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En 2 de octubre de 1945 un marshal de Misuri envió a su amigo, el presidente Harry Truman, una inscripción en letras de vídrio tintado sobre madera de nogal que se haría célebre: The buck stops here. Una de las versiones etimológicas atribuye al juego del póker en los tiempos de la frontera la expresión “to pass the buck”, que podríamos traducir con nuestro “pasar la pelota”.

En las fotos  de Truman en el Despacho Oval podemos ver la inscripción de madera sobre el escritorio. El sentido está claro: quien se sienta aquí ya no puede pasar la pelota, la última responsabilidad reside en las manos del presidente.

Politólogos y tertulianos, que nos abruman estos días con sus conocimientos del constitucionalismo norteamericano, tratan de tranquilizarnos invocando el equilibrio de poderes en EEUU, los checks and balances. Los padres fundadores diseñaron un sistema político que debía evitar la tiranía. Incluso la de las mayorías, como nos recuerdan estos días tirando de citas del Federalist Paper número 10 de Madison. También suele decirse que la presidencia americana fue diseñada por genios para que pudiese ser dirigida incluso por idiotas.

¿Pero sobrevivirá a Donald Trump?

Sin duda el equilibrio de poderes frenará las inciativas más extemporáneas del presidente. Salvo momentos excepcionales, cualquier gran reforma en EEUU necesita de un consenso extraordinario. Ni aún con un Congreso demócrata fue capaz Bill Clinton de sacar adelante su reforma sanitaria. Ni con uno republicano pudo Bush Jr. aprobar su reforma migratoria (que, a diferencia de Trump, pretendía legalizar a millones de inmigrantes indocumentados).

Pero hay un ámbito que pertenece al presidente: la política exterior. Y ahí depende y mucho de quien sea el ocupante de la Casa Blanca. Cierto, sólo el Congreso de EEUU tiene la autoridad para declarar la guerra y aprobar intervenciones militares, pero en este área el margen de actuación y el liderazgo del presidente es lo que cuenta. Recibirá todo tipo de informes y opiniones. Más de las que pueda digerir -como dijo Kennedy-, pero al final del día la última decisión es suya.

El mundo no sería igual si, en vez de Frankiln D. Roosevelt, EEUU hubiera optado por uno de los republicanos aislacionistas de la época. Fuera un mal necesario o un crimen de guerra es el presidente Truman quien decidió lanzar un ataque nuclear contra Japón. El presidente Kennedy resistió la tremenda presión (incluso la de su círculo íntimo) de todos aquellos que le pedían un ataque militar a Cuba durante la crisis de los misiles. A la inversa, Lyndon Johnson -que sacó adelante un extraordinario programa político y social interno- no fue capaz de escapar a la Teoría del Dominó en Vietnam…

Y, en fin, por venir a lo más reciente, un ejercicio plausible de historia virtual nos llevaría a la conclusión de que el desastre de Irak y sus consecuencias se habrían evitado con un presidente Gore en la Casa Blanca. Ya años antes del 11-S, un cierto laboratorio  intelectual del partido republicano -plataforma de los Neocons-propugnaba el derrocamiento de Sadam Hussein. El 11-S sirvió como un pretexto que el incompetente Geroge Bush jr. compró sin dudarlo, quizá impulsado por algún reflejo freudiano-sin el apoyo entuasta de su propio padre que en 1991 había decidido no traspasar las puertas de Bagdad precisamente para evitar lo que ha venido después.

Ahora la retórica de Trump apuntan, de cumplirse, un vuelco respecto a Obama y quizá más allá. Tal vez el fin del orden internacional impuesto por EEUU  después de la Segunda Guerra Mundial, temen algunos. El fin de la Pax Americana. Incertidumbre sobre la OTAN. Aislacionismo beligerante. Más ataques preventivos, Guantánamos y torturas. Autócratas ultras como aliados. La primera foto con Farage. La primera llamada a Putin. Los más optimistas auguran una nueva detente con Rusia. De paso, Washington se tragaría el sapo de Asad en Siria. Tal vez incluso consulte a Kissinger… Pero aunque se rodeé de cuadros experimentados del establishmant diplomático de EEUU, aunque ahora comience The Education of Donald Trump, la última decisión estará a partir del 20 de enero en sus manos. Y conociéndo su temperamento e inexperiencia, puede pasar cualquier cosa.

Por mucho que la globalización y la tecnología hayan fragmentado el poder, el presidente de EEUU aún sigue siendo aquel individuo que puede cambiar la historia. The buck stops here.

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“LET’S MAKE AMERICA GREAT AGAIN”

La elección de Donald Trump ha causado tal estupor que Ronald Reagan y George Bush Jr. empiezan a ser considerados razonables estadistas por quienes les detestaban. Si desde finales de los 70, el espectro político de EEUU empezó a experimentar un corrimiento hacia el rojo -por seguir el color asignado a los republicanos en las teles americanas-, Donald Trump lo ha llevado en 2016 al infrarrojo. Como si cada cierto tiempo el Grand Old Party necesitara dar un paso aún más a su derecha para encontrar -no el abismo que le auguran- sino el camino de vuelta a la Casa Blanca.

La victoria de Trump se levanta sobre el miedo, la nostalgia y el resentimiento de los “angry white men“. Aquellos que se ven a si mismos como una especie en extinción y sueñan con recuperar una América idílica que sólo existió en las estampas de Norman Rockwell. El paraíso perdido se sitúa allá en los 50, cuando solo pensar que algún día de marzo de 2016 en Carolina del Norte discutirían sobre el servicio que debían usar los transexuales no entraba ni entre las más remotas elucubraciones de la ciencia ficción política.

En ese viaje Back to the Future, Trump ha despreciado tanto a las élites tradicionales del conservadurismo como a los politólogos que llevan años vaticinando el irremisible declive de los republicanos si no son capaces de ampliar su base étnica. Todo lo contrario. A la mierda con los hispanos, los negros y los progres… El candidato republicano se ha entregado a la estrategia electoral que propugna la franja derechista más extrema: reivindicar la venganza del hombre blanco de las vastas praderas de América. Una estrategia que no ha hecho ascos al apoyo de una nueva versión de la extrema derecha, una subcultura conocida últimamente como “alt-right”. En el estilo sin complejos de Trump han encontrado un candidato que sólo existía en sus delirios más calenturientos. Estos son algunos de sus elementos más conspicuos.

