hijo-de-saúl
Fotograma de la película El hijo de Saúl

LOS SS A LAS VÍCTIMAS: “NADIE OS CREERÁ”

“Aunque lo contásemos no nos creerían”. Era una pesadilla recurrente de los prisioneros de los campos de concentración nazis (Konzentrazionslager o KL en alemán). Contar con apasionamiento y “no ser creídos, ni siquiera escuchados”. Evocando este temor comienza Primo Levi Los hundidos y los salvados, la obra que cierra su trilogía de Auschwitz:

“[Las primeras noticias vagas ya en el año 42 perfilaban] una matanza de proporciones tan vastas, de una crueldad tan exagerada, de motivos tan intrincados, que la gente tendía a rechazarlas por su misma enormidad. Es curioso que este rechazo hubiese sido confiadamente previsto por los propios culpables… Muchos supervivientes recuerdan que los soldados de las SS se divertían en advertir cínicamente a los prisioneros: `De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno logra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiados monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la escriba”.

No ha sido así. A lo largo de 70 años, el testimonio de las víctimas ha ido ganando espacio en la historia del Lager. Pero no siempre fue así. Ahora, cuando el exterminio de los judíos europeos ha alcanzado la categoría de capítulo central en la historia del nazismo y la Segunda Guerra Mundial, resulta difícil entender que en los primeros años de la posguerra se le prestara una atención más bien escasa.

“Poco años después de la Segunda Guerra Mundial, empecé a preguntarme por qué la muerte de millones de judíos europeos en lugares de ametrallamiento y cámaras de gas llamaba tan poco la atención en Estados Unidos”, cuenta Raül Hillberg en el prefacio de la primera edición en castellano de su obra seminal La destrucción de los judíos europeos (1960). “Ni siquiera la comunidad judía estadounidense, que debido a la catástrofe se había convertido automáticamente en la mayor del mundo, manifestó mucho ultraje o desesperación”. Medio siglo después, el giro ha sido radicalSi exceptuamos Israel y, en cierto modo los recordatorios de expiación en Alemania, Estados Unidos se ha convertido en el país que conmemora con mayor intensidad la memoria del exterminio -desde los Oscar de Hollywood a las calles de Washington, la única capital fuera de Israel con un museo del Holocausto.

Primo Levi también experimentó el desinterés por la experiencia en el Lager en la más inmediata posguerra. Si esto es un hombre se “publicó por primera vez en 1947, con una tirada de 2.500 ejemplares que fueron muy bien acogidos por la crítica, pero que sólo se vendieron en parte: los 600 ejemplares que quedaron, depositados en Florencia en un almacén de libros no vendidos, se anegaron en las inundaciones de otoño de 1966”. Hoy Si esto es un hombre se cuenta entre los libros imprescindibles del siglo XX.

Elie Wiesel tardó más de 10 años en escribir sus memorias de Auschwitz. Sólo se decidió persuadido por el escritor François Mauriac y, pese al apoyo del premio Nobel francés, le costó encontrar editor. Al igual que Levi, la primera edición de La noche no arrasó en las librerías: “La traducción en inglés se publicó en 1960” recordaba Wiesel, “y la primera tirada de 3.000 ejemplares tardó tres años en venderse”. A estas alturas, sólo en inglés, se han venido más de 6 millones de ejemplares de La noche.

Y no fue hasta mediados los 70 cuando Claude Lanzmann comenzó a grabar su “monumento” documental Shoa. Se estrenó en 1985, 40 años después de los acontecimientos que recuerdan sus entrevistados.

lanzmann shoa

La destrucción de los judíos europeos, Si esto es un hombre, La noche, ShoaCuatro obras esenciales en la reconstrucción de una experiencia, la del Holocausto, que tardó en abrirse paso hasta instalarse en la conciencia colectiva como el acontecimiento moral más devastador del siglo XX.

Pero si hay un testimonio esencial que ha recorrido un camino aún más largo y tortuoso entre el azar, el recelo y la vergüenza, ése es el relato del Sonderkommando. Más allá de sus méritos cinematográficos, la reciente película El hijo de SaulGrand Prix en Cannes 2015 y Oscar de Hollywood 2016se puede tomar como pretexto para repasar el contexto de una de las figuras más controvertidas del “universo concentracionario” nazi.

