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Mitterrand (1) la force

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

LA FUERZA TRANQUILA

“No quiero parecer el cura del pueblo”, se quejó Mitterrand cuando le enseñaron la primera versión de su cartel electoral. En respuesta a sus reparos, los publicistas eliminaron la cruz y difuminaron el campanario bajo el célebre lema electoral: “La fuerza tranquila “. Pero el mensaje permanecía intacto: “Mitterrand era parte del paisaje de Francia. Se podía confiar en él y poner el futuro del país en sus manos”, dice Philipe Short. El elemento clave: la confianza. Cambio y protección en una postal de la Francia eterna.

François Mitterrand venía de perder dos elecciones presidenciales. La de 1965 frente a De Gaulle fue “una dulce derrota”. Sólo él se atrevió a desafiarle. El general vivía un momento de gracia después de sacar a Francia del trauma de Argelia. Nadie quería terminar su carrera política arrollado por De Gaulle. Pero Mitterrand dio el paso. Y cuando nadie lo esperaba, forzó al presidente a ir a una segunda vuelta: “¡Blasfemia!” exclamó Pierre Viansson-Ponté en Le Monde -el mismo editorialista a quien se recuerda, oh injusto mundo, por aquel “Francia se aburre…”  en el que se lamentaba de la abulia estudiantil ¡tan sólo dos meses antes del estallido del 68!-.

En la segunda vuelta, De Gaulle obtuvo un 55% y Mitterrand un más que meritorio 44%. Lejos de certificar su defunción política, el resultado impulso su resurrección encarnando una nueva -otra más- vida política, la de candidato presidencial a la espera de su momento. Y larga fue la espera: 16 años de resistencia y resiliencia.

Fue en ese tiempo cuando Mitterrand se hizo más socialista que nunca. Son los años de la refundición y refundación del Partido Socialista (Épinay, 1971) y del acercamiento a los comunistas, convencido como estaba de que la izquierda nunca llegaría al poder sin su apoyo. El pacto se sustanció en el famoso Programa Común de la izquierda.

A lo largo de su carrera política, Mitterrand dio muestras sobradas de su habilidad política para revertir a su favor el impulso de sus rivales, pero, si hay que primar alguna de sus maniobras por encima de las demás, son muchos los que señalarían su absorción del poder electoral del Partido Comunista Francés. Su pacto transformó a lo largo de los años el equilibrio de fuerzas en la izquierda hasta conseguir que los socialistas arrebataran definitivamente la hegemonía  que ejercía el PCF desde la posguerra.

La decadencia de la fuerza comunista se vería con claridad en los 80. Antes, en 1974, Mitterrand perdía su segundo envite presidencial en unos comicios adelantados por la muerte del presidente Georges Pompidou. El margen fue estrechísimo: 425.000 votos. Giscard: 50,81%. Mitterrand: 49,19%. ” Al final”, explica Short, “Francia dudó… Cuando llegó el momento de votar, el miedo fue más poderoso que el deseo de cambio. Giscard representaba la continuidad -la paz y la seguridad que vendía su cartel electoral-. Mitterrand, aliado con los comunistas en tiempos de Guerra Fría, era un salto hacia lo desconocido. El país no estaba preparado”. “La situación debe madurar un poco más”, dijo el líder socialista una semana después de su segunda derrota electoral. Asumió con paciencia que su momento aún no había llegado.

Giscard cartel
Un cierto aire kennedyano: la campaña familiar de Giscard D’Estaing en el 74

En 1981 “la situación” había madurado lo suficiente. Fueron de gran ayuda los fallos y la actitud soberbia del presidente Giscard D’Estaing-el escándalo de los diamantes de Bokassa quedaría como su error más sonado- y la escasas posibilidades de los otros candidatos, el comunista Georges Marchais y el gaullista Jacques Chirac. Mitterrand aparecía como la única alternativa sólida. Pero “tenía un problema de imagen”, recuerda Short: ” taimado, poco fiable, listillo, un político del pasado en el que uno no puede confiar en exceso”.

Darle la vuelta a esa imagen fue la prioridad de su campaña. Debía enfatizar sus raíces provincianas y proyectar la imagen de un hombre con los pies en la tierra cuyos rasgos dominantes eran la contemplación, la fuerza interior y la voluntad: no estaba de más recordar sus tres fugas del campo de prisioneros de guerra. La clave, señala Short, fue la contratación del extravagante y genial publicista Jacques Séguéla, un tipo que conducía un Rolls Royce rosa por las calles de París y acababa de convertir en superventas sus memorias “No le digas a mi madre que trabajo en publicidad. Cree que soy pianista en un burdel“. En el momento de escribir estas líneas aún vive.A sus 81 años, disfruta de un lema envidiable para mantenerse activo: “La vejez empieza cuando tus remordimientos superan a tus sueños”.

Seguela había ofrecido sus servicios a Giscard, Chirac y Mitterrand. Sólo éste último aceptó. “El resultado fue la primera campaña electoral moderna en la historia política francesa”. Seguela transformó a Mitterrand -y él, por una vez, se dejó aconsejar-. Le cambió el vestuario -“nadie va a escucharte hablar de solidaridad si vistes como el oficinista de un banco”-. Le recomendó un estilo más “de izquierdas” con gradaciones de color y tejidos desestructurados como la lana. Un dentista le arregló la boca para limar el ligero aspecto vampírico de sus dientes – “nunca serás elegido presidente con esa dentadura”-. Al cambio de imagen le acompañaba un verdadero programa de izquierda -el último programa de izquierda de Europa Occidental- que prometía, vía gasto público, el final de cinco años de austeridad.

A su rival, el presidente Giscard, no le funcionó está vez la estrategia del miedo a los comunistas. La primera vuelta había demostrado que el PCF era una fuerza en declive. No daban miedo. Marchais obtuvo un miserable 15%. Por primera vez desde la posguerra, los comunistas bajaban del 20%. Mitterrand les estaba devorando y no se enteraban. En la segunda vuelta, el candidato socialista aprovechó la división en la derecha. Sacó los golpes más letales a Giscard del argumentario de primera vuelta de Chirac, el otro candidato de la derecha. Al final del día, el resultado fue ajustado aunque no tanto como en el 74. Mitterrand ganó con el 51,76% frente al 48,24% de Giscard. “A las ocho de la tarde del domingo 10 de mayo de 1981, Francia se descubría con un presidente socialista”. La primera gran victoria de la izquierda desde el Frente Popular de Leon Blum en 1936. François Mitterrand alcanzaba la máxima magistratura de Francia a la edad de 64 años. Largo había sido el camino desde su comienzo precoz como ministro de la IV República con poco más de 30 años.

LA APOTEOSIS

De su investidura, Short se detiene en el “momento socialista” de la puesta en escena: el paseo por el boulevard Saint Michel y luego calle arriba por la rue Soufflot hasta el Panteón acompañado por una multitud que avanzaba en “alegre confusión” detrás del presidente [la escena se puede ver al final del vídeo adjunto]. Por las “alamedas del hombre libre”, caminaban cogidos de los brazos  los dirigentes del socialismo francés y referentes internacionales de la izquierda como Willy Brandt, la viuda de Allende, Olf Palme, Felipe González, Mario Soares, Bettino Craxi, artristas y escritores como García Márquez, William Styron, Arthur Miller o la actriz griega Melina Mercouri. La orquesta y coros de París dirigidos por Daniel Barenboim puso el acompñamiento musical con la Oda a la alegría de la Novena de Beethoven.

“Cuando el presidente llegó a la explanada ante el mausoleo, la procesión se detuvo. Entró solo, con unas rosas en la mano. Dentro, a la vista de millones de franceses que seguían la retransmisión en directo, dejó las rosas en las tumbas del histórico líder socialista Jean Jaurès, del héroe de la Resistencia, Jean Moulin, y de Victor Schoelcher, humanista del XIX que luchó por la abolición de la esclavitud en las colonias francesas”. La ceremonia se alargó porque Barenboim, molesto por una interrupción, retomo todo el cuarto movimiento y obligó a Mitterrand a aguantar de pie ante el Panteón durante ocho minutos que desesperaron a su dispositivo de seguridad. Al terminar los compases finales de La Marsellesa cantada por Plácido Domingo, la muchedumbre desbordó los controles policiales y la exaltación popular rodeó al presidente. “Más que inauguración de mandato, fue la apoteosis”, comenta Short.

Frente a la alegría, el terror de la otra mitad de Francia. Como si las celebraciones socialistas en La Bastilla hubieran convocado a los espectros de la revolución, los empresarios cancelaron inversiones y más de un millonario fue interceptado cruzando la frontera suiza con el coche repleto de joyas. Miedo, incertidumbre, desconfianza. En los 10 días que siguieron a la victoria de Mitterrand, el Banco de Francia tuvo que gastar 5.000 millones de dólares, un tercio de sus reservas, para frenar la fuga de capitales y sostener al franco.

