Mitterrand (1) la force

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

LA FUERZA TRANQUILA

“No quiero parecer el cura del pueblo”, se quejó Mitterrand cuando le enseñaron la primera versión de su cartel electoral. En respuesta a sus reparos, los publicistas eliminaron la cruz y difuminaron el campanario bajo el célebre lema electoral: “La fuerza tranquila “. Pero el mensaje permanecía intacto: “Mitterrand era parte del paisaje de Francia. Se podía confiar en él y poner el futuro del país en sus manos”, dice Philipe Short. El elemento clave: la confianza. Cambio y protección en una postal de la Francia eterna.

François Mitterrand venía de perder dos elecciones presidenciales. La de 1965 frente a De Gaulle fue “una dulce derrota”. Sólo él se atrevió a desafiarle. El general vivía un momento de gracia después de sacar a Francia del trauma de Argelia. Nadie quería terminar su carrera política arrollado por De Gaulle. Pero Mitterrand dio el paso. Y cuando nadie lo esperaba, forzó al presidente a ir a una segunda vuelta: “¡Blasfemia!” exclamó Pierre Viansson-Ponté en Le Monde -el mismo editorialista a quien se recuerda, oh injusto mundo, por aquel “Francia se aburre…”  en el que se lamentaba de la abulia estudiantil ¡tan sólo dos meses antes del estallido del 68!-.

En la segunda vuelta, De Gaulle obtuvo un 55% y Mitterrand un más que meritorio 44%. Lejos de certificar su defunción política, el resultado impulso su resurrección encarnando una nueva -otra más- vida política, la de candidato presidencial a la espera de su momento. Y larga fue la espera: 16 años de resistencia y resiliencia.

Fue en ese tiempo cuando Mitterrand se hizo más socialista que nunca. Son los años de la refundición y refundación del Partido Socialista (Épinay, 1971) y del acercamiento a los comunistas, convencido como estaba de que la izquierda nunca llegaría al poder sin su apoyo. El pacto se sustanció en el famoso Programa Común de la izquierda.

A lo largo de su carrera política, Mitterrand dio muestras sobradas de su habilidad política para revertir a su favor el impulso de sus rivales, pero, si hay que primar alguna de sus maniobras por encima de las demás, son muchos los que señalarían su absorción del poder electoral del Partido Comunista Francés. Su pacto transformó a lo largo de los años el equilibrio de fuerzas en la izquierda hasta conseguir que los socialistas arrebataran definitivamente la hegemonía  que ejercía el PCF desde la posguerra.

La decadencia de la fuerza comunista se vería con claridad en los 80. Antes, en 1974, Mitterrand perdía su segundo envite presidencial en unos comicios adelantados por la muerte del presidente Georges Pompidou. El margen fue estrechísimo: 425.000 votos. Giscard: 50,81%. Mitterrand: 49,19%. ” Al final”, explica Short, “Francia dudó… Cuando llegó el momento de votar, el miedo fue más poderoso que el deseo de cambio. Giscard representaba la continuidad -la paz y la seguridad que vendía su cartel electoral-. Mitterrand, aliado con los comunistas en tiempos de Guerra Fría, era un salto hacia lo desconocido. El país no estaba preparado”. “La situación debe madurar un poco más”, dijo el líder socialista una semana después de su segunda derrota electoral. Asumió con paciencia que su momento aún no había llegado.

Giscard cartel
Un cierto aire kennedyano: la campaña familiar de Giscard D’Estaing en el 74

En 1981 “la situación” había madurado lo suficiente. Fueron de gran ayuda los fallos y la actitud soberbia del presidente Giscard D’Estaing-el escándalo de los diamantes de Bokassa quedaría como su error más sonado- y la escasas posibilidades de los otros candidatos, el comunista Georges Marchais y el gaullista Jacques Chirac. Mitterrand aparecía como la única alternativa sólida. Pero “tenía un problema de imagen”, recuerda Short: ” taimado, poco fiable, listillo, un político del pasado en el que uno no puede confiar en exceso”.

