Archivos de la categoría ‘Crisis del Euro’

This blessed plot, this earth, this realm, this England,
                                             William Shakespeare, Richard II Acto 2, Escena 1

 

Cierro los ojos y me vienen William Shakespeare y la manzana de Newton, el fútbol, los Beatles y una larguísima playlist británica, esos maravillosos parques, una casa de squatter en Brixton allá por el 85, la singladura de Darwin en el Beagle,  Oxford y Cambridge, los mejores actores del mundo, Winston Churchill, las curvas del Aston Martin, la decadencia de Retorno a Brideshead, los debates en los Comunes y el insuperable humor británico… Tal vez sea difícil acabar el día sin que de una manera o de otra nos toque alguna de las manifestaciones de la cultura británica. Sospecho que cada uno tendrá las suyas (lengua inglesa a parte, of course).

Pienso que la vitalidad y la creatividad británica va  a seguir acompañándonos. Y no, no hablo sólo en términos culturales, también políticos y económicos. Marx (un refugiado) escribió El Capital en la Biblioteca Británica de Londres, fueron los británicos quienes pusieron los fundamentos del moderno estado de bienestar, Thatcher difundió el neoliberalismo de nuestro tiempo y Tony Blair patentó la Tercera Vía socialdemócrata.

Y al igual que estas modas políticas se extendieron por el continente, temo que el (mal) ejemplo británico contamine el proyecto europeo. Que el “pueblo” en París, en Viena o en Varsovia se vengue de las élites que han construido Europa desertando de este singular proyecto de paz y fraternidad que nació de las cenizas de Auschwitz, de Coventry, de Dresde…

¿Sobrevivirá la frágil unidad de este territorio -pequeño y envejecido- en el poniente de la populosa Eurasia o nos diluiremos en el espacio y en la historia como la ateniense liga de Delos ante los embates de espartanos y macedonios?

Los británicos se alejan de Europa -de este nuevo imperio romano- porque no quieren a los “bárbaros” inmigrantes a sus puertas. No importa que sea una falacia, el mensaje del miedo ha calado.

Farage

Evocan el sueño de una isla gloriosa (volvemos al Ricardo II de Shakespeare)…

This other Eden, demi-paradise,
This fortress built by Nature for her self
Against infection and the hand of war,
This happy breed of men, this little world,
This precious stone set in a silver sea

…e invocan la soberanía nacional.

La ilusión de la soberanía en tiempos de globalización por todas partes. En el Reino Unido, en Cataluña, en Grecia, en Alemania, en España… Los ciudadanos quieren decidir sobre su futuro, pero se topan con el célebre Trilema de Rodrik: no se puede tener soberanía nacional, globalización y democracia al mismo tiempo. De los tres tienes que elegir dos. Puedes seguir siendo una democracia soberana si, por ejemplo, te encierras en la autarquía y te sales de la globalización. Precisamente los europeistas -que inicialmente forjaron su proyecto como garantía de paz entre reinos combatienes-  venden ahora su proyecto como solución al “trilema”: sólo si nos convertimos en algo grande podremos decidir todos juntos sobre nuestro futuro en el mundo. Europa como reserva de soberanía.

Cuando pase la histeria y se asiente el polvo, los británicos seguirán discutiendo su futuro en Europa como lo llevan haciendo los últimos 70 años, si no los últimos siglos desde la conquista normanda del 1066. La geografía es el destino. No nos engañemos. Tal vez por la nostalgia del imperio, los británicos siempre fueron europeistas a regañadientes. La última batalla empezó hace 26 años, aquel día en que Thatcher dijo tres veces “no” a Jacques Delors.

No nos engañemos. Los británicos ya estaban con un pie fuera de Europa; fuera de su proyecto más determinante, el euro, fuera de Schengen, fuera del capítulo social. Ahora han dado un paso más atrás. Ha ganado la vieja Inglaterra, la Inglaterra profunda. Las nuevas generaciones han votado a favor de Europa. Y como la demografía también es el destino, tarde o temprano volverá la tortuosa vinculación on el continente (si la UE no ha saltado por los aires). Paciencia. Como dijo Ortega a propósito de Cataluña y España, la relación entre los británicos y el resto de Europa no tiene una solución definitiva, sólo se puede conllevar.

Por ahora terminemos con otros dos versos ´-no tan citados- de la tirada “soberanista” del Ricardo II:

That England that was wont to conquer others
Hath made a shameful conquest of itself.

 

 

Mitterrand (1) la force

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

LA FUERZA TRANQUILA

“No quiero parecer el cura del pueblo”, se quejó Mitterrand cuando le enseñaron la primera versión de su cartel electoral. En respuesta a sus reparos, los publicistas eliminaron la cruz y difuminaron el campanario bajo el célebre lema electoral: “La fuerza tranquila “. Pero el mensaje permanecía intacto: “Mitterrand era parte del paisaje de Francia. Se podía confiar en él y poner el futuro del país en sus manos”, dice Philipe Short. El elemento clave: la confianza. Cambio y protección en una postal de la Francia eterna.

François Mitterrand venía de perder dos elecciones presidenciales. La de 1965 frente a De Gaulle fue “una dulce derrota”. Sólo él se atrevió a desafiarle. El general vivía un momento de gracia después de sacar a Francia del trauma de Argelia. Nadie quería terminar su carrera política arrollado por De Gaulle. Pero Mitterrand dio el paso. Y cuando nadie lo esperaba, forzó al presidente a ir a una segunda vuelta: “¡Blasfemia!” exclamó Pierre Viansson-Ponté en Le Monde -el mismo editorialista a quien se recuerda, oh injusto mundo, por aquel “Francia se aburre…”  en el que se lamentaba de la abulia estudiantil ¡tan sólo dos meses antes del estallido del 68!-.