En aquel momento “caliente” de la Guerra Fría -Afganistán, boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, el debate de los euromisiles-, los comunistas iban a subir por las escaleras del palacio de Matignon para sentarse en un gobierno de Europa occidental. Ya antes de ganar las elecciones, Mitterrand había enviado emisarios en secreto al presidente Reagan. No debía importarle el papel que jugaran los comunistas, Francia seguiría siendo un firme aliado de la OTAN (de hecho, Mitterrand superó en atlantismo a predecesores y sucesores). Aún así, el presidente de EEUU tardó 48 horas en felicitarle por su victoria. Mensajes de tranquilidad hacia fuera y hacia dentro. “Seré el presidente de todos los franceses”, dijo. “Quiero convencer, no conquistar”.

Pero Mitterrand no estaba dispuesto a abandonar el Programa Común de la izquierda en aras de una tranquilidad inmediata. Al fin y al cabo le habían elegido para eso, ¿no? Las promesas se convirtieron en leyes: los trabajadores franceses consiguieron una quinta semana de vacaciones pagadas, la edad de jubilación se rebajo desde los 65 a los 60 años, la jornada laboral se redujo de 40 a 39 horas semanales, se restringió el despido, aumentaron el salario mínimo y los subsidios dirigidos a las familias más pobres, el Estado contrató a cientos de miles de funcionarios y el Ejecutivo nacionalizó más de 30 bancos, compañías de seguros e industrias estratégicas del país, regularizó a 130.000 inmigrantes y anuló leyes de excepción contra las revueltas callejeras. “Hemos comenzado la verdadera ruptura con el capitalismo”, sentenció Mitterrand. Era la “gloriosa fractura” de su discurso de investidura.

“Durante unos breves y eufóricos meses, Francia se convirtió en el país de Jauja del siglo XX” recuerda Short. “Se creó incluso un efímero ministerio del Tiempo Libre… El problema es que Mitterrand llegó al poder en mayo de 1981, cuando el mundo occidental estaba sumido en una recesión. EEUU había elevado los tipos de interés al 20% para reducir la inflación. El paro alcanzaba cotas nunca vistas desde la Gran Depresión de los años 30… Mantener unas políticas expansivas cuando el resto del mundo industrializado buscaba la deflación era una locura económica”.

Según los cálculos del nuevo Gobierno, Francia podría mantener el crecimiento inducido por el consumo durante dos años. Al cabo de ese tiempo levantarían el pie del acelerador económico, porque para entonces el resto de economías ya se habrían recuperado y tirarían de la francesa. Fue, dice Short, “wishful thinking“. Mitterrand era alérgico al economicismo (nunca fue un marxista, pese a la retórica de su etapa más roja): “Al crear confianza, la voluntad política puede modificar la conducta de los actores económicos… Puedes hacer lo que quieras con la economía… Los hombres de Estado no necesitan ser economistas. Les basta con saber cómo arrastrar al pueblo con ellos”. Como sentencia el personaje de Mitterrand en Le Promeneur du Champ de Mars (Presidente Mitterrand en español): “Soy el último de los grandes presidentes. Después de mí solo vendrán contables”

LA DECEPCIÓN

Según Short, los socialistas franceses tuvieron que convivir no solo con un problema contemporáneo -la recesión circundante-, también con una carencia histórica. “La izquerda no había gobernado en Francia desde 1936. En el resto de Europa, los gobiernos izquierdistas habían tenido décadas para experimentar con la política social, para descubrir lo que funcionaba y lo que no. Las nacionalizaciones, tan en boga en 1945, habían perdido atractivo desde los 60”.

En el verano del 82 todos los indicadores económicos se pusieron en rojo.

El miércoles 9 de junio, en la segunda rueda de prensa de su presidencia en El Elíseo, Mitterrand “reveló, en términos tan elípticos que pocos lo captaron, que los meses de abundancia se habían terminado…  El fin de semana el franco se devaluó casi un 10% frente al marco alemán. Sumada a la devaluación del octubre anterior, la divisa francesa había perdido en tan solo nueve meses la quinta parte de su valor frente al poderoso marco alemán”.

Y entonces se abrió un debate transcendental para el futuro político y económico de la izquierda, de Francia y de Europa.

En junio del 82, “El Elíseo aprobó su primer programa de austeridad: congelación durante cuatro meses de precios y salarios, limitación del déficit presupuestario al 3% y compromiso de reducir la inflación por debajo del 8% en 1983… El Ejecutivo no quería admitir el cambio de dirección. La palabra ‘austeridad’ era tabú”.

La crisis del franco exacerbó la división del gabinete.

primer gobierno mitterrand
Primer Gobierno Mitterrand. En primer plano, el presidente con el primer ministro Mauroy

La izquierda socialista, capitaneada por Jean-Pierre Chevènement y los comunistas, querían que Francia abandonara los límites de cambio fijados por el Sistema Monetario Europeo -el embrión del euro-. “Liberado de las restricciones del SME, argumentaba Chevènement, el franco podría flotar libremente… y el Gobierno podría continuar con sus políticas económicas expansivas… [El primer ministro] Mauroy y [el ministro de Economía] Jacques Delors se oponían frontalmente. Si Francia salía del SME, el franco caería por los suelos y el Gobierno se vería obligado a pedir, gorra en mano, un rescate al FMI como le había ocurrido a los laboristas británicos seis años antes”.

¿Todo esto empieza a sonar muy actual, no?

En la siguiente reunión del Gobierno, Mitterrand dio esperanzas a ambos bandos. Con unas elecciones locales de por medio, intentaba ganar tiempo. ¿Salir o no salir del SME? Las dudas del presidente no era las de un político paralizado por la crisis. Ni los economistas más brillantes ni los empresarios más cercanos se ponían de acuerdo.

A comienzos del 83, la inflación estaba por debajo del 10%, pero el déficit comercial seguía agrandándose. “Era inevitable tomar nuevas medidas”. Y volvía el dilema ineludible: ¿salir o no salir del SME?

El 6 de marzo de 1983, la derecha de Helmut Kohl arrasaba en Alemania. Una semana después, en Francia, los socialistas sufrían un duro correctivo en las urnas. Fue, en todo caso, menor de lo esperado por el presidente después de las últimas medidas impopulares. Pasada la cita electoral, Mitterrand se dispuso a actuar.

“Los diez días siguientes fueron los más críticos y los más criticados de sus 14 años en el poder”, sentencia Philip Short. “Sabía que tendría que devaluar de nuevo el franco -tercera devaluación en 18 meses-. Pero debía hacerlo ¿dentro o fuera del SME? La importancia de lo que estaba en juego era indudable. Siempre es difícil, y a menudo inútil, especular por dónde habría ido la historia si se hubiera tomado otra dirección. Pero si en París, en marzo de 1983, hubiera prevalecido otra decisión, lo más probable es que nunca se hubiera firmado el Tratado de Maastricht. El euro, pensado como instrumento de convergencia entre los Estados de Europa, nunca se habría puesto en marcha”. En el momento de escribir esta entrada, con la amenaza de una salida griega del euro más viva que nunca, leer estas palabras suscitan cuando menos ironía…

¿Cómo encontró Mitterrand la respuesta a su dilema? Aplicando presión política a los diferentes actores del drama. El lunes 14 de marzo le dijo a Mauroy que estaba decidido a salirse del Sistema Monetario Europeo. Le pidió que permaneciera como primer ministro hasta que la nueva política estuviera en marcha. Mauroy se negó -“dejar el SME sería una catástrofe”-. Por la tarde volvió con su carta de dimisión en el bolsillo. Mitterrand le contuvo. Al día siguiente, el presidente sondeó a Delors: ¿aceptaría ser primer ministro si Francia dejaba el SME? Delors, como Mauroy, declinó la oferta. El miércoles le preguntó a su protegido Laurent Fabious, hasta entonces partidario de abandonar la disciplina del SME. Fabious consultó al economista Michael Camdessus, futuro director del FMI y Camdessus le pintó un panorama catastrófico: si Francia dejaba el SME, el franco se devaluaría un 20% -ya que que el país había agotado sus reservas. Francia tendría que subir sus tipos de interés hasta niveles estratosféricos, lo que, a su vez, dejaría sin crédito a la industria y asfixiaría la inversión. Fabious cambió súbitamente de idea: la salida del SME significaría más austeridad, no menos. La única opción que le quedaba a Mitterrand dentro del Gobierno era recurrir a Pierre Bérégovoy, también favorable a una salida del SME. Mitterrand le pidió que elaborara la lista de un posible Ejecutivo. Bérégovoy se puso a la tarea.

