:30 del 5 de septiembre de 1914. 40 kilómetros al noreste de París, cerca del canal del río Ourq en Meaux.

Entre los caídos ese día, el controvertido poeta y ensayista Charles Peguy quien, años antes, había prefigurado su destino en verso:

“Heureux ceux qui sont morts pour la terre charnelle,
Mais pourvu que ce fût dans une juste guerre. (…)
Heureux ceux qui sont morts dans les grandes batailles,
Couchés dessus le sol à la face de Dieu (…)”

(“Felices, los que mueren en grandes batallas… siempre que sea en una guerra justa… tumbados en el suelo cara a cara con Dios…”)

El audaz Gronau resiste y priva a Joffre del elemento sorpresa. Pero el plan francés no tiene marcha atrás. Al amanecer del 6 de septiembre, 980.000 soldados franceses, 100.000 británicos y 3.000 cañones atacan las líneas alemanas defendidas por 750.000 alemanes y 3.300 cañones entre París y Verdún:

“Soldados: en el momento de entablar batalla de la que depende la salvación del país”, dice la orden del día del 6 septiembre, hay que ”dejarse matar antes que retroceder un palmo de terreno –et se faire tuer sur place plûtot que reculer-. En las circunstancias actuales no se tolerará ninguna debilidad. Firmado: Joffre”.

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Orden del día de Joffre. 6 de septiembre de 1914

Cuando en la medianoche del 5, Von Kluck recibe las noticias del enfrentamiento de Gronau decide mover ficha de inmediato. Ordena que el II Cuerpo dé media vuelta. Debe regresar desde el sur -más allá del Marne- hasta el Ourcq. El día siguiente reclama más refuerzos, mueve el IV Cuerpo de ejército. La maniobra es muy arriesgada porque abre espacios en la línea alemana. Pero si entra en los anales del ejército prusiano es por su velocidad. Ambos cuerpos (70.000 soldados) cruzan tres ríos y cubren 130 kilómetros en tan solo dos días. Antes de las matanzas, la guerra como una experiencia física extenuante.

infantería alemana al ataque
Infantería alemana avanzando, agosto 1914

La rapidez no alivia los apuros alemanes. Kluck, Bülow… cada general hace la guerra por su cuenta. El desplazamiento de estos dos cuerpos de ejército y, más adelante, de otros dos hacia el Ourcq, sin la más mínima coordinación amplía a 50 km la brecha entre el Primer y el Segundo Ejército Alemán. Por ahí empiezan a “colarse” los británicos de la BEF y el 5º Ejército de Franchet D’Esperay.

 

11-UNA BATALLA EN TRES ESCENARIOS

La batalla del Marne se desarrolla en un entramado fluvial, un laberinto de canales, pantanos y ríos, con tres escenarios distintos y distantes. Un teatro de operaciones con tres “pistas”: sobre el mapa, a la izquierda (noroeste), el río Ourcq; en el centro los ríos Morin (el Petit Morin y el Grand Morin) y a la derecha (sureste), la comarca pantanosa de Saint-Gond.

[Como resulta imposible aquí reproducir con detalle los mapas del avance y los movimientos durante la batalla, a los más interesados en los detalles les recomiendo acudir a la monografía de Osprey (The First Battle of the Marne 1914: The French ‘miracle’ Halts the Germans Campaign. Ian Summer (2010). Oxford: Osprey), visitar la colección de mapas de la Academia Militar de West Point o acudir a esta magnífica cartografía animada (sólo funciona con Firefox) sobre la batalla y otros episodios anteriores y posteriores.]

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Las tres “pistas” de la batalla del Marne. En amarillo, ofensivas francesas. En azul, movimientos de tropas del Primer Ejército alemán hacia el Ourcq. De izquierda a derecha en el sentido de las agujas del reloj, el río Ourq -primer escenario-, los pantanos de Saint-Gond -segundo escenario- y los ríos Morin -tercer escenario-

*-LA BATALLA EN EL OURQ

Primer escenario: el Ourcq. Kluck no sólo resiste. También responde. Furor Teutonicus redivivo. El generaloberst invoca a Julio Cesar -“en las operaciones más grandes y arriesgadas, uno no debe pensar sino actuar”- y recuerda a Federico el Grande, -célebre por darle la vuelta a una situación adversa en el último minuto. Con la llegada de refuerzos, Kluck aprieta a los franceses.

Aquí se produce, entre el 7 y el 8 de septiembre, la imagen más publicitada de la batalla del Marne. Los “taxis que salvaron París”. El gobernador Galliéni requisa 500 taxis Renault para enviar dos regimientos de refuerzo al frente (4.000 soldados). “La idea, brillante, la ejecución desastrosa”, valora Herwig. 50 kilómetros de noche. Luces al mínimo. Apenas mapas ni señales. Unos se pierden, muchos pinchan. Atascos entre los que van y los que vuelven… Refuerzan la 7ª división en Nanteuil-le-Haudouin.

La mayoría de los historiadores no da hoy en día demasiada relevancia militar a la acción de los taxis. Lo que no quita para que se convierta en todo un golpe propagandístico: ilustra la “unión sagrada” francesa ante la guerra. Un siglo después, la foto de los taxis cargados de soldados pervive como la imagen emblemática de la Primera Batalla del Marne.

Por cierto, que al final los chóferes cobraron el 27% de la “carrera”; unos 35 francos de la época (116 euros actuales) por un recorrido de entre 120 y 200 kilómetros. Para hacerse una idea, el litro de leche costaba entonces 0,27 francos y un par de zapatos 16. Al Tesoro público francés la operación le salió por 70.000 francos.

taxis del marne
Print the legend. Los taxis que “salvaron” París

Los hombres del 6º Ejército están agotados. Abundan los relatos de soldados que caen dormidos en las pausas de la batalla. Las bajas son cuantiosas. Los mandos franceses esperan el ataque definitivo alemán para el día 10. Una ofensiva que previsiblemente les obligaría a retirarse. París estaría perdido. Las tropas de Maunoury son lo único que se interpone entre los prusianos y la capital… Pero el ataque final nunca se materializa. El día 10, -informan las patrullas- las posiciones alemanas se encuentran vacías y el enemigo, en retirada.

*-LA BATALLA EN LOS PANTANOS DE SAINT-GOND

Segundo escenario. En los pantanos de Saint-Gond, el general Foch cultiva su leyenda. Joffre le ha colocado al frente del recién creado 9º Ejército. Su misión: fijar las posiciones alemanas del Segundo y Tercer Ejército para facilitar el avance del 5ª Ejército francés por la brecha abierta en el frente.

Los combates son brutales. El coronel Lamey de la 42 brigada informa a Foch: “No puede ocultarse el cansancio extremo, físico y mental, de mis hombres después de un día de fuego continuo sin poder responder. Los del 137º regimiento llevan 48 horas sin agua. Puedo aguantar esta noche porque no dudo que esta noche volverán a atacar… Pero un tercer día así será imposible sin graves repercusiones. Por ahora hemos evitado la desbandada de mis hombres. Pese a todo, puede contar con nosotros”.

Unas horas después, el coronel Lamey cae en combate.

franceses combatiendo en el marne
La infantería francesa en el fragor del combate

El 8 de septiembre Foch envía a Joffre su legendario comunicado: “Fuerte presión en mi derecha. Mi centro está cediendo. Imposible moverme. Situación excelente. Voy a atacar”. Otra leyenda del Marne, y pese a todo, citada siempre por los historiadores quizá porque refleja con fidelidadel carácter del famoso general y futuro comandante en jefe de los ejércitos franceses.
El ataque de la guardia alemana y el inminente colapso del 11º Cuerpo han colocado a Foch al borde de la derrota, pero como él mismo solía repetir: “Una batalla sólo se pierde cuando crees que está perdida”. Esta era la “fibra” que buscaba Joffre en sus mandos. En efecto, Foch planea una contraofensiva pero, de repente, los alemanes del Segundo Ejército se han desvanecido en retirada.

foch desafiante
Foch en1914

*-LA BATALLA EN LOS RÍOS MORIN

Tercer escenario. El “área central” de la partida. Los ríos Morín (le Petit Morin y le Grand Morin). 6 de septiembre. El 5º Ejército francés y la BEF avanzan por la brecha abierta en las filas alemanas. Por la tarde los británicos entran en Coulommiers y encuentran las calles plagadas de botellas. “Según los vecinos, los alemanes se retiraron tan borrachos que apenas se tenían en pie”, cuenta el francés Blond, muy aficionado a resaltar en su crónica cómo los invasores arramplan con las bodegas de la Champaña francesa.

Dos días después, el 8 de septiembre la ofensiva franco-británica se pone como objetivo clave capturar Montmirail. El mismo lugar donde 100 años atrás Napoleón había derrotado a los prusianos de Blücher. Los fantasmas del pasado siempre presentes.

El golpe decisivo le toca al 18º Cuerpo de Ejército. En el cercano Marchais-en-Brie atacan el flanco derecho del Segundo Ejército de Bülow que ha quedado al descubierto por la marcha de los soldados reclamados por Kluck. Durante la tarde la infantería de la 35º División empuja a los alemanes de una posición a otra hasta que, ya de noche y bajo una tormenta, los franceses toman el pueblo. El enemigo aprovecha la oscuridad para retirarse.

La caída de Marchais-en-Brie hace insostenible la posición de Montmirail y si cae Montmirail todo el Segundo Ejército queda en situación vulnerable. Cuando la noticia de la caída de Marchais llega de noche al cuartel general de Bülow, el comandante del Segundo Ejército pierde los nervios. No hay alternativa. Hay que retirarse para evitar que la maniobra francesa les envuelva. Como si se tratara de un mecanismo de engranajes ensamblados, la retirada del Segundo Ejército desencadenará la retirada sucesiva del resto de ejércitos alemanes. La pequeña localidad de Marchais-en-Brie se convierte en “la zona cero” de la derrota alemana. El punto decisivo del ataque decisivo de la batalla decisiva de la guerra decisiva.

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Movimientos de franceses (en azul), alemanes (rojo) y británicos (morado) a lo largo de la batalla

Retirada en el Ourcq, retirada en Saint-Gond, retirada en los Morin; el efecto dominó recorre todo el frente alemán… ¿Qué ha pasado?

Ya es hora de que regrese a escena el teniente coronel Richard Hentsch.

12-EL MENSAJERO DE LA DERROTA

La guerra es el reino de la incertidumbre; tres cuartas partes de los factores en los que se basa la acción en la guerra vienen envueltos en la niebla de lo incierto”.
Sobre la Guerra. Carl von Clausewitz

La I Guerra Mundial se cobró un alto precio en sangre por el desfase entre las grandes masas que se pusieron en movimiento y la capacidad de los mandos para coordinarlas y dirigirlas en el campo de batalla. Ni las comunicaciones estuvieron a la altura de las gigantescas ofensivas, ni los generales tenían experiencia previa en la maniobra de ejércitos tan numerosos.

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Centro de comunicaciones y tendido de cable telegráfico en el frente

En el Marne, Helmut von Moltke no se movió de su cuartel general en Luxemburgo, a 400 km del frente, hasta que ya fue demasiado tarde. Tenía comunicación telefónica directa vía Cuarto Ejército con el Quinto, Sexto y Séptimo en la izquierda y centro, las zonas estancadas de la ofensiva. Sin embargo, sólo contaba con una radio para comunicarse con el Primer y el Segundo ejércitos en la crucial ala derecha.

Interrupciones e interferencias arruinaban las comunicaciones. Hay mensajes que tardaban más de un día en llegar a su destinatario. Un ejemplo: el 1 de septiembre Moltke, irritado, pidió aclaraciones a Kluck: “¿Cuál es su situación? Requiero una respuesta inmediata”. No la tuvo. En otra ocasión un mensaje muy relevante de Kluck a Moltke –“el Primer Ejército ha cruzado el Marne en Château-Thierry”- no llegó al Mando Supremo hasta el día siguiente. Había quedado sepultado entre la pila de telegramas del centro de señales en Metz.

“Los mensajes llegaban tan mutilados a los cuarteles de Kluck y Bülow que tenían que reenviarlos tres y cuatro veces”, anota Herwig. Por si fuera poco, no había conexión fija entre Kluck y Bülow, comandantes de dos ejércitos que debían estar en coordinación permanente. El 7 de septiembre Kluck envió hasta tres telegramas a Bülow pidiéndole refuerzos. Sin respuesta. Los mensajes de Kluck se cruzaron con los radiogramas de Bülow preguntándole por su situación. Los fallos de comunicación rozaron el ridículo en momentos clave.

A principios de septiembre, Moltke en Luxemburgo sólo tenía noticias imprecisas de lo que estaba ocurriendo en las riberas del Marne. A veces lo único que le llegaba eran los mensajes que captaba entre sus ejércitos, como el enviado por el Segundo al Tercero: “Unidades del Primer y Segundo Ejército sostienen duros combates en la brecha de Morin. Es muy importante que el Tercer Ejército intervenga rápidamente al este de Fère-Champenoise”.

¿Qué unidades? ¿Qué duros combates?, se preguntan en el Estado Mayor.

La mañana del 8 de septiembre un atmósfera de pánicose instala en los pasillos de la escuela femenina de Luxemburgo que alojaba al Mando Supremo Alemán. Hace dos días que Moltke no recibe comunicación directa de los comandantes del Primer y Segundo Ejército. Teme lo peor. Decide enviar un emisario, el teniente coronel Hentsch, jefe de la Sección de Inteligencia.

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El mensajero del miedo. El teniente coronel Richard Hentsch

Durante la reunión con los jefes del Estado Mayor, Moltke le habría dado plenos poderes (Vollmacht) para iniciar una retirada en el ala derecha si así lo exigían las circunstancias. Antes de salir, Hentsch mantiene otra reunión a solas con Moltke. ¿De qué hablan? ¿Qué le ordena exactamente? Pese a la importancia de la misión, el mensajero nunca recibe órdenes por escrito. Según todas las versiones posteriores, el teniente coronel entendió confirmada la orden de iniciar el repliegue si era necesario.

A las 10 de la mañana (hora alemana), Hentsch parte con los capitanes König y Köppen. De este a oeste visita a los ejércitos del ala derecha. Desde el Cuartel General del Cuatro Ejército llama a Luxemburgo. No hay problema. La situación es buena en los frentes del Cuarto y el Quinto. A las 17:45, Hentsch envía un nuevo mensaje por radio desde el Tercer Ejército: “La situación y los planes del Tercer Ejército son absolutamente favorables”.

El mensajero del Mando Supremo continúa su viaje hacia el Segundo Ejército donde llega a las 18:45. Bülow ha instalado su Cuartel General en el Château de Montmort, una antigua fortaleza medieval reconvertida en castillo renacentista. El teniente coronel espera media hora a que el general Bülow vuelva de su puesto de mando en el frente.

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El general Karl von Bülow

Si hay una reunión transcendental, si hay una conversación crucial en esta historia, ninguna lo es más que la celebrada aquel 8 de septiembre en el castillo de Montmort. Están presentes el general Bülow, su jefe de Estado Mayor Otto von Launstein, el jefe de operaciones Arthur Matthes y el propio Hentsch.

Bülow dice que situación del Segundo Ejército es “extremadamnente grave”. La capacidad de combate se ha reducido de tal manera que no podrán asestar el golpe definitivo a los franceses. Despotrica contra Kluck. No solo cruzó el Marne por delante del Segundo Ejército, desobedeciendo las órdenes de Moltke, ahora va a retirar dos cuerpos de ejército, el III y el IX, del flanco derecho de Bülow con lo que aumentará la separación entre ambos.

