Birkenau
La puerta del infierno. Entrada del campo de Birkenau

EN LA ANTESALA DE LA MUERTE

El prisionero del Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau  Zalmen Gradowski nunca salió vivo del campo de concentración y exterminio, pero tuvo el valor de dejarnos un testimonio excepcional enterrado en el lager nazi.

Al final de sus manuscritos describe una escena desconcertante. Estamos en la antesala de la cámara de gas, allí donde las víctimas deben desnudarse y colgar su ropa. Es el momento que viven  con mayor tensión los judíos forzados a trabajar en el “Comando especial” del proceso de exterminio. Muchos rehuyen la mirada de angustia de quienes buscan respuestas, de quienes sospechan que van a morir. La mayoría, mujeres y niños.

“Hemos coincidido con ellas, con las víctimas, y, petrificados, intercambiamos miradas. Saben todo, comprenden todo: que no son baños, y que esta sala es el corredor de la muerte… Decidnos, hermanos, ¿cuánto se tarda en morir? ¿Es una muerte penosa o fácil?”, escribe Gradowski, un hombre que entonces ronda los 34 años..

“El aire es rasgado por los gritos de los bandidos borrachos, impacientes por saciar su desnudez de mis queridas y hermanas… Algunas se avergüenzan, quisieran ocultarse donde fuera, con tal de no exponer su desnudez… Algunas se abalanzan sobre nosotros como hechizadas, como enamoradas se lanzan a nuestros brazos y nos ruegan con miradas avergonzadas que las desvistamos, quieren olvidarse de todo, no quieren pensar en nada. Al pisar el primer escalón de la tumba ya han saldado todas las cuentas con el mundo de ayer, con su moral y principios, con sus ideas éticas. Y ahora, en el umbral de la fosa, mientras aún permanece en la superficie de la vida y sigue sintiendo, perciben todavía que necesitan disfrutar el cuerpo, quieren darle todo lo que desee, el último placer; la última alegría que sea posible obtener en vida, ahora quieren emborracharlo, saciarlo antes de morir: Por ello desean que ese cuerpo que palpita intensamente, pleno de sangre y de vida, sea acariciado, mimado por la mano de un hombre extraño, que sea el más cercano amante, aquí y ahora, quien lo acaricie. Y sentir de ese modo como si la mano del esposo o del amante fuese la que acariciara y mimara su cuerpo consumido por la pasión. Quieren emborracharse ahora, las queridas hermanas, las hermosas mías. Y sus labios ardientes se tienden hacia nosotros con amor; quieren besarnos apasionadamente, mientras esos labios sigan con vida”.

“Allí está también una madre desnuda sentada en un banco con su hija en el regazo. Una criatura, una niña que aún no ha cumplido quince años. Estrecha la cabecita contra su pecho y la besa por todas partes. Y una corriente de cálidas lágrimas se derrama sobre su sangre joven. La madre llora por su niña, a la que con sus propias manos pronto conducirá a la muerte”.

Olere desnudándose
El testimonio dibujado de David Olere, superviviente del SK.

“Las contemplamos compasivamente porque vemos alzarse ante nosotros otra estampa de horror: estas vidas palpitantes, estos mundos en ebullición, el ruido, el alboroto que surge de ellas, en unas horas habrá muerto, yacerá inmóvil. Sus bocas enmudecerán para siempre. Esos ojos brillantes que ahora las dotan de tanto encanto, tanta magia, quedarán detenidos, apuntando hacia una única dirección, como si fueran a sondear la eternidad de la muerte. Esos hermosos cuerpos seductores que ahora florecen llenos de vida tendidos quedaran en el suelo, como seres repugnantes revolcados en el lodo y la mugre de la tierra, sus limpios cuerpos alabastrinos maculados por las deyecciones […] el rostro blanco y rosado se tornará rojo, azul o negro por efecto del gas… Los ojos desorbitados estarán inyectados de sangre, y será imposible reconocer a la mujer que ahora mismo tenemos ante nosotros”.