“La conclusión estaba clara: los que se oponían a salir del SME -Mauroy y Delors- estaban dispuestos a renunciar a su cargo si se consumaba la salida. Los favorables a la salida del SME, sin embargo, no se planteaban dimitir si no se seguía su propuesta”. Short continúa con un párrafo que suena, palabra por palabra, idea por idea, exactamente igual que los que uno puede leer en estos días de crisis del euro en Grecia.

“Ese fin de semana en Bruselas, los ministros de Finanzas de la Comunidad Económica Europea se reunieron para discutir la nueva crisis del tipo de cambio del franco. Los socios de Francia consideraban que el juego ya había durado demasiado tiempo. La mayoría creía que Mitterrand iba de farol. Si Francia se planteaba en serio salir del SME, ¿para qué negociaba? Lo más que consiguió Delors fue una devaluación del 8%. Y fue Alemania Occidental la que hizo el grueso del esfuerzo al revaluar el marco. El Gobierno de Bonn puso como condición que Francia asumiera un programa de austeridad y no erigiera barreras comerciales a sus socios. A Mitterrand le enfureció ver que le dictaban su política, pero ésa era la decisión que había tomado. Si Francia quería permanecer en el SME, tendría que alinearse con sus socios de la Comunidad Económica Europea. La decisión fue más política que económica. Mitterrand creía firmemente que el destino de Francia estaba en Europa. Nunca haría nada que pudiera diluir la influencia francesa en el continente”.

Mitterrand Delors
Dos europeistas convencidos: François Mitterrand con Jacques Delors

Francia, 1983. Grecia, 2015… La historia no se repite, pero a menudo rima, dijo Mark Twain. Francia y Grecia no son comparables, pero ambos países se han enfrentado -en grados muy diferentes, por supuesto- a un mismo dilema: ¿recuperar la soberanía monetaria y alejarse de Europa o sufrir el coste de seguir en la carrera de la unión al ritmo que marca la potencia de Alemania? Y en ambos casos ha pesado la voluntad política de mantenerse en Europa. Un buen conocedor de las teorías conspirativas que circulan por Bruselas me decía el otro día que lo de Grecia -¿de verdad todo este lío por la pequeña Grecia?- es realmente un escarmiento a Francia en cabeza ajena. La pregunta era y es si incluso fuera del euro y de Europa hay otra política económica alternativa. La respuesta de Mitterrand en 1983 fue “no”.

El 25 de marzo de 1983 Francia aprobó un nuevo programa de austeridad: recortes, controles de cambios y subidas de impuestos por todas partes. A los dos años de su presidencia, Mitterrand consumaba un giro radical. “Recuerdas el periodo de luna de miel de 1981”, le diría a un amigo. “Fue un momento extraordinario. Podía hacer cualquier cosa… Me veía a mi mismo sacudiendo al país, como Robespierre, como Lenin, avanzando hacia un tipo de colectivismo… Dejaría mi huella en la historia”.

Pero Mitterrand no tenía la fibra de un revolucionario -ni tampoco la época-. “Nunca estuvo dispuesto a derribar el orden existente”, escribe Short. “Su objetivo era más modesto: mejorar la sociedad tal y como era… Sí, le entristeció el fracaso de su programa inicial; no por sus consecuencias políticas sino porque le parecía moralmente correcto. Sin embargo, ya se preparaba para reinventarse”. Reinventarse una vez más. Comenzaría una nueva etapa de su vida como monarca republicano. Al eterno superviviente político, le quedaban por delante nada menos que 12 años de presidencia.

Tal vez en esos días de 1983, para bien o para mal, se salvó el euro y se salvó la unidad europea, tan querida por la generación de Mitterrand, la generación de la experiencia y la memoria de la guerra. Pero lo que sin duda se perdió definitivamente fue la última alternativa económica de la izquierda. Con el Programa Común arrojado al cubo de basura de la historia, Mitterrand actuó como el enterrador involuntario de aquella socialdemocracia clásica, nacida también entre el humo y las cenizas de las grandes guerras europeas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

la verdad sobre el affaire del observatorio

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

“L’histoire d’un homme, c’est l’histoire d’une époque ” François Mauriac

EL AFFAIRE DEL OBSERVATORIO

Otoño de 1959. La guerra de Argelia desgarra Francia. Por las calles de París circulan todo tipo de rumores: los colonos más intransigentes habrían enviado escuadrones de la muerte para asesinar a los políticos más proclives al diálogo con el FLN argelino. A Mitterrand le cuentan que su nombre encabeza la lista negra. La inquietud tiene precedentes. De cuando en cuando, Danielle recibe llamadas amenazadoras. A la puerta de su piso ha fallado una bomba casera… El 15 de octubre el periódico derechista Paris-Presse titula con gran despliegue que “grupos de asesinos han cruzado la frontera española. Los que van a ser ejecutados ya han sido señalados…”.

Ese mismo día al atardecer Mitterrand cena con Danielle en compañía de unos amigos. Después François sale sin su mujer a dar una vuelta con tres de sus acompañantes. La ruta nocturna acaba en la Brasserie Lipp. Mitterrand saluda a algunos conocidos y se despide. Está cansado, dice. Mientras conduce de regreso al domicilio se siente perseguido. Un Renault Dauphine verde no se separa de su Peugeot azul. Cambia la ruta habitual para comprobar si sus sospechas tiene fundamento. El Renault repite cada maniobra. Gira a la izquierda en el senado, deja a su derecha los Jardines de Luxemburgo y continúa hacia el sur hasta llegar al Observatorio. Frena entre dos coches aparcados, sale del vehículo y corre hacia los jardines. Salta la verja y se tira al suelo. Escucha una ráfaga de disparos. “Entonces, vi que se alejaban. Creo que abandonaron la idea de matarme cuando me vieron saltar y correr. Dispararon al coche vacío para poder decir a sus jefes: `lo intentamos, pero surgió un imprevisto´. Siete impactos de bala agujerean el Peugeot de Mitterrand.

En cuanto se difunde la noticia le llegan expresiones de apoyo de todas partes. Muchos interpretan que los ultras de Argelia están perdiendo la paciencia con el recién instaurado régimen gaullista: “fueron a por Mitterrand”, según recoge Philipe Short, “porque querían lanzar un aviso: los colonos no se iban a quedar de brazos cruzados si las autoridades de la metrópoli les abandonaban”.

Una semana después estalla la noticia “bomba”: todo había sido un montaje; una trama diseñada por un antiguo diputado de la extrema derecha con la complicidad de François Mitterrand. O, al menos, ésa es la versión con la que fue a los periódicos.

 

yo maquiné

“Yo maquiné con Mitterrand el falso atentado”, dice el exdiputado Pesquet en L’Aurore

“De un día para otro, Mitterrand pasó de héroe a villano; en el mejor de los casos era un estúpido naif, en el peor un tramposo incompetente”, constata Short, que escoge el affaire del Observatorio como comienzo de su biografía. El episodio ejercerá de bisagra oscura en la trayectoria de Mitterrand. Hasta el punto en que Danielle dividiría sus vidas en un “antes” del Observatorio y un “después” del Observatorio.

El affaire del Observatorio le dejó tan hundido que sus íntimos temieron un suicidio. A sus 43 años Mitterrand daba por finiquitada su prometedora carrera política. Danielle nunca le había encontrado en tal estado de debilidad: “Descubrí a un ser humano que se asomaba directamente al abismo. Se pasaba las noches en vela caminando de arriba a abajo por el apartamento”. El periodista y ensayista Jean-Jacques Servan-Schreiber se sorprendió al verle llorar en su despacho. Una reacción insólota en Mitterrand que pasaba por ser un modelo de discreción y contención emocional. Servan-Schreiber, por cierto, fue uno de los pocos amigos que no le abandonó en su momento más crítico.

No era inverosímil que la extrema derecha colonialista quisiera desprestigiarle tendiéndole una emboscada. Mitterrand era un político muy significado de la IV República. A ojos de la facción dura de los colonos argelinos encarnaba la debilidad de los gobiernos civiles de la metrópoli que habían permitido la propagación de la gangrena insurrecta del independentismo. Lo que sí parecía del todo inverosímil  era que Mitterrand hubiera caído en la trampa. En esos años pasaba por wser un “político hábil de fama nacional; un ejemplo no de inconsistencia sino de savoir faire; un político controvertido y carismático que sopesaba los pros y los contras de cualquier situación antes de decidirse”. Los que mejor le conocían estaban atónitos: ¿cómo se habría dejado arrastrar hacia un montaje tan arriesgado?

Medio siglo después -muerto ya Mitterrand- su hermano Jacques ofreció una explicación plausible: que participó en la trama -de la que desconocía todos los detalles- porque creyó que podría utilizar el atentado fallido en su propio beneficio. Debía servirle para realzar su figura, eclipsada por la enorme presencia solar que irradiaba De Gaulle. El regreso del general al primer plano de la política había cortado en seco la irresistible ascensión de Mitterrand por los escalones de la IV República.

