Auschwitz arbeit

“El trabajo os hará libres”, el célebre y cruel lema a la entrada del KL Auschwitz I

Cuenta la fábula que un condenado a muerte le hizo una proposición al rey: “Si me das un año, puedo enseñarle a cantar a tu caballo”. “Muy bien”, respondió el rey. “Pero, si dentro de un año el caballo no canta, serás ejecutado”. Al volver a la mazmorra, su compañero de celda le reconvino: “Pero, ¿estás loco? Sabes que no puedes enseñar a un caballo a cantar”. “Sí, pero ahora tengo un año que no tenía antes”, replicó el condenado. “Y en un año pueden ocurrir muchas cosas. Podría morir el rey. Podría morir el caballo. Podría morir yo. Y, ¿quién sabe? Tal vez el caballo aprenda a cantar”.

Los miembros del Sonderkomamndo también se sabían condenados a muerte. En tanto que Geheimsträger, “portadores del secreto”,  los nazis habían decretado su desaparición en cuanto finalizara su trabajo forzado: colaborar en el exterminio de los judíos europeos. “Con vosotros desaparecerán las pruebas”. Para ellos, como para el condenado de la fábula, ganar un día lo era todo. Tal vez los nazis cambiaban de idea, tal vez llegaban antes los rusos, tal vez los aliados bombardeaban el campo… Pero, entre tanto, ¿cómo podían soportar esos días ganados al destino en medio de la tarea más inhumana del mundo?¿Merecía la pena? ¿Se puede salir con el alma indemne después de mirar un día tras otro a los ojos de hombres, mujeres y niños que van a convertirse en ceniza al cabo de dos horas?

Quien busque respuestas, las puede encontrar en We wept withou tears: Testimonies of the Jewsih Sonderkommando from Auschwitz (1985), el libro de entrevistas de Gideon Greif a ocho supervivientes del Sonderkommando del que ya hemos hablado en otras entradas de este blog (Sonderkomando (I)Sonderkommando (II)). Greiff, como un forense que busca reconstruir hasta el último detalle de la experiencia del Sonderkommando, repite el mismo cuestionario con ligeras variaciones. El procedimiento resulta pesado por momentos, pero permite observar una cierta diversidad en la respuesta que dio cada uno de estos hombres forzados a participar en la mayor matanza planificada de la historia.

Cualquier lectura de estos testimonios debe tener presente que todos hablan muchos años después de los acontecimientos. Resulta inevitable que traten de justificarse en un tiempo que ha convertido “Auschwitz” en el mayor abismo de la humanidad. “De estos hombres -dijo Primo Levi mucho antes de que se escribiera este libro- no se puede esperar una declaración verídica, en el sentido jurídico del término, sino otro tipo de cosa que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos”.

Siempre vuelven las mismas preguntas: ¿Por qué colaboraron? ¿Cómo pudieron soportarlo? ¿Recuperaron la humanidad? La mayoría se describe como autómatas desprovistos de sentimientos en las tareas del lager, otros se justifican por la necesidad de dar testimonio de una matanza de proporciones increíbles y muchos apelan a la pura y simple voluntad de vivir: “…puedes encontrar cientos de excusas, pero la verdad es que quieres vivir a toda costa. Deseas vivir, porque estás vivo, porque el mundo a tu alrededor sigue vivo y todo lo que es placentero, todo aquello a lo que te sientes vinculado, está unido inextricablemente a la vida”. El prisionero del Sonderkommando Zalman Lewental escribió estas palabras en su diario secreto de Auschwitz, recuperado -lo contábamos en la entrada anterior- al finalizar la guerra. La desesperanza podía llevar al suicido, en especial, de los más fuertes. Sólo la “debilidad” moral -apunta Lewental-, la voluntad “animal” de vivir, permitía a estos hombres arrastrase de un día al siguiente por su rutina macabra.

