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Mitterrand (1) la force

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

LA FUERZA TRANQUILA

“No quiero parecer el cura del pueblo”, se quejó Mitterrand cuando le enseñaron la primera versión de su cartel electoral. En respuesta a sus reparos, los publicistas eliminaron la cruz y difuminaron el campanario bajo el célebre lema electoral: “La fuerza tranquila “. Pero el mensaje permanecía intacto: “Mitterrand era parte del paisaje de Francia. Se podía confiar en él y poner el futuro del país en sus manos”, dice Philipe Short. El elemento clave: la confianza. Cambio y protección en una postal de la Francia eterna.

François Mitterrand venía de perder dos elecciones presidenciales. La de 1965 frente a De Gaulle fue “una dulce derrota”. Sólo él se atrevió a desafiarle. El general vivía un momento de gracia después de sacar a Francia del trauma de Argelia. Nadie quería terminar su carrera política arrollado por De Gaulle. Pero Mitterrand dio el paso. Y cuando nadie lo esperaba, forzó al presidente a ir a una segunda vuelta: “¡Blasfemia!” exclamó Pierre Viansson-Ponté en Le Monde -el mismo editorialista a quien se recuerda, oh injusto mundo, por aquel “Francia se aburre…”  en el que se lamentaba de la abulia estudiantil ¡tan sólo dos meses antes del estallido del 68!-.

En la segunda vuelta, De Gaulle obtuvo un 55% y Mitterrand un más que meritorio 44%. Lejos de certificar su defunción política, el resultado impulso su resurrección encarnando una nueva -otra más- vida política, la de candidato presidencial a la espera de su momento. Y larga fue la espera: 16 años de resistencia y resiliencia.

Fue en ese tiempo cuando Mitterrand se hizo más socialista que nunca. Son los años de la refundición y refundación del Partido Socialista (Épinay, 1971) y del acercamiento a los comunistas, convencido como estaba de que la izquierda nunca llegaría al poder sin su apoyo. El pacto se sustanció en el famoso Programa Común de la izquierda.

A lo largo de su carrera política, Mitterrand dio muestras sobradas de su habilidad política para revertir a su favor el impulso de sus rivales, pero, si hay que primar alguna de sus maniobras por encima de las demás, son muchos los que señalarían su absorción del poder electoral del Partido Comunista Francés. Su pacto transformó a lo largo de los años el equilibrio de fuerzas en la izquierda hasta conseguir que los socialistas arrebataran definitivamente la hegemonía  que ejercía el PCF desde la posguerra.

La decadencia de la fuerza comunista se vería con claridad en los 80. Antes, en 1974, Mitterrand perdía su segundo envite presidencial en unos comicios adelantados por la muerte del presidente Georges Pompidou. El margen fue estrechísimo: 425.000 votos. Giscard: 50,81%. Mitterrand: 49,19%. ” Al final”, explica Short, “Francia dudó… Cuando llegó el momento de votar, el miedo fue más poderoso que el deseo de cambio. Giscard representaba la continuidad -la paz y la seguridad que vendía su cartel electoral-. Mitterrand, aliado con los comunistas en tiempos de Guerra Fría, era un salto hacia lo desconocido. El país no estaba preparado”. “La situación debe madurar un poco más”, dijo el líder socialista una semana después de su segunda derrota electoral. Asumió con paciencia que su momento aún no había llegado.

Giscard cartel
Un cierto aire kennedyano: la campaña familiar de Giscard D’Estaing en el 74

En 1981 “la situación” había madurado lo suficiente. Fueron de gran ayuda los fallos y la actitud soberbia del presidente Giscard D’Estaing-el escándalo de los diamantes de Bokassa quedaría como su error más sonado- y la escasas posibilidades de los otros candidatos, el comunista Georges Marchais y el gaullista Jacques Chirac. Mitterrand aparecía como la única alternativa sólida. Pero “tenía un problema de imagen”, recuerda Short: ” taimado, poco fiable, listillo, un político del pasado en el que uno no puede confiar en exceso”.

Darle la vuelta a esa imagen fue la prioridad de su campaña. Debía enfatizar sus raíces provincianas y proyectar la imagen de un hombre con los pies en la tierra cuyos rasgos dominantes eran la contemplación, la fuerza interior y la voluntad: no estaba de más recordar sus tres fugas del campo de prisioneros de guerra. La clave, señala Short, fue la contratación del extravagante y genial publicista Jacques Séguéla, un tipo que conducía un Rolls Royce rosa por las calles de París y acababa de convertir en superventas sus memorias “No le digas a mi madre que trabajo en publicidad. Cree que soy pianista en un burdel“. En el momento de escribir estas líneas aún vive.A sus 81 años, disfruta de un lema envidiable para mantenerse activo: “La vejez empieza cuando tus remordimientos superan a tus sueños”.