Darle la vuelta a esa imagen fue la prioridad de su campaña. Debía enfatizar sus raíces provincianas y proyectar la imagen de un hombre con los pies en la tierra cuyos rasgos dominantes eran la contemplación, la fuerza interior y la voluntad: no estaba de más recordar sus tres fugas del campo de prisioneros de guerra. La clave, señala Short, fue la contratación del extravagante y genial publicista Jacques Séguéla, un tipo que conducía un Rolls Royce rosa por las calles de París y acababa de convertir en superventas sus memorias “No le digas a mi madre que trabajo en publicidad. Cree que soy pianista en un burdel“. En el momento de escribir estas líneas aún vive.A sus 81 años, disfruta de un lema envidiable para mantenerse activo: “La vejez empieza cuando tus remordimientos superan a tus sueños”.

Seguela había ofrecido sus servicios a Giscard, Chirac y Mitterrand. Sólo éste último aceptó. “El resultado fue la primera campaña electoral moderna en la historia política francesa”. Seguela transformó a Mitterrand -y él, por una vez, se dejó aconsejar-. Le cambió el vestuario -“nadie va a escucharte hablar de solidaridad si vistes como el oficinista de un banco”-. Le recomendó un estilo más “de izquierdas” con gradaciones de color y tejidos desestructurados como la lana. Un dentista le arregló la boca para limar el ligero aspecto vampírico de sus dientes – “nunca serás elegido presidente con esa dentadura”-. Al cambio de imagen le acompañaba un verdadero programa de izquierda -el último programa de izquierda de Europa Occidental- que prometía, vía gasto público, el final de cinco años de austeridad.

A su rival, el presidente Giscard, no le funcionó está vez la estrategia del miedo a los comunistas. La primera vuelta había demostrado que el PCF era una fuerza en declive. No daban miedo. Marchais obtuvo un miserable 15%. Por primera vez desde la posguerra, los comunistas bajaban del 20%. Mitterrand les estaba devorando y no se enteraban. En la segunda vuelta, el candidato socialista aprovechó la división en la derecha. Sacó los golpes más letales a Giscard del argumentario de primera vuelta de Chirac, el otro candidato de la derecha. Al final del día, el resultado fue ajustado aunque no tanto como en el 74. Mitterrand ganó con el 51,76% frente al 48,24% de Giscard. “A las ocho de la tarde del domingo 10 de mayo de 1981, Francia se descubría con un presidente socialista”. La primera gran victoria de la izquierda desde el Frente Popular de Leon Blum en 1936. François Mitterrand alcanzaba la máxima magistratura de Francia a la edad de 64 años. Largo había sido el camino desde su comienzo precoz como ministro de la IV República con poco más de 30 años.

LA APOTEOSIS

De su investidura, Short se detiene en el “momento socialista” de la puesta en escena: el paseo por el boulevard Saint Michel y luego calle arriba por la rue Soufflot hasta el Panteón acompañado por una multitud que avanzaba en “alegre confusión” detrás del presidente [la escena se puede ver al final del vídeo adjunto]. Por las “alamedas del hombre libre”, caminaban cogidos de los brazos  los dirigentes del socialismo francés y referentes internacionales de la izquierda como Willy Brandt, la viuda de Allende, Olf Palme, Felipe González, Mario Soares, Bettino Craxi, artristas y escritores como García Márquez, William Styron, Arthur Miller o la actriz griega Melina Mercouri. La orquesta y coros de París dirigidos por Daniel Barenboim puso el acompñamiento musical con la Oda a la alegría de la Novena de Beethoven.

“Cuando el presidente llegó a la explanada ante el mausoleo, la procesión se detuvo. Entró solo, con unas rosas en la mano. Dentro, a la vista de millones de franceses que seguían la retransmisión en directo, dejó las rosas en las tumbas del histórico líder socialista Jean Jaurès, del héroe de la Resistencia, Jean Moulin, y de Victor Schoelcher, humanista del XIX que luchó por la abolición de la esclavitud en las colonias francesas”. La ceremonia se alargó porque Barenboim, molesto por una interrupción, retomo todo el cuarto movimiento y obligó a Mitterrand a aguantar de pie ante el Panteón durante ocho minutos que desesperaron a su dispositivo de seguridad. Al terminar los compases finales de La Marsellesa cantada por Plácido Domingo, la muchedumbre desbordó los controles policiales y la exaltación popular rodeó al presidente. “Más que inauguración de mandato, fue la apoteosis”, comenta Short.