“Saldré vivo de aquí”, se dijo desde el primer día Ya’akov Gabai, judío sefardita originario de Atenas y deportado a Auschwitz en abril de 1944. Tenía 32 años.”Sobreviví porque mantuve mi optimismo”. Gabai ofrece uno de los testimonio más descarnados del libro de Greif. No arrastra complejos ni sentimientos de culpa. Y a diferencia de otros supervivientes del Sonderkommando, el crematorio no regresa a sus pesadillas: “Nunca he soñado con Auschwitz”. ¿De dónde sacó su fuerza vital? ¿Tal vez la fe religiosa? “No soy religioso, pero nunca he negado la existencia de dios”, dice, y en esto coincide con otros supervivientes a los que la experiencia en el  crematorio alejó de dios. ¿Un insensible? ¿Un mutilado moral? Primo Levi habla de los miembros del Sonderkommando -a los que no trató en el campo- como “esclavos embrutecidos por el alcohol y la matanza cotidiana”. Pero también añade. “¿Quiénes somos nosotros para juzgarlos?”. Gideon Greif reivindica a estos hombres arr0jados al destino “más demoniaco del nacionalsocialismo” (Levi) y escucha con actitud comprensiva sus palabras. Palabras como las de Ya’akov Gabai, el eterno optimista.

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Ya’akov Gabai en Israel a mediados de los 80

Traigo aquí algunos fragmentos de su testimonio. Sólo añadiré un comentario final. Un atrevimiento que incumple aquella recomendación de George Steiner: el silencio se impone después de escuchar las voces del exterminio. Avanzo, eso sí, una cautela a la manera de Dante a las puertas del infierno: “absteneos, almas sensibles”.

Pregunta el historiador Gideon Greif. Responde el superviviente del Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau Ya’akov Gabai:

“¿Qué viste cuando las puertas de la cámara de gas se abrieron por primera vez delante de ti?

Vi cuerpos, unos encima de otros. Habría unos 2.500 cadáveres. Muchos con heridas y sangre. Nunca había visto nada parecido. Era una visión dantesca…

¿Qué se te pasó por la cabeza cuando viste los cuerpos?

Pensé que era una tragedia, que una tragedia enorme se abatía sobre los judíos, asesinarles allí de una manera tan cruel. Durante los primeros días fue terrible. Pero me dije a mi mismo: “no debes perder la cabeza”. Sabía que desde entonces en adelante iba a ver esto un día sí y otro también. Este iba a ser nuestro trabajo así que sería mejor acostumbrarse. Un trabajo duro, pero te acostumbras”.

¿Te acostumbras? Hasta la rebelión en octubre de 1944, la inmensa mayoría prefirió cumplir las órdenes de los SS y seguir adelante con su trabajo en el crematorio. Muy pocos optaron por el suicidio.Ya’akov Gabai recuerda uno:

“Uno de los miembros de nuestro grupo [del Sonderkommando]había llegado en el mismo transporte que yo. Se llamaba Menachem Litschi. Había trabajado como zapatero en Grecia. Dejó atrás a su mujer y dos hijas. Un día me dijo: `Ya’akov, este trabajo es intolerable. No podemos seguir tirando a la gente al fuego [de las fosas comunes]. Ya no quiero seguir viviendo´. Le pedí que aguantara un par de días: `Todos los comienzos son duros. Luego todo pasa. No eches a perder tu vida´. Esperó dos días y en el tercer día, mientras traían los cuerpos a las fosas -cuando creyó que nadie le miraba-, Menachem se lanzó al fuego con el cadáver que traía arrastras. Un sargento alemán llamado Grünberg le disparó para ahorrarle el dolor. Ocurrió el 8 de mayo de 1944. Un mes o dos después vino un soldado alemán al crematorio y preguntó si alguno de nosotros sabía algo del incidente de Menachem. Levanté la mano y me llevó a su oficina. Me sentaron, me dieron de comer y luego entró uno que me interrogó sobre lo ocurrido con Menachem. Yo me preguntaba: ¿Cómo es que los alemanes, que ejecutan a miles de personas todos los días, están ahora tan interesados por el destino de un único hombre? Sabía que no debía contarles que se había suicidado. Les dije que se había acercado mucho a la fosa arrastrando el cuerpo y que se había resbalado y caído. Me habría ido muy mal si les hubiera dicho que se había suicidado.

¿Por qué?

Me habrían matado allí mismo.

¿Hubo otros casos como el de Menachem?

No, ese es el único caso que recuerdo.

¿Se toparon alguna vez los miembros del Sonderkommando con parientes suyos?

Todos los que estaban en mi situación -con mi mujer también internada en el campo- lo temíamos. Siempre temí que enviaran a mi mujer al crematorio, que la asesinaran, siempre me preguntaba qué haría en ese caso. Afortunadamente no ocurrió, pero el 31 de octubre de 1944 cuando enviaron a la muerte a los últimos 400 musulmanes [así se conocía en el campo a los desahuciados, a los que habían perdido ya la cabeza y la fuerza para vivir y deambulaban como fantasmas por el lager], me encontré con dos de mis primos. Nos sentamos y hablamos durante un par de horas en la sala para desvestirse del crematorio.