En la segunda vuelta, De Gaulle obtuvo un 55% y Mitterrand un más que meritorio 44%. Lejos de certificar su defunción política, el resultado impulso su resurrección encarnando una nueva -otra más- vida política, la de candidato presidencial a la espera de su momento. Y larga fue la espera: 16 años de resistencia y resiliencia.

Fue en ese tiempo cuando Mitterrand se hizo más socialista que nunca. Son los años de la refundición y refundación del Partido Socialista (Épinay, 1971) y del acercamiento a los comunistas, convencido como estaba de que la izquierda nunca llegaría al poder sin su apoyo. El pacto se sustanció en el famoso Programa Común de la izquierda.

A lo largo de su carrera política, Mitterrand dio muestras sobradas de su habilidad política para revertir a su favor el impulso de sus rivales, pero, si hay que primar alguna de sus maniobras por encima de las demás, son muchos los que señalarían su absorción del poder electoral del Partido Comunista Francés. Su pacto transformó a lo largo de los años el equilibrio de fuerzas en la izquierda hasta conseguir que los socialistas arrebataran definitivamente la hegemonía  que ejercía el PCF desde la posguerra.

La decadencia de la fuerza comunista se vería con claridad en los 80. Antes, en 1974, Mitterrand perdía su segundo envite presidencial en unos comicios adelantados por la muerte del presidente Georges Pompidou. El margen fue estrechísimo: 425.000 votos. Giscard: 50,81%. Mitterrand: 49,19%. ” Al final”, explica Short, “Francia dudó… Cuando llegó el momento de votar, el miedo fue más poderoso que el deseo de cambio. Giscard representaba la continuidad -la paz y la seguridad que vendía su cartel electoral-. Mitterrand, aliado con los comunistas en tiempos de Guerra Fría, era un salto hacia lo desconocido. El país no estaba preparado”. “La situación debe madurar un poco más”, dijo el líder socialista una semana después de su segunda derrota electoral. Asumió con paciencia que su momento aún no había llegado.

Giscard cartel
Un cierto aire kennedyano: la campaña familiar de Giscard D’Estaing en el 74

En 1981 “la situación” había madurado lo suficiente. Fueron de gran ayuda los fallos y la actitud soberbia del presidente Giscard D’Estaing-el escándalo de los diamantes de Bokassa quedaría como su error más sonado- y la escasas posibilidades de los otros candidatos, el comunista Georges Marchais y el gaullista Jacques Chirac. Mitterrand aparecía como la única alternativa sólida. Pero “tenía un problema de imagen”, recuerda Short: ” taimado, poco fiable, listillo, un político del pasado en el que uno no puede confiar en exceso”.

Darle la vuelta a esa imagen fue la prioridad de su campaña. Debía enfatizar sus raíces provincianas y proyectar la imagen de un hombre con los pies en la tierra cuyos rasgos dominantes eran la contemplación, la fuerza interior y la voluntad: no estaba de más recordar sus tres fugas del campo de prisioneros de guerra. La clave, señala Short, fue la contratación del extravagante y genial publicista Jacques Séguéla, un tipo que conducía un Rolls Royce rosa por las calles de París y acababa de convertir en superventas sus memorias “No le digas a mi madre que trabajo en publicidad. Cree que soy pianista en un burdel“. En el momento de escribir estas líneas aún vive.A sus 81 años, disfruta de un lema envidiable para mantenerse activo: “La vejez empieza cuando tus remordimientos superan a tus sueños”.

Seguela había ofrecido sus servicios a Giscard, Chirac y Mitterrand. Sólo éste último aceptó. “El resultado fue la primera campaña electoral moderna en la historia política francesa”. Seguela transformó a Mitterrand -y él, por una vez, se dejó aconsejar-. Le cambió el vestuario -“nadie va a escucharte hablar de solidaridad si vistes como el oficinista de un banco”-. Le recomendó un estilo más “de izquierdas” con gradaciones de color y tejidos desestructurados como la lana. Un dentista le arregló la boca para limar el ligero aspecto vampírico de sus dientes – “nunca serás elegido presidente con esa dentadura”-. Al cambio de imagen le acompañaba un verdadero programa de izquierda -el último programa de izquierda de Europa Occidental- que prometía, vía gasto público, el final de cinco años de austeridad.

A su rival, el presidente Giscard, no le funcionó está vez la estrategia del miedo a los comunistas. La primera vuelta había demostrado que el PCF era una fuerza en declive. No daban miedo. Marchais obtuvo un miserable 15%. Por primera vez desde la posguerra, los comunistas bajaban del 20%. Mitterrand les estaba devorando y no se enteraban. En la segunda vuelta, el candidato socialista aprovechó la división en la derecha. Sacó los golpes más letales a Giscard del argumentario de primera vuelta de Chirac, el otro candidato de la derecha. Al final del día, el resultado fue ajustado aunque no tanto como en el 74. Mitterrand ganó con el 51,76% frente al 48,24% de Giscard. “A las ocho de la tarde del domingo 10 de mayo de 1981, Francia se descubría con un presidente socialista”. La primera gran victoria de la izquierda desde el Frente Popular de Leon Blum en 1936. François Mitterrand alcanzaba la máxima magistratura de Francia a la edad de 64 años. Largo había sido el camino desde su comienzo precoz como ministro de la IV República con poco más de 30 años.

