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No, no fue Marine Le Pen quien celebró una frase del discurso de la primera ministra británica Theresa May a los conservadores -“Si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte”-. El autor fue un simple militante del Frente Nacional francés. No es sorprendente que periodistas y comentaristas creyeran que lo había escrito la líder de la extrema derecha francesa. Primero, porque en este tiempo acelerado pocos se detienen a comprobar y rastrear la fuente de lo que se dice. Y segundo, porque el discurso de May podía haberlo firmado sin demasiados reparos la propia Marine Le Pen.

“Quiero exponer mi visión para Gran Bretaña después del Brexit”.

Con el acento y las maneras suaves del sur de Inglaterra, la primera ministra británica ha desvelado en su primer gran discurso ante los conservadores en Birmingham que los populistas no son esos bárbaros a las puertas del castillo. Están ya dentro y levantando el puente levadizo. En el caso británico, un castillo sobre los acantilados de Dover en aquella “isla soberana, trono de reyes… This earth of majesty, this seat of Mars … This blessed plot, this earth, this realm, this England“. Porque todo el discurso destila la nostalgia de un tiempo pasado, el de la bélica “finest hour”, aquel en el que los británicos unidos resistieron a la tiranía extranjera y pusieron en pie el welfare state. Un tiempo mucho más simple y más justo en el que reinaba la armonía social, los vecinos se ayudaban entre sí, los bobbies daban las buenas noches a todos y, desde luego, había muchos menos extranjeros.

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La primera ministra Theresa May dirigiéndose en Birmingham a los conservadores

May suscribe la idea de que el Brexit no fue solo una patada a la Unión Europea sino algo más amplio. El síntoma de una revolución silenciosa.

“Tocad en cualquier puerta de cualquier parte del país y encontraréis al descubierto las raíces de una revolución profunda, porque no han sido los ricos los que han sufrido los mayores sacrificios por la crisis financiera, sino las familias normales de la clase trabajadora… En nuestra sociedad hoy vemos división e injusticia por todas partes. Entre una generación mayor y más próspera y una generación joven que lucha por salir adelante. Entre la riqueza de Londres y la del resto del país. Y, sobre todo, entre los ricos, los triunfadores y los poderosos y el resto de sus compatriotas…”

Cierto. El Reino Unido cuenta con una tasa de paro envidiable -por debajo del 5%- pero al mismo tiempo es uno de los países más desiguales de Europa. Pero ¿esa desigualdad es culpa de la UE? ¿No han tenido nada que ver las políticas económicas del Thatcherismo bendecidas posteriormente por Blair? ¿Y la lucha a muerte contra los poderosos sindicatos británicos en los 80? ¿No ha tenido nada que ver la revolución tecnológica y la globalización? ¿Y las reticencias británicas a firmar la carta social europea?

El Brexit fue por tanto un voto protesta contra la desigualdad y también contra las élites. Atención a los latigazos:

“Escuchad cómo hablan del pueblo muchos políticos y comentaristas: encuentran de mal gusto vuestro patriotismo, provinciana vuestra preocupación por la inmigración, poco progresistas vuestras ideas contra la delincuencia e inconveniente vuestro apego a la seguridad en el empleo. Les resulta inexplicable que 17 millones de votantes quisieran dejar la Unión Europea. Si eres rico y llevas una vida cómoda, Gran Bretaña es un país diferente y no sientes como tuyas estas preocupaciones…

Hoy, mucha gente en posiciones de poder se comporta como si tuviera más en común con las élites internacionales que con la gente que vive cerca, la gente a la que emplea, la gente con la que se cruza en la calle. Si te crees ciudadano del mundo, eres ciudadano de ninguna parte. No entienes lo que significa la palabra ‘ciudadanía'”.

Tiene bemoles que la rebelión contra las élites la comande el partido de tradición más antiguo y elitista de Europa, el partido cuyos líderes proceden de los restos de la nobleza, de las selectas escuelas de Eton y Harrow, de las universidades de Oxford y Cambridge, la encarnación más pura del establishment. Basta escuchar su acento para reconocerles.

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El elitista Bullingdon club de Oxford. El 2 es David Cameron, el 8, Boris Johnson

Ahora May pide meritocracia y más movilidad social pero hace ya años el difunto canciller alemán Helmut Schmidt señaló que el problema de los británicos era su clasismo social. Se ve que no han cambiado mucho las cosas.

¿Y cuál es la receta de May contra la desigualdad y contra el elitismo? Más estado y menos individualismo. Más intervencionismo. Hasta la delirante proposición que obligaría a las empresas a contratar a británicos. Xenofobia. De May se podría decir lo que alguien aplicó al Frente Nacional frances: hace las preguntas correctas pero da las respuestas equivocadas.