Sabías, por tanto, que tus primos iban a morir

Sí, por supuesto. Lo sabíamos por las órdenes de los alemanes. Cuando el prisionero tenía que desvestirse y se le ofrecía una manta y algo de pan y margarina, significaba que iba a ser enviado al crematorio.

¿De qué hablasteis?

Les pregunté cómo era posible que gente como ellos -siempre con aplomo y valentía- hubiera llegado a esa situación. Me respondieron que era lo que les había tocado en esta vida, que era su destino y no podían evitarlo. Comieron y nos fumamos unos cigarrillos hasta que les llegó su hora. Uno de los alemanes dio la orden: `Ahora tenemos que acabar con vosotros´. Entonces yo les dije: `Venid, tengo algo terrible que contaros, pero no sufriréis´. Les lleve a la cámara de gas, hasta el lugar exacto por el que caían las pastillas de gas. `Si os sentáis aquí, no sufriréis ni un segundo´. Al salir, el soldado alemán me dijo: `Qué fortaleza; eres muy, muy valiente´. `¿Por qué deberían sufrir?´, le dije. Diez de las víctimas de ese día eran familiares y conocidos de Grecia.

Un día de mediados de julio de 1944, a las tres de la mañana, llegó un “transporte” de al menos 1.500 personas. Eran judíos húngaros. Hombres, mujeres y niños. Esperábamos a que se desvistieran cuando de repente una mujer con dos niños nos dijo: `¿Cómo voy a quitarme la ropa aquí, enfrente de vosotros. Es una deshonra´. Le contábamos que ya estábamos acostumbrados cuando se presentó el comandante del campo y le dijo a la mujer: `Ponga sus ropas aquí, y también la de los niños y recuerde el número de la percha para encontrarlas luego´. Qué irónico… Se fue directa a la cámara de gas con sus hijos y eso fue todo.

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El mal absoluto: el sádico SS Otto Moll

En agosto de 1944 trajeron a 250 musulmanes polacos procedentes de varios campos en los alrededores de Auschwitz. Para cuando llegaron, ya no se podían mover. En ese momento, el comandante del crematorio, [Otto] Moll de las SS, vino y dijo: `No enviéis estos a la cámara de gas´. Quería matarlos personalmente. Primero les golpeó con la barra metálica que usábamos para machacar los restos de huesos de la incineración. Después le pidió rifle y balas a un soldado y empezó a disparar. Cuando ya había efectuado cuatro o cinco disparos, uno de los musulmanes gritó: `¡Comandante!´. Y Moll, que era un sádico brutal, contestó: `¿Sí?´.`Tengo una petición´. `¿Qué quieres?´`Cantar el vals del Danubio Azul mientras disparas a mis amigos´.`¡Magnífico¡ Es incluso mejor disparar con acompañamiento musical´, respondió Moll. Así que el hombre cantó -la-la-la- hasta que Moll mató a todos y llegó el turno del cantante. La última bala acabó con él.

Dos semanas después llegaron 20 partisanos, entre ellos cuatro mujeres muy bellas. Sabían que les llevaban a la muerte. Nosotros esperábamos que se defendieran, que empezaran a puñetazos, ya que, después de todo, eran partisanos. Pero no ocurrió nada. Les pedimos que se desvistieran y ni uno levantó la vista. Caminaron en silencio hacia la cámara de gas -como corderos al matadero.

Recuerdo cuando nos llegaron 140 o 150 chicas adolescentes. Se sentaron y empezaron a bromear y reírse. Debían pensar que habían venido a Birkenau a pasárselo bien. Nosotros no salíamos de nuestro asombro. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Había pasado una hora, dos horas y aún no habían terminado incineradas? Entonces dieron la orden de devolverlas. Un camión se las llevó. Cuando salían del crematorio vivas y coleando, les dijimos :`Encended una vela en agradecimiento por haber salido con vida de este lugar´. Resulta que mientras estuvieron allí sentadas, les pidieron que escribieran postales: `Hemos llegado al campo. Los alemanes nos han dado una cálida bienvenida. Estamos sanas y bien alimentadas´. Dos días después, las trajeron de vuelta al crematorio y montaron todo un lío porque sabían lo que les esperaba. Todas fueron liquidadas.

