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José Luis Gómez, “encarnado” en Unamuno camina por el claustro de la Universidad de Salamanca

“¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!”, el grito estremece al público en la penumbra del paraninfo de la Universidad de Salamanca. El escenario y el día acentúan el dramatismo porque fue en este mismo espacio, y también un 12 de octubre pero de 1936, donde Miguel de Unamuno se enfrentó con gesto heroico y verbo acertado a la exaltación de la violencia y el odio sectario de ponentes y congregados.

80 años después, el actor José Luis Gómez se viste de Unamuno para revivir un cruce verbal que condensa la dialéctica del periodo más negro del siglo XX español. No hay una trascripción exacta -recuerda la historiadora Colette Rabaté en el coloquio que precede a la conmemoración-, pero sí una reconstrucción verosímil de lo que allí se dijo.

Al final de esta entrada, he subido el vídeo completo, el coloquio seguido de la representación. Los más impacientes, los más ocupados tienen aquí un avance de la dramatización del enfrentamiento, la lectura de los dos últimos poemas de Unamuno y de la carta final a su amigo Quintín de la Torre. Todo en la voz de José Luis Gómez. Visto el éxito y la repercusión de la conmemoración, no estaría de más plantearselo como un ritual civil que se asiente en los 12 de octubre.

http://saladeprensa.usal.es/atom/102266

12 de octubre de 1936. La guerra civil española entre en su cuarto mes. Salamanca se ha convertido en capital improvisada de la rebelión militar. Unamuno, republicano de primera hora, saluda el alzamiento como una rectificación saludable del desorden en el que, a su juicio, ha degenerado el régimen republicano. Pero las noticias que le llegan sobre la crudeza de la represión en su zona, dominada por los militares rebeldes, van empujándole hacia una disidencia contenida. Hasta el 12 de octubre. Lo que escucha ese día en el paraninfo -“el templo de la sabiduría”- rompe los diques que se ha impuesto a sí mismo.

Hay varias versiones de lo ocurrido en el paraninfo. Difieren en qué se dijo exactamente y quién dijo qué, pero concuerdan en lo esencial. Rescato la de Luciano G. Egido en Agonizar en Salamanca (2006)

El rector Unamuno no tiene previsto hablar en la celebración académica del “día de la raza”. Desde la mesa que preside el acto, acompañado por el obispo Pla y Deniel, la mujer de Franco, Carmen Polo, y el general Millán Astray, el venerable catedrático de griego escucha los discursos del historiador Loscertales -“¿Estudiantes salmantinos, entráis en la vida cuando se ha hecho milicia”-, del dominico Beltrán de Heredia, invocando el magisterio de la Escuela de Salamanca en la colonización de América; del poeta José María Pemán -“Muchachos de España, hagamos cada uno en cada pecho un Alcazar de Toledo”- y, sobre todo, del catedrático de Literatura Francisco Maldonado que insta a exterminar la “Anti-España” y arremete contra vascos y catalanes,”dos pueblos industriales y disidentes… explotadores del hombre… los cuales a costa de los demás españoles han estado viviendo hasta ahora… en un paraíso de la fiscalidad y de los altos salarios”.

La defensa cerrada de la unidad de España desata el delirio. Alguien lanza la consigna legionaria “¡viva la muerte!” repetida como un eco por el paraninfo universitario. Desde el estrado, Millán Astray grita “¡España!”. Los presentes responden al unísono:”¡Una!”. El fundador de la legión carga de nuevo: “”¡España!”; “¡Grande!”, retumban las paredes del paraninfo. “¡España!” remata el general; “¡Libre!” ruge el auditorio.