Frente a la alegría, el terror de la otra mitad de Francia. Como si las celebraciones socialistas en La Bastilla hubieran convocado a los espectros de la revolución, los empresarios cancelaron inversiones y más de un millonario fue interceptado cruzando la frontera suiza con el coche repleto de joyas. Miedo, incertidumbre, desconfianza. En los 10 días que siguieron a la victoria de Mitterrand, el Banco de Francia tuvo que gastar 5.000 millones de dólares, un tercio de sus reservas, para frenar la fuga de capitales y sostener al franco.

En aquel momento “caliente” de la Guerra Fría -Afganistán, boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú, el debate de los euromisiles-, los comunistas iban a subir por las escaleras del palacio de Matignon para sentarse en un gobierno de Europa occidental. Ya antes de ganar las elecciones, Mitterrand había enviado emisarios en secreto al presidente Reagan. No debía importarle el papel que jugaran los comunistas, Francia seguiría siendo un firme aliado de la OTAN (de hecho, Mitterrand superó en atlantismo a predecesores y sucesores). Aún así, el presidente de EEUU tardó 48 horas en felicitarle por su victoria. Mensajes de tranquilidad hacia fuera y hacia dentro. “Seré el presidente de todos los franceses”, dijo. “Quiero convencer, no conquistar”.

Pero Mitterrand no estaba dispuesto a abandonar el Programa Común de la izquierda en aras de una tranquilidad inmediata. Al fin y al cabo le habían elegido para eso, ¿no? Las promesas se convirtieron en leyes: los trabajadores franceses consiguieron una quinta semana de vacaciones pagadas, la edad de jubilación se rebajo desde los 65 a los 60 años, la jornada laboral se redujo de 40 a 39 horas semanales, se restringió el despido, aumentaron el salario mínimo y los subsidios dirigidos a las familias más pobres, el Estado contrató a cientos de miles de funcionarios y el Ejecutivo nacionalizó más de 30 bancos, compañías de seguros e industrias estratégicas del país, regularizó a 130.000 inmigrantes y anuló leyes de excepción contra las revueltas callejeras. “Hemos comenzado la verdadera ruptura con el capitalismo”, sentenció Mitterrand. Era la “gloriosa fractura” de su discurso de investidura.

“Durante unos breves y eufóricos meses, Francia se convirtió en el país de Jauja del siglo XX” recuerda Short. “Se creó incluso un efímero ministerio del Tiempo Libre… El problema es que Mitterrand llegó al poder en mayo de 1981, cuando el mundo occidental estaba sumido en una recesión. EEUU había elevado los tipos de interés al 20% para reducir la inflación. El paro alcanzaba cotas nunca vistas desde la Gran Depresión de los años 30… Mantener unas políticas expansivas cuando el resto del mundo industrializado buscaba la deflación era una locura económica”.

Según los cálculos del nuevo Gobierno, Francia podría mantener el crecimiento inducido por el consumo durante dos años. Al cabo de ese tiempo levantarían el pie del acelerador económico, porque para entonces el resto de economías ya se habrían recuperado y tirarían de la francesa. Fue, dice Short, “wishful thinking“. Mitterrand era alérgico al economicismo (nunca fue un marxista, pese a la retórica de su etapa más roja): “Al crear confianza, la voluntad política puede modificar la conducta de los actores económicos… Puedes hacer lo que quieras con la economía… Los hombres de Estado no necesitan ser economistas. Les basta con saber cómo arrastrar al pueblo con ellos”. Como sentencia el personaje de Mitterrand en Le Promeneur du Champ de Mars (Presidente Mitterrand en español): “Soy el último de los grandes presidentes. Después de mí solo vendrán contables”

LA DECEPCIÓN

Según Short, los socialistas franceses tuvieron que convivir no solo con un problema contemporáneo -la recesión circundante-, también con una carencia histórica. “La izquerda no había gobernado en Francia desde 1936. En el resto de Europa, los gobiernos izquierdistas habían tenido décadas para experimentar con la política social, para descubrir lo que funcionaba y lo que no. Las nacionalizaciones, tan en boga en 1945, habían perdido atractivo desde los 60”.

En el verano del 82 todos los indicadores económicos se pusieron en rojo.

El miércoles 9 de junio, en la segunda rueda de prensa de su presidencia en El Elíseo, Mitterrand “reveló, en términos tan elípticos que pocos lo captaron, que los meses de abundancia se habían terminado…  El fin de semana el franco se devaluó casi un 10% frente al marco alemán. Sumada a la devaluación del octubre anterior, la divisa francesa había perdido en tan solo nueve meses la quinta parte de su valor frente al poderoso marco alemán”.