En una ocasión nos trajeron una chica húngara con un bebe de dos días. Sabía que estaba a punto de ser asesinada. Nosotros no teníamos nada que hacer esa noche. Nos sentamos, ociosos. A la mujer le ofrecimos una silla, algo de comida y unos cigarrillos. Nos contó que era cantante. Estuvo hablando con nosotros como media hora. Estábamos sentados enfrente de los hornos. Junto a nosotros se sentó un SS holandés. Un tipo bastante afable que también se pasó todo el tiempo escuchando. Cuando terminó la historia, el holandés se levantó y dijo: `Muy bien, no podemos quedarnos aquí sentados para siempre; ahora llega el turno de la muerte´. A la chica le preguntaron qué prefería, que matáramos primero al bebé o a ella. `Yo primero´, dijo. `No quiero ver a mi hijo muerto´. Entonces el holandés cogió el rifle, disparó y metió a la chica en el horno. Después levantó el bebé, bang-bang, y eso fue todo.

Ya’akov, ¿cómo puedes recordar todos los detalles, incluyendo las fechas exactas? Es sorprendente.

Escribí un diario. Lo empecé mi primer día en el Sonderkommando y lo mantuve hasta el 18 de enero de 1945, cuando me liberaron. Anotaba cada día. Casi 500 páginas… Pero no me pude llevar el diario cuando salí de Birkenau. ¿Cómo podía llevarme 500 páginas de Birkenau a Mauthausen? ¿Qué dirían los alemanes? Me matarían.

¿Dónde dejaste el diario?

Allí, sin enterrar. Pero aunque perdí el diario, recuerdo muchas, muchísimas fechas y nunca las olvidaré. Tengo buena memoria para las fechas.

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En los hornos de Dachau. De Auschwitz, no hay imágenes

¿Cuánto se tardaba en incinerar un cuerpo?

Media hora. El proceso de cremación funcionaba así: había cinco hornos con tres aperturas cada uno. Cinco hornos multiplicados por tres puertas multiplicado por cuatro cuerpos en cada una [cuatro adultos o entre seis y ocho niños] te sale a 60 cuerpos incinerados en el Crematorio II en media hora. 120 en una hora. 2.880 en un día sin parar. Así que llevaba un día liquidar todo un “transporte” de judíos. Calcula ahora la capacidad de los cuatro crematorios en Auschwitz-Birkenau.

Perdóname la pregunta: ¿en cuánta ceniza se convierte un  cuerpo humano?

Pesa menos de un kilo. Los huesos de la pelvis no se quemaban totalmente así que teníamos que sacarlos del horno y machacarlos.

¿Cuánta gente trabajaba contigo quemando cuerpos?

Otros cuatro. Siempre el mismo grupo, sin cambio de turnos.

¿Eran también griegos los otros miembros del grupo?

No, eran polacos.

¿Cómo os comunicabais?

Hablábamos un poco de yidish y usábamos lenguaje de signos. Nos llevábamos bien. Después de todo, yo había estudiado dos años de alemán y dos de inglés en una escuela italiana.

¿Estuviste todo el tiempo con los mismos hombre del Sonderkommando?

Estuvimos juntos hasta el último día, hasta que salimos de Auschwitz. Nos enviaron por caminos distintos y nunca más nos volvimos a ver.

¿Y sobre la comida, la alimentación…?

A veces, cuando no comíamos toda la comida que nos habían servido, se la llevábamos a los trabajadores-esclavos que hacían tareas [físicamente] muy duras fuera del campo. En cuanto a los alimentos, no nos faltaba de nada. Podíamos coger todo lo que encontrábamos entre las pertenencias de las víctimas. Teníamos pan, bizcochos, embutido, todo. Encontrábamos restos de todo y los guardias alemanes se unían a nosotros a la hora de comer… Teníamos tanto que no sabíamos por donde empezar.

¿Bebíais alcohol?

Sí, todos bebíamos alcohol también. Teníamos de todo, todo lo que quisiéramos -Vodka de 96º. Teníamos permiso para tomar bebidas alcohólicas y todo lo que quisiéramos.

¿Dónde vivíais?

En el edificio del crematorio, el Crematorio II. Vivíamos en la última planta, en habitaciones privadas. Yo dormía en una cama con manta y almohada.

¿Era posible dormir bien tan cerca de los hornos?

No estaban lejos. Incineraban los cadáveres abajo y nuestras habitaciones estaban arriba. Teníamos buenas camas, mantas, almohadas. De todo. La vida arriba continuaba sin importar lo que estuviera ocurriendo debajo.