La retórica enfebrecida de los oradores, los gritos, el clamor irracional… Esto es más de lo que puede soportar el viejo rector -tiene 72 años-.En el sobre de la carta que le ha entregado la mujer de su amigo Atilano Coco -pastor evangélico de Salamanca, detenido por masón y futuro fusilado- Unamuno anota “guerra internacional civilización occidental cristiana”, “vencer y convencer”, “odio y compasión”, “Rizal”, “cóncavo y convexo”, “lucha unidad catalanes y vascos”, “imperialismo lengua”, “odio inteligencia que es crítica, que es examen”…

A partir de las notas empieza a enhebrar un discurso que los asistentes recuerdan así:

“…a veces el quedarse callado equivale a mentir; porque el silencio puede interpretarse como aquiescencia… Vencer no es convencer y hay que convencer sobre todo… Dejaré de lado la ofensa personal que supone la repentina explosión contra vascos y catalanes, llamándoles la Anti-España; pues bien, con la misma razón pueden decir ellos otro tanto. Y aquí está el señor obispo que, lo quiera o no lo quiera, es catalán, nacido en Barcelona, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que, como sabéis nací en Bilbao, soy vasco y llevo toda la vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis…”

Millán Astray no puede contener la irritación. Colette y Jean Claude Rabaté lo atribuyen a la mención de Rizal, el héroe de la independencia filipina contra la que combatió de joven el fundador de la legión. El general estalla, da un golpe en la mesa, se pone en pie, defiende a gritos la rebelión militar. Unamuno le replica recordándole la insensatez del grito legionario “¡viva la muerte!” y su condición de mutilado de guerra -tuerto, manco y cojo- sin la grandeza de Cervantes.

La tensión y la confusión se adueñan del paraninfo. Millán Astray exclama: “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte”. Según otras versiones, las palabras del general fueron “¡mueran los intelectuales!”, pero al ver tanto profesor enfrente matizó:”¡Abajo los malos intelectuales!¡Traidores!”, “¡Abajo los falsos intelectuales!”. En medio de voces, insultos y abucheos, Carmen Polo, toma a Unamuno del brazo y lo lleva hasta la salida de las Escuelas Mayores. Una fotógrafo capta el momento. Vemos al rector, junto al obispo, a punto de abordar el coche sitiado por griterío y brazos en alto.

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La prensa local silenció la disputa, pero sus consecuencias son muy elocuentes: la fulminante destitución de Unamuno como concejal y rector de la universidad, el vacío que le hicieron en el casino y esa especie de arresto domiciliario de facto al que se vio sometido. hasta el día de su muerte, dos meses y medio después.

La salida de Unamuno a pecho descubierto ese 12 de octubre es perfectamente coherente con la carta que escribió -sin temor a la censura postal de guerra- a su amigo bilbaíno Quintín de la Torre. La redactó el 13 de diciembre, un par de semanas antes de morir, y su lectura concluye la conmemoración de José Luis Gómez 80 años después.

“… Me dice usted que esta Salamanca es más tranquila, pues aquí está el caudillo. ¿Tranquila? ¡Quiá! Aquí no hay refriegas de campo de guerra, ni se hacen prisioneros de ellas, pero hay la más bestial persecución y asesinatos sin justificación. En cuanto al caudillo -supongo que se refiere al pobre general Franco- no acaudilla nada en esto de la represión, del salvaje terror, de retaguardia. deja hacer… Vencerán, pero no convencerán; conquistarán, pero no convertirán…”

El incidente del paraninfo cayó en el silencio y el olvido hasta que, a partir de los años 60, fue rescatado y erigido en un proceso de mitificación -señala en el coloquio Colette Rabaté- hasta el contundente “venceréis, pero no convenceréis”. Entre la historia y la leyenda, siempre se imprime la leyenda. Pero la leyenda triunfa porque lleva una verdad profunda. Tal vez Unamuno no usó la expresión “¡venceréis pero no convenceréis!”, ni Millán Astray, la más macabra “¡muera la inteligencia!¡viva la muerte!”. Tal vez son relaboraciones a posteriori por la oposición antifranquista a partir de “vencer, no es convencer” y “abajo los malos intelectuales”. ¿De verdad cambia tanto, como sostiene algún revisionista? Ni siquiera uno de los oradores del acto del 36, José María Pemán, desmiente esa retórica en una tercera del ABC de 1964.