Entonces alguien (¿Lauenstein?) emplea la palabra ominosa, “Schlacke”-“escoria”, “cenizas”- para describir el destino del Segundo Ejército. Hentsch dice que la situación del Primer Ejército tampoco es buena, que puede verse copado por los franceses. En el fragor de la batalla, no podrá volver sobre sus pasos y cerrar la brecha con el Segundo Ejército. Si franceses (5º Ejército) y británicos (BEF) cruzan el Marne bien podrían volverse a su derecha y rodear a Kluck o bien a su izquierda y cercar a Bülow. En ese momento llega la noticia de la caída de Marchais, la “zona cero” de la batalla. El general Bülow se alarma aún más.

En vez de partir hacia el Primer Ejército, Hentsch hace noche en el château de Montmort. A las 21:30 envía un mensaje “templado” a Luxemburgo: “La situación del Segundo Ejército es grave, pero no irremediable”.

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Von Bülow, en el centro, rodeado de oficiales

El 9 de septiembre a las 5 de la madrugada, Hentsch vuelve a verse con los jefes del Segundo Ejército. Bülow no está presente. Ha pasado una mala noche. Confirman lo acordado: el Segundo Ejército mantendrá su posición si el Primer Ejército abandona la batalla del Ourcq y vuelve a conectar con el Segundo. A las 6:00 Hentsch sale hacia el cuartel general de Kluck en Mareuil, a 80 km por carretera.

Cuando Bülow se levanta, los últimos informes de reconocimiento hablan del avance de cinco columnas desde el pequeño Morin hacia el Marne por la brecha abierta en las líneas alemanas. Bülow no aguanta la presión. Cree que se le agota el tiempo. Cannae se ha vuelto en su contra. Son los franceses quienes están a punto de ejecutar la maniobra envolvente. Ha llegado el último momento si quiere salvar su ejército. A las 9:02 informa a Kluck y Hausen: “el Segundo Ejército inicia la retirada”.

Joffre obtiene su primera victoria, la victoria en la mente del enemigo. Resulta increíble que el más alto general alemán no consultara con Moltke o Kluck la repentina decisión de retirarse. Ni telégrafo, ni mensajero a caballo o en automóvil, ni en aeroplano. Búlow lo decide sin encomendarse ni a dios ni al diablo –“selbstständig”, “por sí solo”, dirá la investigación posterior- y sin haber sufrido una estrepitosa derrota en el campo de batalla. ¿Podría haber aguantado el desenlace del Primer Ejército en el Ourcq o del Tercero contra Foch? Después de todo, ambos estaban resistiendo e incluso avanzando en sus frentes.

Los historiadores no se ponen de acuerdo. Unos creen correcta la decisión de Bülow. Los franceses le superaban en 4:1 y el 5º Ejército francés estaba a punto de aplastar su ala derecha. Otros discrepan: La decisión de Bülow fue repentina e impulsiva. No se correspondía con la situación sobre el terreno. Kluck estaba a punto de aplastar al 6º Ejército francés en el Ourcq. Había tiempo. Pero Bülow no consultó con Kluck. Y los alemanes perdieron la batalla y, cuatro años después, la guerra…

Que uno de los mejores militares alemanes de su tiempo, Karl von Bülow, elevado a Generalfeldmarschall en enero de 1915, tomara una decisión precipitada con tantas repercusiones ha llevado a buscar explicaciones incluso médicas.

Ni Búlow, ni su jefe de Estado Mayor, Lauenstein, se encontraban en las mejores condiciones físicas y mentales. A sus 68 años, Bülow padecía desde hacía tiempo una afección de tiroides. Estaba medio sordo. La tensión del combate le agitaba y volvía irritable. La noche después de ordenar la retirada se le oyó sucumbir hasta tres veces al llanto.

Desde sus años de capitán, Von Lauenstein padecía la enfermedad de Graves, una afección vinculada al hipertiroidismo cuyo síntoma más visible es la protusión de los globos oculares acompañada de episodios ocasionales de palpitaciones, arritmias, nerviosismo y dificultad para concentrarse. Dos años después una enfermedad cardiaca se lo llevó a la tumba.

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El general Otto von Lauenstein

El análisis postmortem de la retirada queda incompleto sin la visita de Hentsch al cuartel general del Primer Ejército.

Son las 11:30 del 9 de septiembre cuando el teniente coronel llega a Mareuil-sur-Ourcq. Más de cinco horas para recorrer 80 km. Una odisea por carreteras colapsadas con soldados cansados, heridos, refugiados que huyen de la artillería, caballería que vuelve del frente… y, por todas partes, noticias de que los franceses ya han cruzado el Marne. Al coche de Hentsch incluso le han disparado al tomarle por una avanzadilla francesa.

En el cuartel general del Primer Ejército, Hentsch revisa los últimos informes sobre el mapa con Hermann von Khul, el jefe de Estado Mayor. Resulta inexplicable que ninguno de los dos pidiera la presencia de Kluck. El generaloberst se encuentra a tan solo 300 metros en su puesto de mando. En sus memorias, Kluck sólo dice que fue “una circunstancia lamentable” que no le avisaran de la presencia de Hentsch hasta que ya se había marchado.

Khul explica al emisario del Mando Supremo que el Primer Ejército ha conseguido repeler los ataques franceses, estabilizar el frente y prepararse para asestar un golpe al flanco izquierdo del 6º Ejército. No les preocupa el avance británico por la brecha abierta entre el Primer y Segundo ejército. Por experiencia saben que los británicos operan con lentitud.

A Hentsch la evaluación de Khul le parece optimista en exceso. Ha llegado el momento de una retirada general para cerrar la brecha, insiste. Khul se opone. Hentsch replica que el Segundo Ejército se ha visto reducido a “cenizas” y que él viene investido de la autoridad del Mando Supremo para ordenar la retirada del Primer Ejército. Al final, Khul tiene que admitir que si el Segundo Ejército ha sido reducido a “cenizas”, ni siquiera una victoria suya sobre los franceses impediría la destrucción del flanco izquierdo del Primer Ejército.

En la investigación de 1917 solicitada por Hentsch, Khul confirmó que Hentsch no se había excedido en su autoridad. Ludendorf estuvo de acuerdo.

Hentsch parte de Mareuil a las 13:00. No para informar al Segundo ejército –otra decisión inexplicable-, sino al Tercero, Cuarto y Quinto. Una hora después, el general Kluck, informado por su jefe de Estado Mayor y “a petición del Mando Supremo” da la orden de cesar en la batalla y retirarse en dirección a Soissons. En ningún momento, pide confirmación u órdenes por escrito a Moltke o al káiser.

Terminaban así 30 días y 600 km de marcha hacia París y se esfumaba la última oportunidad de concluir de manera rápida la campaña en el oeste. El plan Schlieffen, reducido a “cenizas”. A partir de ese momento, el episodio del Marne se prestará a interminables ejercicios de historia virtual: ¿Y si Moltke hubiera reforzado el ala derecha en vez de debilitarla? ¿Y si el ejército de Kluck no hubiese girado a la izquierda? ¿Y si Bülow hubiera aguantado la presión francesa?…

El plan Schlieffen-Moltke empezó con el máximo orden y derivó irremisiblemente hacia la entropía.

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El frente del Marne del 5 al 13 de septiembre de 1914. Alemanes en rojo, el francés en azul. En verde, la línea de retirada

Waterloo, Sedán… Las guerras que se resuelven en una gran batalla son la excepción, recuerda Max Hastings. Y, sin embargo, aunque el concepto de batalla decisiva sea más que discutible, la del Marne lo fue. De una manera inesperada: Alemania perdió la guerra en septiembre de 1914.

A la hora de las recriminaciones, Bülow culpó a Kluck por llevarse sus dos cuerpos de ejército y dejarle el flanco al descubierto, Kluck cargó contra el pesimismo “antropológico” de Hentsch, Hentsch contra Kluck y todos contra Helmut von Moltke:

”Las notas de Schlieffen han llegado a su final y con ellas los recursos de Moltke”, escribe el ministro de la Guerra prusiano Erich von Falkenhayn. El general von Lyncker, jefe del Gabinete militar, anota el día 10: “en resumen, toda la operación –el maniobra envolvente de las fuerzas francesas- ha sido un fracaso… Moltke está hundido por los acontecimientos; sus nervios no están a la altura de la situación”. El 11 de septiembre el general Karl Einem, camino del Tercer Ejército, se cruza con Moltke en Reims. Ve “un hombre totalmente roto y desconcertado” cuyas primeras palabras son “Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir esto?”

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“Un hombre totalmente roto”. Helmut von Moltke.

Al borde del derrumbe, Moltke vuelve a padecer de sus problemas cardiacos complicados por una infección de la vesícula. Sus colaboradores notan falta de energía, incapacidad para tomar decisiones. Lo ven letárgico, cansado, enfermo… El 14 de septiembre, el káiser lo destituye después de una reunión tormentosa. La razón oficial: “problemas de salud”. Su cargo lo ocupa el ministro prusiano de Guerra, Von Falkenhayn, aunque su nombramiento no se hará público hasta el 20 de enero de 1915 para ocultar el desastre del Marne.

Siempre bajo la ineludible sombra de su brillante tío, a Moltke, el cargo y la guerra le vinieron grandes. Culto, honesto, pesimista, inseguro, aficionado a la música, la pintura y la teosofía, carecía de las cualidades de visión y liderazgoque exigía el momento. El peso de su apellido y la cercanía al káiser le empujaron a la jefatura de la Mando Supremo. Ni él lo buscó, ni muchos esperaban verle ahí. Un error más en la larga cuenta de Guillermo II.

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El káiser Guillermo II (en primer término) y Helmut von Moltke, el menor

Con la salud ya muy quebrantada, Moltke falleció el 18 de junio de 1916 mientras asistía a un funeral. Su muerte, dos años antes de la derrota alemana, facilitó la labor a los que buscaron culpables de la debacle. Las palabras del Deutsches Requiem de Borges bien podría servir como epitafio de Helmut Johannes Ludwig von Moltke: “Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio”.

mano verdún

El otro “chivo expiatorio” tampoco sobrevivió a la guerra.

Cuenta la princesa Blücher (An English Wife in Berlin) que no fue hasta el 23 de septiembre cuando empezó a circular por Berlín el rumor de que algo grave había sucedido en el Marne y que el responsable era un oficial sajón del Estado Mayor: que había dado la orden equivocada, que se había excedido en sus atribuciones al ordenar la retirada de soldados prusianos, que todo había sido un tremendo error porque los alemanes iban ganando en todo el frente… Las murmuraciones apuntaban al teniente coronel Richard Hentsch fomado en Prusia aunque de origen sajón.

Hentsch de pie
Richard Hentsch en su mesa de trabajo

En 1917, una comisión de investigación militar, solicitada por él mismo para acallar los rumores, le exoneró totalmente: “La investigación histórica en el futuro decidirá si la retirada del Segundo Ejército y la orden de retirada de Hentsch al Primer Ejército eran necesarias. El teniente coronel no se excedió en su autoridad. Actuó únicamente de acuerdo con las instrucciones que recibió del entonces Jefe del Estado Mayor General del Ejército. Firmado Ludendorf”.

Defensores y detractores lo describieron como un soberbio analista militar. Inteligente, prudente, reservado… Después del Marne, combatió en las campañas de Serbia y Rumanía y recibió la máxima condecoración alemana, la Pour le Mérite, en septiembre de 1917. Fumador empedernido con problemas de vsesícula que le hacían irritable –llamativa la coincidencia de patologías biliares y tiroideas en varios mandos militares del Marne-, murió en Bucarest tras una operación de vesícula en febrero de 1918.

Después de la guerra el mito de Hentsch encontró terreno fértil en la Dolchstosslegende, la leyenda de la puñalada por la espalda que tan útil resultaría al nacionalsocialismo: el soldado alemán no había sido vencido en el campo de batalla sino traicionado por los malos políticos y militares.

puñalada espalda 2 puñalada espalda 1
La “Dolchstosslegende”, la leyenda de la puñalada en la espalda

No fue un sentimiento de traición, pero sí de desconcierto el que cundió entre soldados y mandos alemanes en el Marne al recibir la orden de retirada. Los testimonios hablan de miradas confusas, encogimiento de hombros, lágrimas en los rostros. “¿Se han vuelto locos?”, preguntaba el comandante de la 1ª División de la Guardia. “No puede ser… la victoria era nuestra”, escribió el general Paul Flack, el comandante de la 14 División del VII Cuerpo.

La victoria pertenece a Joffre, contrafigura de Moltke, y a la inesperada tenacidad francesa. Hasta Von Kluck se reconoció sorprendido porque después de semanas de derrotas y retiradas, los soldados franceses fueran capaces de ponerse en pie y luchar con todas sus fuerzas. “Eso es algo que no se enseña en nuestras academias militares”, comentó a un periodista en 1918.

Infanterie-française-rol
Ataque francés en la batalla del Marne

Siempre resulta sorprendente que millones de jóvenes que llevan vidas rutinarias alejadas de cualquier riesgo –más allá de subirse a un tejado como el obrero de Jünger- se lancen a un ataque con altas probabilidades de caer muertos en el intento. El alcohol -que nunca falta- ayuda, pero…

Más de un regimiento francés huyó en desbandada en las primeras semanas de guerra. En esos momentos se recurría a métodos más “persuasivos”. Cuenta Spears que el general Maud’huy se cruzó un día con un pelotón de fusilamiento que iba a ejecutar a un soldado: “Maud’huy lo miró, alzó la mano para que el grupo se detuviera y, con su característico paso rápido se acercó al hombre sentenciado. Le preguntó por qué lo habían condenado. Era por abandonar su puesto. Entonces Maud’huy le explicó al soldado la importancia de la disciplina y la necesidad de ejemplo; cómo algunos hombres podían cumplir con su deber sin sanciones, pero otros, más débiles, necesitaban conocer el precio del fracaso. El soldado asintió. Maud’huy le tendió la mano. ‘La suya también es una forma de morir por Francia’, le dijo e indicó al pelotón que siguiera adelante”.

SENDEROS DE GLORIA
Una imagen “clásica” de la Gran Guerra. El fusilamiento de Senderos de Gloria

El ardor guerrero se agosto no fue tan unánime como se relata con frecuencia, pero si quedaba algo, se desvaneció en el Marne. Un zarpazo a la euforia bélica de los jóvenes que saludaron el advenimiento de la guerra como una saludable sacudida a la aburrida y estancada vida burguesa decimonónica. La generación perdida iniciaba su traumática desaparición.

No hay cifras concretas, pero Herwig estima en 90.000 las bajas francesas entre París y Verdún y unas 70.000 las de los cinco ejércitos alemanes. De los británicos, Summer habla de 12.000 bajas de las cuales 1.700 fueron muertos. Ninguna otra batalla del frente occidental sufrió una media más alta de bajas diarias.

muertos franceses en el marne
Caídos franceses en el Marne

Cayeron heridos o muertos en una batalla cuyo nombre desconocían. Los vencedores se pusieron a la tarea. Pero con tanto escenario distinto, no era fácil. El general Berthelot, jefe del Estado Mayor, mencionó los Campos Cataláunicos porque, según cuenta la tradición, la Galia se salvó de Atila al derrotarle cerca de Châlons-sur-Marne en la batalla de los Campos Cataláunicos. ¿No acababan de frenar ahora a un nuevo Atila? A Joffre la alusión le pareció oscura y sofisticada. Otro general propuso Paris-Verdún. Tampoco. Sonaba a etapa ciclista. El general Gamelin se atribuyó la sugerencia del Marne. El comandante en jefe dio el visto bueno.

le petit parisien
El 12 de septiembre la prensa francesa da cuenta de la batalla del Marne

A las 14:00 horas del 11 de septiembre de 1914 -tres días después de que Hentsch iniciara su viaje-, Joseph Joffre estaba lo suficientemente seguro como para telegrafiar al ministro de la Guerra: “La bataille de la Marne s’achève en victoire incontestable”.

