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Retrato de Mitterrand en sus tiempos de Jacques Morland

Mitterrand. A Study in Ambiguity
Philip Short
Vintage Books, London, 2014.
692 pags.
Bolsillo 16,07€; Kindle 12,51€

EL ESCUDO Y LA ESPADA

La escena tiene aire de película. 11 de noviembre de 1943. La Gestapo irrumpe en la casa de la rue Nationale de Vichy donde se suele alojar François Mitterrand que ha adoptado el nom de guerre de Jacques Morland en la Resistencia. Los alemanes detienen y deportan al dueño de la vivienda -morirá en un campo de concentración-. Uno de los más estrechos colaboradores de Mitterrand, Jean Munier, escapa por la ventana del segundo piso y se descuelga por la bajante del canalón. Su pareja, Ginnete, se esconde en un armario que nadie registra. Munier avisa del asalto a los compañeros de su célula de resistentes. Fanny, la mujer del coronel Pfister, uno de los jefes, corre hacia la estación. Mitterrand/Morland está a punto de llegar desde París. La Gestapo vigila los andenes. “Iba a salir de mi vagón cuando la reconocí”, recordaría Mitterrand años después. “Hizo como que chocaba conmigo y me empujó al interior. `No salgas, no salgas´, murmuró, `la Gestapo está aquí´”.

No será la primera ni la última vez que la policía alemana pisa los talones al evanescente Jacques Morland. Los compañeros que caen a su alrededor acaban en el infierno de los lager. Fue el caso del escritor Robert Antelme, el marido de Margarite Duras. Los jóvenes resistentes se habían citado en el apartamento parisino de la Duras, -donde vivía entonces su ménage à trois con Antelme y Dionys Mascolo-. Desde la calle la Gestapo vigilaba el edificio. Jean Munier volvió a escapar a la carrera sacudiéndose de encima a los agentes alemanes. Mitterrand se libro por minutos. Había quedado con Antelme en una brasserie cercana del boulevard Saint Germain. Al ver que no aparecía llamó al piso. Le respondió una voz desconocida.

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El trío de izquierda a derecha: Mascolo, Duras y Antelme

Antelme terminó en Buchenwald -como Jorge Semprún, como tantos “rojos” españoles-. El azar quiso que en los días finales de la guerra, en abril del 45, fuera el propio Mitterrand -el hombre con el que tenía una cita a la que nunca llegó- quien diera con él durante una visita de una delegación franco-americana al campo de concentración de Dachau. La leyenda dice -pero hay otras versiones- que Mitterrand oyó una voz débil que le llamaba de entre los muertos. Antelme estaba en los huesos. Apenas 30 kilos. Había sobrevivido a un penoso viaje desde Buchenwald. 13 días en un vagón de moribundos. Sin comida. La nieve derretida como último recurso. Mitterrand organizó  su traslado a París. Dos años después, Robert Antelme escribiría La especie humana, su testimonio desde lo más profundo sobre la experiencia concentracionaria.

En 1945 las cosas estaban mucho más claras que en 1941, cuando el prisionero de guerra evadido François Mitterrand llegó a Vichy.

Ni Vichy era Vichy, ni De Gaulle era De Gaulle, ni la persecución de los judíos era aún la Solución Final. El gris dominaba el paisaje. Hitler se fotografiaba en Trocadero. Picasso recibía en su estudio al capitán de la Wehrmacht Ernst Jünger y Sartre estrenaba sus obras con el visto bueno de la censura alemana. La fiesta no cesó en un París que había aceptado sin demasiados problemas a los nuevos anfitriones alemanes. La derrota, la victoria y las revisiones de la historia vestirían a cada uno con los ropajes del heroismo, la cobardía moral o la infamia.

mitterrand en vichy
Mitterrand cuando era funcionario del gobierno de Vichy

“Mitterrand termina en Vichy porque era el lugar más seguro para un prisionero fugado de las cárceles alemanas y porque allí tenía amigos que le podían ayudar a encontrar un trabajo”. La imagen del gobierno de Vichy en esos años 41 y 42, recuerda Short, distaba mucho de la que se ha acuñado con el tiempo. Más de 30 países, entre ellos EEUU, reconocían al régimen francés. “La mayoría de los prisioneros, como muchos de sus compatriotas, consideraban que De Gaulle y Pétain luchaban por la misma causa, aunque, como sostenía Mitterrand, cada uno a su manera. Mientras la Francia Libre levantaba el estandarte de la revuelta contra Alemania, Vichy -creían- trataba de minimizar el sufrimiento de la nación y mantener la moral en el país. Juntos eran la espada (De Gaulle) y el escudo (Pétain) que conduciría a Francia durante la guerra”.

En Vichy, Mitterrand se ocupaba de asuntos relacionados con los exprisioneros de guerra. Su dedicación y eficiencia le valieron la condecoración personal de Pétain, la francisque, pero nada indica que fuera un filonazi colaboracionista.