Seguela había ofrecido sus servicios a Giscard, Chirac y Mitterrand. Sólo éste último aceptó. “El resultado fue la primera campaña electoral moderna en la historia política francesa”. Seguela transformó a Mitterrand -y él, por una vez, se dejó aconsejar-. Le cambió el vestuario -“nadie va a escucharte hablar de solidaridad si vistes como el oficinista de un banco”-. Le recomendó un estilo más “de izquierdas” con gradaciones de color y tejidos desestructurados como la lana. Un dentista le arregló la boca para limar el ligero aspecto vampírico de sus dientes – “nunca serás elegido presidente con esa dentadura”-. Al cambio de imagen le acompañaba un verdadero programa de izquierda -el último programa de izquierda de Europa Occidental- que prometía, vía gasto público, el final de cinco años de austeridad.

A su rival, el presidente Giscard, no le funcionó está vez la estrategia del miedo a los comunistas. La primera vuelta había demostrado que el PCF era una fuerza en declive. No daban miedo. Marchais obtuvo un miserable 15%. Por primera vez desde la posguerra, los comunistas bajaban del 20%. Mitterrand les estaba devorando y no se enteraban. En la segunda vuelta, el candidato socialista aprovechó la división en la derecha. Sacó los golpes más letales a Giscard del argumentario de primera vuelta de Chirac, el otro candidato de la derecha. Al final del día, el resultado fue ajustado aunque no tanto como en el 74. Mitterrand ganó con el 51,76% frente al 48,24% de Giscard. “A las ocho de la tarde del domingo 10 de mayo de 1981, Francia se descubría con un presidente socialista”. La primera gran victoria de la izquierda desde el Frente Popular de Leon Blum en 1936. François Mitterrand alcanzaba la máxima magistratura de Francia a la edad de 64 años. Largo había sido el camino desde su comienzo precoz como ministro de la IV República con poco más de 30 años.

LA APOTEOSIS

De su investidura, Short se detiene en el “momento socialista” de la puesta en escena: el paseo por el boulevard Saint Michel y luego calle arriba por la rue Soufflot hasta el Panteón acompañado por una multitud que avanzaba en “alegre confusión” detrás del presidente [la escena se puede ver al final del vídeo adjunto]. Por las “alamedas del hombre libre”, caminaban cogidos de los brazos  los dirigentes del socialismo francés y referentes internacionales de la izquierda como Willy Brandt, la viuda de Allende, Olf Palme, Felipe González, Mario Soares, Bettino Craxi, artristas y escritores como García Márquez, William Styron, Arthur Miller o la actriz griega Melina Mercouri. La orquesta y coros de París dirigidos por Daniel Barenboim puso el acompñamiento musical con la Oda a la alegría de la Novena de Beethoven.

“Cuando el presidente llegó a la explanada ante el mausoleo, la procesión se detuvo. Entró solo, con unas rosas en la mano. Dentro, a la vista de millones de franceses que seguían la retransmisión en directo, dejó las rosas en las tumbas del histórico líder socialista Jean Jaurès, del héroe de la Resistencia, Jean Moulin, y de Victor Schoelcher, humanista del XIX que luchó por la abolición de la esclavitud en las colonias francesas”. La ceremonia se alargó porque Barenboim, molesto por una interrupción, retomo todo el cuarto movimiento y obligó a Mitterrand a aguantar de pie ante el Panteón durante ocho minutos que desesperaron a su dispositivo de seguridad. Al terminar los compases finales de La Marsellesa cantada por Plácido Domingo, la muchedumbre desbordó los controles policiales y la exaltación popular rodeó al presidente. “Más que inauguración de mandato, fue la apoteosis”, comenta Short.

Frente a la alegría, el terror de la otra mitad de Francia. Como si las celebraciones socialistas en La Bastilla hubieran convocado a los espectros de la revolución, los empresarios cancelaron inversiones y más de un millonario fue interceptado cruzando la frontera suiza con el coche repleto de joyas. Miedo, incertidumbre, desconfianza. En los 10 días que siguieron a la victoria de Mitterrand, el Banco de Francia tuvo que gastar 5.000 millones de dólares, un tercio de sus reservas, para frenar la fuga de capitales y sostener al franco.

En aquel momento “caliente” de la Guerra Fría -Afganistán, boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, el debate de los euromisiles-, los comunistas iban a subir por las escaleras del palacio de Matignon para sentarse en un gobierno de Europa occidental. Ya antes de ganar las elecciones, Mitterrand había enviado emisarios en secreto al presidente Reagan. No debía importarle el papel que jugaran los comunistas, Francia seguiría siendo un firme aliado de la OTAN (de hecho, Mitterrand superó en atlantismo a predecesores y sucesores). Aún así, el presidente de EEUU tardó 48 horas en felicitarle por su victoria. Mensajes de tranquilidad hacia fuera y hacia dentro. “Seré el presidente de todos los franceses”, dijo. “Quiero convencer, no conquistar”.