EL SONDERKOMMANDO DE AUSCHWITZ-BIRKENAU

El filólogo alemán (y judío) Viktor Klemperer -cuya milagrosa supervivencia en Dresde a lo largo de los 13 años del Tercer Reich daría para otra larga entrada- recogió en un libro, Lingua Tertii Imperi (LTI)sus apuntes sobre la perversión de la lengua alemana bajo el nazismo. Un aspecto muy relevante porque, una vez más, la manipulación del lenguaje precedió al crimen. Si el eufemismo más célebre del nacionalsocialismo fue llamar al exterminio “Solución final de la cuestión judía “(Die Endlösung der Judenfrage), el adjetivo “sonder” (especial) se utilizó a menudo como cobertura semántica de la muerte.

Tres ejemplos: “Sonderbehandlung” (tratamiento especial) encubrió el asesinato político. “Sonderkommando” (Escuadra Especial) designó a los operarios de la muerte en el Lager. Sonderaktion 1005″  disfrazó uno de los cometidos más aberrantes del exterminio: desenterrar e incinerar decenas de miles de cadáveres sepultados inicialmente en fosas comunes. Una orden de Himmler que buscaba destruir cualquier prueba del exterminio (y, de paso, evitar la contaminación de las aguas freáticas cercanas a Auschwitz). Fue precisamente ésta una de las tareas más atroces del Sonderkommando. Uno de sus miembros contaba años después cómo jamás pudo quitarse de la cabeza la visión apocalíptica de cadáveres empujados hacia arriba desde el fondo de la tierra por los gases de la putrefacción. 

Y es que por mucho que bajo el nazismo “sonder/especial” se moviera en la vecindad de la  muerte, el calificativo se quedaba corto en el caso del Sonderkommando. Los SS les asignaron una misión insólita en la historia de la crueldad humana. Se estima que entre 1942 y finales de 1944, unos 2.000 hombres, la mayoría judíos, fueron destinados al Sonderkommando de Auschwitz-Birkenau. No sobrevivieron más de 100.

Durante unas semanas, unos meses o quizá años -ellos no podían saberlo- se mantenían en el mundo de los vivos a cambio de convivir con los muertos: recibían a las puertas de la cámara de gas a los judíos que llegaban escoltados por los SS desde la plataforma del ferrocarril, les acompañaban durante cerca de una hora mientras se desvestían en la antesala de la muerte y finalmente colaboraban en todo el proceso de eliminación física; desde el traslado de los cadáveres gaseados a los pozos en llamas y al horno crematorio hasta la molienda de los huesos más resistentes y el lanzamiento al Vístula de los montones de ceniza.

Vivían aislados del resto del campo y, en tanto que “portadores del secreto” (Geheimnisträger), Heydrich comparaba su destino con los constructores de las tumbas de los faraones: nunca saldrían vivos de aquella pirámide infernal.

quemando cadáveres sonderkommando
Una de las cuatro fotos “robadas” que muestran al Sonderkommando de Ausschwitz

No sólo al mundo exterior  le podía resultar inconcebible lo que estaba ocurriendo en el corazón de Europa. Nikolaus Wachsmann recoge en KL. Historia de los campos de concentración nazis cómo la incredulidad acompañaba incluso a las víctimas más “racionales” hasta las mismas puertas de las cámaras de gas:

“Después de que un transporte de judíos de Tarnów supiera por los miembros del Sonderkommando que iban a ser asesinados en las cámaras de gas, se quedaron en silencio, serios y luego con voces quebradas comenzaron a rezar el Vidui (la plegaria confesional previa a la muerte). Sin embargo, no todos podían creerlo.Un joven se subió a un banco para tranquilizar a los otros, diciéndoles que no iban a morir, dado que el asesinato masivo de inocentes, de una manera tan salvaje, era algo impensable en ningún lugar de la tierra”.

La “selección” marcaba la diferencia, a veces azarosa, entre la vida y la muerte. El francés Paul Steinberg recuerda en Crónicas de un mundo oscuro cómo salvó la vida gracias a unas palabras gritadas en alemán y a unos conocimientos elementales de química aprendidos en un manual que leyó días antes de la deportación. Le destinaron a las escuadras de trabajo de la química IG Farben, como a Primo Levi. Los otros, escoltados por los SS, caminaban directos hacia la muerte. Nadie se salvaba. Los ancianos y enfermos que apenas podían tenerse en pie no entraban en las cámaras de gas. Eran ejecutados “discretamente” en el pasillo del crematorio por los SS con la asistencia de los miembros del Sonderkomando.