Zalmen Gradowski creció en la observancia puritana del judaísmo ortodoxo. No resulta fácil interpretar la inesperada pulsión vital -sexual- ante la inminencia de la muerte que describe en su manuscrito. Causa tanta extrañeza e incluso incredulidad que es legítimo preguntarse cuánto debe esa escena a la mirada turbada del propio Gradowski, cuánto a la querencia de su escritura por la antítesis entre la vida y la muerte que presenciaba a diario.

“Ahora querríamos estrecharlas contra nuestro corazón dolorido, besar todo su cuerpo, embriagarnos con la vida que está a punto de desaparecer. Dejar grabada en el corazón esta imagen de sus vidas que aún palpitan y llevar eternamente en el fondo de nuestros corazones estas vidas que se apagarán ante nuestros ojos. Todos somos presa ahora de pensamientos de pesadilla. Ellas, las queridas hermanas, nos miran con asombro: por qué parecemos tan trastornados, si ellas están serenas. Ahora darían lo que fuera por hablar con nosotros, preguntarnos qué será de ellas cuando hayan muerto, pero no se atreven y el secreto no les será revelado hasta el final”.

Los manuscritos de Gradowski ofrecen una mirada y una escritura única, una mirada hacia el interior de los que se vieron forzados a “colaborar” en la maquinaria del genocidio. A diferencia de otros testimonios del Sonderkommando, no estamos ante una experiencia reconstruida muchos años después del “acontecimiento” con la perspectiva privilegiada del tiempo. Gradowski también desconoce el final de su relato. Escribe un mensaje al futuro. Y lo escribe cercado por de llamas y la ceniza de los muertos en un infierno del que sólo su testimonio escrito pudo escapar.

“Escribo con la intención de que por lo menos un mínimo de esta realidad llegue al mundo y que, tú mundo, reclames venganza, venganza por todo esto. Éste es el único objetivo, la única meta de mi vida. Vivo aquí con la idea, con la esperanza de que quizás mis escritos lleguen a ti…”

Los escritos -dos manuscritos y una carta firmada- se encontraron por separado en 1945, pero no llegaron al mundo en su integridad hasta 1977, 32 años después. ¿Por qué?

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LOS JINETES DEL EJÉRCITO ROJO

Dos hombres vuelcan al muerto sobre la nieve sucia. No hay otra sepultura. La fosa común rebosa de cadáveres. Son las horas del mediodía del 27 de enero de 1945. Al levantar la vista los hombres ven cuatro jinetes. Avanzan con cautela, metralleta en mano. La primera  patrulla del Ejército Rojo acaba de descubrir Auschwitz. “Cuando llegaron a las primeras alambradas se pararon a mirar, intercambiaron palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos”, recuerda Primo Levi en el comienzo de La tregua. Él es uno de los hombres aún vivos que observa la llegada de los jóvenes soldados soviéticos.

Hacía 10 días que los alemanes habían huido del campo llevándose consigo a los prisioneros en condiciones de trabajar y dejando atrás, abandonados en el lager,  a 7.000 prisioneros debilitados por el hambre y las enfermedades. Unos 5.000 internos necesitaban atención médica. Ni la Cruz Roja polaca ni el ejército soviético contaban con suficiente personal sanitario y decidieron solicitar voluntarios. Uno de ellos, Andrej Zaorski, un médico de 21 años que trabajaba en Cracovia, acudió a Auschwitz un par de semanas después de su liberación. Se alojó en la casa del comandante del campo y allí, entre los papeles abandonados, hizo el primero de sus descubrimientos: un cuaderno de dibujos y notas. El hallazgo merece un breve desvío al margen del tema de esta entrada.

En la libreta, un oficial de las SS identificaba y describía la vida de los pájaros en la vecindad del campo. El fin del mundo que fue Auschwitz nunca deja de desafiar nuestra capacidad de asombro. Ahí tenemos a un sensible birdwatcher siguiendo con los prismáticos las evoluciones de los pájaros en un aire cargado del olor dulzón, el humo y la ceniza del exterminio masivo de seres humanos. La historia del ornitólogo ha inspirado una novela reciente, Los pájaros de Auschwitz. El SS resultó ser el Obersturmführer (teniente) Günther Niethammer, uno de los más prestigiosos ornitólogos alemanes antes y después de la guerra. Siempre supo lo que se hacía en Auschwitz -confesó- pero jamás estuvo involucrado en las tareas de exterminio. Como tantos, prefirió mirar hacia otro lado, aislarse con sus pájaros. La libreta se abre con una dedicatoria al Kommandant Rudolf Höss en agradecimiento por haberle permitido ese distanciamiento intelectual en la factoría de la muerte. En cualquier caso, su paso por Auschwitz no mancilló una larga y valorada carrera científica. Autor de un manual de referencia sobre los pájaros europeos, Niethammer llegó a presidir durante años la Sociedad Alemana de Ornitología en la República Federal. Murió en 1974 a los 66 años. En su obituario escribieron:

“… En 1932, se sumó al departamento ornitológico de E. Stresemann en el Museo Zoológico de Berlín. Cinco años después se trasladó al museo Alexander Köning de Bonn donde trabajó desde entonces -salvo en una interrupción por la Segunda Guerra Mundial… Todos los que conocieron a Niethammer disfrutaron de su agradable personalidad personal, de su alegría constante pese a los muchos y graves contratiempos que sufrió y, last but not least, de su enorme vitalidad y encanto personal”.

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La cantimplora que ocultó el primer manuscrito de Gradowski

LOS MANUSCRITOS DE AUSCHWITZ

Además del cuaderno de campo del ornitólogo, el doctor Zaorski encontró días después otro manuscrito. Fue al visitar el campo de Birkenau, a unos 5 kilómetros del campo principal (Stammlager) de Auschwitz. Vio una botella semienterrada en un montón de ceniza. Como si fuera el mensaje de un náufrago arrastrado por el torbellino de la guerra y el exterminio, el autor había metido en la botella una carta dirigida a su mujer en Francia. Le informaba de su terrible destino, de su trabajo con los judíos gaseados en el crematorio. El autor Chaim Herman daba por descontado que no saldría vivo de allí y ponía por escrito algunas instrucciones postmortem. La carta Herman fue el primer manuscrito de un miembro del Sonderkommando desenterrado en el lager de Auschwitz-Birkenau.

La historia del descubrimiento, publicación y difusión de los manuscritos de Auschwitz -hasta ocho entre 1945 y 1980-recorre un camino largo y sinuoso en el que el azar y la voluntad testimonial se cruzan con la leyenda y el recelo -si no desprecio- que rodeó  durante años el Sondekommando. Algunos fragmentos se fueron publicando con cuentagotas en revistas especializadas, un manuscrito pasó 25 años guardado en un desván, las primeras recopilaciones incompletas no se editaron hasta mediada la década de los 70…

El caso de los papeles de Zalmen Gradowski es una buena muestra de esa complicada historia editorial. El primer y el segundo manuscrito -encontrados por separado en el lager-se publicaron en Israel el mismo año, 1977, sin que ninguno de los dos editores tuvieran conocimiento del otro. El primer manuscrito -ocultado con una carta dentro de una cantimplora alemana de aluminio- figuraba en una compilación de manuscritos de distinta autoría trabajada durante años por Ber Mark, director del Instituto Histórico Judío de Varsovia. La campaña antisionista de finales de los 60 impidió su publicación en la Polonia comunista. Tuvo que ser su viuda quien la diera a la imprenta en Israel en el 77. Cierto que, entre tanto, ese primer manuscrito había salido en una colección publicada en polaco por el Museo de Auschwitz en 1973. Pero no así el muy relevante segundo manuscrito. Lo publicó por su cuenta en Israel también en 1977 Chaim Wollerman, judío polaco emigrado a Israel. Era la primera vez que veía la luz. Hacía 32 años que Wollerman se lo había comprado a un joven polaco que lo halló entre los restos de Birkenau y en todo ese tiempo no había encontrado a nadie dispuesto a publicarlo.

En español, la primera edición completa de los manuscritos de Gradowski data de 2008, cuando se traduce del francés En el corazón del infierno, (Anthropos Editorial, Barcelona), la edición anotada de los manuscritos a cargo de Philippe Mesnard y Carlo Saletti . “Por excepcional que sea el texto que presentamos”, comentan sus editores,”la lentitud de su publicación no tiene nada de excepcional. Annette Wieviorka, en L’Ere du témoin, recuerda que, si cerca de veinte mil escritos dan testimonio de la destrucción de los judíos de Europa, muy pocos son publicados, ni siquiera utilizados por los investigadores. Apenas comienzan a ser archivados”.