A esa hora, sobre el vasto campo de batalla caía una lluvia torrencial. El frío y el barro hacían aún más miserable la vida de unos soldados exhaustos que caminaban en la niebla bajo un cielo plomizo de nubes bajas. Ni unos ni otros eran conscientes de que acababan de luchar en la batalla que alumbró el siglo XX.

NOTA SOBRE LAS FUENTES:

The Marne, 1914. The opening of the World War and the Battle that change the World. Holger H. Herwig. Random House Publishing Group, 2009. La historia más reciente y detallada de la batalla y sus antecedentes con nuevos documentos de los archivos de la Alemania Oriental.
The First Battle of the Marne 1914: The French ‘miracle’ Halts the German Campaign. Ian Summer (2010). Oxford: Osprey. Como todas las monografías de Osprey, breve, ordenada y con buenos mapas.
The Schlieffen Plan. Critique of a Myth. Gerhard Ritter. Oswald Wolff, London, 1958
-http://www.westpoint.edu/history/SitePages/WWI.aspx La colección de mapas de la Academia Militar de West Point
http://www.carto1418.fr/anim-marne-mini.php Magníficas cartografía animada de la batalla del Marne, la Gran Retirada, la concentración de tropas etc.
The march on Paris and the battle of the Marne. Alexander von Kluck. Edward Arnold, London, 1921
Les memories du General Gallieni. Defense de Paris. Payot, París, 1920
The Marne. Georges Blond. Prion, 2001. (Primera edición en francés, 1965).
-“The scapegoat of the battle of the Marne”, Brig. Gen. J.E.Edmods. The Army Quaterly, London, England, 1922
The First World War. John Keegan. Hutchinson, London, 1998.
1914. El año de la catástrofe. Max Hastings. Crítica, 2013
La Gran Guerra, 1914-1918. Peter Hart. Crítica, 2014
Los cañones de agosto. Barbara Tuchman. RBA libros, 2012 (primera edición de 1962).
Diario de un estudiante en París, 1914. Gaziel. Diéresis, 2013.

La guerra es el reino de la incertidumbre; tres cuartas partes de los factores en los que se basa la acción en la guerra vienen envueltos en la niebla de lo incierto”.
Sobre la Guerra. Carl von Clausewitz

12-EL MENSAJERO DE LA DERROTA

La I Guerra Mundial se cobró un alto precio en sangre por el desfase entre las grandes masas que se pusieron en movimiento y la capacidad de los mandos para coordinarlas y dirigirlas en el campo de batalla. Ni las comunicaciones estuvieron a la altura de las gigantescas ofensivas, ni los generales tenían experiencia previa en la maniobra de ejércitos tan numerosos.

comunicaciones 2
Centro de comunicaciones y tendido de cable telegráfico en el frente

En el Marne, Helmut von Moltke no se movió de su cuartel general en Luxemburgo, a 400 km del frente, hasta que ya fue demasiado tarde. Tenía comunicación telefónica directa vía Cuarto Ejército con el Quinto, Sexto y Séptimo en la izquierda y centro, las zonas estancadas de la ofensiva. Sin embargo, sólo contaba con una radio para comunicarse con el Primer y el Segundo ejércitos en la crucial ala derecha.

Interrupciones e interferencias arruinaban las comunicaciones. Hay mensajes que tardaban más de un día en llegar a su destinatario. Un ejemplo: el 1 de septiembre Moltke, irritado, pidió aclaraciones a Kluck: “¿Cuál es su situación? Requiero una respuesta inmediata”. No la tuvo. En otra ocasión un mensaje muy relevante de Kluck a Moltke –“el Primer Ejército ha cruzado el Marne en Château-Thierry”- no llegó al Mando Supremo hasta el día siguiente. Había quedado sepultado entre la pila de telegramas del centro de señales en Metz.

“Los mensajes llegaban tan mutilados a los cuarteles de Kluck y Bülow que tenían que reenviarlos tres y cuatro veces”, anota Herwig. Por si fuera poco, no había conexión fija entre Kluck y Bülow, comandantes de dos ejércitos que debían estar en coordinación permanente. El 7 de septiembre Kluck envió hasta tres telegramas a Bülow pidiéndole refuerzos. Sin respuesta. Los mensajes de Kluck se cruzaron con los radiogramas de Bülow preguntándole por su situación. Los fallos de comunicación rozaron el ridículo en momentos clave.

A principios de septiembre, Moltke en Luxemburgo sólo tenía noticias imprecisas de lo que estaba ocurriendo en las riberas del Marne. A veces lo único que le llegaba eran los mensajes que captaba entre sus ejércitos, como el enviado por el Segundo al Tercero: “Unidades del Primer y Segundo Ejército sostienen duros combates en la brecha de Morin. Es muy importante que el Tercer Ejército intervenga rápidamente al este de Fère-Champenoise”.

¿Qué unidades? ¿Qué duros combates?, se preguntan en el Estado Mayor.

La mañana del 8 de septiembre un atmósfera de pánicose instala en los pasillos de la escuela femenina de Luxemburgo que alojaba al Mando Supremo Alemán. Hace dos días que Moltke no recibe comunicación directa de los comandantes del Primer y Segundo Ejército. Teme lo peor. Decide enviar un emisario, el teniente coronel Hentsch, jefe de la Sección de Inteligencia.

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El mensajero del miedo. El teniente coronel Richard Hentsch

Durante la reunión con los jefes del Estado Mayor, Moltke le habría dado plenos poderes (Vollmacht) para iniciar una retirada en el ala derecha si así lo exigían las circunstancias. Antes de salir, Hentsch mantiene otra reunión a solas con Moltke. ¿De qué hablan? ¿Qué le ordena exactamente? Pese a la importancia de la misión, el mensajero nunca recibe órdenes por escrito. Según todas las versiones posteriores, el teniente coronel entendió confirmada la orden de iniciar el repliegue si era necesario.

A las 10 de la mañana (hora alemana), Hentsch parte con los capitanes König y Köppen. De este a oeste visita a los ejércitos del ala derecha. Desde el Cuartel General del Cuatro Ejército llama a Luxemburgo. No hay problema. La situación es buena en los frentes del Cuarto y el Quinto. A las 17:45, Hentsch envía un nuevo mensaje por radio desde el Tercer Ejército: “La situación y los planes del Tercer Ejército son absolutamente favorables”.

El mensajero del Mando Supremo continúa su viaje hacia el Segundo Ejército donde llega a las 18:45. Bülow ha instalado su Cuartel General en el Château de Montmort, una antigua fortaleza medieval reconvertida en castillo renacentista. El teniente coronel espera media hora a que el general Bülow vuelva de su puesto de mando en el frente.

von bulow
El general Karl von Bülow

Si hay una reunión transcendental, si hay una conversación crucial en esta historia, ninguna lo es más que la celebrada aquel 8 de septiembre en el castillo de Montmort. Están presentes el general Bülow, su jefe de Estado Mayor Otto von Launstein, el jefe de operaciones Arthur Matthes y el propio Hentsch.

Bülow dice que situación del Segundo Ejército es “extremadamnente grave”. La capacidad de combate se ha reducido de tal manera que no podrán asestar el golpe definitivo a los franceses. Despotrica contra Kluck. No solo cruzó el Marne por delante del Segundo Ejército, desobedeciendo las órdenes de Moltke, ahora va a retirar dos cuerpos de ejército, el III y el IX, del flanco derecho de Bülow con lo que aumentará la separación entre ambos.

Entonces alguien (¿Lauenstein?) emplea la palabra ominosa, “Schlacke”-“escoria”, “cenizas”- para describir el destino del Segundo Ejército. Hentsch dice que la situación del Primer Ejército tampoco es buena, que puede verse copado por los franceses. En el fragor de la batalla, no podrá volver sobre sus pasos y cerrar la brecha con el Segundo Ejército. Si franceses (5º Ejército) y británicos (BEF) cruzan el Marne bien podrían volverse a su derecha y rodear a Kluck o bien a su izquierda y cercar a Bülow. En ese momento llega la noticia de la caída de Marchais, la “zona cero” de la batalla. El general Bülow se alarma aún más.

En vez de partir hacia el Primer Ejército, Hentsch hace noche en el château de Montmort. A las 21:30 envía un mensaje “templado” a Luxemburgo: “La situación del Segundo Ejército es grave, pero no irremediable”.

von bulow con oficiales

Von Bülow, en el centro, rodeado de oficiales

El 9 de septiembre a las 5 de la madrugada, Hentsch vuelve a verse con los jefes del Segundo Ejército. Bülow no está presente. Ha pasado una mala noche. Confirman lo acordado: el Segundo Ejército mantendrá su posición si el Primer Ejército abandona la batalla del Ourcq y vuelve a conectar con el Segundo. A las 6:00 Hentsch sale hacia el cuartel general de Kluck en Mareuil, a 80 km por carretera.

Cuando Bülow se levanta, los últimos informes de reconocimiento hablan del avance de cinco columnas desde el pequeño Morin hacia el Marne por la brecha abierta en las líneas alemanas. Bülow no aguanta la presión. Cree que se le agota el tiempo. Cannae se ha vuelto en su contra. Son los franceses quienes están a punto de ejecutar la maniobra envolvente. Ha llegado el último momento si quiere salvar su ejército. A las 9:02 informa a Kluck y Hausen: “el Segundo Ejército inicia la retirada”.

Joffre obtiene su primera victoria, la victoria en la mente del enemigo. Resulta increíble que el más alto general alemán no consultara con Moltke o Kluck la repentina decisión de retirarse. Ni telégrafo, ni mensajero a caballo o en automóvil, ni en aeroplano. Búlow lo decide sin encomendarse ni a dios ni al diablo –“selbstständig”, “por sí solo”, dirá la investigación posterior- y sin haber sufrido una estrepitosa derrota en el campo de batalla. ¿Podría haber aguantado el desenlace del Primer Ejército en el Ourcq o del Tercero contra Foch? Después de todo, ambos estaban resistiendo e incluso avanzando en sus frentes.

Los historiadores no se ponen de acuerdo. Unos creen correcta la decisión de Bülow. Los franceses le superaban en 4:1 y el 5º Ejército francés estaba a punto de aplastar su ala derecha. Otros discrepan: La decisión de Bülow fue repentina e impulsiva. No se correspondía con la situación sobre el terreno. Kluck estaba a punto de aplastar al 6º Ejército francés en el Ourcq. Había tiempo. Pero Bülow no consultó con Kluck. Y los alemanes perdieron la batalla y, cuatro años después, la guerra…

Que uno de los mejores militares alemanes de su tiempo, Karl von Bülow, elevado a Generalfeldmarschall en enero de 1915, tomara una decisión precipitada con tantas repercusiones ha llevado a buscar explicaciones incluso médicas.

Ni Búlow, ni su jefe de Estado Mayor, Lauenstein, se encontraban en las mejores condiciones físicas y mentales. A sus 68 años, Bülow padecía desde hacía tiempo una afección de tiroides. Estaba medio sordo. La tensión del combate le agitaba y volvía irritable. La noche después de ordenar la retirada se le oyó sucumbir hasta tres veces al llanto.

Desde sus años de capitán, Von Lauenstein padecía la enfermedad de Graves, una afección vinculada al hipertiroidismo cuyo síntoma más visible es la protusión de los globos oculares acompañada de episodios ocasionales de palpitaciones, arritmias, nerviosismo y dificultad para concentrarse. Dos años después una enfermedad cardiaca se lo llevó a la tumba.

lauenstein
El general Otto von Lauenstein

El análisis postmortem de la retirada queda incompleto sin la visita  de Hentsch al cuartel general del Primer Ejército.

Son las 11:30 del 9 de septiembre cuando el teniente coronel llega a Mareuil-sur-Ourcq. Más de cinco horas para recorrer 80 km. Una odisea por carreteras colapsadas con soldados cansados, heridos, refugiados que huyen de la artillería, caballería que vuelve del frente… y, por todas partes, noticias de que los franceses ya han cruzado el Marne. Al coche de Hentsch incluso le han disparado al tomarle por una avanzadilla francesa.

En el cuartel general del Primer Ejército, Hentsch revisa los últimos informes sobre el mapa con Hermann von Khul, el jefe de Estado Mayor. Resulta inexplicable que ninguno de los dos pidiera la presencia de Kluck. El generaloberst se encuentra a tan solo 300 metros en su puesto de mando. En sus memorias, Kluck sólo dice que fue “una circunstancia lamentable” que no le avisaran de la presencia de Hentsch hasta que ya se había marchado.

Khul explica al emisario del Mando Supremo que el Primer Ejército ha conseguido repeler los ataques franceses, estabilizar el frente y prepararse para asestar un golpe al flanco izquierdo del 6º Ejército. No les preocupa el avance británico por la brecha abierta entre el Primer y Segundo ejército. Por experiencia saben que los británicos operan con lentitud.

A Hentsch la evaluación de Khul le parece optimista en exceso. Ha llegado el momento de una retirada general para cerrar la brecha, insiste. Khul se opone. Hentsch replica que el Segundo Ejército se ha visto reducido a “cenizas” y que él viene investido de la autoridad del Mando Supremo para ordenar la retirada del Primer Ejército. Al final, Khul tiene que admitir que si el Segundo Ejército ha sido reducido a “cenizas”, ni siquiera una victoria suya sobre los franceses impediría la destrucción del flanco izquierdo del Primer Ejército.

En la investigación de 1917 solicitada por Hentsch, Khul confirmó que Hentsch no se había excedido en su autoridad. Ludendorf estuvo de acuerdo.

Hentsch parte de Mareuil a las 13:00. No para informar al Segundo ejército –otra decisión inexplicable-, sino al Tercero, Cuarto y Quinto. Una hora después, el general Kluck, informado por su jefe de Estado Mayor y “a petición del Mando Supremo” da la orden de cesar en la batalla y retirarse en dirección a Soissons. En ningún momento, pide confirmación u órdenes por escrito a Moltke o al káiser.

Terminaban así 30 días y 600 km de marcha hacia París y se esfumaba la última oportunidad de concluir de manera rápida la campaña en el oeste. El plan Schlieffen, reducido a “cenizas”. A partir de ese momento, el episodio del Marne se prestará a interminables ejercicios de historia virtual: ¿Y si Moltke hubiera reforzado el ala derecha en vez de debilitarla? ¿Y si el ejército de Kluck no hubiese girado a la izquierda? ¿Y si Bülow hubiera aguantado la presión francesa?…

El plan Schlieffen-Moltke empezó con el máximo orden y derivó irremisiblemente hacia la entropía.

mapa batalla del marne 2

El frente del Marne del 5 al 13 de septiembre de 1914. Alemanes en rojo, el francés en azul. En verde, la línea de retirada

Waterloo, Sedán… Las guerras que se resuelven en una gran batalla son la excepción, recuerda Max Hastings. Y, sin embargo, aunque el concepto de batalla decisiva sea más que discutible, la del Marne lo fue. De una manera inesperada: Alemania perdió la guerra en septiembre de 1914.