“Para nosotros era, con mucho, la tarea más penosa”, recuerda Shlomo Venezia en Sonderkommando.”No podía existir nada más duro que llevar a aquella gente a la muerte y sujetarlos mientras eran ejecutados. Ciertamente, tuve que ayudar a una anciana a desnudarse. Como todas las personas de edad, estaba apegada a sus cosas. Y además, ante un hombre al que no conocía, la pobre estaba por completo trastornada. Cada vez que intentaba quitarle las medias, ella volvía a subirlas; yo bajaba la de un lado y ella se subía la otra. Pero la cosa comenzaba a resultar peligrosa, pues si el alemán esperaba demasiado, yo podía pagarlo con mi vida. No sabía qué hacer… comencé a ponerme nervioso. Es una de las cosas que recuerdo como… tenía los nervios de punta. La agarré con fuerza para quitarle las medias. Las hubiera desgarrado incluso para que las soltara. La pobre, protegía lo que podía. Pero acabó como los demás”. Venezia continúa explicando la “técnica” que empleaban para ahorrarle la salpicadura de sangre al SS que disparaba el tiro en la nuca: “Verse salpicado así molestaba al alemán”.

Evitar a los SS las tareas más penosas del exterminio explica la concepción del Sonderkommando. “Se ha atestiguado que no todos los miembros de las SS aceptaban sin rebeldía la matanza como tarea cotidiana”, comenta Primo Levi. “Delegar la parte más sucia del trabajo tenía que servir para aliviar algunas conciencias”. Y lo más “sucio” no sólo era el trabajo físico, “la salpicadura de la sangre”, el acarreamiento de los cuerpos, sino el moral, el drama psicológico ante los que iban a morir: “Decir la verdad aumentaba la agonía de las víctimas: yo siempre trataba de no mirar a la gente a los ojos, para que no pudiesen descubrir la verdad”, cuenta Venezia.

olere en la puerta de la cámara de gas
Dibujo de David Olère, superviviente del Sonderkommando

La rutina del Sonderkommando desafía a la imaginación. Después de acompañar a las víctimas, desorientadas y engañadas hasta la cámara de gas -la mayoría mujeres, niños y ancianos- , venían los gritos y la desesperación, los ruidos de la lucha por una bocanada de aire y después… el silencio. Media hora después se abrían las puertas y los cuerpos amontonados y entrelazados se derramaban a la entrada.

A partir de ahí se imponía la división del trabajo en el Sonderkommando, tantas veces comparada con la línea de montaje de una “fábrica” de muerte. Unos cortaban el pelo de las mujeres para enviarlo a una empresa textil en Alemania, otros extraían las piezas de oro de la dentadura de los difuntos; el resto se repartía entre los que trasladaban los cadáveres al crematorio -agrupándolos en función de la grasa para que ardieran mejor- y los que limpiaban los restos de sangre y excrementos de la cámara de gas hasta dejarla lista para el siguiente “transporte”. Al final de un día, el ritmo de esta mortífera “cinta transportadora” hacía desaparecer a unas 2.500 personas.

En los primeros tiempos, los SS confinaban la actividad exterminadora a la noche, cuando el resto del campo dormía, pero cuando llegaron los meses de mayor actividad, la pesadilla no se detuvo ni de día ni de noche -como en el verano de 1944, cuando se ejecutó la deportación y exterminio de 400.000 judíos húngaros. En total, entre 1942 y 1945, la cadena del matadero humano de Auschwitz devoró más de un millón de judíos procedentes de los lugares más dispares de Europa, desde las aldeas de Tesalónica hasta los bulevares de París.

olere sonderkommando saliendo de la cámara

En apenas dos horas, la vida de miles de hombres, ancianas y ancianos, mujeres y niños, se convertía en humo y ceniza. ¿Nunca se rebelaron? Llegaban aturdidos, agarrotados por el hambre y la sed tras viajar cuerpo contra cuerpo durante días en vagones sellados de ganado. La confusión y la incertidumbre, la angustia por la separación de los familiares, la llegada a un lugar desconocido, las órdenes en lenguas incomprensibles, la visión de los SS, los ladridos de sus perros… Todo se conjuraba para que la multitud avanzara con resignación y mansedumbre hacia la muerte. Pero no siempre y no todos.