Pero Mitterrand no estaba dispuesto a abandonar el Programa Común de la izquierda en aras de una tranquilidad inmediata. Al fin y al cabo le habían elegido para eso, ¿no? Las promesas se convirtieron en leyes: los trabajadores franceses consiguieron una quinta semana de vacaciones pagadas, la edad de jubilación se rebajo desde los 65 a los 60 años, la jornada laboral se redujo de 40 a 39 horas semanales, se restringió el despido, aumentaron el salario mínimo y los subsidios dirigidos a las familias más pobres, el Estado contrató a cientos de miles de funcionarios y el Ejecutivo nacionalizó más de 30 bancos, compañías de seguros e industrias estratégicas del país, regularizó a 130.000 inmigrantes y anuló leyes de excepción contra las revueltas callejeras. “Hemos comenzado la verdadera ruptura con el capitalismo”, sentenció Mitterrand. Era la “gloriosa fractura” de su discurso de investidura.

“Durante unos breves y eufóricos meses, Francia se convirtió en el país de Jauja del siglo XX” recuerda Short. “Se creó incluso un efímero ministerio del Tiempo Libre… El problema es que Mitterrand llegó al poder en mayo de 1981, cuando el mundo occidental estaba sumido en una recesión. EEUU había elevado los tipos de interés al 20% para reducir la inflación. El paro alcanzaba cotas nunca vistas desde la Gran Depresión de los años 30… Mantener unas políticas expansivas cuando el resto del mundo industrializado buscaba la deflación era una locura económica”.

Según los cálculos del nuevo Gobierno, Francia podría mantener el crecimiento inducido por el consumo durante dos años. Al cabo de ese tiempo levantarían el pie del acelerador económico, porque para entonces el resto de economías ya se habrían recuperado y tirarían de la francesa. Fue, dice Short, “wishful thinking“. Mitterrand era alérgico al economicismo (nunca fue un marxista, pese a la retórica de su etapa más roja): “Al crear confianza, la voluntad política puede modificar la conducta de los actores económicos… Puedes hacer lo que quieras con la economía… Los hombres de Estado no necesitan ser economistas. Les basta con saber cómo arrastrar al pueblo con ellos”. Como sentencia el personaje de Mitterrand en Le Promeneur du Champ de Mars (Presidente Mitterrand en español): “Soy el último de los grandes presidentes. Después de mí solo vendrán contables”

LA DECEPCIÓN

Según Short, los socialistas franceses tuvieron que convivir no solo con un problema contemporáneo -la recesión circundante-, también con una carencia histórica. “La izquerda no había gobernado en Francia desde 1936. En el resto de Europa, los gobiernos izquierdistas habían tenido décadas para experimentar con la política social, para descubrir lo que funcionaba y lo que no. Las nacionalizaciones, tan en boga en 1945, habían perdido atractivo desde los 60”.

En el verano del 82 todos los indicadores económicos se pusieron en rojo.

El miércoles 9 de junio, en la segunda rueda de prensa de su presidencia en El Elíseo, Mitterrand “reveló, en términos tan elípticos que pocos lo captaron, que los meses de abundancia se habían terminado…  El fin de semana el franco se devaluó casi un 10% frente al marco alemán. Sumada a la devaluación del octubre anterior, la divisa francesa había perdido en tan solo nueve meses la quinta parte de su valor frente al poderoso marco alemán”.

Y entonces se abrió un debate transcendental para el futuro político y económico de la izquierda, de Francia y de Europa.

En junio del 82, “El Elíseo aprobó su primer programa de austeridad: congelación durante cuatro meses de precios y salarios, limitación del déficit presupuestario al 3% y compromiso de reducir la inflación por debajo del 8% en 1983… El Ejecutivo no quería admitir el cambio de dirección. La palabra ‘austeridad’ era tabú”.

La crisis del franco exacerbó la división del gabinete.

primer gobierno mitterrand
Primer Gobierno Mitterrand. En primer plano, el presidente con el primer ministro Mauroy

La izquierda socialista, capitaneada por Jean-Pierre Chevènement y los comunistas, querían que Francia abandonara los límites de cambio fijados por el Sistema Monetario Europeo -el embrión del euro-. “Liberado de las restricciones del SME, argumentaba Chevènement, el franco podría flotar libremente… y el Gobierno podría continuar con sus políticas económicas expansivas… [El primer ministro] Mauroy y [el ministro de Economía] Jacques Delors se oponían frontalmente. Si Francia salía del SME, el franco caería por los suelos y el Gobierno se vería obligado a pedir, gorra en mano, un rescate al FMI como le había ocurrido a los laboristas británicos seis años antes”.

¿Todo esto empieza a sonar muy actual, no?

En la siguiente reunión del Gobierno, Mitterrand dio esperanzas a ambos bandos. Con unas elecciones locales de por medio, intentaba ganar tiempo. ¿Salir o no salir del SME? Las dudas del presidente no era las de un político paralizado por la crisis. Ni los economistas más brillantes ni los empresarios más cercanos se ponían de acuerdo.