A la hora de las recriminaciones, Bülow culpó a Kluck por llevarse sus dos cuerpos de ejército y dejarle el flanco al descubierto, Kluck cargó contra el pesimismo “antropológico” de Hentsch, Hentsch contra Kluck y todos contra Helmut von Moltke:

”Las notas de Schlieffen han llegado a su final y con ellas los recursos de Moltke”, escribe el ministro de la Guerra prusiano Erich von Falkenhayn. El general von Lyncker, jefe del Gabinete militar, anota el día 10: “en resumen, toda la operación –el maniobra envolvente de las fuerzas francesas- ha sido un fracaso… Moltke está hundido por los acontecimientos; sus nervios no están a la altura de la situación”. El 11 de septiembre el general Karl Einem, camino del Tercer Ejército, se cruza con Moltke en Reims. Ve “un hombre totalmente roto y desconcertado” cuyas primeras palabras son “Dios mío, ¿cómo ha podido ocurrir esto?”

Moltke de pie con mujer
“Un hombre totalmente roto”. Helmut von Moltke.

Al borde del derrumbe, Moltke vuelve a padecer de sus problemas cardiacos complicados por una infección de la vesícula. Sus colaboradores notan falta de energía, incapacidad para tomar decisiones. Lo ven letárgico, cansado, enfermo… El 14 de septiembre, el káiser lo destituye después de una reunión tormentosa. La razón oficial: “problemas de salud”. Su cargo lo ocupa el ministro prusiano de Guerra, Von Falkenhayn, aunque su nombramiento no se hará público hasta el 20 de enero de 1915 para ocultar el desastre del Marne.

Siempre bajo la ineludible sombra de su brillante tío, a Moltke, el cargo y la guerra le vinieron grandes. Culto, honesto, pesimista, inseguro, aficionado a la música, la pintura y la teosofía, carecía de las cualidades de visión y liderazgoque exigía el momento. El peso de su apellido y la cercanía al káiser le empujaron a la jefatura de la Mando Supremo. Ni él lo buscó, ni muchos esperaban verle ahí. Un error más en la larga cuenta de Guillermo II.

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El káiser Guillermo II (en primer término) y Helmut von Moltke, el menor

Con la salud ya muy quebrantada, Moltke falleció el 18 de junio de 1916 mientras asistía a un funeral. Su muerte, dos años antes de la derrota alemana, facilitó la labor a los que buscaron culpables de la debacle. Las palabras del Deutsches Requiem de Borges bien podría servir como epitafio de Helmut Johannes Ludwig von Moltke: “Todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta su muerte, han sido prefijados por él. Así, toda negligencia es deliberada, todo casual encuentro una cita, toda humillación una penitencia, todo fracaso una misteriosa victoria, toda muerte un suicidio”.

mano verdún

El otro “chivo expiatorio” tampoco sobrevivió a la guerra.

Cuenta la princesa Blücher (An English Wife in Berlin) que no fue hasta el 23 de septiembre cuando empezó a circular por Berlín el rumor de que algo grave había sucedido en el Marne y que el responsable era un oficial sajón del Estado Mayor: que había dado la orden equivocada, que se había excedido en sus atribuciones al ordenar la retirada de soldados prusianos, que todo había sido un tremendo error porque los alemanes iban ganando en todo el frente… Las murmuraciones apuntaban al teniente coronel Richard Hentsch fomado en Prusia aunque de origen sajón.

Hentsch de pie
Richard Hentsch en su mesa de trabajo

En 1917, una comisión de investigación militar, solicitada por él mismo para acallar los rumores, le exoneró totalmente: “La investigación histórica en el futuro decidirá si la retirada del Segundo Ejército y la orden de retirada de Hentsch al Primer Ejército eran necesarias. El teniente coronel no se excedió en su autoridad. Actuó únicamente de acuerdo con las instrucciones que recibió del entonces Jefe del Estado Mayor General del Ejército. Firmado Ludendorf”.

Defensores y detractores lo describieron como un soberbio analista militar. Inteligente, prudente, reservado… Después del Marne, combatió en las campañas de Serbia y Rumanía y recibió la máxima condecoración alemana, la Pour le Mérite, en septiembre de 1917. Fumador empedernido con problemas de vsesícula que le hacían irritable –llamativa la coincidencia de patologías biliares y tiroideas en varios mandos militares del Marne-, murió en Bucarest tras una operación de vesícula en febrero de 1918.

Después de la guerra el mito de Hentsch encontró terreno fértil en la Dolchstosslegende, la leyenda de la puñalada por la espalda que tan útil resultaría al nacionalsocialismo: el soldado alemán no había sido vencido en el campo de batalla sino traicionado por los malos políticos y militares.

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La “Dolchstosslegende”, la leyenda de la puñalada en la espalda

No fue un sentimiento de traición, pero sí de desconcierto el que cundió entre soldados y mandos alemanes en el Marne al recibir la orden de retirada. Los testimonios hablan de miradas confusas, encogimiento de hombros, lágrimas en los rostros. “¿Se han vuelto locos?”, preguntaba el comandante de la 1ª División de la Guardia. “No puede ser… la victoria era nuestra”, escribió el general Paul Flack, el comandante de la 14 División del VII Cuerpo.

La victoria pertenece a Joffre, contrafigura de Moltke, y a la inesperada tenacidad francesa. Hasta Von Kluck se reconoció sorprendido porque después de semanas de derrotas y retiradas, los soldados franceses fueran capaces de ponerse en pie y luchar con todas sus fuerzas. “Eso es algo que no se enseña en nuestras academias militares”, comentó a un periodista en 1918.

Infanterie-française-rol
Ataque francés en la batalla del Marne

Siempre resulta sorprendente que millones de jóvenes que llevan vidas rutinarias alejadas de cualquier riesgo –más allá de subirse a un tejado como el obrero de Jünger- se lancen a un ataque con altas probabilidades de caer muertos en el intento. El alcohol -que nunca falta- ayuda, pero…

Más de un regimiento francés huyó en desbandada en las primeras semanas de guerra. En esos momentos se recurría a métodos más “persuasivos”. Cuenta Spears que el general Maud’huy se cruzó un día con un pelotón de fusilamiento que iba a ejecutar a un soldado: “Maud’huy lo miró, alzó la mano para que el grupo se detuviera y, con su característico paso rápido se acercó al hombre sentenciado. Le preguntó por qué lo habían condenado. Era por abandonar su puesto. Entonces Maud’huy le explicó al soldado la importancia de la disciplina y la necesidad de ejemplo; cómo algunos hombres podían cumplir con su deber sin sanciones, pero otros, más débiles, necesitaban conocer el precio del fracaso. El soldado asintió. Maud’huy le tendió la mano. ‘La suya también es una forma de morir por Francia’, le dijo e indicó al pelotón que siguiera adelante”.

SENDEROS DE GLORIA
Una imagen “clásica” de la Gran Guerra. El fusilamiento de Senderos de Gloria

El ardor guerrero se agosto no fue tan unánime como se relata con frecuencia, pero si quedaba algo, se desvaneció en el Marne. Un zarpazo a la euforia bélica de los jóvenes que saludaron el advenimiento de la guerra como una saludable sacudida a la aburrida y estancada vida burguesa decimonónica. La generación perdida iniciaba su traumática desaparición.

No hay cifras concretas, pero Herwig estima en 90.000 las bajas francesas entre París y Verdún y unas 70.000 las de los cinco ejércitos alemanes. De los británicos, Summer habla de 12.000 bajas de las cuales 1.700 fueron muertos. Ninguna otra batalla del frente occidental sufrió una media más alta de bajas diarias.

muertos franceses en el marne
Caídos franceses en el Marne

Cayeron heridos o muertos en una batalla cuyo nombre desconocían. Los vencedores se pusieron a la tarea. Pero con tanto escenario distinto, no era fácil. El general Berthelot, jefe del Estado Mayor, mencionó los Campos Cataláunicos porque, según cuenta la tradición, la Galia se salvó de Atila al derrotarle cerca de Châlons-sur-Marne en la batalla de los Campos Cataláunicos. ¿No acababan de frenar ahora a un nuevo Atila? A Joffre la alusión le pareció oscura y sofisticada. Otro general propuso Paris-Verdún. Tampoco. Sonaba a etapa ciclista. El general Gamelin se atribuyó la sugerencia del Marne. El comandante en jefe dio el visto bueno.

le petit parisien
El 12 de septiembre la prensa francesa da cuenta de la batalla del Marne

A las 14:00 horas del 11 de septiembre de 1914 -tres días después de que Hentsch iniciara su viaje-, Joseph Joffre estaba lo suficientemente seguro como para telegrafiar al ministro de la Guerra: “La bataille de la Marne s’achève en victoire incontestable”.

A esa hora, sobre el vasto campo de batalla caía una lluvia torrencial. El frío y el barro hacían aún más miserable la vida de unos soldados exhaustos que caminaban en la niebla bajo un cielo plomizo de nubes bajas. Ni unos ni otros eran conscientes de que acababan de luchar en la batalla que alumbró el siglo XX.

NOTA SOBRE LAS FUENTES:

The Marne, 1914. The opening of the World War and the Battle that change the World. Holger H. Herwig. Random House Publishing Group, 2009. La historia más reciente y detallada de la batalla y sus antecedentes con nuevos documentos de los archivos de la Alemania Oriental.
The First Battle of the Marne 1914: The French ‘miracle’ Halts the German Campaign. Ian Summer (2010). Oxford: Osprey. Como todas las monografías de Osprey, breve, ordenada y con buenos mapas.
The Schlieffen Plan. Critique of a Myth. Gerhard Ritter. Oswald Wolff, London, 1958
-http://www.westpoint.edu/history/SitePages/WWI.aspx La colección de mapas de la Academia Militar de West Point
http://www.carto1418.fr/anim-marne-mini.php Magníficas cartografía animada de la batalla del Marne, la Gran Retirada, la concentración de tropas etc.
The march on Paris and the battle of the Marne. Alexander von Kluck. Edward Arnold, London, 1921
Les memories du General Gallieni. Defense de Paris. Payot, París, 1920
The Marne. Georges Blond. Prion, 2001. (Primera edición en francés, 1965).
-“The scapegoat of the battle of the Marne”, Brig. Gen. J.E.Edmods. The Army Quaterly, London, England, 1922
The First World War. John Keegan. Hutchinson, London, 1998.
1914. El año de la catástrofe. Max Hastings. Crítica, 2013
La Gran Guerra, 1914-1918. Peter Hart. Crítica, 2014
Los cañones de agosto. Barbara Tuchman. RBA libros, 2012 (primera edición de 1962).
Diario de un estudiante en París, 1914. Gaziel. Diéresis, 2013.

10-LOS FRANCESES VEN SU OPORTUNIDAD

El 3 de septiembre por la mañana, los aviadores franceses avistan una gran columna de artillería e infantería que avanza hacia París. Sin embargo, por la tarde los pilotos se encuentran con algo muy distinto. Numerosas columnas grises han cambiado de dirección y ahora se dirigen hacia el sureste.

¿Qué está ocurriendo?

Los mandos franceses empiezan a tener los primeros indicios del giro del Primer Ejército alemán. Ese mismo día, Joseph Galliéni, gobernador militar de París, toma una decisión: si se confirma el cambio de dirección, no va a esperar. Atacará el flanco alemán.

gallieni  gallieni pasa revista
El general Galliéni en primer plano y pasando revista a las tropas

Así ocurre al día siguiente. Nuevos informes ratifican el cambio de dirección del Primer Ejército. Galliéni, sin consultar a Joffre, pide al 6º Ejército de Maunoury que se prepare para atacar el flanco derecho alemán. Joffre llega a la misma conclusión en su cuartel general.

¿Galliéni? ¿Joffre? ¿Quién vio la oportunidad? ¿Quién fue el salvador de Francia? Después de la guerra, se vivieron acalorados debates entre “joffristas” y “gallienistas”… Lo cierto es que fue Joffre quien creó y colocó en posición el “ejército de maniobra” al norte de Paris.

La formación del 6ª Ejército en tan poco tiempo fue una proeza logística. La organización ferroviaria de los franceses estuvo a la altura del reto. Día y noche el traqueteo incesante de las locomotoras sacudía el aire de la región de París. Desde Alsacia y Lorena se trasladaron más de siete divisiones (150.000 soldados) en 300 trenes hasta el norte de la capital. Todo en poco más de una semana. Joffre se encontraba en su elemento: el ferrocarril. Había sido director de Líneas de Comunicación en el Gabinete de Guerra. Y contaba, además, con otra ventaja. Con la Gran Retirada hacia su hinterland, los franceses habían acortado sus líneas de movimiento interno. Los alemanes, por el contrario, habían alargado sus líneas de suministro.

Al comienzo de la batalla, Joffre cuenta con 36 divisiones entre París y Verdún. Enfrente, los alemanes suman 30. Unos 150.000 soldados menos, tres cuerpos de ejército. La larga marcha ha adelgazado la “potente” ala derecha de Schlieffen. Ahora está lejos de la máxima concentración de fuerzas en el punto decisivo, que prescribía Clausewitz.

Por el camino se han quedado varios cuerpos de ejército, sitiando ciudades fortificadas como Amberes o Maubeuge. Otros dos cuerpos (50.000 soldados) han marchado hacia el este a reforzar las tropas en Prusia Oriental. Moltke ha entrado en pánico al ver el inesperado y rápido avance ruso.Y ha cometido otro error. En vez de sacarlos de la estancada ala izquierda, se los ha quitado a la crucial ala derecha. Si Schlieffen levantara la cabeza…

El Primer Ejército empezó con 217.384 soldados, pero ahora sólo cuenta con 174.000 tropas de combate. Han recorrido 600 kilómetros en 20 días. Son hombres cansados y hambrientos. El aprovisionamiento empieza a fallar. El punto de llegada de los trenes de suministro queda a 140 kilómetros del frente. El 60% de sus camiones sufre averías.

SOLDADOS ALEMANES CAMINO DEL FRENTE
Camina o revienta. Las marchas agotadoras de la infantería alemana

Después de semanas de fracasos y retirada, Joffre ha tomado su decisión: los franceses van a pasar a la ofensiva. Sólo necesita saber si puede contar con los británicos. Las relaciones del mariscal de campo sir John French y la British Expeditionary Force (BEF) con los franceses -en especial con el general Lanrezac- han estado cargadas de recelos y desconfianza mutua. Los británicos acusan a los franceses de dejarles tirados y los franceses a los británicos de retirarse sin avisar.

El 5 de septiembre Joffre se acerca al cuartel general británico en Melun a asegurarse su colaboración. A las 14:00 horas se reúne con French. En una actuación no exenta de melodramartismo, Joffre da un puñetazo en la mesa y apela al honor de Inglaterra: “Il y a va de l’honneur de L’Anglaterre, Monsieur le Maréchal”. La versión inglesa del encuentro sólo recoge que Joffre implora a French: “Monsieur le Maréchal, c’est la France qui vous supplie”.

Unos y otros coinciden en que French intenta balbucear una respuesta en francés. Al final desiste y se vuelve a su traductor: “Damn it, I can’t explain. Tell him that all that men can do our fellows will do”. “Haremos todo lo humanamente posible”. Un testigo del encuentro habla de lágrimas en sus ojos.

french y joffre
Joffre con sir John French

El generalísimo francés fija el comienzo de la batalla para el 6 de septiembre. El día anterior, el 6º Ejército del general Maunoury (67 años) debe avanzar hasta colocarse en posición para cruzar el rio Ourcq y golpear en la retaguardia del Primer Ejército Alemán.

Pero los alemanes están en alerta. En la mañana del 5 de septiembre, las patrullas del IV Cuerpo de Reserva del general Von Gronau (64 años) avistan un contingente numeroso de infantería francesa.

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El general Hans von Gronau

Pese a su inferioridad numérica –se ve superado 6 a 1, sólo la mitad de sus 25 batallones cuentan con las cuatro compañías (250 soldados)- Von Gronau decide atacar. En cuanto los franceses se ponen a tiro, tres baterías alemanas abren fuego. Son los primeros disparos de la batalla del Marne. 12:30 del 5 de septiembre de 1914. 40 kilómetros al noreste de París, cerca del canal del río Ourq en Meaux.