Hungarian Jews
Selección de judíos húngaros (1944); foto “salvada” en el album de Lyli Jacob

 HIMMLER: “UNA PÁGINA GLORIOSA DE NUESTRA HISTORIA”

El kommandant de Auschwitz, Rudolf Höss, recordaba en su autobiografía –Yo, comandante de Auschwitz, escrita a la sombra del patíbulo- cómo “los recién llegados preguntaban sobre la vida en el campo y muchos también sobre sus familiares y amigos llegados en transportes que les habían precedido”.

Su descripción del Sonderkommando –tomada al pie de la letra, entre otros, por Hanna Arendt- contribuyó a la imagen negativa de estos prisioneros durante años:Era interesante ver cómo el Sonderkommando les mentía, cómo enfatizaban sus mentiras con palabras y gestos. Muchas mujeres escondían a sus bebés bajo montones de ropa. Algunos miembros del Sonderkommando vigilaban para que esto no sucediese y luego hablaban con las mujeres hasta convencerles de que se llevaran a sus bebés consigo. Las madres trataban de esconder a los pequeños porque temían que el proceso de desinfección les hiciera daño. Los niños lloraban, sobre todo por el lugar desacostumbrado en el que les desvestían. Pero después de que sus madres o el Sonderkommando les animaran, se calmaban. Continuaban así, jugando entre ellos o con un juguete entre las manos, mientras entraban en las cámaras de gas”.

“También vi cómo algunas mujeres que sospechaban lo que iba a suceder, con el temor a la muerte visible en sus caras, eran capaces de sacar fuerzas de su interior para jugar con sus niños y hablarles con palabras cariñosas. En una ocasión una mujer con cuatro hijos, agarrados todos de la mano para ayudar a los más pequeños a caminar por el terreno escabroso, pasó lentamente junto a mí. Se me acercó y me dijo al oído, señalando a sus cuatro hijos, `¿cómo puede asesinar a estos niños encantadores? ¿No tiene corazón?´. En otro momento, un anciano murmuró mientras pasaba frente a mí, “Alemania pagará una pena amarga por el asesinato masivo de los judíos´. Sus ojos brillaban con odio mientras hablaba y, pese a todo, entró con valentía en la cámara de gas sin preocuparse por los demás.[…]

De vez en cuando, algunas mujeres empezaban a lanzar de repente gritos terribles mientras se desvestían. Se tiraban de los pelos y actuaban como si se hubieran vuelto locas. De inmediato se las llevaba detrás de la granja  [las primeras cámaras de gas de Birkenau se camiflaron en dos granjas] y se les pegaba un tiro en la nuca con una pistola de pequeño calibre. A veces, cuando veían al Sonderkommando abandonar la sala, las mujeres se daban cuenta de su destino y empezaban a lanzarnos todo tipo de maldiciones. Mientras las puertas se cerraban, vi a una mujer que trataba de sacar a sus hijos de la cámara de gas gritándonos, `por qué no dejáis al menos vivir a mis preciosos hijos.

Se dieron muchas escenas como ésta que rompían el corazón y afectaban a todos los que estaban presentes. En la primavera de 1942, cientos de personas en la flor de la vida pasaron bajo los árboles cargados de fruta de la granja caminando hacia su muerte en la cámara de gas; la mayoría sin tener ni idea de lo que iba a pasar. Hasta el día de hoy me vienen las imágenes de las llegadas, las selecciones y la procesión hacia su muerte”.

Mengele Höss
Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, entre el doctor Mengele y Josef Kramer

“Escenas que rompían el corazón”, dice uno de los mayores gestores del exterminio. ¿Cinismo? ¿perversión moral? Sin duda. Pero si así se sentía un testigo no predispuesto precisamente a la simpatía por las víctimas, el SS-Obersturmbannführer Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, cabe preguntarse cómo podía el resto llevar adelante una tarea cotidiana como ésta sin derrumbarse.

La respuesta, en el caso de los nazis más implicados, está en el grado inhumano que alcanzó el fanatismo antisemita. Se veían a sí mismos cumpliendo un deber patriótico; una misión dolorosa y, sin embargo, histórica.