ALT-RIGHT

Expresión abreviada de “alternative right”, la “derecha alternativa”. The Week la define como “una disparatada mezcla de neonazis de toda la vida, militantes de las teorías de la conspiración, jóvenes de ultraderecha que trolean en internet; todos unidos en la creencia común de que la identidad blanca y masculina está amenazada por las fuerzas del multiculturalismo y la corrección política”. Un movimiento marginal, reciente, de contornos tan difusos que la Wikipedia necesita de una generosa lista de atributos para  definirlo: nacionalismo, racismo, islamofobia, antifeminismo, homofobia, antisemitismo, xenofobia, populismo derechista, tradicionalismo… Un exreportero de las comunidades online en Los Angeles Times lo simplifica:”racismo con una estrategia de marketing online”. Las cruces en llamas del Ku Klux Klan, transformadas en memes de internet.

“Este movimiento político relativamente nuevo”, dice la BBC, “es popular sobre todo entre los jóvenes. Amorfo y difícil de definir. Sus simpatizantes comparten tanto el rechazo tanto a la ideología de izquierda como el conservadurismo tradicional”. Cuando en la pasada campaña Hillary Clinton mencionó a los “alt-right” en un mitin de agosto, los adeptos al fenómeno se lo tomaron como su bautismo oficial en el campo de batalla de las guerras culturales estadounidenses.

El término se atribuye al racista Richard Spencer, 38 años, licenciado en Historia, nacido en Boston, criado en Texas, residente en Montana y fundador de la web Alternative Right, un sitio plagado de teorías raciales y genéticas pseudocientíficas donde se plantea, por ejemplo, si es correcto el genocidio de los negros. Spencer lo habría utilizado por primera vez en 2008 para describir a los derechistas que se sienten “olvidados y alejados, intelectual, emocional y espiritualmente del conservadurismo americano”.

Pero han sido jóvenes ultras quienes han popularizado la expresión abreviada “alt-right” en las redes sociales. Según un artículo reciente de la Columbia Journalism Review, no podemos hablar de un movimiento político, porque, entre otras razones, no resulta fácil distinguir cuánto hay de militancia y cuánto de simple ánimo provocador: “Por la naturaleza nebulosa de sus comunidades anónimas online, nadie puede estar seguro de quiénes son los “alt-righters” y qué les motiva. Tampoco está claro quienes entre ellos son verdaderos creyentes y quienes son gamberros que buscan la provocación”.

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El racista Richard Spencer acuñó el término “alternative right” 

[Actualizo de nuevo esta entrada con el numerito nazi que montó Richard Spencer en Washington el 21 de noviembre celebrando la victoria de Trump…]

BREITBART NEWS

Breitbart News es la plataforma de la “derecha alternativa”, según su director ejecutivo Steve Bannon, quien -y esto es lo aterrador- ha acabado dirigiendo la campaña de Donald Trump.  Veterano de larga trayectoria como comentarista y documentalista en las guerras culturales de América, Bannon ha convertido el conglomerado Breitbart en “el Pravda de Trump”.

La plataforma (http://www.breitbart.com/ ) fue fundada en 2007 por Andrew Breitbart, editor, columnista y furibundo polemista conservador fulminado por un infarto a los 43 años. Breitbart, hijo adoptivo de una familia judía, creció en Hollywood. Pronto abandonó sus iniciales inclinaciones izquierdistas al experimentar, según sus propias palabras, “una epifanía” durante el tortuoso proceso de confirmación para el tribunal supremo al que se vio sometido en el senado el juez conservador Clarence Thomas, acusado de acoso sexual por una antigua colaboradora.

La plataforma de Breitbart es herdera por línea directa del Drudge Report, el agregador de noticias que destapó el escándalo Lewinsky, el célebre caso que por poco no acabó de manera infame con la destitución del presidente Bill Clinton. Da cobijo a todo tipo de teorías conspirativas y se vende con titulares como “La anticoncepción trastorna y afea a las mujeres”.

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Andrew Breitbart

Steve Bannon recogió la antorcha de Breitbart en 2012 con la misión declarada de “profesionalizar” a la franja más lunática y furiosa de la “derecha alternativa”. A Breitbart News acude todo aquel que considera demasiado respetuosa a la cadena Fox News. Bannon ha estado detrás de las campañas más sensacionalistas de la “alt-right”.  “Si hay una explosión o un incendio en algún sitio”, comenta el editor político de Breitbart en Washington, “Steve estará por ahí cerca con unas cerillas”.

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Steve Bannon

“A menudo hemos tratado de minimizar el racismo y el resentimiento que burbujea bajo la ‘cibersuperficie'”, escribía el otro día David Remnick, director de The New Yorker, en An American Tragedy. “Pero el ciclo informativo ha saltado por los aires. En Facebook, los artículos factuales de la prensa tradicional parecen iguales que los conspirativos artículos de los medios “alt-right”. Portavoces de lo indecible tienen ahora acceso a enormes audiencias… La prensa “alt-right” ha sido la suministradora de mentiras, propaganda y teorías conspirativas que Trump ha utilizado como el oxígeno de su campaña. Steve Bannon, una figura central de Breitbart, ha sido su propagandista y director de campaña”.

[Actualización: poco después de publicar esta entrada, Trump nombró a Bannon ni más ni menos que “estratega en jefe” de la Casa Blanca. Tendrá enfrente a un insider republicano, Reince Priebus, como jefe de Gabinete. En este perfil de The New York Times recuerdan la cruzada de Bannon contra el establishment republicano que representan tipos como Priebus y, de paso, su complicidad en la difusión de todo tipo de teorías consparanoicas -como la que acusa a la administración Obama de infiltraciín islamista para imponer la sharía en EEUU.]

MILO YIANNOPOPULOS

No deja de ser una paradoja y un síntoma de los confusos contornos del movimiento “alt-right” que una de sus figuras más conocidas sea un gay greco-británico de 32 años que vocifera contra el feminismo, el islam y el complejo de culpa que predica la izquierda occidental.

Colaborador principal en Breitbart, Milo alcanzó notoriedad por su cobertura del Gamergate en 2014, cuando una desarrolladora de videojuegos fue acusada de ofrecer favores sexuales a cambio de críticas positivas. En su opinión, según recoge la BBC, “la cultura de videojuegos había sido politizada por un ejército de programadoras feministas sociópatas y activistas, apoyados por dolorosamente políticamente correctos blogueros de tecnología estadounidenses”.