Entre los caídos ese día, el controvertido poeta y ensayista Charles Peguy quien, años antes, había prefigurado su destino en verso:

“Heureux ceux qui sont morts pour la terre charnelle,
Mais pourvu que ce fût dans une juste guerre. (…)
Heureux ceux qui sont morts dans les grandes batailles,
Couchés dessus le sol à la face de Dieu (…)”

(“Felices, los que mueren en grandes batallas… siempre que sea en una guerra justa… tumbados en el suelo cara a cara con Dios…”)

El audaz Gronau resiste y priva a Joffre del elemento sorpresa. Pero el plan francés no tiene marcha atrás. Al amanecer del 6 de septiembre, 980.000 soldados franceses, 100.000 británicos y 3.000 cañones atacan las líneas alemanas defendidas por 750.000 alemanes y 3.300 cañones entre París y Verdún:

“Soldados: en el momento de entablar batalla de la que depende la salvación del país”, dice la orden del día del 6 septiembre, hay que ”dejarse matar antes que retroceder un palmo de terreno –et se faire tuer sur place plûtot que reculer-. En las circunstancias actuales no se tolerará ninguna debilidad. Firmado: Joffre”.

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Orden del día de Joffre. 6 de septiembre de 1914

Cuando en la medianoche del 5, Von Kluck recibe las noticias del enfrentamiento de Gronau decide mover ficha de inmediato. Ordena que el II Cuerpo dé media vuelta. Debe regresar desde el sur -más allá del Marne- hasta el Ourcq. El día siguiente reclama más refuerzos, mueve el IV Cuerpo de ejército. La maniobra es muy arriesgada porque abre espacios en la línea alemana. Pero si entra en los anales del ejército prusiano es por su velocidad. Ambos cuerpos (70.000 soldados) cruzan tres ríos y cubren 130 kilómetros en tan solo dos días. Antes de las matanzas, la guerra como una experiencia física extenuante.

infantería alemana al ataque
Infantería alemana avanzando, agosto 1914

La rapidez no alivia los apuros alemanes. Kluck, Bülow… cada general hace la guerra por su cuenta. El desplazamiento de estos dos cuerpos de ejército y, más adelante, de otros dos hacia el Ourcq, sin la más mínima coordinación amplía a 50 km la brecha entre el Primer y el Segundo Ejército Alemán. Por ahí empiezan a “colarse” los británicos de la BEF y el 5º Ejército de Franchet D’Esperay.

11-UNA BATALLA EN TRES ESCENARIOS

La batalla del Marne se desarrolla en un entramado fluvial, un laberinto de canales, pantanos y ríos, con tres escenarios distintos y distantes. Un teatro de operaciones con tres “pistas”: sobre el mapa, a la izquierda (noroeste), el río Ourcq; en el centro los ríos Morin (el Petit Morin y el Grand Morin) y a la derecha (sureste), la comarca pantanosa de Saint-Gond.

[Como resulta imposible aquí reproducir con detalle los mapas del avance y los movimientos durante la batalla, a los más interesados en los detalles les recomiendo acudir a la monografía de Osprey (The First Battle of the Marne 1914: The French ‘miracle’ Halts the Germans Campaign. Ian Summer (2010). Oxford: Osprey), visitar la colección de mapas de la Academia Militar de West Point o acudir a esta magnífica cartografía animada (sólo funciona con Firefox)  sobre la batalla y otros episodios anteriores y posteriores.]

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Las tres “pistas” de la batalla del Marne. En amarillo, ofensivas francesas. En azul, movimientos de tropas del Primer Ejército alemán hacia el Ourcq. De izquierda a derecha en el sentido de las agujas del reloj, el río Ourq -primer escenario-, los pantanos de Saint-Gond -segundo escenario- y los ríos Morin -tercer escenario-

-LA BATALLA EN EL OURQ

Primer escenario: el Ourcq. Kluck no sólo resiste. También responde. Furor Teutonicus redivivo. El generaloberst invoca a Julio Cesar -“en las operaciones más grandes y arriesgadas, uno no debe pensar sino actuar”- y recuerda a Federico el Grande, -célebre por darle la vuelta a una situación adversa en el último minuto. Con la llegada de refuerzos, Kluck aprieta a los franceses.

Aquí se produce, entre el 7 y el 8 de septiembre, la imagen más publicitada de la batalla del Marne. Los “taxis que salvaron París”. El gobernador Galliéni requisa 500 taxis Renault para enviar dos regimientos de refuerzo al frente (4.000 soldados). “La idea, brillante, la ejecución desastrosa”, valora Herwig. 50 kilómetros de noche. Luces al mínimo. Apenas mapas ni señales. Unos se pierden, muchos pinchan. Atascos entre los que van y los que vuelven… Refuerzan la 7ª división en Nanteuil-le-Haudouin.

La mayoría de los historiadores no da hoy en día demasiada relevancia militar a la acción de los taxis. Lo que no quita para que se convierta en todo un golpe propagandístico: ilustra la “unión sagrada” francesa ante la guerra. Un siglo después, la foto de los taxis cargados de soldados pervive como la imagen emblemática de la Primera Batalla del Marne.

Por cierto, que al final los chóferes cobraron el 27% de la “carrera”; unos 35 francos de la época (116 euros actuales) por un recorrido de entre 120 y 200 kilómetros. Para hacerse una idea, el litro de leche costaba entonces 0,27 francos y un par de zapatos 16. Al Tesoro público francés la operación le salió por 70.000 francos.

taxis del marne
Print the legend. Los taxis que “salvaron” París

Los hombres del 6º Ejército están agotados. Abundan los relatos de soldados que caen dormidos en las pausas de la batalla. Las bajas son cuantiosas. Los mandos franceses esperan el ataque definitivo alemán para el día 10. Una ofensiva que previsiblemente les obligaría a retirarse. París estaría perdido. Las tropas de Maunoury son lo único que se interpone entre los prusianos y la capital… Pero el ataque final nunca se materializa. El día 10, -informan las patrullas- las posiciones alemanas se encuentran vacías y el enemigo, en retirada.

-LA BATALLA EN LOS PANTANOS DE SAINT-GOND

Segundo escenario. En los pantanos de Saint-Gond, el general Foch cultiva su leyenda. Joffre le ha colocado al frente del recién creado 9º Ejército. Su misión: fijar las posiciones alemanas del Segundo y Tercer Ejército para facilitar el avance del 5ª Ejército francés por la brecha abierta en el frente.

Los combates son brutales. El coronel Lamey de la 42 brigada informa a Foch: “No puede ocultarse el cansancio extremo, físico y mental, de mis hombres después de un día de fuego continuo sin poder responder. Los del 137º regimiento llevan 48 horas sin agua. Puedo aguantar esta noche porque no dudo que esta noche volverán a atacar… Pero un tercer día así será imposible sin graves repercusiones. Por ahora hemos evitado la desbandada de mis hombres. Pese a todo, puede contar con nosotros”.

Unas horas después, el coronel Lamey cae en combate.

franceses combatiendo en el marne
La infantería francesa en el fragor del combate

El 8 de septiembre Foch envía a Joffre su legendario comunicado: “Fuerte presión en mi derecha. Mi centro está cediendo. Imposible moverme. Situación excelente. Voy a atacar”. Otra leyenda del Marne, y pese a todo, citada siempre por los historiadores quizá porque refleja con fidelidadel carácter del famoso general y futuro comandante en jefe de los ejércitos franceses.
El ataque de la guardia alemana y el inminente colapso del 11º Cuerpo han colocado a Foch al borde de la derrota, pero como él mismo solía repetir: “Una batalla sólo se pierde cuando crees que está perdida”. Esta era la “fibra” que buscaba Joffre en sus mandos. En efecto, Foch planea una contraofensiva pero, de repente, los alemanes del Segundo Ejército se han desvanecido en retirada.

foch desafiante
Foch en1914

-LA BATALLA EN LOS RÍOS MORIN

Tercer escenario. El “área central” de la partida. Los ríos Morín (le Petit Morin y le Grand Morin). 6 de septiembre. El 5º Ejército francés y la BEF avanzan por la brecha abierta en las filas alemanas. Por la tarde los británicos entran en Coulommiers y encuentran las calles plagadas de botellas. “Según los vecinos, los alemanes se retiraron tan borrachos que apenas se tenían en pie”, cuenta el francés Blond, muy aficionado a resaltar en su crónica cómo los invasores arramplan con las bodegas de la Champaña francesa.

Dos días después, el 8 de septiembre la ofensiva franco-británica se pone como objetivo clave capturar Montmirail. El mismo lugar donde 100 años atrás Napoleón había derrotado a los prusianos de Blücher. Los fantasmas del pasado siempre presentes.

El golpe decisivo le toca al 18º Cuerpo de Ejército. En el cercano Marchais-en-Brie atacan el flanco derecho del Segundo Ejército de Bülow que ha quedado al descubierto por la marcha de los soldados reclamados por Kluck. Durante la tarde la infantería de la 35º División empuja a los alemanes de una posición a otra hasta que, ya de noche y bajo una tormenta, los franceses toman el pueblo. El enemigo aprovecha la oscuridad para retirarse.

La caída de Marchais-en-Brie hace insostenible la posición de Montmirail y si cae Montmirail todo el Segundo Ejército queda en situación vulnerable. Cuando la noticia de la caída de Marchais llega de noche al cuartel general de Bülow, el comandante del Segundo Ejército pierde los nervios. No hay alternativa. Hay que retirarse para evitar que la maniobra francesa les envuelva. Como si se tratara de un mecanismo de engranajes ensamblados, la retirada del Segundo Ejército desencadenará la retirada sucesiva del resto de ejércitos alemanes. La pequeña localidad de Marchais-en-Brie se convierte en “la zona cero” de la derrota alemana. El punto decisivo del ataque decisivo de la batalla decisiva de la guerra decisiva.

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Movimientos de franceses (en azul), alemanes (rojo) y británicos (morado) a lo largo de la batalla

Retirada en el Ourcq, retirada en Saint-Gond, retirada en los Morin; el efecto dominó recorre todo el frente alemán… ¿Qué ha pasado?

Ya es hora de que regrese a escena el teniente coronel Richard Hentsch.

(Continuará)

El día que estalló la I Guerra Mundial Adolf Hitler se arrodilló “y dio gracias al cielo con un corazón desbordante por permitirle la fortuna de vivir en estos tiempos”. El joven y fracasado Adolf encontraba su cita con el destino. Se acabaron los vaivenes de un albergue a otro, la venta de acuarelas por las calles… A sus 25 años, encontró en el ejército (bávaro) la orientación y el sentimiento de pertenencia que anhelaba. Nunca dejó de recordar aquellos días de sangre y fuego como lo mejor de su experiencia vital.

Que la Gran Guerra llevó a la II Guerra Mundial es una idea tan estereotipada que hace parecer inevitable el encadenamiento de ambos conflictos. Una simplificación que merecería matices porque ninguna de las dos guerras fue inevitable. De lo que no cabe duda es de que la experiencia de la primera forjó para bien o para mal el carácter de quienes vivieron ambos conflictos. “La guerra les cambió a ellos, ellos cambiaron el mundo”. Sobre este reclamo gira la miniserie The World Wars que ahora en España emite el Canal Historia bajo el título Un mundo en guerra.

Más detalles en este artículo de Jacinto Antón en elpais.com

En el documental, que cuenta con la presencia de historiadores de prestigio, se da carta de naturaleza a un relato de discutida verosimilitud pero de indudable atractivo para el espectador. La historia del soldado británico que tuvo a tiro al soldado Hitler y no disparó.

LA MEDALLA, LA PINTURA Y LA LEYENDA

Henry Tandey (1891-1977) fue el soldado británico más condecorado de la I Guerra Mundial. El 28 de septiembre de 1918 se ganó la más alta medalla militar británica por su “bravura e iniciativa” en la quinta batalla de Ypres. Después de los combates, cerca de Marcoing (norte de Francia), Tandey se habría cruzado con un soldado alemán herido, le habría tenido el punto de mira de su rifle y al final habría decidido no disparar. El alemán le habría devuelto un gesto de agradecimiento antes de alejarse y desaparecer. Supuestamente ese soldado era Adolf Hitler.

La historia circuló en los años 30 a partir de una visita del primer ministro británico Neville Chamberlain a Berghof, el “nido del águila”, la residencia de Hitler en los Alpes bávaros.

En el estudio de Hitler, Chamberlain  se fijó en una pintura sobre la batalla del cruce de Menin en 1914. En primer plano aparece un soldado, al parecer inspirado en Henry Tandey, que traslada a lugar seguro a un compañero herido. Hitler le contó a Chamberlain que ese soldado estuvo a punto de matarle.

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La pintura de los Green Howards con el supuesto Tandey acarreando a un herido

El recorrido del cuadro hasta el despacho del Führer resulta cuando menos enrevesado. Vayamos paso a paso.

Fue el regimiento de Tandey, los Green Howards, el que encargó la pintura al italiano Fortunino Matania en 1923.

Años después, en 1936, uno de los miembros del gabinete de Hitler, el doctor Otto Schwend, recibió de un amigo británico una postal que reproducía la pintura. El doctor Schwend había atendido al británico, el teniente coronel Earle, en un  puesto médico en el cruce de Menin en 1914, precisamente la localidad que reproduce el cuadro. Después de la Gran Guerra ambos mantuvieron el contacto.

Al ver la imagen, Hitler habría reconocido al soldado con el que se habría cruzado en 1918. El doctor Schwend solicitó una gran foto de la pintura y un asistente de Hitler se lo agradeció al regimiento de los Green Howards cuyo museo conserva la carta:

“Quiero agradecerles su amable regalo que ha llegado a Berlín gracias a los buenos oficio del doctor Schwend. Naturalmente el Führer está muy interesado en todo lo que tiene que ver con su experiencia en la guerra y se sintió emocionado cuando le mostré la fotografía… Me pide que les dé  las gracias por su amable regalo tan lleno de recuerdos”.

CHAMBERLAIN HITLER
El primer ministro británico Chamberlain con Hitler en 1938

Esta carta es uno de los escasos detalles confirmados de esta historia. Se conserva en el museo. El resto entra en el terreno de lo dudoso y lo imposible.

Dudoso que Hitler pudiera reconocer en el cuadro la cara del soldado Tandey. El Tandey de 1918 con el que se habría cruzado Hitler había sido herido en la batalla y su aspecto, cubierto de barro y sangre, sería mucho más desaliñado que el supuesto Tandey que aparece en la escena pintada de 1914.

Imposible porque diez días antes del supuesto encuentro, la unidad de Hitler se había trasladado 80 kilómetros al norte de Marcoing, cerca de Cambrai, donde se encontraba el regimiento de Tandey.

La fecha tampoco concuerda. El cruce entre Hitler y Tandey se habría producido el 28 de septiembre, pero los archivos bávaros muestran que Hitler estuvo de permiso entre el 25 y el 27 de septiembre.

“Eso significa que Hitler o bien estaba de permiso o estaba regresando del permiso o estaba con su regimiento 80 kilómetros al norte de Marcoing”, dice el biografo de Tandey.

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Hitler, a la derecha, en la I Guerra Mundial

Una estrategia recurrente para hacer pasar por verdad una mentira suele consistir en adornar el relato con gran abundancia de pequeños detalles en el relato. Y detalles no faltan:

En 1938, cuando Chamberlein visita a Hitler en su refugio alpino, el Führer alemán le habría comentado: “Ese hombre estuvo tan cerca de matarme que pensé que nunca volvería a ver Alemania… La providencia me salvó del fuego endiabladamente preciso que nos lanzaban esos chicos ingleses”.