Roland Dumas recuerda el atentado contra Mitterrand

LA POLÍTICA COMO DESTINO

Al terminar la II Guerra Mundial, en el verano del 45, Mitterrand no sabe muy bien qué camino seguir. Duda entre la diplomacia, la escritura, la docencia de historia o derecho… Escribe aquí y allá. Incluso llega a dirigir una revista de moda de la casa L’Oreal. Son trabajos alimenticios mientras continúa como vicepresidente no remunerado de su asociación de antiguos prisioneros de guerra -con un millón de miembros era la organización más numerosa de Francia, solo superada por el sindicato CGT.

La pasión política le consume pero ningún partido le convence del todo. Detesta a los comunistas -muchos años después serían sus futuros compañeros de viaje a la presidencia-, encuentra rancios a los líderes del socialismo y demasiado católicos a los democrata-cristianos. ¿Cuál es su ideología, si tiene alguna? El catolicismo social de su infancia y la experiencia igualitaria de la guerra, el campo de prisioneros y la Resistencia le alejan de sus orígenes derechistas y le empujan hacia la izquierda. Según Short, a lo largo de su dilatada vida política siempre mantuvo dos constantes: el despreció hacia el poder del dinero y la búsqueda de la justicia social. Otra cosa es que “el lenguaje en que se vayan a expresar esas dos ideas variará radicalmente dependiendo del momento y las circunstancias”.

Al final opta por un pequeño partido de centro próximo a su reciente experiencia durante la ocupación. En las filas del UDSR (Unión Democrática y Socialista de la Resistencia) predominan antiguos resistentes no marxistas. “Sus miembros van desde la izquierda de la derecha hasta la derecha de la izquierda”. No obstante, “el “momento” y las “circunstancias” le hacen entender bien pronto que necesita el apoyo de la derecha de su circunscripción si quiere llegar al parlamento. Son sus tiempos de soflamas anticomunistas. Promete luchar contra “la bolchevización” de Francia, se pronuncia en contra de la regulación de la agricultura y el comercio, critica las nacionalizaciones que impulsa el gobierno tripartito, defiende la libertad de elección educativa y una relación “armónica” con la religión. Pide a los votantes de Nièvre que “se mantengan firmes ante el peligro comunista que la debilidad de los socialistas y democristianos ha colocado confortablemente en el poder”.

Este acto de contorsionismo político da sus frutos y gana el acta de diputado en noviembre de 1946. Tan solo seis semanas después sus credenciales entre los prisioneros de guerra y una carambola en el reparto de cargos le colocan al frente del Ministerio de los Veteranos. Tenía 30 años. El ministro más joven de Francia desde la Revolución. La de Veteranos fue la primera de las ocho carteras que ocuparía en la turbulenta década de la IV República hasta alcanzar las de mayor peso: Interior y Justicia. Short apunta que si no llegó a primer ministro fue por la desconfianza que le tenía el presidente Coty… Y por Argelia.

Imprescindible: La batalla de Argel de Gillo Pontecorvo

ARGELIA ARRASTRA A FRANCIA

Desastre en Dien Bien Phu (1954), pérdida de Indochina; independencia de Túnez, Marruecos en el 56, insurrección del FLN argelino… Francia contemplaba impotente cómo se desmoronaba su imperio colonial, cómo se desvanecía su peso en el mundo -algún día habra que hablar de la enorme repercusión de la fallida intervención en Suez en el 56.

Pero Argelia era más que una colonia. Argelia era un territorio que muchos consideraban tan francés como el Midi. Mitterrand creía que el problema se podía contener con una estrategia de apaciguamiento hacia los árabes, de reformas e inversiones, unificando la policía argelina con la metropolitana, integrando Argelia como provincia de pleno derecho en Francia.

Visto desde la perspectiva actual, subraya Short,”cómo podía pensar alguien que Argelia con nueve millones de árabes y un millón de colonos de origen europeo podía aceptar el dominio colonial cuando las vecinas Marruecos y Túnez -que sumaban 11 millones de árabes, y medio millones de colonos- habían obtenido la independencia de pleno derecho.

Pues así lo pensaba la Francia de la IV República que, acogotada por los militares y los colonos más intransigentes, era incapaz de mantener una estrategia coherente en Argelia. El terrorismo del FLN desató la clásica espiral de acción-reacción. El conflicto consumía gobiernos en París. Terrorismo, torturas y un debilitamiento extremo de la autoridad política. En febrero de 1956, un nuevo primer ministro, Guy Mollet, quiso iniciar su mandato con un golpe de efecto: una visita sorpresa a Argel. El pretendido golpe de audacia terminó en una escena vergonzosa. Le recibieron con un paro general: escuelas, fábricas y tiendas cerradas y banderas negras por todas partes en protesta por la sustitución del gobernador general.

Cuando el primer ministro se dispuso a colocar una corona en el monumento a los caídos, la multitud estalló. Le lanzaron tierra, piedras, tornillos, verduras… Sus escoltas consiguieron ponerle a salvo y trasladarle al Palacio de Verano, la residencia del gobernador general. Fuera 50.000 personas intentaban tomar el edificio. Las fuerzas de seguridad colocaron las ametralladoras cargadas en sus trípodes. “No podía permitir que mataran al primer ministro”, explicaría después el jefe de la seguridad-. Si la revuelta no terminó en un desastre sangriento fue porque el nuevo gobernador general anunció esa misma tarde su dimisión. Al conocer la noticia, la multitud empezó a dispersarse.

“¿Debe permanecer Francia en Argelia?”, pregunta a los periodistas el comandante de la batalla de Argel en la película de Pontecorvo. “Si ustedes responden que sí, deberán aceptar todas las consecuencias necesarias”. El personaje es un trasunto del Jacques Massu quien al frente de sus brigadas paracaidistas fue el encargado de restaurar el orden. Y lo hizo “con el acostumbrado vigor”. El ejército sustituyó a la policía. Los tribunales militares, a los civiles. Como ministro de Justicia, Mitterrand fue incapaz de impedir el uso brutal y sin restricciones de la tortura. Una de las páginas más negras de su biografía (y de Francia). El terrorismo de unos y otros dejaba a diario más de 20 muertos de origen árabe y europeo. Ante el deterioro del conflicto, Mitterrand apoyó por momentos la mano dura… y la guillotina. Recomendó la pena capital en 32 casos de condenados a muerte.

Short explica el endurecimiento de Mitterrand por puro cálculo político. Creía que su nuevo perfil de duro le podía despejar el camino hacia el ansiado puesto de primer ministro. Oportunidades no le faltaron. El conflicto argelino actuó como una centrifugadora que aceleró la inestabilidad de la IV República. Entre mayo y septiembre de 1957, Francia tuvo cuatro gobiernos. Mitterrand se veía ya a un paso de la jefatura del ejecutivo cuando el presidente Coty eligó a Felix Gaillard, un brillante economista de 38 años. El primer ministro más joven desde Napoleón. La irrupción de la juventud en momentos de gran crisis política parece un fenómeno histórico recurrente -y, sin embargo, el que terminó por hacerse cargo de la situación fue un viejo general de 68 años.

Mitterrand apreciaba a Gaillard. “Era más inteligente que yo, pensaba más rápido”, confesaría años después cuando Gaillard ya había fallecido en un accidente de yate. “Era más seductor, tenía más éxito con las mujeres, me hacía sentirme acomplejado… pero le faltaba perseverancia”. Ahí está la clave. La perseverancia. Una anécdota de aquellos años contrapone las figuras de Gaillard y Mitterrand y nos revela la fibra de la que estaba hecho el futuro presidente. En una ocasión, jugaron un partido de tenis y, para sorpresa de muchos, el más brillante, más fuerte y más hábil Gaillard cayó derrotado ante el aguante extraordinario de Mitterrand. Le llevó al agotamiento en tres horas y media de partido. Perseverancia. Mitterrand tardó dos meses en recuperarse físicamente, pero había ganado. Eso es lo que cuenta. En el deporte y la política

de gaulle en argelia de gaulle argelia

Vídeo del recibimiento triunfal a De Gaulle en Argel y su famoso: “Os he comprendido”. 

OPERACIÓN DE GAULLE

“Argelia es un problema de la cuarta dimensión y sólo hay un hombre en Francia que puede hacerle frente” dijo el escritor y político Edgar Faure. El hombre -todos lo sabían- se llamaba Charles de Gaulle. Reclamado por buena parte de la nación y, sobre todo, por los militares que combatían la insurrección argelina mientras -a Dios rogando…- ponían en marcha la operación Resurrección: el lanzamiento de los paracaidistas sobre París para hacerse con el control de los puntos estratégicos de la capital. Un golpe de estado en toda regla que vino precedido de un prólogo amenazador: la toma -más simbólica que real- de Córcega.