LA APOTEOSIS

De su investidura, Short se detiene en el “momento socialista” de la puesta en escena: el paseo por el boulevard Saint Michel y luego calle arriba por la rue Soufflot hasta el Panteón acompañado por una multitud que avanzaba en “alegre confusión” detrás del presidente [la escena se puede ver al final del vídeo adjunto]. Por las “alamedas del hombre libre”, caminaban cogidos de los brazos  los dirigentes del socialismo francés y referentes internacionales de la izquierda como Willy Brandt, la viuda de Allende, Olf Palme, Felipe González, Mario Soares, Bettino Craxi, artristas y escritores como García Márquez, William Styron, Arthur Miller o la actriz griega Melina Mercouri. La orquesta y coros de París dirigidos por Daniel Barenboim puso el acompñamiento musical con la Oda a la alegría de la Novena de Beethoven.

“Cuando el presidente llegó a la explanada ante el mausoleo, la procesión se detuvo. Entró solo, con unas rosas en la mano. Dentro, a la vista de millones de franceses que seguían la retransmisión en directo, dejó las rosas en las tumbas del histórico líder socialista Jean Jaurès, del héroe de la Resistencia, Jean Moulin, y de Victor Schoelcher, humanista del XIX que luchó por la abolición de la esclavitud en las colonias francesas”. La ceremonia se alargó porque Barenboim, molesto por una interrupción, retomo todo el cuarto movimiento y obligó a Mitterrand a aguantar de pie ante el Panteón durante ocho minutos que desesperaron a su dispositivo de seguridad. Al terminar los compases finales de La Marsellesa cantada por Plácido Domingo, la muchedumbre desbordó los controles policiales y la exaltación popular rodeó al presidente. “Más que inauguración de mandato, fue la apoteosis”, comenta Short.

Frente a la alegría, el terror de la otra mitad de Francia. Como si las celebraciones socialistas en La Bastilla hubieran convocado a los espectros de la revolución, los empresarios cancelaron inversiones y más de un millonario fue interceptado cruzando la frontera suiza con el coche repleto de joyas. Miedo, incertidumbre, desconfianza. En los 10 días que siguieron a la victoria de Mitterrand, el Banco de Francia tuvo que gastar 5.000 millones de dólares, un tercio de sus reservas, para frenar la fuga de capitales y sostener al franco.

En aquel momento “caliente” de la Guerra Fría -Afganistán, boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, el debate de los euromisiles-, los comunistas iban a subir por las escaleras del palacio de Matignon para sentarse en un gobierno de Europa occidental. Ya antes de ganar las elecciones, Mitterrand había enviado emisarios en secreto al presidente Reagan. No debía importarle el papel que jugaran los comunistas, Francia seguiría siendo un firme aliado de la OTAN (de hecho, Mitterrand superó en atlantismo a predecesores y sucesores). Aún así, el presidente de EEUU tardó 48 horas en felicitarle por su victoria. Mensajes de tranquilidad hacia fuera y hacia dentro. “Seré el presidente de todos los franceses”, dijo. “Quiero convencer, no conquistar”.

Pero Mitterrand no estaba dispuesto a abandonar el Programa Común de la izquierda en aras de una tranquilidad inmediata. Al fin y al cabo le habían elegido para eso, ¿no? Las promesas se convirtieron en leyes: los trabajadores franceses consiguieron una quinta semana de vacaciones pagadas, la edad de jubilación se rebajo desde los 65 a los 60 años, la jornada laboral se redujo de 40 a 39 horas semanales, se restringió el despido, aumentaron el salario mínimo y los subsidios dirigidos a las familias más pobres, el Estado contrató a cientos de miles de funcionarios y el Ejecutivo nacionalizó más de 30 bancos, compañías de seguros e industrias estratégicas del país, regularizó a 130.000 inmigrantes y anuló leyes de excepción contra las revueltas callejeras. “Hemos comenzado la verdadera ruptura con el capitalismo”, sentenció Mitterrand. Era la “gloriosa fractura” de su discurso de investidura.

“Durante unos breves y eufóricos meses, Francia se convirtió en el país de Jauja del siglo XX” recuerda Short. “Se creó incluso un efímero ministerio del Tiempo Libre… El problema es que Mitterrand llegó al poder en mayo de 1981, cuando el mundo occidental estaba sumido en una recesión. EEUU había elevado los tipos de interés al 20% para reducir la inflación. El paro alcanzaba cotas nunca vistas desde la Gran Depresión de los años 30… Mantener unas políticas expansivas cuando el resto del mundo industrializado buscaba la deflación era una locura económica”.

Según los cálculos del nuevo Gobierno, Francia podría mantener el crecimiento inducido por el consumo durante dos años. Al cabo de ese tiempo levantarían el pie del acelerador económico, porque para entonces el resto de economías ya se habrían recuperado y tirarían de la francesa. Fue, dice Short, “wishful thinking“. Mitterrand era alérgico al economicismo (nunca fue un marxista, pese a la retórica de su etapa más roja): “Al crear confianza, la voluntad política puede modificar la conducta de los actores económicos… Puedes hacer lo que quieras con la economía… Los hombres de Estado no necesitan ser economistas. Les basta con saber cómo arrastrar al pueblo con ellos”. Como sentencia el personaje de Mitterrand en Le Promeneur du Champ de Mars (Presidente Mitterrand en español): “Soy el último de los grandes presidentes. Después de mí solo vendrán contables”

LA DECEPCIÓN

Según Short, los socialistas franceses tuvieron que convivir no solo con un problema contemporáneo -la recesión circundante-, también con una carencia histórica. “La izquerda no había gobernado en Francia desde 1936. En el resto de Europa, los gobiernos izquierdistas habían tenido décadas para experimentar con la política social, para descubrir lo que funcionaba y lo que no. Las nacionalizaciones, tan en boga en 1945, habían perdido atractivo desde los 60”.

En el verano del 82 todos los indicadores económicos se pusieron en rojo.