A comienzos del 83, la inflación estaba por debajo del 10%, pero el déficit comercial seguía agrandándose. “Era inevitable tomar nuevas medidas”. Y volvía el dilema ineludible: ¿salir o no salir del SME?

El 6 de marzo de 1983, la derecha de Helmut Kohl arrasaba en Alemania. Una semana después, en Francia, los socialistas sufrían un duro correctivo en las urnas. Fue, en todo caso, menor de lo esperado por el presidente después de las últimas medidas impopulares. Pasada la cita electoral, Mitterrand se dispuso a actuar.

“Los diez días siguientes fueron los más críticos y los más criticados de sus 14 años en el poder”, sentencia Philip Short. “Sabía que tendría que devaluar de nuevo el franco -tercera devaluación en 18 meses-. Pero debía hacerlo ¿dentro o fuera del SME? La importancia de lo que estaba en juego era indudable. Siempre es difícil, y a menudo inútil, especular por dónde habría ido la historia si se hubiera tomado otra dirección. Pero si en París, en marzo de 1983, hubiera prevalecido otra decisión, lo más probable es que nunca se hubiera firmado el Tratado de Maastricht. El euro, pensado como instrumento de convergencia entre los Estados de Europa, nunca se habría puesto en marcha”. En el momento de escribir esta entrada, con la amenaza de una salida griega del euro más viva que nunca, leer estas palabras suscitan cuando menos ironía…

¿Cómo encontró Mitterrand la respuesta a su dilema? Aplicando presión política a los diferentes actores del drama. El lunes 14 de marzo le dijo a Mauroy que estaba decidido a salirse del Sistema Monetario Europeo. Le pidió que permaneciera como primer ministro hasta que la nueva política estuviera en marcha. Mauroy se negó -“dejar el SME sería una catástrofe”-. Por la tarde volvió con su carta de dimisión en el bolsillo. Mitterrand le contuvo. Al día siguiente, el presidente sondeó a Delors: ¿aceptaría ser primer ministro si Francia dejaba el SME? Delors, como Mauroy, declinó la oferta. El miércoles le preguntó a su protegido Laurent Fabious, hasta entonces partidario de abandonar la disciplina del SME. Fabious consultó al economista Michael Camdessus, futuro director del FMI y Camdessus le pintó un panorama catastrófico: si Francia dejaba el SME, el franco se devaluaría un 20% -ya que que el país había agotado sus reservas. Francia tendría que subir sus tipos de interés hasta niveles estratosféricos, lo que, a su vez, dejaría sin crédito a la industria y asfixiaría la inversión. Fabious cambió súbitamente de idea: la salida del SME significaría más austeridad, no menos. La única opción que le quedaba a Mitterrand dentro del Gobierno era recurrir a Pierre Bérégovoy, también favorable a una salida del SME. Mitterrand le pidió que elaborara la lista de un posible Ejecutivo. Bérégovoy se puso a la tarea.

“La conclusión estaba clara: los que se oponían a salir del SME -Mauroy y Delors- estaban dispuestos a renunciar a su cargo si se consumaba la salida. Los favorables a la salida del SME, sin embargo, no se planteaban dimitir si no se seguía su propuesta”. Short continúa con un párrafo que suena, palabra por palabra, idea por idea, exactamente igual que los que uno puede leer en estos días de crisis del euro en Grecia.

“Ese fin de semana en Bruselas, los ministros de Finanzas de la Comunidad Económica Europea se reunieron para discutir la nueva crisis del tipo de cambio del franco. Los socios de Francia consideraban que el juego ya había durado demasiado tiempo. La mayoría creía que Mitterrand iba de farol. Si Francia se planteaba en serio salir del SME, ¿para qué negociaba? Lo más que consiguió Delors fue una devaluación del 8%. Y fue Alemania Occidental la que hizo el grueso del esfuerzo al revaluar el marco. El Gobierno de Bonn puso como condición que Francia asumiera un programa de austeridad y no erigiera barreras comerciales a sus socios. A Mitterrand le enfureció ver que le dictaban su política, pero ésa era la decisión que había tomado. Si Francia quería permanecer en el SME, tendría que alinearse con sus socios de la Comunidad Económica Europea. La decisión fue más política que económica. Mitterrand creía firmemente que el destino de Francia estaba en Europa. Nunca haría nada que pudiera diluir la influencia francesa en el continente”.