En la convención republicana del pasado verano, Milo y sus seguidores islamófobos celebraron un acto, “Gays con Trump”, en el que Yiannopoulos se presentó con un chaleco antibalas sobre una camiseta con el lema “We shoot back” ilustrado con un subfusil Uzi de color arco iris. Aquí tenéis el vídeo:

Milo y sus seguidores cabalgan sin problemas sus contradicciones. El provocador británico no oculta su atracción erótica por los “hombres negros altos” al tiempo que cuenta entre sus seguidores con algunos de los portavoces más racistas de la “alt-right”. En julio, Twitter expulsó definitivamente a Milo por su campaña contra Leslie Jones, la actriz negra de la nueva versión de Cazafantasmas.

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Milo Yiannopoulos, enfant terrible de la derecha alternativa

CUCKSERVATIVE

Expresión peyorativa convertida en moneda corriente por los “alt-righters”. Una fusión de “cuckold” y “conservative”. “Cuckold”, derivada de “cuckoo”(cuco), designa maridos cornudos y padres que crían sin saberlo hijos que no son biológicamente suyos -por aquello de que el cuco pone sus huevos en nidos ajenos. Hay quien lo ha traducido al español como “cornuservador”, pero por ahora no ha hecho fortuna frente al célebre “maricomplejines” acuñado por Jiménez Losantos.

El termino también tiene tonos racistas en EEUU. “Cuck” se aplica a un género de porno interracial en el que un blanco contempla cómo su mujer mantiene relaciones sexuales con un vigoroso hombre negro. Los “cuckold” serían hombres blancos emasculados que se entregan a una suerte de masoquismo erótico.

Los derechistas alternativos señalan como “cuckservative” a los republicanos que “compran” las premisas de la izquierda. En especial a aquellos que en tiempo de campaña se adhieren a los valores sociales del conservadurismo -contra el aborto, los derechos LGTB, Darwin en las escuelas, etc- y luego, una vez elegidos, abandonan sus principios en las transacciones con la progresía política. En las primarias republicanas, el frustrado candidato Jeb Bush fue un blanco habitual del hashtag #cuckservative.

El concepto no es nuevo, la palabra sí. El hashtag #cuckservative no deja de ser una versión insultante y adaptada a las redes sociales para denominar a los viejos RINOs, Republicans In Name Only

THE RIGHT STUFF

“Somos blancos y no pedimos perdón”, así se se presenta el blog antisemita The Right Stuff y su podcast The Daily Shoa, uno de los focos de propaganda de la constelación mediática “alt-right” (junto con American Reinassance, VDare.com, The Daily Stormer, Political Cesspool o Danger & Play).

Hace un año The Right Stuff definía “alt-right” como “la derecha despojada de cualquier creencia supersticiosa en la igualdad humana y de cualquier admisión de la autoridad moral de la izquierda… Ya no aceptamos la autoridad de la izquierda a la hora de decidir quién es una buena persona y quién no. No me importa que me llamen racista, intolerante, homófobo o misógino. Eso es pura difamación de la izquierda y la izquierda es el mal. La izquierda ha usado con éxito esos epítetos para frenar la lucha de la derecha por sus principios. ¿Quieres ganarles? Deja de preocuparte por lo que te llaman y empieza a oponerte sin descanso”.

EL TRIPLE PARÉNTESIS

En 2014, el podcast The Daily Shoa empezó a insertar como efecto de sonido un eco siniestro cada vez que pronunciaban un nombre judío. El recurso tuvo su traducción visual en la blogosfera y en las redes sociales como un triple paréntesis que resaltaba los apellidos judíos -(((Cohen))), (((Weisman))), etc. Más aún. Hubo incluso una extensión del navegador Chrome que detectaba los nombres judíos de un texto y los enmarcaba automáticamente con el paréntesis triple. No pasó mucho tiempo antes de que Google prohibiera la extensión antisemita. Pero, para entonces, el primer símbolo que emerge de la “derecha alternativa” ya había llegado a las camisetas. “Así nace un símbolo del odio en 2016”, comenta el New York Times. “El efecto de sonido de un podcast se convierte en meme de twitter y extensión de un navegador antes de hacer su aparición en el mundo físico”.

Según el léxico de The Right Stuff, los nombres judíos reverberan a lo largo de la historia. El triple paréntesis señalaría el sempiterno poder destructivo de los judíos, según explicaron en un email los editores de este blog antisemita:

“El primer paréntesis representa la subversión judía del hogar y la familia provocada por la degeneración de los medios de masas. El siguiente paréntesis representa la destrucción de la nación por la inmigración masiva y el paréntesis exterior representa al sionismo y la judería internacional”.

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Amy Schumer, víctima del triple paréntesis

PEPE THE FROG

El meme, como vemos, es el arma favorita de propaganda y destrucción masiva de la subcultura “alt-right”. Además del hashtag “#cuckservative” y el (((triple paréntesis))), destaca últimamente Pepe the Frog, un popular personaje de cómic tomado al asalto por la derecha alternativa. En la pasada campaña, hasta el equipo de Clinton llegó a denunciar   a Pepe como nuevo icono del odio. Hillary contra la rana nazi.

Pepe the Frog es uno de los personajes de Boy´s Club, un cómic online creado por Matt Furie hace 11 años. Cuenta el día a día de cuatro monstruos adolescentes que matan el tiempo “bebiendo, oliendo y nunca pensando”. Escenas de la vida a los 20 años, resume Laurie. La frase mítica de Pepe es “feels good man” (que bien sienta), pronunciada mientras mea con los pantalones por debajo de las rodillas.

A partir de 2008, la rana Pepe se convirtió en un meme cada vez más popular en Myspace, Gaia Online y 4chan (sitio infame conocido como el “retrete de internet”). “Pepe servía a cualquier interpretación adolescente, héroe y antihéroe, un símbolo que se adaptaba a todos los altibajos vitales”, apunta The Daily Beast . En 2015, la rana verde era ya el meme más difundido en Tumblr. Y ha sido en este 2016, cuando la comunidad “alt-right” se ha apropiado de la rana versátil.

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Cuando Hillary Clinton calificó como “deplorables” a buena parte de los votantes de Trump; Donald Trump Jr. respondió en twitter con una imagen inspirada en el cartel de la película de Stallone The Expendables (Los mercenarios, 2009). En la imagen, Pepe the Frog acompaña a algunos de los rostros más destacados del equipo de Trump (ah, el del fondo a la derecha es el arriba mencionado Milo Yiannopoulosn junto a un vociferante Alex Jones, el “consparanoico” que atribuye los ataques terroristas del 11-S al propio Gobierno de EEUU).