Höss recuerda lo impactados que quedaban algunos de los altos mandos del partido y de las SS al contemplar el proceso de exterminio en Auschwitz: “Algunos de los que habían pronunciado los  discursos más fanáticos sobre la necesidad del exterminio quedaban mudos al ver en funcionamiento la Solución Final de la cuestión judía. Me preguntaban una y otra vez cómo yo y mis hombres podíamos soportar este proceso día tras día. Siempre les di la misma respuesta: que sólo una determinación férrea podía cumplir las órdenes de Hitler y que ésta sólo se podía alcanzar sofocando toda emoción humana. Incluso [el general de las SS] Mildner y Eichmann, que tenían reputación de duros me dijeron que no se cambiarían por mí. Nadie envidiaba mi trabajo”.

Pocas palabras proyectan mejor esta retórica inhumana que los discursos secretos del  SS-Reichsführer Heinrich Himmler en Pozan a mandos de las SS y del régimen nacionalsocialista el 4 y el 6 de octubre de 1943, uno de los escasos documentos conservados en los que se habla con claridad, sin eufemismos, del exterminio:

“La frase `los judíos deben ser exterminados´ se dice pronto pero exige de quien la pone en práctica lo más duro y difícil que hay en el mundo […] Os pido con insistencia que escuchéis simplemente lo que digo aquí en la intimidad y que nunca habléis de ello. Se nos planteó la cuestión siguiente: `¿Qué hacemos con las mujeres y los niños?´Me decidí y también aquí encontré una solución evidente. No me sentía con derecho a exterminar a los hombres y dejar crecer a los hijos que se vengarían en nuestros hijos y nuestros nietos. Fue preciso tomar la grave decisión de hacer desaparecer a ese pueblo de la faz de la Tierra. Para la organización que tuvo que realizar esta tarea fue la cosa más dura que había conocido […] La mayoría de vosotros sabéis lo que significa estar ante 100 cadáveres o 500 0 1.000. Haber pasado por eso y -salvo excepciones por la debilidad humana – seguir siendo personas decentes es lo que nos ha endurecido. Esta es una página gloriosa de nuestra historia que jamás se ha escrito y nunca se escribirá”.

Aliviar la carga psicológica a los ejecutores alemanes, acelerar el mecanismo industrial del exterminio y, en última instancia, ocultar el rastro de “una matanza de proporciones tan vastas” explican la ingeniería que llevó a una burocracia creativa a desarrollar el complejo cámara de gas más crematorio e insertar como operarios indispensables en el engranaje de la matanza a las propias víctimas.

La-Zona-Gris-Vcd

LA ZONA GRIS

“Haber concebido y organizado las Escuadras Especiales ha sido el delito más demoníaco del nacionalsocialismo”, escribió Primo Levi. “Uno se queda atónito ante este refinamiento de perfidia y de odio: tenían que ser los judíos los que metiesen en el horno a los judíos. Esa subraza, esos seres infrahumanos se prestaban a cualquier humillación, hasta la de destruirse a sí mismos… Las Escuadras Especiales, como portadoras de un horrendo secreto, estaban rigurosamente separadas de los demás prisioneros… Sobre estas escuadras ya circulaban historias vagas y parciales entre los que estábamos prisioneros… Esta situación ha impuesto una especie de reserva especial”.

A la vez víctimas y colaboradores, Levi coloca a los miembros del Sonderkommando en la “zona gris” (de donde toma el título otra película sobre el la Escuadra Especial, La zona de gris, de Tim Blake Nelson, 2001): “El horror intrínseco a esta situación humana ha impuesto a todos los testigos una especie de reserva, por la cual aún ahora es difícil hacerse una idea de lo que significaba estar obligado a realizar durante años tal oficio”. De estos hombres, añade, no se puede esperar una declaración verídica, sino otro tipo de cosa “que está entre el lamento, la blasfemia, la expiación y el intento de justificación, de recuperación de sí mismos”. Su situación  plantea preguntas perturbadoras al escritor italiano: ¿por qué aceptaron aquella tarea? ¿por qué no prefirieron la muerte? Incluso a él, superviviente de Auschwitz, le resulta difícil, casi imposible, imaginarse cómo estos hombres vivieron día a día, cómo se contemplaron a sí mismos y aceptaron su condición.Y concluye invocando la impotentia judicandi, la suspensión del juicio: “nadie está autorizado a juzgarlos, ni quien ha vivido la experiencia del Lager ni, mucho menos, quien no la haya vivido”.