Tal vez fuera una fortuna que aquellas palabras de Unamuno no quedaran atadas a la escritura. “La letra mata, el espíritu vivifica”, recuerda Borges al hablar del caracter “alado y sahgrado” de la palabra oral. Pitágoras, Sócrates, Buda, Jesús… “Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales… Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discipulos”. Y así ha ocurrido con el magisterio de Unamuno ese 12 de octubre del 36.

Porque más allá de la exactitud, el episodio perdura en la memoria colectiva por la dialéctica de los conceptos y las figuras. En un lado Unamuno, en el otro, la contrafigura de Millán Astray; el hombre de las letras y el hombre de las armas; vencer, misión del ejercicio militar;  convencer, misión del ejercicio intelectual. La vigencia del episodio se sostiene en el hallazgo verbal de Unamuno sean cuales sean sus variantes: Ven-cer no es con-ven-cer. En sólo tres palabras, un sumario premonitorio de los 40 años que vendrían después. Dicho con fuerza profética. “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta”, dice Unamuno en la versión difundida por Hugh Thomas y recreada por Gómez. “Pero no convenceréis, porque para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España”.

Verbo y coraje intelectual e incluso físico. Aquí es un hombre solo quien salva la civilización frente a un pelotón de soldados. El acto heroico de un viejo maestro que se enfrenta, no ya a Millán Astray, sino a un auditorio de profesores, estudiantes, falangistas y legionarios. La última lección de Miguel de Unamuno.

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Esta semana en mi vídeo dominical en Noticias Cuatro  he hablado sobre dos banderas que han sido noticia.  La enorme bandera española en la proclamación de Pedro Sánchez como candidato a La Moncloa y la bandera de batalla de la Confederación, motivo de polémica tras los crímenes de un joven racista en Carolina del Sur.

Las dos banderas no tienen nada que ver entre sí, pero en ambos casos su significado se cruza con una historia de guerra civil.

La bandera de la Confederación fue emblema del ejercito sudista en la Guerra de Secesión norteamericana. Los estados agrarios y esclavistas del sur invocaron su derecho a separarse -a decidir , diríamos hoy- del norte industrial y capitalista que imponía la abolición de la esclavitud. Dos modelos económicos incompatibles que disputaban entre sí desde hace años en la conquista del Oeste. Ganó el Norte, pero la reconstrucción del Sur, salvo la esclavitud, toleró al cabo de pocos años la herencia y los modos del Sur. En otras palabras, Jim Crow y al segregación racial.

Un siglo después la bandera de las estrellas cruzadas volvió a ondear como protesta contra la nueva injerencia del gobierno federal con sus leyes de derechos civiles. desde entonces tiene un pretendido significado ambivalente. Oficialmente se reivindica como seña de identidad sentimental del viejo sur. Extraoficialmente es un símbolo del racismo latente y persistente. El caso es que 150 años después de la guerra civil americana vuelve una campaña para arriar definitivamente la bandera de la Confederación.

En España, la rojigualda monárquica fue recuperada por el bando franquista en la Guerra Civil frente a la franja morada que se insertó en el emblema durante la II República. Terminada la guerra, la izquierda mantuvo la tricolor pero aceptó la rojigualda en los pactos de la Transición. Muchos recordarán la presentación en sociedad de Carrillo, flanqueado por la bandera rojigualda y otros -lo he recuperado en el vídeo- las palabras de Felipe González en el mitin de la Ciudad Universitaria en vísperas de su arrolladora victoria electoral de 1982.

La bandera de todos, dice González. Sí, pero con diferentes grados de entusiasmo -celebraciones deportivas al margen. A lo largo de estos años ha sido la derecha la que se ha seguido sintiendo cómoda con la exhibición a todo trapo de la bandera. Y son muchas las sedes de la izquierda, incluidas las socialistas, que mantienen la tricolor republicana en el mobiliario de sus locales.

No encuentro datos, pero temo no equivocarme si digo que la exhibición de la bandera española en relojes, pulseras y coches sigue siendo un atributo de los votantes de la derecha.