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TRUMP: “PODRÍA DISPARAR A ALGUIEN EN LA 5ª AVENIDA Y ME SEGUIRÍAN VOTANDO”

“La elección de Donald Trump para la presidencia no ni más ni menos que una tragedia para la república Americana”, comenzaba David Remnick esta semana su  An American Tragedy. “un triunfo de las fuerzas, dentro y fuera, de la xenofobia, el autoritarismo, la misoginia y el racismo”. Remnick no disimula su indignación. Como director de The New Yorker, es un egregio representante de las élites mediáticas y cosmopolitas que detestan los votantes de Trump.

No es excepcional que nuestras democracias-espectáculo generen tipos como Trump. Tampoco es excepcional que exista  una  extrema derecha racista y xenófoba. Hasta ahora eran fenómenos marginales. Lo excepcional y lo preocupante es que en la democracia más madura, estable y educada del mundo, la encarnación más pura de la egolatría, el cinismo, la mentira, el desprecio, la vulgaridad, la ignorancia, el racismo, la xenofobia y la misoginia no echara para atrás a ni uno de los 60 millones de votantes que vienen apoyando a los republicanos en las últimas elecciones presidenciales (pido permiso para la licencia demoscópica, ya sé que no siempre son exactamente los mismos, pero lo importante es el número). Hace nueve meses Trump fue premonitorio: “Podría disparar a alguien en la 5ª avenida y la gente me seguiría votando”.

“Me gusta Trump”, hemos oído a sus votantes estos días, “porque habla claro, dice lo que nadie se atreve a decir, dice lo que yo pienso”. Y lo que dice no ha brotado por generación espontánea. Trump es el precipìtado de años y años de mentiras, propaganda y química conspirativa y de la derecha radical americana cuya última manifestación es el fenómeno “alt-right”.

“Que el electorado de manera plural”, escribe Remnick, “haya decidido vivir en el mundo Trump de vanidad, odio, arrogancia, mentira, temeridad y desprecio por las reglas democráticas es un hecho que llevara, inevitablemente, a todo tipo de declive y sufrimiento nacional… El 20 de enero de 2017 diremos adiós al primer presidente afroamericano -un hombre íntegro, con dignidad y espíritu generoso- y asistiremos a la toma de posesión de un estafador que apenas hizo nada para alejar el apoyo de las fuerzas de la xenofobia y el racismo. Es imposible no reaccionar en este momento con repugnancia y profunda preocupación”

 

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Recuerdo el 17 de junio de 1994.

Días atrás había comprado un nuevo televisor que venía con una antena parabólica de regalo. Instalarla en la terraza del ático y apuntar al satélite Astra fue más fácil de lo que esperaba. De repente, tenía a mi alcance una interminable oferta de canales gratuitos de todo el mundo. Muchos de ellos alemanes, por cierto. Y también, cómo no, la CNN y otros medios informativos norteamericanos.

Aquel viernes 17 de junio por la tarde comenzaba el Mundial de Fútbol en EEUU y quise ver la cobertura que los canales de aquel país iban a ofrecer de un evento deportivo de interés global que por primera vez se celebraba en sus campos pese a la escasa pasión que el fútbol suscitaba entre los norteamericanos.

Nada de nada.

Todas las cadenas de EEUU emitían en directo y sin descanso una extraña “persecución” policial por las autopistas de Los Ángeles de un cuatro por cuatro blanco. Extraña porque los coches patrulla parecían escoltar más que perseguir al Ford Bronco. Dentro huía a ninguna parte uno de los más famosos jugadores de fútbol americano, Orenthal James Simpson, O.J. Simpson. La policía de Los Ángeles le buscaba en relación con la muerte de su exmujer. Esa misma mañana Simpson había incumplido el pacto de entrega en comisaría que sus abogados habían negociado con los investigadores.

No tenía ni idea de quién era Simpson. Sabía de fútbol americano aún menos que lo que muchos estadounidenses sabían de lo que el resto del mundo entiende por fútbol. Desconocía su impresionante historial deportivo y, en cuanto a su posterior carrera de actor, si le había visto en alguna película, no recordaba su nombre.

Simpson se entregó finalmente en su casa. Siete meses después se celebró el juicio más mediático de la historia de EEUU. Vimos la escena del guante repetida mil veces, la cara impávida del agente Furhman, la escandalosa absolución…

Desde un primer momento, la cobertura televisiva parecía desproporcionada. Hasta el muy reputado Peter Jennings, presentador estrella de las noticias de ABC,  interrumpió el discurso de Bill Clinton sobre el estado de la unión para dar el veredicto en el juicio civil de Simpson.

En aquel tiempo, mediados de los noventa, mi conocimiento de los EEUU era más bien escaso. Atribuí los excesos de la cobertura al tirón que tenían los ingredientes clásicos del caso -fama, dinero, muerte…- y a la deriva hacia el espectáculo de los canales informativos. Sólo años después me he dado cuenta de que fue mucho más que eso. Fue un caso que tocó la fibra más íntima de la nación.

Quienes conozcan el asunto sólo de oidas, quienes hayan olvidado los detalles o quienes se perdieron en la larga sobreexposición tienen ahora la oportunidad de revisitarlo en O. J.: Made in America, uno de los mejores documentales que he visto últimamente. Se puede encontrar por ahí, perdido entre el montón indistinguible de documentales a granel que ofrece Moviestar + y, por lo que he podido ver y comentar hasta ahora, son muchos los que ni siquiera saben que lo tienen a su alcance.

No voy a reventar nada. Todos sabemos cómo acabó el juicio. Pero lo que tal vez nos cueste comprender es cómo un crimen que apuntaba clamorosamente a la condena de O.J. Simpson terminó con su absolución. OJ: Made in America despliega paso a paso, un trabajo de contextualización impresionante. Periodismo televisivo de primera. Ocho horas divididas en cinco capítulos. Un viaje que va ganando en densidad a través de una recopilación exhaustiva de material de archivo y una sucesión de entrevistas tan buenas que parecen guionizadas para la ocasión.