¿Salisteis alguna vez al patio de hierba fuera del crematorio?

Sí. El césped estaba muy bien cortado. A veces cuando no teníamos nada que hacer nos dedicábamos a limpiar todo el patio.

¿Qué hacíais al atardecer en vuestras habitaciones?

Por la tarde, cantábamos todos juntos. Comiamos, bebíamos y cantábamos un montón. Cuando no había trabajo y todo estaba tranquilo, dormíamos. Nos íbamos a dormir a las 10, 11 de la noche.

¿Alguna vez os dieron un día “festivo”?

Recuerdo que el Yom Kippur cayó el 4 de octubre de 1944. El lunes por la tarde vi cómo los judíos polacos del Sonderkommando preparaban todo: los rollos de la Toráh, los libros de rezos… Los alemanes nos dieron el día libre y rezamos. El día siguiente, martes, a las cinco de la mañana -en Yom Kippur- llegó un transporte con 2.500 judíos. Así fue. Ese fue su regalo de Yom Kippur. Aún lo recuerdo. Le dije a mis amigos: “mirad que regalo nos hacen estos bastardos”. Tres días después estalló el levantamiento en el Crematorio III.

¿Fuiste uno de los que rezó en aquel Yom Kippur en Auschwitz?

No. No rezaba entonces, nunca iba a la sinagoga. Sólo aquí en Israel voy a la sinagoga. Creo en dios pero no soy religioso.

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Proceso de “selección de un transporte” a la llegada a Birkenau (1944)

¿Alguno de tus compañeros en el Crematorio III vive hoy en Israel?

Sí. Shmuel Lemke, pero no quiere hablar del asunto. Hace 15 años yo tenía un amigo en Kefar Sava que también había estado en Auschwitz. Un sábado me dijo que tenía una sorpresa para mí. Fuimos hasta Givat ha-Shelosha y paramos ante la casa de Lemke y me dijo: “Ese es Lemke”. Nos acercamos a él, pero no me reconoció. Empecé a refrescar su memoria, se acordó de mi y entonces se puso a llorar y a rogarme que no le contara a su mujer que había trabajado en el Sonderkommando.

En esos momentos en que bebíais y comíais con  los alemanes ¿era la relación estrecha? ¿de qué hablabais con los alemanes?

No teníamos profundas discusiones políticas. Contábamos chistes, hablábamos de canciones. Les encantaba cantar. Puede sonar terrible. Es difícil de entender cómo vivíamos junto a nuestros asesinos. Pero cualquier cosa era posible en Auschwitz.

¿Recuerdas la visita de Eichmann?

Vino en julio de 1944. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer. A las 6:15 de la mañana. Teníamos cuatro cuerpos dentro, a medio incinerar. Entonces entró un guardia alemán y de repente vi a Eichmann acompañado de dos oficiales. Ese hijo de perra, ese pedazo de carroña. Dijo: “Tenéis que poner otros dos encima de los cuatro, no me importa cómo”. Tenías que ser experto para hacerlo. No era tan fácil quemar seis cuerpos allí. “Bien, bien…” dijo mientras obedecíamos la orden. Pasó junto a mí dos veces, muy cerca, por detrás, y se quedó mucho tiempo. Vino dos veces a Birkenau.

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El “arquitecto del Holocausto”: el SS-Oberstürmbannführer Adolf Eichmann (1942)

¿Cómo pudiste trabajar tanto tiempo en ese infierno?

Es verdad que los que trabajaban [en otras partes] del campo veían la muerte a diario, les golpeaban, sufrían otras tragedias. Pero nosotros vimos lo más terrible de todo. Hicimos el trabajo sucio del Holocausto. Durante ocho meses trabajé en el Sonderkommando, ocho meses en medio de esta tragedia. Era un trabajo penoso, en especial los primeros días. Todos temíamos encontrar parientes entre los cadáveres.La primera vez era la más dura. Pero, créeme, te acostumbras a todo. Cuando trabajábamos por la noche, me sentaba junto a un muerto a eso de la medianoche y no sentía la más mínima emoción.

¿Pudiste reflexionar sobre lo que estabas viendo?