En 1942, empezó a llevar una doble vida. Por un lado “su carrera oficial, rodeado de amigos de derechas; por otro una existencia cada vez más clandestina trabajando con otros exprisioneros contra los alemanes y sus aliados franceses… ¿Mantenía un pie en ambos campos? ¿O, como sostuvo después, usaba su personaje oficial como cobertura para sus actividades en la Resistencia?… La verdad”, dice Short, “era mucho más simple: estaba sumido en una confusión total”.

“Si al menos tuviera una convicción firme, nada sería un sacrficio para mí, pero ¿qué puedo hacer sin una base sólida antes de dar el salto?”, escribió en el verano del 42. Tardó mucho en decidirse. La nueva metamorfósis de la crisálida fue -para algunos- sospechosamente lenta. Tampoco era fácil. Como hemos visto, el altísimo riesgo que corría cualquier resistente no era para tomárse el “salto” a la ligera.

La agonía se prolongó a lo largo de todo ese año. Aún trabajaba para Vichy cuando empezó a darle vueltas a la formación de un movimiento de resistencia reclutado entre exprisioneros de guerra.

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Mitterrand, en el extremo derecha, con el mariscal Pétain

MORLAND EN VICHY

¿Qué empuja finalmente a Mitterrand a dar el salto? ¿Qué le convierte en Jacques Morland?

¿Cuestión de principios?

No fue, desde luego, por repugnancia moral ante la complicidad de Vichy con la persecución de los judíos. Las medidas antisemitas y las redadas -tan conmemoradas en nuestros días- no le afectaron ni a él ni a la inmensa mayoría de sus compatriotas. El antisemitismo era parte del paisaje francés y europeo. Las dimensiones del exterminio nazi no se conocerían hasta los juicios de Núremberg y aún así pasarían décadas antes de que el Holocausto alcanzara la relevancia dominante que ahora ocupa en el relato y la imagen de la II Guerra Mundial.

¿Puro oportunismo?

Tampoco se puede decir que el cambio en el curso de la guerra fuera el elemento decisivo. La derrota del VI Ejército alemán en Stalingrado en enero del 43 no se entendió entonces como el punto de inflexión del conflicto que ha decretado la historia con posterioridad. ¿No se habían recuperado los alemanes del fracaso de la toma de Moscú el invierno anterior? Faltaba perspectiva. Short recupera la cita de Churchill a propósito de la victoria británica en el Alamein seis meses antes: “No es el final. Ni siquiera el comienzo del final. Pero quizá sí el final del comienzo”. Pero también es cierto que la primera gran derrota alemana en Stalingrado coincide en el tiempo con la transformación definitiva de Mitterrand en Morland.

Lo que le decanta hacia la resistencia activa fue -a juicio de Short- la trama de relaciones que tejió a lo largo de ese año crucial de 1942 con otros exprisioneros de guerra dispuestos a combatir la ocupación. El detonante tiene fecha: 11 de noviembre de 1942. Ese día los alemanes ocuparon la “zona libre” en respuesta al desembarco aliado en el norte de África. “El mito de Pétain, el escudo que protege Francia salta en pedazos”, apunta Short. El gobierno del primer ministro Laval se entrega en cuerpo y alma al colaboracionismo y, entre otras medidas, destituye al jefe del departamento de Mitterrand. Acto seguido todo el equipo se solidariza y presenta su dimisión. “En ese momento era un gesto excepcional que podía haber desencadenado sus detenciones y Laval incluso contempló la idea”, escribe Short.

Fue la hora de la verdad. Mitterrand había desterrado por fin sus dudas. Un renacido entusasmo le inflamaba. “Ya no me preocupa lo que me aguarda más adelante”, le escribió a su primo.”Casi caigo en la desesperación al ver cómo todo nuestro trabajo de los últimos meses se borraba de un plumazo, pero al final ha ganado mi gusto por la incertidumbre -la incertidumbre que lleva la semilla del triunfo. Esta nueva partida es a la vez una separación de lo anterior y un acercamiento a todo lo que aún es verdadero”.

A partir de ese momento, Mitterrand/Morland se dedicó con habilidad infatigable a impulsar la unidad de los dispersos movimientos de exprisioneros. Contactaba, hablaba, discutía, convencía, viajaba… Tres días después de escapar a un nuevo zarpazo de la Gestapo, un vuelo clandestino de la RAF le sacó de Francia. Vía Londres viajó hasta Argelia donde se entrevistó con el general De Gaulle. Su paso por Vichy no era un problema. De Gaulle ya había acogido a otros expetainistas mucho más implicados. En 1943, el general ya pensaba en la reconciliación nacional. Vio en Mitterrand al líder más capacitado para crear un nuevo movimiento de resistencia de exprisioneros de guerra.