Asistimos a “la carrera”  que convirtió a O.J. Simpson en una estrella nacional en 1967, a su conversión en un “blanco” alejado absolutamente del compromiso de tantos deportistas negros con la lucha por los derechos civiles, a los repetidos antecedentes de malos tratos de O. J. a su mujer, Nicole Brown,  a la reconstrucción forense de su muerte y la del camarero Ron Goldman, a la insólita persecución de Simpson por las autopistas de Los Ángeles, al papel del agente Mark Furhman en la investigación y el juicio, al “dream team” de abogados que contrató Simpson y a su utilización son complejos de la “carta racista”, a los inmensos errores de la fiscalía con la selección del jurado por no hablar de la prueba del guante –if it doesn´t fit, you must acquit– que hundió para siempre la carrera del único fiscal negro de la acusación, al historial racista de la policía de Los Ángeles y a los disturbios que estallaron un par de años atrás cuando un jurado de blancos absolvió a los agentes que habían pateado a Rodney King sin saber que una cámara les estaba grabando.

“La absolución de O.J. fue una venganza por lo de Rodney King”, confiesa una de las ocho mujeres negras que formaron parte del jurado. Eran mujeres, pero el color de la piel se impuso a cualquier simpatía por la maltratada y asesinada Nicole Brown.

Después de ocho meses de juicio, de 45.000 páginas de transcripciones, de la declaración de 100 testigos y de unas pruebas incontrovertibles, el jurado tardó tan sólo tres horas y media en alcanzar un veredicto. “No hubo debate”, lamenta el entonces fiscal del distrito Gil Garcetti. Lo tenían decidido. “Puede que vivas en una mansión en Beverly Hills o en una casucha de Watts, pero todos estamos conectados por esto”, afirma un pastor negro mientras se toca el dorso de la mano.

En el primer mes del juicio un 63% de blancos consideraba a Simpson culpable y un 65% de negros, inocente. Un año después, el número de blancos que lo tenía por culpable ascendía a un 77% y el de negros que creían en su inocencia, a un 72%.

La absolución de Simpson desató un estallido de júbilo entre la población negra de costa a costa que dejó estupefactos a los blancos. No podían entender el enorme resentimiento que les tenían sus vecinos y compatriotas. “Por una vez, por un breve instante”, recuerda un líder de los derechos civiles, “el sistema de justicia criminal funcionaba a favor de un negro”. Hay quien compara el veredicto al hito que supuso la entrada del jugador negro Jackie Robinson en la liga de béisbol americana el 15 de abril de 1947. La raza, concluye uno de los entrevistados, es el elemento central de cualquier relato de los Estados Unidos.

Después vendría la decepción: la caída de O.J. Simpson en una espiral delirante que le llevaría de vuelta a la cárcel, la desorientación y descenso al abismo del héroe que lo tuvo todo, el penúltimo capítulo de una nueva tragedia americana, pero para eso tendréis que ver el documental…

Pd.: con posterioridad a esta entrada he encontrado un largo artículo que el prestigioso New York Review of Books ha dedicado a O.J. Made in America; leedlo sólo depués de ver la serie documental.

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Sobre esta lona nació el mito de Ali: el KO a Sonny Liston en el 64.

Hace una semana moría Muhammad Alí, pero no he tenido tiempo hasta ahora para subir elvídeo que le dediqué en Noticias Cuatro. Alí fue uno de los héroes de mi niñez, cuando por aquí seguíamos llamándole Cassius Clay -como si no nos tomáramos muy en serio su cambio de nombre y conversión al islam. Pese a que Alí es probablemente el deportista que ha motivado más documentales, el tiempo, el desprestigio del boxeo y la larga sombra de su enfermedad alejaron su figura de las nuevas generaciones. Con las limitaciones que impone un informativo, la pieza busca informar a los que no le conocieron y recordar a los que sí. Aquí dejo el enlace del vídeo.

http://www.cuatro.com/_828dc89a

 

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AL ABRIR LOS OJOS, NIXON YA ESTABA ALLÍ

A los que despertamos a la actualidad internacional a principios de los 70, el capitán Tan Tan y los tres globos infantiles se solapan en la memoria con la cuenta atrás de las misiones Apolo, Neil Armstrong, el parche del general Moshe Dayan, el secuestro de Patty Hearst, Nixon y Kissinger, Vietnam y Watergate… Todo esto tal vez le deba mucho a las inimitables crónicas de Jesús Hermida desde Nueva York. No eran mucho más que nombres y rostros que se repetían en el telediario pero ahí quedaron, como una fijación en los recovecos de la memoria infantil.

Años después vimos una y otra vez Todos los hombres del presidenteentre otras cosas, porque es imposible entenderla a la primera y a la segunda y a la tercera… y de tanto verla incorporamos los diálogos del doblaje como un manual para aprendices de periodismo. Desde “siga la pista del dinero” hasta “quita lo de teta y a la máquina”:

Todos los hombres del presidente, como después la infravalorada Nixon, de Oliver Stone, se centran tanto en el caso Watergate y la paranoia presidencial que la guerra de Vietnam aparece sólo de manera tangencial. Y sin embargo, con el paso de los años, Vietnam se está convirtiendo en una clave fundamental para entender la deriva criminal de la presidencia de Nixon.

HALDEMAN: “SIN VIETNAM, NO HABRÍAMOS TENIDO WATERGATE”

Hace unos meses el reportero del caso Watergate, Carl Berstein, insistía en la importancia de Vietnam al comentar el último libro del premiado Tim Weiner One man against the world: The tragedy of Richard Nixon::

“Without the Vietnam war, there would have been no Watergate,” Haldeman noted accurately, though long after the fact. To understand that link, consider the deceit of presidential candidate Nixon and the culture of illegality he brought to the White House. In his landmark 2014 book, “Chasing Shadows,” Ken Hughes reconstructs Nixon’s spectacularly devious role in scuttling the Paris peace talks of 1968, in the closing weeks of the campaign, after President Lyndon Johnson decided to halt the bombing of North Vietnam to help bring about a possible settlement to end the war. This was the Chennault Affair, in which high-level emissaries for Nixon promised South Vietnamese President Nguyen Van Thieu that he would get a better peace deal if Nixon were elected — and not Hubert Humphrey, LBJ’s vice president and the 1968 Democratic nominee. Thieu boycotted the peace talks.

When Johnson learned of Nixon’s intervention, he was incensed. In conversations with the Senate Republican leader, he called Nixon treasonous — implying that he had violated the Logan Act, which forbids private citizens from interfering in government diplomacy. By subverting a move toward peace, Nixon had also potentially caused the injury and deaths of thousands more American soldiers and countless Vietnamese, Johnson charged. So entering the presidency, Nixon knew he had a terrible secret to hide that could be ruinous.

