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Batalla del Marne, 1914. Llegando a la guerra en taxi (coches del fondo)

“Quiconque aujourd’hui réfléchit sur les guerres et sur la stratègie, élève une barrière entre son intelligence et son humanité”.
Raymond Aron, Penser la Guerre, Clausewitz
(“Quien quiera que hoy en día reflexione sobre la guerra y la estrategia eleva una barrera entre su inteligencia y su humanidad”)

1-LA MISIÓN DEL TENIENTE CORONEL RICHARD HENTSCH

El 8 de septiembre de 1914, a las 10 de la mañana, dos coches parten del Cuartel General del Mando Supremo del Ejército Alemán (Oberste Heeresleitung, OHL) que dirige la guerra desde Luxemburgo. A bordo viajan el jefe de la sección de Inteligencia del Estado Mayor, el teniente coronel Richard Hentsch, acompañado por dos capitanes y un conductor. Les sigue un coche de reserva.

La misión de Hentsch durará tan solo dos días pero las repercusiones de su gira por el frente alemán han sido motivo de controversia durante cien años. Hentsch debía valorar, informar y trasladar las instrucciones del Mando Supremo a los jefes militares que dirigían la ofensiva contra Francia.

Aquel 8 de septiembre el ala derecha de los ejércitos alemanes combaten desde París a Verdún en un frente de 250 kilómetros. La línea de avance germano forma un saliente semejante a un arco apuntado al sur y cuya cuerda fuera el curso del río Marne, tributario del Sena.

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El frente del Marne el 9 de septiembre

Elementos del Primer Ejército Alemán ocupan posiciones 30 kilómetros al este de París. Con el enemigo a las puertas, la capital se vacía. La inminente llegada de los prusianos ha caído como una bomba. A la población se le ha ocultado durante un mes los reveses del ejército francés. Ávidos de noticias (cuentan que André Gide compraba hasta nueve periódicos diarios), los parisinos llevan semanas leyendo el mismo titular: “Les forts de Liège tiennent toujours”, los fuertes de Lieja resisten. Y cuando creían a los alemanes aún en Bélgica, descubren con espanto que ya han cruzado el río Somme.

Hace seis días que el gobierno francés ha abandonado la capital rumbo a Burdeos. Miles de refugiados siguen sus pasos. Trenes atestados, viajes tortuosos e interminables. En la estación de Austerlitz “el inmenso patio que está a la entrada ofrece el más extraño y miserable aspecto”, escribe en su diario de estudiante en París Agustí Calvet, Gaziel, el futuro director de La Vanguardia. “Centenares, millares de fugitivos del norte de Francia y del propio París, tendidos por el suelo, acurrucados en los rincones, apiñados, confundidos, esperan la salida de un solo tren. Se oyen gritos estridentes de los que se extravían entre la multitud compacta; hay niños llorando porque sus padres les han dejado un instante para ir a recoger noticias y se han alarmado al verse solos en medio de aquella confusión inmensa”.

 

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Refugiados belgas huyendo de los alemanes, agosto 1914

La defensa de París ha quedado a cargo del gobernador militar, el general Joseph Galliéni, héroe de las guerras coloniales francesas. Pese a su edad, 65 años – ésta fue una guerra de generales sesentones, Maunoury, 67; Moltke, 66; Joffre, 62; Hindenburg, 67; Kluck, 68; Bülow, 68…-, el enjuto Galliéni exuda energía. No pierde un minuto. Rápidamente se pone a organizar la defensa de la ciudad, una de las pocas capitales de Europa aún fortificadas. Entre los planes de contingencia, volar los puentes del Sena e incluso la torre Eiffel, que actúa como emisor de radio. A los defensores se suma desde la reserva como teniente coronel de artillería el rehabilitado Alfred Dreyfuss, antaño protagonista desgraciado del caso más célebre de Francia.

“París es una expresión geográfica”, sostiene Joffre. El general en jefe de los ejércitos franceses resta importancia a la posible pérdida de la capital. Los alemanes parecen pensar lo mismo. El objetivo que persiguen sin descanso no es la toma de París sino la derrota y rendición del ejército enemigo. Desde Bélgica pisan los talones a los franceses que, por ahora, han conseguido escapar al cerco. Los últimos días de agosto pasarán a la historia como los de la Gran Retirada. Un millón de soldados franceses y sus aliados británicos de la BEF (British Expeditionary Force) reculan en dirección sur.