Chamberlain habría llamado a Tandey para contarle la historia, pero le pilló fuera de casa y un sobrino de nueve años respondió a la llamada. No hay ni una sola nota en los papeles de Chamberlain -ni en sus diarios ni en sus detalladas cartas- sobre esta llamada o sobre la historia de Tandey. Item más: en los archivos de la compañía telefónica no figura ningún teléfono en la casa de Tandey en Coventry en 1938.

¿De dónde salió entonces la historia?

El biógrafo de Tandey la atribuye a un comentario en una celebración de su regimiento en 1938. Un oficial la habría escuchado de boca de Chamberlain. El propio Tandey nunca estuvo muy seguro. Sí, admitía que en la batalla del 28 de septiembre dejo escapar vivos a soldados enemigos, pero no podía ir mucho más allá.

“Dicen que me crucé con Adolf Hitler. Quizá tengan razón, pero yo no lo recuerdo”, comentó en 1939 al Coventry Herald.

Un año después cuando su casa, como gran parte de Coventry, había sido destruida por los bombardeos alemanes, Tandey habría lamentado no cargarse a Hitler. “Si hubiera sabido en lo que se convertiría”, cuentan que dijo.

El resto del trabajo lo hicieron los periódicos: “nada de lo que Henry hizo aquella noche aminoró su sentimiento de culpa”, “fue un estigma con el que Tandey vivió hasta su muerte”, “Él podía haber detenido todo esto, podía haber cambiado el curso de la historia”.

¿No resultaba extraordinaria la coincidencia? ¿que el soldado británico más condecorado de la I Guerra Mundial hubiera dejado escapar vivo a Adolf Hitler?

El relato no es otra cosa que un subproducto cuyo origen quizá haya que buscarlo más bien por los caminos de la psicología en los delirios mesiánicos del líder nazi.  Desde el fallido atentado de la cervecería de Munich hasta el de Stauffenberg el 20 de julio de 1944 en la Guarida del Lobo, Hitler se creyó protegido por la providencia.

Qué el mejor de los soldados británicos lo tuviera a tiro pero fuera incapaz de disparar y bajara su fusil encajaba en el relato mítico que Hitler construyó sobre sí mismo. La providencia le reservaba un destino grande, mucho más grande, y wagneriano que la muerte a los 29 años como un simple cabo desconocido en los embarrados campos de Flandes.

Y sin salirnos de la psicología (social, en este caso), no es irrelevante que la mentira cobrara vida propia impulsada por el irrestible atractivo de la historia virtual (¿y si Tandey hubiese disparado?) en un momento de máxima angustia de los británicos ante la amenaza nazi.

8-DE SUROESTE A SURESTE. EL GIRO DE VON KLUCK

El 30 de agosto, el francés Albert Fabre vio cómo los alemanes ocupaban su casa en Lassigny, 30 kilómetros al norte de Compiègne:

“Llegó un coche y de él descendió un oficial de modales arrogantes… Avanzó mientras los oficiales que formaban grupos delante de la casa le abrían paso. Un hombre alto y majestuoso, de rostro afeitado lleno de cicatrices, de rasgos duros y una mirada penetrante. En la mano derecha llevaba un fusil de soldado y la izquierda, apoyada en la empuñadura de un revolver. Se volvió repetidas veces, golpeando el suelo con la culata de su fusil, y luego se detuvo en una pose teatral. Nadie se atrevía a acercarse a él y la verdad es que atemorizaba”.

Era el ya famoso general Alexander von Kluck, 68 años, comandante en jefe del Primer Ejército alemán.

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Furor Teutonicus. El general Alexander von Kluck

Los seis cuerpos del Primer Ejército formaban el semicírculo exterior del ala derecha. “Que el último hombre a la derecha roce con su manga las aguas del canal”, dejó señalado Schlieffen. Los soldados marcharon tan al oeste que la gente que se cruzaba con ellos no se podía creer que fueran alemanes. Su trayectoria inicial les llevaba a rodear París por el oeste, pero esa maniobra nunca se llevaría a cabo.

París siempre fue un dilema. La ciudad surgía como un tajamar que rompía la ola alemana. Si la rodeaban por el oeste, el Primer y el Segundo Ejército se separarían y dejarían expuestos sus flancos. Si pasaban por el este, la maniobra envolvente podía frustrarse. Cualquiera de las dos opciones, favorecería a los franceses.

FORTIFICACIONES PARÍS 1914
El “rompeolas” de París. Dos círculos de 39 fuertes rodeaban la capital francesa

¿Qué ruta eligieron?

El paso por el este de París. A principios de septiembre el Primer Ejército comenzó a virar. Del suroeste al sureste.Los alemanes tomaron ese derrotero absorbidos por su obsesión: la persecución de los ejércitos franceses en busca de la nueva Cannae les arrastraba hacia el Marne.

En ese momento, el cambio de dirección no parecía entrañar riesgos. Después de las batallas de Le Cateau (26 de agosto) y Guisa/San Quintín (29 de agosto), los alemanes consideraban a los franceses, y a sus aliados británicos, un ejército derrotado y en retirada. Sólo faltaba darles la puntilla.

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¿Adios al plan Schlieffen? Las líneas del plan y, en verde, el avance real

“Nuestra ofensiva supera incluso las dimensiones napoleónicas. Ojala Schlieffen hubiera visto esto”, comentaba con entusiasmo Von Lauenstein, jefe de Estado Mayor del Tercer Ejército. Los boletines hablaban de “victorias decisivas” de ejércitos franceses “en huida”.

Sin embargo, hay quien albergaba dudas. A principios de septiembre, el ministro prusiano de la Guerra, Erich von Falkenhayn, visitó el frente y se preguntó ante Moltke “¿dónde están los trofeos, dónde los prisioneros de guerra?”.

“La victoria”, escribió Clausewitz, “es la destrucción de la fuerza del oponente para resistir”. A finales de agosto, los franceses seguían preservando esa fuerza.

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Von Kluck (en el centro) con la plana mayor del Primer Ejército en Flandes. A su izquierda, el jefe de su Estado Mayor, Hermann von Khul

Al dejar París a la derecha. Von Kluck y su jefe de Estado Mayor Hermann von Kuhl minimizaron la amenaza que representaba la guarnición de la capital. “Seis divisiones a lo sumo”.

Al este de la ciudad dejaron sólo un cuerpo de ejército para proteger su flanco. El IV Cuerpo de Reserva al mando del general de artillería Hans von Gronau. Una unidad, además, muy disminuida en efectivos.

A Kuhl no le preocupaba “el fantasma de París” mientras no se convirtiera en “carne y sangre”. Lo que no “veían” los jefes del Primer Ejército Alemán (o no querían ver porque avisos hubo) es que Joffre acumulaba fuerzas al norte de la capital. El fantasma de París estaba a punto de hacerse carne en los soldados del 6ª Ejército francés al mando del general Maunory.

9-LA HORA DE JOFFRE

If you can keep your head when all about you are losing heirs…(Si mantienes la cabeza cuando todos la pierden a tu alrededor…)” Los versos del If de Kipling se ajustan con precisión al relato del comportamiento del jefe militar francés Joseph Joffre en aquellos primeros meses de la guerra.

“Si Joffre hubiera muerto el 1 de septiembre, la historia lo recordaría como un incapaz y un carnicero”, escribe Hastings. “Sin embargo durante unas breves semanas, a finales de agosto y en septiembre de 1914, aunque el general no se ganó el derecho a ser considerado uno de los militares excepcionales de la historia, sí tuvo un momento de grandeza. Su primer éxito fue que tras los desastres de “las batallas de las fronteras”, no sufrió ningún ataque de nervios… Mantuvo la disciplina cuando otros perdieron la suya; demostró una calma olímpica y una voluntad de hierro que resultaron decisivas a la hora de impedir el triunfo de los ejércitos del káiser”.

Joseph Jacques Césaire Joffre, hijo de un tonelero, criado en una familia de 10 hermanos, ejemplo de la meritocracia militar republicana, ingeniero de formación, experto en ferrocarriles y fortificaciones. Más que por su genio estratégico, su reputación se fundaba en cualidades técnicas y administrativas. Toda su vida conservó el mote infantil atribuido a su seriedad: le pére Joffre, “papá Joffre”.

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El general Joseph Joffre en 1914

Si las fotos trasladan la rotunda figura del general, la impresión que causaba su rostro hay que buscarla en los retratos al óleo y en testimonios como el del oficial de enlace británico, Edward Spears:

“La blancura de su pelo, sus ojos de un azul lavado bajo unas enormes cejas blancas, la voz sin tono que debajo de su blanquecino bigote,… todo en él daba la misma impresión que un albino”. En las reuniones, escuchaba, apenas hablaba, se tomaba su tiempo, rumiaba las decisiones. La guerra sólo alteró uno de los hábitos regulares de Joffre. En las primeras semanas, dejó de echarse la siesta.

Una calma que no fue incompatible con una actividad incesante. Nada que ver con su rival Helmut von Moltke, recluido en su cuartel general de Luxemburgo. El generalísimo francés inundaba a sus comandantes con notas, telegramas, llamadas telefónicas; dictaba una tras otra instrucción general, giraba visitas al frente en un coche conducido a gran velocidad por Georges Bouillot, bicampeón del Grand Prix de Francia. Incluso asistió desde el puesto de mando a la dirección de batallas como la del 5º Ejército en Guisa. Como prueba de su implicación y activismo se suele citar que sólo en el primer mes destituyó a 37 generales.

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“Papá Joffre” reparte instrucciones

“Su calma y determinación… su carácter poco sofisticado y su liderazgo visionario”, según Sewell Tyng, autor de una de las primeras historias del Marne, fueron las razones por las que Francia no sucumbió a un nuevo colapso como el de 1870.

Después del estrepitoso fracaso de su Plan XVII; después de la carnicería en que desembocó el espíritu de “la ofensiva a ultranza”; después de errores como minusvalorar las fuerzas del enemigo o tardar en asumir la “evidencia” que caía sobre Francia desde Bélgica; después, en definitiva, de enviar a 100.000 jóvenes a la muerte, Joseph Joffre supo reaccionar.

No todos pudieron decir lo mismo. En esta historia, no abundan los genios militares. Estamos ante generales que, a menudo, superaban los sesenta años, que tomaban decisiones sobre un mapa con información imprecisa y fragmentaria; que intentaban mover a millones de soldados; que actuaban superados por las circunstancias, contra el tiempo y la presión; que vivían bajo la permanente pesadilla de verse rodeados y perder su ejército.

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Moltke y el kaiser Guillermo II de maniobras

Según los síntomas descritos por su mujer, Moltke sufrió una apoplejía cuando el káiser, en el último minuto, amagó con ordenarle un giro radical en sus planes de movilización. El comandante del Segundo Ejército alemán, Karl von Bülow, sucumbió a una crisis nerviosa la noche del 9 de septiembre, abrumado por las implicaciones de su retirada. El ruso Samsonov se pegó un tiro al ver aniquilado el II Ejército en la batalla de Tannenberg (92.000 prisioneros, 78.000 heridos y muertos).

O el general Lanrezac, comandante del 5º ejército francés. Un tipo tan brillante como pesimista. Desde Charleroi (Bélgica) venía combatiendo y escapando de milagro de los alemanes. La tensión psicológica le hundía por momentos en el abatimiento.

La noche del 31 de agosto en la terraza del Château en Craonne, el inglés Spears le escuchó murmurar versos de Horacio en Latín: “Beatus Ille qui procul negotiis… Dichoso aquel que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra… neque excitatur classico melestruci”.

Su “dicha” no se hizo esperar. Tres días después Joffre lo relevaba del mando y colocaba a Franchet D’Esperay. Hay cierta injusticia en todo esto. Porque fue Lanrezac quien más alertó -sin éxito- sobre la amenaza alemana por Bélgica y fue Lanrezac quien frenó y escapó a la ola teutónica en Guisa. Salvó su ejército y ganó un valioso día de respiro para los franceses. Pero el general “Casandra” no estaba hecho de la fibra que exigía el comandante en jefe.

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El general “Casandra” Charles Lanrezac

La destitución del Lanrezac, aunque dolorosa para su amigo Joffre, era inevitable si el generalísimo francés quería tenerlas todas consigo.

A finales de agosto, Joffre por fin “se cayó del caballo”. Las líneas del mapa –y la evidencia- empezaban a devolverle con claridad las intenciones alemanas. Abandonó su empecinamiento con el Plan XVII y preparó el gran redespliegue de sus ejércitos. La maniobra que salvaría a Francia.

Todo empezó a gestarse el 25 de agosto en la Instrucción General número 2 dictada desde el Gran Cuartel General de Joffre: “La reconstrucción en nuestra izquierda de una fuerza capaz de reanudar la ofensiva”. Con fuerzas detraídas de Alsacia y Lorena sumadas a la guarnición de París, Joffre ordenó crear una “masa de maniobra” ante Amiens o por debajo del Somme. Unos 150.000 soldados. Sería el futuro 6º Ejército francés.

La génesis estratégica de la batalla del Marne se acababa de poner en movimiento.

(Continuará)

“La era de las guerras de gabinetes ya queda atrás. Ahora ya sólo existen las guerras de los pueblos… La Europa industrial armada como nunca antes puede sufrir guerras cuya duración y final no podemos vislumbrar… guerras de Siete Años, incluso guerras de Treinta Años”
Helmut von Moltke, el mayor. Discurso de despedida en el Reischtag, 1890.

 4-EL BOSQUE EN MOVIMIENTO

“El símbolo de masa de los alemanes era el ejército”, sostiene Elias Canneti en Masa y Poder. “Pero el ejército era más que el ejército: era el bosque en marcha. En ningún país moderno del mundo el sentimiento del bosque ha permanecido tan vivo como en Alemania. Lo rígido y paralelo de los árboles erguidos, rectos, su densidad y su número colma el corazón del alemán con honda y misteriosa alegría… Ejército y bosque para el alemán, sin que él tuviese clara conciencia de ello, habían confluido de todas las maneras. Lo que a otros aparecía desolado o sentían árido en el ejército, tenía para el alemán la vida y luminosidad del bosque. No sentía miedo en él; se sentía protegido, uno entre todos. La rigidez y la rectitud de los árboles las hizo regla para sí mismo”.

La rigidez, la rectitud, el orden en la masa… El orden de batalla alemán tenía querencia por el dos. Dos regimientos por brigada, dos brigadas por división, dos divisiones por cuerpo de ejército. Cada cuerpo contaba con unos 40.000 soldados, 1.500 oficiales, 14.000 caballos, 2.400 vehículos de municiones y suministro para sus 25 batallones.Un cuerpo de ejército movilizado cubría 50 kilómetros de carretera y consumía 130 toneladas de comida y forraje al día. Entre dos y seis cuerpos formaban un ejército. Pues bien, siete ejércitos –más de un millón de soldados- fue lo que lanzó Alemania contra Francia en agosto del 14.

caballería alemana
División de caballería alemana en maniobras, 1912

La ofensiva no tenía precedentes. De un ejército regular de 880.000 soldados se pasó en agosto de 1914 a un total de 2,147 millones. 87 divisiones y 55 brigadas de caballería. El grueso, 70 divisiones, marcharía hacia el oeste.

Todo este gigantesco mecanismo se puso en marcha en la tarde del 31 de julio de 1914 cuando Guillermo II declaró “el peligro inminente de guerra” (Kriegsgefahr). Al día siguiente, sábado 1 de agosto, a las cinco de la tarde, el emperador firmó la orden de movilización general en el Cámara de las Estrellas del Neues Palais de Postdam sobre un escritorio –obsequio de su abuela la reina Victoria- fabricado con la madera del Victory, el buque insignia de Nelson en Trafalgar.