Ahora, en el  New York Review of Books, el también reportero del Washington Post y antiguo corresponsal en Vietnam Robert G. Kaiser destaca la relevancia de Vietnam en cualquier aproximación a la presidencia de Richard Nixon. Fue mucho más que una guerra heredada de las administraciones demócratas de Kennedy y Johnson a la que Nixon puso fin con la espantada que fue la “vietnamización”. Mucho más que el acto secundario de una presidencia devorada por el escándalo Watergate. Vietnam fue la clave.

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LA TEORÍA DEL PRESIDENTE LOCO

En una generosa reseña de las últimas publicaciones sobre el único presidente dimisionario de la historia de EEUU, Kaiser destaca especialmente Nixon’s Nuclear Specter: The Secret Alert of 1969, Madman Diplomacy and The Vietnam War, de William Burr y Jeffrey P. Kimball. Nixon no sólo saboteó las conversaciones de paz de su predecesor Lyndon B. Johnson, también cruzó todas las líneas rojas desde el mismo comienzo de su presidencia para conseguir una salida “honorable” de  Vietnam. La idea era meter el miedo en el cuerpo a los norvietnamitas (y de paso a los rusos y a los chinos) transmitiéndoles la imagen de un presidente fanático, enloquecido, un anticomunista capaz de cualquier cosa. “The Theory of the Madman”, según expuso el propio Nixon al primero de los hombres del presidente, su jefe de gabinete H.R. “Bob” Haldeman:

“Le llamo la Teoría del Loco, Bob. Quiero que los norvietnamistas piensen que he llegado al punto en que podría hacer cualquier cosa con tal de acabar con la guerra. Debe llegarles el rumor de que, ‘ya sabes, Nixon está obsesionado con el comunismo, no podemos frenarle cuando está cabreado y ojo que el botón nuclear está al alcance de su mano’…  El mismísimo Ho Chi Minh va a tardar dos días en llegar a París para implorar por la paz”.

Pues no. Ho Chi Minh ni se inmutó (tampoco estaba como para ir a París; murió en una cueva de Hanoi en septiembre del 69). Pero los norvietnaminas no hincaron las rodillas. Nada les hizo flojear. Ni el bombardeo masivo y secreto de Camboya  para golpear las bases y vías de suministro del Vietcong -¡¡2,8 millones de toneladas de bombas en cuatro años!!- , ni ante la escalada militar del 69 ni los ejercicios navales frente a las costas norvietnamitas para hacerles creer que minarían la bahía de Haiphong ni la alerta nuclear mundial al estilo de Teléfono rojo: volamos hacia Moscú: Nixon colocó a todas las fuerzas estratégicas de EEUU -misiles intercontinentales, submarinos y bombardeos – en alerta máxima para hacer creer a Moscú que Washington se estaba preparando para lanzar un ataque nuclear. Algo de esto habíamos oído en una de las cintas secretas de Nixon desvelada en 2002.

Año 1972. Vietnam del Norte ha lanzado una ofensiva de primavera. Nixon habla con Kissinger.

Nixon: We’re going to do it. I’m going to destroy the goddamn country, believe me, I mean destroy it if necessary. And let me say, even the nuclear weapons if necessary. It isn’t necessary. But, you know, what I mean is, what shows you the extent to which I’m willing to go. By a nuclear weapon, I mean that we will bomb the living bejeezus out of North Vietnam and then if anybody interferes we will threaten the nuclear weapons.

Una semana después, viene mi cita favorita. Pide a su consejero de Seguridad Nacional que “piense a lo grande”:

Nixon: I’d rather use the nuclear bomb. Have you got that ready?
Kissinger: That, I think, would just be too much.
Nixon: A nuclear bomb, does that bother you?… I just want you to think big, Henry, for Christ’s sake! The only place where you and I disagree is with regard to the bombing. You’re so goddamned concerned about civilians, and I don’t give a damn. I don’t care.
Kissinger: I’m concerned about the civilians because I don’t want the world to be mobilized against you as a butcher

Cuenta Weiner que la combinación de bebida, insomnio y pastillas alimentaba las ensoñaciones agresivas de Nixon. Y su locuacidad. Solía llamar en estado de embriaguez a miembros del Gobierno, de su gabinete o a su antiguo entrenador de fútbol. Le escuchaban hasta que la voz de Nixon apenas pasaba del murmullo y el presidente caía dormido.Quizá eso explique que Kissinger, un tipo con un altísimo concepto de sí mismo, aparezca en tantas cintas secretas como un humilde masajista del ego presidencial (a la espera de que pasara la borrachera, suponemos).Éste es el momento “think-big-Henry” con Nixon in his own voice y grabado por el propio sistema de escuchas que instaló en el Despacho Oval:

EL DESASTRE DE RICHARD NIXON

La estrategia de Nixon en Vietnam -recrudecer la guerra para obtener una mejor posición negociadora en las conversaciones de París- fue un absoluto desastre. Murieron otros 21.000 soldados americanos, un tercio del total, y cientos de miles de vietnamitas. El bombardeo de Camboya y la invasión de 1970 desestabilizaron el país y propiciaron la llegada al poder en 1975 de los Jemeres Rojos que exterminaron a dos millones de camboyanos.

Y además ahí comenzó, a juicio de Kaiser, el ejercicio en la mentira y la ilegalidad que llevaría al Watergate:

“The connection between Vietnam and Watergate is often missed… Deceit and disregard for the law were the common threads. The abuses that constituted Watergate began with events tied to the Vietnam war: first was the attempt to sabotage LBJ’s peace talks in October 1968. In 1969 came the secret bombing of Cambodia and the wiretapping of reporters and White House aides, provoked by a leak to The New York Times about the secret bombing. Then the break-in at the office of the psychiatrist of Daniel Ellsberg, the man who leaked the Pentagon Papers about the war. The Huston Plan, drawn up by a White House aide in 1970 and approved by Nixon, proposed break-ins and black-bag jobs aimed at radicals, especially anti-Vietnam activists. The plan was rescinded, but many were kept under surveillance. Nixon explicitly ratified the use of illegal break-ins when he ordered aides to “blow the safe” at the Brookings Institution in Washington in search of Vietnam secrets from the Kennedy and Johnson administrations. That order was also never carried out, but soon after Nixon issued it, Mitchell and others came up with the idea of breaking into the Democratic committee offices. Ultimately, deceit and lawlessness forced Nixon from office, and sent twenty-two of his colleagues to jail”.