A principios de septiembre, el káiser Guillermo II está exultante: “Ya hemos llegado al día 35. Rodeamos Reims y estamos a 50 kilómetros de París”. El día 35 es el día 35 a contar desde la movilización del 2 de agosto. Según el plan militar alemán, el célebre plan Schlieffen, entre el día 31 después de la movilización y el día 40, debía producirse la batalla decisiva que acabaría la guerra en el frente occidental. Gaziel también recuerda cómo los diarios franceses especulan un día sí y otro también con esa “gran batalla decisiva” que debía sellar el destino de la guerra.

Y, sin embargo, el 9 de septiembre, sin que mediara una derrota, después de un mes de combates, de un mes de marchas agotadoras, de un mes de conquistas pagadas a un alto precio, los soldados alemanes inician una inesperada retirada hasta el río Aisne. Y allí empiezan a cavar las trincheras a lo largo de un frente que permanecerá básicamente estable a lo largo de cuatro años. Tan estable que en el Marne da nombre a dos batallas. La de septiembre del 1914 –que recordamos aquí- y otra, la Segunda Batalla del Marne, entre julio y septiembre de 1918.

Si la Primera Guerra Mundial fue el acontecimiento que definió el siglo XX, la batalla del Marne fue su momento decisivo. Los alemanes perdieron su oportunidad. Los franceses recuperaron el aliento. La guerra de maniobra se transformó en guerra de desgaste. La batalla del Marne cambió el curso de la guerra y marcó el destino del siglo más sangriento en Europa.

“Lo más interesante de la Gran Guerra, hay que buscarlo en los primeros meses”, escribió Winston Churchill. “El avance de fuerzas gigantescas, las incertidumbres sobre su despliegue y enfrentamiento, el papel veleidoso del azar hicieron de la primera colisión un drama nunca superado”.

Fuera de Francia, la Primera Batalla del Marne no suele ser tan evocada como el Somme, Verdún, Ypres, Tannenberg o Gallipoli. Del “miracle de la Marne” se recuerda la requisa de los taxis de París para enviar tropas de refuerzo al frente. Pero más allá de este episodio colorido, ingenioso y de dudosa relevancia militar, el Marne resulta interesante por razones más abstractas.

No sólo fue un punto de inflexión en el conflicto que acababa de estallar, también entraron en juego factores que hacen del relato del Marne, de sus antecedentes, de su desenlace, un compendio de las variables de la guerra. Ni una victoria aplastante, ni una derrota sin paliativos. La batalla del Marne resulta tan “imperfecta” como fascinante. Puro drama. El azar y la necesidad, la volatilidad de los planes militares, la “fricción” y la “niebla de la guerra” de Clausewitz, la audacia de algunos comandantes, el sufrimiento de los soldados, el liderazgo (o su carencia) de un puñado de generales, el horror y la sangría de miles de jóvenes en una escala desconocida hasta entonces.

El historiador Holger Herwig valora el Marne como “la batalla terrestre más significativa del siglo XX y la más decisiva desde Waterloo”. El británico John Keegan califica la decisión que tomaron los alemanes en esos días de septiembre de 1914 como “la más importante entre la movilización y el armisticio de noviembre del 18”. El arriesgado plan alemán para obtener una rápida y decisiva victoria en el frente occidental se fue a la estantería de los grandes fracasos militares.

Que en todo esto fuera determinante el papel de un simple teniente coronel, Richard Hentsch, ha sumido en la perplejidad a historiadores y militares durante un siglo. Max Hastings ha escrito recientemente que la misión de Hentsch fue “la manifestación más radical de autoridad delegada en la historia militar”.

 

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El teniente coronel Richard Hentsch

En la posguerra, el jefe de Estado Mayor del Ejército de EEUU, Peyton C. March, se mostró sorprendido de que los más altos generales del ejército alemán hubieran obedecido a un “teniente coronel perfectamente desconocido… que se excedió ampliamente en su autoridad“. Propuso, con ironía, que los aliados levantaran un monumento en honor a Hentsch.

Incluso 50 años después, un antiguo mando del ejército alemán, testigo en primera línea de las decisiones en el Marne, escribió: “Si el pesimista teniente coronel Hentsch se hubiera estampado contra un árbol… en algún punto de su viaje del 8 de septiembre o si le hubiera pegado un tiro un soldado francés rezagado, habríamos obtenido un alto el fuego dos semanas después y alcanzado una paz en las que podríamos haber pedido de todo”.

Medio siglo después aún persistía el mito: Hentsch, el mensajero de la derrota. ¿O el chivo expiatorio? La realidad –como suele suceder- fue mucho más compleja.

(Continuará. Primera entrada de una serie sobre la batalla del Marne)

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