El jefe de Operaciones del Estado Mayor General, Gerhard Tappen, sacó de su caja fuerte  el “Plan de despliegue 1914/1915”. A partir de ese momento 200 telegrafistas y 100.000 operadores telefónicos difundieron la noticia del “peligro de guerra” a las brigadas de infantería repartidas por toda Alemania. La sección de ferrocarriles requisó 30.000 locomotoras, 65.000 vagones de pasajeros y 80.000 de mercancías para trasladar a los 25 cuerpos de ejército en activo. La movilización comenzó formalmente el 2 de agosto.

celebrando la movilización jovenes alemanes
2 agosto, 1914. Jóvenes alemanes celebrando la movilización

“Me gusta recordar las semanas anteriores a la guerra; se caracterizaron por una atmósfera de euforia y laxitud como la que suele preceder a las tormentas de verano”, escribió Ernst Jünger. Con la familia de veraneo, el joven Jünger, un espíritu ansioso de aventuras, se había quedado solo en casa preparando el examen final de bachillerato. Aquel día de agosto subió a hacer compañía al jardinero y al obrero que trabajaban en la reparación del tejado de la granja.

“Desde lo alto podía divisar el antiquísimo paisaje de llanuras en que estaba situada la casa… Hacia el oeste, la mirada se perdía en una extensa zona pantanosa, en la cual, según contaban las tradiciones, un ejército de Germánico había sufrido un descalabro”.

Sentados en el tejado recalentado por el sol hablaban con despreocupación cuando pasó por abajo, montado en su bicicleta, el cartero. “Sin bajarse, nos gritó estas tres palabras: ¡orden de movilización! Sin duda hacía horas que el telégrafo estaba difundiendo esas mismas palabras por todos los rincones del país.

El obrero acababa de alzar el martillo para dar un golpe. Detuvo su movimiento y con toda suavidad depositó la herramienta sobre el tejado. En ese instante entraba en vigor para él un calendario diferente… Yo tomé la decisión de participar en la guerra como voluntario, decisión que adoptaban a aquella misma hora centenares de miles de hombres… Nuestro pequeño y pacífico grupo se había convertido de golpe en un grupo de soldados”.

alemanes en tren hacia parís
Soldados alemanes en “el expreso de París”

En 312 horas, 11.000 trenes transportaron a 119.754 oficiales, 2,1 millones de soldados y 600.000 caballos por todo el territorio del Reich hasta las áreas de concentración en las fronteras con Bélgica, Luxemburgo, Francia y Prusia. Los soldados subían a los vagones cantando el himno patriótico Die Wacht am Rheim (La Guardia del Rin) entre el aplauso de las multitudes.

La infantería, la caballería y la artillería de los siete ejércitos de Moltke cruzaron el Rin a bordo de 560 trenes diarios de cincuenta y cuatro vagones cada uno. Sólo entre el 2 y el 8 de agosto, 2.150 trenes en intervalos de 10 minutos pasaron sobre el puente Hohenzollern de Colonia. La logística militar largamente planeada fue ejecutada con precisión germánica.

5-EL MITO DE LA BATALLA DEFINITIVA

Los planes militares alemanes y los franceses compartían una ilusión: el mito de la “batalla decisiva”. Quizá sería más exacto hablar de “batalla definitiva”. Creían posible alcanzar en una victoria rápida y total en una gran batalla concluyente.

Debía evitarse, advertía Schlieffen, una estrategia de desgaste porque Alemania perdería ante las reservas de sus enemigos. Las regulaciones francesas de 1913 coincidían en el pronóstico: “La naturaleza de la guerra, el tamaño de las fuerzas implicadas, las dificultades para mantener los suministros, la interrupción de la vida social y económica del país, todo lleva a la busca de (una batalla decisiva) en el menor tiempo posible para terminar rápidamente la guerra”.

Toda una paradoja. Los beligerantes movilizaban el máximo de recursos para poder asestar un golpe definitivo y ahorrarse una guerra larga, pero al mismo tiempo eran conscientes de que esa misma movilización masiva conduciría a una guerra larga. Ninguno iba a rendirse a las primeras de cambio. No habría un nuevo Sedán. Era como si Europa programara su propio suicidio a sabiendas.

A sólo cinco días de la movilización, Helmut von Moltke, se descolgó con un sorprendente comentario al káiser(citado por Hastings): “La próxima guerra será una guerra nacional. No se resolverá mediante una batalla decisiva, sino en una contienda larga y agotadora con un enemigo que no caerá vencido hasta que se quebrante por completo su fuerza nacional… Una guerra que agotará por completo a nuestro propio pueblo, aun si vencemos… Los estados europeos se destrozarán mutuamente y la civilización desaparecerá de casi toda Europa durante décadas”.

Moltke el joven de uniforme  Moltke el joven calvo
Helmut von Moltke, el menor

Y, sin embargo, el mismo Moltke, como un sonámbulo conducido por una fuerza que le domina, fue uno de los impulsores de la guerra del 14. ¿Su argumento? ”Ahora o nunca”. Convencido de la inevitabilidad del conflicto, creía que las probabilidades de resolverlo a favor de Alemania aumentaban si Berlín lanzaba una guerra preventiva antes de que sus rivales se hicieran más fuertes.

6-OFENSIVA A ULTRANZA: À LA BAIONETTE! EN AVANT!

El rearme francés no era una ilusión. No sólo por las fortificaciones construidas a lo largo de la frontera después de la derrota ante los prusianos en 1870. En 1913, el servicio militar se llegó a ampliar a tres años.

En efectivos, el ejército regular francés (884.000 soldados) era equiparable al alemán. La movilización lo elevó por encima de su rival hasta 2.300.000 hombres a los que se sumaba otro millón de reservistas acuartelados. 1,6 millones partieron hacia el frente. Un esfuerzo tremendo. Francia, con una población estancada de 40 millones, muy inferior a la alemana (68 millones), movilizó a casi todos los hombres aptos en edad militar (un 84% frente al 53% de los alemanes). Con una diferencia: ni el adiestramiento táctico ni la pericia de sus reservistas estaba a la altura de los alemanes.

El mecanicismo también dominaba el pensamiento militar francés. El comandante en jefe, Joseph Joffre, advirtió en julio de 1914 al Gobierno que por cada día de retraso en decretar la movilización, Francia perdería 25 kilómetros de territorio nacional. 25 kilómetros, ni más ni menos. Como en Alemania, los argumentos técnico-militares atemorizaban a la política.

¿Y qué decir de la vestimenta? Temeraria.La infantería francesa fue a la guerra con la indumentaria de sus abuelos. Desoyó la tendencia hacia uniformes menos llamativos, como el gris de campaña alemán, y marchó a los campos de batalla con sus guerreras azules, sus pantalones rojos, su quepis, 25 kilos de carga a la espalda (incluido, en algunos casos, un fardo de leña) y, colgando, escudillas metálicas que brillaban al sol y facilitaban aún más el blanco.

uniforme frances
El poliu francés en 1914

Pero quizá la carga más mortífera fue la filosofía de sus líderes militares. Veneraban por encima de todo el espíritu de la ofensiva, “l’offensive à outrance”.

El coronel De Grandmaison, en unas influyentes conferencias de 1911: “Los factores morales son los únicos factores decisivos en la guerra… Hay que asegurar el enfrentamiento inmediato con el enemigo y crear en él una mentalidad defensiva… En la ofensiva, la temeridad es la política más segura… Las intenciones del enemigo son de importancia menor porque nosotros queremos imponer nuestra voluntad”.

Ferdinand Foch, en la Escuela de Guerra: “No hay victoria sin batalla: la victoria es la recompensa por la sangre… La guerra sólo es salvajismo y crueldad y no acepta otro medio para alcanzar sus fines que no sea la efusión sangrante”.

Joseph Joffre. Ordenanzas de 1913: “El ejército francés retomando sus tradiciones en lo sucesivo sólo reconocerá la ley de la ofensiva… Las batallas son por encima de todo un combate moral… La derrota es inevitable cuando desaparece la esperanza en la victoria “.

Imbuido de este “espíritu” se fue a la guerra el poilu (apelativo popular del soldado francés). Con sus oficiales al frente se lanzaban al ataque animados por el redoble de los tambores y la música de clarines. Una vez alcanzadas las líneas hostiles, al grito de “À las baionette! En avant”, calaban sus bayonetas (la rosalie: 52 centímetros de hoja fina y triangular) y cargaban contra el enemigo.

Con resultados desastrosos…

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Ofensiva a ultranza. Soldados franceses cargan bayoneta en ristre

Un ejemplo: 21 de agosto de 1914. Primer encontronazo entre el 5º ejército francés y el Segundo Ejército Alemán en Charleroi (Bélgica).

Los franceses lanzaron cargas masivas para recuperar los puentes del río Sambre. Fue una jornada sangrienta. Combates cuerpo a cuerpo. 6.000 bajas. Dos regimientos franceses de infantería colonial aniquilados. El informe de uno de ellos describía con laconismo como “el portaestandarte murió cinco veces”.

Edward Spears, oficial de enlace británico y testigo de la batalla, relata: “Como si fueran maniobras, en densa formación, al son de clarines y tambores y con las banderas al viento, se arrojaron al asalto con suma gallardía… Hombres aguerridos, frente a ametralladoras y cañones cuyos artilleros jamás hubiesen soñado con aquellos blancos”. Y una y otra vez volvían a la carga: “Eran como niños ansiosos, tan alegres como si estuvieran de vacaciones y fueran a echarse a caminar, carretera abajo, para pasar un día en la feria del lugar”.

El 22 de agosto murieron 27.000 soldados franceses. El día más negro en toda la historia militar de Francia. El 29 de agosto el total de bajas francesas sumaba 260.000 hombres (75.000 muertos; el resto, heridos, desparecidos y prisioneros). A finales de septiembre la cifra se elevó a los 329.000. La Gran Guerra duró cuatro años, tres meses y diez días. Sólo en los dos primeros meses, Francia sufrió el 16% de todas sus bajas.

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Francia se desangró: 329.000 muertos en los dos primeros meses de guerra

7-WESTAUFMARSCH. LA APISONADORA ALEMANA

El 3 de agosto elementos de la caballería alemana entran en Bélgica. Deben explorar el terreno entre Aquisgrán de Lieja. El día siguiente, el 4 de agosto al atardecer, los pilotos aliados avistan el avance de cinco grandes columnas grises en un frente entre Aquisgrán y Malmedy: 25.000 soldados de infantería, 8.000 de caballería y 124 cañones. Comienza la “violación” de Bélgica.

Cannae se ha puesto en movimiento. La Westaufmarsch, la marcha hacia el oeste. Siete ejércitos se emplean en la ofensiva occidental. Dos defienden las fronteras en Alsacia y Lorena, donde los franceses lanzan infructuosos ataques al inicio del conflicto. Otros cinco ejércitos avanzan como una apisonadora describiendo una marcha circular, una gigantesca rueda en movimiento cuyo eje es la ciudad de Metz.

Divisiones, brigadas, regimientos…, como una enorme migración animal, ríos de soldados uniformados con el gris de campaña fluyen por corredores en paralelo entre Bruselas y las Ardenas.

Avance alemán
Infantería alemana de maniobras antes de la guerra

La capital belga cae el 20 de agosto.”Unas estruendosas salvas de artillería anunciaron a la población que los alemanes iniciaban su entrada triunfal”, lee Gaziel días después en un ejemplar del Daily Mail que ha llegado a un París hambriento de noticias.

Durante dos días y dos noches, los hombres del Primer Ejército alemán atraviesan Bruselas. Desfilan al paso de la oca seguidos por las baterías de campaña y los pontones pintados con el “tono monótono y oscuro de las tierras bajas: era como el desfile de un monstruo enorme, de músculos de hierro y miembros de acero, que resbalaba lentamente sobre los empedrados de Bruselas, en un alarde de fuerza victoriosa”.

La metalurgia del despliegue –el acero de las tempestades de Jünger- también impresiona al embajador americano: “Una horda poderosa y sombría…Una cosa de acero atronadora acompañada de pífanos y batir de tambores”.

Entrada alemana en Bruselas
Llegan “los invitados”. Los alemanes hacen su entrada en Bruselas

Una exhibición estridente y humillante… De pronto, cuenta el Daily Mail, aparecen “dos oficiales belgas maniatados al estribo de sendos oficiales alemanes de caballería y siguiendo a pie, con los ojos caídos, la marcha de los vencedores”.
Las noticias de represalias contra los civiles belgas recorren el mundo. El saqueo de Lovaina a finales de agosto -248 asesinados, 40.000 deportados, 2.000 edificios destruidos-entra en los anales de la infamia.

Louvain-in-ruins
Brave little Belgium. Lovaina en ruinas

Los ejércitos alemanes vencen la meritoria resistencia belga en los fuertes de Lieja y Namur, atraviesan la siempre complicada orografía de las Ardenas, chocan con los franceses en Charleroi y con los ingleses en Mons. Ambos se baten en retirada.

Pese a los contratiempos, cumplen los plazos previstos. Tres semanas de marchas de 30 kilómetros diarios con 25 kilos de impedimenta a la espalda. Ruido sordo de botas cerradas en apretada formación, de carros, cañones y caballos bajo el intenso calor de uno de los agostos más calurosos del siglo. Las cabezas embutidas en los pickelhaube, los puntiagudos cascos prusianos de cuero duro recubiertos de tela gris para amortiguar los brillos.

“Cada día que pasaba teníamos que caminar más rápido y más lejos”, recuerda un soldado alemán. “Dormíamos apenas dos horas por la noche. A veces nos sentíamos como borrachos. Estábamos tan cansados… Y sin embargo cuando un mensajero del mando de la división pasó junto a nosotros y gritó `ha caído Sedán´, una tremenda celebración sacudió a toda la columna”.

El reportero americano Will Irwin, al informar del avance de la “máquina gris de muerte” de los alemanes, observa: “Y sobre todo un olor que nunca había visto mencionado en ningún libro sobre la guerra: el olor de medio millón de hombres sudorosos, el hedor de una manada de animales elevado a la enésima potencia… Ese olor permanecía durante días en cualquier pueblo por el que hubieran pasado los alemanes”.

alemanes entrando en francia
Soldados alemanes entrando en Francia

(Continuará)

Kein Plan überlebt die erste Feindberührung”.
(“Ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo”)
Helmut von Moltke, el mayor

2-EL PLAN SCHLIEFFEN

La geografía es el destino. Desde la fundación del II Imperio Alemán en la Galería de los Espejos del palacio de Versalles el 18 de enero de 1871, la nueva y pujante Alemania pesaba demasiado en Europa. Como los grandes cuerpos celestes deforman el espacio que les rodea y crean el efecto gravitatorio, la unificación alemana rompía equilibrios y suscitaba recelos a su alrededor. Berlín no sólo temía la revancha francesa por la humillación de Sedán (1870), también una guerra simultánea en dos frentes contra Francia en el oeste y Rusia en el este.

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Fundación del II Imperio Alemán en Versalles

El vencedor de Sedán, Helmut von Moltke, el mayor (no confundir con su sobrino del mismo nombre, jefe de los ejércitos del káiser en 1914 y protagonista destacado del Marne) respondió con inesperado realismo a este desafío estratégico. El mismo año de su aplastante victoria sobre los franceses llegó a la conclusión de que la guerra, como recurso político, ya no era una opción viable para su país.