primolevi1
Primo Levi, 1919-1987

En su comentario, Levi se apoya en gran medida en el relato del médico Miklós Nyiszli, Auschwitz: A Doctor’s Eyewitness Account, uno de los primeros testimonios sobre el Sonderkommando publicado a principios de los 50. Pese a ciertas críticas que ponen en duda algunas de sus afirmaciones, las memorias de Nyiszli aún se toman como referencia en las imágenes más publicitadas del Sonderkommando. Tanto El hijo de Saúl como La zona gris toman el relato del médico húngaro como base de sus guiones.

Durante ocho meses, Nyiszli vivió muy cerca de la Escuadra Especial, entre otras cosas, porque era su médico. Pero su función más importante, por la que salva la vida, era asistir como patólogo al infame doctor Mengele, el “Ángel de la Muerte”. Nyiszli describe a los miembros del Sonderkommando como prisioneros privilegiados que celebraban en mesas alargadas con manteles y candelabros (así lo refleja La zona gris) auténticos festines con la comida y las pertenencias que los judíos no soltaban hasta las puertas de las cámaras de gas.

Pero es otra historia de su libro la que interesa a los guionistas de La zona gris y El hijo de Saul: al desenredar los cuerpos gaseados para trasladarlos al crematorio, los miembros del Sonderkommando encuentran en el suelo con una joven que aún vive. Milagro. Aún inconsciente se la llevan al médico. “Los hombres del comando estaban en un estado de pánico”, cuenta Nyiszli.”Nunca había encontrado nada así en el tiempo de su horrible trabajo”. Tal vez ha caído con la cara vuelta hacia el suelo húmedo y ese poco de humedad, sospecha Nyiszli, ha evitado su asfixia puesto que el gas Zyklon-B no reacciona en condiciones de humedad. El médico la reanima a base de inyecciones.  “Abrió los ojos y miró fíjamente al techo”. Poco a poco recupera el color y el ritmo de la respiración. Nyiszli intenta lo imposible. Convencer a Erich Mühsfeldt, el SS-Oberschraführer  al mando del Sonderkommando, de que permita vivir a la joven. Mühsfeldt inicialmente duda, luego decide:

“Una chica de dieciséis años, con su absoluta ingenuidad, contará de dónde ha salido a la primera persona que se cruce con ella. La noticia correrá como la pólvora y nosotros pagaremos con la vida por haberlo permitido. No hay salida. La chica debe morir”, sentencia Mühsfeldt. Media hora después, en el corredor del crematorio, otro SS le pega un tiro en la nuca.

El incidente le permite a Primo Levi elaborar algunas de las reflexiones más sugerentes de Los hundidos y los salvados: “…Estos esclavos embrutecidos por el alcohol y por la matanza cotidiana se han transformado; delante de sí no tienen ya una masa anónima, el río de gente espantada, atónita, que baja de los vagones: lo que hay es una persona”.

Una persona. Un rostro singular entre miles de condenados cuya identidad queda diluida por las dimensiones enormes de una matanza incesante. De esta idea germina El hijo de Saúl (muy diferente al tratamiento que La zona gris da del mismo incidente). ¿Cómo se llora por seis millones?

Comenta Levi: “No hay proporción entre la piedad que experimentamos y la amplitud del dolor que suscita la piedad: una sola Ana Frank despierta más emoción que los millares que como ella sufrieron, pero cuya imagen ha quedado en la sombra. Tal vez deba ser así; si pudiésemos y tuviésemos que experimentar los sufrimientos de todo el mundo no podríamos vivir. Puede que sólo a los santos les esté concedido el terrible don de la compasión hacia mucha gente; a los sepultureros, a los de la Escuadra Especial y a nosotros mismos no nos queda, en el mejor de los casos, sino la compasión intermitente dirigida a los individuos singulares, al Mitmensch, al prójimo: al ser humano de carne y hueso que tenemos ante nosotros, al alcance de nuestros testimonios que, providencialmente, son miopes”.

(continuará: La versión del Sonderkommando)

Schindler's List
Un rostro entre la multitud. La lista de Schindler de Steven Speilberg

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s