De ahí la sorpresa por el tamaño de la bandera de Pedro Sánchez. 40 años después de la transición, 80 años después de la Guerra Civil, la ostentosa exhibición de la rojigualda por un socialista sigue siendo noticia. Obama aparece a menudo con una escenografía similar y no es ningún problema. Lo mismo podríamos decir de un socialista francés. Pero esto es España. Venimos de una historia problemática y seguimos sin superar tensiones territoriales. Dos factores que siguen creándonos problemas con los símbolos comunes. Tarareamos un himno sin letra y colocamos al toro de Osborne como escudo… En España, en EEUU y en cualquier parte, las herencias de las guerras civiles tardan muchos años en olvidarse.

 

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1936,1808… Dos fechas que hicieron de Madrid escenario de guerra. En 2015 asistimos a una nueva batalla de Madrid. Una batalla política, sin sangre pero igualmente decisiva. Nunca la batalla (política) de Madrid había provocado tanto movimiento político de última hora en los partidos. Hace tan sólo dos meses Ignacio González, Tomás Gómez y Tanía Sánchez se podían considerar candidatos de sus respectivas formaciones al gobierno de la comunidad.

Ahora -a falta de dos meses y pico para las elecciones-, los tres han caído siguiendo un ritual que tiene todo el aire conspirativo de series como la celebrada House of Cards. Historias como un tranvía demasiado caro, un ático demasiado oscuro o un contrato demasiado familiar han servido como puñales atravesados entre sus costillas. Ninguno ha “sobrevivido” a los fatídicos Idus de Marzo de 2015. La nueva batalla de Madrid ya se ha cobrado sus primeros caídos. No serán los últimos. De esto hablo en mi vídeo dominical en @noticias_cuatro.

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Cartel del gitano Helios Gómez en recuerdo de Durruti

El escritor alemán Hans Magnus Enzensberger recoge la escena en su El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti, Anagrama (1998) -publicado originalmente en Alemania en 1972:

“Mientras la columna Durruti avanzaba hacia Aragón, encontró en el camino un campamento de gitanos. Familias enteras acampadas al aire libre. Era inquietante porque a esta gente no le preocupaba en lo más mínimo la posición del frente y pasaban de un lado a otro cuando se les ocurría. No se excluía la posibilidad de que fueran utilizados como espías a favor de Franco. Durruti reflexionó sobre el problema. Después fue a ver a los gitanos y les dijo: `Para empezar, señores, os cambiaréis de ropa y os vestiréis como nosotros´. Por aquel entonces los milicianos usaban monos, a pesar del calor del mes de julio. Los gitanos no estaban precisamente entusiasmados. `¡Sacaos esos trapos! Llevaréis la misma ropa que llevan los obreros´. Los gitanos notaron que Durruti no estaba para bromas, y se mudaron sin chistar. Pero eso no fue todo. `Ahora, ya que lleváis ropas de trabajador, también podéis trabajar´, prosiguió Durruti. Y allí fue el llanto y el rechinar de dientes. `Los campesinos del lugar han fundado una colectividad y han decidido construir un camino para que su pueblo pueda comunicarse con la carretera principal. Aquí tenéis vuestras palas y picos, ¡vamos!´. A los gitanos no les quedaba otra alternativa. Y de cuando en cuando venía Durruti a ver cómo seguía el trabajo. Se alegró infinitamente de haber logradio que los gitanos usaran las manos. `Allí está el señor Durruti´, susurraban los gitanos con su acento andaluz, y levantaban la mano con el saludo antifascista, es decir, levantaban los brazos con el puño cerrado, y Durruti comprendía muy bien lo que querían decir con eso”. (1)

Al leerlo me vino a la cabeza aquella imagen de La delgada línea roja en la un aborigen melanesio deambula por la selva con la más absoluta indiferencia en medio del fragor de la batalla de Guadalcanal. De igual manera podía uno imaginar a los gitanos cruzando con sus carromatos la línea del frente de esta guerra de payos en la que nada les iba ni les venía, cambiando colores en banderas y banderillas y el saludo a la FAI por el de la FAIlange, según se terciara. Los gitanos, a sus cosas (hasta que por allí se les cruza el “señor Durruti” con su maldita ética del trabajo). La indiferencia nacía, según parece, del escarmiento que veían sufriendo en sus carnes desde tiempo inmemorial. Vamos, que no podían esperar nada bueno:

“Si ganaban los que `aluego´ ganaron nos iban a hinchar a palos y nos iban a tirar (echar) de todas partes. Y si quedaban los otros, nos iban a matar trabajando en cualquier mina de por ahí y hasta que nos quitarían a nuestros hijos, decían. Ni unos ni otros respetaban nuestras cosas. ni siquiera a nuestros muertos. Así es que el tío X y yo, que íbamos juntos, le cambiábamos la banderilla al burro según pasábamos por aquí o por allí”.

La diferencia inquietante, Teresa San Román; Siglo XXI (1997)

En España era difícil, si no imposible, encontrar una familia que no hubiera sido tocada en mayor o menos grado por la guerra civil. Basta ver la que se montó en años muy recientes con lo de la memoria histórica. Nietos que buscaban a abuelos por las cunetas. Hay quien dice que las heridas de una guerra civil no se cierran hasta que desparece la generación que recibió el relato de viva voz de quienes la sufrieron. Y, sin embargo, en este trauma tan ancho y nada ajeno, los gitanos apenas hacían acto de presencia.

Google nos da 137.000 entradas al teclear “gitanos guerra civil”, pero a poco que desbrocemos la selva de búsquedas, los nombres y las historias se repiten.

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Helios Gómez, el artista de la corbata roja

En el bando republicano sobresale la figura de Helios Gómez, nacido en Triana (1905), gitano más por vocación que por sangre, afamado pintor, cartelista y poeta. Su peripecia vital contiene los ingredientes del artista-revolucionario español en el primer tercio del siglo XX.

Huyó de la Dictadura de Primo de Rivera para instalarse en París de donde fue a su vez expulsado por sumarse a las protestas contra la ejecución de Sacco y Vanzeti. Pasó por Bruselas, Amsterdam, Viena, Berlín y la Unión Soviética antes de regresar a España y hacerse comunista. Durante la guerra civil fue comisario político de la UGT, se embarcó en la desastrosa expedición de Bayo para liberar Mallorca, combatió en el Guadarrama, Madrid, Andalucía y hay quien cuenta que “durante la batalla de El Carpio (Córdoba) mató a un capitán de su propio ejército por una disputa ideológica y tuvo que regresar a las filas anarquista como miliciano de la 26 División, la antigua Durruti, con la que pasó a Francia en 1939”.

Sorprende que este anarco-comunista, artista y gitano regresara a Barcelona en 1942; fecha temprana como para esperar magnanimidad franquista. Y no obstante, vivió a cara descubierta. Expuso pintura surrealista en la Galería Arnaiz y realizó murales para el Jazz Colón y la Residencia San Jaime de Barcelona. Pagó su activismo, su pasado o su atrevimiento con penas de cárcel a finales de los 40 y principios de los 50. Fue durante su estancia en la Modelo de Barcelona cuando pintó un oratorio conocido como La Capilla Gitana. Murió en 1956, dos años después de abandonar la prisión. Tenía 51 años.

Helios Gómez asalto al cuartel de la montañaHelios Gómez, corbata roja y puño en alto, en el asalto al Cuartel de la Montaña (1936)

Fue el propio Helios Gómez quien reivindicó en un panfleto de guerra el papel de los gitanos en los primeros enfrentamientos:

“En Sevilla, los gitanos de la Cava, de Pagés del Corro y del Puerto de Camaronero estuvieron diez días batiéndose desesperadamente contra Queipo de Llano. En Barcelona, los gitanos de Sants, la barriada de mayor significación proletaria, fueron los primeros que se movilizaron, y con escopetas de caza, viejos pistolones y navajas cortaron el paso en la Plaza de España, a las fuerzas del cuartel de Pedralbes. Luego he visto gitanos batirse como héroes en el frente de Aragón, en Bujaralóz y en Pina. Gitanos vinieron en la columna Bayo a Mallorca y desembarcaron en Puerto Cristo, y allí, en una centuria del PSUC, había gitanos que pelearon como leones en un parapeto que se llamó de la Muerte. Y ahora mismo, en una columna de caballería que se está formando, los primeros en inscribirse con gitanos”.