El miércoles 9 de junio, en la segunda rueda de prensa de su presidencia en El Elíseo, Mitterrand “reveló, en términos tan elípticos que pocos lo captaron, que los meses de abundancia se habían terminado…  El fin de semana el franco se devaluó casi un 10% frente al marco alemán. Sumada a la devaluación del octubre anterior, la divisa francesa había perdido en tan solo nueve meses la quinta parte de su valor frente al poderoso marco alemán”.

Y entonces se abrió un debate transcendental para el futuro político y económico de la izquierda, de Francia y de Europa.

En junio del 82, “El Elíseo aprobó su primer programa de austeridad: congelación durante cuatro meses de precios y salarios, limitación del déficit presupuestario al 3% y compromiso de reducir la inflación por debajo del 8% en 1983… El Ejecutivo no quería admitir el cambio de dirección. La palabra ‘austeridad’ era tabú”.

La crisis del franco exacerbó la división del gabinete.

primer gobierno mitterrand
Primer Gobierno Mitterrand. En primer plano, el presidente con el primer ministro Mauroy

La izquierda socialista, capitaneada por Jean-Pierre Chevènement y los comunistas, querían que Francia abandonara los límites de cambio fijados por el Sistema Monetario Europeo -el embrión del euro-. “Liberado de las restricciones del SME, argumentaba Chevènement, el franco podría flotar libremente… y el Gobierno podría continuar con sus políticas económicas expansivas… [El primer ministro] Mauroy y [el ministro de Economía] Jacques Delors se oponían frontalmente. Si Francia salía del SME, el franco caería por los suelos y el Gobierno se vería obligado a pedir, gorra en mano, un rescate al FMI como le había ocurrido a los laboristas británicos seis años antes”.

¿Todo esto empieza a sonar muy actual, no?

En la siguiente reunión del Gobierno, Mitterrand dio esperanzas a ambos bandos. Con unas elecciones locales de por medio, intentaba ganar tiempo. ¿Salir o no salir del SME? Las dudas del presidente no era las de un político paralizado por la crisis. Ni los economistas más brillantes ni los empresarios más cercanos se ponían de acuerdo.

A comienzos del 83, la inflación estaba por debajo del 10%, pero el déficit comercial seguía agrandándose. “Era inevitable tomar nuevas medidas”. Y volvía el dilema ineludible: ¿salir o no salir del SME?

El 6 de marzo de 1983, la derecha de Helmut Kohl arrasaba en Alemania. Una semana después, en Francia, los socialistas sufrían un duro correctivo en las urnas. Fue, en todo caso, menor de lo esperado por el presidente después de las últimas medidas impopulares. Pasada la cita electoral, Mitterrand se dispuso a actuar.

“Los diez días siguientes fueron los más críticos y los más criticados de sus 14 años en el poder”, sentencia Philip Short. “Sabía que tendría que devaluar de nuevo el franco -tercera devaluación en 18 meses-. Pero debía hacerlo ¿dentro o fuera del SME? La importancia de lo que estaba en juego era indudable. Siempre es difícil, y a menudo inútil, especular por dónde habría ido la historia si se hubiera tomado otra dirección. Pero si en París, en marzo de 1983, hubiera prevalecido otra decisión, lo más probable es que nunca se hubiera firmado el Tratado de Maastricht. El euro, pensado como instrumento de convergencia entre los Estados de Europa, nunca se habría puesto en marcha”. En el momento de escribir esta entrada, con la amenaza de una salida griega del euro más viva que nunca, leer estas palabras suscitan cuando menos ironía…

¿Cómo encontró Mitterrand la respuesta a su dilema? Aplicando presión política a los diferentes actores del drama. El lunes 14 de marzo le dijo a Mauroy que estaba decidido a salirse del Sistema Monetario Europeo. Le pidió que permaneciera como primer ministro hasta que la nueva política estuviera en marcha. Mauroy se negó -“dejar el SME sería una catástrofe”-. Por la tarde volvió con su carta de dimisión en el bolsillo. Mitterrand le contuvo. Al día siguiente, el presidente sondeó a Delors: ¿aceptaría ser primer ministro si Francia dejaba el SME? Delors, como Mauroy, declinó la oferta. El miércoles le preguntó a su protegido Laurent Fabious, hasta entonces partidario de abandonar la disciplina del SME. Fabious consultó al economista Michael Camdessus, futuro director del FMI y Camdessus le pintó un panorama catastrófico: si Francia dejaba el SME, el franco se devaluaría un 20% -ya que que el país había agotado sus reservas. Francia tendría que subir sus tipos de interés hasta niveles estratosféricos, lo que, a su vez, dejaría sin crédito a la industria y asfixiaría la inversión. Fabious cambió súbitamente de idea: la salida del SME significaría más austeridad, no menos. La única opción que le quedaba a Mitterrand dentro del Gobierno era recurrir a Pierre Bérégovoy, también favorable a una salida del SME. Mitterrand le pidió que elaborara la lista de un posible Ejecutivo. Bérégovoy se puso a la tarea.

“La conclusión estaba clara: los que se oponían a salir del SME -Mauroy y Delors- estaban dispuestos a renunciar a su cargo si se consumaba la salida. Los favorables a la salida del SME, sin embargo, no se planteaban dimitir si no se seguía su propuesta”. Short continúa con un párrafo que suena, palabra por palabra, idea por idea, exactamente igual que los que uno puede leer en estos días de crisis del euro en Grecia.

“Ese fin de semana en Bruselas, los ministros de Finanzas de la Comunidad Económica Europea se reunieron para discutir la nueva crisis del tipo de cambio del franco. Los socios de Francia consideraban que el juego ya había durado demasiado tiempo. La mayoría creía que Mitterrand iba de farol. Si Francia se planteaba en serio salir del SME, ¿para qué negociaba? Lo más que consiguió Delors fue una devaluación del 8%. Y fue Alemania Occidental la que hizo el grueso del esfuerzo al revaluar el marco. El Gobierno de Bonn puso como condición que Francia asumiera un programa de austeridad y no erigiera barreras comerciales a sus socios. A Mitterrand le enfureció ver que le dictaban su política, pero ésa era la decisión que había tomado. Si Francia quería permanecer en el SME, tendría que alinearse con sus socios de la Comunidad Económica Europea. La decisión fue más política que económica. Mitterrand creía firmemente que el destino de Francia estaba en Europa. Nunca haría nada que pudiera diluir la influencia francesa en el continente”.