La presión surtió efecto. Las nueces cayeron del árbol. El 29 de mayo de 1958, el presidente Coty convocó a De Gaulle -“para evitarle al país una guerra civil”- y le encargó la formación del que sería vigesimoquinto y último gobierno de la IV República francesa. Después de 12 años de travesía del desierto, De Gaulle salía de su retiro en Colombey-les-Deux-Églises y emergía impulsado por el resorte de una rebelión que, si no alentó, tampoco se preocupó de desactivar (el regreso de De Gaulle en la versión documental  de los archivos franceses: http://player.ina.fr/player/embed/AFE85007883/1/1b0bd203fbcd702f9bc9b10ac3d0fc21/560/315/1/148db8)

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Mitterrand (derecha) en la manifestación en defensa de la república el 28 de mayo de 1958

Súbitamente Mitterrand se descubrió fuera de juego. Muchos de sus compañeros políticos se adhirieron con entusiasmo a la causa del general. ¿Qué debía hacer él? Sumarse o buscar su propio camino. “Todo me empujaba a ver con buenos ojos la liquidación de la IV República, pero a la vez todo me separaba de la dictadura que se acercaba disfrazada de piel de cordero”. Short nos describe a un Mitterrand en debate consigo mismo mientras camina por la rive gauche. “Cuando vuelve a la asamblea está decidido. Votará contra De Gaulle”. En ese momento, hace un pronóstico premonitorio: “Vamos a tenerle durante 20 años y yo soy el único capaz de oponerme a él”. A Short le sorprende la clarividencia de Mitterrand porque tardó efectivamente 23 años en cumplirse. Fue en 1981 cuando Mitterrand, el primer presidente de izquierdas desde 1936, accedió por fin a la máxima magistratura de la V República fundada por De Gaulle.

Fue la culminación de la decisión que tomó aquel domingo 1 de junio de 1958. Recuperamos la escena:

La asamblea francesa, reunida en sesión extraordinaria, debate la investidura de De Gaulle. Mitterrand se levanta, toma la palabra y lanza una filípica memorable:

“Cuando en septiembre de 1944, el general De Gaulle se presentó ante la asamblea consultiva, le escoltaban el honor y el patriotismo… Sus compañeros hoy, que sin duda no ha elegido pero que le han seguido, se llaman golpe y sedición… El dilema al que se enfrenta este parlamento hoy es el siguiente: o lo aceptamos como primer ministro… o se nos perseguirá… No aceptamos el ultimátum… El general De Gaulle regresa convocado por un ejército indisciplinado. Legalmente los poderes que se le confieran habrán sido cedidos por los representantes de la nación, pero de hecho ya los detenta como fruto de un golpe de estado”.

Al terminar sólo escuchó los aplausos de los comunistas y un puñado de socialistas, pero aquel domingo 1 de junio de 1958 Mitterrand inició su largo viaje hacia la historia. Aquel domingo se colocó frente al “salvador” de Francia. El politicastro de la fracasada IV República se atrevía a desafiar al hombre providencial del siglo XX francés. Mitterrand encarnaría a partir de entonces el rostro de la oposición al movimiento gaullista. Nada es eterno en política. Tampoco De Gaulle. Algún día llegaría su turno.

Si el general venía a podar sin miramientos las ramas de la IV República por las que había trepado nuestro hombre, aquel domingo Mitterrand decidió sembrar la simiente de su propio árbol; una semilla que germinaría con la paciencia y la fortaleza de un olivo.

(continuará)

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Retrato de Mitterrand en sus tiempos de Jacques Morland

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

EL ESCUDO Y LA ESPADA

La escena tiene aire de película. 11 de noviembre de 1943. La Gestapo irrumpe en la casa de la rue Nationale de Vichy donde se suele alojar François Mitterrand que ha adoptado el nom de guerre de Jacques Morland en la Resistencia. Los alemanes detienen y deportan al dueño de la vivienda -morirá en un campo de concentración-. Uno de los más estrechos colaboradores de Mitterrand, Jean Munier, escapa por la ventana del segundo piso y se descuelga por la bajante del canalón. Su pareja, Ginnete, se esconde en un armario que nadie registra. Munier avisa del asalto a los compañeros de su célula de resistentes. Fanny, la mujer del coronel Pfister, uno de los jefes, corre hacia la estación. Mitterrand/Morland está a punto de llegar desde París. La Gestapo vigila los andenes. “Iba a salir de mi vagón cuando la reconocí”, recordaría Mitterrand años después. “Hizo como que chocaba conmigo y me empujó al interior. `No salgas, no salgas´, murmuró, `la Gestapo está aquí´”.

No será la primera ni la última vez que la policía alemana pisa los talones al evanescente Jacques Morland. Los compañeros que caen a su alrededor acaban en el infierno de los lager. Fue el caso del escritor Robert Antelme, el marido de Margarite Duras. Los jóvenes resistentes se habían citado en el apartamento parisino de la Duras, -donde vivía entonces su ménage à trois con Antelme y Dionys Mascolo-. Desde la calle la Gestapo vigilaba el edificio. Jean Munier volvió a escapar a la carrera sacudiéndose de encima a los agentes alemanes. Mitterrand se libro por minutos. Había quedado con Antelme en una brasserie cercana del boulevard Saint Germain. Al ver que no aparecía llamó al piso. Le respondió una voz desconocida.

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El trío de izquierda a derecha: Mascolo, Duras y Antelme

Antelme terminó en Buchenwald -como Jorge Semprún, como tantos “rojos” españoles-. El azar quiso que en los días finales de la guerra, en abril del 45, fuera el propio Mitterrand -el hombre con el que tenía una cita a la que nunca llegó- quien diera con él durante una visita de una delegación franco-americana al campo de concentración de Dachau. La leyenda dice -pero hay otras versiones- que Mitterrand oyó una voz débil que le llamaba de entre los muertos. Antelme estaba en los huesos. Apenas 30 kilos. Había sobrevivido a un penoso viaje desde Buchenwald. 13 días en un vagón de moribundos. Sin comida. La nieve derretida como último recurso. Mitterrand organizó  su traslado a París. Dos años después, Robert Antelme escribiría La especie humana, su testimonio desde lo más profundo sobre la experiencia concentracionaria.

En 1945 las cosas estaban mucho más claras que en 1941, cuando el prisionero de guerra evadido François Mitterrand llegó a Vichy.

Ni Vichy era Vichy, ni De Gaulle era De Gaulle, ni la persecución de los judíos era aún la Solución Final. El gris dominaba el paisaje. Hitler se fotografiaba en Trocadero. Picasso recibía en su estudio al capitán de la Wehrmacht Ernst Jünger y Sartre estrenaba sus obras con el visto bueno de la censura alemana. La fiesta no cesó en un París que había aceptado sin demasiados problemas a los nuevos anfitriones alemanes. La derrota, la victoria y las revisiones de la historia vestirían a cada uno con los ropajes del heroismo, la cobardía moral o la infamia.

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Mitterrand cuando era funcionario del gobierno de Vichy

“Mitterrand termina en Vichy porque era el lugar más seguro para un prisionero fugado de las cárceles alemanas y porque allí tenía amigos que le podían ayudar a encontrar un trabajo”. La imagen del gobierno de Vichy en esos años 41 y 42, recuerda Short, distaba mucho de la que se ha acuñado con el tiempo. Más de 30 países, entre ellos EEUU, reconocían al régimen francés. “La mayoría de los prisioneros, como muchos de sus compatriotas, consideraban que De Gaulle y Pétain luchaban por la misma causa, aunque, como sostenía Mitterrand, cada uno a su manera. Mientras la Francia Libre levantaba el estandarte de la revuelta contra Alemania, Vichy -creían- trataba de minimizar el sufrimiento de la nación y mantener la moral en el país. Juntos eran la espada (De Gaulle) y el escudo (Pétain) que conduciría a Francia durante la guerra”.

En Vichy, Mitterrand se ocupaba de asuntos relacionados con los exprisioneros de guerra. Su dedicación y eficiencia le valieron la condecoración personal de Pétain, la francisque, pero nada indica que fuera un filonazi colaboracionista.

En 1942, empezó a llevar una doble vida. Por un lado “su carrera oficial, rodeado de amigos de derechas; por otro una existencia cada vez más clandestina trabajando con otros exprisioneros contra los alemanes y sus aliados franceses… ¿Mantenía un pie en ambos campos? ¿O, como sostuvo después, usaba su personaje oficial como cobertura para sus actividades en la Resistencia?… La verdad”, dice Short, “era mucho más simple: estaba sumido en una confusión total”.