Unos meses antes Mitterrand ya se había encontrado con Philippe Dechartre, de la resistencia gaullista. Fue en una brumosa madrugada en la estación de Lyon.

Dechartre acude con total desconfianza. No le gusta Mitterrand, “demasiado comprometido con Pétain y Vichy”. Las actividades del grupo de Mitterrand contra los alemanes le parecen puro humo. La resistencia de verdad consiste “en volar trenes, en espiar, no en enviar paquetes de comida”.

“Sabía que no tendría nada que decirle y él tampoco a mi”. Pero todo cambió: “Vi una figura que salía de la niebla, como un fantasma… Un pequeño bigote, pelo engominado… Tenía el aspecto de un subteniente latinoamericano… Sólo estábamos dos en el andén así que tenía que ser él… Le dije que estaba allí por un sentido del deber, que lo que hacían no era resistencia, que no estaba a favor de que uniéramos nuestros grupos, pero que como eso era lo que deseaba el general (De Gaulle)… A medida que hablábamos, descubrí a un hombre que no esperaba. Encantador en extremo, de inteligencia prodigiosa. Todo lo que comentaba me parecía correcto. Decía lo que me hubiera gustado decir a mí, pero él lo expresaba mucho mejor. Pasó algo. Nació una amistad real y profunda. Ese día me asombró”. Mitterrand, el eterno seductor.

LOS SECRETOS DE UN LIBERTINO

Francois Mitterrand weds Danielle Gouze. FRANCE - 28/10/1944

Que la seducción era un atributo que el carácter de Mitterrand dispensaba con generosidad lo descubrió muy pronto su mujer, Danielle.

Se casaron el 28 de octubre de 1944. François tenía 28 años. A Danielle le faltaba un día para cumplir los 20. Antes de cortar el pastel a Mitterrand se le vio inquieto preguntando por la hora -por cierto, nunca le gustó llevar reloj-. Tenía una reunión con su movimiento de exprisioneros y deportados y allá se fue el mismo día de su boda. Embutido en el frac y acompañado por Danielle sin tiempo para despojarse del vestido de novia. La reunión fue, por cierto, absolutamente aburrida e intranscendente.

“Así sería el resto de sus vidas”, cuenta Short. ” Él no estaría sujeto a ninguna disciplina y ella siempre encontraría una forma de sobrellevarlo”. Danielle tuvo que aprender a morderse la lengua. Cuando después de una de sus desapariciones durante días, se le ocurrió preguntarle cómo le había ido, él le contestó que “no se había casasdo con ella bajo el régimen de la Inquisición”. Sin duda la clandestinidad le había aficionado al secreto y a una vida en compartimentos estancos, se decía a sí misma Danielle. Pero, de hecho, sostiene Short, era su carácter. “Reticente desde niño a cualquier disciplina excepto aquella que él se imponía a sí mismo”. La frustrante experiencia con Marie-Louise -“la única ocasión en que rindió voluntariamente su libertad”- agravó ese rasgo de su carácter.

Danielle comprendió que se había casado con un impenitente “seductor de jovencitas”. Y aunque sentía que François había “secuestrado su juventud”, nunca se divorciaron. La relación sobrevivó a todo. Incluso al dolor: la muerte temprana de su primer hijo Pascal de cólera infantil a los tres meses. En aquel tiempo -1945- uno de cada 10 niños en París moría antes de cumplir el año.

En el 58 Danielle empezó una relación con Jean Balenci, profesor de gimnasia. “François aceptó la relación. Jean era un tipo agradable y sus hijos Gilbert y Jean Cristophe le adoraban… Le dijo a sus amigos: `no sé cómo puedo prohibirle a mi mujer lo que yo me permito a mí mismo´. François respetaba las convenciones. Eran un matrimonio. Puede que durmieran en habitaciones separadas y no mantuvieran relaciones conyugales, pero se sentían unidos por una complicidad que continuaría hasta la muerte de Mitterrand 40 años después”.

Cuando a principios de los 70 se fueron a vivir al Barrio Latino, cada uno -François, Danielle y Jean- tenía su habitación en el nuevo piso. “Jean Balenci se había convertido en un miembro de la familia. Era el que bajaba a por los croissants y los periódicos. Él y François desayunaban juntos. A los extraños se les presentaba como un primo lejano”

Por entonces, François llevaba años con su otra “relación estable”; la que mantuvo durante 30 años con Anne Pingeot, la mujer de su familia no oficial, la madre de Mazarine. La había conocido a principios de los 60 cuando él tenía 47 y ella 20.

François, Danielle, Jean, Anne… No es mal momento para invocar aquí aquella cita de Freud que encabeza El cuarteto de Alejandría: “Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas. Tenemos que discutir en detalle este problema”.

(continuará)

mitterrand con anne pingeot
Mitterrand con Anne Pingeot a principios de los 80

 

 

 

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