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Felicidad en el shetl en la pintura de Marc Chagall

BREVE NOTICIA DE ZALMEN GRADOWSKI

Zalmen Gradowski había nacido en 1910 en Suwalki -ciudad polaca cercana a la frontera lituania- en una familia muy religiosa de comerciantes. Después de su matrimonio se instaló cerca de Grodno (actual Lituania) en el shetl de Luna Kreiz, una de esas pequeñas comunidades judías de Europa oriental que retrataron los cuadros de Chagall y que el genocidio nazi borró del mapa para siempre.

En el verano de 1941, con el avance de la Wehrmacht la región pasó del control soviético al alemán. Es entonces cuando los nazis aplicaron su procedimiento recurrente: primero confinarón a los judíos en un gueto, luego les trasladaron a un campo de tránsito y finalmente les deportaron al campo de exterminio. En cada manuscrito recuperado Gradowski recuerda el destino de su familia -su esposa Sonia, su madre Sore, sus hermanas Ester y Luba, su suegro Refúel y su cuñado Volf, gaseados y quemados el mismo día de su llegada a Auschwitz, a las 9 de la mañana del 8 de diciembre de 1942- y le hace un ruego a quien encuentre sus textos:

“Y aún tengo que pedirte algo más. Que la fotografía de mi familia, la de mi esposa y la mía, la incluyas en la publicación. Que mis más amados, mis más apreciados disfruten de un suspiro, de una lágrima vertida por el ojo de alguien, porque yo, su desgraciado hijo, el hombre maldito, yo no “puedo”, no tengo siquiera la posibilidad de emitir un suspiro o derramar una lágrima por ellos”.

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Zalmen Gradowski y su mujer Sonia (circa 1935)

EL SILENCIO DEL SONDERKOMMANDO

Los manuscritos de Gradowski aportan un punto de vista único sobre una de las experiencias más extremas de la humanidad y nos ofrecen una mirada al alma de estos “condenados” que desmiente la imagen imprecisa y deformada que se fijó durante buena parte de la posguerra.

Las primeras referencias a los miembros del Sonderkommando de Auschwitz proceden de voces ajenas que no les dejan en buen lugar. Desde el Kommandant Rudolf Höss (lo citába en la anterior entrada), que les describe de manera inmisericorde, al médico y prisionero judeo-húngaro Miklos Nyiszli, asistente de Mengele. No hace un retrato amable de los hombres del SK aunque se compadece de su destino. Lo relevante es que hablamos de dos versiones que han influido en las valoraciones de Hannah Arendt, de Primo Levi e incluso, parcialmente, en los guiones de películas recientes como La zona gris y El hijo de Saúl.

Los miembros del SK eran considerados como Geheimsträger, portadores del secreto, y como tales, vivían aislados del resto del campo. Antes o después, la muerte era su destino final -y ellos lo sabían-. Su aislamiento fomentó la propagación de rumores entre el resto de los internos del lager. Un ejemplo: “Ya por el terrible olor que despedían se tenía poco contacto con ellos”, escribieron en su memorando Rudolf Vrba y Alfred Wetzler, dos judíos eslovacos fugados de Birkenau: “Estaban siempre sucios, muy descuidados, eran como salvajes, indescriptibles y sin piedad”. Ahora fijémonos en la similitud textual con el informe que escribieron Primo Levi y Leonardo Benedetti unos meses después de salir de Auschwitz: “Emanaba un olor nauseabundo de sus ropas; siempre estaban sucios y tenían un aspecto completamente salvaje, unas verdaderas bestias feroces”.

La visión difamatoria del resto de internos -con los que apenas tuvieron contacto- ha resistido el paso del tiempo. En el libro de entrevistas de Gideon Greif –We wept without tears-, el antiguo miembro del SK Abraham Dragon siente que la actitud no ha cambiado del todo: “Hace cuatro años [hacia 1980], mientras estábamos de vacaciones en el lago Tiberiades, una superviviente de Auschwitz empezó a contarles a todos lo que había sufrido y, entre otras cosas, les dijo: los miembros del Sonderkommando judío fueron asesinos y deberían ser castigados. Eran tan crueles como los alemanes”.