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Esta semana en mi vídeo dominical en Noticias Cuatro  he hablado sobre dos banderas que han sido noticia.  La enorme bandera española en la proclamación de Pedro Sánchez como candidato a La Moncloa y la bandera de batalla de la Confederación, motivo de polémica tras los crímenes de un joven racista en Carolina del Sur.

Las dos banderas no tienen nada que ver entre sí, pero en ambos casos su significado se cruza con una historia de guerra civil.

La bandera de la Confederación fue emblema del ejercito sudista en la Guerra de Secesión norteamericana. Los estados agrarios y esclavistas del sur invocaron su derecho a separarse -a decidir , diríamos hoy- del norte industrial y capitalista que imponía la abolición de la esclavitud. Dos modelos económicos incompatibles que disputaban entre sí desde hace años en la conquista del Oeste. Ganó el Norte, pero la reconstrucción del Sur, salvo la esclavitud, toleró al cabo de pocos años la herencia y los modos del Sur. En otras palabras, Jim Crow y al segregación racial.

Un siglo después la bandera de las estrellas cruzadas volvió a ondear como protesta contra la nueva injerencia del gobierno federal con sus leyes de derechos civiles. desde entonces tiene un pretendido significado ambivalente. Oficialmente se reivindica como seña de identidad sentimental del viejo sur. Extraoficialmente es un símbolo del racismo latente y persistente. El caso es que 150 años después de la guerra civil americana vuelve una campaña para arriar definitivamente la bandera de la Confederación.

En España, la rojigualda monárquica fue recuperada por el bando franquista en la Guerra Civil frente a la franja morada que se insertó en el emblema durante la II República. Terminada la guerra, la izquierda mantuvo la tricolor pero aceptó la rojigualda en los pactos de la Transición. Muchos recordarán la presentación en sociedad de Carrillo, flanqueado por la bandera rojigualda y otros -lo he recuperado en el vídeo- las palabras de Felipe González en el mitin de la Ciudad Universitaria en vísperas de su arrolladora victoria electoral de 1982.

La bandera de todos, dice González. Sí, pero con diferentes grados de entusiasmo -celebraciones deportivas al margen. A lo largo de estos años ha sido la derecha la que se ha seguido sintiendo cómoda con la exhibición a todo trapo de la bandera. Y son muchas las sedes de la izquierda, incluidas las socialistas, que mantienen la tricolor republicana en el mobiliario de sus locales.

No encuentro datos, pero temo no equivocarme si digo que la exhibición de la bandera española en relojes, pulseras y coches sigue siendo un atributo de los votantes de la derecha.

De ahí la sorpresa por el tamaño de la bandera de Pedro Sánchez. 40 años después de la transición, 80 años después de la Guerra Civil, la ostentosa exhibición de la rojigualda por un socialista sigue siendo noticia. Obama aparece a menudo con una escenografía similar y no es ningún problema. Lo mismo podríamos decir de un socialista francés. Pero esto es España. Venimos de una historia problemática y seguimos sin superar tensiones territoriales. Dos factores que siguen creándonos problemas con los símbolos comunes. Tarareamos un himno sin letra y colocamos al toro de Osborne como escudo… En España, en EEUU y en cualquier parte, las herencias de las guerras civiles tardan muchos años en olvidarse.

 

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Antes de llegar al PSOE, permitidme un rodeo sobre política, televisión y EEUU…

Si hubiera que buscar el origen de la televisión como instrumento político, el lugar está muy claro: Estados Unidos. Respecto a la fecha, ¿qué tal el 23 de septiembre de 1952?

Aquel año, el senador por California Richard M. Nixon luchaba por conservar su puesto como candidato a la vicepresidencia en el ticket de Einsenhower. Su campaña se vio empañada por acusaciones de uso impropio de los fondos recaudados por sus simpatizantes para sufragar su carrera política. Para despejar dudas, Nixon optó por una maniobra audaz: voló a Los Ángeles y compró media hora de televisión para defenderse directamente ante el creciente público televisivo norteamericano. El Comité Nacional Republicano pagó una pasta: 75.000 dólares de la época (578.000 euros actuales). Fue el 23 de septiembre de 1952. La maniobra pasó a la historia como el discurso de Checkers.

 

La escenografía no tiene desperdicio. En el estudio construyeron la réplica de un dormitorio de clase media americana, el GI bedroom den. Durante el discurso, la cámara panea hacia la derecha y vemos a una orgullosa Pat Nixon sentada en el sofá escuchando las explicaciones de su marido. A lo largo de 30 minutos, Nixon dio cuenta del dinero y regalos que había recibido, entre ellos un perrito de raza cocker spaniel que sus hijas había bautizado como “Checkers” y que no pensaba devolver “dijeran lo que dijeran”.

60 millones de norteamericanos vieron el discurso de Checkers, la mayor audiencia televisiva hasta la fecha. Nixon consiguió su objetivo. Afianzarse en la candidatura republicana que ganaría las elecciones ese mismo año de la mano de Eisenhower. Fue el triunfo de un discurso emocional en un medio emocional. La peripecia posterior de Richard Nixon ha generado innumerables libros y películas (junto con Kennedy, estamos ante el mejor material “literario” de la política presidencial). En cuanto a Checkers, murió en 1964 y está enterrado en un cementerio de mascotas de Long Island.

A Checkers le siguieron otros hitos de la política en televisión. La retransmisión de las sesiones del comité anticomunista de Joseph McCarthy y, en particular, su famoso enfrentamiento con el periodista Ed Murrow. La historia inspiró la película “Good Night and Good Luck”, de George Clooney. Adjunto en el siguiente vídeo, el auténtico editorial de Murrow contra McCarthy en See it now, el 9 de marzo de 1954. Si a Nixon le salvó la tele en Checkers, a McCarthy le mató, políticamente, su sobreexposicón televisiva (y, literalmente, su abuso del alcohol). Murió tres años después de cirrosis. Tenía 48 años.

 

Son dos precedentes del que muchos consideran el primer gran momento decisivo de la televisión en la política. Los debates Kennedy-Nixon en la elección presidencial de 1960. El tema ha dado pie a miles de  artículos, ensayos, reportajes… Todos o casi todos con la misma conclusión: la televisión impulsó al relativamente desconocido senador Kennedy hacia una victoria muy ajustada frente al mucho más experimentado y conocido vicepresidente Richard Nixon. La telegenia venció a la seguridad, la novedad a la experiencia. El primer debate lo vieron 73 millones de espectadores, más del 60% de los hogares con televisor en aquel momento. Un 50% de los votantes admitió a posteriori que los debates habían influido en su decisión.