Al principio era muy doloroso ver todo esto. Me costaba comprender lo que mis ojos estaban viendo -que todo lo que quedaba de un cuerpo humano era medio kilo de cenizas… Pero ¿qué alternativa teníamos? Escapar no era una opción. Desconocíamos la lengua. Continué trabajando pese a que sabía que mis padres habían sido exterminados. No hay nada peor que eso. Después de dos o tres semanas, me acostumbré. A veces al descansar ponía mi mano en un cadáver y ya no me incomodaba. Trabajábamos como robots. Tenía que mantenerme fuerte para sobrevivir y relatar todo lo que había ocurrido en este infierno… Sí, éramos animales. No teníamos emociones. A veces teníamos dudas sobre si seguíamos siendo seres humanos.

Me resulta difícil entender cómo podías cantar después de una jornada de trabajo en la cámara de gas y en los hornos.

Mira, como ya te he dicho, ya no sólo éramos solo robots, nos habíamos convertido en animales. No pensábamos en nada. Sólo en una cosa: sobrevivir y escapar.

¿[Al volver a Grecia] le hablaste a alguien de tu historia en Auschwitz?

No le veía ningún sentido porque me sentía incapaz de describir la realidad que habíamos vivido allí. Pero cuando empece a integrarme de nuevo en la sociedad y a reflexionar sobre lo que había hecho allí, sentí mucho dolor. Y aún lo experimento cuando hablo de todo aquello.

¿Sueñas con Auschwitz?

No, a veces me viene un recuerdo, pero no sueño. Nunca he tenido sueños sobre Auschwitz. El pasado es pasado. Yo vivo en el presente… Todo pasa. Lo he dejado atrás. Sobreviví porque siempre esperé salir vivo de Auschwitz. Sobreviví porque fui optimista. Ahora, mientras estoy aquí sentado y te lo cuento, me pregunto cómo puede un ser humano someterse a semejante experiencia, cómo puede soportarlo.  Bueno, el hombre es más duro que el hierro. C’est la vie, mon cher ami: pasar, resistir y dejar a un lado [to pass, to last, to cast aside]

¿Se puede dejar a un lado una experiencia tan traumática? Las contradicciones en el discurso de Ya’akov Gabai no han pasado inadvertidas. Tan pronto dice que le resulta muy duro relatar sus días en el Sonderkommando como que ha salido indemne moralmente de la experiencia. Es más, en sus respuestas a Greif niega que le persiga el fantasma de Auschwitz, niega cualquier sentimiento de culpa y, sin embargo, su necesidad de relatar su experiencia a su familia, a Greif, a jóvenes y adultos, en escuelas y Días del Holocausto parecería un modo de justificarse, de limpiar en público su sentimiento de culpa.

Ya’akov compartió sus días en Birkenau con su hermano Dario, 10 años más joven-no es, por cierto, el único caso de hermanos en el Sonderkommando-.  Dario marchó a EEUU después de la guerra y allí hizo carrera dirigiendo una fábrica de cortinas. Durante mucho tiempo guardó silencio. Sólo a finales de los 90 se decidió a hablar en documentales como el de Spielberg The Last Days (1998) o la serie de la BBC Auschwitz: The Nazis and the Final Solution (2005).

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Ambos hermanos coinciden en describirse como robots sostenidos por la voluntad de vivir, pero, a partir de ahí, el contraste al “verbalizar” su experiencia no puede ser mayor. Dario cuenta como los primeros 10 años fueron especialmente duros. No pasaba una semana sin pesadillas sobre las cámaras de gas y el crematorio. El problema del Sonderkommando,, decía en una entrevista, no era la ropa o la alimentación sino “el interior del alma”. En un par de entrevistas a principios de la década del 2000, revela que aún sufre de culpa y vergüenza y siente que él debería haber muerto con el resto de los judíos.

El contraste entre el relato a posteriori de los dos hermanos respalda la cautela que pedía Primo Levi al escuchar la versión del Sonderkommando. Pero también que cualquier generalización de su experiencia es un error y que su testimonio -ignorado durante tantos años- es absolutamente imprescindible si queremos adentrarnos en un horror que desafía cualquier capacidad de comprensión.

Cuando escribo estas líneas, Darío aún vive en EEUU. Ya’akov murió en Israel en 1994. Nunca llegó a ver publicado su diálogo con Greif ni mucho menos la pieza teatral que se montó en Alemania basada en la entrevista con el historiador. Se titulaba “¡Saldré de aquí!. Se estrenó en Berlín en el invierno de 1997.  Qué habría pensado Gabai, se pregunta el historiador, al ver una obra basada en su testimonio y representada en la capital de Alemania ante una audiencia alemana…

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