Mitterrand Delors
Dos europeistas convencidos: François Mitterrand con Jacques Delors

Francia, 1983. Grecia, 2015… La historia no se repite, pero a menudo rima, dijo Mark Twain. Francia y Grecia no son comparables, pero ambos países se han enfrentado -en grados muy diferentes, por supuesto- a un mismo dilema: ¿recuperar la soberanía monetaria y alejarse de Europa o sufrir el coste de seguir en la carrera de la unión al ritmo que marca la potencia de Alemania? Y en ambos casos ha pesado la voluntad política de mantenerse en Europa. Un buen conocedor de las teorías conspirativas que circulan por Bruselas me decía el otro día que lo de Grecia -¿de verdad todo este lío por la pequeña Grecia?- es realmente un escarmiento a Francia en cabeza ajena. La pregunta era y es si incluso fuera del euro y de Europa hay otra política económica alternativa. La respuesta de Mitterrand en 1983 fue “no”.

El 25 de marzo de 1983 Francia aprobó un nuevo programa de austeridad: recortes, controles de cambios y subidas de impuestos por todas partes. A los dos años de su presidencia, Mitterrand consumaba un giro radical. “Recuerdas el periodo de luna de miel de 1981”, le diría a un amigo. “Fue un momento extraordinario. Podía hacer cualquier cosa… Me veía a mi mismo sacudiendo al país, como Robespierre, como Lenin, avanzando hacia un tipo de colectivismo… Dejaría mi huella en la historia”.

Pero Mitterrand no tenía la fibra de un revolucionario -ni tampoco la época-. “Nunca estuvo dispuesto a derribar el orden existente”, escribe Short. “Su objetivo era más modesto: mejorar la sociedad tal y como era… Sí, le entristeció el fracaso de su programa inicial; no por sus consecuencias políticas sino porque le parecía moralmente correcto. Sin embargo, ya se preparaba para reinventarse”. Reinventarse una vez más. Comenzaría una nueva etapa de su vida como monarca republicano. Al eterno superviviente político, le quedaban por delante nada menos que 12 años de presidencia.

Tal vez en esos días de 1983, para bien o para mal, se salvó el euro y se salvó la unidad europea, tan querida por la generación de Mitterrand, la generación de la experiencia y la memoria de la guerra. Pero lo que sin duda se perdió definitivamente fue la última alternativa económica de la izquierda. Con el Programa Común arrojado al cubo de basura de la historia, Mitterrand actuó como el enterrador involuntario de aquella socialdemocracia clásica, nacida también entre el humo y las cenizas de las grandes guerras europeas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la verdad sobre el affaire del observatorio

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

“L’histoire d’un homme, c’est l’histoire d’une époque ” François Mauriac

EL AFFAIRE DEL OBSERVATORIO

Otoño de 1959. La guerra de Argelia desgarra Francia. Por las calles de París circulan todo tipo de rumores: los colonos más intransigentes habrían enviado escuadrones de la muerte para asesinar a los políticos más proclives al diálogo con el FLN argelino. A Mitterrand le cuentan que su nombre encabeza la lista negra. La inquietud tiene precedentes. De cuando en cuando, Danielle recibe llamadas amenazadoras. A la puerta de su piso ha fallado una bomba casera… El 15 de octubre el periódico derechista Paris-Presse titula con gran despliegue que “grupos de asesinos han cruzado la frontera española. Los que van a ser ejecutados ya han sido señalados…”.

Ese mismo día al atardecer Mitterrand cena con Danielle en compañía de unos amigos. Después François sale sin su mujer a dar una vuelta con tres de sus acompañantes. La ruta nocturna acaba en la Brasserie Lipp. Mitterrand saluda a algunos conocidos y se despide. Está cansado, dice. Mientras conduce de regreso al domicilio se siente perseguido. Un Renault Dauphine verde no se separa de su Peugeot azul. Cambia la ruta habitual para comprobar si sus sospechas tiene fundamento. El Renault repite cada maniobra. Gira a la izquierda en el senado, deja a su derecha los Jardines de Luxemburgo y continúa hacia el sur hasta llegar al Observatorio. Frena entre dos coches aparcados, sale del vehículo y corre hacia los jardines. Salta la verja y se tira al suelo. Escucha una ráfaga de disparos. “Entonces, vi que se alejaban. Creo que abandonaron la idea de matarme cuando me vieron saltar y correr. Dispararon al coche vacío para poder decir a sus jefes: `lo intentamos, pero surgió un imprevisto´. Siete impactos de bala agujerean el Peugeot de Mitterrand.

En cuanto se difunde la noticia le llegan expresiones de apoyo de todas partes. Muchos interpretan que los ultras de Argelia están perdiendo la paciencia con el recién instaurado régimen gaullista: “fueron a por Mitterrand”, según recoge Philipe Short, “porque querían lanzar un aviso: los colonos no se iban a quedar de brazos cruzados si las autoridades de la metrópoli les abandonaban”.

Una semana después estalla la noticia “bomba”: todo había sido un montaje; una trama diseñada por un antiguo diputado de la extrema derecha con la complicidad de François Mitterrand. O, al menos, ésa es la versión con la que fue a los periódicos.