 

En nuestro país, el fenómeno Pablo Iglesias/Podemos acaba de redescubrirnos el impacto de la televisión en la política. No es que hubiera desaparecido. Basta con comprobar cómo el control político de las televisiones públicas ha sido y sigue siendo una constante lamentable desde el comienzo de la Transición. Y eso que no ha impedido la derrota electoral del “controlador”, fuera el PP o el PSOE. Tal vez lo importante no sea salir mucho, como le pasó a McCarthy, sino cómo se sale y qué se dice. La credibilidad, en definitva.

En todo caso, hoy aquí no quiero volver a la influencia de la televisión en la opinión pública, sino a la traslación a la política de las prácticas y los tiempos televisivos. Tanto las cadenas como los partidos políticos se someten al veredicto de los electores. En las televisiones, las elecciones se celebran a diario y los resultados se reciben a la mañana siguiente a la emisión. En política, los electores deciden cada cuatro años, pero en ese tiempo proliefran las encuestas y las tomas de temperatura del electorado.

En la tele se toman decisiones según los resultados. Cambios de presentador, de contenidos, de horario, de cortes de publicidad… La paciencia escasea. El nerviosismo lleva a ajustes de programas y parrillas con criterios que harían de la astrología una ciencia respetable.

Ahora en política, la sorpresiva irrupción de ese “nuevo programa” que es Podemos ha desatado un frenesí. Los políticos empiezan a leer los sondeos como los ejecutivos de televisión leen las audiencias. Y, como en la tele, cuando los datos son malos cunde el nerviosismo y se toman decisiones drásticas. A veces, funcionan.

Nada mejor que el PSOE de estos últimos meses para comprobar la “contaminación televisiva” de la política. Con la película Network como metáfora de fondo, por ahí va mi vídeo dominical en Noticias Cuatro.

PEDRO SÁNCHEZ TOMAS GÓMEZ

Perdón por el excurso “americano”, pero la historia política de EEUU me gusta más que comer con los dedos y, what the hell, para eso sirve un blog, ¿no?

 

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El escritor y polemista británico Christopher Hitchens, ardiente defensor de la invasión de Irak, venía argumentando en varios artículos que había ciertas técnicas aceptables de interrogatorio extremo que se debían diferenciar de la tortura (outright torture).

Muchos de sus críticos entendieron que se refería, entre otras cosas, al waterboarding, el ahogamiento simulado que practicaba la CIA con los detenidos de Al Qaeda. Fue en 2008 cuando el director de la revista Vanity Fair le retó: “¿Estaría dispuesto a someterse a una sesión de waterboarding?” Hitchens aceptó.

El resultado de su experiencia fue un artículo titulado “Creedme, es tortura”.

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HIitchens necesitó experimentar el ahogamiento simulado para admitir que era tortura. Ahora habrá que ver si el polémico informe (http://www.intelligence.senate.gov/study2014/sscistudy1.pdf) elaborado por los demócratas del Comité de Inteligencia del Senado de EEUU es suficiente para convencer a los norteamericanos de la inmoralidad e ineficacia de las torturas.

Un informe de 6.000 páginas del que nos han adelantado un resumen de 500. Puede parecer mucho, pero los autores del informe se han tenido que leer seis millones de documentos a lo largo de cinco años. La amplitud y la brutalidad de estas prácticas queda en evidencia a poco que uno se adentre en sus páginas. Aviso que la lectura no es cómoda por la cantidad de tachones que censuran los datos clasificados.

Waterboarding, privación del sueño -a uno lo tuvieron toda una semana sin dormir-, introducción de hummus y otros alimentos por vía rectal. Al cerebro del 11-S, Khalid/Jalid Sheik Mohamed (KSM) lo sometieron 183 veces al ahogamiento simulado. Sesiones de 20 y 30 minutos (que superaban lo marcado por los “asesores legales” de la CIA; sí, esto se hacía con “asesores legales”). En una ocasión el oficial médico (sí, esto se hacía bajo supervisión médica de la Agencia) alertó de que se estaban superando los límites diarios -3 sesiones de waterboarding cada 24 horas-; en otro momento aseguro que el vómito de KSM diluía de tal modo los ácidos gástricos que era poco probable que se le estuviera quemando el esófago; y aún otra vez aconsejó a los torturadores que le administraran el waterboarding con agua salina (¿suero?) porque KSM estaba perdiendo electrolitos y se descompensaba su hidratación.

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Jalid Sheik Mohamed, el cerebro del 11-S

No lo llamaban torturas, claro, sino “interrogatorio reforzado” (enhanced interrogation). La CIA (y la Casa Blanca) siempre sostuvo que la información obtenida con estos métodos evitó atentados y sirvió para cazar a líderes de Al Qaeda, entre ellos, el enemigo público número 1, Osama Bin Laden. Y así se sugiere en Zero Dark Thirty, la película oficial de la caza de Bin Laden, en la que sólo se echaba de menos el nombre de la CIA como guionista en los títulos de crédito.

Sin embargo, el informe del Comité de Inteligencia lo desmiente. Ni la localización de Bin Laden, ni los atentados frustrados se evitaron gracias a los “interrogatorios reforzados”, dice el informe. Las pistas relevantes se obtuvieron sin tortura. En esta pieza el New York Times coloca frente a frente los argumentos del informe y los de la CIA en ocho éxitos de EEUU en la lucha contra el terrorismo yihadista.

¿Y si hubieran servido? ¿Validarían la tortura? ¿El fin justifica los medios?. Quizá lo más desalentador es que el debate ahora mismo en EEUU se centre más en la utilidad o inutilidad de la tortura, que en su inmoralidad. Dejo aquí el enlace con mi vídeo en Noticias Cuatro del domingo.

Pd.: Que el waterboarding es tortura lo sabemos mucho antes de que Hitchens se sometiera al tormento. Viene de antiguo. Según algunas fuentes se remonta a la inquisición española. Y, para dejar todos los cabos atados y despejar cualquier confusión, hay que recordar que la muerte de Hitchens, el 15 de diciembre de 2011, no tuvo nada que ver con el waterboarding. Se debió a un cáncer de esófago atribuible a su excesiva afición a la bebida y el tabaco. Fue un tipo brillante y, a veces, equivocado. No es contradictorio.