8-DE SUROESTE A SURESTE. EL GIRO DE VON KLUCK

El 30 de agosto, el francés Albert Fabre vio cómo los alemanes ocupaban su casa en Lassigny, 30 kilómetros al norte de Compiègne:

“Llegó un coche y de él descendió un oficial de modales arrogantes… Avanzó mientras los oficiales que formaban grupos delante de la casa le abrían paso. Un hombre alto y majestuoso, de rostro afeitado lleno de cicatrices, de rasgos duros y una mirada penetrante. En la mano derecha llevaba un fusil de soldado y la izquierda, apoyada en la empuñadura de un revolver. Se volvió repetidas veces, golpeando el suelo con la culata de su fusil, y luego se detuvo en una pose teatral. Nadie se atrevía a acercarse a él y la verdad es que atemorizaba”.

Era el ya famoso general Alexander von Kluck, 68 años, comandante en jefe del Primer Ejército alemán.

von kluck sin visera  Alexander_von_Kluck
Furor Teutonicus. El general Alexander von Kluck

Los seis cuerpos del Primer Ejército formaban el semicírculo exterior del ala derecha. “Que el último hombre a la derecha roce con su manga las aguas del canal”, dejó señalado Schlieffen. Los soldados marcharon tan al oeste que la gente que se cruzaba con ellos no se podía creer que fueran alemanes. Su trayectoria inicial les llevaba a rodear París por el oeste, pero esa maniobra nunca se llevaría a cabo.

París siempre fue un dilema. La ciudad surgía como un tajamar que rompía la ola alemana. Si la rodeaban por el oeste, el Primer y el Segundo Ejército se separarían y dejarían expuestos sus flancos. Si pasaban por el este, la maniobra envolvente podía frustrarse. Cualquiera de las dos opciones, favorecería a los franceses.

FORTIFICACIONES PARÍS 1914
El “rompeolas” de París. Dos círculos de 39 fuertes rodeaban la capital francesa

¿Qué ruta eligieron?

El paso por el este de París. A principios de septiembre el Primer Ejército comenzó a virar. Del suroeste al sureste.Los alemanes tomaron ese derrotero absorbidos por su obsesión: la persecución de los ejércitos franceses en busca de la nueva Cannae les arrastraba hacia el Marne.

En ese momento, el cambio de dirección no parecía entrañar riesgos. Después de las batallas de Le Cateau (26 de agosto) y Guisa/San Quintín (29 de agosto), los alemanes consideraban a los franceses, y a sus aliados británicos, un ejército derrotado y en retirada. Sólo faltaba darles la puntilla.

Schlieffen_Plan y la realidad
¿Adios al plan Schlieffen? Las líneas del plan y, en verde, el avance real

“Nuestra ofensiva supera incluso las dimensiones napoleónicas. Ojala Schlieffen hubiera visto esto”, comentaba con entusiasmo Von Lauenstein, jefe de Estado Mayor del Tercer Ejército. Los boletines hablaban de “victorias decisivas” de ejércitos franceses “en huida”.

Sin embargo, hay quien albergaba dudas. A principios de septiembre, el ministro prusiano de la Guerra, Erich von Falkenhayn, visitó el frente y se preguntó ante Moltke “¿dónde están los trofeos, dónde los prisioneros de guerra?”.

“La victoria”, escribió Clausewitz, “es la destrucción de la fuerza del oponente para resistir”. A finales de agosto, los franceses seguían preservando esa fuerza.

kluck y khul
Von Kluck (en el centro) con la plana mayor del Primer Ejército en Flandes. A su izquierda, el jefe de su Estado Mayor, Hermann von Khul

Al dejar París a la derecha. Von Kluck y su jefe de Estado Mayor Hermann von Kuhl minimizaron la amenaza que representaba la guarnición de la capital. “Seis divisiones a lo sumo”.

Al este de la ciudad dejaron sólo un cuerpo de ejército para proteger su flanco. El IV Cuerpo de Reserva al mando del general de artillería Hans von Gronau. Una unidad, además, muy disminuida en efectivos.

A Kuhl no le preocupaba “el fantasma de París” mientras no se convirtiera en “carne y sangre”. Lo que no “veían” los jefes del Primer Ejército Alemán (o no querían ver porque avisos hubo) es que Joffre acumulaba fuerzas al norte de la capital. El fantasma de París estaba a punto de hacerse carne en los soldados del 6ª Ejército francés al mando del general Maunory.

9-LA HORA DE JOFFRE

If you can keep your head when all about you are losing heirs…(Si mantienes la cabeza cuando todos la pierden a tu alrededor…)” Los versos del If de Kipling se ajustan con precisión al relato del comportamiento del jefe militar francés Joseph Joffre en aquellos primeros meses de la guerra.

“Si Joffre hubiera muerto el 1 de septiembre, la historia lo recordaría como un incapaz y un carnicero”, escribe Hastings. “Sin embargo durante unas breves semanas, a finales de agosto y en septiembre de 1914, aunque el general no se ganó el derecho a ser considerado uno de los militares excepcionales de la historia, sí tuvo un momento de grandeza. Su primer éxito fue que tras los desastres de “las batallas de las fronteras”, no sufrió ningún ataque de nervios… Mantuvo la disciplina cuando otros perdieron la suya; demostró una calma olímpica y una voluntad de hierro que resultaron decisivas a la hora de impedir el triunfo de los ejércitos del káiser”.