 

yo maquiné

“Yo maquiné con Mitterrand el falso atentado”, dice el exdiputado Pesquet en L’Aurore

“De un día para otro, Mitterrand pasó de héroe a villano; en el mejor de los casos era un estúpido naif, en el peor un tramposo incompetente”, constata Short, que escoge el affaire del Observatorio como comienzo de su biografía. El episodio ejercerá de bisagra oscura en la trayectoria de Mitterrand. Hasta el punto en que Danielle dividiría sus vidas en un “antes” del Observatorio y un “después” del Observatorio.

El affaire del Observatorio le dejó tan hundido que sus íntimos temieron un suicidio. A sus 43 años Mitterrand daba por finiquitada su prometedora carrera política. Danielle nunca le había encontrado en tal estado de debilidad: “Descubrí a un ser humano que se asomaba directamente al abismo. Se pasaba las noches en vela caminando de arriba a abajo por el apartamento”. El periodista y ensayista Jean-Jacques Servan-Schreiber se sorprendió al verle llorar en su despacho. Una reacción insólota en Mitterrand que pasaba por ser un modelo de discreción y contención emocional. Servan-Schreiber, por cierto, fue uno de los pocos amigos que no le abandonó en su momento más crítico.

No era inverosímil que la extrema derecha colonialista quisiera desprestigiarle tendiéndole una emboscada. Mitterrand era un político muy significado de la IV República. A ojos de la facción dura de los colonos argelinos encarnaba la debilidad de los gobiernos civiles de la metrópoli que habían permitido la propagación de la gangrena insurrecta del independentismo. Lo que sí parecía del todo inverosímil  era que Mitterrand hubiera caído en la trampa. En esos años pasaba por wser un “político hábil de fama nacional; un ejemplo no de inconsistencia sino de savoir faire; un político controvertido y carismático que sopesaba los pros y los contras de cualquier situación antes de decidirse”. Los que mejor le conocían estaban atónitos: ¿cómo se habría dejado arrastrar hacia un montaje tan arriesgado?

Medio siglo después -muerto ya Mitterrand- su hermano Jacques ofreció una explicación plausible: que participó en la trama -de la que desconocía todos los detalles- porque creyó que podría utilizar el atentado fallido en su propio beneficio. Debía servirle para realzar su figura, eclipsada por la enorme presencia solar que irradiaba De Gaulle. El regreso del general al primer plano de la política había cortado en seco la irresistible ascensión de Mitterrand por los escalones de la IV República.

Roland Dumas recuerda el atentado contra Mitterrand

LA POLÍTICA COMO DESTINO

Al terminar la II Guerra Mundial, en el verano del 45, Mitterrand no sabe muy bien qué camino seguir. Duda entre la diplomacia, la escritura, la docencia de historia o derecho… Escribe aquí y allá. Incluso llega a dirigir una revista de moda de la casa L’Oreal. Son trabajos alimenticios mientras continúa como vicepresidente no remunerado de su asociación de antiguos prisioneros de guerra -con un millón de miembros era la organización más numerosa de Francia, solo superada por el sindicato CGT.

La pasión política le consume pero ningún partido le convence del todo. Detesta a los comunistas -muchos años después serían sus futuros compañeros de viaje a la presidencia-, encuentra rancios a los líderes del socialismo y demasiado católicos a los democrata-cristianos. ¿Cuál es su ideología, si tiene alguna? El catolicismo social de su infancia y la experiencia igualitaria de la guerra, el campo de prisioneros y la Resistencia le alejan de sus orígenes derechistas y le empujan hacia la izquierda. Según Short, a lo largo de su dilatada vida política siempre mantuvo dos constantes: el despreció hacia el poder del dinero y la búsqueda de la justicia social. Otra cosa es que “el lenguaje en que se vayan a expresar esas dos ideas variará radicalmente dependiendo del momento y las circunstancias”.

Al final opta por un pequeño partido de centro próximo a su reciente experiencia durante la ocupación. En las filas del UDSR (Unión Democrática y Socialista de la Resistencia) predominan antiguos resistentes no marxistas. “Sus miembros van desde la izquierda de la derecha hasta la derecha de la izquierda”. No obstante, “el “momento” y las “circunstancias” le hacen entender bien pronto que necesita el apoyo de la derecha de su circunscripción si quiere llegar al parlamento. Son sus tiempos de soflamas anticomunistas. Promete luchar contra “la bolchevización” de Francia, se pronuncia en contra de la regulación de la agricultura y el comercio, critica las nacionalizaciones que impulsa el gobierno tripartito, defiende la libertad de elección educativa y una relación “armónica” con la religión. Pide a los votantes de Nièvre que “se mantengan firmes ante el peligro comunista que la debilidad de los socialistas y democristianos ha colocado confortablemente en el poder”.