Y entonces se abrió un debate transcendental para el futuro político y económico de la izquierda, de Francia y de Europa.

En junio del 82, “El Elíseo aprobó su primer programa de austeridad: congelación durante cuatro meses de precios y salarios, limitación del déficit presupuestario al 3% y compromiso de reducir la inflación por debajo del 8% en 1983… El Ejecutivo no quería admitir el cambio de dirección. La palabra ‘austeridad’ era tabú”.

La crisis del franco exacerbó la división del gabinete.

primer gobierno mitterrand
Primer Gobierno Mitterrand. En primer plano, el presidente con el primer ministro Mauroy

La izquierda socialista, capitaneada por Jean-Pierre Chevènement y los comunistas, querían que Francia abandonara los límites de cambio fijados por el Sistema Monetario Europeo -el embrión del euro-. “Liberado de las restricciones del SME, argumentaba Chevènement, el franco podría flotar libremente… y el Gobierno podría continuar con sus políticas económicas expansivas… [El primer ministro] Mauroy y [el ministro de Economía] Jacques Delors se oponían frontalmente. Si Francia salía del SME, el franco caería por los suelos y el Gobierno se vería obligado a pedir, gorra en mano, un rescate al FMI como le había ocurrido a los laboristas británicos seis años antes”.

¿Todo esto empieza a sonar muy actual, no?

En la siguiente reunión del Gobierno, Mitterrand dio esperanzas a ambos bandos. Con unas elecciones locales de por medio, intentaba ganar tiempo. ¿Salir o no salir del SME? Las dudas del presidente no era las de un político paralizado por la crisis. Ni los economistas más brillantes ni los empresarios más cercanos se ponían de acuerdo.

A comienzos del 83, la inflación estaba por debajo del 10%, pero el déficit comercial seguía agrandándose. “Era inevitable tomar nuevas medidas”. Y volvía el dilema ineludible: ¿salir o no salir del SME?

El 6 de marzo de 1983, la derecha de Helmut Kohl arrasaba en Alemania. Una semana después, en Francia, los socialistas sufrían un duro correctivo en las urnas. Fue, en todo caso, menor de lo esperado por el presidente después de las últimas medidas impopulares. Pasada la cita electoral, Mitterrand se dispuso a actuar.

“Los diez días siguientes fueron los más críticos y los más criticados de sus 14 años en el poder”, sentencia Philip Short. “Sabía que tendría que devaluar de nuevo el franco -tercera devaluación en 18 meses-. Pero debía hacerlo ¿dentro o fuera del SME? La importancia de lo que estaba en juego era indudable. Siempre es difícil, y a menudo inútil, especular por dónde habría ido la historia si se hubiera tomado otra dirección. Pero si en París, en marzo de 1983, hubiera prevalecido otra decisión, lo más probable es que nunca se hubiera firmado el Tratado de Maastricht. El euro, pensado como instrumento de convergencia entre los Estados de Europa, nunca se habría puesto en marcha”. En el momento de escribir esta entrada, con la amenaza de una salida griega del euro más viva que nunca, leer estas palabras suscitan cuando menos ironía…

¿Cómo encontró Mitterrand la respuesta a su dilema? Aplicando presión política a los diferentes actores del drama. El lunes 14 de marzo le dijo a Mauroy que estaba decidido a salirse del Sistema Monetario Europeo. Le pidió que permaneciera como primer ministro hasta que la nueva política estuviera en marcha. Mauroy se negó -“dejar el SME sería una catástrofe”-. Por la tarde volvió con su carta de dimisión en el bolsillo. Mitterrand le contuvo. Al día siguiente, el presidente sondeó a Delors: ¿aceptaría ser primer ministro si Francia dejaba el SME? Delors, como Mauroy, declinó la oferta. El miércoles le preguntó a su protegido Laurent Fabious, hasta entonces partidario de abandonar la disciplina del SME. Fabious consultó al economista Michael Camdessus, futuro director del FMI y Camdessus le pintó un panorama catastrófico: si Francia dejaba el SME, el franco se devaluaría un 20% -ya que que el país había agotado sus reservas. Francia tendría que subir sus tipos de interés hasta niveles estratosféricos, lo que, a su vez, dejaría sin crédito a la industria y asfixiaría la inversión. Fabious cambió súbitamente de idea: la salida del SME significaría más austeridad, no menos. La única opción que le quedaba a Mitterrand dentro del Gobierno era recurrir a Pierre Bérégovoy, también favorable a una salida del SME. Mitterrand le pidió que elaborara la lista de un posible Ejecutivo. Bérégovoy se puso a la tarea.