El temor a ser acusados de traidores explica el largo silencio de los miembros del SK. Se estima que sobrevivieron unos 80. No llegan a 20 los que han ofrecido su testimonio. Salvo declaraciones judiciales en la Polonia de la inmediata posguerra y, a mediados de los 60, en los juicios de Francfort, no es hasta 1979 cuando se publican las memorias del antiguo SK, Filip Müller, Eyewitness Auschwitz: Three years in the gas chambers, un relato directo, extenso y en primera persona de la experiencia en el Sonderkommando. En esos años, Müller habló también para Shoah de Claude Lanzmann.

“¿Por qué aceptaron aquella tarea? ¿por qué no prefirieron la muerte?”, se preguntaba Primo Levi –Los hundidos y los salvados-al tiempo que ponía en cuestión el valor testimonial del SK: “De parte de hombres que han conocido esta privación extrema no podemos esperar una declaración en el sentido jurídico del término sino otro tipo de cosa que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos. Debe esperarse más bien un desahogo liberador que una verdad con rostro de Medusa”.

SK FOTOS MUJERES
Mujeres desnudas hacia la cámara de gas. Foto clandestina de “Alex”, un miembro del SK

GRADOWSKI: UNA MIRADA AL ALMA DEL SONDERKOMMANDO

“Lamento”, “blasfemia”, “expiación”, “intento de justificación”, “desahogo liberador”… De todo esto encontramos en el libro de Gradowski, pero también “verdad con rostro de Medusa”. El Schreiber del crematorio III, el  escritor-prisionero clama una y otra vez por la venganza y justifica su permanencia en este mundo por la necesidad de luchar contra la ocultación nazi y dar noticia del sufrimiento del Sonderkommando. Escribir y describir un acontecimiento de una magnitud difícilmente creíble se convierte en el primer ejercicio de resistencia:

“Ven, levántate, no esperes hasta el cese del diluvio, a que el cielo se aclare y comience a lucir el sol, porque entonces te quedarás atónito y no creerás lo que vean tus ojos. Y quién sabe, si con la desaparición del diluvio, desaparecerán también los testigos vivos que podrían haberte contado la verdad.

[…] Es indudable que pensarás que la gran matanza perpetrada contra nuestro pueblo se debió a la guerra. Seguramente se te ocurrirá creer que la completa liquidación del pueblo judío europeo fue motivada por una catástrofe natural. Que la tierra abrió sus fauces y que, respondiendo a una poderosa y divina señal, ellos -procedentes de todas partes- se reunieron y fueron engullidos por el abismo. No vas a poder creer que una aniquilación tan cruel fue perpetrada por personas, incluso aunque se hubiesen trocado en fieras salvajes”.

foto llegando a Auschwitz
Camino del crematorio. Del album de Lily Jacob

¿Y cómo se relata lo increíble? ¿Cómo reconstruir en un simple papel, con una sucesión de signos en yidish, esa experiencia extrema, la infinita desolación moral, una catástrofe humana que se adentra en lo inconcebible? “Si todos los árboles del mundo se hicieran lápices y todos los océanos se convirtieron en ríos de tinta, uno no podría dar cuenta de lo que ocurrió en el Holocausto”, comentó muchos años después el superviviente del SK, Ya’akov Silberberg, a Gideon Greif. Dentro del infierno Gradowski pugna por una fuerza expresiva que traslade al lector del futuro un horror inabarcable con palabras.

Quienes le conocieron le describen como antiguo estudiante de la Yeshiva, un “hombre culto y sionista ferviente que tiene la ambición de escribir y somete algunos de sus cuentos a la opinión del doctor Sfard, uno de sus cuñados políticos”, cuentan Mesnard y Saletti en la introducción a sus manuscritos. Sfard encuentra sus textos demasiado cargados de exaltaciones líricas y escasos en descripciones concretas. Le falta calidad literaria.

En Auschwitz, Gradowski no incurre en la prosa austera que a menudo encontramos en los relatos de los supervivientes. En sus textos abunda una empatía por las víctimas que contradice la imagen de autómatas inhumanos que se les suele asignar.