“Si al menos tuviera una convicción firme, nada sería un sacrficio para mí, pero ¿qué puedo hacer sin una base sólida antes de dar el salto?”, escribió en el verano del 42. Tardó mucho en decidirse. La nueva metamorfósis de la crisálida fue -para algunos- sospechosamente lenta. Tampoco era fácil. Como hemos visto, el altísimo riesgo que corría cualquier resistente no era para tomárse el “salto” a la ligera.

La agonía se prolongó a lo largo de todo ese año. Aún trabajaba para Vichy cuando empezó a darle vueltas a la formación de un movimiento de resistencia reclutado entre exprisioneros de guerra.

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Mitterrand, en el extremo derecha, con el mariscal Pétain

MORLAND EN VICHY

¿Qué empuja finalmente a Mitterrand a dar el salto? ¿Qué le convierte en Jacques Morland?

¿Cuestión de principios?

No fue, desde luego, por repugnancia moral ante la complicidad de Vichy con la persecución de los judíos. Las medidas antisemitas y las redadas -tan conmemoradas en nuestros días- no le afectaron ni a él ni a la inmensa mayoría de sus compatriotas. El antisemitismo era parte del paisaje francés y europeo. Las dimensiones del exterminio nazi no se conocerían hasta los juicios de Núremberg y aún así pasarían décadas antes de que el Holocausto alcanzara la relevancia dominante que ahora ocupa en el relato y la imagen de la II Guerra Mundial.

¿Puro oportunismo?

Tampoco se puede decir que el cambio en el curso de la guerra fuera el elemento decisivo. La derrota del VI Ejército alemán en Stalingrado en enero del 43 no se entendió entonces como el punto de inflexión del conflicto que ha decretado la historia con posterioridad. ¿No se habían recuperado los alemanes del fracaso de la toma de Moscú el invierno anterior? Faltaba perspectiva. Short recupera la cita de Churchill a propósito de la victoria británica en el Alamein seis meses antes: “No es el final. Ni siquiera el comienzo del final. Pero quizá sí el final del comienzo”. Pero también es cierto que la primera gran derrota alemana en Stalingrado coincide en el tiempo con la transformación definitiva de Mitterrand en Morland.

Lo que le decanta hacia la resistencia activa fue -a juicio de Short- la trama de relaciones que tejió a lo largo de ese año crucial de 1942 con otros exprisioneros de guerra dispuestos a combatir la ocupación. El detonante tiene fecha: 11 de noviembre de 1942. Ese día los alemanes ocuparon la “zona libre” en respuesta al desembarco aliado en el norte de África. “El mito de Pétain, el escudo que protege Francia salta en pedazos”, apunta Short. El gobierno del primer ministro Laval se entrega en cuerpo y alma al colaboracionismo y, entre otras medidas, destituye al jefe del departamento de Mitterrand. Acto seguido todo el equipo se solidariza y presenta su dimisión. “En ese momento era un gesto excepcional que podía haber desencadenado sus detenciones y Laval incluso contempló la idea”, escribe Short.

Fue la hora de la verdad. Mitterrand había desterrado por fin sus dudas. Un renacido entusasmo le inflamaba. “Ya no me preocupa lo que me aguarda más adelante”, le escribió a su primo.”Casi caigo en la desesperación al ver cómo todo nuestro trabajo de los últimos meses se borraba de un plumazo, pero al final ha ganado mi gusto por la incertidumbre -la incertidumbre que lleva la semilla del triunfo. Esta nueva partida es a la vez una separación de lo anterior y un acercamiento a todo lo que aún es verdadero”.

A partir de ese momento, Mitterrand/Morland se dedicó con habilidad infatigable a impulsar la unidad de los dispersos movimientos de exprisioneros. Contactaba, hablaba, discutía, convencía, viajaba… Tres días después de escapar a un nuevo zarpazo de la Gestapo, un vuelo clandestino de la RAF le sacó de Francia. Vía Londres viajó hasta Argelia donde se entrevistó con el general De Gaulle. Su paso por Vichy no era un problema. De Gaulle ya había acogido a otros expetainistas mucho más implicados. En 1943, el general ya pensaba en la reconciliación nacional. Vio en Mitterrand al líder más capacitado para crear un nuevo movimiento de resistencia de exprisioneros de guerra.

Unos meses antes Mitterrand ya se había encontrado con Philippe Dechartre, de la resistencia gaullista. Fue en una brumosa madrugada en la estación de Lyon.

Dechartre acude con total desconfianza. No le gusta Mitterrand, “demasiado comprometido con Pétain y Vichy”. Las actividades del grupo de Mitterrand contra los alemanes le parecen puro humo. La resistencia de verdad consiste “en volar trenes, en espiar, no en enviar paquetes de comida”.

“Sabía que no tendría nada que decirle y él tampoco a mi”. Pero todo cambió: “Vi una figura que salía de la niebla, como un fantasma… Un pequeño bigote, pelo engominado… Tenía el aspecto de un subteniente latinoamericano… Sólo estábamos dos en el andén así que tenía que ser él… Le dije que estaba allí por un sentido del deber, que lo que hacían no era resistencia, que no estaba a favor de que uniéramos nuestros grupos, pero que como eso era lo que deseaba el general (De Gaulle)… A medida que hablábamos, descubrí a un hombre que no esperaba. Encantador en extremo, de inteligencia prodigiosa. Todo lo que comentaba me parecía correcto. Decía lo que me hubiera gustado decir a mí, pero él lo expresaba mucho mejor. Pasó algo. Nació una amistad real y profunda. Ese día me asombró”. Mitterrand, el eterno seductor.

LOS SECRETOS DE UN LIBERTINO

Francois Mitterrand weds Danielle Gouze. FRANCE - 28/10/1944

Que la seducción era un atributo que el carácter de Mitterrand dispensaba con generosidad lo descubrió muy pronto su mujer, Danielle.

Se casaron el 28 de octubre de 1944. François tenía 28 años. A Danielle le faltaba un día para cumplir los 20. Antes de cortar el pastel a Mitterrand se le vio inquieto preguntando por la hora -por cierto, nunca le gustó llevar reloj-. Tenía una reunión con su movimiento de exprisioneros y deportados y allá se fue el mismo día de su boda. Embutido en el frac y acompañado por Danielle sin tiempo para despojarse del vestido de novia. La reunión fue, por cierto, absolutamente aburrida e intranscendente.

“Así sería el resto de sus vidas”, cuenta Short. ” Él no estaría sujeto a ninguna disciplina y ella siempre encontraría una forma de sobrellevarlo”. Danielle tuvo que aprender a morderse la lengua. Cuando después de una de sus desapariciones durante días, se le ocurrió preguntarle cómo le había ido, él le contestó que “no se había casasdo con ella bajo el régimen de la Inquisición”. Sin duda la clandestinidad le había aficionado al secreto y a una vida en compartimentos estancos, se decía a sí misma Danielle. Pero, de hecho, sostiene Short, era su carácter. “Reticente desde niño a cualquier disciplina excepto aquella que él se imponía a sí mismo”. La frustrante experiencia con Marie-Louise -“la única ocasión en que rindió voluntariamente su libertad”- agravó ese rasgo de su carácter.

Danielle comprendió que se había casado con un impenitente “seductor de jovencitas”. Y aunque sentía que François había “secuestrado su juventud”, nunca se divorciaron. La relación sobrevivó a todo. Incluso al dolor: la muerte temprana de su primer hijo Pascal de cólera infantil a los tres meses. En aquel tiempo -1945- uno de cada 10 niños en París moría antes de cumplir el año.

En el 58 Danielle empezó una relación con Jean Balenci, profesor de gimnasia. “François aceptó la relación. Jean era un tipo agradable y sus hijos Gilbert y Jean Cristophe le adoraban… Le dijo a sus amigos: `no sé cómo puedo prohibirle a mi mujer lo que yo me permito a mí mismo´. François respetaba las convenciones. Eran un matrimonio. Puede que durmieran en habitaciones separadas y no mantuvieran relaciones conyugales, pero se sentían unidos por una complicidad que continuaría hasta la muerte de Mitterrand 40 años después”.

Cuando a principios de los 70 se fueron a vivir al Barrio Latino, cada uno -François, Danielle y Jean- tenía su habitación en el nuevo piso. “Jean Balenci se había convertido en un miembro de la familia. Era el que bajaba a por los croissants y los periódicos. Él y François desayunaban juntos. A los extraños se les presentaba como un primo lejano”

Por entonces, François llevaba años con su otra “relación estable”; la que mantuvo durante 30 años con Anne Pingeot, la mujer de su familia no oficial, la madre de Mazarine. La había conocido a principios de los 60 cuando él tenía 47 y ella 20.

François, Danielle, Jean, Anne… No es mal momento para invocar aquí aquella cita de Freud que encabeza El cuarteto de Alejandría: “Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema”.