Mitterrand Delors
Dos europeistas convencidos: François Mitterrand con Jacques Delors

Francia, 1983. Grecia, 2015… La historia no se repite, pero a menudo rima, dijo Mark Twain. Francia y Grecia no son comparables, pero ambos países se han enfrentado -en grados muy diferentes, por supuesto- a un mismo dilema: ¿recuperar la soberanía monetaria y alejarse de Europa o sufrir el coste de seguir en la carrera de la unión al ritmo que marca la potencia de Alemania? Y en ambos casos ha pesado la voluntad política de mantenerse en Europa. Un buen conocedor de las teorías conspirativas que circulan por Bruselas me decía el otro día que lo de Grecia -¿de verdad todo este lío por la pequeña Grecia?- es realmente un escarmiento a Francia en cabeza ajena. La pregunta era y es si incluso fuera del euro y de Europa hay otra política económica alternativa. La respuesta de Mitterrand en 1983 fue “no”.

El 25 de marzo de 1983 Francia aprobó un nuevo programa de austeridad: recortes, controles de cambios y subidas de impuestos por todas partes. A los dos años de su presidencia, Mitterrand consumaba un giro radical. “Recuerdas el periodo de luna de miel de 1981”, le diría a un amigo. “Fue un momento extraordinario. Podía hacer cualquier cosa… Me veía a mi mismo sacudiendo al país, como Robespierre, como Lenin, avanzando hacia un tipo de colectivismo… Dejaría mi huella en la historia”.

Pero Mitterrand no tenía la fibra de un revolucionario -ni tampoco la época-. “Nunca estuvo dispuesto a derribar el orden existente”, escribe Short. “Su objetivo era más modesto: mejorar la sociedad tal y como era… Sí, le entristeció el fracaso de su programa inicial; no por sus consecuencias políticas sino porque le parecía moralmente correcto. Sin embargo, ya se preparaba para reinventarse”. Reinventarse una vez más. Comenzaría una nueva etapa de su vida como monarca republicano. Al eterno superviviente político, le quedaban por delante nada menos que 12 años de presidencia.

Tal vez en esos días de 1983, para bien o para mal, se salvó el euro y se salvó la unidad europea, tan querida por la generación de Mitterrand, la generación de la experiencia y la memoria de la guerra. Pero lo que sin duda se perdió definitivamente fue la última alternativa económica de la izquierda. Con el Programa Común arrojado al cubo de basura de la historia, Mitterrand actuó como el enterrador involuntario de aquella socialdemocracia clásica, nacida también entre el humo y las cenizas de las grandes guerras europeas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

tsipras recortado

Como solía decir Anson, reproduzco por su interés el artículo del influyente y mesurado Martin Woolf en el Financial Times de hoy. Para todos aquellos que no estén suscritos a este diario o no se manejen con el inglés. En la traducción, apresurada por su urgencia, he recurrido a una cierta libertad expresiva para mejorar la comprensión sin traicionar -espero- al autor.

“¿Qué votaría en el referéndum del programa económico de la eurozona si fuera griego? La respuesta es que no lo tengo claro. Si creyera que Grecia podría triunfar avanzando en solitario, votaría contra el programa de la eurozona. Pero no puedo estar seguro: si Grecia fuera capaz de manejar con sabiduría su política monetaria, no habría llegado al estado en que se encuentra. Si votara a favor del programa, no sabría decir si la oferta está aún sobre la mesa: la eurozona dice que no pero puede que lo diga sólo como un farol en esta partida. De lo que sí puedo estar seguro es de que, si Grecia vota “sí”, el país podría enfrentarse a años de contracción y depresión económica. Con todo, esa opción podría ser aún mejor que el caos que se produciría tras la salida del euro.

También me preguntaría si hay un término intermedio. Algunos argumentan que sería posible permanecer en la eurozona aun cuando el gobierno incurra en el impago. Esta posición también favorece el “no”. Al tomar mi decisión, lamentaría tanto el izquierdismo idiota de mi propio gobierno como el fariseismo del resto de la eurozona. Nadie sale de este culebrón con su crédito intacto.

El ejecutivo de Syriza ha fracasado a la hora de presentar un programa de reformas creíbles que sirvan para solventar los múltiples problemas económicos y de gobierno de Grecia. En vez de eso, ha desplegado gestos populistas. Dicho en pocas palabras: es un gobierno horrible producto de un tiempo de desesperación.

No obstante, la eurozona también carga con una parte sustancial de la culpa. Si atendemos sólo a su retórica, uno nunca podría adivinar que Alemania ha sido a lo largo del siglo XX un país que ha uncurrido en impagos con frecuencia. Además, no hay democracia, ni siquiera la británica, que pueda sobrevivir indemne tamaña depresión económica. Basta recordar que cuando Alemania sufrió una depresión de esta magnitud, Hitler llegó al poder. Sí, Syriza es el resultado de una dinámica política griega infantil e irresponsable. Pero también es el resultado de errores cometidos por sus acreedores desde 2010 y, sobre todo, de la insistencia en rescatar a acreedores privados (que tomaron estúpidas decisiones de inversión) a costa del pueblo griego.

Y, sin embargo, todos estos errores son costes ya asumidos. Los griegos deben mirar al futuro.