Joseph Jacques Césaire Joffre, hijo de un tonelero, criado en una familia de 10 hermanos, ejemplo de la meritocracia militar republicana, ingeniero de formación, experto en ferrocarriles y fortificaciones. Más que por su genio estratégico, su reputación se fundaba en cualidades técnicas y administrativas. Toda su vida conservó el mote infantil atribuido a su seriedad: le pére Joffre, “papá Joffre”.

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El general Joseph Joffre en 1914

Si las fotos trasladan la rotunda figura del general, la impresión que causaba su rostro hay que buscarla en los retratos al óleo y en testimonios como el del oficial de enlace británico, Edward Spears:

“La blancura de su pelo, sus ojos de un azul lavado bajo unas enormes cejas blancas, la voz sin tono que debajo de su blanquecino bigote,… todo en él daba la misma impresión que un albino”. En las reuniones, escuchaba, apenas hablaba, se tomaba su tiempo, rumiaba las decisiones. La guerra sólo alteró uno de los hábitos regulares de Joffre. En las primeras semanas, dejó de echarse la siesta.

Una calma que no fue incompatible con una actividad incesante. Nada que ver con su rival Helmut von Moltke, recluido en su cuartel general de Luxemburgo. El generalísimo francés inundaba a sus comandantes con notas, telegramas, llamadas telefónicas; dictaba una tras otra instrucción general, giraba visitas al frente en un coche conducido a gran velocidad por Georges Bouillot, bicampeón del Grand Prix de Francia. Incluso asistió desde el puesto de mando a la dirección de batallas como la del 5º Ejército en Guisa. Como prueba de su implicación y activismo se suele citar que sólo en el primer mes destituyó a 37 generales.

joffre dando instrucciones
“Papá Joffre” reparte instrucciones

“Su calma y determinación… su carácter poco sofisticado y su liderazgo visionario”, según Sewell Tyng, autor de una de las primeras historias del Marne, fueron las razones por las que Francia no sucumbió a un nuevo colapso como el de 1870.

Después del estrepitoso fracaso de su Plan XVII; después de la carnicería en que desembocó el espíritu de “la ofensiva a ultranza”; después de errores como minusvalorar las fuerzas del enemigo o tardar en asumir la “evidencia” que caía sobre Francia desde Bélgica; después, en definitiva, de enviar a 100.000 jóvenes a la muerte, Joseph Joffre supo reaccionar.

No todos pudieron decir lo mismo. En esta historia, no abundan los genios militares. Estamos ante generales que, a menudo, superaban los sesenta años, que tomaban decisiones sobre un mapa con información imprecisa y fragmentaria; que intentaban mover a millones de soldados; que actuaban superados por las circunstancias, contra el tiempo y la presión; que vivían bajo la permanente pesadilla de verse rodeados y perder su ejército.

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Moltke y el kaiser Guillermo II de maniobras

Según los síntomas descritos por su mujer, Moltke sufrió una apoplejía cuando el káiser, en el último minuto, amagó con ordenarle un giro radical en sus planes de movilización. El comandante del Segundo Ejército alemán, Karl von Bülow, sucumbió a una crisis nerviosa la noche del 9 de septiembre, abrumado por las implicaciones de su retirada. El ruso Samsonov se pegó un tiro al ver aniquilado el II Ejército en la batalla de Tannenberg (92.000 prisioneros, 78.000 heridos y muertos).

O el general Lanrezac, comandante del 5º ejército francés. Un tipo tan brillante como pesimista. Desde Charleroi (Bélgica) venía combatiendo y escapando de milagro de los alemanes. La tensión psicológica le hundía por momentos en el abatimiento.

La noche del 31 de agosto en la terraza del Château en Craonne, el inglés Spears le escuchó murmurar versos de Horacio en Latín: “Beatus Ille qui procul negotiis… Dichoso aquel que, lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, labra los campos heredados de su padre con sus propios bueyes, libre de toda usura, y no se despierta, como el soldado, al oír la sanguinaria trompeta de guerra… neque excitatur classico melestruci”.

Su “dicha” no se hizo esperar. Tres días después Joffre lo relevaba del mando y colocaba a Franchet D’Esperay. Hay cierta injusticia en todo esto. Porque fue Lanrezac quien más alertó -sin éxito- sobre la amenaza alemana por Bélgica y fue Lanrezac quien frenó y escapó a la ola teutónica en Guisa. Salvó su ejército y ganó un valioso día de respiro para los franceses. Pero el general “Casandra” no estaba hecho de la fibra que exigía el comandante en jefe.

Lanrezac
El general “Casandra” Charles Lanrezac

La destitución del Lanrezac, aunque dolorosa para su amigo Joffre, era inevitable si el generalísimo francés quería tenerlas todas consigo.

A finales de agosto, Joffre por fin “se cayó del caballo”. Las líneas del mapa –y la evidencia- empezaban a devolverle con claridad las intenciones alemanas. Abandonó su empecinamiento con el Plan XVII y preparó el gran redespliegue de sus ejércitos. La maniobra que salvaría a Francia.

Todo empezó a gestarse el 25 de agosto en la Instrucción General número 2 dictada desde el Gran Cuartel General de Joffre: “La reconstrucción en nuestra izquierda de una fuerza capaz de reanudar la ofensiva”. Con fuerzas detraídas de Alsacia y Lorena sumadas a la guarnición de París, Joffre ordenó crear una “masa de maniobra” ante Amiens o por debajo del Somme. Unos 150.000 soldados. Sería el futuro 6º Ejército francés.

La génesis estratégica de la batalla del Marne se acababa de poner en movimiento.

(Continuará)

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