(continuará)

mitterrand con anne pingeot
Mitterrand con Anne Pingeot a principios de los 80

 

 

 

mitterrand 1

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

Que un joven de la Francia rural y católica que coqueteó con la extrema derecha, colaboró como funcionario con el infame gobierno de Vichy e incluso fue condecorado por Petain, que se pasó en el momento oportuno a la Resistencia y llevó una vida oculta y temeraria que a punto estuvo de costarle la captura a manos de la Gestapo, que transitó por (casi) todos los ministerios de la infausta IV República y miró hacia otro lado cuando ocupaba la cartera de Justicia y la tortura era práctica común en la guerra sucia en Argelia, que se enfrentó (casi) en solitario a un irresistible De Gaulle, que montó un falso atentado contra sí mismo que habría finiquitado cualquier otra carrera política, que fue derrotado en dos elecciones presidenciales (1965, 1973), que se alió con los comunistas para alcanzar el poder y se equivocó tantas veces como uno puede equivocarse en una vida política tan longeva, que mantuvo durante décadas dos familias por separado sin menoscabo para su carrera y -last but not least- que sobrevivió el tiempo suficiente a un aletargado y secreto cáncer de próstata; que un hombre con esta trayectoria, decimos, llegara a sus 65 años a presidente de Francia y se convirtiera en el jefe de Estado francés más longevo -14 años- desde los decimonónicos Luis Felipe y Napoleón III puede parecer a primera vista inverosímil, pero ocurrió y ese hombre se llamó François Mitterrand.

¿Su secreto?

La resiliencia. La capacidad para sobreponerse a la adversidad y el error. Aguantó -también en Francia quien resiste gana-, y supo aprovechar los pliegues del tiempo político. Resistencia, seducción y ambigüedad.

Su protegido y primer ministro en los 80, Laurent Fabius, escribió que “la clave de la personalidad de Mitterrand, de su éxito extraordinario, de su longevidad política y de su energía, la clave de la fascinación que ejercía sobre los demás… fue su enorme y excepcional ambivalencia… una ambivalencia metafísica, profundamente arraigada, que le permitía ver el anverso y reverso de todo, que veía el bien y el mal en cada persona, que contemplaba toda situación como una semilla de tragedia y de esperanza”.

Si prescindes de la ambigüedad, será en tu propio detrimento; sentenció el cardenal De Retz. Pero fue su rival de púrpura, el cardenal Mazarino, preceptor de Luis XIV, de quien Mitterrand tomó no sólo inspiración para el nombre de su hija secreta; también adoptó en verbo y carne los preceptos del cínico y descarnado Breviario para políticos:

“Ahorra en gestos, camina con pasos medidos y mantén en todo momento una postura llena de dignidad… Cada día dedica unas horas a pensar cómo deberías reaccionar ante tal o cual acontecimiento… Mantén siempre cinco preceptos: simula, disimula, desconfía, habla bien de todos, prevé lo que has de hacer… Hay una muy escasa posibilidad de que la gente vea con buenos ojos lo que haces o dices. Más bien lo retorcerán todo y pensarán lo peor de tí”.

Lo cuenta Philip Short -excorresponsal de la BBC en París y autor de sendos libros sobre Mao y Pol Pot- en su reciente biografía sobre el presidente más enigmático de la Francia moderna. Por si alguien lo busca, el libro tiene dos títulos: A Taste for Intrigue. The Multiple Lives of François Mitterrand en su versión norteamericana y Mitterrand. A Study in Ambiguity  en la edición británica. No encuentro traducción al español. La biografía, escrita para un público anglosajón, ha recibido críticas muy elogiosas. Yo he disfrutado con su lectura. Lo que viene a continuación es, más que una reseña, un amplio resumen seriado para los muy cafeteros. Todos aquellos que esté interesados y no muy familiarizados con la vida del expresidente francés o que no anden sobrados de tiempo para digerir las 700 páginas en letra apretada de la edición de bolsillo.

No he leído otras biografías del personaje. Y son unas cuantas las que se han escrito. Muchas alentadas por el propio Mitterrand para tratar de controlar la luz que proyecte la historia sobre su pasado y su legado. La de Short sale bien valorada porque aporta detalles desconocidos. En especial, de su vida familiar. La eterna amante de Mitterrand, Anne Pingeot -la madre de su hija Mazarine- desvela, por ejemplo, que al expresidente francés le aplicaron en sus últimos momentos una sedación paliativa que podría encajar en los difusos perfiles definitorios de la eutanasia.

Fue en las primeras horas del lunes 8 de enero de 1996 en su apartamento de la avenida Frédéric-le-Play, 9, en París. Junto a su lecho, la única compañía del doctor Tarot. No quiso que estuvieran ni su amante Anne ni su mujer Danielle ni su hijo Gilbert. Prefirió morir en soledad. “Los que me aman lo entenderán”, le dijo al médico. Tenía 79 años. Era el final de una sinuosa trayectoria vital de la que la voy a destacar 10 momentos, 10 vidas de François Mitterrand; el hombre que se sucedía sí mismo como una crisálida que muda de forma y piel y se abre al mundo con cada nuevo tiempo político.

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¿El rostro sereno del socialismo? Mitterrand en su velatorio en la polémica foto final de Paris-Match

UNA JUVENTUD FRANCESA

François Maurice Adrien Marie Mitterrand nació a las cuatro de la mañana del 26 de octubre de 1916 en el pueblo de Jarnac, en la región de Cognac, al norte de Burdeos; lejos de las trincheras del norte en las que se batían aquel año los jóvenes franceses. A su padre lo acababan de nombrar jefe de estación de Angulema. Tres años después abandonaría una prometedora carrera en los ferrocarriles para dedicarse a la factoría de vinagre de su suegro, el papa Jules, presencia dominante en el hogar de los Mitterrand.

El oficio y la religión les distinguían de sus paisanos. Vinagreros y católicos en un territorio dominado por la “aristocracia” protestante del coñac que les consideraba unos advenedizos. Si optaron por el vinagre fue porque les vetaron en el negocio del coñac. Resulta sorprendente que en esos primeros años del siglo XX aún se dejaran sentir las viejas heridas de las guerras de religión que habían sacudido Francia tres siglos atrás. La sombra de los enfrentamientos civiles, como se ve, se alarga sobre siglos y generaciones. Tomemos nota.

Cuando la hermana mayor de François intentó unirse a un club de tenis de mayoría protestante, el pastor calvinista protestó “porque no está bien que los católicos jueguen aquí”. La abuela de Mitterrand tenía a gala no haber pisado nunca una casa protestante. Un fervor religioso y militante imperaba en el hogar. “Cuando era niño pensaba que sería Papa o rey”, diría mucho tiempo después. La familia era lo que por aquí calificaríamos como “de derechas de toda la vida”. Más monárquica que reaccionaria y -matiza Short-alejada del nacionalismo antisemita de Maurras y su Actión Française.

François nunca perteneció a Acción Francesa -“fui criado para pensar en ellos con horror, no por su antisemitismo sino porque habían sido excomulgados”- pero sí contemporizó con otros movimientos de la extrema derecha como la Croix de Feu, organización patriótica de veteranos de guerra. Con más de medio millón de militantes, eran conservadores que pregonaban el cristianismo social pero se oponían a cualquier extremismo. De hecho, la insurrección de Acción Francesa -intentaron tomar al asalto el parlamento en 1934- fracasó en buena medida porque la Croix de Feu se mantuvo al margen (froides queues –pichas frías-, les llamaría la prensa de extrema derecha). Segundo apunte: las guerras civiles no son inevitables, no lo fue la española; la tensión política en la II República no difería tanto de lo que sucedía al otro lado de los Pirineos.

¿Hasta qué punto Mitterrand fue un extremista de derechas?

Traduzco libremente a Short: “Años después a Mitterrand se le acusaría de proximidad a la extrema derecha en su época de estudiante -de leyes, política y literatura-. Esa posición, en la Francia de preguerra, era sinónimo de antisemita. Pero la asociación no prueba la culpa. Nadie duda de que el joven Mitterrand tenía amistades antisemitas -realmente en el París de los años 30 casi era imposible no tenerlos por la amplitud y aceptación que tenía el antisemitismo- pero nunca fue un antisemita… De hecho, en una ocasión salió en defensa de Georges Dayan, un joven estudiante judío, cuando un grupo de matones de Acción Francesa le estaban amenazando en un café del Barrio Latino. A lo largo de los siguientes cuarenta años, Dayan se convertiría en mucho más que un amigo de François. Sería su alter ego”.