Este acto de contorsionismo político da sus frutos y gana el acta de diputado en noviembre de 1946. Tan solo seis semanas después sus credenciales entre los prisioneros de guerra y una carambola en el reparto de cargos le colocan al frente del Ministerio de los Veteranos. Tenía 30 años. El ministro más joven de Francia desde la Revolución. La de Veteranos fue la primera de las ocho carteras que ocuparía en la turbulenta década de la IV República hasta alcanzar las de mayor peso: Interior y Justicia. Short apunta que si no llegó a primer ministro fue por la desconfianza que le tenía el presidente Coty… Y por Argelia.

Imprescindible: La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo

ARGELIA ARRASTRA A FRANCIA

Desastre en Dien Bien Phu (1954), pérdida de Indochina; independencia de Túnez, Marruecos en el 56, insurrección del FLN argelino… Francia contemplaba impotente cómo se desmoronaba su imperio colonial, cómo se desvanecía su peso en el mundo -algún día habra que hablar de la enorme repercusión de la fallida intervención en Suez en el 56.

Pero Argelia era más que una colonia. Argelia era un territorio que muchos consideraban tan francés como el Midi. Mitterrand creía que el problema se podía contener con una estrategia de apaciguamiento hacia los árabes, de reformas e inversiones, unificando la policía argelina con la metropolitana, integrando Argelia como provincia de pleno derecho en Francia.

Visto desde la perspectiva actual, subraya Short,”cómo podía pensar alguien que Argelia con nueve millones de árabes y un millón de colonos de origen europeo podía aceptar el dominio colonial cuando las vecinas Marruecos y Túnez -que sumaban 11 millones de árabes, y medio millones de colonos- habían obtenido la independencia de pleno derecho.

Pues así lo pensaba la Francia de la IV República que, acogotada por los militares y los colonos más intransigentes, era incapaz de mantener una estrategia coherente en Argelia. El terrorismo del FLN desató la clásica espiral de acción-reacción. El conflicto consumía gobiernos en París. Terrorismo, torturas y un debilitamiento extremo de la autoridad política. En febrero de 1956, un nuevo primer ministro, Guy Mollet, quiso iniciar su mandato con un golpe de efecto: una visita sorpresa a Argel. El pretendido golpe de audacia terminó en una escena vergonzosa. Le recibieron con un paro general: escuelas, fábricas y tiendas cerradas y banderas negras por todas partes en protesta por la sustitución del gobernador general.

Cuando el primer ministro se dispuso a colocar una corona en el monumento a los caídos, la multitud estalló. Le lanzaron tierra, piedras, tornillos, verduras… Sus escoltas consiguieron ponerle a salvo y trasladarle al Palacio de Verano, la residencia del gobernador general. Fuera 50.000 personas intentaban tomar el edificio. Las fuerzas de seguridad colocaron las ametralladoras cargadas en sus trípodes. “No podía permitir que mataran al primer ministro”, explicaría después el jefe de la seguridad-. Si la revuelta no terminó en un desastre sangriento fue porque el nuevo gobernador general anunció esa misma tarde su dimisión. Al conocer la noticia, la multitud empezó a dispersarse.

“¿Debe permanecer Francia en Argelia?”, pregunta a los periodistas el comandante de la batalla de Argel en la película de Pontecorvo. “Si ustedes responden que sí, deberán aceptar todas las consecuencias necesarias”. El personaje es un trasunto del Jacques Massu quien al frente de sus brigadas paracaidistas fue el encargado de restaurar el orden. Y lo hizo “con el acostumbrado vigor”. El ejército sustituyó a la policía. Los tribunales militares, a los civiles. Como ministro de Justicia, Mitterrand fue incapaz de impedir el uso brutal y sin restricciones de la tortura. Una de las páginas más negras de su biografía (y de Francia). El terrorismo de unos y otros dejaba a diario más de 20 muertos de origen árabe y europeo. Ante el deterioro del conflicto, Mitterrand apoyó por momentos la mano dura… y la guillotina. Recomendó la pena capital en 32 casos de condenados a muerte.

Short explica el endurecimiento de Mitterrand por puro cálculo político. Creía que su nuevo perfil de duro le podía despejar el camino hacia el ansiado puesto de primer ministro. Oportunidades no le faltaron. El conflicto argelino actuó como una centrifugadora que aceleró la inestabilidad de la IV República. Entre mayo y septiembre de 1957, Francia tuvo cuatro gobiernos. Mitterrand se veía ya a un paso de la jefatura del ejecutivo cuando el presidente Coty eligó a Felix Gaillard, un brillante economista de 38 años. El primer ministro más joven desde Napoleón. La irrupción de la juventud en momentos de gran crisis política parece un fenómeno histórico recurrente -y, sin embargo, el que terminó por hacerse cargo de la situación fue un viejo general de 68 años.