Martin Wolf
Martin Wolf , del Financial Times, descrito en ocasiones como “el periodista económico más influyente de la Anglosfera”

Pero es que incluso si uno adopta esta posición, la perspectiva no resulta tan útil como a uno le gustaría. La extensión del programa de rescate no ofrece una salida plausible hacia la recuperación económica: deja pendiente una enorme deuda y, más importante, exige demasiada austeridad a corto plazo. Vuelve a reincidir. Pide que Grecia avance desde un déficit fiscal primario (antes del pago de los intereses de la deuda) cercano a cero este año a un superávit del 3,5% del PIB en 2018. Para alcanzar este objetivo serían necesarias medidas fiscales que aumenten la recaudación el equivalente a un 7% del PIB y contraigan la economía un 10%.

Nadie receta a un paciente obeso una dieta de hambre justo después de un ataque al corazón. Grecia necesita crecimiento. De hecho, es el colapso de su economía lo que explica la explosión del tamaño de su deuda en relación con el PIB.

El programa de rescate debería prescindir de nuevas medidas de austeridad hasta que se estabilice el crecimiento, debería centrarse en reformas que promuevan el crecimiento y debería prometer un alivio de la deuda como premio por el cumplimiento del programa. ¿Si el programa que se ofrece es tan malo, debería arriesgarme a votar “no”? A la hora de decidirlo, debería pensarme muy bien lo que podría ocurrir. La posición a corto plazo está clara. El BCE ha recortado el apoyo de emergencia a la banca griega y de esa manera ha empujado a imponer límites en las retiradas de efectivo. Algunos argumentan que esto es un inmenso error. Otros creen que es un incentivo para que los votantes opten por el “sí”.

Si los griegos votan “sí”, el BCE podría recuperar sus medidas de apoyo. Pero es muy difícil que se resucite el programa de la eurozona si el actual gobierno sigue en el poder. Después de hacer campaña por el “no”, el ejecutivo habría perdido toda la confianza de los acreedores. Así que debería formarse un nuevo gobierno al que no le quedaría otra opción que firmar en la línea de puntos.

El “sí” nos ofrece, por tanto, un futuro desagradable e incierto pero al menos imaginable. Ahora traten de imaginar que gana el “no”. Tendríamos dos resultados posibles. Uno sería la salida de verdad del euro. El gobierno griego introduciría una nueva moneda y pasaría a denominar en esa moneda todos los contratos amparados por las leyes griegas. La nueva moneda sufriría seguramente un hundimiento de su valor respecto al euro. La magnitud de su caía dependería de las políticas y las instituciones (en particular de la gobernanza del banco central) adoptadas por el nuevo gobierno. Sería razonable temer lo peor. Algunos argumentan que Grecia permanecería “euroizada”. Si es así, el colapso del valor externo de la nueva moneda serviría de poco para ganar competitividad. Yo, sin embargo, soy más optimista: creo que la mejora de la competitividad podría ser enorme.

El segundo resultado llevaría a permanecer en la eurozona pese a la insolvencia declarada del gobierno. Esto es posible desde la lógica.  El sistema bancario sería recapitalizado convirtiendo el pasivo bancario no garantizado en acciones. Parece técnicamente factible. Pero supondría un shock negativo en la riqueza privada. La gran pregunta entonces sería si el BCE reiniciaría sus préstamos de emergencia y en qué cantidad. Me parece una opción poco atractiva: acarrea todos los problemas de formar parte de una unión monetaria con las desventajas añadidas que acompañan a un impago del Estado. Ante ese panorama, yo seguramente votaría “sí”.

Así que, como supuesto votante griego, me encuentro “entre el diablo y el profundo mar azul” (dicho inglés que entre nosotros equivaldría a “entre la espada y la pared”; dejo el original). El demonio me es familiar: las demandas sin fin de una eurozona que pide aún más austeridad rechazada por mi pueblo en las últimas elecciones. El profundo mar azul es el impago soberano y la soberanía monetaria. Si soy el primer ministro Alexis Tsipras, creo que existe una tercera vía -rescates sin fin y pocas condiciones. Pero estoy seguro de que se engaña a sí mismo. ¿Así que cuál sería mi elección? Si soy cauto, me tienta quedarme con el diablo que ya conozco, pero también podría ser mejor arriesgarse y lanzarse al mar”

 

 

Borgenok

Ya hace unos meses hablaba aquí de Borgen, una serie política de culto (Borgen: lectura de Maquiavelo en Copenhage ) que bien podría convertirse en el manual de la nueva política española post 24-M. Ahora he recurrido a esta magnífica la serie danesa para mi vídeo dominical en Noticias Cuatro.

Muestro fragmentos del segundo capítulo de la primera temporada, aquel en el que asistimos a todo un mercadeo con ofertas y contraofertas de unos y otros partidos para tratar de formar gobierno. Un proceso al que están más que acostumbrado al norte de los Pirienos con resultados más que aceptables.

En España, los gobiernos de coalición y los pactos políticos con intercambio de “cromos” no gozan de buena fama. Somos un país con una larga tradición de espadones, pronunciamientos y dictaduras y parece que ese historial aún pesa demasiado en nuestra querencia por un poder fuerte, incluso en tiempos democráticos.

Sin embargo, la evidencia (como recuerda @VictorLapuente) indica que los pactos y coaliciones favorecen reformas más efectivas y duraderas y una menor corrupción porque unos se controlan a otros. Tampoco tienen por qué ser más inestables si suman una mayoría suficiente.

La Dinamarca de Borgen -con sus cambalaches ministeriales- disfruta de una de las rentas per cápita más altas del mundo, uno de los indices de desigualdad más bajos; siempre aparece como un país modélico sin apenas corrupción y, por si todo esto fuera poco, los daneses se declaran los más felices de Europa. Y eso a pesar de ese horrible tiempo que tienen por allí.