Una reivindicación “exaltada, anacrónica y emocionante”, a juicio de los autores que citan el panfleto del cartelista. Una “exaltación” que no puede estar más lejos de la indiferencia y/o invisibilidad de los gitanos en la larga bibliografía de la guerra civil. Descontado Helios Gómez, sólo dos nombres se repiten en la historia de la guerra civil: Ceferino Jiménez Malla, “El Pelé”, fusilado en Barbastre en agosto del 36. Por su ferviente catolicismo y por defender, dicen, a un sacerdote perseguido. Juan Pablo II lo beatificó en una sonada ceremonia en el Vaticano en 1997. Era el primer gitano en ascender a los altares. El otro es el albañil Mariano Rodríguez Vázquez “Marianet”, secretario general de la CNT entre 1936 y 1939. En algunos sitios lo dan por ahogado en un río cercano a los campos que concentraron el exilio español en el sur de Francia; en otros sostienen que murió exiliado en México en 1974. A saber. Tal es la falta de datos e interés al respecto.

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El beato Ceferino Jiménez “El Pelé”

Si dejamos a un lado a los gitanos de trayectoria señalada, la memoria del resto, la inmensa mayoría, se ha desvanecido en el aire y el silencio. Algún testimonio se puede encontrar en documentales como Yo me acuerdo… gitanos aragoneses en la guerra civil. De ahí sale la “lección” que el señor Antonio Nieto saco de la guerra civil de los payos: 

“Y luego venían aquí y cogían a gente que ellos perseguían, y los cogían en coche (…) y dicían: -¡vamos a darles el paseíto! Y los llevaban a dar el paseo, pero el paseo era una palabra muy fúnebre, porque era un paso sin regreso, porque el final de ese paseo era la tapia del cementerio de San Isidro. Y estaba acribillada de tanto tiro, de tanto que fusilaban, era donde fusilaban allí. Yo un día que pasaba por allí, vi afusilar tres, el alma se me cayó al cielo(…). Mi espíritu quedó por tierra, en esta lengua. Vi como fusilaba a tres, y vi también a toda la gente del barrio reunirse y celebrarlo como si fuera una fiesta o una corrida de toros. Entonces, maldije mil veces, porque otras veces yo me preguntaba: ¿porqué mi madre me parió gitano? ¿Porqué no haber nacido yo también como un payo más, y ser como un payo y tener sus casas, tener sus cosas adecuadas(…) para no pasar frío en invierno ni achicharrarse en verano (…). Pero después de lo que acababa de ver dije: ¡bendita sea mi madre que me parió gitano! Porque entre nosotros esto no existe. Ayer se saludaban, ayer se abrazaban, y ahora se odian y se matan. ¿Por qué hay tanta zaña entre el mundo payo? Si parecen gente más civilizada, gente con una cultura muy diferenciada a la nuestra, personas inteligentes, que saben mucho. En cambio también tienen sabiduría para saberse matar y perseguirse”.
Sin duda, los españoles en aquellos años tuvieron mucha “sabiduría para saberse matar y perseguirse”.

 

“Yo me acuerdo…”, proyectado en la I Jornada de Cultura e Historia Gitana (2009)

 

NOTAS:
1-El testigo de la escena fue Gaston Leval, escritor y anarcosindicalista francés, que vivió y escribió sobre la experiencia anarquista en España. Enzensberger se entrevistó con él en París en 1971. Su testimonio es uno de los numerosos fragmentos de memorias, discursos, periódicos y recuerdos personales con los que el autor alemán construye su libro sobre Buenaventura Durruti.