Lo mismo se podría decir de sus supuestos vínculos con un grupo terrorista de extrema derecha, la Cagoule. Viejos amigos de Angulema y de la familia Mitterrand fueron cómplices en atentados sangrientos de la Cagoule y François, pese a todo, mantuvo su amistad con ellos. Para Mitterrand -y esto llama la atención en un político- la fidelidad a los amigos eran un artículo de fe, en especial con los amigos abandonados por todos los demás. “Estos vínculos no eran fortuitos”, comenta Short. “François Mitterrand no era de la Cagoule ni de Action Françoise, ni antinegro ni antisemita. Pero su entorno social y sus conexiones familiares le llevaban a tener amigos que sí lo eran y él no tenía problemas en convivir con eso… Trataba la diversidad de los seres humanos apreciando sus cualidades y encerrando sus defectos en una caja. Esta actitud daba pie a que se le pudiera acusar de falta de principios y de hecho le llevó a mantener amistades extrañas y lamentables”.

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El joven Mitterrand

Si tenemos que definir las inclinaciones políticas del joven François, habría que recurrir al amplio ideario del catolicismo social. Rodeado, eso sí, de mucha confusión. Tenía amigos izquierdistas y admiraba la oratoria del líder socialista Léon Blum, pero detestaba su alianza con los comunistas; le fascinaba el pensador judío Julian Benda que censuraba el nacionalismo racista y bélico de los intelectuales alemanes y franceses; visitaba al pretendiente al trono de Francia y escuchaba los discursos de un excomunista que fundó lo más parecido a un partido fascista en Francia. En los convulsos años 30, no fueron tan raros los viajes de ida y vuelta entre la extrema derecha, el socialismo y el comunismo entre los jóvenes inmersos en la efervescencia política de la época. Sólo un descarte queda claro. Ni entonces ni nunca, Mitterrand fue un liberal de corte anglosajón.

De estos años, Short subraya un episodio amoroso que dejaría una marca especial en el carácter de quien se convertiría en eterno seductor de mujeres y hombres. Marie-Louise Terrase sólo tenía 14 años. Cuando la conoció, le dijo que rondaba los dieciocho. François la convirtió en su Beatrice a lo Dante. Estamos en 1938. A lo largo de tres años y medio le escribió, atención, unas dos mil cartas de amor. “Estaba loco por ella”, le diría a un amigo. Marie-Louse reconocía sus cualidades, pero nunca se entregó enamorada. No era el hombre de sus sueños. Short la describe como “una princesita caprichosa a la que le encantaba flirtear con los chicos consciente, desde los trece años, del poder que sus encantos físicos ejercían sobre los hombres”. Como tantas veces en su vida, Mitterrand insistió, espero y aguantó: “Insufrible y exigente Beatrice”, le escribió en una ocasión; “me has convertido en tu esclavo del momento, tu juguete en esta hora”. En el amor y en la política siempre fue el último en rendirse a la evidencia.

La relación tuvo un final melodramático. El 4 de enero de 1942, Mitterrand, entonces funcionario de Vichy, viajó a París. Previamente había telefoneado para quedar con Marie-Louise. “Pasearon juntos por los Jardines de Luxemburgo, donde todo había comenzado cuatro años atrás”, escribe Short. “Marie-Louise dijo que le admiraba, pero que no estaba enamorada de él; no quería ser su mujer. Cuando llegaron al Sena, ella le devolvió su anillo de compromiso. François lo recogió y extendió el brazo como para lanzarlo. Si ella no lo quería, daba a entender el gesto, sería mejor que la corriente arrastrara el anillo y a él mismo hasta donde quisiera el destino. Marie-Louise pensó -erroneamente- que lo había lanzado al río. Rompió a llorar y se marchó”.

Años después, Marie-Louise Terrasse, bajo el nombre artístico de Catherine Langeais, llegaría a ser la presentadora más famosa de la televisión francesa desde finales de los años cincuenta hasta mediados los setenta. La “novia de los franceses” vivió aseteada durante años por la enfermedad hasta su fallecimiento de esclerosis múltiple en 1998. Once años antes, su antiguo novio de juventud, el presidente Mitterrand le otorgó la legión de honor por dejar “una marca indeleble” en la historia de la televisión francesa. De su enamoramiento enfebrecido por la joven Marie Louise, Mitterrand sacaría una lección: nunca dejaría a nadie más manejarle como si fuera una marioneta.

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Marie-Louise Terrasse a.k.a Catherine Langeais, la “novia de Francia” y de François Mitterrand 

PRISIONERO DE GUERRA

Si hay una experiencia fundamental en la vida de Mitterrand, fue su paso por los campos de prisioneros en Alemania. En la línea de lo que, entre nosotros, cuenta Chaves Nogales en su recomendable La agonía de Francia entendió la rápida y extraña derrota de Francia ante los ejércitos de Hitler como un fracaso de las élites que, sumado al igualitarismo que imponía el campo de prisioneros, le alejaría de su clase y de su ideología juvenil. “El viejo orden social no resistía una sopa de nabos”, escribió. Tiempo después las organizaciones de exprisioneros de guerra serían el embrión de su carrera política. Primer cambio de piel. En Alemania comienza la segunda vida de François Mitterrand.

En la prisión alemana de Ziegenhain dedicó buena parte de su tiempo a dar charlas a sus compañeros de encierro. Sobre El amante de Lady Chatterley, sobre Voltaire, sobre las lettres de cachet de la Francia prerrevolucionaria… “Hablaba sin notas, con las manos apoyadas en la mesa”. Le llamaban “el profesor”. “No nos da lecciones de superioridad”, anotó en su diario un colega del campo. “Se abre a las ideas de otros… En mi opinión, eso denota una inteligencia generosa… Sólo hay dos actitudes que le parecen imperdonables: la cobardía y la vulgaridad… Apreciamos su elegancia en medio de esta promiscuidad”. “Inspiraba respeto”, recordaba otro. “Tenía como una cuestión de honor respetar a otros y ser respetado por ellos”. Todos coinciden en que parecía un ser frío y distante en una primera impresión. Un redactor anónimo de la revista del campo que editaba el propio Mitterrand le comparó con Vautrin, el misterioso benefactor del Rastignac de Balzac. La comparación suscita adhesiones.

“François Mitterrand, como Vautrin, es un hombre de múltiples identidades… y sospecho que guarda el terrible secreto de una personalidad escindida. Como un nuevo Jano, te lo encuentras aquí como el elegante director de un periódico, un hombre de letras, un filósofo perspicaz y sutil; y luego lo ves allí como un camillero ocupado y meticuloso en la clínica del campo… Pero sea de una o de otra guisa, no debemos olvidar que François Mitterrand mantiene un culto personal de todo lo que es noble; esto es, se ve consumido sin cesar por las llamas del lirismo, de la belleza y del altruismo… No se equivoquen. Como una abeja, es a la vez miel y aguijón; un ingenio irónico y un corazón sensible. Eso le permite, podríamos decir, caminar por la vida con unos cristales de color rosa. Pero Mitterrand es a la vez sabio y escéptico y, a través de esos cristales rosas, ve todo negro”. L’Ephemère, 1 de septiembre de 1941.

¿No escribiría todo esto el propio Mitterrand?

soldado mitterrand
El soldado Mitterrand

Tres veces se fugó de las prisiones alemanas y consta que, al menos en la primera ocasión, lo hizo por temor a perder a Marie-Louise. Dos veces fue delatado, capturado y devuelto al campo. Falta la pelota de béisbol, pero la peripecia no desentonaría en el escenario de La Gran Evasión de Steve McQueen. A la tercera lo consiguió.

“Se ofreció voluntario para trasladar cajas al cuartel alemán adjunto al campo de tránsito de Boulay. Aprovechó la oscuridad de una madrugada de diciembre para saltar la alambrada y correr hacia el centro del pueblo. Un compañero le había dicho que allí encontraría a la dueña de un kiosko de prensa que le ayudaría. Llegó sin aliento, cuando la mujer estaba subiendo la persiana metálica. Lo tuvo oculto durante dos días y después lo acompañó hasta Metz. Allí se subió a un tren hacia la frontera. Cuando empezó a desacelerar al acercarse a su destino, Mitterrand decidió saltar. Dio unos pasos hasta la pequeña estación y descubrió que ya estaba en Francia. Sí, pero aún estaba en la Francia ocupada por los alemanes. Los trabajadores del ferrocarril le alimentaron y le subieron a un autobús hacia Nancy donde consiguió unos papeles falsos. Desde allí tomó otro tren hacia el sur, hacia Besançon. Saltó de nuevo y caminó hasta cruzar la línea de demarcación  de la llamada “Zona libre” controlada desde Vichy por el gobierno del mariscal Petain… Era el 15 de diciembre de 1941″.

En Vichy, Mitterrand empezaría su tercera vida. La ambigüedad suprema. La doble vida de un aparente colaboracionista transmutado en un esquivo y notorio resistente llamado Morland.

(Continuará)