“También los niños, los más pequeños que permanecen junto a sus madres, presienten el cercano desastre. Su intuición infantil les anuncia cosas terribles… Los besos y los mimos de su madre también les inspiran temor. Se acurrucan, se apretujan contra el corazón de su madre temerosos y lloran silenciosamente para no molestarla en su profunda pena”.

Y aunque no pretende dejarnos un recuento técnico del proceso de exterminio, a la manera de una deposición judicial para el futuro, no rehuye la descripción en detalle de momentos atroces. Como cuando enumera los efectos sucesivos de la incineración en los cuerpos: “Los brazos y las piernas comienzan a contorsionarse… estalla la piel y puede oírse el crepitar del fuego avivado por la grasa derramada… La cabeza tarda más en arder. De las órbitas surgen llamitas azules…”.

¿Quién podrá olvidar jamas semejante experiencia?

“Todo me devuelve al campo”, decía el superviviente ShlomoVenezia al final de su libro Sonderkommando. “Haga lo que haga, vea lo que vea, mi espíritu regresa siempre al mismo lugar. Es como si el `trabajo´ que tuve que hacer allí no hubiera salido nunca, realmente, de mi cabeza… Nunca se sale realmente del Crematorio”,

mujer mayor auschwitz
Camino del crematorio. Del album de Lily Jacob

Por momentos, Gradowski recurre a la tradición retórica más cercana, la literatura bíblica de las lamentaciones. Con una diferencia importante: dios no aparece, la catástrofe que les viene encima a los judíos no es un castigo divino por olvidar a dios, es un crimen absolutamente humano. Tan humano que dedica un amplio fragmento a la indiferencia moral del universo ante el dolor y el mal. Si en los felices tiempos del shetl, amaba la luna, “solía esperar su llegada tembloroso. Como un esclavo fiel podía estar durante horas admirando su esplendor y su magia…”, ahora se le pregunta:

“¿Por qué eres insensible, Luna, al horroroso duelo que ha envuelto el mundo?

¿Por qué permaneces insensible? ¿Acaso no echas de menos los millones de vidas palpitantes que vivían seguras, tranquilas y despreocupadas en toda Europa hasta que llegó la tormenta y las ahogó en un mar de sangre?

¿Por qué no miras hacia abajo, tú entrañable Luna, hacia el mundo completamente desierto y no pareces advertir los hogares en ruinas, las luces apagadas, las vidas desaparecidas? ¿No te preguntas siquiera adónde, adónde están los millones de vidas fecundas, los mundos trepidantes, las miradas de añoranza, los corazones llenos de alegría, las almas cantarinas?”.

¿Cuándo escribió esto Gradowski? ¿Al volver de una noche en el crematorio? Inicialmente el gaseamiento se llevaba a cabo preferentemente durante la noche, cuando el resto del campo dormía: “La noche, silenciosa y serena, fue penetrando en la eternidad como si nada hubiera sucedido aquel día en la tierra”.

Porque lo más revelador del texto de Gradowski no son sus descripciones, ni sus justificaciones, ni su empatía por las víctimas, ni su retórica, ni su irregular calidad literaria. Lo más revelador es él mismo. Lo que cuenta, en definitiva, no difiere de lo que han contado antes o después otros supervivientes del Sonderkommando. Ni siquera se recrea en actos de sadismo que abundan en tantos relatos, como los atribuidos al jefe del SK, el SS-Hauptscharführer Otto Moll, Malakh Hamoves, (el “ángel de la muerte” en yidish). Lo singular de los manuscritos de Gradowski es el “hecho” mismo de su escritura, que fuera posible escribir como él lo hace en aquel lugar y en aquel momento, y, por tanto, lo que esa escritura nos dice del estado “espiritual” de quien desempeña el trabajo más atroz del mundo.

En su comentario sobre la posición moral del Sonderkommando, Primo Levi apunta a la muerte del alma: “Pero no hay duda de que se trata de la muerte del alma: ahora bien, nadie puede saber cuánto tiempo, ni a qué pruebas podrá resistir su alma antes de doblegarse o de romperse. Todo ser humano tiene una reserva de fuerzas cuya medida desconoce: puede ser grande, pequeña o inexistente, y sólo la extrema adversidad puede ser valorada”.