“No cabe esperar que Alemania se libre de un enemigo con una ofensiva rápida y victoriosa en el oeste, para luego volverse contra el otro enemigo. Acabamos de ver lo que ha costado concluir incluso una guerra victoriosa contra Francia”, escribió en el plan de operaciones de abril de 1871.

Ante la eventual guerra en dos frentes, Moltke apostaba por la defensa. Dividiría el ejército alemán para contener en el oeste a los franceses y lanzaría una ofensiva limitada en el este. No más allá de Brest-Litovsk. Nunca se debía caer en el error de Napoleón: dejarse devorar por los inmensos espacios de Rusia.

 

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Helmut von Moltke, el mayor

El concepto de Moltke experimentó un vuelco radical con la llegada a la jefatura del Estado Mayor General (Grosse Generalstab) de Alfred Graf von Schlieffen en 1891.

Moltke descartaba la victoria total, Schlieffen la creía factible. Moltke dividía el ejército en dos mitades, Schlieffen concentraba en el oeste siete octavas partes del ejército alemán. Su plan consistía en derrotar a Francia en 40 días y trasladar después a los soldados al este para frenar a los rusos. Schlieffen estimaba que el zar tardaría al menos seis semanas en movilizar sus tropas por las atrasadas comunicaciones rusas. La velocidad era un factor fundamental. La apuesta no podía ser más arriesgada.

schlieffen
Alfred Graf von Schlieffen

Jefe del Estado Mayor General alemán desde 1891 hasta 1905, el conde Schlieffen encarnaba la quintaesencia del militarismo prusiano. Le interesaba la elaboración de planes, la disposición de divisiones y ejércitos en los mapas, el cálculo de los soldados que podían avanzar por una carretera a una determinada velocidad… Distante, sarcástico, arrogante; carecía de aficiones. Después de una jornada de trabajo hasta bien entrada la noche, su idea de un momento relajante consistía en leerles a sus hijas libros de historia militar.

“Al final de su carrera había reducido la guerra a una pura abstracción”, comenta Keegan. Nunca dejo de darle vueltas a las cifras de su grandioso plan, a los dilemas que dejaba sin resolver. Tal era su obsesión que en su lecho de muerte- con 80 años, el 4 de enero de 1913- cuando ya llevaba años retirado del Estado Mayor, sus últimas palabras fueron “reforzad el flanco derecho”.

Si non è vero… La anécdota, posiblemente apócrifa como tantas “últimas palabras”, resume al personaje y, más importante aún, deja en evidencia las dudas de su autor sobre el plan de guerra al que se iba a encomendar en cuerpo y alma el II Imperio Alemán.

3-CANNAE EN EL SENA

La idea clave se había escrito 2000 años antes en una llanura del sur de Italia.

Schlieffen admiraba la célebre batalla de Cannae (216 a.de C.) donde Anibal aniquiló con una maniobra envolvente a las legiones romanas. La estratagema del cartaginés consistió en situar en el centro de su formación a las tropas más débiles que- tal y como esperaba- pronto cedieron ante la embestida del enemigo. Cuando los romanos creían estar venciendo, avanzaban hacia una trampa. Anibal desplegó por los flancos a la caballería y la infantería cartaginesas hasta rodear y aniquilar a las legiones al mando de los cónsules Terencio Varron y Paulo Emilio.

Sostiene Plutarco –Vida de Fabio Máximo– que si la república romana se salvó fue sólo por la intervención de un ser sobrenatural. Sin duda, una de las victorias más brillantes de la historia militar que, sin embargo, Anibal no supo aprovechar: “Tú sabes vencer”, reprochó el cartaginés Barca a Anibal. “Pero no sabes explotar la victoria”. Al final, la romanos ganaron las guerras púnicas. Parece que Schlieffen prefirió olvidarlo.

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Cannae. Las legiones romanas en rojo; el ejército de Anibal, en azul

¿Anibal?¿Cannae?¿Una batalla de hace 2000 años como modelo?

“Los principios generales de la estrategia no han cambiado”, escribió Schlieffen en su influyente artículo sobre Cannae. “La batalla de aniquilación puede llevarse a cabo de acuerdo con el mismo plan que elaboró Anibal en tiempos ya olvidados. El frente enemigo no es el objetivo del ataque principal… Lo esencial es machacar sus flancos… y completar el exterminio atacándole por la espalda”.

Importaba el concepto. “La idea de una gigantesca batalla envolvente contra Francia se convirtió en una idée fixe de Schlieffen”, dice el historiador Herwig. En los años 20, el general Hans von Seeckt, creador de la Reichswher de la república de Weimar, lamentaría la obsesión: “Cannae: ningún lema resultó tan destructivo para nosotros como éste”.

En su última versión, el Gran Memorando de 1905, el plan Schlieffen proponía resistir con pocas tropas en la frontera con Francia mientras el grueso del ejército alemán se empleaba en una gigantesca maniobra envolvente a través de Bélgica -una “Cannae colosal”- para caer por la espalda de los ejércitos franceses y derrotarlos en un enfrentamiento final. Todo en cuarenta días.

A partir de 1905, el sucesor de Schlieffen, Helmut von Moltke, el menor, en vez de “reforzar el flanco derecho”, lo debilitó. Sus modificaciones pasaban por enviar más tropas al este. Rusia había modernizado su red ferroviaria y, según su pacto con Francia, se comprometía a atacar Prusia en los primeros 15 días de conflicto.

Además, en el frente occidental, Moltke decidió otro cambio más relevante: desplazó fuerzas del ala derecha a la izquierda (más de 300.000 soldados). Si Schlieffen pedía una relación 7:1 entre derecha e izquierda, Moltke la rebajó a 3:1. Temía que los franceses se hicieran con las industrias vitales del Sarre.

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“Generaloberst” Helmut von Moltke, el menor

Pese a los cambios, el plan Schlieffen-Moltke mantuvo el concepto esencial, la “Cannae colosal”. Sólo cambiaba la “ferretería”. Ahora el “martillo” de Schlieffen, que golpeaba la espalda francesa contra el “yunque” alemán, se transformaba en la “tenaza” de Moltke, que buscaba cerrarse sobre los franceses desde ambos flancos.

Martillo, tenaza… La trayectoria del plan se prestaba a la metáfora: la guadaña, la hoz, la rueda, el rastrillo…. “Una poderosa ala derecha que cruzaría todo el territorio belga y se desperdigaría sobre el país como un monstruoso rastrillo”, según la descripción de Barbara Tuchman.

“El plan Schlieffen fue el documento gubernamental más importante de la primera década del siglo XX”, comenta el historiador militar británico John Keegan. “Podría argumentarse que fue el más importante documento oficial de los últimos cien años porque lo que provocó en el campo de batalla -las esperanzas que alentó, las expectativas que vio frustradas- tuvo consecuencias que aún se dejan sentir en nuestros días”.

Sobre el mapa, las flechas oscuras del plan de avance que atraviesan Bélgica y se ciernen sobre París prefiguran la sombra tétrica de los dedos de Nosferatu.

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(Continuará)

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Batalla del Marne, 1914. Llegando a la guerra en taxi (coches del fondo)

“Quiconque aujourd’hui réfléchit sur les guerres et sur la stratègie, élève une barrière entre son intelligence et son humanité”.
Raymond Aron, Penser la Guerre, Clausewitz
(“Quien quiera que hoy en día reflexione sobre la guerra y la estrategia eleva una barrera entre su inteligencia y su humanidad”)

1-LA MISIÓN DEL TENIENTE CORONEL RICHARD HENTSCH

El 8 de septiembre de 1914, a las 10 de la mañana, dos coches parten del Cuartel General del Mando Supremo del Ejército Alemán (Oberste Heeresleitung, OHL) que dirige la guerra desde Luxemburgo. A bordo viajan el jefe de la sección de Inteligencia del Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch, acompañado por dos capitanes y un conductor. Les sigue un coche de reserva.

La misión de Hentsch durará tan solo dos días pero las repercusiones de su gira por el frente alemán han sido motivo de controversia durante cien años. Hentsch debía valorar, informar y trasladar las instrucciones del Mando Supremo a los jefes militares que dirigían la ofensiva contra Francia.

Aquel 8 de septiembre el ala derecha de los ejércitos alemanes combaten desde París a Verdún en un frente de 250 kilómetros. La línea de avance germano forma un saliente semejante a un arco apuntado al sur y cuya cuerda fuera el curso del río Marne, tributario del Sena.

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El frente del Marne el 9 de septiembre

Elementos del Primer Ejército Alemán ocupan posiciones 30 kilómetros al este de París. Con el enemigo a las puertas, la capital se vacía. La inminente llegada de los prusianos ha caído como una bomba. A la población se le ha ocultado durante un mes los reveses del ejército francés. Ávidos de noticias (cuentan que André Gide compraba hasta nueve periódicos diarios), los parisinos llevan semanas leyendo el mismo titular: “Les forts de Liège tiennent toujours”, los fuertes de Lieja resisten. Y cuando creían a los alemanes aún en Bélgica, descubren con espanto que ya han cruzado el río Somme.

Hace seis días que el gobierno francés ha abandonado la capital rumbo a Burdeos. Miles de refugiados siguen sus pasos. Trenes atestados, viajes tortuosos e interminables. En la estación de Austerlitz “el inmenso patio que está a la entrada ofrece el más extraño y miserable aspecto”, escribe en su diario de estudiante en París Agustí Calvet, Gaziel, el futuro director de La Vanguardia. “Centenares, millares de fugitivos del norte de Francia y del propio París, tendidos por el suelo, acurrucados en los rincones, apiñados, confundidos, esperan la salida de un solo tren. Se oyen gritos estridentes de los que se extravían entre la multitud compacta; hay niños llorando porque sus padres les han dejado un instante para ir a recoger noticias y se han alarmado al verse solos en medio de aquella confusión inmensa”.

 

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Refugiados belgas huyendo de los alemanes, agosto 1914

La defensa de París ha quedado a cargo del gobernador militar, el general Joseph Galliéni, héroe de las guerras coloniales francesas. Pese a su edad, 65 años – ésta fue una guerra de generales sesentones, Maunoury, 67; Moltke, 66; Joffre, 62; Hindenburg, 67; Kluck, 68; Bülow, 68…-, el enjuto Galliéni exuda energía. No pierde un minuto. Rápidamente se pone a organizar la defensa de la ciudad, una de las pocas capitales de Europa aún fortificadas. Entre los planes de contingencia, volar los puentes del Sena e incluso la torre Eiffel, que actúa como emisor de radio. A los defensores se suma desde la reserva como teniente coronel de artillería el rehabilitado Alfred Dreyfuss, antaño protagonista desgraciado del caso más célebre de Francia.

“París es una expresión geográfica”, sostiene Joffre. El general en jefe de los ejércitos franceses resta importancia a la posible pérdida de la capital. Los alemanes parecen pensar lo mismo. El objetivo que persiguen sin descanso no es la toma de París sino la derrota y rendición del ejército enemigo. Desde Bélgica pisan los talones a los franceses que, por ahora, han conseguido escapar al cerco. Los últimos días de agosto pasarán a la historia como los de la Gran Retirada. Un millón de soldados franceses y sus aliados británicos de la BEF (British Expeditionary Force) reculan en dirección sur.

A principios de septiembre, el káiser Guillermo II está exultante: “Ya hemos llegado al día 35. Rodeamos Reims y estamos a 50 kilómetros de París”. El día 35 es el día 35 a contar desde la movilización del 2 de agosto. Según el plan militar alemán, el célebre plan Schlieffen, entre el día 31 después de la movilización y el día 40, debía producirse la batalla decisiva que acabaría la guerra en el frente occidental. Gaziel también recuerda cómo los diarios franceses especulan un día sí y otro también con esa “gran batalla decisiva” que debía sellar el destino de la guerra.

Y, sin embargo, el 9 de septiembre, sin que mediara una derrota, después de un mes de combates, de un mes de marchas agotadoras, de un mes de conquistas pagadas a un alto precio, los soldados alemanes inician una inesperada retirada hasta el río Aisne. Y allí empiezan a cavar las trincheras a lo largo de un frente que permanecerá básicamente estable a lo largo de cuatro años. Tan estable que en el Marne da nombre a dos batallas. La de septiembre del 1914 –que recordamos aquí- y otra, la Segunda Batalla del Marne, entre julio y septiembre de 1918.

Si la Primera Guerra Mundial fue el acontecimiento que definió el siglo XX, la batalla del Marne fue su momento decisivo. Los alemanes perdieron su oportunidad. Los franceses recuperaron el aliento. La guerra de maniobra se transformó en guerra de desgaste. La batalla del Marne cambió el curso de la guerra y marcó el destino del siglo más sangriento en Europa.

“Lo más interesante de la Gran Guerra, hay que buscarlo en los primeros meses”, escribió Winston Churchill. “El avance de fuerzas gigantescas, las incertidumbres sobre su despliegue y enfrentamiento, el papel veleidoso del azar hicieron de la primera colisión un drama nunca superado”.

Fuera de Francia, la Primera Batalla del Marne no suele ser tan evocada como el Somme, Verdún, Ypres, Tannenberg o Gallipoli. Del “miracle de la Marne” se recuerda la requisa de los taxis de París para enviar tropas de refuerzo al frente. Pero más allá de este episodio colorido, ingenioso y de dudosa relevancia militar, el Marne resulta interesante por razones más abstractas.

No sólo fue un punto de inflexión en el conflicto que acababa de estallar, también entraron en juego factores que hacen del relato del Marne, de sus antecedentes, de su desenlace, un compendio de las variables de la guerra. Ni una victoria aplastante, ni una derrota sin paliativos. La batalla del Marne resulta tan “imperfecta” como fascinante. Puro drama. El azar y la necesidad, la volatilidad de los planes militares, la “fricción” y la “niebla de la guerra” de Clausewitz, la audacia de algunos comandantes, el sufrimiento de los soldados, el liderazgo (o su carencia) de un puñado de generales, el horror y la sangría de miles de jóvenes en una escala desconocida hasta entonces.

El historiador Holger Herwig valora el Marne como “la batalla terrestre más significativa del siglo XX y la más decisiva desde Waterloo”. El británico John Keegan califica la decisión que tomaron los alemanes en esos días de septiembre de 1914 como “la más importante entre la movilización y el armisticio de noviembre del 18”. El arriesgado plan alemán para obtener una rápida y decisiva victoria en el frente occidental se fue a la estantería de los grandes fracasos militares.

Que en todo esto fuera determinante el papel de un simple teniente coronel, Richard Hentsch, ha sumido en la perplejidad a historiadores y militares durante un siglo. Max Hastings ha escrito recientemente que la misión de Hentsch fue “la manifestación más radical de autoridad delegada en la historia militar”.

 

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El teniente coronel Richard Hentsch

En la posguerra, el jefe de Estado Mayor del Ejército de EEUU, Peyton C. March, se mostró sorprendido de que los más altos generales del ejército alemán hubieran obedecido a un “teniente coronel perfectamente desconocido… que se excedió ampliamente en su autoridad“. Propuso, con ironía, que los aliados levantaran un monumento en honor a Hentsch.

Incluso 50 años después, un antiguo mando del ejército alemán, testigo en primera línea de las decisiones en el Marne, escribió: “Si el pesimista teniente coronel Hentsch se hubiera estampado contra un árbol… en algún punto de su viaje del 8 de septiembre o si le hubiera pegado un tiro un soldado francés rezagado, habríamos obtenido un alto el fuego dos semanas después y alcanzado una paz en las que podríamos haber pedido de todo”.

Medio siglo después aún persistía el mito: Hentsch, el mensajero de la derrota. ¿O el chivo expiatorio? La realidad –como suele suceder- fue mucho más compleja.

(Continuará. Primera entrada de una serie sobre la batalla del Marne)