Mitterrand apreciaba a Gaillard. “Era más inteligente que yo, pensaba más rápido”, confesaría años después cuando Gaillard ya había fallecido en un accidente de yate. “Era más seductor, tenía más éxito con las mujeres, me hacía sentirme acomplejado… pero le faltaba perseverancia”. Ahí está la clave. La perseverancia. Una anécdota de aquellos años contrapone las figuras de Gaillard y Mitterrand y nos revela la fibra de la que estaba hecho el futuro presidente. En una ocasión, jugaron un partido de tenis y, para sorpresa de muchos, el más brillante, más fuerte y más hábil Gaillard cayó derrotado ante el aguante extraordinario de Mitterrand. Le llevó al agotamiento en tres horas y media de partido. Perseverancia. Mitterrand tardó dos meses en recuperarse físicamente, pero había ganado. Eso es lo que cuenta. En el deporte y la política

de gaulle en argelia de gaulle argelia

Vídeo del recibimiento triunfal a De Gaulle en Argel y su famoso: “Os he comprendido”. 

OPERACIÓN DE GAULLE

“Argelia es un problema de la cuarta dimensión y sólo hay un hombre en Francia que puede hacerle frente” dijo el escritor y político Edgar Faure. El hombre -todos lo sabían- se llamaba Charles de Gaulle. Reclamado por buena parte de la nación y, sobre todo, por los militares que combatían la insurrección argelina mientras -a Dios rogando…- ponían en marcha la operación Resurrección: el lanzamiento de los paracaidistas sobre París para hacerse con el control de los puntos estratégicos de la capital. Un golpe de estado en toda regla que vino precedido de un prólogo amenazador: la toma -más simbólica que real- de Córcega.

La presión surtió efecto. Las nueces cayeron del árbol. El 29 de mayo de 1958, el presidente Coty convocó a De Gaulle -“para evitarle al país una guerra civil”- y le encargó la formación del que sería vigesimoquinto y último gobierno de la IV República francesa. Después de 12 años de travesía del desierto, De Gaulle salía de su retiro en Colombey-les-Deux-Églises y emergía impulsado por el resorte de una rebelión que, si no alentó, tampoco se preocupó de desactivar (el regreso de De Gaulle en la versión documental  de los archivos franceses: http://player.ina.fr/player/embed/AFE85007883/1/1b0bd203fbcd702f9bc9b10ac3d0fc21/560/315/1/148db8)

manifestation miterrand defensa de larepública

Mitterrand (derecha) en la manifestación en defensa de la república el 28 de mayo de 1958

Súbitamente Mitterrand se descubrió fuera de juego. Muchos de sus compañeros políticos se adhirieron con entusiasmo a la causa del general. ¿Qué debía hacer él? Sumarse o buscar su propio camino. “Todo me empujaba a ver con buenos ojos la liquidación de la IV República, pero a la vez todo me separaba de la dictadura que se acercaba disfrazada de piel de cordero”. Short nos describe a un Mitterrand en debate consigo mismo mientras camina por la rive gauche. “Cuando vuelve a la asamblea está decidido. Votará contra De Gaulle”. En ese momento, hace un pronóstico premonitorio: “Vamos a tenerle durante 20 años y yo soy el único capaz de oponerme a él”. A Short le sorprende la clarividencia de Mitterrand porque tardó efectivamente 23 años en cumplirse. Fue en 1981 cuando Mitterrand, el primer presidente de izquierdas desde 1936, accedió por fin a la máxima magistratura de la V República fundada por De Gaulle.

Fue la culminación de la decisión que tomó aquel domingo 1 de junio de 1958. Recuperamos la escena:

La asamblea francesa, reunida en sesión extraordinaria, debate la investidura de De Gaulle. Mitterrand se levanta, toma la palabra y lanza una filípica memorable:

“Cuando en septiembre de 1944, el general De Gaulle se presentó ante la asamblea consultiva, le escoltaban el honor y el patriotismo… Sus compañeros hoy, que sin duda no ha elegido pero que le han seguido, se llaman golpe y sedición… El dilema al que se enfrenta este parlamento hoy es el siguiente: o lo aceptamos como primer ministro… o se nos perseguirá… No aceptamos el ultimátum… El general De Gaulle regresa convocado por un ejército indisciplinado. Legalmente los poderes que se le confieran habrán sido cedidos por los representantes de la nación, pero de hecho ya los detenta como fruto de un golpe de estado”.

Al terminar sólo escuchó los aplausos de los comunistas y un puñado de socialistas, pero aquel domingo 1 de junio de 1958 Mitterrand inició su largo viaje hacia la historia. Aquel domingo se colocó frente al “salvador” de Francia. El politicastro de la fracasada IV República se atrevía a desafiar al hombre providencial del siglo XX francés. Mitterrand encarnaría a partir de entonces el rostro de la oposición al movimiento gaullista. Nada es eterno en política. Tampoco De Gaulle. Algún día llegaría su turno.

Si el general venía a podar sin miramientos las ramas de la IV República por las que había trepado nuestro hombre, aquel domingo Mitterrand decidió sembrar la simiente de su propio árbol; una semilla que germinaría con la paciencia y la fortaleza de un olivo.

(continuará)