“La conclusión estaba clara: los que se oponían a salir del SME -Mauroy y Delors- estaban dispuestos a renunciar a su cargo si se consumaba la salida. Los favorables a la salida del SME, sin embargo, no se planteaban dimitir si no se seguía su propuesta”. Short continúa con un párrafo que suena, palabra por palabra, idea por idea, exactamente igual que los que uno puede leer en estos días de crisis del euro en Grecia.

“Ese fin de semana en Bruselas, los ministros de Finanzas de la Comunidad Económica Europea se reunieron para discutir la nueva crisis del tipo de cambio del franco. Los socios de Francia consideraban que el juego ya había durado demasiado tiempo. La mayoría creía que Mitterrand iba de farol. Si Francia se planteaba en serio salir del SME, ¿para qué negociaba? Lo más que consiguió Delors fue una devaluación del 8%. Y fue Alemania Occidental la que hizo el grueso del esfuerzo al revaluar el marco. El Gobierno de Bonn puso como condición que Francia asumiera un programa de austeridad y no erigiera barreras comerciales a sus socios. A Mitterrand le enfureció ver que le dictaban su política, pero ésa era la decisión que había tomado. Si Francia quería permanecer en el SME, tendría que alinearse con sus socios de la Comunidad Económica Europea. La decisión fue más política que económica. Mitterrand creía firmemente que el destino de Francia estaba en Europa. Nunca haría nada que pudiera diluir la influencia francesa en el continente”.

Mitterrand Delors
Dos europeistas convencidos: François Mitterrand con Jacques Delors

Francia, 1983. Grecia, 2015… La historia no se repite, pero a menudo rima, dijo Mark Twain. Francia y Grecia no son comparables, pero ambos países se han enfrentado -en grados muy diferentes, por supuesto- a un mismo dilema: ¿recuperar la soberanía monetaria y alejarse de Europa o sufrir el coste de seguir en la carrera de la unión al ritmo que marca la potencia de Alemania? Y en ambos casos ha pesado la voluntad política de mantenerse en Europa. Un buen conocedor de las teorías conspirativas que circulan por Bruselas me decía el otro día que lo de Grecia -¿de verdad todo este lío por la pequeña Grecia?- es realmente un escarmiento a Francia en cabeza ajena. La pregunta era y es si incluso fuera del euro y de Europa hay otra política económica alternativa. La respuesta de Mitterrand en 1983 fue “no”.

El 25 de marzo de 1983 Francia aprobó un nuevo programa de austeridad: recortes, controles de cambios y subidas de impuestos por todas partes. A los dos años de su presidencia, Mitterrand consumaba un giro radical. “Recuerdas el periodo de luna de miel de 1981”, le diría a un amigo. “Fue un momento extraordinario. Podía hacer cualquier cosa… Me veía a mi mismo sacudiendo al país, como Robespierre, como Lenin, avanzando hacia un tipo de colectivismo… Dejaría mi huella en la historia”.

Pero Mitterrand no tenía la fibra de un revolucionario -ni tampoco la época-. “Nunca estuvo dispuesto a derribar el orden existente”, escribe Short. “Su objetivo era más modesto: mejorar la sociedad tal y como era… Sí, le entristeció el fracaso de su programa inicial; no por sus consecuencias políticas sino porque le parecía moralmente correcto. Sin embargo, ya se preparaba para reinventarse”. Reinventarse una vez más. Comenzaría una nueva etapa de su vida como monarca republicano. Al eterno superviviente político, le quedaban por delante nada menos que 12 años de presidencia.

Tal vez en esos días de 1983, para bien o para mal, se salvó el euro y se salvó la unidad europea, tan querida por la generación de Mitterrand, la generación de la experiencia y la memoria de la guerra. Pero lo que sin duda se perdió definitivamente fue la última alternativa económica de la izquierda. Con el Programa Común arrojado al cubo de basura de la historia, Mitterrand actuó como el enterrador involuntario de aquella socialdemocracia clásica, nacida también entre el humo y las cenizas de las grandes guerras europeas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s