Los textos de Gradowski son la medida de su alma. Un negativo que nos revela tanto o más de su interior que de lo que pasaba a su alrededor en el crematorio: “Si alguna vez quieres comprender, querido lector, quieres conocer nuestro “yo”, medita profundamente en estas líneas y podrás hacerte una imagen de nosotros y entenderás también por qué hemos sido de ésta y no de otra manera”.

“Es preciso endurecer el corazón, matar toda sensibilidad, acallar todo sentimiento de dolor. Es preciso reprimir el horroroso sufrimiento que recorre como un huracán todos los rincones del cuerpo. Es preciso convertirse en un autómata que nada ve, nada siente y nada comprende”.

¿Cómo pasaba de ese estado de abandono psicológico al de conciencia activa del escritor? ¿Le servía como terapia? ¿Escribía de inmediato a la vuelta de la cámara de gas o necesitaba tiempo? ¿Se puede hacer literatura después del crematorio? ¿En qué condiciones escribía? ¿Era un ejercicio secreto o compartido con sus compañeros de barracón? ¿Vivía con el temor de ser descubierto? El desasosiego acompaña a la lectura porque pocas veces el acto mismo de escribir se hace tan presente y se solapa con la imaginación de los hechos que convoca la escritura. En un ensayo reciente, Matters of Testimony: interpreting the Scrolls of Auschwitz, Nicholas Care y Dominic Willimas argumentan que a los manuscritos de Auschwitz no se les ha prestado la atención suficiente, que son un archivo de la literatura del Holocausto “under-read“, leídos “por debajo” de su potencialidad textual.

Crematorio IV at Birkenau in 1943
El crematorio IV en 1943. Fue ddestruido en la revuelta del SK en octubre de 1944.

“Escribí esto durante el período en que estuve en el Sonderkommando“, anota Gradowski en la carta final. “Lo había enterrado, entre montículos de cenizas, pensando que era el lugar seguro… Pero últimamente se han dedicado a eliminar rastros por todas partes, y cuando ya había demasiada ceniza, nos ordenaron desmenuzarla y arrojarla al Vístula para que se la llevara la corriente… Querido descubridor, busca en cada trocito de tierra porque debajo de la superficie se han enterrado decenas de documentos… En este lugar hay también muchos dientes enterrados. Los esparcimos nosotros… para que el mundo pudiera hallar los rastros de millones de personas asesinadas. Nosotros mismos ya hemos perdido la esperanza de llegar vivos al momento de la liberación… Ante nuestros ojos sucumben ahora decenas de miles de judíos de Chequia y Eslovaquia. Estos judíos hubieran podido tener esperanzas de ser liberados. Pero allí donde los bárbaros se ven amenazados por el peligro arrastran consigo a los judíos que quedan con vida… Nosotros, los del Sonderkommando, hace ya mucho tiempo que queríamos acabar con este siniestro trabajo que nos han obligado a hacer bajo amenazas de muerte. Queríamos hacer algo grande. Las personas del lager nos han obligado a aplazar el momento de la rebelión. Pero el día está cercano. Puede ser hoy o mañana. Escribo estas palabras en momentos de máximo peligro y agitación nerviosa. Que el futuro emita su veredicto sobre nosotros fundándose en estas notas mías, que el mundo vea en ellas -aunque sea un resumen mínimo- de este trágico mundo en el que hemos tenido que vivir.

Zalmen Gradowski. 6 de septiembre de 1944″.

Un mes y un día después, el 7 de octubre de 1944, por fin estalló la rebelión. Fue una revuelta desorganizada y parcial. Los rumores sobre la inminente liquidación del Sonderkommando precipitaron el levantamiento. El detonante fue la orden de hacer una lista de 300 miembros del SK del crematorio IV para su evacuación. En la revuelta, los prisioneros destruyeron el crematorio IV , mataron a tres SS e hirieron a doce. La reacción de los SS acabó con unos 450 miembros del Sonderkommando, entre ellos uno de los líderes de la rebelión, Zalmen Gradowski.

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Vista actual del campo de Birkenau

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