 

 

INTERVENCIÓN DE PEDRO SÁNCHEZ
Pedro Sánchez blande el Financial Times: “Rescue en inglés, señor Rajoy, es rescate”

“Esa fue la gran decisión de la legislatura, esa fue la gran medida de política social: evitar el rescate”, afirmó Rajoy ayer en el Congreso. Por la tarde Pedro Sánchez le acusó de mentir: “Sí, señor Rajoy, hubo rescate con toda la versión del rescate: hombres de negro, troika, memorándum; todo para salvar al soldado Rato”. El líder socialista citó titulares de prensa nacional e internacional: “En el Financial Times, “rescue”, ¿sabe lo que quiere decir, señor Rajoy? “Rescate”.

¿Quién tiene razón? ¿Hubo rescate? ¿Hubo rescate en toda regla, con sus hombres de negro, troika y Memorandum of Understanding?

¿Hubo rescate? SI.

¿Fue un rescate total como el de Grecia o Portugal? NO.

La distinción trasciende el simple debate nominalista; si es que en política los debates nominalistas son simples. “Las palabras son colinas desde las que se ganan las batallas”, suele decir el politólogo y miembro fundador de Podemos Íñigo Errejón.

El miedo del Gobierno a la palabra “rescate” le llevó a disfrazarlo de eufemismos como “línea de crédito”, “préstamo en condiciones muy favorables”. Fueron los términos empleados por Guindos y Rajoy el fin de semana de junio de 2012 en el que anunciaron el, ejem, rescate. Pero evitaron la palabra y quisieron restarle toda trascendencia. De hecho, el presidente del Gobierno  compareció a regañadientes al día siguiente de su ministro de Economía. Si hubiera sido por él… Era domingo. Terminada la rueda de prensa, Rajoy se subió a un avión para asistir al partido inaugural de la selección española en la Eurocopa en Gdansk (Polonia): “Me voy porque la Selección lo merece y porque el asunto está resuelto”. Tan resuelto que quiso venderlo como un éxito: “Rajoy presenta el rescate como si fuera una victoria”, le recordó ayer Sánchez tirando del titular del Financial Times. “`Rescue´ en inglés, señor Rajoy, es `rescate´”.

rajoy rescate bancario
Rajoy el día del rescate bancario: “Me voy porque la Selección lo merece y porque el asunto está resuelto”

Sí, fue un rescate. Nos tuvieron que prestar dinero para tapar el socavón millonario que dejó en las cajas de ahorro el estallido de la burbuja inmobiliaria. Pero también es cierto que las condiciones quedaron muy lejos de las impuestas en otros rescates europeos.

Las condiciones se fijan en el Memorandum of Understanding, el célebre MoU, el Memorando de Entendimiento; vamos, el acuerdo al que se compromete el país a cambio de recibir el dinero.

En éste enlace puede verse la versión íntegra del rescate bancario a español:

Son 23 páginas con fecha de 20 de julio de 2012. 37 artículos agrupados en ocho títulos. La mayor parte detalla la intervención en toda regla del sistema bancario español. Incluye el requerimiento exhaustivo de datos (informes semanales de depósitos, liquidez etc.) y el envío de misiones de supervisión de la Troika (Comisión Europea-Banco Central Europeo-FMI) a la que se suma, en nuestro caso, la Autoridad Bancaria Europea. Las condiciones que van más allá del sector bancario se enumeran en el título VI. Resumo:

Artículo 29. Vigilancia del déficit excesivo.

Artículo 30. Objetivos de déficit que España debe cumplir año a año (y que luego se relajaron) y creación de una autoridad presupuestaria independiente (creada está, otra cosa será su eficacia y que el Gobierno se la tome en serio).

Artículo 31. Aquí se detallan las reformas estructurales con una redacción muy genérica