“Valoramos el éxito… pero también el espíritu ciudadano. Ese espíritu significa que respetas los vínculos y obligaciones que hacen funcionar a nuestra sociedad. Significa un compromiso con los hombres y mujeres que viven a tu alrededor, que trabajan para ti, que compran los bienes y servicios que tu vendes. Ese espíritu significa aceptar el contrato social por el que formas a tus jóvenes antes de contratar a trabajadores extranjeros más baratos”

Imagino a Hayek y Thatcher revolviéndose en sus tumbas. Si la Dama de Hierro llegó a cuestionar el concepto de “sociedad” -“Basta de echar la culpa a la sociedad, no existe la sociedad; hay individuos, hombres, mujeres, familias”-. May invoca a la “sociedad” una docena de veces.

Thatcher aparece de pasada en el discurso de May -“who taught us we could dream great dreams again”- junto a otras figuras inevitables del santuario conservador: Churchill y Disraeli. Llama la atención la cita de Edmund Burke, el padre del conservadurismo británico -¿era necesario remontarse a un pensador del siglo XVIII?-, pero lo que más ha desconcertado es que una primera ministra conservadora ponga al lado del prontuario tory a un primer ministro laborista, Clement Atlee, el arquitecto del estado de bienestar en la posguerra.

El tiempo nos dirá si el discurso de Birmingham es el que exige estos tiempos de “giro histórico”, como asegura la primera ministra,  o no pasa de ser un anzuelo retórico coyuntural para pescar votos a derecha e izquierda. No conviene olvidar, en cualquier caso, que el Reino Unido ha sido el mayor laboratorio exportador de políticas en los últimos dos siglos. Inventaron el bipartidismo, la monarquía parlamentaria, el bipartidismo, el welfare state y la revolución neoliberal thatcherista. No conviene olvidar que el partido Tory es la organización política más longeva y exitosa de Occidente. A lo largo del tiempo se ha adaptado con un éxito razonable al clima cambiante y en más de una ocasión han abierto el camino. Han sido reaccionarios, socialdemócratas, liberales… Ahora este partido proteico se apunta sin complejos a la corriente del nacional-populismo.

“El Laborismo no tiene el monopolio de la compasión… Aprovechemos esta oportunidad para mostrar que  nosotros, el Partido Conservador, somos verdaderamente el partido de los trabajadores, el partido de los funcionarios, el partido del Sistema Nacional de Salud. Creemos en el servicio público, creemos en lo que el buen gobierno puede hacer. El gobierno no puede quedarsde al margen cuando ve la injusticia social”

May quiere que su partido sea el de los perdedores de la globalización. Ante el trilema de Rodrik  -o soberanía o democracia o globalización, las tres al mismo tiempo, imposible-, los británicos quieren replegarse y optar por la democracia y la soberanía. Tal vez sólo sea una coincidencia que en el año crucial de 1979 asistieramos al comienzo de la nueva globalización con la apertura de la China de Deng y al nacimiento de la revolución neoliberal de Thatcher -además, y no es menor, de la revolución islámica de Jomeini y la invasión rusa de Afganistán-.

Las contradicciones que se abrieron en 1979 están en carne viva en 2016.

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Las despedidas de los primeros ministros británicos a mitad de mandato suelen deparar tardes memorables en la Cámara de los Comunes. Liberado de la presión y protegido por la cortesía que exige el momento,  la ocasión es propicia para el lucimiento del primer ministro saliente. Y así le fue ayer a David Cameron. Su última sesión de control se convirtió en una exhibición de las virtudes más atractivas del parlamentarismo británico. Lances rápidos, reflejos dialécticos, humor, ingenio… Bienvenidos al mejor show político del mundo -como lo calificó el propio Cameron. Los columnistas de la prensa más cercana sentenciaron que la de ayer fue su mejor sesión parlamentaria. Uno de sus antiguos ministros, el venerable y proeuropeo Ken Clarke, le agradeció su elocuencia (33’20”). Y Cameron cerró con ironía su intervención al infligirse a sí mismo la descalificación que en su día lanzó contra Blair: I was the future once (una vez fui el futuro)

Visto desde nuestras serias y aburridas coordenadas parlamentarias nos podemos plantear dos cuestiones. La primera: ¿dónde aprenden a hablar con semejante brillantez?. La segunda:  ¿cómo es posible que despidan con palmaditas en la espalda al primer ministro que ha metido a su país y a Europa en un lío político monumental?

La respuesta a ambas cuestiones hay que buscarla en la educación, sobre todo en la que ofrecen instituciones elitistas como Eton y Oxford en las que coincidieron David Cameron y Boris Johnson. Hay días en que el Brexit me parece una gamberrada universitaria salida de estos dos arrogantes miembros del Bullingdon Club. Como Lord Lucan y Lord Cardigan enzarzados en una nueva y desastrosa Carga de la Brigada Ligera. Ah, pero siempre quedará el gesto y el poema de Tennyson…

Quien quiera saber más, aquí tiene When Boris met Dave (pinchad en “watch on vimeo”):


<p><a href=”https://vimeo.com/74365223″>When Boris met Dave</a> from <a href=”https://vimeo.com/user19972714″>Home Editing</a> on <a href=”https://vimeo.com”>Vimeo</a&gt;.</p>
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