“…En concreto, se recomienda que España: 1) introduzca un sistema tributario acorde con los esfuerzos de consolidación fiscal y más
propicio para el crecimiento; 2) reduzca el sesgo inducido por la fiscalidad a favor del endeudamiento y la propiedad de vivienda; 3) lleve a la práctica las reformas del mercado de
trabajo; 4) adopte medidas complementarias para aumentar la eficacia de las políticas activas dirigidas al mercado de trabajo; 5) adopte medidas complementarias para la apertura de los
servicios profesionales, reduzca las demoras para obtener licencias y permisos para abrir nuevos negocios y erradique los obstáculos a la actividad empresarial; 6) complete la
interconexión de las redes eléctricas y de gas con los países vecinos, y aborde el problema del déficit tarifario en la electricidad de forma global”.
 Ahora comparemos esto con el MoU de una intervención full monty como la de Portugal. Son 34 páginas con fecha 3 de mayo de 2011. El grado de intervención es apabullante.Si quieren saber cómo suena un MoU de verdad, recomiendo la lectura en inglés del memorando íntegro de Portugal:
 los hombres de negro
Los “hombres de negro” de la Troika a su llegada a Lisboa
Excepto el tamaño de las toallas, nada escapa a su control: política fiscal de gastos e ingresos, sector financiero, medidas estructurales, privatizaciones, sanidad, mercado laboral, educación, mercado de bienes y servicios, ferrocarriles, correos, energía, mercado inmobiliario, contratación pública, sistema judicial… Portugal ha sido sometido a un protectorado económico en toda regla. Estás son algunas de las centenares de condiciones que impusieron a nuestros vecinos en apenas una página del MoU:
-Limitar las admisiones de personal en la administración pública para conseguir un recorte entre 2012-2014 de un 1% en la administración central y del 2% en la administración local y regional
-Congelar los salarios de los funcionarios en 2012 y 2013 y restringir las promociones
-Ahorrar 100 millones en 2012 en el coste de la sanidad para funcionarios
-Ahorra 550 millones en gasto sanitario global
-Reducir las pensiones que superen los 1.500 euros según los tipos aplicados al sector público desde enero de 2011. Objetivo: ahorrar al menos 445 millones de euros.
-Suspender la revalorización de las pensiones según el IPC y congelarlas, excepto las más bajas, en 2012.
-Reformar el seguro de paro para obtener un ahorro medio de 150 millones.
-Reducir las transferencias a las autoridades locales y regionales en al menos 175 millones.
-Hacer obligatoria la receta electrónica.
-Trasladar servicios ambulatorios de los hospitales al sistema de atención primaria.
-Actualizar anualmente la lista de todos los médicos en activo por especialidad, edad, región, centro de salud y hospital sea público o privado
En el caso de España,  ¿hubo “hombres de negro”? Sí. ¿Hubo Troika? Sí. ¿Hubo Memorando? Sí. Pero decir -como dijo Sánchez- que “hubo rescate CON TODA LA VERSIÓN DEL RESCATE”, parece un poco exagerado. Hay MoUs y MoUs dejando a un lado al polémico entrenador.
¿El mérito fue de Rajoy? Lo cierto es que Europa se podía permitir el rescate de economías pequeñas como Grecia, Irlanda y Portugal, pero no España. El rescate de Portugal ascendió a 78.000 millones de euros. El de Irlanda a 62.000 millones. El primero de Grecia a 110.000 millones. Si España hubiera necesitado el rescate, ¿a cuánto habría ascendido?
El rescate de los otros países cubrió las necesidades de financiación de tres años. En 2012 las necesidades de financiación de la economía española rondaron los 300.000 euros. Si nos hubieran aplicado un rescate “tradicional”, Europa habría necesitado prestarnos ¡900.000 millones de euros! Y después de España, vendría Italia… El rescate de España no era una opción. Ni para España ni para Europa. Tal vez algún día los historiadores podrán reconstruir con documentos hasta qué punto Europa/Alemania se planteó o descartó el rescate de España.
Porque, entre tanto, cuando más apretaba la soga -con el interés de los bonos en cotas intolerables allá en julio de 2012- llegó el Séptimo de Caballería al mando de Mario Draghi trompeteando el “whatever it takes” que ahuyentó los indios y bajó la fiebre de la prima de riesgo: “El Banco Central Europeo hará todo lo que sea necesario para salvar el euro. Y, creanme, será suficiente”. Aquí contamos que fue un comentario imprevisto, quizá improviado -tengo cada vez más dudas-, que en el último minuto salvó al soldado Rajoy .

 

varoufakis--644x362
El ministro griego de Finanzas, Yanis Varufakis

Europa se construye a golpe de “drama”, sostiene el periodista y analista de El País, Xavier Vidal-Folch:

“Como a veces los incentivos para tomar la decisión no son muy grandes, no hay una gran motivación, hay que “dramatizarla”. La dramatización es la explicación a tu población: si no tomo esta decisión ahora tenemos un problema mucho mayor y, por tanto, el mal menor es ponerse de acuerdo en algo que no nos acaba de satisfacer. Por eso hay ese dramatismo -esas reuniones largas, nocturnas- en las decisiones europeas, que es un poco complicado y a veces un poco pesado, pero… es mucho mejor que la fuerza”, comenta Vidal-Folch en el vídeo.

Como una dramatización, como una partida de póquer, debemos entender esta nueva semana crucial para Grecia. Otra más. De hecho, hay quien propone aplicar la Teoría de Juegos de la que tanto sabe el ministro/economista Varufakis. Los jugadores apenas se han movido de sus posiciones. Sí, de cara al exterior, Grecia ha rebajado su programa máximo. Ya no pide una quita de la deuda. Pero mantiene su retórica de la dignidad de cara a su electorado. Y Europa, más allá de algunas buenas palabras, nadie apoya abiertamente las propuestas sobre la deuda del carismático ministro Varufakis.

¿Aceptará el consejo europeo de esta semana al menos el plan de rescate social lanzado este mismo domingo 8 de enero por el primer ministro Tsipras? ¿hasta dónde estarán dispuestos a aflojar la soga los socios europeos?

El drama tiene tres actos. Planteamiento, nudo y desenlace. El desenlace se aproxima. Subirá la temperatura. Grecia necesita el dinero y Europa necesita evitar incertidumbres. Pero, salvo accidente, la sangre no llegará al río. Grecia seguirá en el euro. De todo esto hablo con Xavier Vidal-Folch en mi vídeo de domingo en Noticias Cuatro

zorba
Alexis Zorba (Anthony Quinn) enseña el sirtaki a Basil (Alan Bates)

Hoy en mi vídeo en @noticias_cuatro Zorba el griego (1964) como metáfora. La locura del sur que el norte no entiende. La rebelión de las aguas cálidas del Mediterráneo frente a las gélidas aguas del Báltico y el Mar del Norte. La democracia de los deudores frente a la democracia de los acreedores…

Si gana Syriza (y gobierna), Alexis Tsipras como Alexis Zorba querrá enseñar a Angela Merkel el baile de la negociación. Liberarse de ataduras sin romper la cuerda del euro. ¿Lo conseguirá?

Añado dos entradas interesantes publicadas hoy de dos politólogos (profesión de moda, según parece).Una de Ignacio Molina sobre el arma de doble filo que son las elecciones griegas para Podemos y otra de José Ignacio Torreblanca sobre el desacoplamiento entre ciudadanos y élites políticas que ha provocado la crisis en Europa.

Pd.: por cierto, leo que, contra lo que cree todo el mundo, el sirtaki no es una danza tradicional griega. Se lo inventó Mikis Theodorakis para la película.